RotuloLosfragmentos

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS.  MIEDO Y ASCO EN LAS VEGAS  (1971)                  

   Fear and Loathing in Las VegasMiedoYAscoEnLasVegas

    

     Hunter Stockton Thompson      (EEUU)  

        Editorial     :   ANAGRAMA - Biblioteca Anagrama. 

       Traducción:   J.M. Álvarez y Ángela Pérez

 

 

 Fragmentos de libros

 

DE LA PRIMERA PARTE

 

Del Capítulo 3.

¿Cuántas veces se presenta una oportunidad así? Joder a los cabrones hasta el fondo del bazo. Los elefantes viejos van tambaleándose hasta las colinas a morir; los norteamericanos viejos salen a la autopista y se lanzan en busca de la muerte en coches inmensos.

Pero nuestro viaje era distinto. Era una afirmación clásica de todo lo justo y verdadero y decente del carácter nacional. Era un tosco y físico saludo a las fantásticas posibilidades de vida que hay en este país: pero sólo para los que son valientes de veras. Y a nosotros nos sobraba valor.

Mi abogado comprendía esta idea, pese a su inferioridad racial, pero nuestro autostopista no era individuo fácil de conectar. Él decía que entendía, pero, por su mirada, me daba cuenta de que no. Me mentía. El coche se desvió bruscamente de la carretera y paramos derrapando sobre la grava. Me vi lanzado contra la guantera. Mi abogado se había tumbado encima del volante.

-¿Qué pasa? -grité-. No podemos parar aquí. ¡Es zona de vampiros!

- Es el corazón -gruño él-. ¿Dónde está la medicina?

MaletaDrogas- Ah -dije yo-, la medicina, sí. Aquí. Hurgué en la bolsa-maletín buscando los amyls. El chaval parecía petrificado.

 - No hay que preocuparse -dije-. Es que anda mal del corazón… angina de pecho. Pero tenemos con qué curarle. Aquí están.

Saqué cuatro amyls de la cajita metálica y le pasé dos a mi abogado. Hizo estallar uno inmediatamente debajo de la nariz y yo hice otro tanto. Inspiró profundamente y se derrumbó en el asiento, mirando fijamente al sol. Sube esa maldita música -aulló-. ¡Tengo el corazón como un cocodrilo!

- ¡Volumen! ¡Claridad! ¡Contrabajo! ¡Tiene que haber un contrabajo! -agitó los brazos desnudos hacia el cielo-. ¿Pero qué demonios nos pasa? ¡Parecemos ancianitas!

Puse la radio y el magnetófono atronando al máximo.

-Oye, pedazo de cabrón -dije-. ¡Vigila esa lengua! ¡Hablas con un doctor en periodismo!

El se echó a reír descontroladamente.

-¿Qué cojones hacemos nosotros aquí en este desierto? gritó-: ¡Que alguien llame a la policía! ¡Necesitamos ayuda de inmediato!

- No hay que hacer caso a este cerdo -le dije al autostopista-. La medicina le desquicia. En realidad, los dos somos doctores en periodismo, y vamos a Las Vegas a hacer el reportaje más importante de nuestra generación. Luego me eché a reír, a reír, a reír…

Mi abogado se volvió para mirar al autostopista.

- La verdad es -dijo- que vamos a Las Vegas a liquidar a un barón de la heroína que se llama Henry el Salvaje. Le conozco hace años, pero nos la ha jugado… y supongo que sabes lo que eso significa.

Quise cerrarle la boca, pero ninguno de los dos podía controlar la risa. ¿Qué coño hacíamos nosotros allí, en aquel desierto, estando como estábamos los dos enfermos del corazón?

- ¡Henry el Salvaje ha hecho efectivo su cheque! -dijo mi abogado burlonamente al chaval del asiento de atrás.

- Le arrancaremos los pulmones.

- ¡Y nos los comeremos! -solté yo-. ¡Ese cabrón va a pagarlas! ¿Adónde iría a parar este país si un mamón como ése pudiese engañar impunemente a un doctor en periodismo?

No hubo respuesta. Mi abogado abrió otro amyl y el chaval intentó salir del asiento trasero deslizándose por encima de la tapa del maletero.

- Gracias por el viaje -gritó-. Muchísimas gracias. Me caéis muy bien. No os preocupéis por mí.

En cuanto sus pies tocaron el asfalto, echó a correr de vuelta a Baker. Corriendo en medio del desierto sin un árbol a la vista.

- Espera hombre -grité-. Vuelve y toma una cerveza.

Pero, al parecer, no me oía. Teníamos la música muy alta y él se alejaba a velocidad muy respetable.

- Buen viaje -dijo mi abogado-. Qué chaval más raro. Me ponía nervioso. ¿Viste que ojos tenía?

Aún seguía escapándosele la risa…

«SI MATAS EL CUERPO
MORIRÁ LA CABEZA»
 

Ali-Frazier. Campeonato del Mundo de los pesos pesados, 1971La cita aparece en mi cuaderno de notas, no sé por qué motivo. Quizá se relacione con Joe Frazier. ¿Sigue vivo? ¿Puede hablar aún? Yo vi aquella pelea de Seattle… espantosamente volado, unos cuatro asientos pasillo abajo del gobernador. Una experiencia muy dolorosa en todos los sentidos, un final muy adecuado de los años sesenta: Tim Leary prisionero de Elridge Cleaver en Argelia, Bob Dylan recortando cupones en Greenwich Village, los dos Kennedy asesinados por mutantes, Owsley doblando servilletas en Terminal Island y, por último, Cassius-Alí derribado increiblemente de su pedestal por una hamburguesa humana, un hombre al borde de la muerte. Joe Frazier, como Nixon, se había impuesto al fin, por razones que gente como yo nos negábamos a entender… al menos de modo manifiesto…

  

Del Capítulo 5

CUBRIENDO LA NOTICIA… 
VISIÓN DE LA PRENSA EN ACCIÓN
…FEALDAD Y FRACASO

 

Los corredores estaban preparados al amanecer. Un amanecer maravilloso el del desierto. Muy tenso. Pero la carrera no empezaba hasta las nueve, así que tuvimos que matar unas horas largas en el casino junto a las pistas, y ahí fue donde empezaron los problemas.

El bar abría a las siete. Había también una «Cantina de café y donuts» junto a las pistas, pero los que habíamos pasado la noche por ahí en sitios como el Circus-Circus no estábamos para café y donuts. Queríamos bebida fuerte. Estábamos de muy mal humor y éramos doscientos por lo menos. Así que abrieron el bar antes. A las ocho y media había un gran gentío alrededor de las mesas de dados. Aquello hervía de ruido y de gritos beodos.

Un golfo huesudo, talludo ya, de camiseta Harley Davison irrumpió en el bar gritando:

- ¡Cagondiós! ¿Qué día es hoy? ¿Sábado?

- Más bien domingo -contestó alguien.

HarleyDavinson- ¡Ajá! ¡Es cojonudo! -aulló el de la camiseta Harley Davison sin dirigirse a nadie en concreto-. Anoche estaba yo en Long Beach y un tipo me dijo que hoy era la Mint 400, así que le dije a la vieja: «Me voy, tía»…

… «En fin, la cosa es que aquí estoy. ¡Y vaya noche, amigos! ¡Siete horas en ese maldito autobús! Pero cuando desperté amanecía y me vi aquí, en el centro de Las Vegas y estuve un rato sin saber qué coño hacía aquí yo. Lo único que se me ocurrió pensar fue: «Ay Dios mío, otra vez. ¿Quién se divorciará de mí ahora?»…

…  Aparté la vista. Era demasiado horrible. Después de todo éramos la crema misma de la prensa deportiva nacional. Y estábamos allí reunidos en Las Vegas para una misión muy especial: informar sobre la cuarta «Mint 400» anual… y, en cosas como ésta, uno no hace el tonto.

Pero había ya indicios (antes de iniciarse el espectáculo) de que quizás estuviéramos perdiendo el control del asunto. Nos encontrábamos allí en aquella magnífica mañana de Nevada, aquel amanecer fresco y luminoso del desierto, apretujados en la mugrienta barra de un fortín y casino de juego llamado «Club Tiro Mint» a unos dieciséis kilómetros de Las Vegas… y con la carrera a punto de empezar, estábamos peligrosamente desorganizados.

Fuera, los lunáticos jugaban con sus motos, probando los faros, dando los últimos toques de aceite a las horquillas, el ajuste de tuercas del último minuto (tuercas del carburador, tornillos múltiples, etc.) y las primeras diez motos salieron como tiros a la cuenta de nueve. Era la mar de emocionante y salimos fuera a verlo. Bajó la banderola y aquellos diez pobres maricones apretaron a fondo y se metieron zumbando en la primera curva, todos juntos, hasta que alguien cogió la delantera (una Husquavarna 450, me parece), se alzó un grito cuando el corredor roscó a fondo y desapareció en una nube de polvo.

- Bueno, ya está -dijo alguien-. Volverán de aquí a una hora o así. Nosotros, al bar.

Pero aún no. No. Quedaban algo así como unas ciento noventa motos más, esperando salida. Salían de diez en diez, cada dos minutos. Al principio podías verlas hasta unos doscientos metros de la línea de salida, pero esta visibilidad duró muy poco. La tercera tanda desapareció en el polvo a unos cien metros de donde estaban… y cuando habían salido los cien primeros (y quedando aún otros cien por salir), nuestra visibilidad se había reducido a unos quince metros. Sólo veíamos hasta las balas de paja del final de los boxes…

Mint400Más allá de aquel punto, la increíble nube de polvo que iba a colgar sobre esa parte del desierto los dos días siguientes se había hecho ya sólida y firme. Ninguno de nosotros sabía, por entonces, que era la última vez que veríamos la «Fabulosa Mint 400»…

A mediodía, resultaba difícil ver la zona del foso desde el bar/casino, a treinta metros de distancia bajo el sol radiante. La idea de intentar «cubrir la carrera» en cualquier sentido periodístico convencional era absurda: era como intentar seguir un campeonato de natación en una piscina olímpica llena de polvos de talco en vez de agua. La empresa Ford había aparecido, cumpliendo su promesa, con un «Bronco para la prensa» y chófer, pero tras unos cuantos recorridos salvajes por el desierto (buscando motoristas y encontrando alguno de vez en cuando) abandoné el vehículo a los fotógrafos y volví al bar.

Era hora, creía yo, de una Recapitulación ambiciosa de todo el asunto. La carrera estaba celebrándose, sin duda. Yo había presenciado la salida, de eso estaba seguro. Pero, ¿qué hacer ahora? ¿Alquilar un helicóptero? ¿Volver a aquel Bronco apestoso? ¿Vagar por ese maldito desierto y ver pasar a toda pastilla aquellos locos por los puestos de control? Uno cada trece minutos…

A las diez, estaban esparcidos por toda la pista. No era ya una carrera; ahora era una Prueba de Resistencia. La única acción visible estaba en la línea de salida/llegada, donde cada cinco minutos emergía zumbando un tipo de la nube de polvo y saltaba tambaleante de su moto, mientras el equipo técnico se encargaba de ella y la lanzaba otra vez enseguida a la pista con un corredor fresco… para otra vuelta de ochenta kilómetros, otra hora brutal de locura desriñonada allá fuera, en aquel terrible limbo de polvo cegador…

 

Del Capítulo 6

Las Vegas es una sociedad de masturbadores armados/aquí la emoción es el juego/el sexo es un extra/un viaje raro para los ricachos… putas de la casa para los ganadores, pajas para la chusma desafortunada».

Hace mucho tiempo, cuando vivía yo en Big Sur, allí bajando la carretera de Lionell Olay, tenía un amigo que le gustaba ir a Reno a jugar a los dados. Tenía una tienda de artículos deportivos en Carmel. Y un mes cogió su Mercedes y se fue a Reno tres fines de semana seguidos… y ganó mucho las tres veces. En esos tres viajes, debió ganar quince mil dólares, así que decidió saltarse el cuarto fin de semana y llevarse a unos amigos a cenar a Nepenthe. «El ganador tiene que ser tranquilo», explicaba, «además, es un viaje muy largo».

El lunes por la mañana le llamaron por teléfono de Reno: era el director general del casino en el que había jugado.

- Le echamos mucho de menos este fin de semana -dijo el DG-. Los de la mesa de dados se aburrieron.

- Vaya -dijo mi amigo.

DadosRenoY el fin de semana siguiente, voló a Reno en un avión particular, con un amigo y dos chicas: todos «invitados especiales» del DG. Nada es demasiado bueno para los ricachos… Y el lunes por la mañana, el mismo avión (el avión del casino) le llevaba de vuelta al aeropuerto de Monterrey. El piloto le prestó una moneda para llamar a un amigo que le llevase a Carmel. Debía treinta mil dólares, y dos meses después estaba en manos de una de las agencias de cobros de impagados más temibles del mundo.

Así que vendió la tienda; pero no fue bastante. El resto que esperasen, dijo… pero luego tuvo un mal encuentro que le convenció de que quizá fuese mejor pedir el dinero necesario para pagarlo todo.

El juego tradicional es un negocio muy terrible… Y Reno al lado de Las Vegas es el amistoso tendero de la esquina. Las Vegas es la ciudad más siniestra del mundo para un perdedor.

Hasta hace más o menos un año, había un cartel gigante a la entrada de Las Vegas que decía:

¡NO JUEGUE CON LA MARIHUANA!
EN NEVADA, POSESIÓN: VEINTE AÑOS,
VENTA: ¡CADENA PERPETUA!

Así que no me sentía nada tranquilo andando por allí entre los casinos aquel sábado por la noche con el coche lleno de marihuana y la cabeza de ácido. Tuvimos varios momentos de apuro…

… Esta es la ventaja principal del éter: te hace actuar como un borracho de pueblo típico… pérdida total de las funciones motrices básicas: visión nublada, pérdida de equilibrio, lengua acorchada… corte de todas las funciones entre cuerpo y cerebro… lo cual es muy interesante, porque el cerebro sigue funcionando más o menos igual… puedes verte a ti mismo comportándote de ese modo horrible, sin poder controlarlo.

Si te acercas a las puertas giratorias que llevan al interior del Circus-Circus, has de saber que cuando llegas allí tienes que darle dos dólares al tío, porque, de lo contrario, no entras. .. pero cuando llegas, resulta que todo sale al revés: calculas mal la distancia a la puerta giratoria y te vas contra ella, sales lanzado y te agarras a una vieja para no caerte, y un furioso carca te empuja y piensas: ¿Pero qué pasa aquí? ¿Qué ocurre? Luego, te oyes balbucir «Pero qué pasa, hombre, no es culpa mía. ¡Tenga cuidado!… ¿Por qué dinero? Yo me llamo Brinks; nací… ¿nací? Las ovejas por la borda… mujeres y niños al coche blindado… órdenes del capitán Zap».

Ay, endemoniado éter… una droga del todo corporal. La mente se encoge aterrada, incapaz de comunicar con la columna vertebral. Las manos aletean disparatadamente, incapaces de sacar dinero del bolsillo… de la boca brota una risa balbuciente y silbidos… siempre sonriendo.

El éter es la droga perfecta para Las Vegas. En esta ciudad les encantan los borrachos. Son carne fresca. En fin, nos metieron en las puertas giratorias y nos soltaron dentro.

CircusCircusEl Circus-Circus es donde iría la gente maja la noche del sábado si hubiesen ganado la guerra los nazis. Es como el Sexto Reich. La planta principal está llena de mesas de juego, como en todos los casinos… pero este local tiene unas cuatro plantas, al estilo de una carpa de circo, y en este espacio se desarrollan toda clase de extrañas locuras en un híbrido de feria rural y carnaval polaco. Justo encima de las mesas de juego, los Cuarenta Hermanos Voladores Carazito ejecutan un número en el trapecio, con cuatro glotones norteamericanos provistos de bozal y las Seis Hermanas Nymphet de San Diego… así que estás allí abajo en la planta principal jugando a las veintiuna, y la apuesta es alta, y de pronto se te ocurre mirar para arriba y justo encima de tu cabeza hay una chica de catorce años semidesnuda a la que persigue por el aire un gruñente glotón, que se enzarza de pronto en una pelea a muerte con dos polacos pintados de color plata que se lanzan desde puntos opuestos y se encuentran en medio del aire sobre el cuello del glotón… los dos polacos agarran al animal mientras caen a plomo hacia las mesas de dados… saltan fuera de la red; se separan y vuelven a saltar hacia el techo en tres direcciones distintas, y cuando están a punto de caer otra vez, los agarran en el aire tres Gatitos Coreanos y van en trapecio hacia una de las barandas.

 

Esta locura sigue y sigue, pero nadie parece darse cuenta. El juego dura veinticuatro horas al día en la planta principal, y el circo nunca para. Entretanto, en todas las galerías de arriba se acosa a los clientes con todo tipo imaginable de extrañas chorradas...

 

Del capítulo 7

Cuando volví, mi abogado estaba en la bañera. Sumergido en agua verde… aceitoso producto de unas sales de baño japonesas que había cogido en la tienda de regalos del hotel, junto con una radio nueva AM/FM que tenía conectada al enchufe de la afeitadora. A todo volumen. Un galimatías de una cosa llamada «Three Dog Night», sobre una rana que se llamaba Jeremías y que quería «Alegría para el mundo».

Three-dog-nightPrimero Lennon, ahora esto, pensé. Luego veremos a Glenn Campbell aullando «¿Adónde se fueron todas las flores?»

¿Adónde, en realidad? En esta ciudad no hay flores, sólo plantas carnívoras.

Bajé el volumen y vi un montón de papel blanco mascado junto a la radio. Mi abogado pareció no enterarse del cambio de volumen. Estaba perdido en una niebla de vapores verdes. Sólo se le veía la mitad de la cabeza por encima de la línea del agua.

- ¿Te comiste esto tú? -pregunté, alzando el papel blanco.

Me ignoró. Pero lo supe. Sería muy difícil llegar a él las próximas seis horas. Se había masticado todo el secante.

- Cabrón, hijoputa -dije-. Reza porque haya algo de torazina en el maletín, si no lo vas a pasar muy mal mañana.

- ¡Música! -masculló con una risilla-. Más alto. ¡Y el magnetófono!

- ¿Qué magnetófono?

- El nuevo. Está dentro.

Cogí la radio y me di cuenta de que era también magnetófono, uno de esos chismes que tienen una unidad de cassette incorporada. La cinta era Cojín Subrealista; sólo había que darle la vuelta. Había oído ya toda una parte… a un volumen tal que debía haber llegado a todas las habitaciones en un radio de cien metros, a pesar de las paredes.

- «Conejo Blanco» - dijo- . Quiero un ruido creciente.

 - Estás listo -dije- . Me voy de aquí a dos horas… Y entonces subirán a esta habitación y te machacarán los sesos con grandes cachiporras. Ahí mismo, en esa bañera.

- Yo me cavo mis tumbas -dijo él- . Agua verde y el Conejo Blanco… Venga, no me obligues a usar esto. Brotó el brazo del agua, el cuchillo de caza sujeto en el puño.

- Hostias -murmuré. Y en ese momento, pensé que no se podía hacer nada ya por mi abogado… allí tumbado en la bañera con la cabeza llena de ácido y el cuchillo más afilado que he visto en mi vida, totalmente incapaz de razonar, exigiendo el «Conejo Blanco». Se acabó pensé. He ido ya todo lo lejos que podía con este cabeza hueca. Esta vez es un viaje suicida. Esta vez lo quiere. Está dispuesto…

- Vale, vale -dije, dando vuelta a la cinta y apretando el botón- . Pero hazme un último favor, ¿lo harás? ¿Puedes darme dos horas? Sólo te pido eso… que me dejes dormir dos horas. Sospecho que va a ser un día difícil.

- Por supuesto -dijo él- . Soy tu abogado. Te daré todo el tiempo que necesites, a mis honorarios normales: cuarenta y cinco dólares la hora… pero querrás dar algo más a cuenta, me imagino, ¿por qué no dejas uno de esos billetes de cien dólares ahí junto a la radio y te largas?

- ¿Vale un cheque? -dije- . Del Banco Nacional de Sierradientes. Allí no necesitarás carnet de identidad para cobrarlo. Me conocen.

- Vale cualquier cosa- dijo él, y empezó a retorcerse al compás de la música.

El baño era como el interior de un inmenso altavoz defectuoso. Nefandas vibraciones, ruido insoportable. Suelo lleno de agua. Separé la radio cuanto pude de la bañera y luego salí y cerré la puerta.

Segundos después, me gritaba:

- ¡Socorro! ¡Eh, tú, Cabrón! ¡Necesito ayuda!

EnLaBañeraVolví corriendo, pensando que se habría cortado una oreja sin darse cuenta. Pero no… intentaba llegar desde la bañera a la estantería de formica blanca donde estaba la radio.

- Quiero esa radio maldita -bufaba.

Se la quite de la mano.

- ¡Imbécil! -dije- . ¡Vuelve a esa bañera! ¡Deja esa radio de una puta vez! Volví a quitársela de la mano. Estaba tan alta que resultaba difícil saber lo que tocaban a menos que conocieses Cojín Subrealista casi nota a nota… que era mi caso, por entonces. Por lo cual supe que había terminado «Conejo Blanco». El punto álgido había llegado y pasado.

Pero al parecer mi abogado no lo entendía. El quería más.

- ¡Otra vez! -gritó- . ¡Necesito oírlo otra vez!

Sus ojos eran ahora locura absoluta, no podía centrarlos. Parecía al borde de una especie de orgasmo psíquico totalmente sobrecogedor…

- ¡Ponla otra vez! -aullaba- . ¡A todo lo que dé ese trasto! Y cuando llegue esa fantástica nota en que el Conejo se arranca la cabeza de un mordisco, quiero que tires esa maldita radio aquí a la bañera conmigo. Le miré fijamente, agarrando con fuerza la radio.

- Ni hablar- dije por fin- . Me gustaría mucho meter un aguijón eléctrico de cuatrocientos cuarenta voltios en esa bañera ahora mismo. Pero esta radio no. Te haría atravesar esa pared… liquidado en diez segundos.

Luego me eché a reír.

- Me obligarían a explicarlo, coño… me someterían a uno de esos interrogatorios tan jodidos para que explicara… sí… los detalles exactos. No me apetece nada.

- ¡Chorradas! - gritó él- . ¡No tienes más que decirles que yo quería Subir Más!

Lo pensé un momento.

- Vale, vale -dije por fin- . Tienes razón. Probablemente sea la única solución.

Cogí la radio grabadora (que estaba aún enchufada) y la puse sobre la bañera.

WhiteRabbit- Espera que compruebe sí está todo aclarado -dije- . Tú quieres que yo tire este trasto en la bañera en mitad de «Conejo Blanco», ¿no es eso?

Se tumbó en el agua y sonrió agradecido.

- Sí, joder -dijo- . Empezaba a pensar que iba a tener que salir para decirle a una de esas malditas doncellas que lo hiciera.

- No te preocupes - dije- . ¿Listo?

Apreté el botón y empezó a alzarse otra vez «Conejo Blanco». Casi inmediatamente, él empezó a aullar y gemir… otra vez a la carrera por la ladera arriba de aquella montaña, pensando que, ahora, llegaría por fin a la cima. Tenía los ojos cerrados muy fuerte y sólo le sobresalían del agua verde y aceitosa la cabeza y la punta de las rodillas.

 Deje que la canción siguiera y busqué entre el montón de pomelos maduros y gordos que había junto al lavabo. El más grande pesaba ochocientos gramos. Agarré aquel cabrón… y justo cuando «Conejo Blanco» llegaba al punto culminante, lo dejé caer en la bañera como una bala de cañón.

Mi abogado lanzó un alarido descomunal, se estiró en la bañera como tiburón detrás de carne, llenando el suelo de agua, mientras luchaba por agarrar algo.

Desenchufé la radio y salí de allí a toda prisa… El aparato seguía funcionando, pero volvía a hacerlo otra vez con su inofensiva batería. Fui oyendo cómo se enfriaba el ritmo mientras cruzaba la habitación, hasta el maletín y sacaba la lata de Mace… justo en el momento en que mi abogado abría de un golpe la puerta del baño e irrumpía furioso en la sala. Aún tenía los ojos extraviados, pero enarbolaba el cuchillo como si estuviese dispuesto a cortar algo…

 

Del capítulo 8

... No, no había esperanza de comunicación allí. Pronto me di cuenta de ello… pero no lo bastante como para impedir que el doctor Droga me achuchase canturreando a lo largo de su camino hasta mi coche y luego colina abajo. Olvida el LSD, pensé. Mira lo que le ha hecho a ese pobre cabrón.

Así que seguí con el hash y con el ron otros seis meses o así, hasta que me trasladé a San Francisco y me vi una noche en un sitio llamado «El Auditorio Fillmore». Y eso bastó. Un AuditorioFillmoreterrón de azúcar gris y BUM. Mentalmente, había vuelto allí, al jardín del doctor. No por la superficie, sino por debajo de tierra… brotando a través de aquella tierra delicadamente cultivada como una especie de hongo mutante. Una víctima de la Explosión de la Droga. Un drogadicto nato de la calle, de los que se comen todo lo que les cae en las manos. Recuerdo que una noche en el Matrix entró un viajero con un gran paquete a la espalda gritando: «¿Alguien quiere un poco de L…S…D…? Tengo aquí todo el material. Sólo necesito un sitio para prepararlo».

El encargado se le echó encima, murmurando:

- Calma, calma, vamos a la parte de atrás.

No volví a verle después de aquella noche, pero antes de que se lo llevaran, el viajero distribuyó sus muestras, que eran inmensas espánsulas blancas. Entre en el retrete de caballeros para tomar la mía. Pero primero sólo la mitad, pensé. Buena idea, aunque algo difícil de realizar, dadas las circunstancias. Tomé la primera mitad, pero derrame el resto en la manga de mi camisa roja Pendleton… Y luego, cuando me preguntaba qué hacer con aquello, vi que entraba uno de los músicos.

- ¿Qué pasa? -dijo.

- Bueno -dije-. Todo este material de mi manga es LSD. No dijo nada: sólo me agarró el brazo y empezó a chuparlo. Una escena muy rara. Me pregunté qué pasaría si se aventurase por allí casualmente algún corredor de bolsa joven/Trío Kingston y nos cazase en plena función. Que se joda, pensé. Con un poco de suerte, esto le destrozará la vida… pensará constantemente que detrás de alguna estrecha puerta, en todos sus bares favoritos, hay hombres de camisas rojas Pendleton corriéndose juergas increíbles con cosas que él no conocerá jamás. ¿Se atrevería a chupar una manga? Probablemente no. Calma. Finge que no lo viste…

 

Del capítulo 9

… Locura, locura… y, entretanto, completamente solo allí con el Gran Tiburón Rojo en el aparcamiento del aeropuerto de Las Vegas. Al diablo este pánico. Contrólate. Aguanta. Durante las próximas veinticuatro horas, esto del control personal será decisivo. Aquí estoy sentado, solo en este jodido desierto, en este nido de locos armados, con un peligrosísimo cargamento de alto riesgo, horrores y responsabilidades que debía llevar de vuelta a Los Ángeles, porque si me enganchaban allí estaba perdido. Jodido del todo. De eso no había duda. Dirigir el semanario de la jaula del estado no era ningún futuro para un doctor en periodismo. Mejor salir zumbando de aquel estado atávico a toda pastilla. Inmediatamente. Pero, primero… había que volver al hotel Mint y hacer efectivo un cheque de cincuenta dólares, luego subir a la habitación y pedir por teléfono dos bocadillos, dos cuartos de de leche, una jarra de café y un quinto de Bacardí añejo.

HotelMintEl ron será absolutamente necesario para pasar esta noche; para poner en claro estas notas, este diario vergonzoso… mantener la grabadora aullando toda la noche al máximo volumen: «Permitidme que me presente… soy un hombre rico y de buen gusto».

¿Simpatía?

Para mí no.

En Las Vegas no hay piedad para un delincuente drogado. Este lugar es como el Ejército: prevalece la moral del tiburón, la de devorar a los heridos. En una sociedad cerrada en la que todo el mundo es culpable, el único delito es que te cojan. En un mundo de ladrones, el único gran pecado es la estupidez.

Es una sensación rara la de estar sentado en un hotel de Las Vegas a las cuatro de la mañana con un cuaderno y una grabadora, en una suite de setenta y cinco dólares al día y con una fantástica factura del servicio de habitaciones, acumulada en cuarenta y ocho horas de locura absoluta, sabiendo que en cuanto amanezca tendrás que huir sin pagar ni un mísero centavo… tendrás que cruzar el vestíbulo de estampida y pedir en el garaje tu descapotable rojo y estar esperándolo con una maleta llena de marihuana y armas ilegales… intentando fingir tranquilidad y despreocupación, mientras hojeas la primera edición matutina del Sun de Las Vegas.

Esta era la última etapa. Había sacado todo el pomelo y el resto del equipaje del coche unas horas antes. Ahora todo era cuestión de apretar el lazo: sí, una actitud de lo más despreocupada, los ojos alucinados ocultos tras esas gafas de sol de espejo Saigón…

 

Del capítulo 12

… Pocas personas entienden la psicología del trato con un poli de tráfico de autopista. El tipo normal que va a gran velocidad se aterra y se hace a un lado inmediatamente cuando ve detrás la gran luz roja… y entonces empiezan las disculpas, el pedir piedad.

Esto es un error. Provoca desprecio en el corazón del poli. Lo que hay que hacer cuando vas a ciento sesenta o así y de pronto ves un patrullero parpadeando su luz roja detrás… bueno, lo que uno quiere hacer entonces es acelerar. No pares nunca al primer aullido de sirena. Aprieta a fondo y obliga al cabrón a cazarte a velocidades superiores a los ciento noventa.
Te seguirá hasta la próxima salida. Pero no sabrá que hacer cuando tu luz roja diga que vas a girar a la izquierda. Esto es para indicarle que estás buscando el lugar adecuado para parar y hablar… tú sigue dando la señal y espera que aparezca una rampa de desvío, una de esas en cuesta de curva muy cerrada, con un letrero que dice «Velocidad Máxima 25»… y la táctica, entonces, es dejar bruscamente la autopista y meterte por el tobogán por lo menos a ciento sesenta.

Caricatura MUAELVegasEl apretará los frenos más o menos a la vez que aprietes tú los tuyos, pero tardará un momento en darse cuenta de que está a punto de hacer un giro de ciento ochenta grados a esa velocidad… y tú sin embargo estarás preparado para él, fortalecido por la fuerza de la gravedad y la rápida maniobra talón-dedo gordo del pie y, con un poco de suerte, habrás parado en seco a un lado de la carretera al final de la curva y estarás de pie junto a tu automóvil cuando él te alcance.

Al principio, no se mostrará razonable… pero no importa. Déjale que se calme. Querrá decir la primera palabra. Déjale que lo haga. Su cerebro estará hecho un lío. Quizás empiece a balbucir, e incluso puede que saque el revólver. Déjale que se desahogue. Tú sonríe. La cosa es indicarle que tú tenías un control total sobre ti mismo y sobre tu vehículo… mientras que él perdió el control de todo.

Es útil tener una placa policía/prensa en la cartera cuando se calme lo suficiente para pedirte el carnet. Yo tenía una… pero también tenía una lata de cerveza en la mano…

 

 

DE LA SEGUNDA PARTE

 

Del Capítulo 1.

A unos treinta y cinco kilómetros al este de Baker, paré a echar un vistazo a la bolsa de las drogas. El sol quemaba y me entraron ganas de matar algo. Cualquier cosa. Un lagarto grande incluso. Acribillarle. Agarré la Magnum 357 de mi abogado que estaba en el maletero e hice girar el tambor. Estaba lleno: largos y malvados proyectiles: 158 gramos con una linda trayectoria lisa, la punta color oro azteca. Toqué la bocina unas cuantas veces, para que apareciera una iguana. Para poner en movimiento a aquellas cabronas. Estaban allí, lo sabía, en aquel maldito mar de cactos… agazapadas, sin respirar apenas, y cada una de aquellas apestosas cabronas cargada de mortífero veneno.

Tres rápidas explosiones me hicieron perder el equilibrio. Tres cañonazos ensordecedores de la 357 que tenía en la mano derecha. ¡Dios mío! Disparando al aire, sin ningún motivo. Una locura. Tiré el arma en el asiento delantero del Tiburón y miré nervioso la autopista. No venían coches en ninguna dirección; la carretera estaba vacía en cuatro o cinco kilómetros a la redonda.

Menos mal. Suerte. La habría cagado si me enganchan en el desierto en aquellas circunstancias: disparando como un loco contra los cactos desde un coche lleno de drogas. Y sobre todo después del incidente con el patrullero de la autopista.

Se plantearían embarazosos interrogantes:

- En fin. Señor… ¿cómo? Duke, Señor Duke. Sabrá usted, supongo, que es ilegal disparar un arma de fuego de cualquier tipo en medio de una autopista federal…

- ¿Cómo? ¿Incluso en defensa propia? Oficial, este maldito trasto tiene un gatillo muy sensible. La verdad es que yo sólo quería disparar una vez… sólo quería asustar a esas cabronas.

Una mirada dura, y luego, muy lentamente:

Iguana- ¿Quiere decir usted, señor Duke… que le atacaron?

- Bueno… no… no es exactamente que me atacaran, oficial, pero me amenazaron gravemente. Paré a mear, y en cuanto salí del coche me rodearon esos sucios saquitos de veneno. ¡Se movían como relámpagos engrasados!

¿Serviría esta historia?

No, me detendrían. Luego, por pura rutina, registrarían el coche… y cuando lo hiciesen, se desatarían toda clase de salvajes infiernos. Jamás creerían que necesitaba aquellas drogas para mi trabajo, que era en realidad un periodista profesional que iba camino de Las Vegas a cubrir la Conferencia Nacional de Fiscales de Distrito sobre Narcóticos y Drogas Peligrosas.

- Son sólo muestras, oficial. Todo ese material se lo cogí a un viajero de la Iglesia NeoAmericana en Barstow. Empezó a comportarse de un modo raro, así que le aticé.

¿Serviría esto?

No. Me encerrarían en una pocilga de cárcel y me pegarían en los riñones con grandes palos… y mearía sangre luego en los años futuros.

Nadie me molestó, por suerte, mientras hacía un rápido inventario de la bolsa. Aquello era un revoltijo inservible, todo mezclado y medio deshecho. Algunas pastillas de mescalina se habían desintegrado en un polvo de un marrón rojizo, pero conté unas treinta y cinco o cuarenta aún intactas. Mi abogado se había comido todas las rojas, pero quedaba aún un poco de speed. Ya no quedaba yerba, el frasco de coca estaba vacío, había un secante de ácido, un taco marrón bastante aceptable de hash de opio y seis amyls sueltas… Aunque no era suficiente para nada serio, si racionábamos con cuidado la mescalina, podría darnos para los cuatro días de la conferencia sobre la droga…

 

Del Capítulo 2.

Fui tranquilo y despacio, conteniendo mis habituales instintos de pisar de pronto a fondo y cambiar súbitamente de carril, procurando pasar desapercibido, y cuando llegué, aparqué el Tiburón entre dos viejos autobuses de las Fuerzas Aéreas en un aparcamiento público a unos ochocientos metros del aeropuerto. Autobuses muy altos. Hacérselo lo más difícil posible a los cabrones. Un paseito no hace daño a nadie.

Cuando llegué al aeropuerto, sudaba a mares.

Pero eso no es nada anormal. Suelo sudar mucho en climas cálidos. Tengo la ropa empapada desde el amanecer al oscurecer. Esto al principio me preocupaba, pero cuando fui a ver a un médico y le expliqué mi dosis diaria normal de alcohol, drogas y veneno, me dijo que volviese a verle cuando dejara de sudar. Entonces habría peligro, dijo… sería señal de que el mecanismo de desagüe de mi organismo, brutalmente forzado, se había desmoronado por completo.

- Yo tengo gran fe en los procesos naturales –dijo-, pero en su caso… bueno… no encuentro precedentes. Tendremos que limitarnos a esperar y ver. Y luego trabajar con lo que quede.

Pasé unas dos horas en el bar, bebiendo Bloody Mary por el contenido nutritivo de V-8 y atento a los vuelos que llegaban de Los Ángeles. No había comido más que pomelos en unas veinte horas y tenía la cabeza disparada.

Será mejor que te controles, pensé. La resistencia del organismo humano tiene unos límites, No querrás desmoronarte y empezar a sangrar por las orejas aquí en pleno aeropuerto. Además en esta ciudad. En Las Vegas a los débiles y a los trastornados los matan.

 

Del capítulo 5: UNA EXPERIENCIA TERRIBLE CON DROGAS SUMAMENTE PELIGROSAS.

… Pero en la habitación había tranquilidad otra vez. El estaba de nuevo en su sillón, viendo Misión Imposible y jugueteando tranquilamente con la pipa de hash. Estaba vacía.

- ¿Dónde está ese opio? -preguntó.

Le tiré el maletín.

- Ten cuidado -murmuré-. Queda poco. Se echó a reír.

- Como abogado tuyo -dijo-, te aconsejo que no te preocupes.

Luego señaló al baño con un gesto.

- Echa un vistazo a esa botellita marrón que hay en mi estuche de afeitar.

- ¿Qué es?

- Adrenocromo -dijo-. No necesitas mucho. Basta una pizca.- Adrenocromo -dijo-. No necesitas mucho. Basta una pizca.

Cogí el frasco y metí en él el extremo de una cerilla de cartón.

- Con eso basta -dijo-. A su lado, la mescalina pura parece una simple gaseosa. Si te pasas tomando, te vuelves completamente loco.

Lamí el extremo de la cerilla.

- ¿Dónde conseguiste esto? -pregunté-. Esto no puede comprarse.

- Es igual -dijo-. Es completamente puro.

Moví la cabeza con tristeza.

-¡Dios mío! ¿A qué especie de monstruo te echaste esta vez de cliente? Esta sustancia sólo tiene una fuente posible.

Asintió.

- Las glándulas adrenalínicas de un ser humano vivo -dije-. Si se lo sacas a un cadáver no sirve.

- Lo sé -contestó-. Pero el tipo no tenía dinero. Es uno de esos chiflados del satanismo. Me ofreció sangre humana… me dijo que subiría como nunca en mi vida - se echó a reír-. Creí que era broma, así que le dije que me gustaría conseguir una onza o así de adrenocromo puro… o aunque sólo fuera una glándula adrenalínica fresca para mascar.

Empecé a sentir los efectos de aquello. La primera oleada fue como una combinación de mescalina y methedrina. Quizá debiera darme un buen chapuzón, pensé.

- Sí -decía mi abogado-. Engancharon a este tipo por molestar a menores, pero él jura que no lo hizo. «¿Por qué iba a joder yo con niñas?» dijo. «Son demasiado pequeñas.»

Luego añadió, encogiéndose de hombros:

- ¿Qué demonios podía decir yo? Hasta un hombre lobo tiene derecho a asesoramiento legal. No me atreví a echarle. Podría haber cogido un abrecartas y haberme extraído también la glándula pineal.

- ¿Por qué no? -dije-. Con eso, probablemente pudiese conseguir a Melvin Bell.

Cabeceé, casi incapaz de hablar ya, sentía el cuerpo como si acabasen de conectarme a un enchufe de doscientos veinte.

- Demonios, debíamos conseguirnos un poco de ese material -murmuré al fin-. Tragar un buen puñado y ver qué pasa.

- ¿Pero qué material?

- Extracto de glándula pineal.

Me miró fijamente.

- Sí, claro -dijo-. Es una buena idea ¡Una pizca de esa mierda te convertiría en una especie de monstruo de enciclopedia médica! Te estallaría la cabeza como una sandía, amigo, quizás engordases cuarenta kilos en dos horas… y te saliesen garras y verrugas sanguinolentas, y te dieses cuenta de pronto de que, tenías seis inmensas tetas peludas en la espalda.

Movió la cabeza enfáticamente.

- Amigo -añadió-. Soy capaz de probar cualquier cosa. Pero en la vida probaría una glándula pineal.

- El año pasado por Navidad un tipo me dio estramonio, una planta entera… la raíz debía pesar ochocientos gramos; había bastante para un año… ¡pero me comí toda aquella porquería en unos veinte minutos!

Estaba inclinado hacia él, seguía atentamente sus palabras. La más leve vacilación me hacía desear agarrarle por el pescuezo para hacer que hablara más de prisa.

- ¡Bueno! -dije con vehemencia-. ¡Estramonio! ¿Qué pasó?

- Por suerte, lo vomité casi todo inmediatamente. Pero aún así, anduve ciego tres días. ¡Dios mío, ni andar podía! ¡Se me puso todo el cuerpo como de cera! Estaba en tales condiciones que tuvieron que volverme a llevar al rancho en una carretilla… Según decían, intentaba hablar pero emitía unos sonidos como los que hacen los mapaches.

- ¡Fantástico! -dije, pero apenas podía oírle.

Estaba tan colocado que las manos arañaban sin control el cobertor de la cama, y tiraba de él mientras le oía hablar. Tenía los talones hundidos en el colchón, las rodillas apretadas… sentía que se me iban hinchando los ojos como si fuesen a estallar y a salírseme de las órbitas.

- ¿Quieres terminar de una puta vez esa historia? -mascullé-. ¿Qué diablos pasó? ¿Qué me dices de las glándulas?

Retrocedió, sin perderme de vista mientras cruzaba la habitación.

- Me parece que necesitas otro trago -dijo nervioso-. Demonios, esa cosa te ha pegado fuerte, ¿eh?

Intenté sonreír.

- Bueno… nada grave… no, sí es grave…

Apenas podía mover las mandíbulas; sentía la lengua como magnesio ardiente.

- No… no hay por qué preocuparse.

- No, no hay por qué preocuparse -silbé-. Pero si pudieses… echarme a la piscina, o algo así…

- Maldita sea -dijo-. Tomaste demasiado. Estás a punto de explotar. ¡Dios mío, qué cara tienes!

No podía moverme. Estaba ya paralizado por completo. Tenía contraídos todos los músculos del cuerpo. Ni siquiera podía mover los ojos, y menos aún girar la cabeza o hablar.

- No dura mucho -dijo-. Lo peor es el primer chupinazo. No tienes más que dejar que pase. Si te metiese ahora en la piscina, te hundirías como una piedra.

Aquello era la muerte. Estaba convencido. Parecía que ni siquiera los pulmones me funcionaban. Necesitaba respiración artificial, pero no podía abrir la boca para decirlo. Iba a morir. Allí sentado en la cama, sin poder moverme. En fin, por lo menos no sentía dolor. Probablemente quede en blanco en unos segundos y después de eso nada importará.

NixonMi abogado había vuelto a la televisión. Otra vez noticias. La cara de Nixon llenó la pantalla, pero su discurso era un galimatías incomprensible. La única palabra que pude captar fue «sacrificio». Una y otra vez. «Sacrificio… sacrificio… sacrificio…»

Percibía mi propia respiración, laboriosa y pesada. Mi abogado pareció darse cuenta.

- Lo que tienes que hacer es estar tranquilo, relajado -dijo sin volverse-. No debes oponerte a ello, porque si no empezarás a tener burbujas cerebrales… ataques, aneurismo… sencillamente te marchitarás y morirás.

Su mano cruzó el aire repentinamente para cambiar el televisor de canal.

Fui incapaz de moverme hasta pasada la medianoche… pero no me vi aún libre de la droga. El voltaje no había hecho más que pasar de 220 a 110. Seguía siendo una ruina balbuciente nerviosa, que vagaba por la habitación como un animal salvaje, sudando a mares e incapaz de concentrarme en una idea más de dos o tres minutos…

 

Del capítulo 11.

...Desde luego. Pero, ¿qué es sano o saludable? Sobre todo aquí en «nuestro propio país»… en la desdichada era de Nixon. Todos estamos ya conectados a un viaje de supervivencia. Se acabó la velocidad que alimentó los sesenta. Los estimulantes se han pasado de moda. Este fue el fallo fatal del viaje de Tim Leary. Anduvo por toda Norteamérica vendiendo «expansión de la conciencia» sin dedicar ni un solo pensamiento a las crudas realidades carne/gancho que estaban esperando a todos los que le tomaron demasiado en serio. Después de West Point y del Sacerdocio, el LSD debió parecerle muy razonable… pero no produce gran satisfacción saber que él mismo se preparó su propia ruina, porque arrastró consigo al pozo a muchos otros, a demasiados.

TimLearyNo es que no se lo merecieran: recibieron todos sin duda que se merecían. Todos aquellos fanáticos del ácido patéticamete ansiosos que creían poder comprar Paz y Entendimiento a tres billetes la dosis. Pero su fracaso es también nuestro. Lo que Leary hundió con él fue la ilusión básica de un estilo de vida total que él ayudó a crear… quedando una generación de lisiados permanentes, de buscadores fallidos, que nunca comprendió la vieja falacia mística básica de la cultura del ácido: el desesperado supuesto de que alguien (o al menos alguna fuerza) se ocupa de sostener esa Luz allá al final del túnel.

Es la misma mierda cruel y paradójicamente benevolente que ha mantenido en pie tantos siglos a la Iglesia Católica. Es también la ética militar… una fe ciega en una «autoridad» más sabia y superior. El Papa, El General, El Primer Ministro… y así sucesivamente hasta… Dios.

Uno de los momentos cruciales de los años sesenta fue cuando los Beatles unieron su suerte a la del Maharishi. Como Dylan yendo al Vaticano a besar el anillo del Papa.

Primero los «gurus». Luego, cuando eso no funcionó, vuelta a Jesús. Y ahora, siguiendo la pista instinto-primitivo, toda una nueva ola de dioses de comuna tipo clan como Mel Lyman, Regidor de Avatar, y Cómo Se Llama quien dirige «Espíritu y Carne».

SonnyBargerSonny Barger nunca llegó a darse cuenta del todo, pero anduvo muy cerca de convertirse en un rey del infierno. Los Ángeles del Infierno jodieron el asunto en 1965 en la zona Oakland-Berkeley, cuando dieron salida a los instintos reaccionarios y hamponescos de Barger, y atacaron una manifestación antibelicista. Esto planteó un cisma histórico en la entonces Creciente Marea del Movimiento Juvenil de los años sesenta. Fue la primera ruptura abierta entre los Greasers(*Jóvenes de clase baja del rollo de las motos, los coches trucados y la cerveza. También se llama así a los de origen mejicano o latino en general.(N. de los T.)) y los Melenudos. Y la importancia de esta ruptura puede verse en la historia de los SDS, que al final se destruyeron a sí mismos como organización, en la tentativa, condenada de antemano al fracaso, de conciliar los intereses de los tipos de clase baja/trabajadora, los motoristas marginados y los activistas de clase alta y clase media estudiantes de Berkeley.

Quizá nadie que estuviera inmerso en este ambiente podría haber previsto las implicaciones del fracaso Ginsberg/Kesey, que no lograron convencer al Ángel del Infierno para que se unieran a la izquierda radical de Berkeley. La escisión final llegó en Altamont cuatro años después, pero por entonces hacía mucho que estaba clara la cosa para todos, salvo para un puñado de drogotas de la industria del rock y para la prensa nacional. La orgía de violencia de Altamont no hizo más que dramatizar el problema. Las realidades estaban ya fijadas; se consideraba la enfermedad mortal e incurable, y las energías de El Movimiento hacía mucho que se habían disipado agresivamente en la lucha por la autoconservación.

Ay; este terrible galimatías. Desagradables recuerdos y malas recurrencias, alzándose a través del tiempo niebla de la calle Stawan… no hay solaz para los refugiados, no tiene objeto mirar atrás. La cuestión, como siempre, es ahora…

Pues bien, estaba yo tumbado en mi cama del Flamingo, y me sentía de pronto peligrosamente desfasado en mi entorno. Estaba a punto de suceder algo desagradable, de eso estaba seguro. La habitación parecía el escenario de algún desastroso experimento zoológico que hubiese incluido whisky y gorilas. El espejo de más de tres metros estaba todo roto, pero seguía colgando allí sin desmoronarse todavía… desagradable prueba de aquella tarde en que mi abogado perdió el control y se lanzó con el martillo de partir cocos a destrozar el espejo y todas las bombillas.

Las luces las habíamos repuesto con un paquete de luces de árbol de Navidad rojas y azules que compramos en Safeway, pero no había posibilidad de sustituir el espejo. La cama de mi abogado parecía un nido de ratas calcinado. El fuego había consumido la mitad de arriba, y el resto era una masa de alambre y material carbonizado. Por suerte, las camareras no se habían acercado a la habitación desde aquel horrible enfriamiento del martes.

ThompsonCracy

Yo estaba dormido cuando entró la camarera aquella mañana. Nos habíamos olvidado de colgar el letrero de «No molesten…» así que entró en la habitación y se quedó mirando a mi abogado, que estaba arrodillado en pelotas, vomitando en el armario, encima de los zapatos… creyendo que en realidad estaba en el cuarto de baño. Y de pronto alzó la vista y vio a aquella mujer con una cara como Mickey Rooney mirándole, incapaz de hablar, temblando de miedo y desconcierto.

«Tenía aquella fregona en la mano como si fuera un mango de un hacha», diría él más tarde. «Así que salí del armario en una especie de carrera en cuclillas y dejé de vomitar, y la agarré por las piernas… fue por instinto; pensé que se disponía a matarme… y entonces, cuando se puso a gritar, fue cuando le metí la bolsa de hielo en la boca.»

Sí, yo recordaba aquel grito… uno de los sonidos más aterradores que he oído en mi vida. Desperté y vi a mi abogado debatiéndose desesperadamente en el suelo junto a mi cama con lo que parecía ser una mujer vieja. La habitación estaba llena de potentes ruidos eléctricos. El televisor silbaba a plena potencia en un canal inexistente. Apenas podía oír los gritos apagados de la mujer que se debatía por quitarse la bolsa de hielo de la cara… pero poca resistencia podía ofrecer a la fuerza desnuda de mi abogado, y éste logró al fin arrinconarla detrás de la tele, apretándole el cuello con las manos mientras ella balbucía lastimera:

- Por favor… por favor… soy la camarera, no quiero hacer nada…

Me levante enseguida, agarré la cartera y empecé a agitarle delante de la cara la placa de prensa que yo tenía de la asociación de amigos de la policía.

-¡Queda usted detenida! -grité.

-¡No! -gimió ella-. ¡Yo sólo quería limpiar!

Mi abogado se irguió, respirando laboriosamente.

-Ha debido usar una llave maestra -dijo-. Yo estaba limpiándome los zapatos en el armario y la vi que se colaba… así que la enganché.

A mi abogado le temblaba un hilo de vómito en la barbilla, y advertí enseguida que se hacía cargo de la gravedad del caso. En esta ocasión, nuestra conducta había excedido con mucho los límites de la extravagancia privada. Allí estábamos, desnudos los dos, con aquella aterrada vieja (una empleada del hotel) tumbada en el suelo de nuestra suite en un paroxismo de miedo y de histeria. Tendríamos que resolver aquel lo de algún modo.

-¿Quién le mandó hacer esto? -le pregunté-. ¿Quién le pagó?

-¡Nadie! -gimió ella-. ¡Soy la camarera!

-¡Está mintiendo! -gritó mi abogado-. ¡Buscaba pruebas! ¿Quién la metió en esto? ¿El encargado?

-Trabajo para el hotel -dijo ella-. Lo único que hago es limpiar las habitaciones. Me volví a mi abogado.

-Esto significa que saben lo que tememos -dije-. Por eso mandaron aquí a esta pobre vieja a robarlo.

-¡No! -gritó ella-. ¡Yo no se de qué hablan!

-¡Cuentos! -dijo mi abogado-. Está usted complicada en esto lo mismo que ellos.

-¿Complicada en qué?

-En el tráfico de drogas -dije yo-. Usted tiene que saber lo que está pasando en este hotel. ¿Por qué cree que estamos aquí nosotros?

Nos miró fijamente, e intentó hablar, pero sólo balbucía.

-Sé que son ustedes policías -dijo al fin-. Creí que estaban aquí sólo para esa convención. ¡Lo juro! Yo sólo quería limpiar la habitación. ¡No sé nada de tráfico de drogas!

Mi abogado se echó a reír.

-Vamos, nena. ¿No intentarás convencernos de que no has oído hablar de Grange Gorman?

-¡No! -gritó ella-. ¡No! ¡Le juro por Dios que nunca he oído hablar de eso!

Mi abogado pareció pensarlo un momento y luego se agachó para ayudarla a levantarse.

-Puede que esté diciendo la verdad -me dijo-. Quizá no forme parte del asunto.

-¡Claro que no! ¡Les juro que yo no! -aulló ella.

-Bueno… -dije-. En ese caso, quizá no tengamos que eliminarla… a lo mejor hasta puede ayudar.

-¡Sí! -dijo la mujer muy animosa-. ¡Les ayudaré en lo que sea! ¡Detesto la droga!

-También nosotros, señora -dije yo.

-Creo que podríamos ponerla en nómina -dijo mi abogado-. Podemos comprobar si tiene antecedentes y luego asignarle uno de los grandes al mes, en fin, dependerá de lo que aporte.

La expresión de la vieja había cambiado nuevamente. No parecía ya nerviosa por el hecho de verse charlando con dos hombres desnudos, uno de los cuales había intentado estrangularla hacía unos minutos.

-¿Cree usted que podrá hacerlo? -le pregunté…

 

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