UN BUEN LIBRO PARA LEER:   Las aventuras de Huckelberry Finn (1884)  

 

LasAventurasDeHuckleberryFinn

 

  Mark Twain

  Editorial Mondadori (2006)

  Prólogo: Roberto Bolaño

  Traducción: J.A. de Larrinaga

                        IconoFraLib ... algo decimos de este libro

   

 

 Fragmentos: 

 III

EMBOSCAMOS A LOS ÁRBOLES

… Bueno, pues la señorita Watson me dio un buen repaso por la mañana por culpa de la ropa…

Fui y se lo conté a la viuda y ella dijo que lo que se podía conseguir rezando eran «dones espirituales». Esto se me hacía demasiado complicado; pero me explicó lo que quería decir; debía ayudar al prójimo y hacer todo lo posible por los demás, y velar por ellos siempre y no pensar nunca en mí. En esto me pareció que se incluía a la señorita Watson.

         Salí al bosque y le di vueltas al magín un buen rato; pero no supe ver en ello la menor ventaja –como no fuera para los demás-, hasta que por fin decidí no preocuparme del asunto y dejarlo.

         A veces, la viuda me llamaba aparte y me hablaba de la providencia de una manera como para que se le hiciera la boca agua a un chico; pero, a lo mejor, la señorita Watson me cogía por su cuenta al día siguiente y echaba por tierra todo lo que había dicho la otra.

         Pensé que habría dos providencias y que un pobre chico lo pasaría muy bien con la de la viuda; pero que si pillaba la providencia de la señorita Watson, estaba apañado para siempre. Lo pensé bien y decidí que, si quería, pertenecería a la de la viuda, aun cuando no comprendí qué había de ganar la providencia conmigo, puesto que yo era tan burro, tan patán y tan ruin.

 

XI

NOS PERSIGUEN

… La mujer seguía mirándome de una manera extraña y yo no me sentía ciertamente a mis anchas. Al poco rato dijo:

––¿Cómo dijiste que te llamabas, querida?

––Mary Williams.

No sé por qué pero no había dicho Mary antes, de modo que no alcé la cabeza. Me parecía que había dicho Sarah; por eso me sentí muy apurado y tal vez lo parecía también. Pensé. ¡ojalá difera algo más esta mujer! Cuanto más rato estaba callada, más intranquilo me ponía. Pero ahora dijo:

––Querida, creí que habías dicho que te llamabas Sarah.

––Sí, señora; sí que lo dije. Sarah Mary Williams. Mi primer nombre es Sarah. Algunos me llaman Sarah; otros me llaman Mary.

––Ah, es así, ¿eh?

––Sí, señora.

Me sentía un poco más aliviado, pero de todas las formas hubiera preferido estar fuera de la casa. Aún no podía levantar la cabeza.

Bueno, pues la mujer se puso a hablar de que se pasaban unos tiempos muy duros, y de la pobreza con que tenían que vivir, y de que las ratas se paseaban como Pedro por su casa, con la misma tranquilidad que si fuesen las dueñas y otras cosas por el estilo, y entonces volví a sentirme más tranquilo.

Tenía razón por lo que se refiere a las ratas. De vez en cuando se veía asomar un hocico por un agujero del rincón. Dijo que cuando estaba sola tenía que tener algo a mano para tirárselo, pues de otro modo no la dejaban en paz. Me enseñó una barra de plomo, retorcida y hecha un nudo y me dijo que, generalmente, hacía buena puntería con ella, pero que un día o dos antes se había dislocado un brazo y no sabía si podría tirar con tino o no.

CabezaRaton

Esperó una ocasión y tiró contra la rata, pero marró excesivamente el golpe y dijo: «¡Ay!», de tanto como le dolió el brazo. Entonces me dijo que probara yo con la sigiente. Yo deseaba marcharme antes de que regresara el marido, pero, claro está, no permití que lo adivinase. Tomé la barra de plomo y, en cuanto asomó el hocico de una rata, tiré con ella y, si no se larga de donde estaba, hubiera quedado bastante mal parada.

La mujer me dijo que lo había hecho estupendamente y que estaba segura de que haría blanco a la siguiente. Se levantó y fue a recogen el plomo y trajo una madeja con la quería que la ayudara. Alcé las dos manos y ella me colocó la madeja y siguió hablando de sí misma y de los asuntos de su marido. Pero se interrumpió para decir:

––No pierdas de vista las ratas. Más vale que tengas el plomo a mano, en la falda.

De modo que dejó caer el plomo en mi falda en aquel momento y yo junté aprisa las pernas para cogerlo y ella siguió hablando. Pero sólo durante un minuto. Luego quitó la madeja y me miró de hito en hito, con cara muy simpática y dijo:

––Veamos… ¿cuál es tu verdadero nombre?

––Qué… qué dice, señora?

––¿Cuál es tu verdadero nombre? ¿Hill, Tom o Bob? O… ¿cuál es?

Me parece que temblé como un azogado y apenas supe qué hacer. Si estorbo aquí, me…

––No harás tal. Siéntate y quédate donde estás. No he de hacerte ningún daño y tampoco pienso delatarte. Tú cuéntame tu secreto y ten confianza en mí. Lo guardaré; y además te ayudaré. Y también mi marido, si tu quieres. Tú no eres más que un aprendiz que se hafugado. Eso no tiene importancia. No hay nada malo en ello. Has sido objeto de malos tratos y has decidido largarte ¡Bendita sea tu estamba, muchacho, no sería capaz de delatarte! Cuéntamelo todo… sé buen chico.

De modo que me dije que sería inútil continuar representando el papel más tiempo y que le contaría toda la verdad, pero que no dejara ella de cumplir su promesa. Luego le expliqué (otra patraña) que mis padres habían muerto y que las autoridades me habían colocado como aprendiz con un labrador viejo y avaro a treinta millas del río y que eran tan malos los tratos del labrador que acabé por no poderlos resistir más.

Se marchó para estar fuera un par de días, de modo que tenté la suerte, robé ropa de su hija y escapé, y había tardado tres noches en andar treinta millas. Caminaba de noche y me escondía y dormía durante el día, y el zurrón de pan y de carne que ma había llevado me había durado para todo el camino y había comido abundantemente. Dije que creía que mi ti Abner Moore cuidaría de mí y por eso me había encaminado hacía aquella población de Goshen.

––¿Goshen, criatura? Esto no es Goshen. Es San Petersburgo. Goshen está diez millas más allá, río arriba. ¿Quién te dijo que esta población era Goshen?

––Pues un hombre que encontré esta mañana al amanecer cuando iba a esconderme en el bosque para dormir. Me dijo que al llegar a la bifurcación de la carretera debía seguir por la de la derecha y que, al cabo de cinco millas, me encontraría en Goshen.

––Sin duda estaría borrado. Te dijo exactamente lo contrario de la verdad.

––Sí que andaba como si estuviera borracho, pero eso ya no importa. Tengo que marcharme. Llegaré a Goshen antes de que amanezca.

––Aguarda un poco. Te prepararé un poco de comida. Pudieras necesitarla.

Con que me preparó algo de comer y dijo:

––Oye… cuando una vaca está echada, ¿qué parte suya se levanta primero? Contesta de corrido… no te pares a pensarlo. ¿Cuál es la parte que se levanta primero?

––La parte de atrás, señora.

––¿Y un caballo?

––La parte de delante, señora.

––¿En qué parte de un árbol se cría más musgo?

––En la que mira al note.

––Si hay quince vacas que están paciendo en la ladera de una colina, ¿cuántas de ellas comen con la cabeza señalando la misma dirección?

––Las quince, señora.

––Bueno, veo que sí que has vivido en el campo. Creí que a lo mejor intentabas engañarme otra vez. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

––George Peters, señora.

––Bueno, pues procura recordarlo, George. No sea que se te olvide y me digas que es Alexander antes de irte y quieras arreglar las cosas diciendo que te llamas George Alexander, cuando se sorprenda mintiendo. Y no te acerques a las mujeres con ese vestido de indiana. Haces el papel de niña bastante mal, aunque quizá podrías engañar a los hombre… pero solo quizá. Mira, muchacho: cuando te pongas a enhebrar una aguja, no tengas quieto el hilo y acerques la aguja a él; ten quieta la aguja y pínchala con el hilo: asó lo hace una mujer. Los hombres lo hacen al revés.

«Y cuando tires contra una rata o algo, álzate de puntillas y levanta la mano por encima de la cabeza con toda la torpeza de que seas capaz y procura que el proyectil caiga por lo menos a dos metros de distancia de la rata. Has de tirar con el brazo rígido desde el hombro, como si allí hubiera un eje para girarlo… como una muchacha; no desde la muñeca y el codo, con el brazo hacia un lado…, como un chico»

«Y ten en cuenta que, cuando una muchacha quiere coger algo en la falda, separa las rodillas; no las junta como has hecho tú para recoger la barra de plomo. Me he dado cuenta de que eras un chico tan pronto has querido enhebrar la aguja, y entonces he ideado las otras tretas para asegurarme. Ahora, vete a casa de tu día, Sarah Mary Williams George Alexander Peters, y si ten encuentra en algún aprieto, mand aviso a la señora Judith Loftus, que soy yo, y haré lo que pueda por sacarte de él. Sigue la senda del río todo el camino y la próxima vez que ten pongas a andar, lleva zapatos y calcetines. El camino del río es rocoso y ¡vaya pies que tendrás cuando llegues a Goshen

 

 

XIII

EL HONRADO BOTIN DEL «WALTER SCOTT»

Bueno, pues se me paró la respiración y por poco me desmayo. ¡Encerrados en un barco naufragado con semejante pandilla!...

Cuando llegamos cerca de la puerta de la cámara, allí estaba el bote, en efecto. Apenas podía verlo. Sentí un alivio enorme. Un segundo más tarde ya hubiera estado en él; pero, en aquel preciso instante, se abrió la puerta. Uno de los hombres sacó la cabeza, solo a un par de pies de distancia de mí, y me creí perdido. Pero volvió a meter la cabeza adentro y dijo:

––¡Esconde esa maldita linterna, Bill!

Echó un saco de algo en la embarcación, después saltó él dentro y se sentó. Era Packard. Después salió Bill y subió al bote. Packard preguntó en voz baja:

––¿Listo?... ¡Lanza amarras!

Apenas podía sujetarme a las persianas, tan débil me sentía. Pero Bill dijo:

––Espera… ¿le has registrado?

––No. ¿Y tú?

––No. Así pues, aún tiene su parte de dinero.

––Oye… ¿no se imaginará lo que queremos hacer?

––Tal vez no. Pero de todas formas tenemos que recoger ese dinero. Vamos.

Así que salieron del bote y entraron en el camarote.

La puerta se cerró sola, de golpe, por ser aquel el lado hacia el que estaba escorado el vapor, y medio segundo después ya estaba yo en el bote y Jim se metió tras de mí. Saqué la navaja, corté la amarra y nos alejamos.

CuadroBarco

No tocamos un remo ni dijos palabra, ni un susurro, apenas respiramos. La corriente nos arrastró rápidamente, en silencia, por delante de la rueda de paletas, pasando después a lo largo de la popa. Un segundo o dos más tarde estábamos a un trecho del vapor y la oscuridad se tragó todo rastro de él. Estábamos a salvo y lo sabíamos.

Cuando no encontrábamos a menos de media milla rio abajo, vimos aparecer la linterna como una chispa en la puerta del camarote durante un segundo, y comprendimos que los asesinos habían advertido la falta del bote y que se encontraban ahora en el mismo atolladero que Jim Turner.

Luego Jim tomó los remos y salimos en persecución de nuestra perdida balsa. Entonces fue cuando empecé a preocuparme por los hombres; supongo que antes no había tenido tiempo. Me puse a pensar en lo terrible que era, hasta para unos asesinos, el encontrarse en una situación como la suya. Me dije a mí mismo que cualquiera sabía si llegaría yo a ser asesino alguna vez y entonces, ¿acaso me gustaría a mí?

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         … Jim hablaba en voz alta todo el tiempo, mientras yo lo hacía para mi capote. Estaba diciendo que lo primero que haría cuando llegase a un estado libre sería ahorrar dinero y no gastar nunca un centavo y que, cuando hubiera reunido lo suficiente, compraría a su mujer, que era propiedad de una estancia cercana a donde vivía la señorita Watson. Y después trabajarían los dos para comprar a los dos hijos y, si su amo no quería venderlos, buscarían a un abolicionista que los quisiera ir a robar.

         El oír semejantes palabras casi me dejaba helado. Nunca se hbiera atrevido a hablar de aquel modo en su vida de antes. Ya veis cómo cambió tan pronto se consideró poco menos que libre. Era tal como decía el antiguo refrán: «Dadle la mano a un negro y se tomará el codo». Pensé «Aquí tengo el resultado de no haber obrado con reflexión. He aquí un negro, del que puede decirse que yo ayudé a escapar, que ahora se me destapa, sin pelos en la lengua, diciendo que robará a sus hijos, hijos que pertenecen a un hombre al que ni siquiera conozco; un hombre que jamás me ha hecho daño alguno».

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         Vivir en una balsa es lo más estupendo del mundo. Teníamos el cielo encima, todo sembrado de estrellas y solíamos tumbarnos boca arriba, y las mirábamos y discutíamos si habría sido hechas o si habrían aparecido por sí solas. Me parecía que se habría necesitado demasiado tiempo para hacer tantas.

         Jim dijo que las podía haber puesto la luna, del mismo modo que ponen huevos las gallinas. Bueno, eso parecía muy de razñon de modo que no dije nada contra ello, porque he visto a una rana poner casi tantos huevos que, claro, no era imposible. También acostumbrábamos a mirar a las estrellas que caían y verlas bajar como una centella. Jim decía que se habían averiado y que las tiraban fuera del nido.

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         Estaba pensando en su mujer y en sus hijos, allá arriba y se sentía decaído y añorado. Porque nunca había estado lejos de su casa en su vida. Y hasta me parece que quería tanto a su familia como los blancos quieren a la suya. No parece natural, pero creo que es así. Durante la noche, cuando me creía dormido, gemía y se lamentaba con frecuencia, diciendo: «¡Pobrecita Elizabeth!» ¡Pobrecito Johnny! Es muy duro. Supongo que no volveré a veros más… ¡nunca más!». Jim era un negro muy bueno, vaya si lo era.

         No sé cómo me las arreglé para hablar con él de su mujer y sus hijos y, al poco rato, dijo él:

––Lo que ha hecho que me entristeciese tanto esta vez es que oí algo allá en la orilla, algo así como un golpe o un portazo hace un rato, y me acordaba de una vez que traté tan mal a mi pequeña Elizabeth. No tenía más que unos cuatros años y cogió la escarlatina y pasó una temporada bastante mala, pero se curó, y un día andaba por casa y le dije:

––Cierra esa puerta.

«Ella no lo hizo. Se quedó parada, sonriéndome. Me puese furioso y le dije otra vez, muy alto, dije:

«––¿No me has oído? ¡Cierra esa puerta!

«Siguió igual, sonriéndome. Yo estaba furioso. Dije:

«––¡Apuesto a que te hago hacer caso!

«Y le solté un cachete en la cabeza que la hizo rodar por el suelo. Después me fui al otro cuarto y estuve fuera cosa de diez minutos. Cuando volví, la puerta aún estaba abierta, y la criatura estaba de pie, con la mirada baja, lloriqueando y corriéndole las lágrimas por las mejillas.

«¡Lo furioso que me pues! Iba a darle de nuevo, pero en aquel momento (era una de esas puertas que se abre para adentro) vino una ráfaga de aire y la cerró de golpe tras la niña. ¡¡Ca-ta-pán!... Y, Dios Santo, ¡la niña no se movió! Casi se me escapó el aliento de un salto, y me sentí tan… tan… no sé cómo me sentí.

«Salí temblando de pies a cabeza, y di la vuelta y abrí la puerta con mucho cuidado, y asomé la cabeza or detrás de la cría y, de pronto, dije ¡uh! con toda la fuerza de mis pulmones. ¡Ni siquiera se movió!.

«¡Oh, Huck! Rompí a llorar y la cogí en mis brazos, y dije: “¡Pobrecita mía! ¡Que Dios Todopoderoso perdone al pobre Jim, porque él no va a perdonarse a sí mismo mientras viva!. ¡Estaba completamente sorda y muda, Huck! ¡Completamente sorda y muda! Y… ¡yo la había estado tratando así!

 

(Bien, finalmente he tenido que desestimar algunas marcas con las que señalé, según leía, los fragmentos de este libro que merecían incluirse en este apartado. ¡Son tantos los párrafos y frases que se encuentra uno que merecen la pena transcribirse! Por ejemplo, el capítulo que menciona Bolaño en el prólogo… y casi todo el texto de los capítulos en los que, casi al final, se prepara la liberación de Jim… Pero creo que es suficiente porque se me va de las manos. No obstante, voy a acabar con un capítulo íntegro.

Hasta hora he estado “tecleando” lo que hasta aquí se ha leído de la traducción y el libro reseñado en la cabecera. Es lo que hago generalmente y este sitio “Fragmentos de libros” está compuesto de ese modo. Sé que es una pequeña estupidez hacerlo, en vez del copiar/pegar –de los que se encuentren en la red –no siempre posible-  tan recurrido en estos tiempos. Pero, no sé, es como si, al transcribirlos “manualmente” hiciera los textos más “míos” –ya ve usted qué tontería; pero, eso sí, tengo la idea fija de que se puede aprender algo más de los maestros no sólo leyéndolos, sino “escribiéndolos”- Lo que pasa es que lo que viene a continuación es un capítulo completo –uno de esos capítulos que, a mi modo de ver, es uno de los han contribuido a que Huckelberry Finn esté incluido en el Parnaso de la mayoría de las listas de los cien mejores libros de la historia de la Literatura, y eso no parece baladí-. Así que voy a “tostar” enteramente el capítulo XIV obtenido de la web   http://www.biblioteca.org.ar/libros/133645.pdf. Pasa que a mí me gusta más la traducción que he seguido hasta ahora de J.A. de Larrinaga en esta edición de Mondadori y prologada por mi admirado Roberto Bolaño, pero lo constato y me quito un buen trabajo que me deja tiempo para otros menesteres de este sitio, ya que no es poco el que necesita. Además, vanidad, no voy a cambiar ni una coma de lo copiado/pegado para que se aprecie la diferencia…)

 

CAPITULO XIV

ERA SABIO SALOMÓN

Después, cuando nos levantamos, miramos en qué consistía el botín que había robado la banda en el barco naufragado y encontramos botas y mantas y ropa y toda clase de cosas distintas, un montón de libros y un catalejo y tres cajas de cigarros. Ninguno de los dos habíamos sido nunca así de ricos en la vida. Los cigarros eran de primera. Nos pasamos todo el principio de la tarde en el bosque, charlando, y yo leyendo los libros y en general pasándolo bien. Le conté a Jim todo lo ocurrido en el barco y en el trasbordador y dijo que esas cosas eran aventuras, pero que no quería más. Dijo que cuando yo me metí en la cubierta superior y él se volvió a rastras a la balsa y vio que había desaparecido casi se muere, porque pensó que pasara lo que pasara para él ya había acabado todo, pues si no se salvaba se ahogaría, y si se salvaba el que lo viera lo devolvería a casa para cobrar la recompensa y entonces seguro que la señorita Watson lo vendía en el Sur. Bueno, tenía razón; casi siempre tenía razón; tenía una cabeza de lo más razonable para un negro. Le leí a Jim muchas cosas sobre reyes y duques y condes y todo eso, y lo bien que se vestían y lo elegan- tes que se ponían y cómo se llamaban unos a otros «su majestad», «su señoría», «su excelencia» y todo eso, en lugar de «señor», y a Jim se le salían los ojos y estaba muy interesado. Va y dice: ––No sabía que había tantos. Casi nunca había oído hablar de ellos, más que del viejo aquel del rey Sa- lamón, sin contar los reyes de la baraja. ¿Cuánto cobra un rey? ––¿Cobrar? ––digo yo––; pues lo menos mil dólares al mes si quieren; pueden llevarse lo que quieran; todo es suyo.  ––Estupendo, ¿no? Y ¿qué tienen que hacer, Huck?  ––¡No hacen nada! ¡Qué cosas dices! Están ahí y nada más. ––No; ¿de verdad? ––Pues claro que sí. No hacen más que estar ahí, salvo a lo mejor cuando hay guerra; entonces se van a la guerra, o si no van de caza. Sí, con halcones y todo eso... ¡Shhh! ¿no has oído un ruido? Salimos del bosque a mirar, pero no había nada más que el paleteo de la rueda de un buque de vapor a lo lejos, que daba la vuelta a la punta, así que volvimos. ––Si ––dije––, y otras veces, cuando las cosas están aburridas, se meten con el Parlamento, y si no hacen las cosas como quieren ellos, les cortan la cabeza. Pero donde más tiempo pasan es en el harén. ––¿En el qué?  ––En el harén.  ––¿Qué es el harén? ––Donde tienen a sus mujeres. ¿No sabes lo que es el harén? Salomón tenía uno donde había por lo me- nos un millón de mujeres. ––Pues es verdad; me... me se había olvidado. Un harén es una pensión, supongo. Seguro que en el cuar- to de los niños hay mucho jaleo. Y seguro que las mujeres se pelean mucho, de forma que hay más jaleo. Pero dicen que el Salamón era el hombre más sabio que ha vivido. Yo no me lo acabo de creer, porque, ¿para qué iba un tío tan sabio a querer vivir en medio de todo aquel escándalo? No... seguro que no. Un hombre sabio se haría construir una fábrica de calderas y entonces podría apagarlo todo cuando quisiera descansar. ––Bueno, pero en todo caso fue el hombre más sabio del mundo, porque me lo ha dicho la viuda, nada menos.  ––Me da igual lo que haya dicho la viuda; no era tan sabio. Se le ocurrían algunas de las ideas más raras que he oído en mi vida. ¿Sabes lo del niño que quería partir en dos? ––Sí, la viuda me lo contó. ––¡Pues entonces! ¿No te parece la idea más idiota del mundo? No tienes más que pensarlo medio minu- to. Ese tronco de allá, ése es una de las mujeres; ése eres tú, el otro tronco; yo soy Salamón, y ese billete de un dólar es el niño. Los dos lo queréis. ¿Qué hago yo? ¿Voy a buscar entre los vecinos para ver de quién es el billete y dárselo al dueño, como es normal, como haría cualquiera que tuviese la menor idea? No; voy y rompo el billete en dos y te doy una mitad a ti y la otra a la mujer. Eso es lo que iba a hacer el Salamón con el niño. Y lo que yo te digo: ¿De qué vale a naide medio billete? No se puede comprar nada con eso. ¿De qué vale medio niño? Yo no daría nada por un millón de medios niños. ––Pero, dita sea, Jim, es que no entiendes nada... Dita sea, es que no te enteras. ––¿Quién? ¿Yo? Vamos. No me vengas diciendo a mí que no lo entiendo. Creo que entiendo lo que es sentido común y lo que no. Y el hacer una cosa así no tiene sentido. La pelea no era por medio niño; la pe- lea era por un niño entero, y el hombre que crea que puede solucionar una pelea por un niño entero con medio niño es que no sabe lo que es la vida. No me hables a mí del tal Salamón, Huck. Ya he visto yo a muchos así. ––Pero te digo que no lo entiendes. ––¡Dale con que no lo entiendo! Yo entiendo lo que entiendo. Y, entérate, lo que hay que entender de verdad es más complicado; mucho más complicado. Es cómo criaron al Salamón. Piénsalo: un hombre tie-

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ne sólo uno o dos hijos; ¿va ese hombre a andar partiéndoles en dos? No, ni hablar; no se lo puede permitir. Él sabe apreciarlos. Pero un hombre que tiene cinco millones de hijos por toda la casa, ése es diferente. A ése le da igual partir en dos a un niño que a un gato. Quedan muchos más. Un niño o dos más o menos no le importaban nada al Salamón, ¡maldito sea! Nunca he visto un negro así. Se le metía una cosa en la cabeza y ya no había forma de sacársela. Nunca he visto a un negro que le tuviera tanta manía a Salomón. Así que me puse a hablar de otros reyes y dejé en paz a ése. Le hablé de Luis XVI, al que le cortaron la cabeza en Francia hacía mucho tiempo, y de su hijo pequeño, el delfín, que habría sido rey, pero se lo llevaron y lo metieron en la cárcel y algunos dicen que allí se murió. ––Pobrecito. ––Pero otros dicen que se escapó y que vino a América.  ––¡Eso está bien! Pero se sentirá muy solo... Aquí no hay reyes, ¿verdad, Huck? ––No. ––Entonces no puede conseguir trabajo. ¿Qué va a hacer?  ––Bueno, no sé. Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a hablar francés. ––Pero, Huck, ¿es que los franceses no hablan como nosotros? ––No, Jim; tú no entenderías ni una palabra de lo que dicen... ni una sola palabra. ––Bueno, ¡queme cuelguen! ¿Porqué? ––No lo sé, pero es verdad. He visto en un libro algunas de las cosas que dicen. Imagínate que viene un hombre y te dice «parlé vu fransé»; ¿qué pensarías tú? ––No pensaría nada; le partiría la cara; bueno, si no era blanco. A un negro no le dejaría que me llamara eso.  ––Rediez, no te estaría llamando nada. No haría más que preguntarte si sabes hablar francés. ––Bueno, entonces, ¿por qué no lo dice? ––Pero si es lo que está diciendo. Así es como lo dicen los franceses. ––Bueno, pues es una forma ridícula de decirlo y no quiero seguir hablando de eso. No tiene sentido. ––Mira, Jim; ¿hablan los gatos igual que nosotros?  ––No, los gatos no. ––Bueno, ¿y las vacas?  ––No, las vacas tampoco. ––¿Hablan los gatos igual que las vacas o las vacas igual que los gatos? ––No. ––Lo natural y lo normal es que hablen distinto, ¿no?  ––Claro. ––¿Y no es natural ni normal que los gatos y las vacas hablen distinto de nosotros? ––Hombre, pues claro que sí. ––Bueno, entonces, ¿por qué no es natural y normal que un francés hable diferente de nosotros? Contés- tame a ésa.  ––Huck, ¿son los gatos iguales que los hombres? ––No. ––Bueno, entonces, no tiene sentido que los gatos hablen igual que los hombres. ¿Son las vacas iguales que los hombres? ¿O son las vacas iguales que los gatos? ––No, ninguna de las dos cosas. ––Bueno, entonces no tienen por qué hablar como los hombres o los gatos. ¿Son hombres los franceses? ––Sí. ––¡Pues entonces! Dita sea, ¿por qué no hablan igual que los hombres? Contéstame tú a ésa. Vi que no tenía sentido seguir gastando saliva: a los negros no se les puede enseñar a discutir. Así que lo dejé.

 


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