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CabezaManiqui800

Maniquí. Madrid Rio. Madrid.   (Img.: LCJ)

Tres ventanas abiertas confirman que el mar existe. Y si él existe yo estoy sentada al borde de la cama, como cada mañana, bebiendo sorbito a sorbito un café retinto y amargo que hace unos minutos era polvo y ahora es líquido. ¿Cuánto hace que comencé esta ceremonia matinal? Beber café contemplando el mar, como si las olas fueran fragmentos de vida. El agua es una atracción lenta, una serenidad máxima, un espanto curioso que sosiega. Hace infinitos amaneceres que hago lo mismo, atravesar la espuma con la carne hierática mientras el alma me susurra que ella existe, como el mar. Como el mal del desequilibrio. Dentro de mí, igual que en cada sitio de la tierra, se hizo añicos el equilibrio. Nada me aterra y todo declara que el terror abunda. Debe de haber un secreto excepcional que los dioses escondieron bajo quién sabe qué banal forma exterior, obligándonos a creer en ellos y a pensar que somos instrumentos de exquisita utilidad para controlar la eterna búsqueda de una coherencia o perfecta armonía entre lo infinito y lo efímero. Para los dioses ser hombre es un don que regalaron demasiado aprisa. Y el gran misterio, ¿a quién entonces será confiado?

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