RotuloLosfragmentos

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

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  FRAGMENTOS DE LIBROS:  JUSTINE  (1957)

Justine

     (Primer libro del Cuarteto de Alejandría)                  

   Lawrence Durrell (India británica)  

    Editado por: Diario EL PAIS -Clásicos del siglo XX-

  

    Traducción: Aurora Bernárdez

                                   

 

                    

 Fragmentos de libros 

 

   De la Primera parte

95

… «En el meollo mismo de la pasión –escribe- (pasión que para ella era el más vulgar de los dones), había un impedimento, una profunda traba de los sentimientos que empecé a advertir solo muchos meses después. Se alzaba entre nosotros como una sombra, y yo reconocía o creía reconocer en él al verdadero enemigo de la felicidad que anhelábamos compartir y de la que nos sentíamos en cierta manera excluidos. ¿Qué podría ser?

 »Ella me lo dijo una noche que estábamos tendidos en aquella enorme y horrible cama de una pieza de hotel; una pieza desnuda y rectangular, de forma y aire vagamente franco-levantino, con cierto raso de estuco donde había querubines medio podridos y ramos de hoja de viña. Me lo dijo, y me dejó sumido en celos rabiosos que luché por ocultar, celos por completo diferentes de los que había podido sentir antes. Su objeto era un hombre que si vivía aún, ya no existía. Quizá se tratara de eso que los freudianos llaman un recuerdo-pantalla de incidentes acaecidos en su adolescencia. Había sido (y no podía equivocarme sobre la trascendencia de la confesión, DiscoJustineporque iba acompañada de un torrente de lágrimas, y jamás la vi sollozar como entonces, ni antes ni después), había sido violada por uno de sus conocidos. Imposible dejar de sonreír ante la vulgaridad de la idea. No se podía llegar a saber a qué edad le había ocurrido. No obstante –y aquí pensé que había penetrado en el fondo del Impedimento-, desde entonces ella no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena y volviera a representarla. Así, para ella, sus amantes –todos nosotros- éramos tan solo sustitutos mentales de su primer acto infantil, de suerte que el amor, como una especia de masturbación, se coloreaba con todos los tintes del la neurastenia. Justine padecía una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarse del amor que tanto necesitaba, porque sus satisfacciones salían de los rincones crepusculares de una vida que ya no vivía.  Todo esto me interesaba apasionadamente. Pero lo más divertido fue que recibí ese golpe en mi amour propre masculino, tal como si ella me hubiera confesado una infidelidad deliberada. ¡¡Cómo! ¿Cada vez que yacía en mis brazos, solo el recuerdo del otro podía hacerla gozar? Es decir que, en un sentido, yo no podía poseerla, no la había poseído nunca. No era más que un maniquí. Incluso ahora, mientras lo escribo, no puedo dejar de sonreír al recordar la voz ahogada con que le pregunté quien era ese hombre y dónde estaba. (¿Qué pretendía? ¿Desafiarlo a duelo?) El hecho era que estaba ahí, erguido entre Justine y yo, entre Justine y la luz del sol.

» Y sin embargo, tenía la objetividad suficiente para comprobar que el amor se alimenta de celos, porque esa mujer fuera de mi alcance y, sin embargo, en mis brazos se volvía diez veces más deseable, más necesaria…

 

  De la Segunda parte

119

En esa época yo empezaba a darme cuenta de lo mucho que sufría Melissa. Pero jamás brotaba de sus labios una palabra de reproche, jamás mencionaba siquiera a Justine. Su tez se había vuelto opaca, mortecina; hasta su carne… Paradójicamente, aunque en ese momento no podía hacer el amor con ella sin esforzarme, me sentía al mismo tiempo más enamorado que nunca. Me atenazaban sentimiento encontrado, un complejo de frustración que jamás había experimentado antes; en ocasiones me ponía furioso con ella.

Justine, que padecía la misma confusión entre sus ideas e intenciones, reaccionaba de manera muy diferente cuando decía:

- Me pregunto quién inventó el corazón humano. Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.

¿Qué se puede decir de la Cábala misma? Alejandría es una ciudad de sectas y evangelios, y por cada asceta ha producido siempre un libertino religioso –Carpócrates, Antonio-, dispuesto a sumirse en lo sensual con tanta hondura y verdad como cualquiera de los padres del desierto en lo espiritual…

 

126

… Grito: «¡Melissa!», pero los monstruosos resoplidos de la locomotora tapan cualquier otro sonido. Se va inclinando, curvando, deslizando, rápida como un cambio de decorado, la estación baraja sus anuncios uno tras otro, amontonándolos en la oscuridad. Me quedo como un náufrago en un iceberg. A mi lado, un sij se echa a la espalda el rifle en cuyo cañón hay una rosa. La sombría silueta resbala a lo largo de los rieles de acero, entra en las tinieblas; un último vaivén, y el tres resbala por el túnel, como si fuera un líquido.

MoharremBeyMe paso la noche andando por Moharrem-Bey, mirando la luna que se nubla, devorado por una ansiedad inexpresable.

Detrás de las nubes, una luz intensa; a las cuatro de la madrugada, una fina llovizna deja caer sus agujas. En el jardín del Consulado las poinsettias se yerguen con gotas de plata en sus estambres. Ningún pájaro canta al alba. Una brisa agita el cuello de las palmeras con un ruido seco y apagado. Maravillosa calma de la lluvia sobre el Mareotis.

Las cinco de la mañana. Me paseo por su cuarto, estudiando los objetos inanimados con una intensa concentración. Cajas de polvos vacías. Depilatorios de Sardis. Olor de raso y cuero. La horrible premonición de un escándalo…

Escribo estas frases en circunstancias muy diferentes, y muchos meses después de esa noche; estoy aquí, bajo este olivo, en el charco de luz que arroja una lámpara de petróleo. Escribo y vuelvo a escribir esa noche que se ha ubicado en el inmenso acopio de recuerdos de la ciudad. En alguna otra parte, en un gran estudio de cortinas leonadas, Justine copia en su Diario los terribles aforismos de Heráclito. El cuaderno está ahora en mis manos. Leo en una página «Cuesta mucho luchar contra el deseo del corazón; todo lo que quiere obtener, lo compra al precio del alma». Y más abajo, en el margen: «Los caminantes nocturnos, Magos, Bakchoi, Lenai, y los iniciados…».

 

   129

Afrodita… Comprendí en ese momento la verdad del amor: un absoluto que lo toma o lo pierde todo. Los sentimientos restantes, compasión, ternura, solo existen en la periferia y pertenecen a las estructuras de la sociedad y la costumbre. Pero ella, la austera e implacable Afrodita, es pagana. No se apodera de nuestra mente o nuestros instintos, sino de nuestros huesos hasta el tuétano. Me aterró pensar que el viejo, en ese momento de su vida, había sido incapaz de suscitar un instante de ternura a través del recuerdo de todo lo que había podido decir o hacer; ternura de la más dulce y bondadosa de las mujeres.

Ser olvidado así era morir como un perro…

 

141

… Lo más extraño de todo: debo esta liberación a Pursewarden, la última persona a quien se me hubiera ocurrido considerar como un posible benefactor. Aquel postrer encuentro, por ejemplo, en el horrible y lujoso cuarto de hotel donde se instalaba cada vez que Pombal volvía de sus vacaciones… No comprendí que el olor rancio y espeso de la habitación era el de su inminente suicidio. ¿Cómo hubiera podido darme cuenta? Sabía que era desdichado; incluso de no haberlo sido, se habría sentido obligado a simular la infelicidad. En nuestros días todos los artistas están forzados a cultivar una pequeña infelicidad a la moda. Y, siendo anglosajón, tendía a cierta lástima quejumbrosa de sí mismo, a una debilidad que lo impulsaba a beber más de la cuenta. Aquella noche se mostró salvaje, tonto e ingenioso alternativamente; JustineBoockescuchándolo, recuerdo que me dije: «He aquí alguien que al cultivar su talento ha descuidado su sensibilidad, no por accidente sino a propósito, sabedor de que su auténtica expresión lo habría llevado a chocar con el mundo, o que su soledad habría puesto en peligro su razón. No podía soportar que no se le admitiera en vida en los salones de la fama y la consideración. Por debajo, se veía implacablemente obligado a contemporizar con una conciencia casi insoportable de poltronería mental. Y ahora su carrera ha llegado a una etapa interesante: las mujeres hermosas, que su timidez de provinciano había considerado siempre fuera de su alcance, están encantadas de mostrarse en su compañía. En su presencia adoptan un aire de musas un poco locas, enfermas de estreñimiento. En público, se consideran halagadass si él retiene una mano enguantada entre las suyas, un segundo más de lo que las conveniencias permiten. Al principio todo esto debe de haber sido como un bálsamo para la vanidad de un solitario, pero al final solo contribuye a aumentar su sentimiento de inseguridad. Su libertad, lograda mediante un modesto éxito financiero, ha empezado a fatigarlo. Día a día aumenta su deseo de una verdadera grandeza, mientras las letras de su nombre crecen a la par como en un vulgar cartel callejero. Se ha dado cuenta de que la gente se pasea por las calles en compañía de un Reputación y no de un nombre. No lo ven tal cual es… y sin embargo toda su obra tenía por objeto atraer la atención sobre esa figura dolorosa y solitaria que él imaginaba ser. Su nombre lo ha cubierto como un lápida. Y aquél el terrible pensamiento: ¿No será que ya no hay nadie a quien ver? ¿Quién es él, después de todo?».

No me siento demasiado orgulloso de estas reflexiones, pues traicionan la envidia del fracasado por los que triunfan; solo que a veces el despecho es tan lúcido como la caridad…

 

De la Tercera parte

192

… A través de las cejas fruncidas y del ojo de vidrio que se revolvía excitado, entreví de pronto la imagen de Nessim en una súbita intuición, Nessim sentado ante su gran escritorio en la fría oficina de muebles de acero, mirando un teléfono que sonaba, la frente cubierta de gotas de sudor. Esperaba un mensaje referente a Justine… una nueva puñalada. Scobie meneó la cabeza.

- No es tanto él –dijo-. Desde luego también está complicado, pero el jefe es un tal Balthazar. Mire lo que encontrado la censura.

Sacó un ficha de una de las cajas verdes y me la alcanzó. Balthazar tiene una letra bellísima, y la tarjeta era evidentemente suya, pero no pude dejar de sonreír y ver que al dorso figuraba tan solo el pequeño diagrama del bustrofedón en forma de tablero de ajedrez. En las casillas había caracteres griegos.

bustrofedon- El maldito está tan seguro que envía sus mensajes por correo –dijo Scobie.

Estudié el diagrama, tratando de recordar lo poco que había aprendido de la escritura secreta.

- Es un sistema basado en la enésima potencia. Imposible leerlo –dijo Scobie en un susurro-. Se reúnen regularmente para intercambiar sus informaciones. Lo sabemos con toda certeza.

Mientras sostenía delicadamente la tarjeta entre los dedos, me pareció que escuchaba la voz de Balthazar diciendo: «La misión del pensador es sugerir; la del santo, callar su descubrimiento».

Scobie se había reclinado en su asiento con evidente satisfacción. Se pavoneaba como un palomo con el buche hinchado. Quitándose el turbante, lo examinó con una superioridad complaciente, y lo puso sobre la cubretetera. Luego se rascó el cráneo hendido, con los dedos huesudos.

- Imposible descifrar el código –dijo-. Tenemos docenas de tarjetas como ésas –agregó, mostrándome un fichero lleno de copias fotostáticas-. Todos los especialistas en códigos secretos se han estrellado contra ellas, incluso los especialistas de la universidad. No hay nada que hacer, viejo.

Sus palabras no me sorprendían. Deposité la tarjeta entre las copias fotostáticas, y lo miré.

- Aquí es donde usted interviene –me dijo con una mueca-, siempre que esté de acuerdo. Queremos que descifre el código, aunque le lleve años. Huelga decir que la recompensa será más que generosa. ¿Qué le parece?

¿Qué podría parecerme? La idea era demasiado deliciosa para dejarla pasar…

 

JustineGriego… Salimos juntos, y un automóvil de la policía nos llevó hacia el mar. Los restantes detalles de mi empleo podían discutirse frente a la botellita de coñac que esperaba oculta en el aparador, junto a la cama de Scobie.

Decidimos bajar del automóvil en la Corniche, y seguir a pie el resto del trayecto bajo una luna agresiva y brillante, observando cómo la ciudad vieja se disolvía y volvía a armarse en los jeroglíficos de la niebla, aplastada por la inercia del desierto que la rodeaba, del verde delta aluvial (aluvional en la traducción) impregnaba sus huesos y creaba su escala de valores. Scobie charlaba como una cotorra. Me acuerdo que lamentaba haber quedado huérfano a una edad tan temprana. Sus padres habían muerto en circunstancias dramáticas, que le daban gran motivo de reflexión.

- Mi padre fue uno de los promotores del automovilismo, viejo. Las primeras competiciones en carretera, a un máximo de veinte millas por hora… imagínese el resto. Tenía un landó, me parece verlo sentado al volante, con sus grandes bigotes. El coronel Scobie, comandante del regimiento de lanceros. Mi madre iba a su lado, viejo. No lo abandonaba nunca, ni siquiera en las carreras. Le servía de mecánico. Los periódicos los fotografiaban siempre a la salida, envueltos en velos como los colmeneros. Solo Dios sabe por qué los primeros automovilistas usaban siempre esos velos; el polvo, supongo.

Pero los velos habían sido su perdición. Al tomar una curva en la tradicional carrera Londres-Brighton, el velo de su padre se había soltado, enredándose en el eje delantero del automóvil y arrastrándolo consigo hasta arrojarlo por tierra, mientras su compañera se estrellaba de frente contra un árbol.

- El único consuelo es pensar que ése era el modo de terminar que hubiera preferido. Llevaban un cuarto de milla de ventaja.

Siempre me han encantado las muertes ridículas y me costaba una enormidad contener la risa mientras Scobie me describía esa desgracia haciendo girar prodigiosamente su ojo de vidrio…

Koyakteto

206

… Me describía el pequeño sanatorio donde estaba internada con vivacidad y sentido del humor, y hablaba de los médicos y los demás pacientes como si tuviera pasando sus vacaciones en un hotel. Por las cartas se hubiera dicho que había crecido, que se había transformado en otra mujer. Yo le contestaba lo mejor que podía pero me era difícil disimular la negligencia y la confusión que reinaban en mi vida; me resultaba igualmente imposible aludir a la obsesión que era para mí Justine: nos movíamos en un mundo distinto de flores, libros o ideas, un mundo completamente ajeno a Melissa. Las circunstancias, no la falta de sensibilidad, le habían cerrado las puertas de acceso a ese mundo. «La pobreza excluye –decía Justine- y la riqueza aísla». Pero ella había logrado entrar en ambos mundo, el de la privación y el de la abundancia; por eso tenía la posibilidad de vivir con naturalidad.

JustineEnArabeAllí por lo menos, en el oasis, teníamos la ilusión de un felicidad que la vida de la ciudad nos negaba. Nos levantábamos temprano y trabajábamos en la capilla hasta que comenzaba el calor; entonces Nessim se retiraba al pequeño observatorio para ocuparse de sus negocios mientras Justine y yo nos dirigíamos a través de aquellas dunas como de plumas en dirección al mar donde pasábamos largo rato nadando y conversando. A una milla aproximadamente del oasis, la fuerza de las olas había levantado un circo de arena que rodeaba una laguna poco profunda, y a un costado, apoyada en el pecho de la duma, una choza de cañas, cubierta de hojas, ofrecía al bañista sombra y lugar para cambiarse. Pasábamos allí la mayor parte del día. Recuerdo que acabábamos de enterarnos de la muerte de Purserwarden y hablábamos de él con ardor y espanto, como si por primera vez intentáramos seriamente valorar un personaje cuyas características habían encubierto su verdadera naturaleza. Se hubiera dicho que al morir había abandonado su personaje terreno para asumir en cierto modo las grandiosas proporciones de su obra, que adquiría más relieve a meda que se iba desvaneciendo el recuerdo del hombre. La muerte proporcionaba un nuevo criterio y daba una nueva estatura intelectual al hombre brillante, ineficaz y a menudo tedioso con quien nos habíamos enfrentado. En adelante solo podríamos verlo a través del espejo deformante de la anécdota o del prisma polvoriento del recuerdo. Tiempo después oí preguntar si Pursewarden era alto o bajo, si usaba o no bigote, y esos simples recuerdos eran los más difíciles de recobrar, los más inseguros. Entre quienes le habían conocido bien, unos aseguraban que tenía los ojos verdes, otros que los tenía castaños… Era pasmoso ver con qué rapidez la imagen se disolvía en la figura mítica que él mismo se había forjado en su trilogía Dios es un humorista.

Durante aquellos días de sol cegador (enceguecedor en la traducción) hablábamos de él ansiosamente como si quisiéramos apresar y fijar el recuerdo del hombre antes de que se lo tragara el mito…

Museion

215

Al recordarlo, alzó sus largos dedos hasta posarlos en sus mejillas, como si quisiera modificar la expresión de su rostro.

En la habitación contigua se hablaba amablemente de la política mundial y de la situación en Alemania. Nessim se había instalado con gracia en la silla de Podre. Pombal se tragaba los bostezos, que volvían a salir desagradablemente convertidos en eructos. Mi pensamiento estaba todavía colmado por el recuerdo de Melissa. Aquella misma tarde le había enviado algún dinero, y me reconfortaba la idea de que podría comprarse algunas ropas elegantes, o gastarlo de la manera más absurda.

- El dinero –decía Pombal en tono travieso a una señora de cierta edad extraordinariamente parecida a un camello afligido-. Si, hay que asegurarse una fuente de ingresos, porque solo con dinero puede hacerse dinero. Siin duda madame conoce el proverbio árabe que dice: «Con la riqueza se puede comprar riqueza, pero la pobreza alcanza apenas para comprar el beso del leproso».

- Tenemos que irnos –dijo Justine.

Clavando la mirada en sus cálidos ojos negros, sentí al despedirme que ella adivinaba hasta qué punto el recuerdo de Melissa se había posesionado de mí; su apretón de manos me transmitió su simpatía y su consuelo…

 

218

… Las inscripciones de los mármoles de Museion murmuraban como labios, a medida que avanzaba entre ellas. Balthazar y Justine estaban allí, esperándolo. Había ido a su encuentro, deslumbrado por el claro de la luna y las sombras que caían como chorros de las columnatas. Oía sus voces y pensaba, mientras emitía el suave silbido que Justine no dejaría de reconocer: «Hay una especie de vulgaridad mental en vivir convencido de los primeros principios, como lo está Balthazar». Oyó la voz del viejo que decía: «Y la moralidad no es nada cuando se limita a ser un forma de la buena conducta».

Avanzó lentamente bajo las arcadas, acercándose a ellos. Las losas de mármol estaban rayadas de luna y de sobra como un cebra. Justine y Balthazar se habían sentado sobre la tapa de un sarcófago de mármol, mientras allá, en las tinieblas inexorables de un patio exterior. Pursewarden iba y venía por el césped elástico silbado una frase GoldenGrasshopperde Donizetti. Las cigarras de oro en las orejas de Justine la transformaron de pronto en la proyección de uno de sus sueños, y Nessim los vio a ambos envuelto vagamente en túnicas de profundos pliegues esculpidos por la luz de la luna. Con una voz torturada por la paradoja que duerme en el corazón de todas las religiones, Balthazar estaba diciendo: «En un sentido, claro está, hasta la prédica del  Evangelio es un mal. He ahí uno de los absurdos de la lógica humana. Por lo menos puede afirmarse que no es el Evangelio sino la prédica lo que nos pone en contacto con las potencias de las tinieblas. Y por eso la Cábala vale tanto para nosotros, pues lo único que propone es una ciencia de la Atención Justa»…

 

223

… Y recordó vívidamente como Justine, después de hacer el amor, se sentaba en la cama con las piernas cruzadas y empezaba a echar las cartas del tarot, que siempre a mano en el anaquel de libros, como si quisiera calcular la buena suerte que aún les quedaba después de la última zambullida en el helado río subterráneo de la pasión que ella no podía dominar ni saciar. («Los espíritus desmembrados por el sexo –había dicho una vez Balthazar- no alcanzar la paz hasta que la vejez y la impotencia los persuaden de que el silencio y la tranquilidad no tienen nada de hostiles».)

Toda la discordancia de sus vidas, ¿daba la medida de la ansiedad que habían heredado de la ciudad o de la época? «¡Oh, Dios mío! –estuvo a punto de exclamar-. ¿Por qué no abandonamos esta ciudad, Justine, y buscamos una atmósfera menos impregnada de desarraigo y de fracaso?» Las palabras del viejo poeta acudieron a su espíritu, sofocadas como por el pedal de un piano, para hervir y resonar en torno a la frágil esperanza que su pensamiento había arrancado de un oscuro sueño.

 

GlobosEnLaPlayaNo hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo,

pues la ciudad te seguirá. En las mismas calles

te enredarás interminablemente,

los mismos suburbios del espíritu

irán pasando  de la juventud a la vejez,

y en la misma casa acabarás lleno de canas...

La ciudad es una jaula.

Ningún puerto te espera mejor que éste,

ningún barco habrá de llevarte…

¡Ah! ¿No comprendes

que al arruinar tu vida entera

en este sitio, la has malogrado

en cualquier parte del mundo?

 

… Al mismo tiempo, claro está, reconoció que el sufrimiento, como cualquier enfermedad, era una forma aguda de la presunción, y las enseñanzas de la Cábala se sumaron como un viento de popa para henchir el desprecio que sentía por sí mismo. Como los ecos distantes de la memoria de la ciudad, podía oír la voz de Plotino que no hablaba de una fuga de las intolerables contingencias temporales, sino de un avance hacia una nueva luz, una ciudad de la Luz. «Pero es viaje no lo harán los pies. Mira en ti mismo, retírate en ti mismo y mira,» Ése era el único acto del que ahora se sabía absolutamente incapaz.

Me asombra, al redactar estos pasajes, que toda esa transformación interior fuese apenas visible en la zona superficial de la vida, incluso para aquellos que lo conocían íntimamente. No había ningún punto de apoyo, apenas un sensación de algo hueco, como una melodía muy conocida tocada por instrumentos que desafinan ligeramente…

 

243

… Me puse a reflexionar, siguiendo la férrea cadena de besos forjada por Justine, retrocediendo en mi recuerdo, paso a paso, como un marinero que baja por la cadena del ancla hasta alcanzar las más negras profundidades en la memoria de un gran puerto de aguas estancadas.

 

Entre muchos fracasos, cada cual escoge aquel que menos compromete su orgullo. Los más tenían que ver con el arte, la religión y las gentes. Había fracasado en el arte (se me ocurrió en ese mismo momento) porque no creía en la discontinuidad de la personalidad humana. (Pursewarden anota: «Una persona, ¿es continuamente ella mismo, o lo es una y otra vez de una manera consecutiva, a una velocidad tal que produce la ilusión de un estructura continua, como el parpadeo de las viejas películas mudas?». No creía bastante en la autenticidad de la gente, y por lo tanto no podía retratarla con éxito. ¿Y la religión? No me interesaba ninguna religión en la que hubiera Justine Posterla más mínima huella propiciatoria ¿y en cuál no la había? Mal que le pesara a Balthazar, me parecía que en el mejor de los casos las iglesias y las sectas eran escuelas donde se aprendía a luchar contra el miedo. Pero el último, el peor fracaso (hundí la boca en el negro y viviente cabello de Justine) era el fracaso con la gente, nacido de un desasimiento espiritual cada vez mayor que si bien me dejaba en libertad para simpatizar, me vedaba la posesión. De una manera tan progresiva como inexplicable mi capacidad de amar disminuía mientras aumentaba en proporción contraria mi abnegación, mi capacidad de entrega que es la mejor parte del amor. Comprendí horrorizado que en eso se basaba el dominio que ejercía ahora sobre Justine. Como mujer, naturalmente deseosa de posesión, estaba condenada a perseguir y tratar de apoderarse de esa parte de mí mismo que estaría por siempre fuera de su alcance, el último y penoso refugio que eran para mí la risa y la mistad. Esa especie de amor la desesperaba porque yo no dependía de ella; y la necesidad de poseer, si no es satisfecha, transforma en poseído al propio espíritu. ¡Qué difícil resulta analizar estas relaciones que se ocultan bajo la piel de nuestras acciones! Porque amar es un mero lenguaje epidérmico, y el sexo no es más que terminología.

Y para definir mejor esa triste vinculación que tanto dolor me había causado, vi que el dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo, y todo lo que me había legado era una fuente de continua salud, un desasimiento pródigo en vida. Yo era como una batería de pilas secas…

 

263

… Hablamos todavía un rato de cosas sin importancia, hasta que de pronto Capodistria empieza a criticar el tercer volumen de la obra de Pursewarden, que acaba de aparecer en las librerías.

- Lo que más me asombra –dice- es que presenta una serie de problemas espirituales como si fueran la cosa más corriente, y los ilustra por medio de personajes. He estado reflexionando sobre Parr, el personaje sensualista. ¡Cómo se me parece! Su panegírico de la vida voluptuosa es extraordinario, como en ese pasaje donde dice que la gente solo ven en nosotros al mujeriego despreciable que rige nuestros actos, pero ignora la sed de belleza que corre por debajo. El sentirse como fulminado por un rostros que quisiéramos devorar rasgo por rasgo. Ni siquiera hacer el amor con el cuerpo que prolonga hacia abajo ese rostro nos da algún respiro o descanso. ¿Qué se puede hacer con seres como nosotros?

Suspira, y bruscamente se pone a hablar de la Alejandría de otros tiempos. Se refiere ahora en tono de resignación y bondad a esos lejanos días en los que se ve a sí mismo viviendo con la serenidad y la soltura de un joven.

- Nunca conocí íntimamente a mi padre. Su espíritu era mordaz, pero quizá esa ironía disimulaba las heridas de su alma. Cuando se es capaz de decir cosas tan agudas que fuerzan la atención y el recuerdo ajenos, no se es un hombre vulgar. Una vez, hablando de matrimonio, dijo: «Con la institución del matrimonio se ha legitimizado la desesperanza». Y esto: «Cada beso es la conquista de una repulsión». Su concepción de la vida me parecía muy coherente, pero después se volvió loco y todo lo que queda de él son unas pocas anécdotas, algunas palabras. Ojalá yo pudiera dejar tanto como él…

 

265

Cada uno de nosotros dispone de una barca y un auxiliar para cargar las armas.

- Faraj ira con usted –me dice Messim-. Es el más experimentado y digno de confianza de todos.

Le doy las gracias, y miro ese rostro bárbaro y negro debajo del turbante sucio, un rostro serio, inexpresivo. Faraj toma mis escopetas y mi equipo y se dirige en
Orionsilencio hacia la barca negra. Despidiéndome con un susurro, me embarco a mi vez. Faraj da un golpe de remo para entrar en el canal, y súbitamente penetramos en el corazón de un diamante negro. El agua está cuajada de estrellas, Orión muy baja, Capella emitiendo regueros de chispas. Durante largo rato nos deslizamos sobre ese diamantino tapiz de estrellas en el más absoluto silencio, roto tan solo por la succión del lodo en la pértiga. Viramos luego bruscamente para entrar en un canal más ancho, una franja de pequeñas olas viene a chapotear en nuestra proa, y las ráfagas de viento traen gusto de sal del mar invisible.

En el aire hay ya una sospecha de alborada mientras surcamos la oscuridad de este mundo perdido. Al acercarnas a un paraje más abierto se ve el imperceptible dibujo de las islas como una barba de juncos y cañas brotando del agua. Y ya nos llega de todas partes a la vez la múltiple algarabía de los patos y el agudo chillido de las gaviotas que vuelan hacia el mar. Faraj gruñe y orienta la barca hacia la isla más próxima…

… El sol está ya bastante alto, y las nieblas nocturnas se han disipado por completo. Dentro de una hora mis pesadas ropas me harán sudar. Los rayos solares brillan sobre las aguas del lago, donde las aves siguen huyendo. Las barcas estarán ya repletas de los cadáveres mojados de las víctimas, la sangre correrá por los picos rotos y manchará las tablas, las maravillosas plumas marchitadas por la muerte.

Aprovecho lo mejor posible las municiones que me quedan, pero a las ocho y cuarto he disparado ya el último cartucho. Faraj sigue entregado a su labor, buscando afanosamente, con la obstinación de un perro de caza, los pájaros que puedan haber quedado metidos entre los juncos. Enciendo un cigarrillo, y por primera vez me siento libre de la sombra de presagios y premoniciones; libre de respirar, de pensar por mí mismo una vez más. Es extraordinario cómo la perspectiva de la muerte se cierra sobre el libre ejercicio de la inteligencia como un cortina de acero, separándola del futuro, que solo se alimenta de esperanzas y deseos. Toco mi barba naciente, y pienso con nostalgia en un baño caliente y un buen desayuno…

Alejandria

De la Cuarta parte

 

283

… Ciertas habitaciones donde hice el amor, ciertas mesas de café donde la presión de unos dedos en mi muñeca me dejaban hechizado, sintiendo a través de las calles recalentadas los ritmos de Alejandría que penetraban en los cuerpos, como besos hambrientos, como palabras tiernas murmuradas por voces que el deslumbramiento enronquecía. Para aquel que estudia el amor, esas separaciones son una escuela, amarga pero necesaria para la propia madurez. Ayudan a despojarse mentalmente de todo, salvo del ávido deseo de vivir más.

El panorama que nos rodea empieza también a sufir una sutil transformación, pues hay otros que también se despiden. Nessim se va de vacaciones a Kenia. Pombal ha logrado por fin la cruz y un puesto en la cancillería de roma, donde no dudo de que será más feliz. Todo ello es pretexto para una serie de fiestas de despedida, pero en ellas se siente pesar la ausencia de la única persona cuyo nombre ya nadie menciona: Justine. También está claro que una guerra mundial se nos acerca arrastrándose a través de los pasillos de la historia, duplicando nuestros afectos recíprocos y nuestro amor a la vida. El olor nauseabundo y dulzón de la sangre esta suspendido en el aire que empieza a oscurecerse, ya contribuye a aumentar la excitación, el cariño y la frivolidad. Esa nota había faltado hasta ahora..

En la gran casa, cuya fealdad he llegado a detestar, los candelabros iluminan las reuniones…

 

294

… Me hubiera gustado deslizar el anillo de Cohen en su dedo, pero la habían amortajado y tenía los brazos bien sujetos a los lados. En este clima los cadáveres se descomponen con tal rapidez que es preciso arrojarlos casi sin ceremonias a la tumba. Dos veces murmuré su nombre, acercando los labios a su oreja. Después encendí un cigarrillo y me senté en un silla junto a ella, para estudiar largamente su cara, comparándola con todas las otras caras de Melissa que colmaban mi memoria y habían fijado allí su identidad definitiva. Pero su cara de ahora no se parecía a ninguna de aquéllas, y sin embargo las coronaba, las concluía. Esa carita blanca era el último término de una serie. Más allá solo había una puerta cerrada.

En momento así uno se desespera buscando un gesto que pueda estar a la altura de ese terrible reposo marmóreo de la voluntad que se lee en el rostro de los muertos. Pero en la valija de trastos de las emociones humanas no hay nada que sirva. «Terribles son los cuatro rostros del amor», escribió Arnauti en alguna parte. Mentalmente prometí a la figura yacente en la cama que me quedaría con la niña si Nessim estaba dispuesto a separarse de ella, y luego de cerrar ese pacto silencioso besé su alta y pálida frente y la abandoné a los cuidados de quienes la prepararían para la tumba. Me alegró salir de la habitación, romper un silencio tan deliberado e intimidante. Supongo que los escritores somos crueles. Los muertos no se preocupan de eso. Pero los vivos podrían salvarse si pudiéramos arrancar el mensaje enterrado en el corazón de toda experiencia humana.

(«En otros tiempos los navíos faltos de lastre cargaban tortugas y las embarcaban vivas, metidas en barriles. Las que sobrevivían al terrible viaje eran vendidas a los niños para que jugaran con ellas. Los cuerpos putrefactos de las otras iban a parar a las aguas del muelle. No eran tortugas las que faltaban entonces.»)

 300

Prokeitai »Los amantes no está nunca bien aparejados, ¿no te parece? Siempre hay uno que proyecta su sombra sobre el otro, impidiendo su crecimiento, de manera que aquel que queda en la sombra está siempre atormentado por el deseo de escapar, de sentirse libre para crecer. ¿No te parece que éste es el único lado trágico del amor?...

 

302

Las cigarras chirrían en los grandes plátanos, y el Mediterráneo se extiende ante mí en todo el esplendor estival de su azul magnético. En alguna parte, más allá del tembloroso horizonte malva está África, Alejandría todavía presente, todavía dueña de mis afectos por obra de los recuerdos que poco a poco se van fundiendo en el olvido; recuerdos de amigos, de cosas acaecidas hace mucho tiempo. La lenta irrealidad del tiempo empieza a arrebatarlos, borrando sus contornos, y a veces llego a preguntarme si estas páginas relatan las acciones de hombres y mujeres de carne y hueso, o si son tan solo la historia de unos pocos objetos inanimados que precipitaron el drama a su alrededor: un parche negro, una lleve de reloj y un par de alianzas sin dueño.

Pronto será de noche y el cielo transparente se cubrirá de un denso polvo de estrellas estivales. Estaré aquí, como siempre, fumando junto al agua. He decidido no contestar la última carta de Clea. No quiero seguir forzando a nadie, no quiero hacer promesas, pensar la vida en términos de pactos, resoluciones, compromisos. Clea interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quién debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea? 

 

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