UN BUEN LIBRO PARA LEER: EL BUEN SOLDADO (1915)

ElBuenSoldado      

    Ford Madox Ford   (Inglaterra)

    Editorial:   Círculo de Lectores.     
   

     Maestros Modernos Anglosajones.

     Colección dirigida por Carlos Fuentes.    

                          

 

(Separan los fragmentos, imágenes pertenecientes a portadas de ediciones anglosajonas de este libro y a un texto manuscrito de Lutero)

  Fragmentos de libros        

Quizá pregunte usted, y con toda razón, por qué escribo. Y, sin embargo, tengo muchos motivos. Porque es frecuente entre seres humanos que han presenciado el saqueo de una ciudad o la desintegración de una raza el deseo de poner por escrito lo que han visto para beneficio de desconocidos herederos o de generaciones infinitamente remotas; o, si usted los prefiere, para sacarse esas imágenes de la cabeza.

Alguien ha dicho que la muerte de un ratón a causa del cáncer es lo mismo que el saco de Roma por los godos, y yo le juro a usted que la desintegración de nuestro pequeño círculo con cuatro esquinas fue otro de esos acontecimientos impensables. Supongamos que se hubiera tropezado usted con nosotros, cuando estábamos sentados alrededor de una de las mesitas frente al club…

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No sé cual es la mejor manera de escribir esto…, no sé si sería más conveniente tratar de empezar por el principio, como si fuera un cuento; o narrarlo desde la lejanía en el tiempo, tal como yo lo recibí de los labios de Leonora o del mismo Edward.

De manera que durante un espacio de dos semanas aproximadamente me imaginaré en una casa de campo, a un lado de la chimenea, con un oyente favorablemente dispuesto frente a mí. Y me dedicaré a hablar en voz baja mientras se percibe a lo lejos el ruido del mar, y, por encima de nuestras cabezas, la gran marea negra del viento saca brillo a las estrellas. De cuando en cuando nos levantaremos, llegaremos hasta la puerta, contemplaremos la enorme luna y diremos: «¡Caramba, brilla casi tanto como en la Provenza!». Y a continuación volveremos junto a la chimenea, con algo así como la sombra de un suspiro porque no estamos en esa Provenza donde incluso las historias más tristes se vuelven alegres. Considérese si no la lamentable historia de Peire Vidal. Hace dos años Florence y yo fuimos en coche desde Biarritz a Las Tours, que está en los Montes Negros. En medio de un valle tortuoso se alza un inmenso pináculo y sobre él hay cuatro castillos; Las Tours, la Torres. Y el mistral soplaba con tanta fuerza en el interior de ese valle que comunica Francia con la Provenza que las hojas gris plateadas de los olivos parecían cabellos flotando al viento, y las matas de romero se introducían furtivamente entre las rocas de color hierro para evitar que el viento las arrancase de raíz…

… No; nunca volvimos a ningún sitio. Ni a Heidelberg, ni a Hamelin, ni a Verona, ni al Mont Majour…, ni siquiera a la misma Carcasona. Hablamos de ello, por supuesto, pero imagino que Florence, con una sola mirada, sacaba de un sitio todo lo que quería. Tenía un don especial para ver.

Yo no lo tengo, desgraciadamente, de manera que el mundo está lleno de sitios a los que quiero volver…, ciudades con un sol cegador cayéndoles encima; pinos piñoneros recortados contra el azul del cielo; ángulos de gabletes tallados en su totalidad, con pinturas de ciervos y flores escarlata; y gabletes con salientes escalonados y un pequeño santo en lo alto; y palazzi de color gris y rosado y ciudades amuralladas a kilómetros y medio del mar poco más o menos, junto al Mediterráneo, entre Livorno y Nápoles. Ni vimos ni una sola cosa más de una vez, de manera que para mí el mundo entero es como manchas de color en un lienzo inmenso. Si no fuera así, quizá ahora tendría algo a que agarrarme…

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Hizo mucho calor durante el mes de agosto en aquel verano de 1904; y Florence llevaba ya un mes tomando los baños. No sé qué se siente cuando se está como paciente en un balneario. Nunca he sido paciente en ningún sitio. Supongo que los enfermos tienen un sentimiento hogareño y una especie de soporte firme en esos lugares. Parece que les gustan los empleados de balneario, con su rostro alegre, su aire de autoridad, sus uniformes blancos. Pero, en cuanto a mí mismo, estar en Hauheim me producía un sensación -¿cómo lo diría?- casi de desnudez…, la desnudez que se siente a la orilla del mar o en cualquier gran espacio abierto. Yo carecía de lazos, de cosas atesoradas…

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Siempre he amado a Leonora y hoy mismo daría alegremente mi vida, lo que queda de ella, en servicio suyo. Pero estoy seguro de que nunca despertó en mí eso que suele llamarse deseo sexual. Creo que fueron sus hombros blancos los que tuvieron la culpa. Cuando los miraba, me parecía sentir que si alguna vez llegara a besarlos estarían ligeramente fríos…, no helados, no carentes de un mínimo calor humano, pero sí como un baño frío al que se ha añadido un poco de agua caliente para entibiarlo. Me parecía sentir el frío en los labios cuando la miraba…

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… Pero si he de ser sincero, no sé qué es lo que hacíamos con el tiempo. ¿Cómo utiliza uno el tiempo? ¿Cómo es posible gastar nueve años sin obtener el más mínimo resultado? Nada en absoluto, dése usted cuenta. Ni siquiera un palillero de hueso, tallado en imitación de una pieza de ajedrez y con un agujero en lo alto a través del cual se puedan contemplar cuatro vistas de Nauheim. Y en cuento a experiencia, en cuanto a conocimiento de nuestros prójimos…, nada en absoluto, igualmente. Le doy mi palabra de honor de que no sabría decirle de buenas a primera si la señora que vendía aquellas violetas tan caras al final de la carretera que lleva a la estación me timaba o no; tampoco sé decir si el mozo que en Livorno acarreaba nuestros equipajes de un lado a otro de la estación nos robaba al asegurar que la tarifa normal era una lira por cada bulto. Los ejemplos de honestidad con que uno se tropieza en este mundo son tan asombrosos como los ejemplos de falta de honradez. Después de cuarenta y cinco años de relacionarme con mis semejantes, debería estar en condiciones de saber algo acerca de mi prójimo. Pero no es así.

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… Yo no sé lo que Leonora sabía o dejaba de saber, pero lo cierto es que estaba de vuelta siempre que Florence se presentaba con un dato nuevo. Y de alguna manera lograba dar la impresión de saber realmente lo que la pobre Florence sólo había conseguido aprenderse con alfileres. No soy capaz de definirlo exactamente. Era algo casi físico. ¿Ha visto alguna vez a un perdiguero jugando a perseguir a un galgo? Se les ve a los dos corriendo por un campo verde, casi codo con codo, y de pronto el perdiguero le lanza al otro una amistosa tarascada. Y resulta, simplemente, que el galgo ya no está allí. Usted no ha notado que aumentara la velocidad ni que descompusiera la figura; pero allí está, dos metros por delante del hocico extendido del perdiguero. Eso era lo que pasaba con Florence y Leonora en cuestiones de cultura.

 

… Y atravesamos capillas, y salas de música, subiendo cada vez más, hasta llegar a una amplia habitación muy antigua, llena de prensas, con ventanas todo alrededor pero con las persianas LuteroTextoManuscritocerradas. Y Florence pareció llenarse de electricidad. Le dijo al cansado y aburrido guardián qué persianas debía abrir, de manera que la brillante luz del sol se derramó en haces palpables por la antigua y oscura habitación. Mi mujer explicó que aquél era el dormitorio de Lutero y que precisamente la luz del sol iluminaba el sitio donde había estado su cama. De hecho creo que Florence se equivocaba y que Lutero sólo se detuvo allí, por así decirlo, para tomar un bocado, y evitar de ese modo a sus perseguidores. Pero no hay duda de que habría sido su dormitorio si le hubieran convencido para que se quedara a pasar la noche. Y luego abrió otra persiana y volvió a buen baso junto a una gran vitrina.

-Y aquí –exclamó, con acento de alegría, de triunfo, y hasta de audacia. Señalaba un trozo de papel, como la carilla de una carta con algunos trazos a lápiz apenas visibles que podrían haber sido la anotación de las cantidades que nos estábamos gastando durante el día. Y yo me sentí extraordinariamente contento ante su alegría, su triunfo, su audacia. EL capitán Ashburnham había puesto las manos sobre la vitrina-… aquí está…, la Protesta. –Y después, mientras todos manifestábamos adecuadamente nuestro desconcierto, continuó- : ¿No saben que es ésa la razón de que todos nos llamemos protestantes? Éste es el borrador a lápiz de la Protesta que redactaron. Se pueden ver las firmas de Martín Lutero, y de Martín Bucero, y de Zuinglio, y de Luis el Valiente

Quizá me equivoque en alguno de los nombres, pero  estoy seguro de que Lutero y Bucero estaban allí. Y la animación de Florence continuó y yo me alegré. Estaba mejor, y libre de toda posible complicación. Enseguida continuó, mirando al capitán Ashburnham a los ojos:

- Gracias a este trozo de papel usted es honesto, sobrio, trabajador, previsor y lleva una vida limpia. Si no fuera por él sería usted como los irlandeses, los italianos o los polacos, per particularmente como los irlandeses…

Y Florence puso un dedo sobre la muñeca del capitán Ashburnham.

Tuve conciencia de algo traicionero, de algo terrible, de algo malévolo en el día. No soy capaz de definirlo ni de encontrarle un símil. Fue como si una serpiente hubiera mirado a través de un agujero. No; fue como si mi corazón hubiese perdido un latido….

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No debería haberlo hecho. No debería haberlo hecho. Actuó de una forma demasiado rastrera. Acabó con el pobre Edward por pura vanidad; se entrometió entre él y Leonora por un estúpido deseo de representar el papel de gran dama caritativa. ¿Querrá usted creer que mientas era la amante de Edward estaba continuamente tratando de reconciliarse con su mujer? Obsequiaba a Leonora con largas parrafadas sobre el perdón…, abordando el tema con el optimista enfoque americano. Y Leonora la trataba como la furcia que era. Una vez le dijo a Florence a primera hora de la mañana:

- Nada más salir de la cama de mi marido, viene usted a decirme que mi sitio debería ser ése. Lo sé, muchas gracias

Pero ni siquiera eso logró detener a Florence. Siguió diciendo que su ambición era dejar este mundo un poco más luminoso al terminar su breve vida, y explicando con cuánto agradecimiento renunciaría a Edward, aquel creía haber dotado de una actitud anímica mucho más correcta, si Leonora accediese a darle una oportunidad. Ashburnham, decía Florence, necesitaba ternura más que ninguna otra cosa.

Y Leonora –que soportó esta atrocidad durante años- contaba, según tengo entendido, algo parecido a esto:

-Sí; renunciaría usted a él. Y luego se seguirían escribiendo en secreto, y cometiendo adulterio en habitaciones alquiladas. Les conozco muy bien a los dos, ¿sabe? No. Prefiero que la situación siga como está…

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La noche de aquel 4 de agosto yo estaba sentado en el salón del hotel con un inglés bastante odioso llamado Bagshawe que había llegado demasiado tarde para la cena. Leonora acababa de irse a acostar y yo esperaba a que Florence, Edward y la chica volvieran de un concierto en el casino. No habían ido junto. Recuerdo que mi mujer, dijo en un principio que se quedaría con Leonora y conmigo, y Edward y la chica se marcharon solos. Entonces Leonora le dijo a Florence con la más absoluta calma:

- Me gustaría que fuese usted con esos dos. Debemos dar la sensación de que la chica lleva una acompañante cuando va con Edward a esos sitios. Creo que ha llegado ya el momento de hacerlo.- De manera que Florence, con su rápida manera de andar, salió tras ellos. Iba de luto por una prima o algo parecido. Los americanos son muy especiales en esas cuestiones.

Seguimos sentados en el salón hasta eso de las diez, cuando Leonora subió a acostarse. Había sido un día muy caluroso, pero allí hacía fresco. El individuo llamado Bagshawe estuvo leyendo The Times al otro lado de la habitación, pero después se acercó a mí con alguna pregunta banal como preludio a la posible iniciación de unas relaciones amistosas.  Creo que me preguntó algo sobre los impuestos aplicables a los huéspedes del balnearios, y si era posible eludirlos. Era ese tipo de persona.

Bueno; se trataba de un hombre inconfundible, con un aire militar más bien exagerado, ojos saltones que evitaban mirar directamente a los de su interlocutor, y una tez pálida que sugería vicios secretos junto con un desagradable deseo de hacer amistades a toda costa… Sapo asqueroso…

Empezó contándome que procedía de Ludlow Manor, cerca de Ledbury. El nombre me resultó vagamente familiar, aunque no supe dónde encajarlo. Después pasó a hablar de un impuesto sobre lúpulos, sobre los lúpulos de California, y sobre Los Ángeles, donde había estado. Se esforzaba por encontrar un tema con el que pudiera ganarse mi afecto.

Y luego, repentinamente, por la calle brillantemente iluminada, vi a Florence que corría. Ni más ni menos: Florence corriendo con el rostro más blanco que el papel y la mano en el pecho, destacando sobre la tela negra. Se lo aseguro, a mí se me paró el corazón. Le aseguro que no pude moverme. Entró a toda prisa por la puerta giratoria. Recorrió con la vista las sillas con asiento de enea, las mesas y los periódicos. Me vio y abrió la boca. Luego se fijó en el hombre que estaba hablando conmigo. Se tapó la cara con las manos como si quisiera sacarse los ojos. Y un instante después ya no estaba allí.

No pude moverme; no pude ni mover un dedo. Y entonces aquel hombre dijo:

-¡Caramba, Florry Hurlbird! -Se volvió hacia mí emitiendo un desagradable y untuoso sonido que pretendía ser una carcajada. Iba realmente a congraciarse conmigo-. ¿No sabe usted quien es? –preguntó-. La última vez que vi a esa chica estaba saliendo del dormitorio de un joven llamado Jimmy a las cinco de la mañana. En mi casa de Ledbury. Ya se ha dado usted cuenta de que me ha reconocido.

Estaba de pie, mirándome desde arriba. Ignoro qué aspecto tenía yo. En cualquier caso, Bagshawe emitió una especie de ruido gorgoteante y luego tartamudeó:

-Oh, me parece… -Ésas fueron las últimas palabras suyas que oí jamás. Mucha mas tarde logré abandonar el salón y subí al cuarto de Florence. No había cerrado la puerta con llave…, por primera vez en nuestra vida de casados. Estaba…

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Lo extraño es que sean las palabras de Leonora lo que destaca entre mis otros recuerdos de aquella noche.

-   Claro que puede usted casarse con ell.

Y cuando le pregunté con quién me respondió:

- Con la chica.

Ahora bien, esto es para mí una cosa realmente asombrosa… asombrosa por la luz que proyecta sobre la complejidad del corazón humano. Porque yo, conscientemente, no había tenido nunca ni la más mínima idea de casarme con la chica; nunca se me ocurrió que pudiera quererla. Debía de hablar de una manera muy extraña, como las personas que se recuperan de una anestesia. Es como si uno tuviera una doble personalidad, una de ellas totalmente desconocida para la otra. Yo no había pensado nada, y sin embargo dije una cosa realmente extraordinaria.

No sé si el análisis de mi propia psicología tiene la menor importncia en esta historia. Yo diría que no, o, al menos, diría que ya me he extendido bastante acerca de ella. Pero aquella extraña observación mía tuvo una gran importancia sobre lo que sucedió después. Me refiero a que probablemente Leonora nunca me hubiera hablado de las relaciones de Florence con Edward si yo no hubiese dicho, dos horas después de la muerte de mi esposa:

-   Ahora puedo casarme con la chica.

Fue entonces cuando Leonora dio por sentado que yo había sufrido igual que ella o, por lo menos, que había permitido lo mismo que ella había permitido. De manera que, hace un mes, alrededor de una semana después del funeral del pobre Edward, pudo decirme de la manera más natural del mundo (yo había estado hablando de la duración de mi estancia en Branshaw), con su voz clara y su tono reflexivo:

- Quédese aquí para siempre jamás si le es posible. –Y luego añadió-: No podría ser para mí más hermano de lo que ya es, ni mejor consejero, ni podría proporcionarme mayor apoyo. Es usted el único consuelo que me queda en el mundo. ¿Y no resulta extraño pensar que si su esposa no hubiese sido la amante de mi marido, probablemnte no estaría usted ahora aquí?

Así fue como lo supe…, la verdad me alcanzó en pleno rostro, por así decirlo. No respondí y supongo que tampoco sentí nada, a no ser que lo hiciera con ese yo misterioso e inconsciente que subyace en la mayoría de las personas…

… Nos encontrábamos en el pequeño estudio de Leonora, esperando el té. Yo, como ya he dicho, estaba sentado en un sillón muy hondo, mientras Leonora, de pie junto a la ventana, hacía girar la esfera de madera al extremo del cordón que servía para abrir y cerrar los visillos, dándole vueltas y más vueltas sin saber muy bien lo que hacía. Miró hacia la zona más distante del césped y dijo, según creo recordar:

- Edward solo lleva diez días muerto y, sin embargo, ya tenemos a los conejos en el jardín.

Al parecer los conejos hacen mucho daño al césped en Inglaterra. Luego se volvió hacia mí y dijo, sin tratar de quitarle hierro, porque recuerdo con toda exactitud sus palabras:

-    Creo que Florence cometió una estupidez suicidándose.

No soy capaz de explicarle la extraordinaria sensación de tiempo disponible que los dos parecíamos tener en aquel momento. No era como si estuviéramos esperando una comida…, era exactamente como si no hubiese nada que esperar. Nada en absoluto.

El remoto e intermitente sonido del viento creaba una extraña inquietud. Había una luz gris en aquel cuarto pequeño y marrón. Y no parecía que hubiese nada más en el mundo.

Supe entonces que Leonora se disponía a contármelo todo. Era como si…, o más bien, no; la realidad era que Leonora, con un extraño sentido inglés del pudor, había decidido esperar a que Edward llevara una semana entera en la tumba antes de hablar. Y con la vaga intención de darle una idea de la extensión con que podía permitirse hacerme confidencias, dije lentamente…, y estas palabras las recuerdo también con exactitud:

- ¿Es que Florence se suicidó? No lo sabía.

 

  
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