UN BUEN LIBRO PARA LEER:  JAKOB VON GUNTEN  (1909)

JakobVonGunten

                       

   Robert Walser (Suiza) 

    EDICIONES ALFAGUARA

 

    Traducción: Juan José del Solar

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 Comienzos de libros

 

Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores? A mí me encantaría ser rico, pasear en berlina y malgastar dinero. Una vez comenté esto con mi condiscípulo Kraus, pero él se limitó a encogerse de hombros despectivamente, sin concederme una sola palabra. Kraus tiene principios, va bien sujeto a su silla, montado sobre la satisfacción, y es éste un rocín al que los amantes del galope prefieren no subirse. Desde que estoy aquí, en el Instituto Benjamenta, he conseguido volverme un enigma para mí mismo. También me he visto PerformanceJVGcontagiado por un extraño sentimiento de satisfacción, desconocido hasta ahora. Soy bastante obediente; no tanto como Kraus, que es un maestro en ejecutar celosamente cualquier tipo de órdenes. Hay un punto en el que nosotros, los alumnos (Kraus, Schacht, Schilinski, Fuchs, Peter el larguirucho, yo, etc.), nos parecemos todos: el de nuestra pobreza y dependencia absolutas. Somos humildes, humildes hasta la indignidad total. Quien recibe un marco de propina pasa por ser un príncipe privilegiado. Quien, como yo, fuma cigarrillos, despierta preocupación por sus hábitos de despilfarro. Vamos uniformados. Pues bien, este hecho de llevar uniforme nos humilla y nos encumbra al mismo tiempo: tenemos aspecto de gente no libre, lo que posiblemente sea una ignominia, pero también nos vemos bonitos, y eso nos ahorra la profunda vergüenza de quienes se pasean en ropas personalísimas y, sin embargo, sucias y ajadas. A mí, por ejemplo, vestir el uniforme me resulta bastante agradable, pues nunca he sabido muy bien qué ropa ponerme. Pero incluso a este respecto sigo siendo un enigma para mí mismo. Acaso en mi interior resida un ser vulgar, totalmente vulgar. O tal vez por mis venas corra sangre azul. No lo sé. Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré.

Nosotros, los alumnos o internos, tenemos en verdad muy poco que hacer, casi no nos dan tareas. Aprendemos de memoria los reglamentos que rigen aquí dentro. O leemos el libro ¿Qué objetivo persigue la escuela de muchachos Benjamenta? Kraus estudia además francés, totalmente por su cuenta, ya que las lenguas extranjeras o asignaturas similares no figuran en nuestro plan de estudios. Sólo hay un curso único que se repite constantemente: «¿Cómo debe comportarse un muchacho?» Y toda la enseñanza, en el fondo, gira en torno a esta pregunta. Conocimientos no se nos imparte ninguno. Como ya he dicho, falta personal docente, es decir, que los señores educadores y Institute Benjamentamaestros duermen, o bien están muertos, o lo están sólo en apariencia, o quizá se han petrificado, lo mismo da; el hecho es que no nos aportan realmente nada. En lugar de los maestros, que por alguna extraña razón están ahí tumbados, como muertos, y dormitan, quien nos da las lecciones y nos dirige es una mujer joven, Fräulein Lisa Benjamenta, hermana del señor director del Instituto. A la hora de la lección entra en el aula con una varita blanca en la mano. Todos nos levantamos de nuestros puestos al verla entrar; no bien ha tomado asiento, también nosotros podemos sentarnos. Con su varita da tres golpes breves e imperiosos contra el borde de la mesa, y la clase comienza. ¡Vaya clase! Aunque mentiría si dijera que la encuentro extraña. No, lo que Fräulein Benjamenta nos enseña me parece digno de consideración. Es poco y no paramos de repetirlo, aunque tal vez haya un secreto detrás de todas esas naderías irrisorias. ¿Irrisorias? Nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, no somos lo que se dice reidores. Nuestros rostros y modales son muy serios. Hasta Schilinski, que en realidad es todavía un niño, se ríe muy raramente. Kraus nunca se ríe, o bien lo hace un instante, cuando ya no puede contenerse, y luego se enfurece por haberse entregado a un comportamiento tan antirreglamentario. En general, a los alumnos no nos gusta reír, o, mejor dicho, apenas podemos hacerlo. Nos faltan la alegría y el relajamiento necesarios. ¿O me equivoco? Dios mío, a veces llego a sentir toda mi estancia aquí como un sueño incomprensible...

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