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Entrada undécima (Conguita, Giorgi y los yoes):   

Suelto a mi perra Conguita en un descampado que el invierno convierte en tierra dura y desnuda y escarcha los pocos vestigios que no quedan enterrados de lo que fue uno de los bastantes poblamientos que al Madrid franquista le proliferó el éxodo rural de mediados del siglo pasado. La primavera, sin embargo, cubre montículos y taludes, restos cuarteados de terrazos, nacimientos de paredes, aceras picadas, con todos los verdes imaginables de una hierba de medio metro de altura bordada en blancos, añiles, rojos, malvas, amarillos… por margaritas de seis pétalos o grandes como relojes de bolsillo, caléndulas mustias, equívocas malvas, dientes de león que pierden su melena con un soplo, florecillas diminutas que les nacen en los dedos a plantas que se enraman sin hojas. El negro lo pintan los acerados coleópteros, los botones de las amapolas y mi perra negra abriendo en su enloquecida carrera estelas de un verde más claro que el del tupido mar vegetal. En ese descampado, hay una vieja carretera cortada, cien metros apenas, flanqueada por una decena de moreras. En la eclosión primaveral, los frutos de esos árboles son como gránulos de kéfir, coliflores enanas y me encuentro algunos días encaramados en sus ramas a muchachos con bolsas en donde recogen las hojas para sus gusanos de seda. Con los días, las moras engordan mientras viran hacia el rosa, luego al rojo para después volverse también negras y jugosas hasta que terminan por desprenderse y manchar la sombra de la morera de un pegajoso violeta rojizo. Cuando esto concluye, mayo está muy vencido y las breves flores silvestres se marchitaron y escondieron su semilla bajo la tierra hasta la próxima primavera, y los verdes se han trocado en amarillos áridos, ocres, hueso y cafés con leche. Mi perra, entonces, se vuelve más cautelosa en sus carreras pero aún la pierdo de vista cuando se sumerge entusiasta entre la arisca maleza, espigas altas aún, cardos, abrojos y espinos que han perdido su blandura para volverse rígidos y punzantes. Conguita busca rastros, reconoce, husmea, encuentra marcas de otros perros y, muchas veces, pelotas perdidas por los niños de un colegio anejo y me las trae a mis pies para que yo las patee y ella las persiga en un juego simple y universal. Vuelve a mí estornudando en ocasiones y siempre con trozos de espigas y púas incrustadas entre su pelo negro y brillante y, alguna vez, cojeando a causa de un aguijón clavado en su pata y que yo le arranco mientras ella me mira con unos ojos de avellana líquida que me desarman.


Conguita    Conguita ha venido hasta nosotros por dos motivos. Primero por una evocación natural porque yo también, como ella, acabo de darme unas carreritas nerviosas por la campa de lo que hasta ahora llevo escrito; y como ella, he brincado, husmeado, reconocido rastros entre las diez entradas de Saber y Ganar, el día de Fredie Mercury que ya tenemos y me he sumergido entre los colores alegres y vivos o tristones y mates que las visten y, como Conguita, he aspirado pólenes picantes que me han hecho fruncir y estornudar y también he sabido recuperar con la boca algún objeto llamativo. Pero, como a ella le ocurre a veces, así he vuelto yo del escarceo, con una profunda espina clavada que nadie puede ni quiere ayudarme a extraer. Es una espina que no duele por la punzada, pero su veneno sí que me ha transformado en polvo calizo la savia que nutría estas crónicas y me ha inoculado la duda de si me merece la pena continuarlas, tantas son las manos y puntos de vista interesados que están interviniendo y que, -inevitablemente seguirán haciéndolo- no termino de reconocer. La culpa no deja de ser mía por incuria. Solo un propulsor incierto puede incitarme a continuar con ellas y que, necesariamente, ha de purgarse primero con un reconocimiento público del hecho y con una abdicación. Y, ésa es la segunda razón por que la Conguita está aquí con nosotros. Por su inocencia, por su calor familiar, porque, dentro de su impotencia física, sí puede ofrecerme con esos ojos que tiene, la confianza de que, si supiera cómo y costara lo que le costara, ella sí que me ayudaría.

Y es que…, me he releído y no sé quién soy. No sé qué podría decir de mí mismo que sea, al menos, verosímil. Sí, que soy un milagro, una eventualidad, un accidente fugaz que consume oxígeno y lo que me ofrece el seno de una madre llamada Tierra. Soy un organismo complejo acotado por dos metros cuadrados de un tejido rosa llamado piel y estructurado por dos centenares de huesos. Abastecido hasta mis límites por un fluido rojo que bombea un músculo llamado corazón. Puedo moverme también. Lentamente, con esfuerzo. Puedo interactuar un poco. Pero nada de ese organismo me pertenece en realidad. No ha sido creado por mi mismo, no he dictado sus reglas, ni lo he programado, ni rijo su comportamiento. La máquina funciona sola. Además, todo lo que soy está apresado por la fuerza de atracción de esa misma madre que me nutre y, así, encadenado, trazaré junto a ella unos cuantos ciclos elípticos alrededor de una bomba de fusión de hidrógeno que me da la luz y el calor que necesito para sobrevivir; no muchas vueltas, sesenta u ochenta, y luego desapareceré como he venido. Con las manos desnudas y absolutamente solo caeré en el silencio infinito. A veces tengo la ilusión de que puedo escaparme de este sistema tan rígido y a esa evasión la llamo Sueño. O Pensamiento. Ilusiones creadas por otro órgano diferente que también soy yo. O que es todo lo que soy. O una parte fundamental de mí. No lo sé. Le llamamos cerebro y funciona en la más completa oscuridad. Desde él, con él, puedo salir de la Tierra y dar doce vueltas alrededor de Alfa Centauro o tomar una espada y ponerme al lado de Héctor para defender Troya. O puedo ordenar a mis dedos escribir esto que usted está leyendo. Mi cerebro. Una red de nodos y conexiones eléctricas que sólo tiene cinco puertos de conexión con el exterior, con lo que ya no soy yo. Uno de ellos está muy atrofiado por el desuso y dos son de muy corto alcance, solo para reconocer lo que tengo muy cerca o lo que ya está dentro de mí. El cuarto tiene un gran defecto y es que le es muy difícil ser selectivo y solo la vista parece ofrecer información de cierta calidad al cerebro de lo que está ocurriendo fuera de mí. Muy discretos sentidos entonces para lo que yo y mi cerebro necesitamos, calcular, intuir, imaginar, crear una estructura de pensamientos que me expliquen, que me justifiquen, que me den sentido; un mundo de ilusión y sueños que den valor a esta existencia. Que me hagan desear, amar a la vida y al mundo, entusiasmarme, apasionarme, generar pensamientos coherentes y válidos que me ayuden a trascender el caos, la ignorancia, la inutilidad del esfuerzo. Así que lo fundamental debe ser hacia qué y hacia dónde oriente esos sentidos. Mi amada Marillac, un sitar, un cuento de Carver, unas hebras de canela, un bocado húmedo a un melocotón dulcísimo, la lluvia en mi rostro, mi hija dormida; todo mejor que una disputa o unas monedas o la vanidad o un mal deseo. Pero esto..., ¿lo sé hacer? No. Mejor dicho, unas veces sí y otras veces no. Y otras veces, ni me importa. Depende. ¿Se extraña? Esa ilusión creada en la oscuridad de mi mente me ha llevado con el tiempo a aprehender que manos, piel, corazón, cerebro, conexiones, sueños, pensamientos forman un todo indisoluble que toma mi nombre y creer en la fantástica idea de que soy yo quien lo gobierna. ¿Yo? Tampoco aquí sé quien es ese yo. ¿Quién es el que está escribiendo estas líneas? ¿Un tal Luis? ¿Un tal Miguel? ¿El que le prometió a usted hace dos entradas la inminente salida a escena de Fredie Mercury? ¿El que dijo cosas amables del régimen de Franco? ¿El pusilánime escondido detrás de un quiosquillo? ¿El que describió Barcelona? ¿El adolescente de la habitación de mi hotel? ¿El que querría ser garitero de peaje? Todos ellos son unos impostores. Aquel, por ejemplo, que comenzó a escribir esta crónica hace unos meses con la intención de contarnos en siete u ocho entradas su experiencia y sensaciones de nuestra participación en el programa de Saber y Ganar, también. Yo sé por qué lo hizo. Lo comenzó por necesidad de justificar y adornar lo que él vivió como un fracaso público. Lo cual era ya una premisa falsa. Un timorato con muy poco aprecio por sí mismo. Lo rezumaba ya en aquella primera entrada cuando atravesaba los Monegros en el tren temblando como un gorrión apresado ante el solo hecho de pensar en las futuras preguntas de Juanjo Cardenal. Ya hace de eso unos cuantos meses y, afortunadamente, se nos ha esfumado. Y yo, que escribo esta Gurdjieffentrada, ¿quién soy? No lo sé, ya se lo he dicho. Otro de tantos, quizá también otro suplantador. Pero ahora soy yo el que tengo el control y me atribuyo el derecho de conocer la verdad, y con ella, porque yo lo quiero, convierto en dogma la lúcida aseveración de Gurdjieff: «Nadie es el mismo mucho tiempo». Un poco más arriba califiqué a nuestro mecanismo orgánico como una máquina que funcionaba por un automatismo ajeno a nosotros mismos. Y parece que, al menos en esto, usted y yo estamos de acuerdo. Pero también mi verdad se atreve a más y como también nos reveló el señor Gurdjieff, de igual forma que nuestro organismo, así funciona nuestro yo, esa “unidad indisoluble”: como una máquina sin control. Plagado de automatismos que nos hace ser pura y llanamente eso, máquinas.  Máquinas, incluso, más imperfectas que la del cuerpo. Chucuchuf, chucuchuf. Causa-efecto, causa-efecto, misma causa, mismo efecto. Chucuchuf, Chucuchuf. Quiero, tomo; no quiero, suelto, y ahora vuelvo a querer, retomo. Hoy digo que no, mañana que sí; hoy quiero dejar de fumar y mañana, dentro de un rato, enciendo un cigarro. Mañana me levantaré temprano y correré por el parque –me digo-. Pero el yo que se despertará mañana no es el mismo y dice ¡Ese tío se pincha! ¿Levantarme yo para correr? Promete el uno e incumple el otro. Jura un secreto éste y aquel otro lo chiva a su mejor amigo. Si algo indeterminado me ha puesto alegre, pues concedo, pero si me ha enfadado, pues quito o denigro. Al albur, caprichosamente, sin una razón, sin un plan que someta a todos los yoes en pro de una causa superior. ¿En cuántas ocasiones y cuánto ha tenido usted que pagar los excesos, las deudas, las secuelas de los actos realizados por un yo suyo menor, traviesillo, irresponsable? Unas cuantas, claro, como todos. Y qué me dice de esas pobres personas que arrastran y pagan durante toda su vida la consecuencia de un acto provocado por un yo ínfimo y despreciable al que se le dejó comandar un ratito nuestro complejo sistema. Creo saber lo que piensa. Que esto no es más que medio filosofía, medio mística, medio superstición. Me da igual. Como ahora soy yo el que lleva la manija de esta undécima entrada lo sostengo y por ello anuncio mi renuncia inapelable. Desde este mismo instante quedo desentendido por completo de la responsabilidad de lo que aquí se ha escrito, se escribe y se escribirá en adelante. Me niego a aceptar que mi nombre, ese que conjuga todos los yoes porque es LosYoes2el de la pila bautismal, ese Luis inconcreto pero representativo de todos los demás nombres, tenga que ser el que, fuera de estas crónicas, en el mundo no evocado, deba cumplir compromisos que no son suyos, tenga el deber de justificar, defender, explicar todas las palabras, opiniones, pensamientos de cualquier párrafo de cualquiera de estas crónicas como si fueran propias, como si él fuera artífice y responsable de ellas. Pues no. Estaría bonito, por ejemplo, continuar firmando y representando a ese yo gnomo que cuando todos estamos dormidos, se levanta sigilosamente y escribe un poco aquí y antes de que lo descubramos se acuesta otra vez y se hace el dormido y por la mañana nos encontremos aquí publicada su rebaba y cuando le pregunto, él me mira con cara de «y a mí que me cuentas…». O ese otro al que le pirria la hipérbole y nos habla de “banderas como piel de diplodocus” o de “dar doce (por qué doce y no siete mil) vueltas alrededor de Alfa Centauro” o a aquel irresoluto que nunca va al grano, siempre con evasivas y rodeos. O el simpaticón que usted no ve pero que luego en privado es un cáustico pelusón. Pues no. Sanseacabó. Renuncio. Esto no lo ha escrito Luis.

                                                         Los diversos yoes, miradas e interpretaciones

LosYoes1  yoes4

Fuentes: www.conodesimismo.com                       detrasdeloaparente.blogspot.com

 ¿Y, entonces, qué? No tema, yo no soy un imprudente. Yo no abandono el barco como una rata dejando el boquete en el casco y algo se me ocurrirá para llenar este vacío de poder. A ver, un poco de orden. En primer lugar voy a reprimir el impulso que me impele a retroceder y borrar el nombre de Luis en todas las entradas donde aparezca. De momento descarto esa opción. Digo, de momento, porque lo primero que tengo que hacer es encontrar un testaferro que se avenga a representar este papel de responsabilidad comunal y luego ya veremos. Espere… Hum… Creo que lo tengo.. Sí, ha sido fácil: Será Giorgi. Sí, creo que ya se ha escapado ese nombre en algún punto de estas entradas y lo que es más importante, ya se ofreció y ejerció este papel el año pasado cuando escribimos las crónicas de mi participación en el campeonato de ajedrez de Madrid, los tan entrañables “Informes para Valdenarro”. Sí, Giorgi. ¿Todos de acuerdo? (Por esta vez, no es usted el preguntado, sino ellos, ellos, mis otros yoes que andan pululando por aquí ahora). Unanimidad.  De acuerdo entonces, Giorgi, como el impulsor del sistema de medidas MKSΩ. Algún día habrá que contar el porqué. En este momento no es relevante.

Ahora, y una vez superada esta crisis de identidad, podemos hacer dos cosas. Podemos volver a recuperar a Gustavo y su visión y a los presagios de la víspera que pronosticaron –un poco al sesgo, ya verá, tendrá que ayudarme a desentrañar las señales- mi calamitosa participación  en Saber y Ganar, y hablar un poco de la importancia que tienen esos presagios para saber caminar con más firmeza y no como meros peleles ante los inevitables baqueteos de la vida. O también podríamos cerrar por aquí esta undécima entrada...

...Está decidido, tomaremos esta última opción como la mejor por dos razones. La primera es formal. Es obvio que ha sido ya mucho el espacio y el tiempo yoes5gastado en esta entrada para esa fundamental recomposición de papeles y responsabilidades y que se nos iría demasiado lejos el final de esta crónica si nos liáramos ahora con los presagios. Aunque ésta no es la razón principal. Existe una segunda que se ha impuesto por sufragio vinculante. Me explico. Al acabar el anterior párrafo me he atrevido –disculpe si le importuna- a suplantarle a usted. Primero, he abierto otro documento y me he puesto a escribir algo para retomar la interrumpida historia de Gustavo y los presagios. Un párrafo mediano, veinte o veinticinco líneas. Luego, aprovechando que andan por aquí mis yoes diversos al olor goloso del tema suscitado, imantados por la vanidad –como todos nosotros- de sentirse protagonistas (unos escandalizados por lo que se ha dicho de ellos, otros complacidos, otros revoltosos, todos expectantes), he solicitado que algunos de ellos escribieran a su vez un párrafo parecido sobre el asunto. Finalmente, como es usted el que está leyendo esto, le necesitábamos como juez, y como eso no es posible por el momento, he nombrado a otro de mis yoes, uno de los que considero capaz de representarle a usted correctamente -bueno a un Usted genérico porque desconocemos como es usted específicamente-, para que opinara sobre cuál sería el párrafo más adecuado para la continuación, el que usted elegiría, el que usted quisiera leer como más ameno o interesante o explícito de lo que se quiere contar; y que según cuál fuera el elegido, seguir por un camino o por el otro, a saber: O que fuera yo el que alargara esta entrada con la pendiente historia de Gustavo, o que me relevara cualquier otro de mis yoes y fuera él el que tomara el timón, el puesto de control de mi cerebro y el manejo del teclado. Finalmente, la opción de mi sustitución se ha impuesto. El usted espurio, es decir un yo mío, ha esgrimido que sí, que he realizado con eficiencia mi labor de solventar el apuro surgido, pero que hasta aquí he llegado y que lo mejor era que desapareciera por el foro. Yo creo que es despecho y aunque acepto la decisión no estoy de acuerdo con ella. Hay cosas que necesitan un mínimo de rigor descriptivo para contarse bien. Pero, llegados a este punto, a mí ya me es indiferente. Que hagan lo que quieran. Yo ya he cumplido con lo encomendado lo mejor que he sabido. Pero antes de cerrar la crónica, sí que me parece pertinente no dejarle a usted así, suplantado, ignorante y fuera del juego y además, en pro de la solidez de lo escrito y que no parezca todo esto una salida de circunstancias o un truco literario, se hace necesario sacarlo de la abstracción en la que está y darle un cuerpo. Así que, antes de desaparecer, voy a cerrar esta undécima entrada con la transcripción literal de lo que hemos escrito cada yo, y que ha servido como base para la elección del camino a seguir. Así usted podrá intervenir algo y podrá juzgar si la decisión final ha sido la acertada y si usted -como su usurpador-, también hubiera tomado la resolución de reemplazarme. Con ello, descubriremos dos cosas: si yo he sabido elegir con acierto su sustituto y si usted también me hubiese despedido por demasiado descriptivo y reemplazado por alguno de los otros yoes míos más efectistas, retóricos o soñadores para continuar con la historia de Gustavo y su visión. Y con esto me retiro. Se le saluda.

ExinCastillos    uroboro 

Sísifo    deshojandomargaritas

 

Párrafo escrito por el yo continuista:

Fijado el día en el tiempo y esbozados los acontecimientos históricos que lo definieron, desatascada la tarde de los obstáculos que la retenían, vuelto a sentar Gustavo junto a mí en un banco del Retiro, ya podemos prender de nuevo la luz de su historia. Comenzó su "vida laboral", ya está dicho, una tarde de sus 14 años. La mañana la había dedicado a construir torretas con su «Exin Castillos», comió pronto, cambió sus pantalones cortos por los largos nuevos de una boda reciente y salió de casa apocado y receloso pero con cuatro ojos enormes y abiertos. Los dos dilatadísimos de su cara, el ocasional de la frente y uno más grande y extraño en el plexo solar. Era normal su excitación, un niño que se iba a ganar su primer dinero. Salió de casa, bajó los quince minutos de la calle que le conducía hasta la boca de metro, pagó su billete y en el andén, absorviéndolo todo, esperó la llegada del tren. Cuando llegó estrepitoso, Gustavo se subió al vagón, y el convoy, estación a estación, se trasladó por el tubo durante los quince minutos que le separaban hasta la estación de su trabajo, una con nombre de poeta. Luego se apeó, subió las escaleras, cruzó unas calles y quince minutos antes de la hora de entrada, se sentó a esperarla en un banco de diseño incómodo y rodeado de las piezas complejas de un museo al aire libre de escultura contemporánea. Estaba inquieto y preocupado, pero sus cuatro ojos ya se habían colmado de los más mínimos detalles de la luz, color, forma, rostros, rincones, olores... de aquella su primera tarde. Y su corazón, ya invadido con las impresiones profundas y nuevas de todo aquello que comenzaba...

 

Párrafo escrito por el yo alternativo número uno.

De la nada no puede venir nada. Los presagios no constituyen hechos aleatorios sino que son instantes mágicos donde, de dos realidades sin aparente relación, surge el relámpago, un resultado, una manifestación, la tercera punta del triángulo. ¿Puedo llegar un poco más lejos? De la nada no puede venir nada y lo que existe cumple La Ley. Una Ley programada. Detrás de los presagios, por encima de ellos, hay una voluntad de producirlos. Algún día, de una forma razonada, lo más precisa posible, sin fantasía, sin cábalas, ejemplarizando, deberíamos atrevernos a razonar sobre lo que yo llamo “agentes”. Ojo, no me refiero con ese nombre a enviados divinos, sino a esas personas u objetos normales que aparecen de una forma aparentemente casual en un momento de nuestras vidas y sin demasiada implicación, terminan resultando fundamentales para la resolución de un dilema o para darnos una respuesta fundamental de nuestro devenir. Se asemejan en su función a la de los catalizadores en una reacción química. Gustavo no les sabe poner cara pero sabe que los hubo. Quizás, en este caso, no físicos. Lo siente como un ritual escenificado para que comprendiera. Las preguntas: ¿Quién o qué empujó a Gustavo para que se equivocara de salida de metro y escogiera la que no era la suya y, sin embargo, era la misma salida con nombre de poeta de su primera tarde? ¿Qué o quién le hizo “ver” que eso era la señal definitiva de que un ciclo se cerraba?...

 

Párrafo escrito por el yo alternativo número dos.

Ciclos, órbitas, ruedas, corros, circunferencias, pescadillas que se muerden la cola, uróboros, mitos de Sísifo... Después de casi cuarenta años, también medidos por la traslación elíptica de la Tierra alrededor de su estrella y, después de habitar cinco casas, tres ciudades, viajar por cuatro continentes, conducir tres autos propios, trocar trabajos y funciones y girar y girar mareantemente sobre sí mismo: Gustavo no puede eludir su destino. Obviamente, elíptico. En la elipse, un punto de inicio: Una tarde antigua impregnada en la piel. Luego, rodar, rodar y rodar. Hasta que, sin saber cómo, empujado, treinta y nueve años después, Gustavo se ve durmiendo en la misma primera casa del punto de partida, desciende la misma calle del punto de partida, toma el mismo metro en el mismo lugar, recorre el mismo camino del punto de partida y se apea bajo el mismo nombre de poeta. Todo idéntico salvo una diferencia: Va a trabajar a otro lugar y sale al exterior por una boca distinta, a una plaza que no era aquella. Entonces se cierne el ERE. Aceleración del proceso, traqueteos, calentamiento de las moléculas encerradas. Dudas, preguntas al aire. ¿Qué ocurrirá? ¿Lo deseo? ¿No lo deseo? Margarita deshojándose: si-no-si-no, deseo-nolodeseo-deseo-nolodeseo, yo-onoyó-yo-onoyó. Mira y mira, inquiere, busca señales. Una mañana, un error ¿consciente?, ¿inducido? Una mañana se descubre emergiendo al exterior del tubo por una salida no natural, la que no es ahora la suya, pero entonces... ocurre. Sí, sí, sí. ¡Es aquella!, la del punto de partida. Claro, él lo sabía pero lo que reconoce es una repetición exacta, exacta, de aquella primera tarde. Entonces se le vuelcan encima los detalles grabados, las sensaciones guardadas desde una primera y vieja tarde, la del punto de partida. Y entiende, interioriza, sabe, reconoce que... es también la estación de término. La vía no va más allá. Indudablemente el ciclo se cerrará. Nada más hace falta que se evidencie. Lo sabe.

 

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Entrada décima (Historia fallida de Gustavo):   

 

Si yo a usted le permitiera –que lo haría, si supiera cómo- que nos contara alguna circunstancia en su vida en la que le ocurrió algo que a primera vista parecía pueril o secundario y que, sin embargo, usted lo reconoció a la postre como una clave precisa que vaticinaba un acontecimiento posterior esencial para usted  y que, de haberlo sabido interpretar, le hubiese precavido o de algún modo, o que hubiera conseguir disminuir o desviar el impacto producido, estoy seguro que nos llenaría esta décima entrada de jugosos o aleccionadores o terribles o regocijantes ejemplos. Por lo que, por esta vez, no me voy a sentir ni tan estrafalario ni tan solo por lo que aventuro en este capítulo.

EnConstrucción

 

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Entrada novena (Los ciclos elípticos):   

      El recorrido completo de un día, ese giro axial de nuestro planeta sobre sí mismo que posibilita nuestra vida biológica, es un ejemplo preciso de ciclo dual y, quizás, elíptico. Moderna y desenfadadamente, oigo preconizar por los científicos que estos ciclos tienen alta probabilidad de ser resultados inerciales procedentes de un caos primigenio y que son como son y se manifiestan como se manifiestan fruto de una casualidad, principalmente cuando se refieren a la aparición de la vida en la Tierra. Y así, por esa causa y de ese modo, sin una razón superior que lo haya programado o lo dirija, se deberían explicar todos los procesos cíclicos completos de la Naturaleza o del Universo vivo. Cuesta trabajo creerlo, ¿verdad? Si fuera esto como nos dicen, tendríamos que incluir en el mismo saco todos aquellos que se nos ocurriera mencionar en el poco espacio que para ello nos concede esta entrada novena; desde el ciclo de Krebs, por ejemplo, o ese que se inicia con la eclosión de un minúsculo huevo y pasa por la metamorfosis de un gusano viscoso y urticante en una mariposa que se viste de gala para reproducirse y morir poco después de depositar otra vez un casi mismo huevo; o la propia Rueda del samsara; o hasta esa colosal y mareante migración de ida y vuelta de millones de herbívoros en el ecosistema del Serengeti-Mara. Pero pasa que los ñus, gacelas de Thomson y de Grant, cebras… se conducen como platos de pollo con almendras, wasabi, ensaladas de algas, tempuras variadas… sobrepuestos en una cadena automatizada y giratoria de autoservicio de algunos restaurantes japoneses; porque parece mismamente inventada para el abastecimiento y, por tanto, la supervivencia de sus depredadores. Y así, leones, guepardos, cocodrilos, hienas y otras especies dotadas de incisivos y caninos o picos curvos y afilados, se acomodan y esperan pacientemente, sin tener que moverse demasiado de sus taburetes, la aparición de esos platos con las manos lavadas, un cuchillo y un tenedor sujetos por ellas y la servilleta colgada del cuello de la camisa dispuestos para su sangriento banquete, y para, llegados los platos a la altura de sus áreas de caza o de cría, irse sirviendo de lo que les traen.

LeonescazandoCocodriloAtaca2Guepardo1Leonescazando2

 Sí, reconozco que es una representación contra-científica, pero yo no puedo evitar ser asaltado por ese escrúpulo cuando veo los documentales. Asumo que tengo que andar con pies de plomo porque esa aprensión se contrapone en lo primordial a lo que hemos escrito en el comienzo, y eso convierte la idea en inquietante y hasta en peligrosa. Sentir de ese modo utilitarista un fenómeno natural de tal magnitud y tan cadencioso como un péndulo, puede animarnos a dar un paso más allá y colegir de ello un sentido de existencia por finalidad y, luego, por comparaciones o paralelismos, en dos o tres saltos -¿qué razones que no se basen en la fe lo impediría?-, llegar hasta lucubrar, desde el mismo principio teórico, las propias razones de la existencia de la especie humana y preguntarnos si para ella hay también programada una finalidad subalterna –aunque nos duela-, incluso, nutricional para otros y superiores depredadores que ya no se alimentarían exactamente de carbono 12, ni de proteínas crudas ni del combustible mineral con el que se lubrican las glándulas, ni siquiera de la luz solar sintetizadora. ¿De qué, entonces, se nos ocurre? No sé, quizá de los frutos de la ira, o de los huevos podridos de la soberbia o de la avaricia o, quizás, de las vibraciones negras del odio. ¿No es válida esta idea ni para una digresión congruente? ¿Piensa usted que estamos en la cúspide de la cadena alimentaria del Universo? Mejor volvamos a San Cugat, que hace solecito.

Porque, y ya iba siendo hora, ahora estoy de pie a la puerta soleada del hotel AC San Cugat con mis dos sombras –la propia y la advenediza- en custodia de mi maleta nazarena mientras sigo con la mirada como la furgoneta, conducida deprisa por mi liberado chófer, da una vuelta completa a una rotonda desproporcionada y toma el sentido contrario al que nos trajo hasta aquí, de regreso a Barcelona. La veo, finalmente, alejarse entre reflejos dorados y empequeñecerse hasta que se deja caer tras un suave cambio de rasante y se convierte en un recuerdo más, una experiencia ya tan perdida y volátil como la de mi primer sonajero. A diferencia de la plaza de la estación de Sans, ahora soy el único ser humano visible en un espacio de 5000 metros cuadrados. Me he encendido el primer purito en horas que puedo degustar sin premuras. Tengo a mi espalda las puertas de vidrio oscuro del que deseo que sea mi hogar durante muchos días -¡Ay, ilusión, licor falaz fuente de desconsuelo!- Ante mis ojos se extiende en un plano ligeramente inclinado, como un gigantesco carguero elevado de proa por una ola poderosa, un espacio luminoso de formas geométricas puras. El círculo, a mi derecha, de infinitos verdes que levanta el sol del césped mojado, es la alfombra de esa enorme rotonda por donde comenzó su fuga al pasado mi furgoneta y que será –es- la confluencia de cuatro caminos que se abren como las cuatro patas de un artrópodo verde. Son avenidas anchas que serían también rectas si no tendieran a desviarse muy ligeramente hacia su derecha respectiva, una curvatura que produce en el conjunto el efecto singular de una cruz girando, el principio de movimiento que simboliza la esvástica dextrógira –la cruz gamada nazi- y en donde la misma glorieta constituiría el eje de giro. La  rotonda se adorna y se concentra en sí misma con un círculo interior de cipreses y pinos. Y en el centro del sistema, un árbol bíblico que simboliza la paz: un olivo. Y justo enfrente de mí, a unos escasos cien metros, interpretado ya entre la celosía de las volutas del tabaco como un destino huraño, un edificio que parece construido con las piezas poliédricas de un juego de Lego, culminado por un hexaedro naranja con letras blancas: Sí, es el Centro territorial de RTVE en San Cugat. Un escenario reblandecido por la duda, esa desconfianza que me va invadiendo causada por no sé que otra cosa que, sintiéndola, no consigo ver su rostro. 

HotelACMapa

- ¡Vaya, vaya! –me digo-. Así que esto era.

Pasan unos minutos y ese espacio tendido bajo el domingo y el sol está dormido. No ha cruzado ni un solo auto y las aceras se proyectan vacías hasta su extravío final entre los límites de los distintos planos; nadie se asoma a una ventana. Nadie llama a nadie. Nadie sabe que ya estoy aquí. Otro minuto. Fumo entre los arbolitos de hoja dura que adornan la entrada del hotel al lado de los mástiles donde cabecean cansinas cuatro banderas rojas, amarillas y azules: las barras y estrellas de greys distintas. Otro minuto; otro más. Nadie. Solo alguna nube blanca y abombada y mullida como un dulce de azúcar derretido, avanza indiferente hacia el mar. ¿Habrá gatos por aquí? –me pregunto-. Un poco más de humo, el último. Adelante. Arrojo diestramente con una toba infantil el resto del cigarrillo, agarro mi maleta y la ruedo hasta el interior del hotel. Está en penumbra –es un efecto de contraste aunque, es verdad, mis sombras se han disuelto- A la izquierda, un par de sofás y tres puertas. La doble y pesada de la escalera de emergencia y las de los dos ascensores. El de la derecha tiene las puertas abiertas hace ya un rato, el tiempo suficiente para que el que saliera de él se me escabullera. El contiguo, con un número 2 escrito con puntos de luz roja, está detenido en el piso segundo. El lobby es profundo, con un silencio de ermita. En su medio fondo, a la izquierda, veo un pedazo de barra cromada de un bar sin murmullos y sin movimiento y unos taburetes vacíos. Al fondo, aunque está velado en su mayor parte por una mampara tapizada de azul marino con grandes cuadros de grises, vislumbro dos o tres mesas montadas con mantelitos oscuros, servilletas en las copas y cubiertos limpios. No oigo el tintinear de vasos ni de cucharas, ni escucho las voces de comanda. –Me parece que aquí –pienso- podré leer andando, como en los claustros. A este lado de la mampara, en la parte derecha, hay colocadas siete u ocho mesas bajas laqueadas y flanqueadas por unas sillas funcionales rojas y negras. Free Wi-Fi, leo en algún sitio. Y más acá, justo a la derecha de mi inmovilidad perpleja, está la recepción. (Discúlpeme, por favor, si esta descripción se le ha podido hacer un poco larga y quizás aburridilla, aunque haya intentado esquematizarla sin perder la fidelidad del recuerdo. Pero busco en usted un efecto determinado que la justificaría: ¿Puede usted ser capaz de respondernos cuántas personas me encontré sentadas en la zona de encuentros y si el empleado de la recepción estaba ausente? Si sus respuestas son ninguna y que sí, que no había nadie en la recepción en ese momento, usted ha acertado y yo habría logrado transmitir cierto desamparo).

Me entretengo revolviendo los panfletillos satinados y coloristas que ponen en esos mostradores de los hoteles. La Sagrada Familia, el teleférico de Montjuich, un plano del barrio gótico, el zoo, compañías de taxis, el Güell y las ubres hinchadas del Casino y del modernismo. Hasta que una señorita que sale de una puerta interior de la recepción me da las buenas tardes en castellano.

- Buenas tardes –contesto-. Mire, vengo al concurso de Saber y Ganar. Las palabras me llenan toda la boca y la sonrisa me llega hasta las orejas, aunque no me he atrevido a subir y bajar varias veces las cejas ni a hacer una pose de pasarela que es lo que me pedía el cuerpo.

- Déjeme el DNI, por favor –me pide seria y profesionalmente-. Vale. Otra persona que sabe mucho de esto. Sí, ya sé, son dieciséis años de programa, pero también son milenios en los que siempre existen mujeres que tienen veinte años y a eso le llamamos el eterno femenino. Sé que mi volatín es fatuo, si se quiere, pero es que es una sensación muy placentera en esa víspera y también tiene algo de eterno porque todos los que nos va tocando representarla lo vivimos como si fuese única y nueva. Además, muchas cosas en la vida son así, los ellos existen siempre (la infancia, la primera vez,… la muerte) y lo que cambia somos las personas que vamos pasando por cada trance, ello es lo fijo y el individuo lo inconstante, ¿o no es así? En fin. Mi firma de viajero, los horarios de desayuno y de cena y la tarjeta llave de la habitación 101 en donde el acceso a la Wi-Fi no es “free” sino “of expensive payment”. Y olvidados queden mis alardes de volatinero.

lilithJohnCollier                  LaLunaNegra  

 Wikipedia: Lilith es una figura legendaria del folclore judío, de origen mesopotámico. Se la considera la primera esposa de Adán, anterior a Eva. Según la leyenda (que no aparece en la Biblia), abandonó el Edén por propia iniciativa y se instaló junto al mar Rojo, uniéndose allí con Samael, que se convirtió en su amante, y con otros demonios. Más tarde, se convirtió en un demonio que rapta a los niños en sus cunas por la noche y se une a los hombres como un súcubo, engendrando hijos (los lilim) con el semen que los varones derraman involuntariamente cuando están durmiendo (polución nocturna). Se la representa con el aspecto de una mujer muy hermosa, con el pelo largo y rizado, generalmente rubia o pelirroja, y a veces alada. (A la izquierda Lilith, cuadro de John Collier. Arriba, esquema de la óbita lunar)

 Estamos a primeros de diciembre y son las cuatro menos cuarto de la tarde. La ventana de mi habitación mira hacia el complejo de RTVE como un objeto de culto. Mientras lo curioseo en conjunto, se me hace llamativo que la luz de la tarde no haya cambiado apenas desde mi llegada a Barcelona. Debe ser una característica de los ciclos elípticos –me digo- (Ya ve usted por dónde andaba). Es por eso que esta entrada comienza atreviéndose a insinuar que el del transcurso de un día pudiera ser de esa naturaleza. No deben de existir en el Universo muchos ciclos circulares porque casi todos los que conocemos son elípticos; y, como usted conoce, esto implica algo no tenido muy en cuenta pero que sí parece importante. Implica que, por la propia definición de la elipse, no existe en ellos un solo centro omnipotente alrededor del cual gira lo secundario; sino que, al menos, existen dos. Los llaman focos. Uno es físico, real, ponderable, pero, a la vez, hay un segundo centro inmaterial que lo contrarresta y que lo compone el punto confluente del total de las fuerzas que afectan al sistema-ciclo. Hay un ejemplo sencillo que si usted no lo conoce, le va a gustar y, además, no nos va a llevar muy lejos. Se trata de Lilith. La órbita de la luna no es muy excéntrica pero sí, es una elipse. Uno de los centros de esa elipse es la Tierra pero ¿y el otro? El otro se llama Lilith y no tiene cuerpo. No hay nada, polvo, una confluencia de fuerzas tan potente como la gravedad de la Tierra con la que la disputa la primacía de centro. No nos extraña, entonces, la naturaleza oscura de los seres o mitos a los que se les ha asignado ese nombre. En astrología, también se le llama la Luna Negra y simboliza el Engaño. Ahora, realice usted de esto, si lo desea, sus propias conjeturas, las mías se disparan más allá de lo que a esta crónica conviene. A veces, hasta teorizo con mi ego Negro. No le digo más.

ElipseAnimada

Pero otra de las características que confiere el movimiento elipsoidal a un ciclo (sin que aquí nos importe mucho ahora lo que nos dice de las causas la segunda ley de Kepler) es que la velocidad en ciertos segmentos del ciclo es distinta a la de otros. De la misma manera, en el transcurso completo de un día, parece haber fases de cambio muy veloces, como, por ejemplo, las dos horas que separan las once y cuarto de la mañana de la una y cuarto del mediodía. Si en la primera, un domingo, no te has levantado aún o andas remiso, sí, es un poco tarde pero no es algo desatinado ni demasiado desestabilizador, pero como se te vayan remoloneando dos horas más, ya hay medio día que puedes ir a buscar al sumidero o al cubo de la basura, y, además, para según que cosas, tienes que empezar a trotar para que no se te escapen o que no te las cierren. Amén de que la luz ha cambiado tanto que parece que estás en otra estación, por no ser exagerados y decir que en otro planeta. También pertenece a ese tipo de fases del día el desmorone estrepitoso de la jornada en colores exaltados hasta ese piiiiiiiiiiii final del ocaso en donde, paradoja, el día se ralentiza durante tres minutos con el fin de que los humanos sintamos patentemente el movimiento de la tierra en su línea de horizonte tragándose al sol. Pero, como contrapartida, hay otras en los que el proceso parece detenerse. Una es esa, el ocaso. Otra, es, se me ocurre, la de las dos, las tres, las cuatro, las cuatro y media de la tarde, al menos en los relojes adelantados de estas latitudes de alrededor del paralelo cuarenta. En ésta, la luz no cambia demasiado perceptiblemente y tenemos dos o dos horas y media para comer o tomar el vermú o estirar una mañana de playa o de Rastro; o bien podemos también echarnos una siesta breve y no nos invadirá la sensación de que se nos ha esfumado un pedazo del día; tan distinta de esa vía de agua que se nos abre en algún punto de flotación de nuestro espíritu cuando descubrimos que se nos ha colado la noche tras una siesta tardía, invernal y demorada. ¿Verdad?

Bien, volvamos a los hechos. Ahora, en la habitación, me arengo: Organización. Cada objeto en su lugar, cada lugar sin utilidad de la habitación, mejor vacío. Mi Libro de las Curiosidades abierto sobre la mesa de trabajo, el pijama bajo la almohada, el ordenador sin conexión con los documentos concretos abiertos; lo que puede arrugase, en las perchas; Austerlitz, de Sebald, en la mesilla y el pánico, agazapado, deglutido de momento que ya regurgitará él solito cuando quiera. Bien, pero… ¿Y yo? ¿Dónde me he puesto? Pues mire usted qué panorama. Yo, ahora estoy en la ventana conmutando el ángulo de las láminas de la persiana de mi ventana (un-dos, un-dos, un-dos) a la máxima velocidad que me es posible con un móvil atrapado en equilibrio precario entre mi hombro y una oreja. Las ventanas de la habitación son abatibles pero solo abren dos rendijas mínimas a la tarde, así que tengo que hacer estos movimientos ridículos para tratar de ser ubicado. ¿Ubicado? ¿Por quién? Adivina, adivinanza. Por alguien que ahora mismo está enfrente, subido al tejado o a una plataforma alta del edificio de RTVE, por lo menos en la misma altura que algunas de las variadas antenas parabólicas que centellean rabiosas al atrapar las ondas lumínicas del sol; alguien que también tiene un móvil en la oreja, el mismo con el que ahora está conectado el mío, alguien que mueve de un lado al otro la mano libre en un gesto de saludo para que sea yo el que también le ubique a él, alguien que me pregunta por la línea, aún incrédulo, que si es verdad que estoy allí, en San Cugat y que cuál es mi habitación. ¿Quién puede ser? Creo que está claro. Es mi «topo», el malogrado.

- Casi debajo de mí hay un coche oscuro aparcado –le sitúo-. ¿Lo ves? Pues toma la referencia de la línea de la parte posterior, la proyectas y cuando llegues a la ventana del primer piso, ahí estoy haciéndote gestos con la mano.

- Jo, tío, que no te veo.

El sol debe pegar de plano en el frontal del hotel. La fachada es muy clara y la reflexión debe ser ahora cegadora y los cristales tintados de las ventanas deben semejar desde enfrente, lápidas de granito negro. Yo, desde dentro (son los continuos problemas de perspectiva que a todos nos afectan), no sé si mi ventana es la primera, la décima o si es alguna de la fila primera como podría deducirse del número de la habitación, o no. Así que, por ahí, no puedo ayudarle porque no me veo a mí mismo.

Entonces no lo entendí correctamente. Hoy, cuando recuerdo esas acciones de adolescente, lo comprendo mucho mejor. Somos amigos desde hace muchos años, buenos casi siempre y como no ha habido otro en algunos momentos complicados. Vivió muchos años en Madrid adónde vuelve a vernos de cuando en cuando. A Barcelona, a su casa, yo he ido unas cuántas veces. Pero pueden pasar meses sin que nos veamos. Mil horas de teléfono. Nuestras cuitas, nuestros afectos, nuestros movimientos vitales, nuestras exaltaciones y desmoronamientos. Pero también ya hay mucho de simbólico en nuestra relación. Una palabra nos abre un mundo, un recuerdo mínimo nos desencadena un torrente de vivencias comunes, una persona recuperada del pasado nos trae de la mano diez rostros perdidos. Conocemos lo que fuimos, cómo éramos, qué podemos ser ahora y, posiblemente, hacia qué tendemos. Así que, tras un periodo largo de ausencia mutua, nuestros encuentros suelen estar bien cargaditos, como si recuperáramos un afecto que siempre corriera el riesgo de aventarse, como si fuera la primera vez que nos viéramos en años, o lo que es más poderoso, como si pudiera ser la última. Así que aquel encuentro, al suceder allí, a las afueras de Barcelona, en su trabajo, tenía mucho de especial y, según somos cada uno para el otro, no resulta tan ridículo como pueda parecer desde fuera que él hubiera dejado momentáneamente su puesto de trabajo para encaramarse entre las antenas de RTVE e insistiera y quisiera situarme en el espacio y yo, por mi parte, estuviera haciendo señales luminosas incoherentes con una persiana. No se trataba de satisfacer una necesidad concreta de situarme precisamente. Más era por cerciorarse de que sí, que era verdad, que yo estaba allí enfrente, que íbamos a comer juntos en una hora y parlotear como papagayos huecos; que, a diferencia de siempre, yo iba a poder husmear y él mostrar su lugar de trabajo, con todo lo que esto tenga para muchos de curiosidad sospechosa, de pudoroso incluso…, que lo tiene. Y luego estaba lo insólito de la razón que me había traído esta vez hasta Barcelona, esa participación en el ínclito y añejo programa de «su» televisión. Supongo que para él aún resultaba un poco increíble y necesitaba un indicio inmediato. Finalmente, la luz-noluz, luz-noluz, luz-noluz producida por los tirones alternativos de dos cordeles consiguieron el efecto buscado:

- ¡Sí, ya veo dónde estás! –se alegró a través del móvil-. ¡En la primera ventana por encima de donde acaba el coche oscuro! –Sí, exacto- conteste-. Cuando salgas del trabajo, me vienes a buscar y nos vamos a comer algo. ¿Vale? Y ya se hicieron reales muchas cosas y el día se aceleró apreciablemente.

 

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Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury.

 

LuisC y FreddyMercury  

Entrada décima (Historia fallida de Gustavo):   

 

Si yo a usted le permitiera –que lo haría, si supiera cómo- que nos contara alguna circunstancia en su vida en la que le ocurrió algo que a primera vista parecía pueril o secundario y que, sin embargo, usted lo reconoció a la postre como una clave precisa que vaticinaba un acontecimiento posterior esencial para usted  y que, de haberlo sabido interpretar, le hubiese precavido o de algún modo, o que hubiera conseguir disminuir o desviar el impacto producido, estoy seguro que nos llenaría esta décima entrada de jugosos o aleccionadores o terribles o regocijantes ejemplos. Por lo que, por esta vez, no me voy a sentir ni tan estrafalario ni tan solo por lo que aventuro en este capítulo.


EnConstrucción

Ahora, para aquellos que no sepan muy bien a qué estamos aludiendo y para que concluyamos que no nos estamos refiriendo a la magia sino a analogías y concomitancias entre sucedidos que a nuestra razón predominantemente cartesiana le parece difícil o infantil encontrarles relación; y ya que usted no puede contarnos lo que sabe de ello –quizás, sí, a través de un comentario o colaboración-, este cronista se siente obligado a traer algún ejemplo adecuado de ello, alguno que no esté teñido de personalismo ni sea extremoso ni cogido por los pelos (aunque todo es interpretable) y, sobre todo, que nos ilustre y nos cocine el talante que me se apoderó de mí al conocer como recorrí aquella extraña tarde-noche de vísperas en San Cugat y que así conseguir de usted un ánimo más comprensivo o, al menos, condescendiente; porque ese es el motivo principal por el que nos hemos metido en este patatal. Y va a ser la historia de Gustavo, un amigo ya cincuentón al que le prendió en un instante la certeza absoluta de que un hecho, que hasta ese momento era incierto, iba a ocurrir sin duda ninguna, inexorable. Y comenzó a preparase inteligentemente para lo que le iba a sobrevenir.

Gustavo trabajaba en una empresa afectada por un inminente DECOBADUNE (Despido Colectivo Barato y Dudosamente Necesario. Soslayaremos por esta vez las justas críticas, y bástenos con haber sustituido con su nombre más cabal ese eufemismo bastardo de ERE). Gustavo no era uno de los candidatos con CastañosdeIndiasRetiromás papeletas para entrar en la lista de despedidos, incluso hasta manejaba evidencias en contra de ello. Mediado el proceso –quince días faltaban para la lista definitiva de afectados por el desbroce-, al preguntarle yo, al teléfono, qué cómo estaba y que cómo marchaba el asunto, me soltó: «Luis, de ésta no me libro, estoy en la lista de los pateados, seguro». Tras mi silencio asimilador, le pregunté: «¿Por qué lo sabes? ¿Es que ya han hecho pública la lista? ¿Te han filtrado algo?». No, -me contestó-, pero estoy convencido, segurísimo. Ya te cuento-. Luego, en persona, paseando bajo las sombras de los castaños de indias de nuestro Retiro, me transmitió la “visión” que se lo predijo y, necesariamente, los prolijos detalles que la explicaban en la forma y que reputaban de correcta su lectura, para que yo lograra entenderla bien y, finalmente, compartirla. Ahora, voy a intentar trasmitirle los hechos oídos, a ver cómo se me da porque no me parece una labor sencilla. ¡Ah!, y no se me duerma, no se salté usted esto como hizo con el texto de Musil, ya que en ello puede que entrevea alguna perspectiva que le pueda servir.

Bueno, primero, el escenario, y así puede ir haciéndose usted una composición de lugar, ahí comodón, prevenido hacia lo que lee y en camiseta de tirantes. (Ojo, con el máximo respeto, porque le estoy comenzando a corporizar y debo andar cauteloso porque a saber adónde y cuánto le han pegado a usted también estos tiempos y qué papel tiene asignado en el gran circo romano que es esta crisis urdida de lejos; si cristiano, esclavo, prisionero o león, si gladiador, espectador con derecho a levantar el pulgar o limpiador de jaulas, si guardia pretoriano, senador obeso o vendedor de pistachos en los vomitorios. O, como casi todos nosotros, leproso). Gustavo, como se ha dicho, estaba –está- en una edad espantosa para un hipotético reintegro en la vida laboral porque, seguramente, ya no habría empresa que le pudiera considerar amortizable; y aunque pudiera –que puede- realizar con suficiencia su trabajo, creo que se le considera, en lo negativo, excesiva su experiencia: Metabolismo lento, maneja bien su sombra y las distancias, se inmuta lo justo con los efectos escénicos y acumula mucha capacidad para relativizar; así que, es claro, su despido equivalía al fulminante rótulo de “THE END” de una película de casi cuarenta años. Más de veinte en esa empresa de donde, como él vaticinó lúcido, finalmente le botaron.

Ahora, la historia. Le anticipo que, siendo ejemplar para lo que queremos enfatizar en esta entrada, tiene poco de espectacular y debemos rebajar nuestras expectativas; aunque, eso sí, Gustavo, me la contó bien, con mucho detalle y cierta poesía, mezclada con un trozo –un buen trozo- de la historia reciente de España, con sus alegorías y sus metáforas. A ver si le hago honor.

Nuestro amigo comenzó su periplo laboral a los catorce años, en 1974, un año crítico para lo que somos ahora; más aún, incluso, que el siguiente que es al que se le carga el protagonismo al ser este último en donde se precipitaron los acontecimientos esenciales, es decir, que se recolectó lo sembrado y se organizó la fiesta de la cosecha. Sí, se habla siempre del 75 como crucial porque en él se conjuntan los hechos históricos imprescindibles que fueron los primeros brotes fuertes del emparrado actual –la caída de la influencia, la obsolescencia de la Falange, la pérdida sin abotonar de la colonia saharaui, los últimos fusilamientos francoyjuancarlosfranquistas, la agonía y la muerte de Franco y la implantación por decreto del Régimen monárquico (recuerde que, en puridad, el rey legítimo, -si vemos legitimidad en la restauración monárquica-, era Juan III, el padre) de Juan Carlos I que, por cierto, ahora toca a su fin, con prisas manifiestas y muchos ensalzamientos a su labor, principalmente agradecidos –por lo que sale en la televisión y en la prensa- de políticos y jueces, cargos públicos, empresarios, taurinos, jerarquía católica y señoras que pasan por ahí. Pero que alguna sombra también parece que debe de existir cuando, anunciada la abdicación, el monarca no va a consumarla hasta que no le aforen, es decir hasta que no se le garantice por Ley Orgánica la protección ante posibles enjuiciamientos plebeyos. Así parece, al menos. Bueno, esto ya es una derivación de la línea principal aunque nadie puede tildarnos de oportunistas: Estamos hablando de historia reciente y nuestro Rey se ha colado con todo derecho en nuestra crónica, así que, imposible hacerle un feo y no actualizarla con lo que hasta ahora conocemos.

Retomemos, entonces. El llanto, el triunfo, una petunia, usted calcinando su pasión en un tálamo, la tos ferina… y tantos miles de efectos, no son más que el resultado de la manifestación final de un proceso de incubación y maduración anterior y, también, lo concretado en 1975 se había gestado con anterioridad. 1974… tiempo de expectativas, de movimientos nerviosos en los hormigueros (recolección de nutrientes, patas articuladas haciendo click-clack en la oscuridad, frotación de antenas para el reconocimiento mutuo, hormigas-soldado preparadas para una generala, fecundación de las hormigas reina, construcción de nuevas galerías de ida y vuelta –por si acaso-). Sí, eran tiempos nuevos para nuestra vieja piel de toro –vaya, veo que me dejo arrastrar por la épica de esta evocación ajena, válganos así, Gustavo- que se veían venir pero que ocurrieron “cosas” que terminaron por precipitarlos. Recordemos, en 1973, importante y de ámbito mundial, otra crisis, la del petróleo que, naturalmente, pegó muy fuerte aquí en España. Crisis también, como la que nos están inflingiendo ahora, urdida y provocada en pisos estratosféricos y bien salvaguardados, al frescor de grandes despachos que olían a Cohíba y a NAPALM quemado y alrededor de mesas macizas de oro negro donde refulgía el rojo de los diamantes de sangre o de los rubíes engarzados y descansaban valijas diplomáticas, transcontinentales: carteras de piel gruesa y bruñida donde esperaban las firmas ampulosas o crípticas los nuevos tratados de Tordesillas; y todo al tic-tac de las horas marcadas por los meridianos opulentos. También en 1973, a finales de año y ya en nuestro ámbito nacional, tiempos nuevos empujados por el impulsoCarreroBlancoTrayectoria de la transmutación a cadáver (¿inesperada?, ¿consentida?) de un Presidente de Gobierno por el poder alquímico de la goma-2, de ese almirante también gallego y también decimonónico y cuartelero en formas, usos, ideas y pensamientos, y que era El Peligro Oscuro, el más apto para tratar de estirar lo que se pudiera el Régimen maloliente; y que aún estaba caliente en su tumba (si es que ese marino tan circunspecto, amenazador y disciplinario estuvo caliente alguna vez -le recuerdo a usted, que la operación de su asesinato se llamó “operación Ogro” y no “operación Cerilla” ni “operación Bambi”) cuando ya debía sentir sobre él el rebullir de la fauna ibérica: topetazos de cuernas, olisqueo de traseros y genitales, movimientos reptantes, galopes alocados, sibilinas simbiosis, saltos, vuelos y monadas –las hormigas no urdían sobre la tumba, sino a nivel-. Sí, desde luego, tiempos de expectativas.

Antes de continuar la historia, es apropiado que me detenga en un ejemplo de toma de posiciones que fije y dé credibilidad a lo que hasta ahora se ha expuesto y que fue fundamental para el dónde chapoteamos ahora usted, yo, nuestros hijos, nuestros padres… En ese año, 1974, anterior al Gran Deceso -nuestro Gustavo ya para entonces iba poniendo céntimos para su lejana jubilación realizando perplejas labores de acarreador de bultos, de limpiador de plásticos y de recadero pelelillo- se desarrollaba, cerca de Paris, el llamado Congreso de Suresnes, el número 13 del PSOE, en donde finalmente, se impusieron las tesis de la corriente pragmática –defendida por el llamado “grupo de los sevillanos”- sobre las tradicionales, y que supuso un cambio radical de la orientaciónSuresnesCartel
Suresnes1974ideológica del partido porque se abandonaron definitivamente las reivindicaciones revolucionarias históricas; y política, con la consiguiente frotación de manos para mantenerlas calientes en espera de la muerte del dictador y Entrada en la Historia de España por la Puerta Grande. En ese Congreso resultó elegido Secretario General un tal Isidoro, que era el nombre en clave del ínclito Felipe González, sin faltar maldicientes y filosas lenguas que sostienen que propugnado y aupado por los dueños del Monopoly. Un Felipe entonces con chaqueta de pana y agujeros en los bolsillos y hoy con sus honorarios vitalicios y su finquita de caza y todo. Socialista, obrero y español. Eso pasó.

Pero, me dirá usted, ¿Y nuestro Caudillo? ¿Qué hacia nuestro Faro ante lo que se removía y se avecinaba? Él tenía que prever, por fuerza, lo que sobrevendría. Es seguro que contara con buenos informantes y tecnócratas con una buena mente gris, y él, aunque no era muy inteligente, de tonto no tenía un pelo. Él sabía. Seguro que sabía. Me atrevería a afirmar que él hasta conocía cuando se iba a morir. Sí, no se sorprenda. Si yo mismo, algo más joven que Gustavo, me jactaba de vaticinar cuándo iba a morirse ¿cómo no lo iba a saber él? Al fin y al cabo era Caudillo de España por la Gracia de Dios y, queramos o no, (y menos mal que esto entronca en algo con el tema de fondo de esta entrada que ¡Uff! Miro hacia arriba y, ¡córcholis! ¡Qué lejos está!  Ya le decía yo que esto no iba a ser esto sencillo…) Franco era un Predestinado, por lo que su muerte debería estar predestinada también. Algunos de nosotros, en el instituto, proponíamos un juego para adivinar la muerte de Franco. Los que sabíamos la respuesta, epatábamos con él. Y era muy simple. Planteábamos la pregunta: ¿Cuándo comenzó la Guerra Civil? La mayoría respondía correctamente porque la Guerra estaba a una distancia memorística para nuestros padres de alrededor 35 años, menos si incluímos los años del Hambre como su consecuencia; la misma, entonces, que la “movida madrileña” de nosotros ahora, insuficiente tiempo para que el miedo y el horror grabados en ellos se hubiera volatilizado; pero además, tenga usted en cuenta que en su aniversario había paga extraordinaria en los hogares y era día festivo. Entonces, anotábamos la fecha:

                             18   07  36

¿Y cuando acabó?, era la segunda pregunta. Y anotábamos debajo:

                     01  04  39

Luego, trazábamos una raya y sumábamos:

                        18   07   36                       

                    01   04   39

                    --------------

                    19   11   75

 

¡Tachán! Ahí la tenemos. Clavada. Alguien como Franco no podía faltar a la cita con su Destino. Luego se conjeturó de si llevaba muerto ya unos días o no, y se oficializó el día 20 –en la madrugada- para que toda España durmiera tranquila su última noche en el pasado y para que coincidiera con la del más ensalzado ideólogo-mártir del Régimen, José Antonio Primo de Rivera, fusilado un 20 de Noviembre de 1936; pero usted y yo sabemos que fue, seguro, el 19 (*). No le digo nada cuando nos despertarnos ese día con la noticia. Sí, muy contentos los chavales porque el Destino, tantas veces esquivo, nos había regalado tres días sin clase, de luto oficial. Pero yo, que ya entonces me aprensaba con lo más inocentón, en el desayuno me decía ¿Seré un gurú sin saberlo?; y aunque luego paseé ufano mis “dotes adivinatorias” ante quien me quiso escuchar, ya moscas zumbonas me revolotearon detrás de las orejas.

Ahora, repito las mismas preguntas pero con nuestra duda razonable de que quizá él sabia... ¿Y nuestro Caudillo? ¿Qué hacia nuestro Timonel ante lo que se removía y se avecinaba? Pues, y esto es ya hacer ficción relajada sobre cuatro palos ciertos, supongo que rezar mucho, entretenerse y dormitar mientras esperaba la dolorosa y nunca deseada muerte. Poco más podía hacer aunque todavía buscó provocar daño creyendo que podía debilitar lo imparable. Le habían matado a su cachorro más afín y quizá aún creía, en su chochez, que el sucesor que él había nombrado para conducir las riendas de su régimen personalista –Juan Carlos I- iba a darle continuidad. «Dejo todo atado y bien atado» dejó escrito en su bando de despedida. No sé si lo creía de veras. Él, entre un cuadro de flebitis y otro, se continuó ocluyendo las arterias con chocolate con picatostes aplatanado ante la ristra de partidos televisados del Mundial de Fútbol de Alemania y aún le dio el resuello para vaciarse algunos granos sebáceos que de cuando en cuando le salían en forma de ministros aperturistas, también para hacer de tripas corazón cuando un batallón verde de desarrapados con banderas rojas y verdes acampaba y le desposeía de su penúltima colonia y también para rubricar su innecesario y escandalosamente sangriento periplo con la tinta roja de unas últimas sentencias de muerte entre el humo de las embajadas quemadas y las pataletas indignadas e hipócritas de las mismas potencias occidentales que le habían ayudado a mantenerse en el poder durante cuarenta años. También, de vez en cuando, se embadurnaba con el fervor por bocadillos en el balcón de la plaza de Oriente, aunque seguramente ya subido a una tarima y apuntalado por una estaca o por alguien que agachado le abrazaba las piernas. Bueno. Si algo de lucidez le quedaba, pagó mucho en ese último año aunque, para tantos, no lo bastante. Pero eso ya no es cosa nuestra.


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Solo una cosa más que me quema y que quizás le queme a usted también luego, pero son pocas las oportunidades que se me van a presentar de tener el plato tan en su punto como ahora lo tengo. Cuando uno no es nadie (Duchamp sí pudo ponerle un bigote a la Mona Lisa y eso era arte), siempre que se desea defender o proponer algo “política-ideológicamente incorrecto” hay que comenzar justificándose, así que pago la prenda: Si hasta aquí ha leído, poco puede usted sospecharme de defensor o permisivo con un gobierno como el de Franco y con las familias políticas, sociales, militares, eclesiásticas… e internacionales –las mejores de cada casa, oiga- que lo sostuvieron. Pero no podemos condescender o justificar o ser poco críticos para todo lo demás y no hacerlo mínimamente para con él. Poca cosa actual quedaría en pie, piltrafas, títeres sin cabeza, peluches destripados serían, si se las juzgara con la severidad marcial con la que se juzga aquel régimen; y al revés, también. Bastante quedaría de aseado o salvable de él si se hiciera la misma vista gruesa y oídos sordos y se contemporizara como hacemos hoy con mucho y con muchos. Hace bien poco, por ejemplo, vimos como nuestro Rey, en uno de sus últimos actos como monarca –ojo, no es su culpa, le llevaron hasta allí sus obligaciones-, repartía abrazos y besos de moflete entre unos cuantos jeques del petrodólar, de esos con capacidad para mover los hilos de la miseria y que heredan fortunas y monarquías dictatoriales en donde la mujer es un florero, la democracia un virus exótico y las voces discordantes se emiten desde cuerdas vocales que al poco y a poco, pueden estar colgando de otras sogas; regímenes donde los derechos humanos están bien pisoteaditos como uvas en un lagar y, desde luego mucho más quebrantados que los nuestros durante el régimen franquista. Pero el Rey no estuvo solo en ese país que ocupa el cuarto lugar en ejecuciones por condenas a muerte del mundo (Amnistía Internacional, 2013), sino que acudió como embajador junto a tres ministros y unas decenas de grandes empresarios españoles. Todos sonrieron, dieron palmaditas, se bañaron en pilas con grifería de oro,  besaron y abrazaron a discreción porque había mucho parné de por medio. ¿Alguna voz crítica en los noticiarios tan voceadores para casos más nimios? ¡Qué va! Lo contrario. ¿Alguna voz que justifique la venda en los ojos y la pinza en la nariz que tuvimos que ponernos porque después se nos pormenorizó en qué consiste el bien común o social para nosotros, los españolitos, que nos “tragamos” la buena noticia entre alharacas? ¡Quiá!. Burro vendido (a los jeques y a nosotros) y todos tan contentos. Y este es un ejemplo actual de lo que quiero resaltar aquí, pero hay más; mucho más que con “Franco no pasaba” por utilizar una frase muy uso –que sí, que sí, graffitis fachas, oiga-  al comienzo de esos nuevos tiempos de los que hablamos. Ahora, es lastimosa la displicencia y hasta la admiración y socarronería que demostramos con las actitudes y proclamas de personajes públicos incultos y ensoberbecidos, o con programas de televisión zafios, vacuos, alienantes; o con comportamientos despreciativos contra la inteligencia, el buen gusto, el respeto, la filosofía, el buen corazón…; o con las versiones falaces, parciales, compradas, descreídas, amorales, insolidarias que se admiten como «lícitas», de las corrientes de opinión de los lobbys de la información, o de periodistas en nómina, o de medios partidistas; o con la sevicia argumentada, legislada a capón y cuasi homicida, basada en el dios del crecimiento y del beneficio, carne, ilusiones, esperanzas humanas de las que se nutren las connivencias poder-justicia, los bancos sanguijuelas, las empresas demoledoras; o esa iniquidad –y ya acabo-, esa ofensa a la inteligencia y a la vista que supone encontrarse a un jubilado o a una madre de familia –por no salir del barrio- incitada, enganchada, enferma sin remisión ante una máquina tragaperras en la taberna de al lado de su casa no pudiendo evitar que le timen los bandidos aliados el kilo de boquerones que había salido a comprar: Los filetitos para el Estado, la cola y las aletas para el tabernero y las tripas para los hermanos Franco, CIRSA, o semejantes, dejándole solo las espinas, la culpa y las lágrimas; y que no haya nadie con dos cojones o simplemente compasivo que se atreva a ponerle remedio a un cáncer que destruye familias y vidas y se limiten a estadísticas de ludopatía y a culpar indirectamente a las víctimas… Y tanto más. Pues sí señor, aunque no nos guste nada de nada a ninguno de nosotros, Franco y su régimen, jamás lo permitió ni lo estaría permitiendo. Nada de eso. Le recuerdo que, en aquella época, el juego estaba prohibido y que las grandes empresas –sí, sus prerrogativas tendrían- estaban obligadas, por ejemplo, a colaborar con el estado en la construcción de viviendas asequibles para sus empleados, con hipotecas acordes a sus sueldos –yo me crié en una de ellas-. Ha oído bien, lo pongo en subrayado: El régimen consideraba que las empresas ganaban el suficiente dinero como para que sus beneficios alcanzaran al máximo número de personas que contribuían a generar esos beneficios. Con un plus adicional: Las viviendas se repartían entre la gente trabajadora, la currante, nada de regalos “no contributivos”. Era así o así. ¿Extraterrestres? No. Correponsabilidad e infinitamente más sentido común y de honradez. Nuestro país genera riqueza: que llegue a todos los rincones. En fin, sí, parece marciano, pero no olvidemos que era Franco y por encima, de Franco, solo estaba Dios. Sí, su Dios, el amenazador, el omnipotente y vengativo; pero no había nadie ni nada por encima de Él (esta mayúscula es para Dios, no para Franco, no nos liemos) y mucho menos los becerros de oro. En ese régimen, los grandes empresarios no conseguían desprenderse del todo de un sambenito: la sospecha, el tufillo a neoliberalismo o a masonería cuando no a judaísmo que podía desprender. Sí, ese régimen tan vituperado no era solo antidemócrata convencido y anticomunista rabioso, sino también echaba pestes del neoliberalismo obsceno y, desde luego, era antisionista y antimason declarado. Así que, un poco con pies de plomo y mano izquierda sí tenían que andar también los sacerdotes del Becerro de Oro… Y ya que estoy lanzado ¿Qué me dice usted del tan execrado Sindicato Vertical, que sí, que era acólito y estaba controlado por el régimen, pero también tenía una fuerza que ya quisieran nuestros necesarios pero pobriños sindicatos actuales, tan demonizados ellos pero, a su vez, tan bien nutridos. Un obrero –así se nos llamaba entonces, lo que somos- podía perfectamente denunciar un atropello. Eso sí, mucha póliza,  mucho «pongo en su conocimiento», «si usted lo tiene a bien» o «Dios guarde a usted muchos años»; pero podía acudir a ese Sindicato Vertical y si se demostraba el abuso, al abusador se le podía caer el pelo. ¿Hoy?, a millones, impunes. Esclavos del capital. Entonces, con más o menos peros, el trabajador estaba defendido en sus derechos por un brazo fuerte del propio régimen y las empresas tenían que cumplir escrupulosamente también. Y no se ría, yo conozco casos en los que las familias se pudieron comprar pisitos con las horas extraordinarias que “echaban” y que la Empresa estaba obligada a pagar sí o sí. ¿Hoy?, millones de horas gratuitas, a la fuerza, como esclavos. Como veo en la distancia espacio-temporal su rictus de indignación, duda o sorpresa ante lo escrito, noto la necesidad de volver a justificarme. Es una pena. Que no, señor, que yo no lo defiendo, que no soslayo la discriminación de la mujer, el exilio, la censura, las cárceles, la grisura, la sangre, la falta de libertad y de derechos, la cerrazón... Pero si ha leído usted bien solo he dicho que sería razonable utilizar un parecido rasero para juzgarlo como hacemos con otros aspectos de hoy y no despreciarlo sin analizar algo de lo que podía haber tenido de correcto y que hoy nos sería útil y, desde luego, mucho mejor que lo que tenemos y no despreciarlo por provenir de aquel régimen. No todo debía ser lícito ética y moralmente –aunque lo sea por la Ley- solo por llamarnos Democracia y no todo era abominable de aquello por llamarse Dictadura.

Bueno, veo que tengo que reconducirme, bajar pulsaciones porque cuando uno se enerva pierde la distancia necesaria. Es muy posible que cuando relea lo escrito desee hacer desaparecer buena parte de ello y si finalmente, lo saco publicado dentro de esta entrada décima, posiblemente me arrepienta en unos días y tenga que abrir mi cajoncito de sastre y sacar una buena tijera y cercenar… Pero, de momento, aquí queda y no se malquiste conmigo, por favor, me guía una excelente intención. Ésto, desde luego, ya hace mucho que se me ha ido de las manos y que no estoy en San Cugat y se me hace necesario buscar un intermedio congruente y mucho más tranquilo porque soy consciente de que no ha llegado usted hasta aquí para ser arengado. Lo asumo, así que bajaré un poco la presión con una salida de consenso, me detendré y seguiremos con una segunda parte con lo que nos ha congregado.

 

Epílogo-pomada.

LosEnamoradosDelaRevolucion

Finalmente, fueron cuarenta años que nacieron por una casualidad histórica. Germinaron como fruto de una guerra como nunca hubo otra y como difícilmente la vuelva a haber. Una guerra civil ya por definición, cruenta y odiosa, que multiplicó exponencialmente sus efectos destructivos y que arraigó una enemistad sin posible entendimiento que nos viene salpicando hasta hoy; porque, simultáneamente con ella, se produjeron dos revoluciones exportadas de aquella Europa polarizada. La fascista y la anarco-comunista. A la vez. Mucha tela para unos pobres analfabetos con alpargatas que se enamoraron de la luz que se vislumbraba al final de un túnel de miseria y abandono de siglos y para aquellos señoritones rancios y casi también analfabetos en lo esencial, que sintieron peligrar sus privilegios y se enaltecieron con la idea de un destino de clase, de sensibilidad, de inteligencia, de predestinación que estaba augurado por los dioses y los héroes clásicos. Al final ganaron éstos apoyados por los golpistas. Pero ¿Dónde están hoy los espíritus de los contendientes? ¿Dónde las ideas, las energías, las pasiones que los exacerbaba? Aquella República tan valiente y prometedora es hoy un pendón de colores que como una Virgen de pueblo se saca de procesión los catorce de abril y luego se guarda otra vez en su capilla. Y sí, digo bien, la III República futura –si acontece- será muy otra, ni una pariente lejana de aquella tan esperanzadora y tan preñada de promesas que ni dejaron que se realizaran ni, quizás, podía cumplirlas. Los ideales fascistas… hoy nadie cree en los dioses ni en los héroes y también, quien los procesa, son otra cosa muy distinta, modernizada, que juegan o han jugado al Super Mario Bros y se emboban con los Juegos del Hambre. Los anarquistas ¿dónde están y qué son hoy? Y no me refiero a su estructura o a su poder o a la dimensión de su CNT o de su CGT. Me refiero a aquel espíritu, a aquel espíritu de sacrificio que hoy falta –a todos, no solo a ellos- a la esencia ácrata, al Individuo. Y su ocio lo dedican a juegos parecidos. Y el comunismo ¿dónde? ¿Adónde es posible hoy si no es como una medida de emergencia y temporal porque el individuo, al menos en Occidente, no puede ser un comunista si no es por la fuerza de la voluntad y en contra de su naturaleza biológica, contra el instinto de posesión, de superación, de necesidad de trascendencia a la muerte (por ahí, más importante que lo económico, cayó la URSS y los países satélites, comenzando por Polonia, donde la Iglesia Católica dio un golpe maestro nombrando un Papa de Cracovia). Pero eso sí, nos quedan los rescoldos de aquel odio, las páginas, las heridas sin cerrar y los dosieres, las tumbas sin abrir… y la incomprensión hacia con el otro, eso sí está petrificado. ¿Qué esperamos? Señores de la izquierda, la desigualdad está en el cosmos. Nadie debe ni puede ser parásito o subsidiario del trabajo, del esfuerzo, de la capacidad de los demás si ese esfuerzo es lícito y no se demuestra que la solidaridad es necesaria. Otra cosa son las prebendas, los privilegios de clase, la solidaridad, los derechos humanos… Señores de la derecha. ¿Qué les cuesta abrir tumbas y legajos? ¿Qué les cuesta oír que su abuelo era un traidor o, incluso, un asesino como lo fueron tantos otros del otro bando? Y si no es así, defiéndanlo. O no. Pero ¿qué importa ya si nada queda real de todo aquello? El mundo globalizado –no entro en el porqué, ni en el para qué, ni en el cómo- va por un camino sideralmente distinto; la patria es la Tierra y el hambre y el sufrimiento humano, en nuestra calle, en nuestra ciudad o país o en otro continente ya no es -si alguna vez lo fue- un problema ajeno. Es el del Hombre. Suyo y mío. Dejen a un lado el orgullo y ¡atrévanse! Si no va a pasar nada, señores. Que se cierren, por fin, las heridas. Ya está bien, por favor. Aceptémonos como fuimos (como FUERON) y como somos. Todos.

Y ahora, después de esta pomada, por Dios, ayúdeme. ¿Por dónde anda mi Gustavo y dónde los presagios? Si ya me lo decía mi segunda novia: -Giorgi, que por ahí no es, que te desvías…

  

(*) Una persona muy cercana trabajaba aquel día 19 en un hospital madrileño. Antes de las doce de la noche llamó a su madre y le dijo: -No levantes a las niñas mañana porque no habrá colegio. Franco ya se ha muerto.

 

 

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Entrada octava (El charnego):          

- ¿Y qué tal usted? ¿Se ha preparado bien para el concurso? –me suelta de sopetón mi conductor ya en los últimos kilómetros del trayecto. Me sobreviene un involuntario ¡glup! al mentarme la bicha, la elegante corbatita de cáñamo que pueda estar aguardándome.  Exagero, claro. Ya me gustaría verle…

Me quedo mirándole con fijeza pero él no desvía la vista de la carretera. Me viene la impresión de que reprime una sonrisa que no me parece maliciosa sino inteligente, de esas entre comprensivas y condescendientes del que conoce el percal. Sus ojos ligeramente oblicuos, sí pudieran confundirse como una defensa contra el resol, pero ese leve trazo cóncavo de los labios, no sé…  Creo que este señor sabe mucho, pero mucho, mucho de lo que no sale en el programa, de justificaciones, de cabellos mesados, de vestiduras rasgadas, de procesiones interiores. Secretitos, también.

- Bueno, algo se ha hecho –me conforto-. Mi conductor, al oírme esta aserción tan ambigua, ya sí vuelve la cabeza hacia mí y me mira un segundo como por encima de unas gafas imaginarias antes de volver a prestar atención al tráfico. No sé como interpretarlo, pero sí que me lleva entonces ha realizar un repaso introspectivo. Comienzo haciéndome la doble pregunta clave para chequearme: ¿Cómo se llamaba el grupo de Fredie Mercury?: Queen. Perfecto ¿Quién era el líder de Queen?: Fredie Mercury. Hasta aquí vamos bien. Continúo. Antes de venir, he visto y analizado en la red los veintiún programas diarios de Saber y Ganar del mes de noviembre. La prueba de la calculadora me deparó una sorpresa: Más de la mitad de las veces no se superó, doce. Memoricé un par de divisiones repetitivas e intenté sistematizar un modo de cálculo. Grosso modo. En uno de esos programas realizaron la siguiente pregunta:

  CatalinaLaGrandeIsabel ILéotard

HeliogabaloLadyGodiva

¿Qué gran personaje histórico murió sentado en un retrete? Y yo, con el asa de la taza de mi cafelito cogida con tres dedos y con el meñique extendido como en aquella serie de “Los invasores”, me contesté mentalmente: Catalina la Grande. Hay un rebote y el siguiente concursante responde correctamente. Pero tras dar un sorbo satisfecho, me pregunté… Y yo, ¿por qué lo sé?  Y entonces, se me apelotonaron en la memoria una serie de preguntas oídas y medio contestadas por mí que, como en ese sencillo pasatiempo en el que vas uniendo con líneas los puntos numerados y aparece un dibujo, guardaban una evidente relación entre sí. Eran cuestiones que más que puramente históricas o de cultura general, pertenecían al género de las anécdotas o de las curiosidades. Por ejemplo, además de ésa sobre la onerosa muerte en el retrete, recordé una sobre Jules Leotard, el trapecista inventor del leotardo; otra en la nos enterábamos de que fue Isabel I de Inglaterra el primer ser humano que utilizó un excusado, alguna, si no recordaba mal, sobre la muerte a cuchillo del joven emperador Heliogábalo e incluso ¡vaya casualidad! una en donde se preguntaba que cuál ciudad era la que Lady Godiva recorría montada en un caballo sin más prenda que la de sus largos cabellos negros; pues, ¡sí señor!, ¡Coventry!, la última ciudad inglesa que un servidor tuvo que identificar en la prueba “Última llamada”. (Aquí, pese al protocolo de confidencialidad firmado que usted ya conoce, tengo que desvelar un secreto. Si no lo hago, en primer lugar, se lo sustraería a usted y que siendo esto lo mínimo que merece por haber avanzado, a trancas y barrancas, hasta este punto, pecaría de cicatero; y, por el otro, perdería la oportunidad de lanzar una flor –varias deberían ser para poder ofrecerlas también a la dirección del programa que es la que se lo permite- a su presentador, el incombustible Jordi Hurtado, para que se conozca el trato afable y deferente que en ese programa se mantiene con los concursantes: Cuando ya has llegado en última posición a la prueba mencionada y luces un cero bien hermoso como cantidad de dinero ganado, y como en esa prueba el fallo resta puntos pero el acierto no los incrementa, es decir, que tu respuesta es inocua atines o yerres; cuando Juanjo Cardenal te formula esa última cuestión, Jordi, en un acto de caridad cristiana, corre hacia el panel interno y te chiva la respuesta señalándola. Así lo hizo también para mí, aunque, en mi caso, yo sí conocía la historia de la Godiva, lo que no sustrae mérito al gesto del señor Hurtado ni a mí me suma ni una miaja). Pues eso, que eran preguntas cuya respuesta yo conocía y que estaban cosidas por un hilo común. ¿Dónde?..., ¿dónde lo he leído? me preguntaba caviloso... 

LibroOroCuriosidadesHasta que di con el libro en cuestión en una de las estanterías altas de mi librería y que resultó ser uno de esos divulgativos y baratejos que se venden en los puestos prefabricados de los mercadillos que montan en Navidad o en algunas ferias o playas. Se llama “Libro de Oro de Las Curiosidades”. “Un anecdotario imprescindible para los amantes de las curiosidades. Las historias más insólitas, las creencias más sorprendentes y los personajes más singulares”, de la editorial Añil y escrito por Agustín Celis Sánchez y que es muy ameno e ilustrativo. ¡Puff! Es que no avanzo, me van a cerrar hasta el hotel y mi chofer va a doblar jornada. Bueno, continúo. Además de mi ligera preparación para la calculadora, este libro lo llevaba leído tres veces, con los protagonistas de las anécdotas enfatizados en amarillo fosforescente y lo traía a buen recaudo en mi maleta. Mis resultados en las preguntas calientes de esos veintiún programas escrutados, procurando contestarlas en tiempo y forma con un rigor escrupuloso para ser honesto conmigo mismo, no fueron como para decir que fuera sobrado. De haber participado yo solo en todos los programas de ese mes, es decir, sin incluir compañeros y estando en casa, únicamente hubiera contestado correctamente a cuatro preguntas y media por programa. Así que los cohetes festivos se quedaron en Madrid. Es manifiesto que no debería haberme dejado deslumbrar por mi supuesta maestría conjeturada entre cafés o cabezadas de sofá y que debería haber realizado este análisis antes de presentarme al concurso y no cuando la suerte ya estaba echada, cuando el caramelo de vivir esta experiencia me atraía como a un moscón goloso al que no detiene ya ni la amenaza del ridículo, aunque, claro, la jocosa sombra de éste se hace amiguita de la tuya y te acompaña durante todo el periplo. Resultado: como en la vieja fábula, se me quedaron las patas pegadas.

- Pues ha hecho usted bien –me rescata de muy lejos mi conductor-. A mí, desde luego, me parece muy difícil porque te pueden hacer preguntas de cualquier tema y, además, según me dicen las personas que llevo, cambia mucho el contestarlas en tu casa que delante de las cámaras.

Por aquí, mi conductor, no me aporta nada nuevo, porque lo preveo. Y usted también. Y cualquiera. Lo que desconozco es el cuánto de diferente se hace y si la escenografía completa y con las cámaras retratándote puede llegar a resultar paralizante como, tristemente, terminaría ocurriendo.

- Bueno, al fin y al cabo es un juego –le comento- y lo que más  importa es poder vivir la experiencia. – Claramente, estoy buscando la puerta de toriles. Me rebullo algo en el asiento buscando una postura más cómoda.

- Eso sí, claro -me condesciende.

Pero tal y como lo ha dicho, no me creo ese “eso sí”. Lo entiendo como si hubiera oído: “Eso es lo que dicen todos antes de volver reconcomiéndose y llorando por dentro la oportunidad perdida”. Pero no estoy seguro. Quizás sea la tensión que procuro que no se manifieste y se cuela por donde puede.

- Bueno, a mí me parece –concluyo con una obviedad- que también influye mucho la suerte; que las preguntas que te hagan sean de temas que controlas o que no, hay mucha diferencia.

- Es verdad –me contesta-. La suerte y que caiga usted bien.

- ¿Cómo? –me sorprendo- ¿Qué quiere usted decir?

- Pues que algunas personas que he llevado de vuelta se han quejado de algún trato de favor y otras de que los otros concursantes se conchabaron contra él.

- ¿En dónde? En las preguntas calientes, ¿verdad?

- Sí, se quejaban de que a ellos, los otros concursantes, no le mandaban ninguna. También uno contó que, entre programa y programa, los tres concursantes habían encontrado soluciones parciales en la prueba esa de las pistas y que los otros dos cruzaron sus datos para que, si llegaba el primero alguno de ellos, dar ya completa la respuesta; y que a él le habían dejado fuera del pacto. O sea, que además de la suerte, hay otras cosas.

Nuestra furgoneta toma una salida de la autopista y aprovecho para recomponer lo que me acaba de decir. En cuanto a lo del trato de favor… alguna cosa he leído por Internet, y mismamente, en el programa que emitieron ayer, “indultaron” a una concursante a la que le había quedado una palabra por solucionar en la prueba final del reto y la permitieron continuar. A mí no termina de parecerme mal. Otra cosa sería que penalizaran a alguien más allá de las normas, pero ¿beneficiar sin dañar a un tercero?, es su programa, como si quieren poner a concursar a un chimpancé resolviendo todos los días retos con cero incógnitas (no des ideas, Luis, que bastante auto-denigrado está ya el medio). Y de lo demás… tampoco me sentí sorprendido de lo que me contaba mi conductor. Lo de hacer el vacío a un concursante, sí que lo había sospechado en algún programa; lo del pacto en la “Parte por el todo”, quizá algún atisbo sí, pero entre los tres, y solo en el aspecto de que creo que han llegado a respetar al concursante que dio con la clave definitiva en el programa anterior para resolver el todo, pero que le faltó un pequeño último detalle y que le permitieron que fuera él el que lo completara finalmente. El pacto entre dos sí está feo, porque la desigualdad y perjuicio al tercero es evidente. Bueno, en conclusión, si se trataba que ser simpático, pues intentaría ser simpático, o mejor, simplemente cordial no sea que alguna chanza liviana se me fuera a pintar de sorna, que me conozco.

De pronto, sin venir muy a cuento, mi conductor comienza a hablarme como si fuera un padre o un profesor bondadoso:

- Por lo que yo tengo oído, lo más importante es que haya suerte y caer en gracia. Luego, sí, hay que saber controlar los nervios y estar muy atento a las preguntas, porque si no las entiende usted, dígame ¿cómo pueden responderse? Y, si viene usted con la idea de estudiar un poquillo, no tenga cargo porque va a tener tiempo sobrado para darle vueltas a las cosas porque, aunque creo que el hotel está fenomenal, no hay nada alrededor. El pueblo de San Cugat está a tres o cuatro kilómetros y en ese polígono no hay ni un mal bar para tomar un quinto. La verdad es que yo no sé cómo les pueden meter ahí en vez de llevarles a algún sitio, no sé, con más vida..., vamos, digo yo. 

Ahora sí que le miro con sorpresa y agradecimiento. Está cansado y nada le obligaba ser tan amablemente locuaz. Como creo que ya referí, mi conductor es un charnego. Después unas cuantas visitas a Barcelona, aún no puedo concluir si este epíteto –charnego, digo- se puede considerar despectivo o no. En la única entrada que contiene el DRAE para este término afirma que sí, que es familiar y despectivo y que significa un «inmigrante de una región española de habla no catalana». Ya sería el momento de incorporar al diccionario una excepción que matizara «menos los que se levantan a las cuatro de la mañana para trabajar –como mi chófer- que sí, que siguen siendo familiarmente charnegos porque no ha cambiado el hecho de haber nacido en Andújar o en Madrigal de las Altas Torres, por ejemplo, y que sí, que aún se desenvuelven normalmente en habla no catalana porque es su lengua materna, pero que ya se les podría soterrar lo de despectivo porque alegran la economía catalana, son del Barça, algunos, incluso, votan a Ezquerra, y tienen hijos que van pintando la estelada por las paredes y las señales de tráfico; aunque, claro, este soterramiento siga siendo potestativo para los catalanes puros». Pues yo digo que ya hubiesen querido los vieneses del Imperio Austro-húngaro el haber tenido un término tan concreto para autonombrarse aunque pudiera ser considerado como despectivo. No, no crea, no me perdido. Respecto a este asunto, ha dejado escrito Robert Musil en su extraordinario libro “El hombre sin atributos” (que, por cierto, ya está referenciado en nuestro querido fragmentos de libros) unas líneas espumosas, inteligentes y preclaras que…, pues mire usted lo que se me acaba de ocurrir: en tanto la furgoneta de Saber y Ganar recorre el último tramo hasta el hotel,  y ya que no vamos a decirnos mucho más mi conductor y yo, en vez de esa película que, inmisericordes, ponen en los autobuses y trenes para amenizar el viaje, y que suelen ser como para serrarse la venas o tirarse por la ventanilla de socorro,  con la intención de que este final de viaje le resulte a usted más distraído y conforme con el asunto suscitado de la envidia que aquellos vieneses tendrían por los charnegos si los hubieran conocido, vamos a recordarlas un poco (señores académicos: me falta el verbo “soleer”). Pero ¡por Dios!, ¡no, no se me achique usted ahora! Le voy a ofrecer una salida sin tener que pasar necesariamente por este desvío. Como lo que viene no es más que un sustitutivo de uno de esos filmes bazofia que hemos mencionado, puede usted eludirlo sin cargo de conciencia, y, si lo desea, en tanto llegamos a ese hotel tan lejos de todo menos de TVE y de uno mismo, puede trocarlo por unas partiditas virtuales en su móvil, o por dedicar este lapso a poner algo de orden en sus mensajes o en su agenda –que ya le vale a usted, ¿o no?-, o, muchísimo mejor, por un sueñecito reparador del que puede, si así lo desea, despertar en la siguiente entrada, en donde se atisba una alta probabilidad de que conozcamos qué pinta Freddy Mercury, tan muerto como el Cid, campando por el Vallés, y le conviene llegar a ella descansado y espabilado. Si opta, finalmente, por escuchar la voz de Musil, siéntese aquí con nosotros en la furgoneta, arrebújese en la butaca y lea lo que escribió.

             AustriaHungriaMap     AustriaHungriaNac

 

 

 

 

 

 

Bien, ausentados, entretenidos o adormilados los no interesados, transcribo:

“Este concepto de nacionalidad austro-húngara estaba de tal manera formado que es casi inútil intentar explicar a quien no lo haya adquirido por propia experiencia. No estaba constituido por una parte austriaca y otra húngara que, como se podría creer, se complementaban entre sí y formaban un todo, sino que lo componían un todo y una parte, o sea, el concepto de Estado húngaro y el otro concepto del estado austro-húngaro; este último tenía su morada en Austria,mientras el concepto de nacionalismo austriaco carecía de patria. El austriaco existía solo en Hungría, y allí, bajo la forma de aversión; en casa se llamaba a sí mismo súbdito de los reinos y países de la Monarquía austro-húngara representados en la Cámara, lo cual significaba tanto como declararse austriaco-más-un húngaro-menos-este-húngaro, y no lo hacía por entusiasmo, sino por amor a una idea que le repugnaba, pues no podía soportar a los húngaros como tampoco los húngaros a él; así es que el asunto se complicaba más todavía. Muchos se llamaban por eso polacos, checos, eslovenos o alemanes a secas, lo cual producía ulteriores divisiones.” 

    “Los habitantes de aquella doble monarquía imperial y real se encontraban en una difícil situación; debían sentirse patriotas en un estado imperial y real de Austria y Hungría pero, igualmente del reino húngaro o del Estado imperial real de Austria. El lema comprensible frente a tales dificultades era: ”En unión de fuerzas”. Esto solo significaba «viribus initis». Pero para ello los austriacos necesitaban de más fuerzas que los húngaros, pues los húngaros eran, a fin de cuentas, húngaros y solo por concomitancia pasaban ante otros que no entendían su lengua, como austro-húngaros. En cambio, los austriacos no eran en principio nada y según opinión de sus superiores debían sentirse tanto húngaros de Austria como austro-húngaros; no había un nombre para designarlos debidamente. Las dos partes, Austria y Hungría, cuadraban la una junto a la otra, como una chaqueta rojo-blanco-verde con pantalones negro-amarillos; la chaqueta era de una pieza, los pantalones sin embargo, eran el resto de un traje negro-amarillo descompuesto, separado de su chaqueta en el año 1877. Los pantalones de Austria se llamaron entonces en términos oficiales “Reinos y provincias representados en el Parlamento”, lo que, naturalmente no significaba nada, reduciéndose al fin a un nombre de tantos, sucedía con aquellos reinos lo mismo que con los shakespearianos de Lodomeria e Iliria, que hacía ya muchísimo tiempo que habían dejado de existir y que no existían ya entonces, cuando todavía había un traje entero de color negro y amarillo. Por tanto, si se preguntaba a un austriaco de dónde era, no podía, como es natural, responder: “soy de los Reinos y provincias representados en el Parlamento” que ya no existen, en consecuencia, preferían decir soy polaco, checo, italiano, frailuno, ladino, esloveno, croata, servio, eslovaco, ruteno o valaco; esto era llamado nacionalismo.”

Inesperado, ¿verdad?, y mucho mejor que la película, adónde va a parar. Creo que ahora ya sí puede usted entender lo que quería enfatizar uno… Desde luego, si yo hubiese sido un austriaco cualquiera, súbdito de ese imperio, un ciudadano probo pero sin mucho peso social, no sé, un fabricante de sombreros, por ejemplo, o el regente de una fonda o un quesero artesano, y alguien por clasismo o por molesto o por simple menosprecio me quisiera diferenciar, ¡qué no hubiese dado yo porque me desdeñaran con un sencillo: «Mira, hijo, ese señor que huele tan mal es un nachthund (1), siempre anda entre quesos»; y no con un «Mira, Maximilian ese súbdito de los reinos y países de la Monarquía austro-húngara representados en la Cámara, ése es el dueño de la fonda ruidosa de la que te hablé» O aún peor sería oír algo como «Sarah, ¿ves aquel, el gordo de la esquina?, ése es el que se está haciendo rico con la nueva línea parisina de sombreros, ¡austriaco-más-un-húngaro-menos-este-húngaro tenía que ser!». Pues eso, amigo conductor, mejor que le aplaudan con un ¡Qué charnego más agradable!, a tener que escuchar: ¡Qué inmigrante-de-una-región-española-de-habla-no-catalana más majo!, si quieren diferenciarle, mejor charnego, no lo dude. Y que rabien aquellos vieneses.

PerroXarnego 

                  Fuente: http://www.club-caza.com/articulos/694vicedo.asp

 

Notas:

1)      Según el DRAE, charnego es xarnego en catalán y este vocablo proviene de “lucharniego” que es un tipo de perro y que, según apunta el propio DRAE, es un perro adiestrado para cazar de noche. En otros sitios lo define como de raza podenco o podenco levantino. Los dignos de lástima (A+nH)-H bien se hubiesen conformado con ser nombrados con un despectivo pero explícito nachthund o “perros noche”.

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