Entrada decimosexta (Perspectivas desde la capilla):   

         De entre las diversas diatribas que el indócil y excelente escritor colombiano Fernando Vallejo ha ido esparciendo por el mundo literario en artículos y entrevistas sobre su compatriota Gabriel García Márquez y su obra más afamada, Cien anos de soledad, a mí, la que me viene más al pelo para esta entrada, es aquella en la que afirmaba, más o menos, que Cien años de soledad no era más que una novela que se componía con una mera ristra de anécdotas. Algo así le oí opinar en una de sus entrevistas radiofónicas. Dentro de que, parece ser, también ha tildado a la prosa con la que está construida como “bastante pobre” y que incluso haya llegado a acusar al premio Nobel de plagiar con su novela (particularmente con su personaje más carismático, el coronel Aureliano Buendía)  al mismísimo Balzac, no se me podrá acusar de haber entresacado la opinión más lesiva de entre todas las que Fernando Vallejo ha vertido sobre esta magnífica obra. Lo que sí logra todo esto es hacer cabal, de algún modo, a ese refrán que nos dice, “Denigra, que algo queda”, porque, siendo Cien Años de Soledad una novela que me ha fascinado siempre, es posible que me ocurra, si alguna vez más vuelvo a ella, que algún claroscuro turbe su magia, y que, posiblemente, sí se me haga patente esa mencionada sucesión de anécdotas; aunque yo, seguramente, no juzgue que eso sea necesariamente malo o censurable.

FernandoVallejo

    Y, ahora, Giorgi, otra vez al barro. Me he atrevido a abrir esta entrada con la mención del acre juicio del Sr. Vallejo, con la temeraria intención de parangonar ese supuesto encadenamiento de sucesos mágicos e hiperbólicos sobre los que se eleva la historia de la estirpe condenada a cien años de soledad, con ese otro tipo de sarta con la que también se ha ido construyendo, a trancas y barrancas, esta crónica que usted lleva leída. Y, todo esto, salvando las estratosféricas distancias que median entre el resultado final de los engarces respectivos, y si, por no rebuscar mucho, podríamos remedar el de la gran novela con una filigrana de oro y diamante, de éste nuestro, posiblemente, haya muchos de ustedes que no vean más que unas peladas cuentecillas de vidrio engarzadas por un hilo de bramante; aunque bien quisiera yo que algo mejor se pudiera decir del fruto, por lo mucho que uno pone de sí mismo en todo esto y por la sensibilidad –y, quiero creer, poesía- que, inevitablemente, se ha ido posando como un beso en algunos de sus pasajes.

      Si usted ha leído con cierto detenimiento estas crónicas y ahora le fuera posible elevarse lo suficiente sobre el todo que pretenden ser como para conseguir abarcarlo con una mirada cenital, podrá darse cuenta de que el conjunto de los hechos que hasta ahora se han contado, lo forman una sucesión de imágenes fotográficas tomadas a velocidad cambiante. Son largas y detallistas instantáneas que cuentan con un pie de foto y una página contigua en las que aparece un texto, que, más que ceñirse a explicar la imagen con la que se relacionan –algunos lo hacen-, intentan por medio de juegos de espejos múltiples, por evocación y ensueño, deconstruir la burda realidad y transformarla en algo más reconocible por todos nosotros, que conjugue bien con lo que de más íntimo y sentido se pone en movimiento dentro de nosotros ante cualquier hecho vivencial, ante nuestras relaciones, ante vicisitudes o ámbitos que encontramos a nuestro paso o que nos implican.

Esa realidad vivida, sentida y contada como una sucesión de intensas imágenes independientes, aunque hiladas por la cadencia temporal, alcanzó su punto y final en el mismo instante en el que traspasé las puertas de TVE y una azafata apagada, de la que no recuerdo su nombre, recogió a ese yo-muñeco que ya se había venido abajo del todo, comido por las dudas y los nervios y la responsabilidad –estúpida por ajena, ahora lo sé- en el tránsito desde el hotel. A partir de ese momento, todo lo vivido fue como el plano único de una película protagonizada por personas entre las que, aún viéndome, yo no me encontraba, y me sentía como MirandoseASiMismosi estuviera visionándola sentado en el patio de butacas y me reconocía a mí mismo actuando, pero sin ninguna capacidad de modificar nada del guión y como si las palabras, gestos, movimientos que yo me veía decir o hacer, estuvieran ya filmados hacia mucho tiempo y que me inutilizaba absolutamente para actuar de manera diferente. Además, estaba el asunto de la velocidad que agravó la situación y que, ya sí, convirtió cualquier posibilidad de desviación o ajuste en un imposible. Y es que todo el proceso transcurrió con una celeridad inmanejable. Es algo que yo tengo muy bien comprobado. Cuando uno está bien, centrado y tranquilo, las cosas suceden con la suficiente lentitud como para permitir una reacción. Si, por un golpe, un frasco cae desde lo alto de un armario de la cocina, entre ese cae y el perfecto se cayó o se ha caído, se abre un amplio margen en el que el gerundio cayendo aparece luminoso y es muy fácil intervenir y cazar el tarro en el aire, e incluso, si estás muy bien, a la altura de la trayectoria de caída que consideres. En ese estado, encontrar una respuesta adecuada ante una persona que te pone en una situación difícil, es mucho más sencillo y posible. Y conviertes el “me dijo” final en un “me estaba diciendo, cuando…” Pasa con todo. Yo creo que lo que se consigue en esos estados favorables es una elongación del tiempo. Se hace bastante evidente para las preguntas que te hacen en ese programa de televisión y, supongo, que en todos los demás. Para aquel concursante que está muy despierto, el lapso que te permiten entre el final de la pregunta y la respuesta se estira como un goma elástica y, sin embargo, en el comatoso estado que yo me encontraba, esos cinco segundos estaban contraídos en un par de latidos de corazón, y no permitían que el “me están preguntando” se asomara en mi conciencia. Sé que el gerundio, en literatura, no tiene mucha reputación, pero para abrir un espacio en el que los procesos “se están produciendo” y, entre tanto, pueda ocurrir cualquier cosa, sí, para eso si vale, y mucho. No sé si esto que digo podría incluirse como un consejo más en los decálogos de recomendaciones que se pueden oír o leer como óptimos para concursar en Saber y Ganar; desde luego, en el celebérrimo para este mundillo del “emérito” Víctor Castro, no aparece y tampoco mi chófer me lo mencionó. Quizá es que, como es más una manifestación del estado de ánimo y no tanto una situación que pueda controlar uno, esto que digo, puede considerarse más como una constatación, como algo que sirve para testarte, y no tanto como una sugerencia de amigo. Pero tome nota.

La azafata que me recibió en las puertas del edificio, me preguntó si yo era Giorgi, me dijo su nombre y me esbozó lo que yo podía esperar de su función en el engranaje de la producción del programa. Era una chica de unos treinta años algo mohína, de trato despegado sin llegar al desagrado, muy diferente del que me habían dispensado hasta ese momento las personas anejas al programa con las que yo había tenido contacto, Marc Royo y mi conductor. Podía ser que su carácter fuera muy otro y que simplemente el trabajo que realizaba no la ilusionaba. También pensé que era posible que el toxico que las mañanas de los lunes laborables incorporan al riego sanguíneo recorría galopante el suyo aún sin diluir. Pudiera ser también que hubiera pasado una noche tan nefasta como la mía o que su cabeza estuviera preocupada con asuntos más importantes que aquello que estaba realizando. Cualquier cosa, ya sabe, las apariencias engañan y nuestros juicios sobre las personas casi siempre son parciales y equívocos; así que, desestimo realizarlos ahora. Yo también me puse seriote ante ese trato y nuestra relación y lo que nos transmitimos fue desapegado, distante; muy profesionales, ambos.

Tras traspasar el umbral de TVE, se entra en una sala grande desde la que se accede a diversos negociados del ente. Allí, como en cualquier sede empresarial PegatinaRTVEu organismo oficial, te tienes que identificar en un mostrador y te dan un pase, creo que es una pegatina. Y luego la azafata me dijo: -Acompáñeme. Yo la seguí como un sonámbulo y lamento ahora no poder ser preciso en los detalles de ese recorrido, porque el globo que llevaba me impedía concretarlos; los recuerdo deformados, superpuestos, extraños, como en un estrafalario sueño. Creo que el camino no fue largo y sé que pasamos a otro edificio cúbico a través de una pasarela sobre un jardín interior desde la que se podía ver el cielo. Está cubierta por una bóveda de cañón, probablemente de cristal. De ésto me acuerdo mejor porque en algún momento la azafata me preguntó -¿Usted fuma?- Y cuando le dije que sí, me señaló la salida a la pasarela como lugar donde podía –debía- darle a mi vicio. Finalmente, llegamos a un pasillo en donde se abrían tres puertas por las que se accedían a los recintos habilitados para el solaz, las esperas y la preparación de los concursantes de Saber y Ganar. La de la izquierda estaba abierta de par en par y es el acceso a la sala común. Las dos puertas de la derecha, dan paso a dos vestuarios que deben ser similares. El primero para nosotros, los varones y el siguiente para las mujeres. El nuestro es pequeño, sin ventanas, con el ambiente muy denso. Supongo que allí, nosotros, respiramos muy deprisa y sudamos un poco mientras nos preparamos. Tiene unos bancos corridos y un armario ropero. Al fondo de él (del habitáculo, no del armario), se abren dos huecos con el espacio justo para albergar un lavabo y un retrete, el uno y una ducha ¡Sí, una ducha!, el otro. Quizás, el ambiente denso que había detectado provenía del vaho de una ducha reciente, aunque me extraña. La azafata me lo iba mostrando todo como un agente inmobiliario: Aquí, el dormitorio principal, este es el baño de los niños, a la terraza se accede desde la cocina y desde el salón, que es muy luminoso; y aquí, hay un hueco muy útil para la fregona y las escobas... Y yo, ¡Ah, vale! De acuerdo ¡Qué bien pensado! Creo que sí, que me lo voy a quedar… Luego de explicarme los detalles, la azafata –en este caso, omito el posesivo “mi” que sí utilizo para nombrar aquí a mi chófer- me dejó solo:

- Bueno, cualquier cosa que necesite o si tiene alguna duda, me lo comenta, yo estaré por aquí cerca. ¿De acuerdo?

- Sí, de acuerdo, muchas gracias.

Cuando se fue, me quedé solo y, sin embargo, extrañamente, no sucumbí a ningún estado de abandono o de desamparo sino que sentí algo muy diferente y curioso. Pese a mi estado de tensión, a la prensa de mis sienes, lo que me invadió fue la sensación íntima de que aquellos ámbitos me pertenecían y eso es algo que cuesta explicar. Supongo que mi subconsciente se cobraba, por su cuenta y riesgo, el mal trago que estaba pasando, con la toma de posesión de aquellos espacios. Como si se lo mereciera. Desde luego, ayudaba el hecho de que en el vestuario quedaran mis pertrechos, “mi baño” y “mi ducha” y que la sala común estaba pensada y preparaba exclusivamente para nosotros, los concursantes. Y es que, en esa sala, estaba todo lo que necesitábamos y nos interesaba. Como he dicho, no había nadie en ella, pero se notaba que había tenido una actividad reciente y su aspecto era muy, no sé cómo decirlo, hogareño quizás. La amueblaban cómodos sillones y en la pared de la derecha, sobre unas mesitas, habían puesto todo tipo de bebidas para desayuno y bandejas con bollería diversa. Invitaba, si tenías el derecho a ello, -el que yo me había arrogado sin titubeos-, no solo a ponerte gratis un café y mojar en él una caracola, sino que, sin ningún problema, podías descalzarte y tomártelo repantigado en uno de los sillones. Había botellas de agua, refrescos, zumos… y las consiguientes servilletas de papel, vasitos y cucharillas, azúcar, esas cosas, y todo ello muy, digamos, espontáneo, sencillo, cálido, familiar. En el centro había una mesa baja que recuerdo desordenada, y sobre ella, uno de los compañeros que estaban concursando en ese momento, había dejado abierto su ordenador portátil.  Bien, pues me preparé el cuarto café de la mañana y, por supuesto, con los zapatos puestos y sin repantigarme, me senté cómodamente en uno de los sillones. ¿A qué? A tomarme mi café con un pastelito y a mirar la televisión. Una televisión que, en circuito cerrado, emitía íntegra la grabación que se estaba realizando en ese momento del programa de Saber y Ganar. Sabroso y estupendo. Los entresijos de una grabación de mi programa favorito, ante mis ojos…

EquipoSaberyGanar

Y lo primero que me entró en el cerebro desde aquel monitor, fue la imagen de Jordi Hurtado haciendo gorgoritos cadenciosos: Aaaeeeiiiiioooouuuu, oohhhhhh. Vocalizaba, realizaba escalas, modulaba sonidos, abría mucho la boca estirando los maseteros, se aclaraba la garganta, emitía sonidos desde el estómago... ¡Vaya, vaya, con el Jordi! ¡Un profesional, cómo se nota que también es actor de doblaje! –me dije. Mi fugaz paso por el programa, me impide enterarle a usted si es así como comienza todos los días las grabaciones, realizando esos ejercicios guturales para aquilatar voces y tonos y aclarar su garganta o únicamente los lunes o solo aquellos lunes que suceden a un fin de semana cargadito. De todas formas, pocos detalles interesantes más, que usted no pueda compendiar del montante de programas diarios que haya visto, le voy a poder aportar aquí –alguno más sí hay, muy curioso, ya verá-, porque casi no ha lugar, porque profesional, lo que se dice profesional, no solo es Jordi, sino todo el equipo. Quizás es que ya es muy avezado y los rieles por los que discurre el programa están muy engrasados, pero una de las cosas que más me llamaron la atención –lo cual sentí enormemente-, fue que no hay demasiada diferencia entre el tiempo total de la grabación de un programa completo al de la emisión definitiva. Si no surge ningún imprevisto –que no surgió en ninguno de los tres que viví de cerca-, en hora y cuarto u hora y media, lo finiquitan. Es decir, que a poder realizar un directo no llegan, pero no andan lejos, y si se lo propusieran y los concursantes colaborásemos, no sé, no sé. 

 Comenzaron las preguntas. No reconocí a ninguno de los tres concursantes. Caras inéditas para los teleespectadores aún. Es el momento de presentarlos porque dos de ellos iban a ser mis compañeros de fatigas, los que me colgarían al cuello la medalla de bronce, y el tercero era el que dejaría su lugar para que este cronista subiera a la palestra. Pero yo desconocía esta circunstancia. Sentado cómodamente, ahora con una botella de agua que me bebía a tragos largos para paliar los sedimentos salobres del abuso matinal del rico jamoncito, me dejaba invadir por la razonable esperanza de que mi exposición en la picota no fuera a ser inmediata, y llegué a ilusionarme con la posibilidad de que no ocurriera hasta la tarde, o,  en el colmo de la buena suerte, hasta el día siguiente. En algún momento de las explicaciones de la azafata, había creído entender la palabra “abajo” para situar el lugar de grabación. Pero yo no sabía cómo era ese “abajo”, ni si era un poco abajo o muy abajo. Es verdad, ahora que lo cuento, recuerdo que la grabación que yo miraba en aquella pantalla, me producía la sensación de que yo la seguía sin intermediación de la tecnología, en directo-directo, como asomado a una ventana abierta al plató; supongo que ese “abajo” y la grabación continua del programa, me distorsionaban inconscientemente el punto de vista y lo situaban en la realidad efectiva y me integraba en el programa, como si en cualquier momento pudiera intervenir: ¡Eh, Jordi!, tienes doblada la solapa de la chaqueta… Pero ese “abajo” también me llevaba a una conjetura. ¿Era otro espacio donde esperaba –sentado en una grada por ejemplo, o en una “pecera”-, el siguiente concursante, el que me precedía, y que yo estaba, digamos, en la reserva? Podía ser. Querría que hubiese sido. Rezaba por ello. ¡Un poco más de tiempo, por favor! Con esa sensación que tiene el alumno el día del examen y que siente que le ha faltado un día más de estudio, y sobre todo, que con ese aplazamiento suplicado consiguiera una transformación anímica, un aplacamiento de los nervios, un desbloqueo, que Queen acudiera dócil a mi llamada... Pero no. Una de las veces que se asomó la azafata para ver cómo iba todo, me afirmó que yo era el siguiente. Ella, al ver que yo dudaba de lo que me decía, porque me había aferrado, como un náufrago a un tablón, a la idea de que había algún otro concursante que me precedería, me espetó: - No, tú eres el siguiente. ¿Me lo vas a decir a mí?

Jorge Pedro Luisfer

Así que, a partir de ese momento, difuminada cualquier otra posibilidad, me tocaba cambiar de santos a quién elevar mis plegarias y me centré en jalear a mis compañeros-concursantes que estaban grabando. Para que lo hicieran bien, para que duraran. Y ya no pude estar sentado, ni de pie. Dos de ellos, eran casi neófitos en el programa y, sin embargo, resultarían finalmente mis compañeros de concurso al eliminar –casi auto-eliminado por un error de confianza o de concentración en una pregunta del "Duelo" sobre la ubicación del monte Elbrus y que podía haber respondido utilizando el comodín conseguido- al más veterano, Luisfer, de Sestao, que era el más programas y dinero llevaba acumulado. Uno era Pedro Cortés, un chaval –yo ya, a cualquiera menor de 45 años, le etiqueto como chaval- tan sosegado que alguna que otra vez le pidieron los del programa que hablara un poco más fuerte. Era su tercer programa y me pareció un buen tipo, afable, considerado y con inquietudes vitales interesantes. Por ejemplo, es clarinetista de la banda municipal de Brunete (un pueblo de Madrid), por lo que no es extraño CartelMurodeAlcoyque él sí supiera bien a quien llamaban el rey de swing en la pregunta en la que yo, recuerde, no pude responder que era el “Tío Soplao” porque no había llegado finalmente andando al hotel la víspera. Pero también se dedicaba a otros menesteres bastante heterogéneos, alguno pintoresco. Algo tenía que ver con las artes gráficas, pero, además, era pintor y fotógrafo, actividades que compaginaba con la de profesor de moto en una autoescuela e, incluso, con la de “tatuador”. En fin, como ya he dicho, sí me pareció un buen tipo y por lo visto después, caía bien en el programa. Finalmente se quedó cerca de llegar a magnífico, eliminado en su programa 18, con más de 5200€ ganados, por una sola palabra sencilla en el reto: EXP – Esperanza de realizar o conseguir algo… El otro, era Jorge Santamaría, de Muro de Alcoy y residente en Valencia. Presentado como “documentalista de empresas de Consulting”  que vaya usted a saber qué actividad se esconde tras esta definición, pues nos puede estar hablando desde un archivero, hasta de alguien que se dedica a huronear en los trapos sucios de las empresas “consultadas”. Jordi Hurtado, en ese programa que yo veía en mi capilla envuelto en una mortaja de sudor frío con el corazón dando brincos por los cafés y la inminencia, reconoció que se conocían de antiguo, de algún otro programa, en los estudios Buñuel, en Madrid, aunque no especificó cuál. Esto me llevó a pensar que Jorge podía ser un asiduo de los concursos. Desde luego, la tranquilidad absoluta que demostró en ese primer programa me pareció envidiable y lo conseguido más aún: resolvió el reto del comodín, barrió del mapa a Pedro y al veterano Luisfer en las preguntas y resolvió la parte por el todo, embolsándose, en ese primer programa 1.120€. Como yo, vamos. Pero lo que más me hace pensar que Jorge pudiera ser un “profesional” es por el atuendo con el que se presentó al concurso. Envidiable también. Yo, que me había devanado los sesos por dar con la clave y salir en la televisión arregladito sin estridencias, me quedé atónito y, de nuevo, pensé de mí cosas que no me ayudaron. No me llegué a decir, ¡es que eres un gilipollas, Giorgi, por qué cosas te preocupas!, pero casi. ¡Mira a Jorge! ¡Lo que importa es responder y no como vayas vestido!. Pero, ni aún desentendido de la indumentaria, creo que me hubiese atrevido a ponerme lo que él. Jorge, llevaba puesta una camiseta de manga larga gris mosca que podía tratarse perfectamente del cómodo esquijama con el que había dormido; y, sobre él, se había puesto una camisa de manga corta difícil de describir. El tono básico de teja llovida de la camisa se adornaba con dibujitos pardos colocados en cenefas, y toda ella, parecía colonizada por organismos de simas oceánicas o aliens, que DestalleCamisaJorgese componían de un núcleo con forma de pelotas de golf a las que le habían crecido unos tentáculos o unos flagelos para poder moverse libremente por la camisa. Que quede claro que lo cuento con admiración, alguien que es capaz, el primer día del programa, de vestirse así, nos demuestra una entereza y una fuerza de carácter formidable, alguien que va a lo que va y que, además, lo va a conseguir. De hecho, Jorge, no fue solo en ese programa en el que no dio opción a los otros dos, sino en varios más, sobre todo en los primeros entre los que, evidentemente, se incluye el mío, en el que también me borró del mapa contestando cuestiones que a mí me parecían inventadas. A magnífico, no llegó –no es nada, nada fácil, aunque viendo a algunos concursantes, lo parezca-, pero sí terminó llevándose para Valencia más de 4.000 € en los diez programas que sobrevivió. De todas las formas me da la impresión, visionados los programas subsiguientes ya en la tranquilidad de mi sofá, de que no caía muy simpático, muy al contrario que Pedro Cortés. No sé, es una sensación. Voy a contar una anécdota que le sucedió en su séptimo programa. Cuando Jordi le presentó en la ronda inicial, Jorge dijo que quería saludar, que llevaba ya una semana, siete días en el concurso y que aún no había saludado a su hijo H, y lo hizo, y enfatizó el saludo dándose un golpe en el pecho con la parte interna del puño cerrado. Entonces Jordi, con su sonrisa, apostilló:

- Claro, claro lleva una semana y no le ha saludado!, y su hijo ha dicho: ¡Hombre, papá! ¡Saluda ya, saluda ya! Pues ya está, saludado H.

Pero cuando parecía que ahí quedaba la cosa y Jordi iba a proceder a abrir la prueba del reto del comodín, intervino Juanjo Cardenal, que va y suelta con su voz limpia y cadenciosa, con las pausas precisas:

- Sí…, también quisiera saludar…, si usted me lo permite, Sr. Hurtado. –Jordi con media sonrisa, no dice nada, pero asiente con la cabeza. Y Juanjo, continua: «Quiero saludar a todos, todos mis hijos… Que ya hace 17 años que llevo aquí y no les había saludado.

Enfocan un primer plano de Jorge Santamaría al que algo se le ha helado la sonrisa, aunque, no se crea, no del todo, porque algo sibilino sí brilla en sus ojos. Luego, encuadran a Jordi que se ríe un poco y apunta con sorna, - ¡Ya tocaba, ¿eh?, ya tocaba! -«Ya no me hablaban…» -concluye Juanjo. El rictus de media sonrisa de Jordi, sus asentimientos con la cabeza, hacen muy elocuente lo que está pensando: ¡Pero qué c. es este Juanjo cuando quiere!

 

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Entrada decimoquinta (Los ardides de la prosa):   

         Aquel hipotético camión al que aludimos en la entrada sexta, ya ha recorrido desde entonces una accidentada travesía. Aunque lo he detenido en más de una ocasión para agarrar la pala y restituir la carga perdida en salidas de pista, curvas de ballesta, atajos abundados de pedruscos y roderas o en esas veces en que lo he puesto a volar como aquel viejo Chitty Chitty Bang Bang, no ha sido necesario volver a mencionarlo y he realizado mi trabajo de mecánico, de peón de albañil o caminero o de estibador, según el caso, sin hacerlo notar. Lo que pasa es que al atravesar, como lo estamos haciendo, los terrenos cenagosos de las confidencias y de las asunciones, sí me parece necesario, no solo aparcarle en una orilla de este camino para reponer lo extraviado, sino además pegar con usted un poco la hebra para que sepa con quién está tratando y reconozca algunos efectos ópticos que con la prosa se pueden realizar. Así que nos sentaremos los dos en esas piedras de ahí y, para que no se nos haga fatigoso, compartiremos el contenido de mi tartera –que esta mañana contiene unos tasajos secos de merluza rebozada- y unos buches del vino peleón de la tierra de mi patria chica, ligeramente abocado. Luego, nos fumaremos un purito tranquilos antes de que me lleve de una oreja, como a un niño llorón el primer día de escuela, hasta el umbral del plató de Saber y Ganar. Y todo esto lo más sucintamente que pueda, que la horizontalidad empieza a convertirse en un toque de corneta más apremiante que el de diana.

EfectoOptico

Efecto óptico: Si sus ojos siguen el movimiento del punto rotativo rosado, solo verá un color: rosado. Si su mirada se detiene en la cruz negra del centro, el punto rotativo se vuelve verde. Si se concentra en esa cruz, después de un breve periodo de tiempo, todos los puntos rosados desaparecen y solo verá un único punto verde girando. Es asombroso como nuestro cerebro trabaja. En realidad no hay ningún punto verde, y los puntos rosados no desaparecen... No siempre vemos lo que creemos ver...

        No se deje usted engañar, ni por mi ni por nadie. Cuando se disponga a leer un escrito en el que un autor habla sobre sí mismo, aunque sea regular, póngase en guardia porque, la mayoría de las veces, va a ser usted víctima de un juego de prestidigitación. Un escritor, por lo general y, en particular, el teorizador desde el yo o desde el uno indeterminado, por ser suave, es un hombre vanidoso, cuando no, soberbio, y, las más de las veces, desorientado por egotismo; un hombre que tiene aberrado el sentido del verdadero lugar que él y su vida y sus certezas ocupan en este mundo de Dios en el que le ha tocado nacer, y que antepone, explica y pregona conceptos universales desde su única sensibilidad. Y esto, es algo que sería legítimo si ese autor fuera radicalmente honesto con ese sentimiento. Radicalmente, enfatizo, y no se aprovechara, ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, para soslayar sus sombras menudas –o colosales- o para cebar sus virtudes y, sobre todo, si no tratara, a la vez, de autoerigirse como la medida del mundo.

Es verdad que cuando alguien –como es el caso de este cronista-, abre una ventana de su casa y descorre cortinas  y permite, con esos actos, que aquellos que pasean por delante puedan observar el interior de su comedor, de su cocina o incluso de su dormitorio o de su cuarto de baño, parecería que el protagonismo, entonces, se lo cede a los observadores –a usted- y lo observado es un mero objeto pasivo. Pero esto es un truco ordinario. Tanto autores autobiográficos, como diaristas, como los blogueros del alma, como en muchas de “Mis memorias” o, yo, Giorgi, autor de estas entradas, la verdad es que escribimos o exponemos por y para nosotros mismos y si en algún caso es para un tercero, se trata de alguien a quien el autor considera con más enjundia, importancia o poder que el que usted o yo específicamente podamos tener, digamos por ejemplo, para la Fama, para el Poder, para la Riqueza, para el Acicalamiento ante la Historia, o, mismamente, para la bruja Posteridad, tan hechicera ella; cuando no más familiarmente, para el Padre Distante o para la Mujer Tierna o el Hombre Sometido; y lo que realmente le mostramos a usted de nosotros, casi siempre, es atrezzo o un efecto escénico o un embeleco que enmascara la autenticidad. Sálvense honrosas excepciones y unos cuantos poetas; es decir, sálvese quien pueda.

 ¿Por qué lo hacen –hacemos-? No hay misterio. Unos buscan satisfacer egos, otros por exhibicionismo, otros para conquistar los fantasmas infantiles, los complejos, los traumas diversos –el verbo ahuyentar es el preferido cuando explican el asunto-. Pero se hace de manera que también se intenta engatusar a los lectores o hacer acólitos. Finalmente, habría que autoanalizar si el resultado conseguido por muchos de nosotros es, por encima de todo, continuar ocultándonos alguna verdad dolida, creyendo que escribir algunos avatares o situaciones de nuestra vida de forma sazonada para enmascarar su verdadero sabor -cuando no adulterarlo zafiamente- y, luego, colocándole a usted al otro lado para que nos escuche o lea lo que escribimos, podamos con ello olvidar o dejar enterrados nuestros trapos no muy limpios o los verdaderos motivos que nos guían en la vida o las consecuencias amargas de pasados comportamientos; y, sea como sea la forma, incluso encubiertamente, terminamos por pintarnos mejores, más héroes, altruistas, inteligentes, sinceros, simpáticos o desinteresados. Y, muchas veces, damos un buen rodeo para que quede lejos la visión o el olor de alguna acequia fecal de nuestro interior o de nuestro pasado o un patio lleno de juguetes y sueños rotos. Al final, todo lo hacemos para nosotros mismos y usted, la opinión pública, nuestros incondicionales o, incluso, esa Posteridad, no son más que interlocutores necesarios, personajes, sí, imprescindibles, pero el verdadero divo, halagado y al que se busca satisfacer o recomponer por encima de todo es nuestro ombligo, por activa o por pasiva, ya me comprende.

MontajeMismemorias

Bien, como hechos son amores y no buenas razones, vamos a echar un vistazo a lo que de mí he delatado y admitido en las últimas entradas en las que parece que me he pintado un poco botarate, con trazos absurdos y un poco ridículo manejado por las circunstancias. También admití algún defecto de carácter. Nos centramos en estas últimas entradas porque no podemos recorrer las catorce escritas, no nos daría el resuello de esta crónica y porque, si le interesa el asunto, también puede laborar usted un poquito, ¿no le parece?

Tómese usted un traguito de vino antes de seguir, hombre, que esta pescadilla deja un poco reseca la garganta. Muy bien, ¿sigo? Vale. Dos razones poderosas me han impulsado a incorporar esas entradas referidas a la víspera y a contarlas –en tono y contenido- como las he contado, con prolijo detalle -y sin inventar nada- y con un toque de humor acerca de mí mismo. La primera de ellas creo que ya se ha explicado: Relativizar la importancia como seres humanos de nuestros errores y desvaríos someros; admitir que nuestra precariedad, soledad, indefensión, desorientación es consustancial a nuestra naturaleza y que no pasa nada no previsto. Admitir la posibilidad de que exista una matemática que ponga en relación a todos los que componemos el Universo y que sus números se pueden oír. Y que tenemos armas para llegar satisfechos y dignos hasta la visita de la Parca –ojo, y antes a otras cosas, no me jorobes, Giorgi-. Confianza, humor, ojo avizor, mente abierta, mirada mejorable, asunción y valentía. Y no sobra saber reconocerlo y darnos un poquito más a los demás; y sí estorban los alardes banales y el exceso de egoísmo. No sé qué he conseguido plasmar de todo esto. Quizá nada. No importa, lo intenté como supe. Y la segunda razón es más personal y explica también la materia de esas últimas entradas pero principalmente, su tono. La razón que digo es que necesitaba fermentar un caldo de cultivo determinado; crear un ambiente que justificara mi fracaso en el concurso y minorizara su efecto; que disimulara mi impericia, mi atrevimiento inconsciente, mi vanidad abofeteada. En esto, Freddie me ha ayudado mucho porque ha sido la guinda perfecta al pastel de las excusas. Yo sé que, sin aquel alarmante olvido de Queen, habría llegado con mucha dificultad a superar un par de programas a lo sumo, aunque sí quiero creer que, al menos, no me hubiese ido con las manos en los bolsillos vacíos y con los pulgares metidos en sus agujeros. Pero nada más. Y esa cortina de humo sí creo haberla propagado con suficiencia y, ahora confío en rentabilizar su efecto. Espero de todo este artificio, con esa víspera de presagios, que cuando comience aquí el tunda-tunda de las preguntas con las que me masacraron, y usted vea mi cara de Asfaltandocartón y no me oiga responder casi nada, solo abrir la boca estupefacto por lo que me estaba sucediendo y note mis deseos de huir como una rata sorprendida por una linterna, me conforte con un ¡Pobre Giorgi! ¡Qué mala suerte tuvo y qué mal día ése para estar concursando!, y que –como yo vertí en más de una ocasión sobre algún patético concursante (de lo cual me arrepiento y pido el perdón público desde aquí)- no le oiga espetar: ¡Vaya paquete de tío! ¿No le dará vergüenza? ¡Extendiendo asfalto en Murcia el día de santo Tomás a esta hora, le mandaba yo! Así que, si eso estuviera conseguido, ya tendríamos el cuarto pie del gato del porqué conté lo que conté y como lo conté, la razón real de mis famosas “confidencias y asunciones”.

   Como pasa en casi todos los razonamientos que deslizo en estas entradas, parece que siempre hay algo más que se me queda en la trastienda y que, finalmente, tengo que sacar a la luz. No tengo remedio. ¿Otro buchito, señora, caballero? Para escribir esas revelaciones sobre la víspera, he jugado con una baraja con algunas cartas marcadas: ustedes. Después de ocho meses de escribir esta crónica, a cada nueva entrada se acercan a ella, más o menos, unas cincuenta personas. La primera entrada, que tiene un acceso directo desde la presentación de mi página fragmentos de libros (que dicho sea de paso, Google me ha desarraigado, sin conocer el porqué y sin saber enmendarlo), se  ha “pinchado” poco más de cuatrocientas veces que, evidentemente, significan un número mucho menor de ustedes. No somos muchos aunque, para mí (¡qué voy a decir yo!), únicos, admirables, de paciencia inagotable –aunque algo silentes para mi sensibilidad-. Según como yo lo veo, este hecho no habla mal de lo que aquí se va escribiendo porque considero sin falsa modestia –esté bien o mal, guste o no guste- que mantiene su prurito de altura, la mía, la que yo puedo alcanzar que, desde luego no es excelsa pero sí exigente. Y eso me tiene convencido de que usted es una persona inteligente y sensible. También más cosas ensalzables, pero no es el momento de dorarle la píldora. Y eso me ha llevado a atreverme a tensar un poco más la cuerda de lo que de mí contaba y a considerar que usted no se iba a quedar en la superficie y que iba a llegar un poco más allá de lo leído. Por ejemplo. Ese “defecto de carácter” al que aludí es un señuelo porque, si usted lee bien o lo entiende bien, yo, en el fondo, no lo considero así. ¿Que qué quiero decir? Que esa actitud de búsqueda contumaz de la estación de RENFE o en la terquedad, finalmente doblegada, por regresar andando a mi hotel, no constituyó ninguna improvisación y que, en mi fuero interno, no lo considero un simple “defecto” sino, de algún modo, una virtud. Aquella vez, salió mal y el intento quedó abortado. Pero esa actitud vital, no siempre acaba en fracaso y son bastantes las veces que me ha dado, ante determinadas circunstancias, buenos e inusitados resultados. Sinceramente, creo que es mejor atreverse a intentar que la inacción, que aceptar lo usual y más cómodo. Se aprenden, además, muchas cosas de esos intentos. Y aunque, como en este caso, fuera fallido, al menos constituyó la prueba de contraste que evidenció el curare paralizante que me amodorró el cerebro. Aunque, ¡Dios no lo haya querido!, espero que no fuera la cerbatana de ese empecinamiento el que me lo inoculó.

Bueno, ahora, al lío, que ya me he merendado más de la mitad del espacio de esta entrada y sigo dando vueltas en la cama, dándole vueltas al asunto. Giros sincrónicos en el Universo, donde, además la Tierra… Vale ya, Giorgi, y la Galaxia, ya lo sé, sáltate ésto, por favor. Vale. Como usted ya puede suponer, después de aquella funesta hora, las cinco y diez, ya no pude regresar al breve sueño de aquella noche, aunque lo intenté hasta que una luz azul (qué palíndromo más bonito, ¿verdad?) comenzó a contornear los objetos reales de la habitación, aquellos que no eran producto del torbellino de mi mente. Cuando esa luz aumentó lo suficiente su luminosidad para tornar al gris, borré de golpe todas las imágenes danzantes de mi cerebro, y di un salto decidido de la cama, me acerqué a la ventana, subí la persiana hasta su límite y saludé a la mañana con el ánimo del que quiere armonizarse desde muy pronto con ese día que comenzaba y que consideraba tan crucial…. Pero ¡ay!, al edificio de TVE no se lo había llevado ningún hechizo nocturno y seguía allí enfrente y, además, ya sí que sí, de todas todas, esperándome en un par de horas, y esto dejó caer una gotita de plomo en el ánimo que yo trataba de elevarme…

Le aseguro que cuando yo me “pongo las pilas” como se suele decir, soy bastante expeditivo y no me dijo vencer por el desánimo tan fácilmente. Cuando bajé aquella mañana al desayuno, con mis abluciones y ejercicios realizados, potenciados por unos cuantos ¡vamos, Giorgi, que tú puedes! ante al espejo, como mandan los cánones de autoayuda al uso, lo hice con un espíritu que intentaba ser renovado, lejos de la languidez con la que había acabado el día anterior. Intenté que los estragos de la noche febril quedaran camuflados con un trabajillo de chapa y pintura y sus efectos sicológicos arrinconados en alguna circunvalación muerta del cerebro. También logré desdeñar la importancia simbólica de la resistencia de Queen para aflorar a mi memoria, ¡ya recordaría! Así que, al desayuno, recauchutado sí que bajé. Además, en el comedor pintaba bien. Abundaba sorprendentemente la concurrencia en comparación con los cuatro gatos solitarios de la mustia cena del día anterior. Había animación, voces altas, apretones de mano, palmaditas en la espalda, sonrisas y parecía que esa DesayunoHotelconcurrencia había traído mucha luz al hotel. No comprendía de dónde había salido toda aquella gente, pero me incorporé como uno más a las idas y venidas continuas desde las mesas hasta los tanques cromados y las jarras de zumos, cafés, leches y cacaos y a las vitrinas y bandejas de la fruta, la bollería, los huevos, los quesos, los fiambres –al del jamoncito, riquísimo, yo le visité mucho ya que me había decidido por un almuerzo rico en sodio en vez de la manteca-. Así que me mimeticé con el entorno para simular que era uno de ellos, que había llegado en el primer AVE de ese lunes o en el puente aéreo para asistir a una reunión importante en cualquiera de las empresas con sede en aquel polígono. Como lo he hecho muchas veces en el pasado y a pesar de mi atuendo cómodo de cliente del hotel recién duchado, sabía realizar poses y ademanes de señor con un cargo de responsabilidad y me sabía acercar a las vitrinas y bandejas con un desenfado mundano bien aprendido. Pero si alguien hubiese clavado su atención en mí, enseguida me habría desenmascarado como un intruso, porque los gestos y actos de aquellas personas, aunque fuera de forma artificiosa, parecían francos y yo, sin embargo, no saludaba a nadie, me demoraba dubitativo (¿era The Cure? No, The Cure, tampoco) ante las bandejas al perder el hilo de lo que había ido a poner en mi platillo y, sobre todo, que, algo ansioso, miraba mucho de reojillo. Claro, buscaba –otra vez, como la noche anterior- al grupo de compañeros-concursantes; y con el mismo método: en primer lugar, por posibles caras conocidas y como éstas no se encontraban, después, a boleo, por número, trazas y actitud. Pero nada. Pasó el tiempo. Me trasegué tres cafés, unos cuantos quesos, en cuña, en lonchas, untados… y un platillo colmado de jamón del bueno con su pan blanco con mantequilla. Pero el comedor se fue diezmando y… nada. Cuando fue evidente la inutilidad de la espera y la infructuosidad de las pesquisas soterradas –no sé, ahora, a qué vino tanto disimulo-,  se me comenzó a desarreglar el ánimo al que le hacía falta muy poco trote para perder las grapas. Además de lo que usted conoce, pasaba algo más. Desde la despedida con mi chófer, nadie del programa se había puesto en contacto conmigo; así que ni yo, ni nadie en la recepción a quien pregunté, conocíamos a ciencia cierta ni la hora de comienzo de las grabaciones, ni si venía alguien a buscarnos para ayudarnos a cruzar la carretera y traspasar las balizas vigiladas desde mis ponderadas garitas y conducirnos hasta donde fuera que se iba a producir la grabación del concurso. Y, claro, ni mucho menos la hora aproximada en la que yo tenía que presentarme para el desplume. Es decir, que no sabía qué hacer ni dónde ponerme, así que…

Pero, aún antes de descomponerme del todo, intenté racionalizar y fue ésa la última ocasión de ese día en que lo conseguí medianamente. La convocatoria que yo había recibido me invitaba a estar a primera hora en el hotel AC de San Cugat, digamos, a las nueve. Cuando acabé ese desayuno excesivo, ya habían dado esas nueve. Debo agradecer aquí el haber llegado el día anterior a Barcelona, que fue una cortesía de la productora de Saber y Ganar, porque me evitó el madrugón de viajar desde Madrid en uno de los primeros AVE,s de ese lunes. Por esto deduje que, lo más probable,  era que yo fuera uno de los reservas para entrar a concurso tras alguna eliminación. Aunque razonable, era una conjetura porque desconocía su dinámica cierta. Lo mejor, Giorgi –me dije-, es que esperes, ya compuesto y con tu hatillo, sentado en el hall del hotel y que lo que tenga que ser, será. Así que, subí a mi habitación, y mientras rellenaba mi pequeño petate -no puedo decirle lo que introduje en él, es confidencial, ya sabe, el compromiso firmado- tenía la sensación como si me estuviera preparando para realizar un viaje muy, muy largo, a un mundo desconocido. Un último lavado de cara, una micción irrisoria, descubrir una motita de pavor en la mirada que me devolvió el espejo del baño y poco más. Desistí finalmente de cargar con el portátil –un trasto inútil hubiese sido aquel día- y me encomendé a mis lares. Dejé para el final un último pero importante detalle al que le había dado ya unas cuantas vueltas: el cómo iba a salir vestido en la televisión, al menos, esa primera vez y, quizás –como sucedió-, única. Como creo que ya puede inferir por lo que lleva leído, yo considero significativos Mercurioalgunos aspectos de la realidad que para muchos son intrascendentes, como es el que, para mí, sí fuera muy importante el color con el que iba a vestirme para el concurso. Tenía dudas entre tonos de amarillo –un guiño a Mercurio, el Dios de los ladrones, del comercio, pero también, el Mensajero de los Dioses, garante de la rapidez mental- o tonos malvas-granate, más serios, convocantes de otras potencialidades menos rápidas pero más profundas y personales que no vienen al caso ahora explicar ahora. También estuve vigilante con lo que creo está la mayoría de los que van a aparecer por primera vez en la televisión, como es evitar a toda costa, que, por un descuido imperdonable, aparezcas en la pantalla con una falta en la indumentaria que en otras circunstancias no resultaría tan importante; por ejemplo con un lamparón, un descosido apreciable, que te falte algún botón en la camisa o que los hayas abrochado mal pareados, en ojales equivocados. ¡Ah! ¡La imagen! Cuando me creí dispuesto, grité algo a modo de Kimé en el espejo, salí, cerré la puerta con cuidado y bajé al hall. Se habia vaciado mucho en media hora. Entre el ruído de fondo del comedor donde se recogían los restos del desayuno, algunos empleados del hotel iban y venían. Aparte de éstos, solo me fijé en un señor con traje oscuro sentado en la zona Wifi y concentrado en su portátil y, en uno de los sofás del rincón, se sentaba una señora muy delgada que leía una revista con las piernas cruzadas. Me hundí en un sillón de muelles flácidos y deposité mi móvil sobre la mesa, muy a la vista. Luego intenté reconcentrarme. Imposible. Me picaba aquí y allá y me removía y me removía, pero, al móvil, no le quitaba ojo. Unos diez minutos después, sonó, 659 755 nnn. Marc Royo. Llamando.

- Hola, buenos días, Giorgi. Soy Marc-. Ya está -me dije-, llegó la hora. –Hola Marc, dime- Oye, Giorgi, ¿dónde estás? ¿Estás en el hotel? –Sí, estoy en el hall, no sabía que hacer. He preguntado por aquí pero nadie sabía nada. –Perdona, Giorgi, que no me haya puesto en contacto contigo antes. Mira, vente para acá. Al guardia de la garita le dices que vienes a Saber y Ganar y le das el nombre. Él tiene una lista. No hay problema. Y ya, cuando llegues a la puerta del edificio, te estará esperando una azafata que te explicará todo ¿De acuerdo? –Sí, de acuerdo Marc, gracias. Ahora mismo voy para allá. -De acuerdo, Giorgi, luego nos vemos.

¿Kiss? No, Kiss, tampoco, pero era algo así. ¿O no? Madre mía de mi alma y de mi corazón. Tiré mi mirada al suelo durante unos cuantos segundos. Respiré hondo y me levanté. Luego, agarré mi pequeño bulto y salí del hotel. La mañana me asaltó por sorpresa. Era una mañana preciosa. Templada, luminosa, limpia, de purísima y oro…

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Entrada decimotercera (Un ámbito obsesivo):   

Ahí estaba el obelisco por fin. Se erige en una glorieta tan enorme como el coso de la Monumental de México, de césped en vez de albero pero igualmente cóncava y despejada de arboleda. En ella finaliza el bulevar por el que he caminado los últimos quince minutos rumiando mi suerte. Me detengo. Me detiene una línea transversal surcada por veloces y frecuentes haces de luz que la recorren de punta a cabo a 110, 130 kilómetros por hora. Es la Ronda Norte que bordea a San Cugat por ese límite. Una vía de circunvalación. Mesurada, desemboca en la plaza del obelisco por mi derecha, para, al otro lado, desdoblarse en sus dos carriles por sentido en donde los automóviles disparan su velocidad y su ruido. Una línea que rompe horizontalmente el espacio en dos ámbitos distintos que no se reconocen. En la parte inferior, en el que yo me encuentro, noche, asfalto, pretiles, jardines de sombras, barrios sin magia, dudas. Más allá de esa línea, sobre ella, también la noche, pero una noche distinta, una masa de sombra que promete silencio a la que salpican unas cuantas luces de intensidades y colores desiguales. Luces lejanas desparramadas solo comprensibles por pareidolia, como las estrellas del firmamento.

Suspendo el vagar mental y me reconcentro para ahuyentar el frío y la sorpresa. Necesito una resolución. Escapar de allí. Evalúo. El único punto que me parece ofrecer una salida razonable caminando, está a mi izquierda, al otro lado de la avenida que traigo. Son unos jardines oscuros que bordean los últimos bloques habitados. Los recorren pequeñas sendas y una acera apenas iluminada por farolas espaciadas que, a esa hora, dejan caer al suelo sus manchas de luz para nadie. Se dejan caer primero en marcado declive hasta el eje de una calle que se escapa del último barrio para salvar la autopista por un túnel. Más allá, al otro lado de esa calle, los jardines cambian acusadamente de plano y suben, suben, suben sin interrupción para lograr elevar con ellos a otra calle, también surgida de los últimos barrios, y conseguir que salve, en el confín izquierdo de mi horizonte, la Ronda Norte sobre un puente. Esa calle, tras su giro final sobre la Ronda, creo que señala la dirección en la que yo calculo que debe aguardarme mi hotel y TVE. Desde luego, ese es el camino que yo tomaría si decidiera caminar hasta mi cubil. De momento, lo desestimo. Aunque es verdad que poca esperanza tengo ya puesta en la estación por la que he estado preguntado toda NicolasPoussinla tarde, decido que, ya que he insistido tanto en ella, al menos, tendré que explorarla. Lo que está claro es que este límite norte de San Cugat no es un espacio para los humanos. Es un reino diseñado para los Becerros de Chatarra. Así es como etiqueta a los automóviles mi K, como una alegoría a la adoración bíblica del Becerro de Oro para constatar que hasta en el material del ídolo adorado, el hombre de hoy es un harapiento moral en comparación con cualquier otra sociedad antigua. Un ser descarriado, sin remisión posible.

Me muevo por fin. Cruzo con suma atención dos de los ramales de la parte derecha de la glorieta eludiendo la probable mortal embestida de los becerros de chatarra y ¡allí está, sí!, se me aparece en la parte baja del talud de la Ronda una estación de tren. Aunque desde arriba, parece un decorado, es real. Tiene un inmenso aparcamiento con las líneas pintadas de blanco y un edificio central más bien pequeño con unas puertas de cristal. Al otro lado, flanqueándola y paralelos a la Ronda Norte, veo largos tramos de andenes y de raíles. Algo tiene de simetría lineal. Otra vez me detengo, ahora como asomado desde una balconada. Intento aislar la estación de los fogonazos y zumbidos de motor… No veo a nadie. (¿y a mí…, me ven?). La estación aparece en penumbra. No sé si siempre es así o que han apagado algunas luces como en una kremesse finiquitada. Tampoco percibo sonidos que pueda relacionar con el ajetreo de una estación de tren. Ninguno. Lo que me parece seguro, desde luego, es que no se trata de una estación de cercanías, porque, aun siendo domingo, no son todavía las ocho y media y a estas horas vería personas accediendo o saliendo con paso rápido de ella. También sería más coqueta y con rótulos de colorines. Me parece más un apeadero de pueblo en donde se detienen solo unos cuantos trenes diarios. Supongo que es lo que es. La estación de RENFE, claro. Para ese momento ya he sacado los pies del equívoco continuo. Ahora la observo un poco mejor desde la parte alta del talud. Uno, dos minutos. ¿Bajo a ver?

Desde donde estoy no hay escaleras. El camino de bajada es una carretera de asfalto roído que desciende paralela a las vías para cincuenta metros más adelante dar un giro de 180 y volver descendiendo también paralela a los raíles y a sí misma hasta concluir en la puerta de la estación. Se parece a una de esas famosas revueltas del Alpe d’Huez. Seguramente, ese diseño sea la manera más racional de permitir, en un espacio insuficiente, la entrada a los automóviles al aparcamiento. También, deduzco que debe de existir un acceso peatonal diferente, aunque yo no haya dado con él. Pero ese diseño de puerto de montaña no solo es práctico sino que también invita a otras actividades. Por lo que parece, hay individuos que dilapidan la tarde del domingo allí, en la sombra, a la espera de que cualquiera, como este cronista, para asustarle un poco, bajara a la estación como yo lo estaba haciendo: por las rampas; porque de pronto, salido de no sé donde, veo arrancar desde abajo un coche que acelera con rapidez entre un ruido de moto trucada y una nube de polvo y gravilla. Yo, me detengo y lo observo estupefacto. Lo primero que hago es echarme bien al borde de la cuneta. El coche continúa  acelerando cada vez más. Cuando va a entrar en la curva de los 180º me digo –se mata, ese loco, se mata-. Llega a la curva y, sin frenar, gira brusco ese semicírculo y realiza un derrape límite de manera que las ruedas traseras casi quedan perpendiculares a la dirección de la calzada y cuando parece que se va a salir y caer de morro al plano inferior, las ruedas delanteras se ponen oblicuas y contrarias al eje de giro y con un nuevo acelerón sacan al vehículo indemne del escorzo, tras dos nuevos coletazos. Yo, afortunadamente, aún estoy a medio camino de ese primer tramo y no he corrido peligro por la maniobra, pero el coche, al salir de la curva, vuelve a acelerar entre más ruido y más polvo. A mí ya me ha dado tiempo a pegarme muy al borde con cierto riesgo de caída y a programar que, si fuera necesario, saltaré los tres metros de desnivel. No sería una buena manera de salir en televisión con la cabeza vendada, un pierna entablillada y la cara llena de raspones y mercromina; pero mejor esa trompada que embestido finalmente por un becerro conducido por otro para, sin remisión, acabar de todos modos en el fondo del talud. Cuando el coche pasa a mi altura, columbro dentro a dos individuos jóvenes que no se dignan ni a mirarme. Finalmente, con otro derrape ya menor en la salida, se pierden en la rotonda del obelisco y desaparecen. Yo, no sé que pensar. Hace ya un tiempo que no estoy cumpliendo los modositos planes previstos para una víspera de este calado, así que… Eso sí, algo tengo que conjeturar de lo que va pasando. Sopeso, entonces, dos posibilidades. O bien, los domingos al anochecer, la estación sin servicio es una magnífica pista de entrenamiento para las curvas de puerto que hay en los rallyes, o, más improbable, que los dos individuos delinquían o lo pretendían y que la aparición no planeada por increíble de un inminente concursante de Saber y Ganar que se dejó caer por allí más perdido y desconcentrado que “Carracuca”, les frustrara el golpe.

AmbitoMagnético

Tras el susto, he descendido finalmente el segundo tramo y entro en la estación. El vestíbulo sí está luminado, pero los tornos de entrada giran locos al empujarlos. Me sorprende una ligera tensión. Siento mis pasos y el latido del corazón reflejado en la carótida. Los rótulos luminosos, donde se anuncian los trenes, permanecen apagados, las ventanillas cerradas, sin taquilleros, los altavoces silenciosos y los andenes desiertos. Nadie espera trenes ni barre los pasillos, ni vigila. ¿O sí? Allí, la verdad, es que poco era lo se podía robar como no fuera algo de las instalaciones, una papelera quizás, cobre en algún sitio, no sé, no se me ocurre… Y, desde luego, si a lo que habían ido es a atracar… no, eso es imposible. Se impone, entonces, la versión de los pilotos practicantes u otra razón que yo no podía colegir entonces ni ahora quiero intentar. En cinco minutos me convenzo de que perseguir esta estación durante media tarde ha sido un error y que ningún tren me trasladará desde ella a mi ya añoradísimo hotel. Así que, aunque en ese momento no sé todavía que voy a volver a ella, salgo y descubro, como tenía que ser lógico, un acceso peatonal a la estación y que es un pasadizo que atraviesa por debajo la Ronda Norte y que, más o menos, me conduce, bastante contrariado, al mismo lugar desde donde comencé la frustrada peripecia en la que he arriesgado ligera e inútilmente la vida dos veces ante los becerros de chatarra. Y así puede usted imaginarme la cara cuando me veo otra vez al final de la misma avenida; aunque, eso sí, muy consciente de que estoy libando una víspera de destino y plagadita de presagios indescifrables; aun hoy, muy difíciles de interpretar. Evidentemente, no lo voy a decir más, continúo hablando solo. Miro a todos los puntos de la noche y sigo viendo solo autos, pretiles, jardines desiertos, luces de formas e intensidad variada, simetrías lineales, fronteras que deben conducir a escenarios bien distintos… y, también el fondo inasible del decorado, más allá del límite de horizonte de la Ronda Norte -que comienza a convertirse en una machacona obsesión-, esa masa de oscuridad sarpullida de luces en las que imagino que alguna de ellas será, seguramente, la de mi hotel; de momento, tan inaccesible como Aldebarán.

Ha llegado el momento de pedir árnica. Saco el móvil, tecleo el número de K. Plim, plam, plum, plooom… …Llamando a K…. Cuando descuelga, no le dejo decir más que ¿Sí? Y le suelto una retahíla de quejas, abandonos, equívocos, ambulaciones… No le oculto una ligera desesperación. Tampoco que tengo frío y que me siento como en un planeta extraño, haciendo cosas que no quiero hacer en sitios donde no quiero estar. Pero, también -¡Ay la moral cristiana endilgada del camino duro para las consecuciones! que creo, imprudentemente, que hacer un esfuerzo más y llegar andando hasta mi hotel, me situará en un estado mental excelente para afrontar mañana el concurso. Pérdida de la perspectiva. Como si el hacerlo permitiera que cuando Juanjo Cardenal me pregunte mañana a qué clarinetista llamaban el rey del swing, a mi me fuera lícito responder – No tengo ni idea, Juanjo, pero ayer me vine andando desde San Cugat y si te digo que “el tío Soplao”, el de mi pueblo, que al clarinete no le da pero sí –y muy bien- al clarete, me la tienes que dar como buena… O aún peor, que ese Benny goodman esfuerzo consiguiera que, sin tener ni idea de cómo se llamaba ese clarinetista, una voz celestial me soplara al oído: Beeeeeenie  Goooooodman…. Bueno podría ser, no quiero jugar con estas cosas y, además, sí que creo que los esfuerzos supremos puedan tener quién sabe qué recompensa, pero barrunto que debe constituir una retribución más a la larga, a la conciencia continua, a lo que muchos han llamado “punto de gravedad permanente” y tiene poco que ver con milagritos o con angelotes informantes. 

K, hace lo que puede –ojito, me ha dejado solo por una siesta, no haga usted piña con él-, y al menos sí ha logrado ubicarme en un mapa mental. Me dice, tarde y apesadumbrado, que la estación de San Cugat ya está perdida, pero que no debo estar muy lejos de la Rodalie –oigo, por boca de K, por primera vez ese nombre como sinónimo de Cercanías- que existe intermedia entre aquella y la de San Joan que, como ya dije, es la de TVE. Es una con un nombre complejo, que no recuerda K en ese momento. Pero le insisto. Después de lo caminado, creo no estar ya lejos del hotel y me encuentro decidido a pagar el portazgo de volver andando por el camino más recto –atravesando la masa oscura- o por el curvo –la línea direccional de la calle sobre el puente de la Ronda Norte. Creo que sí, me dice, si sigues ese último camino terminarás llegando. Pero quizás tengas otro modo. Tengo un compañero que para venir a trabajar, todas las mañanas se apea en la estación de RENFE y se viene andando. Debe de haber un camino que sale de ella y que le lleva hasta el polígono. Quizás tengas que pasar por un tramo de bosque pero enseguida, se llega a una calle donde está el famoso Centro Deportivo de Alto Rendimiento, te sonará. Luego, si sigues por esa misma calle, llegas a TVE. La verdad es que debes estar a un kilómetro o dos. Máximo, media hora.

Colgamos. Así que ya me tiene usted cabezón -sin coma, es decir, yo, no usted-, esta vez sin jugarme el tipo entre becerros, atravesando en sentido contrario el túnel recién descubierto y entrando de nuevo en la estación de RENFE. Esta vez me parece un ámbito algo más siniestro. Es de entender, una estación solitaria empequeñece y alerta. Sobre todo si es de noche, porque los fluorescentes que se van a fundir pronto hacen ruidos metálicos, como si un insecto del tamaño de un abrelatas estuviera golpeándose la cabeza contra el tubo del fluorescente. También los sonidos de goznes, bisagras, puertas que cierran mal, resuenan amplificados y también se aíslan sombras extrañas en cualquier sitio, algunas grandes y antropomórficas como si se corporeizaran despedidas y reproches. Pero… ¿estoy realmente solo?

Accedo directamente al andén y comienzo a recorrerlo en toda su largura. A la izquierda primero, luego a la derecha; con la vista escrutadora en el andén de enfrente. Lo que estoy buscando –y no sé porqué es así como lo imagino- es una puerta, una salida abierta en ese andén que me permita traspasar la frontera. Pero no la hay. Es un muro vegetal de plantas de hojas largas y anchas, como las de los maizales. Una malla abigarrada e impenetrable que remueve el viento. Mi mente ha buscado primero una salida lógica en la estación, un muro de ladrillo, quizá, con un pasillo y una puerta, algo así. Como es evidente que no existe, busco luego cualquier otro escape por donde el compañero de K sube al Centro de Alto Rendimiento para acceder a las calles del polígono, un camino de tierra quizás, un vado abierto por el tránsito frecuente, como las sendas-atajo que abrimos en los jardines cuando obviamos los rodeos que dan los caminos preestablecidos. Tampoco. Ya me vale cualquier cosa. Hasta una gatera por la que tenga que arrastrarme los primeros metros. Cualquier salida. Nada. Voy a cruzar las vías. Buscaré desde cerca. Recorreré cada palmo de ese muro verde para buscar la grieta en el límite-horizonte que me lleva deteniendo cerca de una hora. Miro otra vez a izquierda, a derecha y no veo la entrada al pasadizo que debe conducir al otro andén. Supongo que el acceso estará en el vestíbulo. Es lo lógico. Es entonces, cuando encuentro un vado con tablas por donde es fácil cruzar las vías. Pero cuando ya voy a poner el pie derecho en el vado, resuena por los altavoces una voz varonil, fuerte y clara que anuncia en castellano: «Le recordamos que está totalmente prohibido cruzar las vías». Lo repite. Diantre. Me sobresalto. Lo que me faltaba. La estación está desierta por lo que me lo está diciendo claramente a mí. Así que hay alguien escondido que intento infructuosamente detectar y que debe de llevar un rato flipando conmigo. Seguramente cuando me ha visto y me ha visto hacer lo que he hecho, le ha dado tres vueltas al cerrojo de la puerta de su despachillo y ha dejado a mano el número rojo del teléfono de los Mossos d’Escuadra y ha vigilado atentamente mis pasos por algún ventanuco o alguna cámara. Me he quedado más frío aún. Estoy por gritar «¡Señor! ¡Ayuda! ¡Soy un concursante de Saber y Ganar! ¡Concurso mañana y estoy perdido y quiero llegar a mi hotel!-» Pero no lo hago. De alguna forma, sí ha conseguido que se suavice la avidez con la que buscaba la salida y entonces razono que pueden existir cien maneras distintas, fuera de la estación, para tomar el camino que conduce desde allí hasta TVE. Entonces, me reconozco la obstinación enfermiza. Es un defecto de mi carácter. No me sale muchas veces pero me acuerdo de algunas. Tampoco es muy especial. Usted, seguramente, también ha pecado alguna vez de terquedad y pagado sus consecuencias. Pero ese reconocimiento me conduce –afortunadamente- a la capitulación. Así que, sin más zarandajas, vuelvo a salir de la estación y a atravesar por tercera vez mi nuevo amigo, el pasadizo, para regresar al punto de partida, la también ya muy amiga esquinita de Passeig Francesc Macià con la plaza del obelisco.

Rodalies  Volperelles 

Alguien, con un aire a Juanjo Cardenal,  sube a un tren de Rodalies        Estación de Volpelleres, al norte de San Cugat

Pero esta vez no me detengo y cruzo –por fin- el bulevar y me adentro en los jardines y desciendo la acera poco iluminada. Parece que, en cuanto he tomado la decisión razonable, las cosas se ponen de cara. En seguida –casualidad- me encuentro con otra parejita que vigila las correrías de un perro oscuro entre las sombras. Les pregunto si saben si anda cerca una estación de Cercanías –Rodalies, preciso-. Señalan hacia arriba de la cuesta y me responden. –Sí, siga usted subiendo esta calle y arriba se la encontrará a la izquierda. No creo que esté muy lejos, alguna de aquellas luces del fondo debe ser. –me contestan-. Doy las gracias sinceras y asciendo y rumio… K ha sido el que me ha hecho volver a la estación de RENFE, pero no puedo culparle, no sabía más que lo que me apuntó y lo único que hizo fue plegarse a mi obstinación, a mi orgullo. Pensó que éste me valdría para encontrar yo solo un camino desconocido en medio de la oscuridad. Evidentemente no fue así, no podía ser así. No debo, entonces, culpar a nadie de estar dónde y como estoy. Es el punto crítico donde me ha conducido la inercia, la falta de un propósito interno claro y, principalmente, ese orgullo, el más desorientador de los defectos. Y asumo lo que ha venido aunque no lo pueda entender ni descifrar. Y me ayudo y animo. Pensar en positivo. Solo en las religiones monoteístas basta para la salvación del alma con la fe, con someterse obedientemente a una jerarquía y con cumplir unos mandamientos éticos propios y naturales de cualquier sociedad estratificada para una convivencia pacífica, y que, a su vez, impida y castigue con dureza la contestación. En muchas otras religiones la Iluminación exige mucho más. Suele implicar un esfuerzo personal continuado y colosal, sin garantías de éxito por la crudeza de la senda y las pobres armas con las que cuenta el espíritu humano. Son creencias en las que la inacción, la deriva, la indiferencia ante el espíritu de la Ley, la aceptación sin reservas, la misma inercia, no solo no garantizan la salvación, sino que son un lastre para el crecimiento humano individual y colectivo. Eso es lo que creo la mayoría de las veces aunque siempre muy a lo lejos, inabarcable. Venimos a la vida para aceptar los desafíos, para intentar mejorar algo. Si Dios existiera y la salvación fuera posible y eres un impedido para aceptar y pertenecer con convencimiento a una de esas creencias monoteístas, estás apañado. No te queda otra que aceptar lo que viene indeterminadamente como una prueba, como una enseñanza más que debes entender, como algo que tú mismo te has buscado para avanzar un paso más o para darte cuenta que el último era erróneo y que tienes que desandarlo. Y eso es muy jodido, más difícil que una confesión o que una misa que te lave la incuria, cuando no tu crueldad.

Bueno, salvo que casi me cuelo en una comisaría o cuartel de los Mossos d’Escuadra que hay en la cuesta, confundiéndola con la estación, pero que me sirve para que el señor guardia de la puerta me certifique que Volpelleres –así se llama- existe y que está un poco más arriba, llego, ya más contento que un monito con carraca, a la estación que me liberará de ese espacio obsesivo que me ha retenido en su ámbito sin necesidad de cordajes. Me acerco a adquirir mi billete en una máquina automática. Cuando lo estoy haciendo se me acerca un joven que ahora no quiero encasillar, para ofrecerme su ayuda por si no sé interactuar con la máquina y sus instrucciones y nombres en catalán. Pero sí sé y la propinilla que busca no le llega. Saco mi billete y crealo si quiere, primero me confundo de andén, pero subsano rápidamente el error y me acomodo a esperar el tren dirección Sabadell. En un cartel anuncian que faltan más de diez minutos para su llegada. Pero no me importa. He desistido de cualquier toma de decisión y me dejo arrullar por los arroyuelos de lo cotidiano, como cualquiera de los que esperan como yo la llegada del tren. Deportistas con bicicletas, parejas de señores mayores enlazados por el brazo y que visten y huelen bien, un grupo de adolescentes con la risa tonta, franca… envidiable… gente normal un domingo y me alegro mucho de pertenecer al grupo y me dan ganas de cantarlo.

Cuando salí de Madrid –esta mañana, parece mentira-, dejé concursando en el último programa emitido de Saber y Ganar a tres participantes heterogéneos. Eran Óscar, de Hospitalet, un recién llegado que luego se convirtió en un asiduo de la cuerda floja, un escapista consumado de un reto tras otro; estaba también Miquel, de Girona, ya en el séptimo programa, un concursante no muy espectacular pero que daba la apariencia de tan estable como para poder subsistir en el programa hasta el día de mi participación, aunque no duró más que un programa o dos más; y, la estrella de aquella terna, Gorka Areta, de Vitoria, un Gorka2chico joven y tímido –y bien parecido, según acompañantes femeninas de visionado- que rondaba ya entonces la posibilidad de superar los 7000€ y de convertirse en “magnífico”, aunque le estaba costando un mundo subir los guarismos y que, incluso, en ese último programa que yo vi, tuvo que superar un reto que pudo haber dado al traste con todo lo que consiguió después, y que, lógicamente, no era disparatado pensar que pudiera encontrarme con él mañana como compañero-contrincante. Resalto lo de Gorka por dos cosas, porque al día siguiente, aunque ya no estaba, supe que sí, que en el lapso entre el último programa emitido y el de mi participación, había conseguido superar el mínimo que te otorga el título de “magnífico” y ganarse el derecho para participar, con todos los demás que lo consiguieron durante ese año 2013, en la cita anual de programas en donde, uno de ellos, se lleva el honorífico título de “supermagnífico”, amen de más perrillas que nadie. Finalmente fue Gorka, poco favorito entre tanto coco, y que había conseguido una cantidad en su participación diaria bastante inferior a la de muchos, el que consiguió llevarse el gato al agua. Enhorabuena, Gorka, desde esta humilde crónica.

Así que, en la cena, más bien cortita –más por modesta que por frugal- busqué una mesa esquinada, discreta, que me permitiera otear con comodidad todo el comedor y buscar alguno de esos participantes que ya habían salido en la tele, o, en su defecto, algún grupillo que me los pareciera y, si viniera al caso y me animara, acercarme a ellos humildísimo para ir pulsando el ambiente y hacerme el agradable y que se me considerara un buen candidato para compinche, o, al menos, no buscarme líos o antagonistas claros. Pues no. No estaban. A mí, ya se me había caído el día encima, con todas sus horas, sus kilómetros, sus caminatas, sus emociones y, estoy seguro, que quien se fijara en mí –escasos había que pudieran hacerlo-, me encontraría arrugado, bajado de altura, como los toros tras el “encuentro” con el picador que, aunque lo designan con el eufemismo de “ahormar”, lo que hacen es destrozarle los músculos del cuello –es lo que se busca- para que el toro no pueda cabecear demasiado y “haga el avión” en la muleta. A mi alrededor, solo cenaban solitarios tristones o simplemente cansados, como yo entonces, como usted ya de esta larga entrada. Cenábamos en silencio, concentrados en triscar el filetito, el pellizco de pan, el sorbo de vino o cerveza, el limpiarnos recatadamente una bocera... pero con la mente muy lejos de ese tristón comedor, pero ya no tanto, claro, no más allá de mañana. Como la mía.

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Entrada decimocuarta (El día de Farrokh Bulsara):   

 

Todo llega en esta vida.

Según avanzaban estas entradas, me iba invadiendo la inquietud por la llegada del momento en el que se extendería ante mí el espacio en blanco en donde tendría que rendir cuentas ante usted por haberme atrevido a ponerle a esta crónica ese título tan sugestivo que luce, pero al mismo tiempo, tan comprometedor. Ese desasosiego no proviene del título en sí, ya que aún me parece pertinente y pienso que define y esclarece la disposición mental con la que erré como una partícula sobrecalentada por el plató de Saber y Ganar aquel día. Además, es un título que se encendió en mi cerebro como un cartel de Broadway, casi simultáneamente a la idea de transcribir la experiencia, muy pocas horas después de la eliminación y como fruto de la rabia y el despecho llorado entre los cercos de cervezas y las cáscaras de cacahuetes con las que fui ensuciando unas cuantas barras de San Cugat. El temor que digo, radica mas en las expectativas que ese título, su peculiaridad, hayan podido levantar en usted y que, finalmente, sean defraudadas por falta de espectacularidad en la FarrokhBulsaraaparición de Freddie, aunque sí le anticipo que creo que algo de asombro o de interés le producirá a poco que se lo permita su sensibilidad. Por todo esto, la única duda razonable que me surge es que, quizás, tendría que haber enmascarado un poquito al señor Mercury y haber titulado esta crónica, por ejemplo, como Saber y Ganar, el día de Farrokh Bulsara. 

 

La primera vez que oí hablar con rigor del sexo tenía once años. Es muy cierto que por el barrio periférico de Madrid, ese libre y salvaje por el que corrió como una liebre loca mi infancia, se oían las cosas más tremebundas e increíbles que había que realizar para tener hijos. Los chistes circulantes, las denominaciones, los tamaños y formas que recibían o se asignaban a los órganos genitales, los lances imaginados del acto sexual, alcanzaban unos niveles de fantasía y procacidad dignos de la ciencia ficción más atrevida y tormentosa. Tan inaudito era aquello, que costaba trabajo creerlo. Yo, al menos, con ocho, diez años, sí me reía o ponía cara de docto conocedor del asunto o aportaba mi pequeña barbaridad cuando llegaba el caso; pero para mi coleto, en el cuarto de baño, yo me decía ¡No puede ser! ¡Hay que meter esto en un sitio que tienen las chicas! Pero ¿cómo es posible? ¿Y para qué? ¡Que no! ¡Que no puede ser así! Eran los tiempos de la cigüeña y del castigo de ceguera por sucumbir al sexto mandamiento. Los tiempos de la influencia omnímoda y onerosa del clero en estos asuntos, ya sabe.

 

El encargado de contarnos lo que se permitiera entonces de la reproducción humana fue, obviamente, el profesor de Ciencias Naturales, un hombre realmente tremendo. Siendo, según recuerdo, una persona de corta estatura, es fácil que superara con creces los 100 kilos de peso. Cuando se sentaba en la silla, literalmente se desparramaba y no dejaba del sillón ni una sola costura a la vista. A alguien que viniera de lejos, le hubiese sido difícil diferenciar si ese profesor impartía la clase sentado o levitando. Era un hombre adusto que siempre nos trató de usted y al que no le recuerdo ni una ocasional sonrisa, ni siquiera relajar el rostro, como si estuviera aposentado sobre un montículo de hielo, aunque también es posible que, en esto, mi memoria exagere. Pero lo más llamativo de él era su cabeza. Era enorme, monda, bruñida, muy redonda pero con cuatro ángulos simétricos sobresalientes, dos en los parietales, y dos en ambos extremos de la mandíbula inferior. Quizás fuese esa estructura ósea la que le impedía físicamente la sonrisa. Por todo esto, y por su carácter severo -ojo, y profesional, comprometido con su labor docente, admirable para mí, entonces y ahora- cuando entraba en clase era como si la temperatura descendiera 100 grados porque nos quedábamos rígidos y duros como esos mamuts que encuentran bajo sedimentos helados de los Alpes o de Siberia. Como, además, se te quedara mirando fijamente, te recorría un escalofrío que podía, perfectamente, soltarte los esfínteres. Así que no habían podido elegir mejor a quien nos explicara eso del asunto de la reproducción humana -la palabra sexo, ni se mencionaba-. ¡Ah!, y una cosa más para dejar a ese profesor bien caracterizado aquí, nombrar el recio apellido que le redondeaba: El profesor Vargas-Machuca.

  

Así que, tengo grabado a fuego el día en que entró en la clase para explicarnos el tema tabú. Como siempre, nos dio los buenos días desde la puerta y recorrió con seis pasitos cortos la distancia que le separaba del sillón. Luego, se esparció en él y en un silencio polar, barrió con su mirada todo el aula con dos círculos inacabables. Cuando estuvo seguro que nos habíamos tragado bien tragada la expectativa guasona y que, como un buen taxidermista, nos había convertido en jóvenes efigies, nos espetó:

 

- Hoy vamos a hablar de la reproducción humana-. Hizo una pausa para sopesar el efecto, apretó la mandíbula y sentenció: -Y, desde luego, no quiero oír ni una sola risita, al que le oiga me lo fundo.

 

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      Libro moderno para niños (¿alemanes?) de la reproducción humana. Fuente: http://latrola.net/

 

  Y comenzó a contarnos… Desde luego que era impensable que esperáramos diapositivas o dibujos aparte de los esquemáticos del libro; pero es que todo resultó un camelo, una engañifa, una estafa y nos quedamos sin saber si se hacía definitivamente como nos detallaba el ya experto Falquina –triple repetidor- o no. Sí, mucho gameto por aquí, ovarios por allá, que si las trompas de Falopio, el ciclo menstrual, óvulos, espermatozoides y tiempo de gestación y… hermanito al canto; pero na de na de lo que a mi me interesaba que era, como es natural, el acto en sí, las acciones imprescindibles, y no tanto por un sentido indecoroso como por saber por fin, si era físicamente posible y necesario ese enroscarse y esa introducción tan teóricamente placentera de la que tanto se hablaba y que yo ya empezaba a barruntar que era cierta y que, mal que me horrorizara, tampoco yo me iba a librar de tener que realizarla algún día.

 

Es un dilema el que se me plantea cuando tengo que decidir si incorporar o no a esta crónica alguna historia o anécdota como ésta del profesor Vargas-Machuca y su clase de reproducción humana. A muchas que esbozo no las termino por encontrar la pertinencia o el gusto y quedan inéditas junto a lo demasiado pintoresco, párrafos sin fuerza o desvaríos inconfesables en la subcarpeta de mi ordenador denominada Saber y Ganar Tomas Falsas. Además, alguno de ustedes en los comentarios a las entradas –tengo en mente el del señor Voldriano, en la 11- me ha azuzado a la “jibarización” y a dejar las zarandajas, circunloquios y devaneos y buscar la linealidad y el grano, por lo que los agujeritos de la criba que uso para filtrar lo que aquí queda finalmente, han disminuido de tamaño. También en mi entorno –nadie es profeta en su tierra- noto cierto hostigamiento irónico en pos de la horizontalidad de la crónica. Yo me defiendo como puedo y arguyo que sí, que a uno le pasan o le ocurrieron cosas que podrían contarse con corrección y detalle en forma de artículo periodístico o como una sucesión razonada de hechos; pero que las cosas no “pasan” solamente, sino que, aunque parezcan heterogéneas, están subordinadas o enroscadas –como para la reproducción humana- unas con otras y existen heraldos o augurios que las anticipan y que hay que hacerlos notar por si fueran útiles para alguien y, lo más importante, que lo que va sucediendo es a uno al que le impacta y el que lo interioriza y lo revive, y de ese sentimiento vivencial se construye uno su realidad, su mundo cierto. No sé porqué, las redes sociales y mensajes electrónicos están infestados de aforismos y proclamas de los más variopintos autores que inciden en la idea de que la realidad es subjetiva y que la vida se construye desde adentro, y a mí, que lo sigo aquí a rajatabla, se me toma por el pito del sereno y se me exigen hechos puros. Supongo que para la gente, una cosa es compartir y extender la bonita teoría y otra muy distinta el pan nuestro de cada día. No sé usted, pero yo me admiro, con lo que galopa por la red contra el sistema y sus abusos, que éste no haya ya volado por los aires solo por la presión; a mí me da que es que es más fácil y de poco riesgo salpicar los muros de melodrama –por muy cierto, lícito y bien intencionado que sea éste- que salir a la calle a jugarse el tipo y llenarla de barricadas. Bueno que me desvío de nuevo. Definitivamente a uno se le hace imposible plasmar las cosas de otra manera. Uno ve como ve,  siente como siente y escribe como escribe. No pueden pedírsele peras a un olmo. Ahora que le voy a contar el porqué de lo de Freddie Mercury, necesito de usted un esfuerzo suplementario al de una lectura tranquila. No solo estaría muy bien que pudiera recordar y reconocer que lo que me pasó no es tan insólito, yo sé que no lo es, aunque sí es verdad que, así, tan crucial y que se haga público, ya no está tan oído. Así que también le pido que me reconozca algo de gallardía; no busco mucho más, como en casi toda la crónica, solo que podamos reconocer que ser humanos nos conlleva a vivir en el error y en el desvalimiento, en esa soledad soterrada que, por no sentirla, disfrazamos de cualquier cosa. Reconocer esto no es tan malo y quizás nos haga más libres. Al final, no somos tan diferentes usted y yo y hasta los famosos, bellos y triunfadores que vemos en la televisión sufren insomnios, dolor de muelas y, por ejemplo, también miran con aprensión, después de levantarse del retrete, lo que acaban de depositar en él. Y ya, finalmente, le pido que sea justo y comparta que no es nada sencillo contar un hecho tan fundamental que caracterizó la actitud-aptitud con la que afronté mi participación en el concurso, de tal modo, como para aportar el subtítulo a estas crónicas; y que no me es posible escribirlo sin apostillas, sin muletas, sin que ronde por aquí el espíritu del profesor Vargas-Machuca; y que después de contarlo de una manera lineal, como lo voy a hacer a continuación, se hará necesario darle un par de vueltas para que no quede desvirtuado o malentendido. Seguro que me comprende. Ocurrió de este modo:

 

«Aquella noche, dormir, lo que se dice dormir, dormí poco y mal. La cama era cómoda pero demasiado ancha y esto permitía que la recorriera de un lado a otro sin descanso. Quizá hubiese sido más práctico y reparador haber contado con un camastro de madera cruda, de esos abatibles de las celdas monásticas o de las mazmorras, al menos así me hubiese movido menos. También, uno de mis pasatiempos favoritos de aquella noche fue el termostato del acondicionador de aire, porque me levanté unas cuantas veces a jugar con él. Y el cobertor. Sí, el cobertor. Me destapaba, me cubría, lo enrollaba en los pies o lo volvía a extender, hasta la cintura, hasta el pecho, hasta el cuello, me tapaba la cabeza o lo tiraba a la alfombra y vuelta a empezar. También bebí mucha agua y mucho zumo y fui al servicio con y sin zapatillas. ¡Ah! y tomé un par de grageas de Ginkgo Biloba. También, ya de madrugada, encendí la tele y estuve un rato viendo personas felices y envidiables por haber adquirido un aparato multiuso al increíble precio que aparecía en pantalla. Pero lo más entretenido era mi mente. Las imágenes, mezcladas sin control y sin concierto, me iluminaron la noche con sus fogonazos eléctricos. Hasta K, mi topo, logró colarse en el plató y desde un rincón en sombra, me lograba chivar alguna respuesta. Y me proyecté historias fastuosas en donde le contestaba a Juanjo Cardenal todas las preguntas y llegaba el programa cien entre halagos y muestras de admiración y entusiasmo y me paraban las mujeres por las calles para que las firmara autógrafos en las nalgas y hasta hicieron en mi pueblo un club para seguir mi participación con banderolas con mi nombre como hacían en Asturias con Fernando Alonso hace unos años, cuando ganaba. Ya muy tarde, me quedé dormido. Si usted va a concursar próximamente, siento no poder ayudarle con cuáles fueron los parámetros óptimos con los que lo conseguí, no puedo aportarle ni la temperatura, ni en qué lado de la cama me detuve, ni dónde quedó el edredón. Eso sí, la televisión terminó apagada.  A las cinco y diez, me levanté de nuevo al servicio a deshacerme de parte del litro de zumo de melocotón. Luego me miré en el espejo y vi una cara cansada. ¡Uff! ¡Qué poco queda! –me dije-. Hice tres respiraciones rápidas y profundas como las que hacen algunos saltadores de altura antes de iniciar la carrera y fue entonces cuando me pregunté una vez más: ¿Cómo se llamaba el grupo de Freddie Mercury?... silencio… una ducha lejana, el aire acondicionado, la cisterna cargándose, el eje de la tierra que acercaba el nuevo día como se suele decir… pero mi mente se quedó callada. ¡No me jodas, Giorgi, no me hagas esto ahora! Te repito la pregunta: ¿Cómo se llamaba el grupo de Freddie Mercury? Un buuuuuuuuuuuuu hueco en mi cerebro, como la sirena de un barco hundido… Trago saliva. Glup, Otra vez. Glup. Me remiro en el espejo. La cagamos, Giorgi, la cagamos bien cagada. ¿Qué haces aquí? Vete, aún estás a tiempo. Vuelvo a la cama. Hacia un lado: “Tenía tres sílabas, eso si lo sé, y empezaba por G, eso también… ¿Génesis? No, ¿cómo va a ser Génesis? Pues era algo así.” Hacia al otro: “No, eran dos sílabas y empezaba por P. Parchís. ¿Parchís? ¿Estás loco?”. Con la cabeza en los pies de la cama: “No, era una sola sílaba. Lo tengo en la punta de la lengua… tenía alguna a, de eso sí estoy seguro”. “Que no, que no, que era más largo”. Ad infinitum. Bueno solo hasta que veinticuatro horas después lo recordé cuando me deshice del hechizo. Más adelante lo cuento que también tiene su miga. Entre tanto, no importa, tiempo tendré de acordarme… -me decía, pobrecito mío-.»

QueenEnUnaNube

 Queen se fue a una nube...

Desde luego que contar esto así, que es como fue, valdría. Pero le imagino a usted regodeándose alegrillo en su silla y diciéndose: ¡Este tío es una mina! ¡Mira que olvidarse de Queen en un momento así! ¡Y nos lo cuenta! y eso haría que perdiera usted la perspectiva de sí mismo, de su humana naturaleza y que no lograra con mi confidencia que usted despejara la capa de tierra que cubren sus momentos y circunstancias vividas semejantes a esta mía, esos avatares en los que la presión pudo con usted y actuó grogui, creyó deambular en medio de una burla no cierta u olvidó nombres inmediatos o perdió objetos, personas, oportunidades, cuando no la fe en sí mismo… Es humano. Lo de Freddie Mercury no es aleatorio. Hasta mi participación en Saber y Ganar –no creo que ya se me olvide nunca, tocaré madera-, Queen, era para mí una piedra de toque, el nombre del grupo musical que siempre se me quedaba en la punta de la lengua cuando algo no iba bien. A un conocido mío le ocurre con el nombre de su sobrina y cuando lo necesita siempre le viene a la cabeza la palabra Yolanda cuando el nombre que busca es Vanesa y me cuenta que, en alguna reunión familiar las ha pasado canutas intentando rescatar Vanesa y que más se le alejaba cuanto más necesitaba acordarse de él. Es un ejemplo.

Como aún todo este asunto me impone y me desequilibra –sobre todo, por la oportunidad perdida, de la que alguna vez pienso en una revancha-, algo sí que me ha trastocado la estructura que había planeado para esta entrada. La idea era traer hasta aquí al señor Vargas-Machuca para mostrar cómo se puede salir airoso hablando de sexo en la España del año 70 ante un grupo de niños-adolescentes que ya comienzan a rebosar hormonas como leche hirviendo en un cazo. También como homenaje, desde luego. Y lo principal, lo que más me atraía y tenía previsto es, después de presentarle al profesor, poder decirle a usted: 

- En esta entrada catorce vamos a hablar del porqué lo de Freddie Mercury en el título. Hacer una pausa, apretar yo también la mandíbula y sentenciar: -Y, desde luego, no quiero oír ni una sola risita, al lector que le oiga, le deporto.

 

        No ha sido así y, ahora, ya está contado de otra manera. Salvo cuando quizás llegué aquí el momento de volver a traer a la palabra Queen recuperada para mi memoria –como ya he dicho, veinticuatro horas después-, Freddie y su banda no van a aparecer más por esta crónica salvo en el título, porque lo importante está esbozado y con lo dicho es suficiente para dejar constancia que esa ausencia estuvo viva y latente durante toda mi participación, y que el bigote de Freddie fue dejando su rastro piloso en todos y cada uno de los detalles propios del programa y de mi participación: el ámbito, el equipo, los compañeros; hasta en el vivaracho Jordi, el sentencioso e invisible Juanjo o en ese enigma llamado Pilar. La ausencia de Queen solo fue un símbolo de un bloqueo ansioso que no pude superar y que terminó concretándose en un vacío que me cercó y que me separó definitivamente de la realidad vivida allí dentro, y que ni siquiera me permitió disfrutar de ese momento tan fantaseado y eso es lo que más duele. Oía las preguntas como si cayeran al fondo de un pozo negro en donde la mayoría se hundían sin emitir ni un solo ruido. Solo algunas devolvían el eco de su respuesta como una onda leve que yo, asomado al brocal, podía percibir. Otras se quedaban cinco segundos, -el tiempo que te otorga Juanjo Cardenal para encontrar su respuesta-  flotando y refulgían, sí, en ese fondo, pero que me resultaron tan inalcanzables como el objeto de un sueño.

Solo queda una cuestión por explicar. ¿Por qué no buscó usted, señor Giorgi, el nombre del grupo de Freddie en internet? ¿Por qué no lo preguntó a Habitacion101alguien, no sé, en una llamada telefónica, a la azafata que le acompañó al estudio, a un compañero, al propio K? Es difícil de contestar. Desde luego, lo consideré. Pero no muy seriamente y, aún hoy, creo que en el fondo nada hubiese cambiado. La postergación en mi memoria de la palabra Queen no tenía valor como objeto en sí, sino que era la significación de un estado raro de catatonia. Y sería más esclarecedor y útil para mí descubrir las causas que lo provocaron. Pero esto ya me da un poco más de pereza. Y de rubor. Además, aquí usted y yo divergiríamos porque a usted le afectarían fantasmas diferentes, sus fobias y sus miedos íntimos, a cada uno los propios, como bien reflejó Orwell en la recreación de la habitación 101 de su novela 1984. Y tendrá que estar de acuerdo conmigo en que no es lo mismo reconocer una amnesia temporal, que seguro que tiene una explicación psicológica sencilla y es más común e inocua de lo que se cree, que analizar aquí qué impedimentos, complejos, responsabilidades asumidas, imágenes, topes mentales –más allá de los propios de ponerte a prueba en televisión ante millones de espectadores- que lo provocaron y eso ya pertenece a otro negociado y no a esta crónica. El que reintegrara esa palabra a mi conciencia artificialmente no me hubiese librado de “saber” que en un momento había olvidado la respuesta a una pregunta pueril, del mismo modo que tampoco pude rescatar de mi memoria en una de las preguntas calientes del programa –lo que aún me parece más imperdonable y bochornoso- un personaje inolvidable para mí: Beatrice, la amada de Dante…

Y ya está. Liberado por fin. Como comencé esta entrada con una sentencia rotunda e inapelable –solo la muerte, que la da rotundidad, también la deslegitima relativamente-, me voy a hacer la ilusión de que sé cerrarla de manera que parezca una entrada circular –viste mucho, oiga- y la acabaré de igual modo con otra tan tajante. Además, NadaTeTurbecomo ha surgido el asunto de los enroscamientos, viene muy al pelo. Ya hace -¡ay!- muchísimos años, mi novia de entonces y yo aprovechábamos las ausencias de sus padres en la casa familiar para conocernos mejor en su sentido más bíblico. Todo resultaba bastante placentero y, además, no quiero que quede aquí ni un solo atisbo de frivolidad, nuestro cariño mutuo era profundo. Pero había un detalle en aquella habitación prestada que algo de sombra sí que dejaba en mi joven y espléndido ánimo. Era un pedazo de madera que colgaba sobre la cabecera de la cama que tenía grabado como a fuego un único verso de una poesía de Santa Teresa de Jesús; era ese que nos advierte que: «Todo se pasa». Por supuesto que aquellas magníficas tardes ya hace mucho tiempo que pasaron, pero, y ahí estamos, lo de tener que explicar el porqué ese título de “Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury”, también. Todo.

 

 

 

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Entrada duodécima (K, San Cugat del Vallés):   

Ya comienza a ser incómodo que cada vez que por aquí le necesitamos, solo sepa nombrar a mi anfitrión de aquella víspera en San Cugat y del día de marras en TVE, con el parcial apelativo de “mi topo frustrado”. Así que, ya que estamos recomponiendo el staff, es el momento de asignarle un nombre menos insidioso y más sintético. Por tanto, a partir de este mismo momento, le conoceremos como K, ya que este alias es escueto y congruente y, además, con él me aprovecho para relacionarlo con el apellido del protagonista de El proceso, que, como mi K, digiere y comprende mal lo que le va sucediendo y demuestra una capacidad de respuesta disminuida y perpleja ante la presión y las normas y la inflexibilidad de las estructuras externas. Valga también como reconocimiento al otro K., al autor, que, además de su genuino genio, casualidades de la vida, celebraba sus aniversarios cuando este cronista, el día de Santo TomasApostolTomás, que es el discípulo que necesitó introducir sus dedos en la herida de lanza del Maestro para poder creer. Añadir, para evitar intrigas, que ni la primera cosa, ni la siguiente, ni esa última del dedo en la llaga, son representativas, ni simbólicas de nada, ni esconden, por esta vez, ninguna segunda intención. No creo que le parezca a usted mal que espolvoree lo que se va diciendo con alguna anécdota superflua, como el dibujo naif de salsa verde que trazan los más afamados chefs en sus platos-palangana alrededor de tres taquitos de mero.

Por las horas que eran, K y yo, comimos mal en una terraza muy bonita, con un suelo de baldosas a dos colores y unas cuantas macetas con plantas grandes y carnosas y acompañados por unos pocos comensales de conversaciones quedas muy de agradecer, en contraste con los voceríos habituales. Las cervezas, olivas, y ensaladas, acomodados en la sombra, luego, la cazuela de pescado reseco e indocumentado en las entreluces del toldillo, para finalmente, y ya con los tiramisús y los cafés, buscar un poco de calor arrastrando las sillas tras la luz del sol que se ladeaba y se diluía tan rápidamente como si alguien con un regulador, como a la hora de cierre de las discotecas antiguas, nos quisiera echar del restaurante por pesados y tardíos; tanto y tanto, que ya el sol no tuvo fuerzas para contener una brisa fresca y racheada que se adueño de la tarde y que nos volaba lo menudo: las servilletas de papel, palabras sueltas, el ticket de la cuenta, los papelillos y el tabaco de liar y las colillas y la ceniza del cenicero; aunque también, supongo, que para contento del camarero encargado de la escoba, limpiaba de burujos la terraza empujándolos hasta la calle transversal.

Cuando ya los cafés y los chupitos estaban acabados y la mesa requetelimpia de liviandades, el gozo supuesto del camarero encargado de limpiar la terraza –poco dura la alegría en casa del proletario- se había tornado en imprecaciones entre dientes porque, sí, las servilletillas que debía de barrer, ya se las había llevado el viento, pero, en su lugar, el suelo se había tachonado de las colillas, palillos y huesos de aceituna aventados desde las mesas y que ahora se habían parado encajados en las junturas de las losetas. Cuando le vimos luchar con su cepillo contra esa basurilla pertinaz –seguramente fuera de turno, por nuestra culpa- maldiciendo de forma queda –muy de agradecer, también por contraste-, entonces sugerí a K, que lo que se terciaba era una digestión turístico-cultural por el San Cugat histórico en la que él bien me podía servir de cicerone.

 Pero la sugerencia no caló, y K, que posiblemente sí estuviera cansado por el madrugón mañanero de su jornada laboral cumplida, ya llevaba un rato queriendo darme muestras patentes de sueño y agotamiento con sus bostezos y estiramientos sin recato, pérdidas de hilo y cierto desinterés paulatino. Nada nuevo para mí. Son decenios en los que sus siestas, en cualquier lugar del mundo, sobre cualquier superficie, por delante de cualquier portento o expectativa, tienen un carácter litúrgico que le es imposible quebrantar. Y, claro, aquella tarde tan especial no iba a constituir una excepción. Así que, para mi relativa sorpresa, se excusó del paseo por San Cugat. Estábamos en uno de los barrios modernos del pueblo. Desde él, descendían en cortos tramos, calles asfaltadas y alguna escalera peatonal hacia un parque lineal que no era más que un ancho bulevar con cuadros de césped y claros de tierra donde habían puesto zonas de juego para niños. Ese bulevar bien pudiera haber sido, en su tiempo, el lecho de un pequeño río o, sencillamente, el terreno extramuros del enclave medieval de San Cugat, que se levantaba frente a nosotros. Allí, arriba de una escalinata funcional de doce o quince escalones, demoramos un poco la separación. Insistí en que me acompañara al paseo. Al principio se lo pedí sin mucho ruego, aunque luego intenté asaltar su negativa, no tanto apelando a la amistad y a su deber supuesto de anfitrión, como al principio moral de que no debería dejarse llevar por la molicie y de que algún día tendría que vencer esa subordinación física en pro de no sé qué valor estoico superior –ni yo mismo me lo creo del todo-. Nada. Se zafó con muchos es que…, algún pero…, un luego, si quieres en Barcelona…, y un ¡hombre! si a ti te gusta zascandilear solo y darle vueltas a las cosas… Lo de siempre. Bueno, eran tiras y aflojas ya vividos y yo sabía que cuando había dicho siesta, era siesta. Sobre la escalera, al menos, sí trató de orientarme hacia dónde podía dirigir mis pasos. Oculto por altos árboles sin hojas y, quizá, por un ángulo muerto, K me señaló con el dedo el punto aproximado por dónde se tenía que situar lo que a mí más me iba a gustar: El Monasterio de San Cugat. –Está muy bien, me animó, ya verás. Finalmente, tras los deseos de suerte y serenidad, muchos ánimos y proponer una cita posterior indeterminada, dio media vuelta y se encaminó hacia su coche, hacia Barcelona, hacia su siesta imperdonable y yo, en ese singular momento que un hombre vive y debe vivir muchas veces y, todos, por los siglos de los siglos, me quedé solo ante un reto, por esta vez –reconozcámoslo- de importancia subjetiva y escaso riesgo.

NuevosRetosY enfatizo ese instante en el que me invadió el desánimo como una marea súbita allí, frente al San Cugat viejo, porque tiene su importancia. Usted conoce el mecanismo. Nuestro subconsciente sabe disminuir la tensión psicológica que nos invade ante un hecho próximo desagradable o que nos impone o que tememos, si puede interponer entre éste y nosotros una pequeña bolsa de aire aunque no nos vaya a paliar en nada el encontronazo. Ejemplos cotidianos y conocidos por todos, hay muchos. Uno típico es que si vuelve uno de vacaciones un viernes y no es hasta el lunes cuando debe reincorporarse a la rueda laboral, sí, nuestro viaje entre estupas o glaciares o charangas y farolillos o espumas de cerveza y olas, ha pasado ya al inventario del Juicio Final; pero el aferramiento psicológico que hacemos a ese miserable y efímero fin de semana que aún nos separa del lunes demoledor, sí logra salvarnos artificiosamente del abatimiento y posterga el síndrome del reintegro por unas horas. También pasa mucho en la inminencia de los exámenes de recuperación de septiembre o en las horas que anteceden el momento de una dolorosa despedida. Y también pasó en el quinto escalón de aquella escalera donde me quedé inmóvil: ya no había paliativos, ni chóferes ni Kas que me entretuvieran, ni furgonetas ni coches que me pasearan. La luz de la víspera se apagaba y la siguiente que vería sería la del tembleque, la del día de Freddie Mercury y, aunque intenté estirar un poco más ese “fin de semana” con el paseo por San Cugat, no lo conseguí y las cosas que vi y viví no presagiaron nada bueno.

El pueblo de San Cugat es, como mínimo, dos pueblos diferentes. Uno es el núcleo primigenio, artificialmente coqueto, muy remozado en blanco, con sus calles peatonales y algunos carteles o inscripciones testimoniales de almacenes, tiendas, asociaciones fundadas a principios del siglo pasado. San Cugat tiene fama de ser una población pija, y quizá, por esa prevención que me habían infundido, sí es verdad que anduve fijándome más de lo necesario, por verificarlo, en aquellos paseantes de ese domingo que me resultaran envueltos en ropas de mejor tela, o diseño o marca (¡ya ve usted, yo juzgando telas y diseños!). También consideraba los peinados, los cortes de pelo, por si me parecieran de peluquería cara. Me fijaba de refilón en los pelucos, los aderezos, las mariconeras de piel. Miraba los juegos de los niños, si eran o no de vuelo corto y vigilado, en si los vestidos de las niñas tenían ribete, en cómo eran sus lacitos, en si los perros paseados también llevaban lacitos y si eran perros que meaban u orinaban o hacían pipí o pu, o si se les notaba el pedigrí de sus amos por la forma de levantar la pata. En fin. Perder el tiempo, mirar por nada. Sí noté algo de ello en el trato para conmigo y en las maneras de los parroquianos de dos cafés, en alguna conversación robada, en cómo recibieron y respondieron a las preguntas que hice para salir de allí, pero, a decir verdad y como en cualquier otro sitio, también me crucé con vocingleros y gentes vestidas con ropas informales, de mercadillo, y muchas personas que paseaban a chuchos de raza mil cruces. Además, también en las calles principales los chinos o paquistaníes han colonizado los locales más populares y frecuentados. Y, como al día siguiente –ya lunes- pude constatar, (en la llorera post-mortem que no podían cortar ni las cinco primeras cervezas –que es el número en donde dejé de contarlas-, ni las ene siguientes; y aún –¡lucero del alma mía, hasta cuando!- chapoteando en el olvido el nombre del grupo de Freddie Mercury); muchos de sus habitantes van y vienen de sus quehaceres diarios traídos y llevados a Barcelona, a sus trabajos, a sus estudios, por los trenes populares de cercanías. Y caminan, como en Vallecas o en Carabanchel, por ejemplo, con prisa y acarreando sus bolsas de deporte, sus carteras, sus libros y carpetas o las bolsas de plástico del supermercado con una barra de pan, una litrona, unas manzanas, 150 gramos de chorizo, un litro de leche y, a lo mejor, unos tomates que le faltaban para hacerse una ensalada. Como cualquiera.

monasterio sant cugat 

Monasterio de San Cugat (http://www.xn--espaaescultura-tnb.es/)

Efectivamente, como me había informado K, la joya de la corona es el monasterio, una antigua abadía benedictina de más de mil años, algo grande para el lugar donde se asienta porque se hace difícil escoger un ángulo visual que ofrezca la distancia suficiente para que se pueda tomar una buena perspectiva del conjunto y, salvo desde otros enclaves más alejados –también imperfectos, también mostrando caras parciales del complejo-, de cerca, es difícil abarcar el todo; aunque sí tiene fachadas y un rosetón imponente y un excelente paseo por rincones y alrededor de sus muros. Lamentablemente, el monasterio estaba cerrado a esa hora y no pude entrar a recorrer su claustro que, según parece, es digno de ser admirado. De todas las formas yo estaba para poco arte y todo lo vivía ya como una sucesión de hechos e imágenes ajenas a mí, como si yo no estuviera en la misma realidad que San Cugat o que el monasterio. La verdad es que los pingajos que le quedaban a esa luz ya fría de diciembre, que apenas unas horas antes había reverberado como en diamante en la plaza de la estación, en la furgoneta, en las antenas parabólicas, en la fachada de mi hotel… aportaban a la realidad un velo de leyenda romántica y aunque yo pudiera palpar la piedra, oler un jardín, evocar a los artesanos puliendo sillares, todo me parecía un juego de hologramas superpuestos, un sueño breve y sin importancia. Una espera amenizada.

En San Cugat o en su término local hay, que yo pueda asegurar, tres estaciones de tren. Dos son de la línea de cercanías, que allí llaman Rodalies. La más céntrica se denomina como la población, San Cugat, y pertenece a la misma línea que la estación de Sant Joan, que es donde usted tiene que apearse si quiere ir a TVE, ubicada a la espalda del hotel de los concursantes de Saber y Ganar. Entre ambas estaciones se encuentra la otra que digo, ya a las afueras, al norte de la Ronda Norte; se llama Volpelleres. Como lo que voy a contar de aquella tarde –noche pronto, y desapacible- tiene su dosis de extrañeza y deseo que me crea a pies juntillas, intentaré ser muy concreto. Si usted mira un mapa-callejero de San Cugat, encontrará algún que otro cuadrito naranja más, símbolo de las estaciones de Rodalies, pero éstas no podemos asegurar que pertenezcan ya a San Cugat y, además, no tienen vela en esta historia (iba a decir entierro, por lo del día siguiente, metafórico, claro). Así que, mi intención, tras la visita al monasterio, no era otra que callejear un poco más, sentarme en algún banco a mirar a la gente, buscar rincones, placitas agradables, algún café demorado… y poco más. Y luego, coger un tren (disculpe si usted es sudamericano, pero así es como normalmente denominamos en España al acto de utilizar un transporte, se cogen los coches, los taxís, el metro, las rodalies… a las mujeres no, nunca) en la estación más a mano –San Cugat, en mi conciencia- y dos estaciones más allá, estar tranquilamente cenando en mi hotel, buscando vivaz entre los otros cenadores a mis compañeros-contrincantes por si era capaz de reconocerlos. Luego, velar armas, espantarme el acojone (con perdón, utilicen acobardamiento los zaheridos, aunque la malsonante es más precisa) y dormir lo mejor que se pudiera. Y, mañana, Dios diría. Ese era mi humilde plan. No era mucho pedir ¿no? Pues sí, era demasiado.

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                                                           Atardeceres (LCJ)

En el tomar un café y perderme por algunas de las calles cercanas al monasterio, cayó la noche. Hacía frío. No era un frío mesetario, pero recuerde que se había levantado viento y que la ropa que llevaba era la de un domingo primaveral. Caminé un poco más y no me gustaba demasiado lo que veía así que entré en el primer bar que me pareció bien y pedí un nuevo café y, ya de paso, pregunté inexactamente al camarero: ¿Por favor, por dónde puedo ir a la estación de tren? El camarero consultó algo en catalán a la camarera y, a su vez, me preguntó ¿A cuál estación? ¿A la de RENFE?  Sí, respondí, erróneamente porque aún nada sabía de Rodalies y estación de RENFE era para mí un término genérico y no distintivo. Ahora, además de la camarera, intervino otro cliente y hablaron un rato en catalán mientras extendían los brazos señalando a distintas direcciones. Yo, no previendo en ningún momento que K no me fuera a acompañar, en ese momento, me descubrí que no tenía la más remota idea de donde estaba, ni si San Cugat era pequeño o enorme, ni cómo se iba a ningún sitio y que, si aquellos lugareños dudaban y se contradecían entre sí, quizás me iba a costar más de lo previsto volver al hotel. Bueno, me dije, preguntando se va a Roma y, además, podría andar sin problema los cuatro o cinco kilómetros que debe de haber hasta el polígono o puedo pedir un taxi –que es lo que tenía que haber hecho-. Bueno, al fin, pareció que habían llegado a un acuerdo los preguntados y el camarero dirigió mis pasos:

- Siga esta misma calle, y un poco más adelante hay un cruce. Tome la calle de la izquierda y luego la primera a la derecha. Bájela hasta el final y va a llegar a una avenida muy ancha. Gire a la izquierda. Esa calle se llama Francesc Macià. Súbala. Luego verá que se divide en dos. No haga caso. Siga subiendo hasta el final donde verá una rotonda que tiene un obelisco en el centro. Al otro lado de la rotonda está la estación de RENFE.

- Perfecto, muy amable -contesto. Apuro mi café –excelente, por cierto-. Pago y antes de salir le repito al camarero, por ver si he entendido bien, los primeros pasos de su explicación. Sí, había entendido bien. Salgo y camino.

 Y camino. Lo que yo busco encontrar es la estación de San Cugat. Y, además, espero hallarla más o menos en el centro. Me lo dijo K. Pero por donde camino no es por dónde yo imagino que pueda estar. Así que me entran dudas y me planteo las cosas feas que le vienen a uno cuando duda, los frutos de la inseguridad que pueden llegar a estar muy agusanados. No puede ser por aquí –me digo-. La estación está en el centro urbano. Y esto, desde luego, no es el centro, estos son barrios nuevos y por aquí, no hay, no puede haber una estación. ¿Se habrán dado cuenta de que soy madrileño y me han enviado a la otra punta? No, Georgi, que la gente no es así. No, la gente no es así pero yo voy a preguntar a esa parejita que están con ese perro. Les pregunto y hay un momento en el que se miran entre ellos. ¿Qué pasa? ¿No lo saben? Si está cerca, la tienen que conocer. ¡Que es una estación de tren y no la marquesina del autobús de Sabadell! ¿Se están conchabando también con la mirada? Entonces el chaval me pregunta: ¿La estación de RENFE? Sí, le digo otra vez muy convencido, pero de nuevo, testarudamente equivocado. –Sí, está al final de esta calle –ahora es la chica la que me informa-. Siga subiendo y llegará a una rotonda que tiene un obelisco. Es la ronda Norte. La cruza y al otro lado está la estación. –Muchas gracias, contesto. –De nada. Y ya, desentendidos de mí, comienzan a llamar a gritos a su perro(a) que se ha escapado acudiendo a la llamada atávica de otro perro(a) en un jardín. Bueno, Giorgi –me digo- ¡qué mal pensado eres a veces! Y camino. Pero ¿por dónde? ¿Dónde estoy? Pues estoy en el otro San Cugat, ese otro diferente que, ya muy arriba, mencioné. Se llama San Cugat porque dicen que es San Cugat, pero podía ser cualquier barrio nuevo de cualquier ciudad o pueblo de España. Cortado por el mismo soso y funcional patrón. Sin belleza, sin invitar a la convivencia, al compadreo, a las relaciones humanas. Calles anchas, monótonas, interminables, impersonales, aburridas. Diseñadas para los coches, flanqueadas por bloques y bloques de ladrillo, jardincitos acotados y muy buenas aceras para andar, para hacer footing, no tanto para caminar mirando lo que haya de bonito o de evocador, porque… ¿qué se puede ver? A tu izquierda, por ejemplo, asfalto, coches que pasan raudos, coches aparcados, semáforos, papeleras, algún kiosco de periódicos o de helados. ¿Y a la derecha? Más coches asomando por las calles trasversales o entrando o saliendo de los garajes. Y la ristra uniforme: un portal, una clínica dental, un banco, una pastelería, otro portal, un local vacío, otro, una gestoría, una cafetería funcional, otro banco, un nuevo portal, una tienda de chinos, un garaje, una tienda de bolsos y complementos, un portero fumando, un estanco, otro banco, otro portal, una librería –con libros de Pilar Urbano, de Harry Potter, de Pérez-Reverte, el último de Stephen King-, una tienda de mascotas, otro garaje ¿Sigo? No hace falta. Usted ya lo sabe porque en su ciudad es lo mismo. Igual de uniforme, soporífero, alienante. En todos y cada uno de los barrios nuevos de todas y cada una de las poblaciones españolas… El desmantelamiento sañudo de la singularidad, la preciosidad de muchos de los pueblos y ciudades de España en los últimos cuarenta años tiene carácter de hecatombe, ha sido una catástrofe irrecuperable.

 Pensamietos

Pensamientos (LCJ)

Camino, no, mejor digo ando. Entonces K, estaba confundido ¿no? Bueno él tampoco viene mucho por aquí, o viene en coche. Posiblemente no sepa bien dónde está la estación. Hace frío. Esta cuesta no me la esperaba. Me tenía que haber puesto deportivos. Claro, es que desde que salí de casa esta mañana, ya está bien. ¿Es aquello el obelisco? ¿Podrás mañana con la ansiedad? Bueno, si me puede, no participo y ya está. Pero… ¿qué estas diciendo, Giorgi?  Este K, me ha hecho la puñeta…, es que no aprendo. Como puede deducir de estas frases, aquella noche comenzó a predominar en mí el monólogo interior, y me recuerdo hasta vocalizando los pensamientos. Vamos, que iba hablando solo. Era una autodefensa, la del erizo. Eso fue así, cabal, como lo cuento; y ese talante no era el mejor porque conduce a cierto tipo de trastorno mental transitorio, o, al menos, sí a una pérdida de coordinación con lo que te rodea, con el entorno, con el tiempo, con lo que pasa a tu alrededor, con lo que oyes. Incluso con lo que ves. Ahora, en perspectiva, tampoco puedo asegurarlo pero sí quizás fueron los equívocos de esa víspera los que sembraron el germen de una especie de estado de idiotez que se prolongó hasta más allá de las cervezas nocturnas y compulsivas del día siguiente. Y todavía no ha leído usted nada. Ahí estaba el obelisco por fin y las cosas que pueden empeorar, empeorarán.

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Ent.12      Reelaborándose
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Ent.  21   Los retos de comodín
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