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Finales de libros. TODO SE DESMORONA de Chinua Achebe  Final II

  
Editorial  DeBolsillo       Acceso/Volver al final I de "Todo se desmorona": CasaHundidaYMaAu177  

 

Continúa capítulo 22 

A las pocas semanas de su llegada a Umuofia, el señor Smith excluyó de la iglesia a una mujer por echar vino nuevo en odres viejos. Aquella mujer había permitido a su marido pagano mutilar a su hijo muerto. Se había considerado que el niño era un ogbanje, que atormentaba a su madre muriendo y entrando en su útero para volver a nacer. Aquel niño lo había hecho cuatro veces. Y por eso lo mutilaron, para impedirle volver.

El señor Smith no pudo contener la cólera cuando se enteró de esto. No podía creer aquella historia que hasta algunos de los más creyentes confirmaron, la historia de niños verdaderamente malignos a quienes no disuadía la mutilación, sino que volvían con todas las cicatrices. Replicó que esas historias las propalaba el Demonio para llevar a los hombres por el mal camino. Los que creían en esas historias eran indignos de sentarse a la mesa del Señor. 

Carat TSDes2En Umuofia había el dicho de que, según baila un hombre, así se tocan los tambores. El señor Smith bailaba a un ritmo frenético y los tambores enloquecieron. Los conversos demasiado entusiastas que habían sufrido bajo la moderación impuesta del señor Brown florecieron ahora con pleno apoyo. Uno de ellos era Enoch, el hijo del sacerdote de la serpiente, que se decía había matado a la pitón sagrada y se la había comido. A la gente le había parecido que la devoción de Enoch a la nueva fe era mucho mayor que la del señor Brown, hasta el punto que le llamaban «El forastero que lloraba más fuerte que los propios familiares del difunto». 

Enoch era bajo y de constitución delicada y parecía tener siempre muchísima prisa. Tenía los pies pequeños y anchos, y cuando estaba de pie o caminaba los juntaban los talones y los separaba en las puntos como si hubieran reñido y se propusieran seguir en direcciones distintas. El exceso de energía contenida del cuerpo menudo de Enoch era tal que estallaba continuamente en riñas y peleas. Los domingos creía siempre que el sermón iba dirigido a sus enemigos. Y si estaba sentado por casualidad cerca de uno de ellos see volvía de vez en cuando hacia él y le lanzaba una mirada significativa, como si dijera «Ya te lo decía yo». Fue Enoch el que desencadenó el gran conflicto entre la iglesia y el clan de Umuofia, que había venido gestándose desde que se marchó el señor Brown

Ocurrió durante la ceremonia anual que se celebraba en honor de la deidad de la Tierra. En esas ocasiones, los antepasados del clan que habían sido encomendados a la Madre Tierra al morir, afloraban de nuevo como egwugwu en público a través de pequeños hormigueros.

Uno de los peores delitos que podía cometer un hombre era desenmascarar a un egwugwu en público, o decir o hacer algo que pudiera disminuir su prestigio inmortal a ojos de los no iniciados. Y eso fue precisamente lo que hizo Enoch

El culto anual de la diosa de la tierra cayó en domingo, y habían salido los espíritus enmascarados. Así que, las mujeres cristianas que habían ido a la iglesia no podían volver a casa. Algunos de sus hombres fueron a pedir a los egwugwu que se retirasen un rato para que pasaran las mujeres. Los espíritus accedieron a hacerlo y empezaban a retirarse cuando Enoch gritó que no se atreverían a tocar a un cristiano. Entonces volvieron todos y uno de ellos le pegó a Enoch un buen golpe con el bastón que siempre llevaban. Enoch se abalanzó él y le quitó la máscara. Los demás egwugwu rodearon inmediatamente a su compañero profanado, para protegerlo de las miradas sacrílegas de las mujeres y los niños y se lo llevaron. Enoch había matado a un espíritu ancestral y eso sumió a Umuofia en el desconcierto.

Aquella noche la Madre de los Espíritus recorrió el clan de un extremo a otro, llorando por su hijo asesinado. Fue una noche espantosa. Ni siquiera el hombre más anciano de Umuofia había oído jamás un sonido tan extraño y pavoroso, y no volvió a oírse nunca. Era como si el alma misma de la tribu llorase un gran mal que se inminente: su propia muerte.

Al día siguiente todos los egwugwu enmascarados de Umuofi se reunieron en la plaza del mercado. Llegaron de todos los sectores del clan, e incluso de las aldeas vecinas. De Imo llegó el temido Otakagu, y de Uli llegó Ekwensu, balanceando un gallo blanco. Fue una reunión terrible. Las voces horripilantes de los innumerables espíritus, las campanillas que arrastraban algunos de ellos, y el estruendo de los machetes cuando corrían hacia adelante y hacia atrás y se saludaban, estremecieron de espanto todos los corazones. Se oyó por primera vez en la memoria viva la carraca sagrada a plena luz del día.

La banda enfurecida se dirigió desde la plaza del mercado al recinto de Enoch. Iban también algunos ancianos del clan, bien protegidos con amuletos. Eran hombres de brazos fuertes en ogwu o poderes mágicos. En cuanto a los hombres y las mujeres corrientes, estaban todos escuchando desde sus cabañas. 

Los dirigentes de los cristianos se habían reunido la noche anterior en la casa del señor Smith. Mientras deliberaban podían oír a la Madre de los Espíritus que ululaba por su hijo. Aquella voz escalofriante afectó al señor Smith, que pareció tener miedo por primera vez. 

- ¿Qué se proponen hacer? –preguntó. 

Nadie supo qué contestarle, porque jamás había pasado nada así. El señor Smith hubiera enviado a llamar al comisario de distrito y a sus ayudantes, pero acababan de marcharse de viaje el día anterior. 

- Que quede clara una cosa —dijo el señor Smith-. No podemos ofrecerles resistencia física. Nuestra fuerza reside en el Señor. 

Se arrodillaron juntos y rezaron a Dios para que los salvara. 

- Señor, salva a Tu pueblo -exclamó el señor Smith

- Y bendice tu herencia -replicaron los hombres. 

Decidieron que Enoch se quedara escondido en la vicaría un día o dos. El propio Enoch se sintió muy desilusionado al oírlo, pues confiaba en que fuera inminente una guerra santa, y hubo unos cuantos cristianos más que opinaron como él. Pero en el campo de los fieles prevaleció la prudencia, con lo cual se salvaron muchas vidas. 

egwugwuEl grupo de egwugwu avanzó como un torbellino furioso hacia el recinto de Enoch y con el machete y el fuego lo redujo a una ruina informe. Y desde allí marchó sobre la iglesia, ebrio de destrucción.

El señor Smith estaba en su iglesia cuando oyó que llegaban los espíritus enmascarados. Fue calmadamente hacia la puerta desde la que se dominaba la llegada al recinto de la iglesia y allí se quedó inmóvil. Pero cuando aparecieron los tres o cuatro primeros egwugwu en el recinto de la iglesia, casi se echó a correr. Venció su impulso y, en lugar de echarse a correr, bajó los dos escalones de la entrada de la iglesia y se acercó a los espíritus que venían hacia él. 

Estos avanzaron de golpe y a su paso cedió un largo tramo de la valla de bambú que cercaba el recinto de la iglesia. Sonaron cascabeles discordantes, chocaron los machetes y el aire se llenó de polvo y de sonidos extraños. El señor Smith oyó ruido de pasos tras él. Se dio la vuelta y vio a Okeke, su intérprete. Okeke no tenía muy buenas relaciones con su patrón desde que la noche pasada había condenado decididamente el comportamiento de Enoch en la reunión de los dirigentes de la Iglesia. Okeke había llegado incluso a decir que no debía esconderse a Enoch en la vicaría, porque no iba a lograrse más que atraer la ira del clan contra el pastor protestante. El señor Smith se lo había reprendido en términos contundentes, y aquella mañana no le había pedido consejo. Pero ahora, cuando apareció y se quedó a su lado para hacer frente a los espíritus coléricos, el señor Smith lo miró y sonrió. Era una sonrisa desmayada, pero que reflejaba una enorme gratitud. 

Durante un instante el avance de los egwugwu se vio frenado por la serenidad inesperada de aquellos dos hombres. Pero no fue más que una parada momentánea, como el silencio tenso que se extiende entre dos estallidos del trueno. El segundo avance fue más allá que el primero. Se tragó a los dos hombres. Después se levantó una voz inconfundible por encima del tumulto y se produjo un silencio inmediato. Se abrió un espacio en torno a los dos hombres y empezó a hablar Ajofia

Ajofia era el egwugwu principal de Umuofia. Era el jefe y el portavoz de los nueve antepasados que administraban la justicia en el clan. Tenía una voz inconfundible, de forma que podía imponer inmediatamente la paz en los espíritus agitados. Entonces se dirigió al señor Smith, y cuando habló le salieron nubes de humo de la cabeza. 

- Cuerpo del hombre blanco, te saludo -dijo, hablando en el idioma en que hablaban los inmortales a los hombres-. Cuerpo del hombre blanco, ¿me conoces? -preguntó. 

El señor Smith miró a su intérprete, pero Okeke, que procedía de la distante Umuru, tampoco entendía nada. 

Ajofia rió con su voz gutural. Era como la risa de un metal oxidado. 

- Son extranjeros -dijo-, y son ignorantes. Pero no importa. Se volvió a sus camaradas y los saludó, llamándolos padres de Umuofia. Clavó en el suelo su lanza vibrante y ésta tembló con una vida metálica. Después se volvió una vez más hacia el misionero y el intérprete, y dijo a este último:

- Dile al hombre blanco que no le vamos a hacer daño. Dile que se vuelva a su casa y nos deje en paz. Nos gustaba su hermano, el que estuvo aquí antes. Era tonto, pero nos gustaba, y por él no le vamos a hacer daño a su hermano. Peto hay que destruir este santuario que ha construido. Ya no vamos a permitir que permanezca entre nosotros. Ha engendrado abominaciones sin cuento y hemos venido a terminar con él. 

Se volvió a sus compañeros. 

AkanuOhafia- Padres de Umuofia, os saludo. -Ellos contestaron al unísono con voz gutural. Luego se volvió una vez más hacia el misionero-. Te puedes quedar con nosotros si aceptas nuestras costumbres. Puedes adorar a tu propio dios. Es bueno que el hombre adore a los dioses y a los espíritus de sus antepasados. Vuelve a tu casa para que no te pase nada. Nuestra cólera es grande, pero la hemos contenido para poder hablarte. 

El señor Smith le dijo a su intérprete: - Diles que se vayan de aquí. Esta es la casa de Dios y antes morir que verla profanada. 

Okeke hizo una interpretación muy prudente a los espíritus y los dirigentes de Umuofia

- El hombre blanco dice que celebra que hayáis venido a verlo con vuestras reclamaciones, como buenos amigos. Celebrará que dejéis el asunto en sus manos. 

- No podemos dejar el asunto en sus manos porque no entiende nuestras costumbres, igual que nosotros no comprendemos las suyas. Decimos que es tonto porque no comprende nuestras costumbres, y quizá él dice que los tontos somos nosotros porque no comprendemos las suyas. Que se vaya. 

El señor Smith se mantuvo firme. Pero no logró salvar su iglesia. Cuando se marcharon los egwugwu, la iglesia de arcilla roja que había construido el señor Brown era un montón de tierra y cenizas. Y, de momento, el espíritu del clan quedó en paz.

 

23

Por primera vez en muchos años Okonkwo sentía algo parecido a la felicidad. Los tiempos, que habían cambiado de manera tan inexplicable durante su exilio, parecían volver otra vez a su ser. El clan que lo había decepcionado parecía estarse redimiendo. 

Había hablado con violencia a los miembros de su clan cuando se habían reunido en la plaza del mercado para decidir lo que iban a hacer. Volvía a ser como en los viejos tiempos, cuando un guerrero era un guerrero. Aunque no habían aceptado matar al misionero ni expulsar a los cristianos, sí habían aceptado hacer algo importante. Y lo habían hecho. Okonkwo casi volvía a sentirse feliz.

 En los dos días siguientes a la destrucción de la iglesia no pasó nada. Todos los hombres de Umuofia salían a la calle armados de una escopeta o un machete. No iban a cogerlos por sorpresa, como a los hombres de Abame.

Entonces volvió de su viaje el comisario de distrito. El señor Smith fue a verlo inmediatamente y celebraron una larga conversación. Los hombres de Umuofia no hicieron ningún caso de aquello y, si se lo hicieron, decidieron que no tenía importancia. El misionero iba a menudo a ver al hombre blanco hermano suyo. Aquello no tenía nada de raro. 

Tres días después, el comisario de distrito envió a su zalamero agente a ver a los dirigentes de Umuofia para pedirles que fueran a verlo en su oficina. Aquello tampoco tenía nada de raro. Los llamaba muchas veces para celebrar aquellos parlamentos, como los llamaba él.

Okonkwo advirtió a los demás que fueran bien armados. 

- Un hombre de Umuofia no rechaza una llamada -dijo-. Puede negarse a hacer lo que se le pide; no se niega a que se le pida algo. Pero los tiempos han cambiado y debemos ir preparados para todo. 

SelloVictoriaDe forma que los seis hombres fueron a ver al comisario de distrito armados de sus machetes. No llevaban escopetas, porque no hubiera parecido correcto. Los llevaron al juzgado, donde los esperaba el comisario de distrito. Los recibió con cortesía. Se quitaron del hombro los sacos de piel de cabra y se sacaron los machetes envainados, los pusieron en el suelo y se sentaron. 

- Os he pedido que vengáis -dijo el comisario de distrito por lo que ha pasado durante mi ausencia. Me han contado algo, pero no lo puedo creer hasta que me hayáis dado vuestra versión. Hablemos del asunto como amigos y busquemos una forma de que no vuelva a suceder otra vez. 

Ogbuefi Ekweme se puso en pie y empezó a contar lo que había ocurrido. 

- Espera un minuto -dijo el comisario-. Quiero que vengan mis hombres para que también ellos oigan vuestras reclamaciones y queden advertidos. Muchos de ellos vienen de lugares remotos y, aunque hablan vuestra lengua, ignoran vuestras costumbres. ¡Janes! Ve a traer a los hombres.  

Su intérprete salió de la sala del juzgado y volvió en seguida con doce hombres. Se sentaron al lado de los hombres de Umuofia, y Ogbuefi Ekweme volvió a empezar a contar la historia de cómo Enoch había asesinado a un egwugwu

Todo pasó tan rápido que los seis hombres no pudieron defenderse. No hubo más que un breve forcejeo, demasiado breve incluso pata que se pudiera sacar ni uno de los machetes envainados. Los seis hombres se vieron esposados y conducidos a la sala de guardia. 

- No os vamos a hacer ningún daño -dijo el comisario de distrito más tarde, con tal únicamente de que aceptéis cooperar con nosotros. Os hemos traído una administración pacífica para vosotros y vuestro pueblo, para que viváis felices. Si alguien os maltrata vendremos en vuestra ayuda. Pero no os vamos a permitir que maltratéis a otros. Tenemos un juzgado de justicia en el que juzgamos cada caso y administramos la justicia, igual que en mi país bajo una gran reina. Os he traído aquí porque os habéis unido pata atacar a otros, para quemar las casas de las gentes y su lugar de culto. Eso no se puede permitir en los dominios de nuestra reina, que es la gobernante más poderosa del mundo. He decidido que habéis de pagar una multa de doscientas bolsas de cauríes. Quedaréis libres en cuanto aceptéis la multa y os comprometáis a recaudar la multa entre los vuestros. ¿Qué decís a eso?

ThingsFallApart2aLos seis hombres mantuvieron un silencio rencoroso, y el comisario los dejó solos un rato. Cuando salió de la sala dijo a los agentees del juzgado que trataran a los hombres respetuosamente, porque eran los dirigentes de Umuofia. Dijeron: - Sí, señor -y saludaron. 

En cuanto se marchó el comisario de distrito, el agente jefe, que además desempeñaba las funciones de barbero de la cárcel, sacó su navaja y afeitó todo el pelo de las cabezas de los hombres. Estos seguían esposados y se quedaron impasibles y tristes.

- ¿Cuál de vosotros es el jefe? -preguntaron burlones los agente-. Vemos que aquí, en Umuofia, cada mendigo lleva la tobillera de algún título. ¿Llega a costar ni siquiera diez cauríes?

Los seis hombres no comieron nada aquel día ni el siguiente. No se les dio agua para beber, y no podían salir a orinar ni ir al bosque en caso de necesidad. Por las noches iban los agentes a burlarse de ellos y a darles de cabezazos los unos contra los otros. 

Incluso cuando se quedaban solos, los seis hombres no encontraban palabras que decirse. Hasta el tercer día, cuando ya no pudieron soportar más el hambre ni los insultos, no empezaron a hablar de ceder.

- Si me hubierais escuchado habríamos matado al hombre blanco - gruñó Okonkwo

- Y ahora estaríamos en Umuru esperando la horca -le dijo alguien.

- Quién quiere matar al hombre blanco? -preguntó un agente que acababa de entrar.

Nadie le respondió.

- No os basta con vuestro crimen y ahora encima queréis matar al hombre blanco -llevaba un palo grueso y le dio a cada hombre varios golpes en la cabeza y en la espalda. Okonkwo se sofocaba de odio. 

En cuanto quedaron encerrados los seis hombres, los agentes del juzgado salieron a Umuofia a decir a la ;ente que sus dirigentes no saldrían en libertad hasta fue pagaran una multa de doscientas cincuenta bolsas de cauríes.  

- Si no pagáis la multa inmediatamente -dijo el agente jefe-, llevaremos a vuestros dirigentes a Umuru ante el jefe de los hombres blancos, y los ahorcaremos. 

La historia se difundió rápidamente por todos los pueblos y fue aumentando según se contaba. Algunos decían que ya se habían llevado a los hombres a Umuru y que los iban a ahorcar al día siguiente. Algunos decían que también iban a ahorcar a sus familias. Otros decían que ya habían salido los soldados para matar a tiros a la gente de Umuofia, igual que habían hecho en Abame.

Mujeres IgboHabía luna llena. Pero aquella noche no se oyeron las voces de los niños. El ilo del pueblo, donde siempre se reunían para jugar a la luz de la luna, estaba desierto. Las mujeres de Iguedo no se reunieron en su recinto sagrado para aprender un baile nuevo que exhibir más adelante en el pueblo. Los jóvenes, que siempre salían cuando brillaba la luna, se quedaron en sus casas aquella noche. Sus voces viriles no se escucharon en las calles del pueblo mientras iban a ver a sus amigos o a sus amantes. Umuofia era como un animal asustado con las orejas enhiestas, que olfatea el aire silencioso y ominoso sin saber por dónde salir corriendo. 

Rompió el silencio el pregonero del pueblo, que golpeaba su sonoro ogene. Llamaba a todos los hombres de Umuofia, desde el grupo de edades de Akakanma en adelante, a reunirse en la plaza del mercado después de la comida de la mañana. Recorrió el pueblo de un extremo al otro y en toda su anchura. No olvidó ninguno de los senderos principales.

El recinto de Okonkwo era como un hogar desierto. Era como si le hubieran echado agua fría encima. Estaba toda su familia, pero todos hablaban en susurros. Su hija Ezinma había interrumpido su visita de veintiocho días a la familia de su futuro marido y había vuelto a casa al enterarse de que habían encarcelado a su padre y lo iban a ahorcar. En cuanto llegó a casa se fue a ver a Obierika para enterarse de lo que iban a hacer al respecto los hombres de Umuofia. Pero Obierika no estaba en casa desde la mañana. Sus esposas pensaban que había ido a una reunión secreta. Ezinma se quedó convencida de que se iba a hacer algo. 

A la mañana siguiente al llamamiento del pregonero, los hombres de Umuofia se reunieron en la plaza del mercado y decidieron reunir cuanto antes doscientas cincuenta bolsas de cauríes para apaciguar al hombre blanco. No sabían que cincuenta de las bolsas se las iban a llevar los agentes del juzgado, que habían aumentado la cuantía de la multa con ese fin. 

 

24

Okonkwo y sus compañeros de prisión quedaron libres en cuanto se pagó la multa. El comisario de distrito volvió a hablarles de la gran reina y de la paz y el buen gobierno. Pero los hombres no lo escucharon. Se quedaron sentados y lo contemplaron a él y a su intérprete. Al final les devolvieron sus bolsas y sus machetes envainados y les dijeron que se fueran a sus casas. Se levantaron y se fueron del juzgado. No hablaron a nadie ni se dijeron nada los unos a los otros.  

El juzgado, igual que la iglesia, estaba construido a una cierta distancia del pueblo. El sendero que los unía estaba muy frecuentado, porque también llevaba al arroyo, al otro lado del juzgado. Era despejado y arenoso. En la temporada seca todos los senderos estaban despejados y arenosos. Pero cuando llegaban las lluvias crecían las malezas a ambos lados y cerraban el sendero. Ahora era la estación seca. 

Mientras los seis hombres iban haciendo camino hacia el pueblo, se encontraron a mujeres y niños que iban al arroyo con sus cubos para el agua. Pero los hombres tenían una expresión tan ceñuda y terrible que las mujeres y los niños no les dijeron «nno», o sea, «bienvenidos», sino que se hicieron a un lado para dejarles pasar. En el pueblo se les fueron uniendo grupitos de hombres hasta que se convirtieron en una compañía considerable. Cuando cada uno de los seis hombres llegaba a su recinto entraba en él seguido por una parte del grupo. El pueblo se agitaba de forma silenciosa y contenida.

En cuanto llegó la noticia de que iban a poner en libertad a los seis hombres, Ezinma había preparado algo de comer para su padre. Se lo llevó a su obi. Okonkwo comió abstraído. No tenía apetito; si comía era únicamente por agradar a Ezinma. Sus parientes y amigos varones se habían reunido en su obi y Obierika lo instaba a comer algo. Nadie más hablaba, pero vieron las marcas alargadas en la espalda de Okonkwo, donde le había mordido en la carne el látigo del carcelero.

Aquella noche volvió a salir el pregonero del pueblo. Golpeó su gong de hierro y anunció que por la mañana se celebraría otra reunión. Todo el mundo sabía que por fin Umuofia iba a expresar su opinión acerca de lo que estaba pasando.

Aquella noche Okonkwo durmió muy poco. La amargura que sentía en el corazón se mezclaba ahora con una especie de excitación infantil. Antes de irse a la cama se había llevado su atavío de guerra, que no había tocado desde que regresó del exilio. Había sacudido la falda de rafia ahumada y examinado su alto tocado de plumas y su escudo. Todo estaba en estado satisfactorio, pensó. 

Mientras yacía en su cama de bambú pensó en la forma en que lo habían tratado en el juzgado del hombre blanco y juró venganza. Si Umuofia decidía ir a la guerra, todo iría bien. Pero si elegían actuar con cobardía él iría a tomarse la venganza por su cuenta. Pensó en las guerras del pasado. La más noble, pensó, había sido la guerra contra Isike. En aquella época todavía vivía Okudo. Okudo cantaba las canciones de guerra como nadie. No era un combatiente, pero su voz convertía en leones a todos y cada uno de los hombres.

 «Ya no quedan hombres dignos», -suspiró Okonkwo al recordar aquellos días-.

Painter TSDes«Isike no olvidará jamás cómo los aniquilamos en aquella guerra. Les matamos a doce de sus hombres y ellos sólo mataron a dos de los nuestros. Antes de que pasara la cuarta semana de mercado estaban pidiendo la paz. En aquellos días los hombres eran hombres.» 

Mientras pensaba en esas cosas oyó el sonido del gong de hierro en la distancia. Escuchó atentamente y apenas si logró oír la voz del pregonero. Pero sonaba muy débil. Se dio la vuelta en la cama y le dolió la espalda. Rechinó los dientes. El pregonero se iba acercando cada vez más hasta pasar al lado del recinto de Okonkwo

«El mayor obstáculo de Umuofia», pensó Okonkwo con amargura, «es ese cobarde de Egonwanne. Tiene una lengua tan melosa que puede convertir el fuego en una ceniza fría. Cuando habla hace que nuestros hombres se queden impotentes. Si no hubiéramos hecho caso de su prudencia femenina hace cinco años, no hubiéramos llegado a esto». Rechinó los dientes. «Mañana les dirá que nuestros padres nunca combatieron en una “guerra culpable”. Si lo escuchan los dejo y planeo mi propia venganza.

La voz del pregonero había vuelto a alejarse, y la distancia había quitado aspereza a la voz de su gong de hierro. Okonkwo se volvió de un lado al otro y obtuvo una especie de placer del dolor que sentía en la espalda. «Que mañana hable Egonwanne de una “guerra culpable” y me va a ver la espalda y la cabeza.» Rechinó los dientes. 

La plaza del mercado empezó a llenarse en cuanto salió el sol. Obierika estaba esperando en su obi cuando llegó Okonkwo, y lo llamó. Se echó al hombro su saco de piel de cabra y su machete envainado y salió a unirse con él. La casa de Obierika estaba junto al camino y veía a todos los que pasaban camino del mercado. Había intercambiado saludos con muchos que ya habían pasado aquella mañana.

Cuando Okonkwo y Obierika llegaron al punto de reunión, ya había tanta gente que si se tiraba al aire un grano de arena, éste no encontraría hueco para volver a caer en tierra. Y llegaba mucha más gente de todas las partes de íos nueve pueblos. A Okonkwo se le calentó el corazón al ver que eran tantos. Pero estaba buscando a un hombre en concreto, al hombre cuya lengua temía y despreciaba tanto. 

- ¿Lo ves? -preguntó a Obierika.

- ¿A quién?

- A Egonwanne -respondió, mientras lanzaba la mirada de un extremo de la enorme plaza del mercado al otro. 

Casi todos los hombres estaban sentados en pieles de cabra puestas en el suelo. Algunos estaban sentados en taburetes de madera que habían traído.

Carat TSDes3- No -dijo Obierika buscando con la mirada entre la multitud-. Sí, ahí está, bajo el árbol del bómbax ¿Temes que vaya a convencernos para que no combatamos?

- ¿Que si lo temo? Me da igual lo que te haga a ti. Yo lo desprecio, a él y a quienes lo escuchan. Si es necesario, estoy dispuesto a combatir yo solo.

Estaban gritando porque todo el mundo hablaba a voces, y era como el ruido de un gran mercado. 

«Esperaré hasta que hable», pensó Okonkwo. «Después hablaré yo.»

- Pero, ¿cómo sabes que va a hablar en contra de la guerra? -preguntó Obierika al cabo de un rato.

- Porque sé que es un cobarde -dijo Okonkwo.

Obierika no oyó el resto de lo que dijo, porque en aquel momento alguien le tocó en la espalda y se dio la vuelta para darle la mano y cambiar saludos con cinco o seis amigos. Okonkwo no se dio la vuelta, aunque reconoció las voces. No estaba de humor para andar saludando a nadie. Pero uno de los hombres lo tocó y le preguntó cómo estaba la gente en su recinto.

- Están bien -replicó sin interés.

El primer hombre que habló a Umuofia aquella mañana fue Okika, uno de los seis que habían estado encarcelados. Okika era un gran hombre y un buen orador. Pero no tenía la voz atronadora que ha de utilizar un primer orador para establecer el silencio en una asamblea del clan. Onyeka sí que tenía esa voz, de forma que se le pidió que saludara a Umuofia antes de que empezara a hablar Okika

- ¡Umuofia kwenu! -rugió, levantado el brazo izquierdo y empujando el aire con la mano abierta.

- ¡Yaa! -bramó Umuofia.

- ¡Umuofia kwenu! -volvió a rugir una vez, tras otra, tras otra, cada vez en una dirección distinta.

Y la multitud respondió: - ¡Yaa!

Después se produjo un silencio inmediato, como si se hubiera echado agua fría en una hoguera llameante.

Okika se puso en pie de un salto y saludó cuatro veces a los miembros de su clan. Después empezó a hablar: 

- Todos sabéis por qué estamos aquí, cuando deberíamos estar construyendo nuestros graneros o arreglando nuestras casas, cuando deberíamos estar poniendo en orden nuestros recintos. Mi padre me decía: «Cuando veas un sapo que salta a la luz del día, entonces sabrás que hay algo que lo persigue para matarlo.» Cuando os he visto a todos llegar a esta reunión de todas las partes de nuestro clan, a hora tan temprana de la mañana, he comprendido que algo nos perseguía para matarnos -hizo una breve pausa y después volvió a empezar-: Todos nuestros dioses están llorando. Idemili está llorando, Ogwugwu está llorando, Agbala está llorando, y lo mismo todos los demás. Nuestros padres muertos están llorando por culpa del horrible sacrilegio de que han sido objeto, y de la abominación que hemos visto todos nosotros con nuestros propios ojos.

Volvió a detenerse para calmar la voz, que le temblaba. 

Esta es una gran reunión. No hay ningún clan que pueda jactarse de tener tanta gente ni tan valiente. Pero, ¿estamos todos aquí? Os pregunto: ¿Están aquí con nosotros todos los hijos de Umuofia?

Un gran murmullo recorrió la multitud. 

ThingsFallApart3a- No están -dijo-. Han roto el clan y cada uno se ha ido por su lado. Los que estamos aquí esta mañana hemos mantenido la fidelidad a nuestros padres, pero nuestros hermanos nos han abandonado y se han ido con un forastero a ensuciar su propia patria. Si combatimos al forastero iremos contra nuestros hermanos y quizá derramemos la sangre de un miembro de nuestro clan. Pero tenemos que hacerlo. Nuestros padres jamás soñaron nada parecido, jamás mataron a sus hermanos. Pero es que nunca les llegó un hombre blanco. De manera que tenemos que hacer lo que jamás hubieran hecho nuestros padres. Una vez le preguntaron a Eneke, el pájaro, por qué estaba siempre volando, y contestó: «Los hombres han aprendido a disparar sin fallar jamás el objetivo, y yo he aprendido a volar sin posarme jamás.» Tenemos que arrancar este mal de raíz. Y si nuestros hermanos se ponen del lado del mal, también a ellos tenemos que arrancarlos de raíz. Y tenemos fue hacerlo ahora mimo. Hay que achicar el agua ahora fue no nos llega más que a los tobillos...

En aquel momento se produjo una agitación repentina en la multitud y todas las miradas se volvieron en una sola dirección. En el camino que llevaba de la plaza del mercado al juzgado del hombre blanco, y más allá al arroyo, había una curva muy pronunciada. Por eso nadie había visto la llegada de los cinco, agentes del juzgado hasta que salieron de la curva, a unos pasos del límite de la multitud. Okonkwo estaba sentado allí. 

Se puso en pie de un salto en cuanto vio de quiénes se trataba. Se enfrentó con el agente jefe, tembloroso de odio, incapaz de decir una palabra. Aquel hombre era intrépido y se quedó firme, con sus cuatro hombres formados tras él.

En aquel instante pareció que el mundo se detenía en espera. Se produjo un silencio absoluto. Los hombres de Umuofia se fundieron con el telón de fondo mudo de los árboles y las lianas gigantes, expectantes.

El jefe de los agentes rompió el hechizo, y ordenó:

- ¡Dejádme paso!

- ¿Qué vienes a buscar aquí?

- El hombre blanco, cuyo poder conocéis de sobra, ha ordenado que se disuelva esta reunión.

Como un relámpago, Okonkwo sacó el machete. El mensajero se agachó para evitar el golpe. Inútil. El machete de Okonkwo descendió dos veces y la cabeza del agente quedó al lado de su cadáver uniformado.

El telón de fondo expectante prorrumpió en una vida tumultuosa y la reunión se interrumpió. Okonkwo se quedó mirando al muerto. Sabía que Umuofia no iría a la guerra. Lo sabía porque habían dejado huir a los otros agentes. En lugar de pasar a la acción, habían prorrumpido en un tumulto. En aquel tumulto percibía el miedo. Oía voces que preguntaban: «¿Por qué lo ha hecho?»

Limpió su machete en la arena y se fue.

  

25

ThingsFallApart1Cuando llegó al recinto de Okonkwo el comisario del distrito a la cabeza de una cuadrilla armada de soldados y agentes judiciales, encontró un pequeño grupo de hombres silenciosos sentados en el obi. Les ordenó salir y obedecieron sin un murmullo. 

- ¿Cuál de vosotros se llama Okonkwo? -preguntó a través del intérprete.

- No está aquí -respondió Obierika.

- ¿Dónde está?

- ¡No está aquí! 

El comisario se enfureció y se le congestionó la cara. Advirtió a aquellos hombres que si no presentaban en el acto a Okonkwo los encerraría a todos.

Los hombres cuchichearon entre ellos y habló de nuevo Obierika.

- Podemos llevarte donde está, y quizá tus hombres puedan ayudarnos.

El comisario no entendió lo que quería decir Obierika con lo de «quizá tus hombres puedan ayudarnos». Una de las costumbres más irritantes de aquella gente era su amor a las frases superfluas, pensó.

Obierika, junto con cinco o seis más, se pusieron en marcha. El comisario y sus hombres les siguieron, con las armas de fuego dispuestas. Le había advertido a Obierika que si él o sus hombres les hacían alguna jugarreta les maltarían. Y siguieron andando.

Detrás del recinto de Okonkwo había un bosquecillo. el único acceso a él desde el recinto era un pequeño agujero redondo que había en el muro de tierra roja por la que entraban y salían las gallinas en su búsqueda incesante de alimento. Pero no podía pasar un hombre. Justamente hacia allí condujo Obierika al comisario y a sus hombres. Rodearon el recinto manteniéndose caminando pegados al muro. Solo se oía el rumor de sus pisadas al aplastar las hojas secas.

OkonkwoFinLlegaron junto al árbol del que colgaba el cuerpo de Okonkwo y pararon en seco. 

- Quizá tus hombres puedan ayudarnos a bajarle y enterrarle -dijo Obierika-. Hemos mandado a buscar forasteros a otra aldea para que lo hagan por nosotros, pero tal vez tarden mucho en venir.

El comisario del distrito cambió en un instantáneamente. El resuelto administrador que había en él dio paso al estudioso de las costumbres primitivas.

- ¿Por qué no podéis bajarle vosotros? -preguntó. -

Va en contra de nuestras costumbres -dijo uno de los hombres-. El que un hombre se quite la vida es un acto abominable. Es una ofensa a la Tierra, y el hombre que la comete no puede ser enterrado por los hombres de su clan. Su cuerpo es maligno, y solo pueden tocarle los extraños. Por eso os pedimos a tu gente que lo bajen porque .sois forasteros. 

- ¿Le enterraréis como a cualquier otro hombre? -preguntó el comisario. 

- No podemos enterrarle. Solo pueden hacerlo los extraños. Pagaremos a tus hombres por hacerlo. Cuando le hayan enterrado cumpliremos nuestra obligación con él. Haremos sacrificios para limpiar la tierra profanada.

Obierika, que se había queda mirando fijamente el cadáver ahorca de su amigo, se volvió de pronto hacia el comisario de distrito, y le dijo en tono furioso: 

- Este hombre era uno de los hombres más grandes de Umuofia. Vosotros lo obligasteis a matarse; y ahora le enterrarán como a un perro...

No pudo seguir. Le temblaba la voz y no le salían las palabras.

- ¡Cierra la boca! -gritó un agente bastante innecesariamente.

- Bajad el cadáver -ordenó el comisario al jefe de los agentes- y llevadlo junto con toda esta gente al juzgado.

- Sí, señor -dijo el agente saludando. 

Map of River Niger

El comisario se marchó y se llevándose con él a tres o cuatro soldados. Había aprendido bastantes cosas en los muchos años que llevaba esforzándose por hacer llegar la civilización a diversas regiones de África. Una de ellas era que un comisario de distrito no debía encargarse de minucias indignas como descolgar de un árbol a un ahorcado. Si lo hubiese hecho habría dado a los nativos una mala impresión de sí mismo. En el libro que pensaba escribir destacaría ese punto. Mientras volvía caminado al juzgado pensaba en aquel libro. Cada día le aportaba material nuevo. La historia de aquel hombre que había matado a un agente judicial y se había ahorcado sería un lectura interesante. Podría escribir casi un capítulo entero sobre él. Bueno, un capítulo entero quizá no, pero un párrafo considerable sin ninguna duda. Había que incluir muchas más cosas y había que estricto en lo de prescindir de los detalles. Ya había elegido el título del libro, después de muchas vueltas: La pacificación de las tribus primitivas del Bajo Níger.

 

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