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Fragmentos de libros. LA TESIS DE NANCY de Ramón J. Sénder  Comienzo II:

 

Editorial:     MagisterioEspañol              Acceso/Volver al comienzo I de "La tesis de Nancy":

 

 

CARTA PRIMERA 

NANCY DESCUBRE SEVILLA

(continúa)

    Dearest Betsy: Voy a escribir mis impresiones escalonadas en diferentes días aprovechando los ratos libres.

    Como sabes, he venido a estudiar a la Universidad de Sevilla. Pero vivo en Alcalá de Guadaira , a diez millas de la ciudad. La señora Dawson, de Edimburgo, que tiene coche y está en la misma casa que yo, me lleva cada día a la ciudad. Suerte que tengo, ¿verdad? Siempre he tenido suerte.

     ¿Qué decirte de la gente española? En general, encuentro a las mujeres bonitas e inteligentes, aunque un poco..., no sé cómo decirte. Yo diría afeminadas. Los hombres, en cambio, están muy bien, pero a veces hablan solos por la calle cuando ven a una mujer joven. Ayer pasó uno a mi lado y dijo: 

    - Canela.

    Yo me volví a mirar, y él añadió:

    - Canelita en rama, 

    Creo que se refería al color de mi pelo. 

AlcaláGuadaira AIndustrialPerfil de Alcalá de Guadaira. Fuente: http://www.andaluciaindustrial.com/

     En Alcalá de Guadaira hay cafés, iglesias, tiendas de flores, como en una aldea grande americana, aunque con más personalidad, por la herencia árabe. Al pie de mi hotel hay un café con mesas en la acera que se llama La Mezquita. En cuanto me siento, se acercan unos vendedores muy raros -algunos ciegos-, con tiras de papel numeradas. Dicen que es lotería. Me ofrecen un trozo de papel por diez pesetas y me dicen que si sale un número que está allí impreso, me darán diez mil. Yo le pregunté al primer vendedor que se me acercó si es que tenía él tanto dinero, y entonces aquel hombre tan mal vestido se rio y me dijo: «Yo, no. El dinero lo da el Gobierno». Entonces resulta que todos esos hombres (y hay millares en Sevilla) son empleados del Gobierno. Pero parecen muy pobres. 

     Sierpes1960 ¿Sabes, Betsy querida? No hay gorilas en España. Cosa de veras inexplicable. No sé cómo han hecho su guerra de gorilas en el pasado por la cual son famosos los españoles en la historia desde el tiempo de los romanos. Tengo que preguntar en la universidad esta tarde. Aunque me molesta hacer ciertas preguntas, porque hay gente a quien no le gusta contestar. Ayer me presentaron a dos muchachos en la calle de las Sierpes, y yo, que llevaba mis libros debajo del brazo y andaba con problemas de gramática, pregunté al más viejo: «Por favor, ¿cómo es el imperfecto de subjuntivo del verbo airear?». El chico se puso colorado y cambió de tema. ¿Por qué se puso colorado? Me suceden cosas raras con demasiada frecuencia. Y no se puede decir que los hombres sean descorteses, no.

    Al contrario, se preocupan del color de mi pelo y hasta de mi salud. En la puerta del café hay siempre gente joven, y cuando vuelvo a casa veo que alguno me mira y dice: «Está buena». Yo no puedo menos de agradecerles con una sonrisa su preocupación por mi salud. Son muy amables, pero no los entiendo. A veces se ruborizan sin motivo. O se ponen pálidos. Sobre todo cuando les pregunto cosas de gramática. 

   De veras, a veces no entiendo las reacciones de la gente. Verás lo que me pasó en el examen de Literatura Clásica. Estaba sentada frente a tres profesores ya maduros, con su toga y un gorro hexagonal negro -el gorro no en la cabeza, sino en la mesa-. Y uno de ellos se puso a hacerme preguntas sobre el teatro del siglo XVII. Tú sabes que en eso estoy fuerte. Bueno, voy a decirte exactamente lo que preguntó y lo que contesté, y tú me dirás si hay algo que justifique los hechos. El profesor me dijo:
    Tipos TeatroXVII- ¿Puede usted señalar algún tipo característico del teatro de capa y espada?
    - El gracioso - dije.
    - Bien. Otro.
    - La dueña.
    - Otro, señorita.
    - El cornudo.

   Y los tres profesores, que eran calvos, se pusieron terriblemente rojos, hasta la calva, hasta las orejas. Yo miré disimuladamente a ver si mi vestido estaba en desorden, y luego a mi alrededor por si había sucedido algo inesperado; pero todo era normal.

    En fin, me aceptaron el plan de estudios que había hecho cuando decidí venir aquí. Con objeto de celebrarlo fuimos varias muchachas a Alcalá de Guadaira y las invité a merendar en el café de La Mezquita. Había una tertulia de toreros, seguramente gente de poca importancia, aunque son muy jóvenes y tal vez no les han dado todavía su oportunidad. Hablaban a gritos y yo apunté bastantes palabras que ignoraba. Por cierto que uno de ellos dijo que no torearía si no le ponían diez mil beatas delante. Beatas son mujeres piadosas que van a misa cada día. Entonces yo pensé que aquel joven deseaba atraer a la plaza a la población femenina de buenas costumbres. Eso debe de dar reputación a un torero. Pero más tarde me dijo Mrs. Dawson que al hablar de beatas tal vez se referían a una moneda antigua que es la que usan los gitanos para sus negocios.      

Pesetas BeatasNo digo que sea lo uno o lo otro. Solo digo lo que escuché. 

     Pero tengo que confesar que con lo de los gorilas estaba equivocada. Toda mi vida he oído hablar de la ferocidad de los gorilas españoles, sobre todo en tiempos de guerra. Ahora, al ver que no hay en España un solo gorila, y preguntar a los profesores de Sevilla, resulta que estamos pronunciando mal u oyendo mal esa palabra en América. No es gorilas, sino guerrillas, es decir, guerras pequeñas. A mis oídos y a los tuyos, y a los de nuestras amigas, ha sonado siempre gorila. Parece que los españoles son muy feroces en las pequeñas guerras y no tanto en las grandes. Por eso tal vez no han estado en las últimas guerras mundiales. Y les alabo el gusto. 

    Los toreros jóvenes hablaban con mucho elogio de otro que según ellos no se movía en la plaza. «Es un poste», decían. Hablaban de sus parones. Eso de los parones no está en el diccionario. Debe de ser cosa de la pelea con el toro. Pero tampoco entiendo que elogien tanto a un hombre porque no se mueve ni hace nada en la plaza. ¡Un poste! ¿Tú puedes imaginar? 

   Ayer no hubo clase y dedicamos la mañana a recorrer el barrio de Santa Cruz en Sevilla. Encantador, aunque llega a cansar un poco tanta imitación del estilo californiano, con sus rejas y patios.

    Sucedieron cosas inesperadas e inexplicables, al menos para una americana. Encontré por vez primera personas muy poco cooperativas. Al pasar por una callejuela y doblar una esquina para meternos por otra había un zapatero trabajando al aire libre en una mesita pequeña -por lo visto vivía en la casa de al lado-, y al vernos levantó la cabeza y dijo:
     - Hasta luego, señoritas.
    SantaCruzNosotras seguimos adelante sin saber qué pensar. Poco después, la calle hacía un recodo y vimos que no tenía salida. Cuando volvimos a pasar delante del zapatero, el buen hombre guiñó un ojo sin decir nada. A mí me hizo gracia la ocurrencia, pero Mrs. Dawson estaba indignada por la falta de espíritu cooperativo de aquel hombre. Mrs. Dawson no tiene sentido del humor. Y protesta solo por el gusto de sentirse extranjera y diferente. Ella viaja solo por eso: por saberse extranjera en alguna parte. 

    No sé si debo decir que Mrs. Dawson despierta poca simpatía por aquí. Tú sabes cómo es. Tan alta, tan severa y rígida. Este tipo de mujer no gusta en España, creo yo. La verdad es que Mrs. Dawson, aunque usa zapatos bajos, resulta siempre demasiado alta. No es muy agradable hablar de ella en términos de censura, porque me presta su coche y se conduce conmigo generosamente. Todo esto es por decir que allí mismo, en el barrio de Santa Cruz, una mocosuela se quedó mirando a Mrs. Dawson y le dijo:

   - ¿Volverá usted otro día por aquí, señora? 

   - ¿Para qué? -preguntó ella.

    - Es para acabar de verla. No se la puede ver entera de una sola vez.

    Ella se da cuenta de que no la quieren. Pero es natural. Las simpatías y antipatías son recíprocas, tú sabes. Y a ella no le gusta la facilidad de la alegría de esta gente humilde. Parece que Mrs. Dawson, y no lo digo porque me guste criticarla, que ya sabes que le estoy agradecida, querría que la gente fuera seria, grave y un poco triste. Yo no comprendo para qué. Bueno, pues tampoco a las gentes del pueblo les gusta, que va con dos libros bajo el brazo, una Biblia y un diccionario, y que usa unas gafas muy gruesas con lentes color rosa. Para completar la estampa lleva unos zapatos enormes. Y aquí eso es importantísimo. 

    A propósito de los zapatos (te agradeceré que no lo digas por ahí, porque hay en Lake Forest conocidos de la señora escocesa), pasando frente a un cafetín oímos a un limpiabotas decirle a otro: 

  - María Santísima, ¿has visto qué zapatitos gasta la señora? ¿Será que en su país duermen de pie? 

   La verdad es que yo me mordí los labios para aguantar la risa, pero mi amiga tal vez se dio cuenta, aunque no estoy segura, porque, tú sabes, esas escocesas no pierden nunca la cara. Al día siguiente me llevó como siempre a Sevilla

    Si vienes a España, Betsy, te aconsejo que no hagas preguntas a la gente sobre gramática. Todos cambian de tema y ponen gesto agrio. La gramática no es popular en este país, al menos en Alcalá de Guadaira y en Sevilla. Ayer le pregunté al dueño de la farmacia del barrio el subjuntivo de otro verbo. Él me dijo que era una pregunta muy graciosa y me presentó a su mujer.

    Por lo demás, la vida es más que agradable y más que cómoda. Es de veras exciting. La gente, las cosas, todo.

   No he comenzado a estudiar aún seriamente, porque quiero documentarme y atemperarme al país. Todo es de veras encantador, y a mí me convenía una experiencia como esta para compensar los complejos que me da el cuarto matrimonio de mi madre. Tú sabes.

    Pero dejemos los temas tristes. 

    Estoy indignada por la conducta de algunos americanos que piden en los cafés productos de América y protestan si no se los dan. Y de su incultura cuando piden Sherry y rechazan la botella donde dice Jerez porque creen que los engañan. 

    Inmaculada MurilloEstos últimos días no me ha sucedido nada importante, pero a siete estudiantes extranjeros y a mí nos han invitado a comer en Sevilla en el palacio del marqués de Estoraque (creo que escribo bien el nombre, pero no lo juraría), adonde nos llevaron para ver cómo es una casa típica por dentro. Todo era oscuro y solemne, con muchos crucifijos y muchas madonas, algunas de Murillo y verdaderas, quiero decir originales. Los muebles imitaban el estilo colonial del sur de los Estados Unidos. Todo olía a cera y -Dios me perdone, no me gusta criticar- a orines de gato. 

     Vimos al marqués y a la marquesa, ya viejos. Muy viejos, creo yo. En los setenta y tantos. Te digo la verdad, se ve la grandeza y la antigüedad de esa gente. Pero no tuve ocasión de hablar con ellos, porque preferían a los turistas que no hablaban español para practicar con ellos su horrible inglés. No es que sea malo, pero tiene un acento insular intolerable para mí. Ya sabes que yo nunca he tragado el acento británico. Bueno, dos días más tarde fuimos a comer a casa de los marqueses. Antes anduvimos dos amigas y yo en el coche de Mrs. Dawson por toda la ciudad, y casi por toda la provincia, para hacer tiempo. Nos habían citado a las nueve para comer a la diez. Pero a las ocho yo estaba ya muerta de hambre. Tú sabes que ahí comemos a las seis.

   Pasábamos delante de los restaurantes mirando con ojos agónicos a la gente que comía. Mistress Dawson nos dijo que era de mal gusto ir invitada a un dinner sin apetito, y no comimos nada hasta llegar a casa de los marqueses. No era fácil aguantarse, no creas.

     A las nueve en punto estábamos allí. Aunque había luz eléctrica en la escalera, nos esperaba un criado de calzón corto llevando un candelabro con muchos brazos encendidos. En el cuarto de al lado estaban los marqueses vestidos de gala. Te digo que todo tenía un aire de veras chic. El mayordomo decía nuestros nombres desde la puerta al entrar nosotros, en voz alta. Todavía no sé cómo se enteraba.

   manzanilla AuroraEl marqués habló con todas antes de la comida, pero conmigo se detuvo más tiempo. Nos dieron manzanilla, un vino parecido al sherry inglés, pero insípido, y ni siquiera estaba verdaderamente frío. Después de algunos vasos sentía el calorcillo en la sangre y quería más. Creo que ese vino hay que conocerlo para que le guste a una, como la música demasiado buena.

     Luego he sabido que ese vino es la crème de la crème y lo tomaban ya los tartesios en tiempos de Salomón. (Las cosas son aquí de una antigüedad obscena.)

     Nos dieron muchos aperitivos. Y aunque comí bastante de todos ellos, a la hora de sentarnos a la mesa tenía más hambre que cuando llegué. Extraño, ¿verdad? Creo que todas las cosas eran estimulantes, saladas, picantes y hasta un poco amargas. Mrs. Dawson hablaba con desdén de los aperitivos americanos, que a veces son dulces. No sé qué quería decir. El marqués me miraba sonriente y parecía pensar: esta escocesa no deja pasar ocasión sin meterse con los americanos.

   Me pusieron a la derecha del marqués, lo que no creo que fuera muy correcto estando Mrs. Dawson. Pero mentiría si dijera que me desagradó. A John McGregor, aquel joven que en verano trabajaba como ayudante del sepulturero y estudiaba Antropología contigo el año pasado, le pusieron a la derecha de la señora. No tenía ropa de gala, pero llevaba un traje negro con corbata negra de lazo, que resultaba bien.

    Comimos igual que en los palacios de Las mil y una noches. Cinco courses. Ya digo que tenía hambre y apenas si escuchaba al marqués mientras quedó un hueco en mi estómago. Figúrate: diez horas habían pasado desde el lunch

    El marqués me preguntaba qué era lo que me había gustado más en Sevilla. Lo dije: 

   - La Catedral y la Giralda

   Entonces el marqués, tal vez agradecido porque debe de ser muy patriota, mientras comía con la mano izquierda, con la derecha se puso a hacerme masaje en una rodilla. ¡Cosa más extraña! Debe de ser una costumbre española. Tiene fama España de ser muy hospitalaria a la manera de los pueblos orientales y esa debía de ser una atención tradicional con los huéspedes. Yo seguía comiendo con un hambre terrible. De vez en cuando miraba al marqués, sonreía y le decía: 

   - Muchas gracias, señor marqués. Con eso quería decirle que no se molestara más. Pero él seguía dándome masaje. Supuse que tal vez la marquesa estaba haciendo lo mismo con John. Pero luego supe que a John no le había hecho masaje nadie. El marqués me dijo:

    - Sabe usted que la catedral de Sevilla es la más grande del mundo? 

    - Era, pero ya no lo es.

   catedral san John2 (Nueva York)Recordaba yo que la catedral de Saint John de Nueva York, copiada de la de Sevilla, la hicieron un metro más ancha en su base para quitarle prioridad a la de aquí. Al oírme decirlo, el marqués se detuvo un momento, sorprendido. Luego volvió a su masaje. No quería que Sevilla dejara de tener alguna cualidad extraordinaria, y me dijo que la torre de la catedral es la única en el mundo a la que se puede subir a caballo. Esto sí me pareció fantástico. No sabía si creerlo. ¿Cómo es posible que un caballo suba tantas escaleras? El marqués me dijo que no había escaleras, sino una rampa con el suelo de tierra apelmazada. 

    - ¿Y quién sube acaballo?-pregunté. 

    - Oh,nadie. Nadie ha subido desde el tiempo de los Abderramanes, creo yo. ¿Para qué? 

    Oírselo decir y entrarme unas ganas tremendas de subir yo fue todo uno. Ya me conoces. Si subo a la Giralda a caballo -me decía-, haré algo que no ha hecho nadie desde los Abderramanes. La cuestión era conseguir un caballo. Desde que estoy en España sueño con pasear alguna vez a caballo. En el país más caballeresco de Europa, parece natural.

    Antes de salir de la casa del marqués, cuando nos despedíamos, le di las gracias a la manera americana, citando cada cosa agradable. Le di las gracias por su conversación, por la comida y también «por el masaje». Al decir esto último vi que su frente pálida se ponía sonrosada. Entonces miré a la marquesa y vi que estaba un poco más pálida. Los otros no comprendían. Yo no estoy segura de comprender tampoco. Pero en cada país hay que respetar las costumbres. 

    Salimos y me vine a Alcalá con Mrs. Dawson, quien se hacía lenguas de la elegancia de aquella mansión y me decía: «Yo me he entendido siempre muy bien con la aristocracia o con el pueblo bajo. Pero la clase media me crispa los nervios.»

   ¿Tal vez porque los americanos somos todos clase media? Pero no quiero entrar en hipótesis que harían más difícil mi amistad con esa señora. En definitiva, se está portando bien conmigo.

    Ha venido la sobrina de Mrs. Dawson, que estaba en Córdoba. Es de mi edad y no sabe más de diez palabras españolas. Lo peor es que está siempre queriendo hablar español con todo el mundo. Naturalmente, nadie la entiende. 

    LaTesis EdBambúAyer estuvimos en un tea party que dieron a las Dawson sus amigas de Sevilla. Había mucha gente joven y la fiesta fue un éxito, aunque no para mí. Sigo creyendo que hay un misterio en las costumbres de estas gentes, sobre todo en los hombres, y en su rubor y su palidez. Verás lo que pasó. No hubo masaje en las rodillas ni se ruborizó nadie, pero sucedieron otras cosas no menos extrañas. En primer lugar, la estrella del party fue la sobrina de Mrs. Dawson. ¿Cómo? No podrías imaginarlo. Lo consiguió con su manera de hablar español. Ya digo que no sabe más de dos docenas de palabras y las coloca mal. Bueno, pues estábamos en una enorme habitación con los balcones abiertos, y unos muchachos se pusieron a examinarla en broma para ver cuánto español sabía, la chica fue colocando sus frases como una pava: «Mi padre es viejo; mi madre, rubia; mi hermana, pequeña; mi vecina, hermosa...» Y otras cosas por el estilo. Un chico que creo que me hace la corte, y a mí no me gusta porque no es calé (yo debo aprovechar el tiempo, y si tengo algún romance, será con un gitano que me ayude a entender ese mundo), me preguntó: 

   - ¿Y Mrs. Dawson? ¿Qué es Mrs. Dawson? La chica dijo: 

   - Ella es una tía.

   Todos los hombres se soltaron a reír. Algunas muchachas se ruborizaron. Esta vez el rubor les tocaba a ellas.

   - ¿Dice que es una tía?-preguntaba mi galán.

   - Sí. Es una buena tía.

    Algunos jóvenes parecía que se iban a descoyuntar de risa. La chica estaba encantada y yo no acababa de entender lo que sucedía. Mucho charm tenía que tener aquella mocita para conseguir tanto éxito con aquellas tonterías. O mucho gancho. O sex appeal.

     Poco después vi una guitarra en un rincón y la cogí y me puse a templar. Tú sabes que toco algunos corridos y otras canciones mejicanas que aprendimos juntas en aquel verano encantador de 1951 en Jalisco. Al verme con la guitarra, vinieron a mí los muchachos. Yo me hice rogar un poco, advirtiendo que sólo sabía canciones mejicanas, pero lo mejicano les gustaba, según dijeron. Y me puse a tocar y cantar aquella canción antigua que dice: 

Yo te sarandeo, culebra,

y no me haces nada, culebra;

y yo te emborracho, culebra,

y no me haces nada, culebra;

y yo te prevarico, culebra

y no me haces nada, culebra...

     (La cantaba bastante bien, modestia aparte.)

    ¿Te acuerdas de esa canción? Se dicen más de cincuenta cosas diferentes sobre la culebra, siempre repitiendo esta palabra. En cuanto la dije dos o tres veces, comenzaron a ponerse todos muy serios. Esta vez no era rubor, sino palidez. Algunos se apartaron y fueron al piano y pusieron las dos manos abiertas encima. Otros corrían a las puertas y ponían el dedo índice y el meñique de la mano contra las fallebas de metal. Como vieron que yo seguía adelante con la canción, me miraron como a un monstruo y comenzaron a salir del cuarto.

     Parecía que mientras yo cantaba, alguien estaba sacando a toda aquella gente la sangre de las venas. Total, que cuando acabé no quedaban allí más que los americanos. ¿No fue horrible? La sobrina de Mrs. Dawson no tiene la culpa de nada de esto, pero cuando salimos vi que se alegraba, lo que me hace recordar eso de la «pérfida Albión». Pero tal vez soy injusta y hablo por resentimiento. O respiro por la herida, como dicen aquí. 

TorosSevilla 1960 MilAnun

Entrada de una corrida de toros en Sevilla. Junio de 1960 (milanuncios.com)

    He estado en una corrida de toros que ha resultado bastante aburrida. Los toreros salieron en varias filas, envueltos en una manta de colores bordada en oro y plata. Debía de darles un calor infernal. Sin embargo, la llevaban bien apretadita por los riñones. No sé cómo aguantaban con este sol de Sevilla. (Un sol de veras obsceno.)

    Mientras caminaban, la banda de música tocaba una marcha; pero los toreros ni siquiera marcaban el paso, lo que hacía un efecto torpe e indisciplinado.  

     Un caballo iba delante con su jinete. 

    Aquí la disciplina no cuenta mucho, la verdad, lo mismo en la plaza de toros que en otras cosas. Por fin salió el toro. Había en el ruedo -asíse dice- más de quince personas, todas contra un pobre toro indefenso. Y el animal no atacaba nunca a las personas -era demasiado bondadoso y humanitario-, sino solamente a las telas que le ponían delante. Con toros que no atacan más que a la tela, cualquiera podría ser torero, ¿verdad? 

  Pero yo no lo sería a ningún precio, aunque se dice que hay mujeres toreras. Los americanos que estaban conmigo reaccionaron igual que yo. Tal vez porque en nuestro país todo el mundo toma leche y amamos a las apacibles vacas y a sus maridos. Aquí sólo toman leche los bebés. Bueno, tengo motivos para pensar que a Mrs. Dawson le gustaron los toros. No me extraña, porque es escocesa y cruel. Por Dios, no repitas estas palabras en Lake Forest. No me gusta censurar a nadie. Aunque Mrs. Dawson vive en Edimburgo y tú en Lake Forest y yo en Alcalá de Guadaira (Sevilla), las noticias desagradables siempre circulan de prisa. 

     He recibido tu carta y las fotos de Lake Forest. Encantador todo. Yo espero echar al correo esta carta dentro de unos días. Quiero que tenga veinte páginas, siguiendo la costumbre que establecimos en 1951 para contarnos nuestros viajes. ¿Te acuerdas?

     Ayer compré en la calle una cosa que llaman buñuelos. En Alcalá los hacen cada día. Compré tres, y al preguntar el precio, me dijo la vendedora:

      - Seis reales, señorita.

      Yo no sé lo que son seis reales. No consigo comprender las maneras populares de contar la moneda. Si me sacan de pesetas y céntimos, estoy perdida. Con los gitanos, que cuentan en beatas, no quiero tratos. Dejo que pague Mistress Dawson y le pregunto después cuál es mi parte, para abonársela. La mujer de los buñuelos me miraba extrañada, como pensando: «¿No sabe lo que son seis reales y anda sola por el mundo?»

     BuñuelosDulcesFritosLos buñuelos son muy sabrosos, pero no sé cómo decirte. Creo que en los Estados Unidos tendrían éxito si les pusieran dentro crema o fruta en almíbar y los envolvieran en papel de estaño por razones de higiene. Bueno, yo te diría que el buñuelo es una cosa que la comes y es mentira. Esto último es lo que desagrada.

      Ayer me sucedió algo de veras trágico. Había un acto oficial en nuestra Universidad, bajo la presidencia del mismo rector, un hombre poco atlético, la verdad, cuyo discurso iba a ser la parte fuerte del programa. Habló muy bien, aunque manoteando demasiado para mi gusto, y luego todo el mundo se puso de pie y aplaudió. Como yo quería demostrar mi entusiasmo a la manera americana, me puse dos dedos en la boca y di dos o tres silbidos con toda mi fuerza. No puedes imaginar lo que sucedió. Todos callaron y se volvieron a mirarme. Yo vi en aquel momento que toda aquella gente era enemiga mía. Había un gran silencio y se podía oír volar una mosca. Luego se acercaron dos profesores y tomaron nota de mis papeles de identidad. Mistress Dawson estaba conmigo y se portó bien, lo reconozco. Explicó que en América silbamos para dar a nuestros aplausos más énfasis. Entonces un profesor, sonriente, me preguntó:

      - ¿Eso quiere decir que le ha gustado el discurso del rector?

    Yo no podía olvidar las miradas de un momento antes y dije secamente que me negaba a contestar sin hablar antes con mi cónsul. Entonces parecieron todos dolidos y amistosos y me miraron con simpatía. No creo que el incidente influya en mis exámenes. En el fondo, ruborizados o pálidos, estos viejos son caballerosos. Aunque pasará algún tiempo antes que los entienda.

     (Repito que Mrs. Dawson esta vez se portó bien. A cada cual, lo suyo.)

    Te envío muchas noticias como ves. Aunque no tengo nada contra la sobrina de Mrs. Dawson, tampoco es la persona con quien querría vivir en una isla desierta. Primero, su acento escocés lleno de erres. Luego, su manera de conducirse con los gitanos. Cree como yo que los gitanos son la sal de la tierra. Pero no sabe tratarlos; es decir, piensa en ellos como una lectora apasionada de Borrow. Y se extraña, por ejemplo, de que mientan... Es decir, no es que mientan, porque a nadie engañan con sus mentiras, la verdad. Pero adulan a todo el mundo de una manera ofensiva para algunos puritanos ingleses a quienes sólo gustan los gitanos en la poesía de Lorca.

     El otro día estábamos en mi café y se acercó una gitana. Le dijo a mi amiga

    - Anda, condesita, que te voy a decir la buena ventura.

    Mi amiga quería que yo le tradujera aquellas palabras y las traduje, pero me callé eso de condesita. Ella se dio cuenta y yo, para cubrirme, dije: «Bueno, te ha llamado condesa; pero eso lo hacen con todas. Adulan siempre a todo el mundo. A un soldado le llaman coronel, a un cura le llaman arzobispo.» En aquel momento la gitana se dirigía a mí

    - Habla en cristiano, pajarito de oro de la California, que yo te entienda.

    A ella la llamó otra vez condesa y a mi pajarito de oro. Yo, la verdad, prefiero que me llamen «pajarito de oro», porque los títulos de aristocracia eh América son vejeces y tonterías. Pero las escocesas no lo creen así. Estaba ella tan contenta que le dio a la gitana un duro. Yo le dije que la misma gitana me había llamado un día emperatriz -y de hacer lo mismo, habría tenido que darle cien pesetas-, pero que ahora somos amigas y sólo me llama estrellita del alba o cosas por el estilo. No sé si mi amiga me escuchaba. El caso es que me trataba ligeramente como si yo fuera su azafata. Es una bonita palabra: azafata. La aprendí hablando con la marquesa del Estoraque. Quiere decir la dama que viste a la reina.

      SemSan Sevilla62Como ves, voy entrando en la vida sevillana, pero más que los marqueses me interesan los gitanos. ¿Qué interés antropológico tiene un marqués? ¿Quieres tú decirme?

       Mrs. Dawson ha invitado a sus amigas de Sevilla a un pic nic para devolverles la invitación aquélla, la del día desgraciado en que yo canté la canción de la culebra. Me ha pedido que le prometa seriamente que no voy a tratar de cantar nada. No sé por qué. Yo nunca he presumido de voz ni me he considerado una artista. Tampoco canto más que rarísima vez y entre amigos. No hay nada más horrible que esas viejas de cuello de avestruz que se están con un aria y una romanza y una balada toda la tarde mientras sus invitados disimulan los bostezos. No lo digo por tu tía Mrs. Davis, que al menos canta como un ángel y tiene el buen humor de declarar que da dos notas más altas que el grillo.

     Bueno, creo que no soy tan dócil como Mistress Dawson querría. Le dije que cuando tengo ganas de cantar, canto y no hay quien lo pueda impedir, y que soy ciudadana de un país libre, y que hace muchos años que hemos dejado de ser colonia de Inglaterra. «Por desgracia para ustedes», dijo ella. ¿Qué te parece? Más tarde comprendió Mistress Dawson que había sido impertinente y vino a darme explicaciones.

     Estoy muy contenta porque he conseguido un caballo para subir a la Giralda. No ha sido cosa fácil. Pero voy a contarte la fiesta de Mrs. Dawson, que tiene mucha miga. Hizo una pifia enorme, aunque la corrigió a tiempo. Tonta no es, claro que no.

     El pic nic era a tres millas de la ciudad, al lado del río, en un lugar muy hermoso. Si alguna vez he sentido no haber continuado con mis clases de pintura en la Universidad fue entonces, delante de aquel paisaje. El río traía poca agua, pero era bastante ancho. En la orilla contraria había una venta que llamaban del Cernijón, un sitio a donde van los trasnochadores a beber y pelear. También juegan a un deporte raro, del que he oído hablar vagamente, que llaman jumera. Se trata de atrapar la jumera, que debe de ser una especie de balón.

     Mrs. Dawson hizo un error tan grande en el pic nic, que yo me pasé la tarde muerta de vergüenza diciendo a todo el mundo que ella era inglesa y yo americana y que teníamos costumbres y orígenes distintos. Es decir, que no nos confundieran. Consistió el error en no llevar otra bebida que leche fría y limonadas. Los hombres estaban perplejos. Pero de las consecuencias de ese incidente vino el tener yo un caballo para subir mañana a la torre de la catedral. Se me acumulan los recuerdos y quisiera decirlo todo a un tiempo. Verás lo que pasó.

     Había más de treinta invitados, que llegaron en seis o siete coches. La comida estuvo bien, de eso no tengo nada que decir. Sólo que no había vinos. Cuando yo se lo dije a Mrs. Dawson, ella levantó la nariz y dijo que era una cuestión de principios.

      - Yo la he visto a usted tomar vino en casa del marqués -le dije.

     Confesó que bebía una copa cuando la invitaban porque no le gustaba desentonar y llamar la atención. Pero no ofrecía nunca vino a sus huéspedes. Los chicos invitados tomaron la cosa con calma, aunque se cambiaban miradas y palabras en voz baja. Tres o cuatro de ellos hacían comentarios con una especie de humor asesino. Yo no podía menos de reírme. Que si tal, que si cual, que si Mrs. Dawson nos había llevado a la orilla del río para un caso de sed apremiante y otras cosas.

     Había algunas chicas sevillanas que iban y venían con sus zapatos altos y sus pasitos de gacela. Esos andares de las españolas me parecen, como te dije, un poco afeminados. La sobrina de Mrs. Dawson cree, por el contrario, que los movimientos de las españolas cuando caminan son encantadores, y que nosotras las americanas andamos como soldados de infantería o como albañiles. Es un punto de vista que he oído otras veces y que no comparto.

     Algunos chicos decidieron por fin que querían un poco de vino y propusieron ir a buscarlo a la Venta del Cernijón. Alguien habló de vadear el río. Dándose cuenta entonces de su pifia, Mistress Dawson consultó con su sobrina, y ella, que todo lo arregla con los gitanos, dijo que cerca había un campamento de calés -así se llaman ellos entre sí y a nosotros nos llaman payos- y que tenían burros de alquiler. En uno de ellos o en dos podían pasar el río a pie seco los que estuvieran más necesitados de vino. Sin decir de qué se trataba, la misma Mrs. Dawson preguntó cuántos eran los que querían ir a la venta. Eran cuatro chicos, una chica y yo. Seis. La escocesa y su sobrina fueron al campamento y pidieron un burro de alquiler. Cometió la buena señora la imprudencia de decir que el burro tenía que ser larguito, porque era para seis personas. Hubieras visto tú al viejo gitano mirando a las dos mujeres con ojos como filos de navaja.

       JoseNavarroLlorensEl pobre hombre no acababa de creerlo:

       - ¿Dice uté zei, zeñora? La zeñora ze equivoca. Lo que buzca la zeñora e un tranvía.

      Mrs. Dawson insistía. Los gitanos le demostraron que no había un burro tan largo y le propusieron que alquilara dos. El gitano más viejo la miraba de reojo y decía a otro más joven que estaba a su lado: «Eztas zeñoras zon laz que traen el malange de las Californias.»  , alzando la nariz, preguntó

    - ¿Qué es malange?

    - Mal vahío, zeñora.

    -¿Quée s mal vahío ?

    - Mala zombra, zeñora. Que zea larguito, que e para zeis. Eza e una manera de zeñalá que mardita zea mi arma.

    Yo tampoco entendí aquello, aunque más tarde me lo explicaron mis amigos en la venta. Parece que los gitanos pueden tolerarlo todo en la vida menos la falta de gracia. La mala sombra es la falta de gracia. Creen que cuando uno se conduce con malange trae alguna forma de desgracia. Y el gitano miraba sus burros con ternura.

     No puedes imaginar hasta dónde Mrs. Dawson, como buena escocesa, puede ser tacaña. No digo que no sea capaz de generosidad en las cosas grandes. Pero en las pequeñas es horrible. Antes de gastar una libra le da catorce vueltas para convencerse de que no va a haber un solo penique mal empleado. En fin, muy contra su voluntad alquiló los burros, y el gitano mismo los trajo a la orilla donde estábamos todos. Entonces yo le pregunté si tenía caballos y él dijo que sí.

    - ¿Quiere alquilarme uno mañana?

    - ¿Para cuántas personas, por un cazual

    - Para mí sola.

    CA Lake ForestY bajando la voz añadí: «Yo no soy del país de esa señora.» Eso le tranquilizó. Pero no habíamos terminado. El gitano era seco y flaco y echaba alrededor miradas asesinas no sé por qué, Al fin comprendí que buscaba con los ojos los cestos de las botellas, y dijo que había mucha sequera en el aire y que le caería bien un buchito de vino. Yo le dije que no lo había y que aquella señora Dawson no tenía más que leche o limonada.

     - ¿Eztán uztés enfermos? -preguntó en serio.

    Le dije que no, y él, no muy convencido, dijo: «Vaya, me alegro tanto.» Volvimos a hablar del caballo que yo necesitaba para el día siguiente.

    -  ¿Qué clase de caballo es el que puede usted ofrecerme? -pregunté.

    - El animalito e manzo como una borrega der portá de Belén. Pero dígame su mersé. ¿Para qué lo quiere, zi no e incomodidá?

    - Para subir a lo alto de la Giralda.

    - Señora,  ¿usté cree que er animalito e una cigüeña?

   Entonces yo le expliqué que no se trataba de volar y que la torre tiene por dentro una rampa de tierra en lugar de escaleras y que en tiempos de Abderramán subían los caballos hasta el minarete sin dificultad. Yo haría lo mismo que hacían en tiempos de Abderramán. Yo sola.

   - ¿Asmelrramán era antes de la guerra?

   - Sí, claro.

   - ¿Era eze señó de la familia de usté, dicho zea zin fartá?

    - No. Eso pasó hace más de mil años.

    El gitano, receloso, dijo que se informaría sobre el piso de tierra apelmazada de la Giralda y me daría su respuesta.

    Fuimos en dos burros al otro lado del río. Los chicos nos convidaron a manzanilla, y una hora después estábamos de vuelta. Mrs. Dawson había corregido su falta muy bien y añadió con los burros un toque pintoresco a la fiesta. Ya ves, Betsy, que no soy injusta con ella.

     Cuando los chicos bebieron bastante, nos dispusimos a volver, y uno de ellos dijo que quería ser mi caballerizo y que cruzaría el río a pie llevando a mi burro del ronzal. Se habían instalado cuatro personas encima del otro, y en el mío, yo sola con un niño de dos años que me confió una gitana para que lo llevara a su madre, que estaba precisamente en el campamento. Iba sentada yo con el niño en la falda. Delante, un poco mareado por el vino, mi caballerizo con el pantalón remangado y el agua a las rodillas. Los otros nos gritaban

    - Parecéis la Sagrada Familia.

    - Niños, no habléis de eso, que el animalito se arrodilla.

    Y era verdad, por las irregularidades del lecho del río. Es decir, no llegaba a arrodillarse, pero hacía genuflexiones.

     Por fin, volvimos al lado de Mrs. Dawson. El gitano se había enterado de que yo tenía razón al hablar de las rampas de tierra de la Giralda. No tenía inconveniente en alquilarme el caballo con dos condiciones. Me entregaría el animal al pie de la torre y allí esperaría para recogerlo cuando yo bajara. Además, no debía montarlo nadie más que yo. Me pidió diez pesetas, y yo le prometí quince, lo que pareció escamar un poco al gitano. Mañana será la aventura. Yo quería ser la única mujer que ha subido a caballo a lo alto de la Giralda, al menos desde el tiempo de los Abderramanes.

     Mrs. Dawson decía que era una extravagancia de mujer americana. Su sobrina evita hablar de eso. Por envidia, claro.

     Rampas de la GiraldaPues bien, aquí me tienes. Soy una mujer histórica, con «o», no con «e». Histórica (no histérica, por favor). El chico que hizo ayer de caballerizo, y que me gusta bastante, vino a hacerme fotos; pero desde abajo apenas si se verá la cabeza del caballo asomada a lo alto. Quería venir conmigo hasta arriba el caballerizo, y yo no sabía qué contestarle. Pregunté a una amiga sevillana, y me dijo que por nada del mundo aceptara, y que si el chico insistía, le dijera que para ir a la torre conmigo tenía que pasar antes por la capilla. Seguí su consejo. El chico se puso blanco como el papel y no dijo nada.

     Parece que me hace la corte ese chico, pero como no es calé, mi romance con él sería poco práctico. El se quedó abajo y yo subí.

     He hecho algo memorable. ¿No es hermoso? ¿No estás orgullosa de mí? Verás cómo fue. Abajo, a la hora señalada, estaban los dos gitanos con el caballo enjaezado. Esperaban en el patizuelo de piedra rodeado de naranjos por donde se entra a la torre. Tenía el caballo un clavel en la oreja izquierda. El gitano decía

     -Aquí ze lo traigo más galán que el rey Zalomón.

     Yo llevaba una falda de tenis cerrada por el medio y monté a caballo. Entré en las sombras del interior de la torre temblando de emoción.

     Oí la palmada que el gitano le dio al rey Salomón en el anca. El animal subía un poco nervioso. Yo tenía que inclinarme hacia adelante porque la rampa era muy empinada. Te digo la verdad, Betsy. Cuando calculé que estaba ya muy arriba, tuve un poco de miedo. Por algunas ventanas moras que se llaman ajimeces veía abajo la calle, los naranjos pequeñitos y la gente como pulgas, que iban y venían. Y también a mi caballerizo, que estaba mirando a lo alto como un payo. Aquellas vueltas en la oscuridad me mareaban un poco. El nombre de la torre -Giralda- viene de eso. De que hay que subir girando. A las torres pequeñas las llaman Giraldillas. ¿No es interesante?

    Por fin llegué arriba. El caballo, cubierto de sudor y acostumbrado a dar vueltas en torno al eje de la torre, siguió dándolas alrededor del minarete. Yo estaba quemándome de orgullo por dentro. iQué hermoso es hacer algo grande, Betsy! Allí yo, a caballo, en lo alto de la torre, rozando con la cabeza las columnas del minarete final. Diez siglos me contemplaban desde el cielo y mi caballerizo desde la tierra. Pero ya te he dicho antes que el caballerizo no es calé.

     Los muros estaban llenos de marcas y nombres. Había también un letrero en inglés -eso me ofendió- que decía: «Tim loves Mary.» Muy anticlimax. Pero desde la cima de mi conciencia histórica te digo la verdad: me sentí un ser nuevo y superior. En aquel momento estaba flotando en las nubes. Era como un ángel del medioevo, árabe o judío, a caballo buscando mi lugar entre las principalidades del cielo.

     GiraldaMe habría quedado allí todo el día, pero mi caballerizo se impacientaba y me dispuse a bajar. No era tan fácil como subir. En cuanto el caballo entró en aquel túnel descendente tuve la impresión de que iba a caer por encima de las orejas. Entonces tiré de la rienda hasta hacerlo ladearse, y cuando estuvo atravesado en la rampa, yo me di la vuelta en la silla y me senté al revés. La cosa era mejor, aunque un poco chocante. Pero nadie nos veía. Y seguimos bajando, yo de espaldas a la cabeza del caballo e inclinada sobre sus cuartos traseros. 

     Salimos al patizuelo de piedra donde esperaban los dos gitanos. Al verme, el más viejo comenzó a decir maldiciones entre dientes. El otro me ayudó a bajar. Pero el viejo iba y venia murmurando:

    - Ya zabía yo que ar caballito iba a pazarle argún desavío. En mi vida no he vizto una asaúra como esta de los que vienen de las Californias. Unos piden un burro largo para zeis payos y otros montan loz caballoz ar revés. Mardita sea la puente de Triana.

    Yo le dije que no había otro modo de bajar de la Giralda a caballo y que el mismo Abderramán bajó probablemente así. El gitano hizo un gesto agónico y me suplicó:

    - No me lo miente usté ar zeñó Armelrramán, zeñorita.

     ¿También debía tener mala sombra aquel nombre? La verdad, a mí me gustan los gitanos, pero a veces me resultan demasiado peculiares.

     Les di su dinero y salieron de prisa sin saludar ni volverse a mirarme. En aquel momento entraba mi caballerizo y me invitó a comer en la Venta del Cernijón. Yo tenía hambre. Mis aventuras me suelen dar hambre.

    Fuimos allí y pasamos a un comedor independiente para nosotros solos. Muy cozy, de veras. Mi caballerizo salió a encargar los vinos. Se había quitado la chaqueta y al dejarla en una silla se le cayó un libro que llevaba en el bolsillo. Lo recogí y lo abrí. No era libro, sino un cuaderno de tapas duras. Encontré escrita en grandes caracteres la frase: «Yo la quiero a usted», en inglés, en francés, en alemán, en italiano, en griego, en holandés, en sueco y hasta en ruso. Al lado de cada frase tenía la pronunciación fonética en español.

      Mi caballerizo volvió y yo le dije sorprendida y feliz

   - ¡Qué bueno! No sabía que usted se interesaba también en lenguas modernas. Al parecer, somos compañeros.

     El vio el cuaderno en mis manos y se puso como un cangrejo cocido. Ya te digo que no entenderé nunca a estos españoles, por otra parte tan amables, tan caballerosos y corteses.

    Se ruborizó mi caballerizo como un colegial. (Entre paréntesis, he decidido escribir mi tesis sobre los gitanos, ya que el tema permite el empleo a un tiempo de elementos antropológicos, históricos y lingüísticos. ¿ Qué te parece?)

  

CARTA II

NANCY ENT RA EN EL MUNDO GITANO


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