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Artículo del mes: Septiembre

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FRAGMENTOS DE LIBROS.  EL GRAN GATSBY         (1925)

                                              The Great Gatsby

 ElGranGatsby

     F. Scott Fitzgerald      (EEUU)  

      Editorial   :  Unidad Editorial, S.A   Colección MILLENIUM (El Mundo) 

      Traducción :    E. Piñas

 

 

 Fragmentos de libros

 

Del Capítulo II

A cosa de medio camino de West Egg a Nueva York, la carretera se reúne apresuradamente con el ferrocarril, y corre a su lado por espacio de un cuarto de milla como para apartarse de cierta desolada extensión de terreno: un valle ceniciento, una fantástica granja donde las cenizas crecen como el trigo, por las colinas, ribazos y grotescos jardines, donde las cenizas adquieren formas de casas, chimeneas y ascendiente humaredas, y finalmente, con un formidable esfuerzo de imaginación, siluetas de hombres grises que se mueven apagadamente desmoronándose a través de la polvorienta atmósfera. Una hilera de grises coches serpentea a veces por una invisible carretera; crujen espantosamente y se tumban a descansar; inmediatamente, los grises hombres de ceniza aparecen, agitando, con pesadas azadas, una impenetrable nube que oculta a la vista sus turbias operaciones. 

 LosOjosTJEckleburg  Eckleburg

Sin embargo, por encima de la grisácea tierra y superando los espasmos del agitado polvo que flota incesantemente en el aire, se advierten los ojos del doctor T.J. Eckleburg. Los ojos del doctor T.J. Eckleburg son azules y gigantescos, sus retinas tienen una yarda de alto. No miran desde rostro alguno, sino desde un par de enormes gafas amarillas, posadas en una nariz que no existe. Evidentemente, algún oculista extraordinariamente bromista las colocó allí para hacer medrar su clientela en el burgo de Queens, y luego se hundió en la eterna ceguera al marcharse, o se las olvidó. No obstante, esas pupilas, algo apagadas por las inclemencias del tiempo, lluvia y sol, siguen meditando tristemente sobre el solemne muladar….

 

Del Capítulo III

En las noches de verano se oía música en la casa de mi vecino.

En sus azules jardines, hombres y mujeres iban y venían, semejantes a polillas entre los susurros, el champaña y las estrellas. Por las tardes, a la hora de la marea alta, contemplaba a sus huéspedes zambullirse desde el trampolín de su piscina, o tomar el sol en la cálida arena de su playa, en tanto que sus RollsRoyce-Phantom 1925dos lanchas a motor cortaban las aguas del Sound arrastrando, sobre cataratas de espuma, veloces acuaplanos. En los fines de semana, su Rolls Royce se convirtió en ómnibus, transportando gente desde o hacia la ciudad, a partir de las nueve de la mañana y hasta mucho después de medianoche, mientras su «rubia» corría, cual dinámico insecto amarillo, a recibir todos los trenes. Y los lunes, ocho criados, incluyendo un jardinero extra, trabajaban todo el día, con bayetas, cepillos, martillos y tijeras de jardín, reparando los destrozos de la noche anterior.

Cada viernes llegaban, enviados por un frutero de Nueva York, cinco cajas de naranjas y limones; cada lunes salían esas mismas naranjas y limones por la puerta trasera, convertidas en una pirámide de secos gajos. En la cocina había un máquina que, en media hora, extraía el zumo de doscientas naranjas, si el pulgar del mayordomo apretaba doscientas veces un botoncito…

Nueva York empezó a gustarme por su chispeante y aventurera sensación nocturna, y por la satisfacción que presta a la mirada humana su constante revoloteo de hombre, mujeres y máquinas. Gustaba de pasear por la Quinta Avenida y elegir románticas mujeres de entre la multitud; imaginar que dentro de breves minutos, irrumpiría en su vida sin que nadie los supiera o desaprobara. A veces las seguía, con el pensamiento, a sus pisos situados en esquinas de ocultas callejas, desde donde se volvían, sonriéndome, antes de desaparecer en la cálida oscuridad. En el encantador crepúsculo metropolitano sentía a veces una obsesionante soledad, y la sentía también en otros pobres empleadillos que pasaban el rato frente a los escaparates, esperando la hora de una solitaria cena en un restaurante; empleadillos ociosos en el crepúsculo, que desperdiciaban los más conmovedores instante de la noche y de la vida.

A las ocho, cuando las oscuras avenidas de los Forties estaban llenas de temblorosos taxis, alienados de cinco en fondo, rumbo al distrito teatral, sentía que mi corazón naufragaba. En el interior de los taxis se veían confusas siluetas tiernamente abrazadas, sonaban ráfagas de armoniosas canciones, estallaban risas provocadas por inteligibles chistes, o brillaban las móviles brasas de los cigarrillos dibujando extraños jeroglíficos. Imaginaba oque también yo me precipitaba hacia la alegría y compartía su íntima excitación, les expresaba interiormente mis mejores deseos…

 

Del Capítulo IV

El domingo por la mañana, mientras las campanas de las iglesias repicaban en las aldeas costeras, el mundo distinguido entraba en casa de Gatsby. La elegante concurrencia alternaba bulliciosamente.

- Es un contrabandista de alcohol –decían las jovencitas, yendo de un lado a otro, entre sus cócteles y sus flores-. Una vez mató a un hombre que se enteró de que era sobrino de Von Hundenburg, y primo segundo del diablo. Dame una rosa, en tanto, y échame una última gota en la copa.

GGatsbyUna vez escribí en los espacios vacíos de una guía de ferrocarril los nombres de los que, aquel verano, acudieron a casa de Gatsby. Ahora es ya una guía atrasada, desconchada por todos los lados en la que se lee: «Este horario tiene efecto a partir del día 4 de julio de 1922»; no obstante, quedan bien claros los grises nombres que, más expresivamente que mis generalizaciones, pueden dar idea de quienes aceptaron la hospitalidad de Gatsby, pagándole el sutil tributo de no saber absolutamente nada de su persona...

… su mano derecha, extendida contribuyó a solemnizar su juramento-. Soy hijo de una familia rica del Oeste Medio, actualmente extinguida. Nací en América, pero me eduqué en Oxford, porque durante varias generaciones mis antepasados se han educado allí. Es una tradición familiar...

Me miró a hurtadillas y comprendía por qué Jordan Baker pensaba que mentía. Dijo la frase «educado en Oxford» de prisa, como si se la tragara o sorbiera, como si antes le hubiera molestado. Me pregunté si, en el fondo, no latía algo siniestro en torno suyo...

- Toda mi familia murió, y heredé mucho dinero.

Su voz tenía un tono solemne, como si aún le obsesionara el recuerdo de la súbita extinción de una tribu. Sospeché, por un instante, que me tomaba el pelo; sin embargo, una mirada me bastó para vez que no era así.

- Más tarde viví en todas las capitales extranjeras como un joven rajá... coleccionando joyas, particularmente rubíes, dedicado a la caza mayor, pintando para mí, e intentando olvidar algo muy trágico que me sucedió hace mucho tiempo.

Con un gran esfuerzo logré contener mi incrédula risa. Aquellas frases estaban tan gastadas, tan raídas, que no evocaban ninguna imagen, excepto la de un tipo con turbante, derramando serrín por todos los poros mientras perseguía a un tigre por el Bois de Boulogne.

Condecoracion Montenegro- Entonces vino la guerra, camarada. Fue un gran alivio; hice todo lo posible por hallar la muerte, peso se hubiera dicho que estaba hechizado. Acepté una misión como primer teniente. En el bosque de Argonne llevé al resto de mi batallón de ametralladoras tan adelante, que dejamos, a ambos lados, un hueco de media milla que la infantería no podía franquear. Allí permanecimos durante dos días y dos noches, ciento veinte hombres con dieciséis ametralladores Lewis, y cuando, por fin, pudo llegar la infantería, encontré los estandartes de tres Divisiones alemanas entre los montones de muertos. Fui ascendido a mayor; todos los gobiernos aliados me condecoraron, incluso Montenegro, ¡el pequeño Montenegro, enclavado en el mar Adriático!

¡El pequeño Montenegro! Destacó las palabras y se inclinó ante ellas con una sonrisa. La sonrisa comprendía la inquieta historia de Montenegro, simpatizando las bravas luchas de los montenegrinos. Apreciaba ampliamente la cadena de circunstancias internacionales que atrajeron este tributo del ardiente corazoncito de Montenegro. Mi incredulidad se había convertido en fascinación: aquello era semejante a hojear apresuradamente una docena de revistas…

  

Del Capítulo V

... Esperó, sin dejar de mirarme con contenida vehemencia.

- He estado hablando con Miss Baker –dije, al cabo de unos minutos-. Mañana llamaré a Daisy y la invitaré a tomar el té.

- ¡Oh, magnífico…! –exclamó descuidadamente-. No quisiera ocasionarte molestia.

- ¿Qué día te parece mejor?

- ¿Qué día te parece mejor? –me corrigió rápidamente-. Verás... te repito que no quisiera causarte molestias.

- ¿Qué te parece pasado mañana?

Lo pensó un momento.

- Quiero segar la hierba- opuso, de mala gana.

Ambos miramos el césped; se advertía una aguda línea donde terminaba mi desigual parterre y empezaba la más oscura y bien cuidada extensión del suyo. Sospeché que aludía a mi césped...

... La noche me había aturdido y llenado de dicha. Creo que en cuanto crucé el umbral de mi casa, me quedé dormido. Así, pues, no sé si Gatsby llegó a ir a Coney Island, ni cuántas horas estuvo dando vistazos a las habitaciones, en tanto que su mansión resplandecía llamativamente. A la mañana siguiente, desde la oficina, llmaé a Daisy, invitándola a tomar el té.

- No traigas a Tom –le advertí.

- ¿Qué?

- Que no traigas a Tom.

- ¿Quién es Tom? –preguntó ella inocentemente.

El día convenido amaneció diluviando. A las once de la mañana, un hombre cubierto con un impermeable arrastrando un segadora de hierba, llamó a la puerta y me dijo que Mr. Gatsby le enviaba a cortar el césped…

LeonardoDiCaprio ELGranGatsby... Una hora más tarde la puerta se abrió nerviosamente y Gatsby, vestido de franela blanca, camisa color plata y corbata dorada, se apresuró a entrar. Estaba pálido, y presentaba señales de insomnio, manifestado en profundas ojeras.

- ¿Todo va bien?

- La hierba ha quedado magníficamente bien… si eso lo que preguntas.

- ¿Qué hierba? –preguntó, desconcertado-. ¡Ah, la hierba del jardín!

Se acercó a la ventana para mirarla, pero, a juzgar por la expresión de su rostro, tuve la impresión de que no vio nada.

- Queda bien –observó vagamente. Uno de los periódicos dice que se cree que a eso de las cuatro parará de llover...

… Alrededor de las tres y media cesó la lluvia, convirtiéndose en una húmeda niebla a través de la cual flotaban infinidad de gotas parecidas al rocío. Gatsby miró, con vacíos pupilas, un ejemplar de Economics, de Clay; estremeciéndose al oír las pisadas de la finesa en la cocina, y contemplando, de vez en cuando, las llorosas ventanas, como si una serie de acontecimientos alarmantes e invisibles estuvieran ocurriendo en el exterior. Finalmente, se puso en pie, comunicándome con voz incierta que se iba a su casa.

- ¿A santo de qué?

- Nadie viene a tomar el té... es demasiado tarde. –Miró su reloj, como si su tiempo fuera urgentemente solicitado en otra parte-. No puedo esperarla todo el día.

- No seas tonto... faltan dos minutos para las cuatro.

Se sentó tristemente, como si le hubiera dado un empujón, y al instante se oyó el ruido de un coche que subía por la vereda. Nos sobresaltamos; un poco conmovidos, salimos al jardín juntos.

Pasando por debajo de los desnudos y chorreantes arbustos de lilas, un largo automóvil descubierto subía por la alameda. Se detuvo. El rostro de Daisy, sombreado bajo un tricornio color lavanda, me miró con brillante y arrobada sonrisa...

Toda la noche tenéis encendida la luz verde al final del malecón...

… pero empezó a llover de nuevo al otro lado de la ventana de Gatsby, obligándonos a quedarnos en la casa, contemplando la ondulada superficie del Sound.

- Si no fuera por la niebla, veríamos tu casa, al otro lado de la bahía... -dijo Gatsby-. Toda la noche tenéis encendida la luz verde al final del malecón...

Bruscamente, Daisy pasó su brazo por debajo del de Gatsby, pero él parecía absorto en lo que acababa de decir. Acaso se le había ocurrido que el colosal significado de aquella luz desaparecía para siempre. Comparado con la enorme distancia que le separaba de Daisy, la luz parecía próxima a ella, casi rozándola; tan cerca como puede estarlo una estrella de la luna. ¡Ahora, de nuevo, era solo una luz verde en un malecón! Su relación de objetos encantados disminuía en una unidad.

Empecé a recorrer el cuarto, examinando varios objetos que resultaban indefinidos en la semioscuridad...

Gatsby encendió una lámpara solitaria en la sala de música, junto al piano. Luego dio lumbre al pitillo de Daisy, con temblorosa cerilla, sentándose con ella en un diván, al otro lado de la habitación donde solo llegaba la luz que el brillante suelo reflejaba del vestíbulo.

Klipspringuer, después de tocar The Love Nest, se volvió en el taburete, buscando tristemente a Gatsby en la penumbra.

- ¿Estás viendo cómo me falta práctica? Te dije que no podía tocar… Hace tiempo que no practico.

- No hables tanto, camarada –le ordenó Gatsby-. Anda, toca.

 

Por la noche

y la mañana,

¿verdad que nos divertimos?

 

El viento soplaba ahora fuertemente; se oían estampidos de truenos por el Sound. En West Egg todas las luces estaban encendidas; los trenes eléctricos, llenos de gente, se abrían paso desde Nueva York, a través de la fuerte lluvia. Era la hora de profunda mutación humana. La atmósfera se cargaba de excitación.

 

Una cosa es segura, y nada lo es más:

los ricos crían riqueza, y los pobres crían... hijos.

   Entretanto,

   en el ínterin...

Persecución

Al acercarme para despedirme, vi que la expresión de asombro aparecía otra vez en el rostro de Gatsby, como si tuviera una ligera duda sobre la calidad de su actual felicidad. ¡Casi cinco años! Debió de haber instantes, incluso en aquella misma tarde, en que Daisy no llegó a ser el vértice de sus sueños, y no precisamente por su culpa, sino por la colosal vitalidad de su ilusión. Había ido más allá de ella, más allá de todo. Se había entregado, con creadora pasión, acrecentándolo todo, adornándolo con tada brillante plumita que en su camino hallara. No existe fuego, ni lozanía capaz de desafiar a lo que un hombre es capaz de almacenar en su fantasmal corazón.

Bajo mi mirada, se rehizo un poco. Su mano cogió la de ella, y, al murmurarle algo quedito, la miró emocionado. Creo que aquella voz, con su fluctuante y febril calor, era lo que más le retenía, porque no podía se soñada en demasía; aquella voz era una eterna canción.

Me habían olvidado por completo...

  

Del Capítulo VI

… Hacía más de un año que se esforzaba en abrirse camino por la costa sur del lago Superior, como pescado de almejas y salmón, o desempeñando cualquier otra actividad que le proporcionara cama y comida. Su moreno y endurecido cuerpo vivía naturalmente a través de l semiferoz, semiperezoso trabajo de los claros días. Había conocido pronto a las mujeres, y como le mimaban, empezó a despreciarlas: a las jóvenes vírgenes, por ignorantes; a las demás, por sentirse histéricas por cosas que, en su abrumadora abstracción, él consideraba naturales.

Sin embargo, su corazón se hallaba en constaste y turbulenta agitación. Las más grotescas y complicadas fantasías le obsesionaban, por la noches, en su cama. Un universo de inefable brillo se entretejía en su cerebro, mientras del reloj dejaba oír su tic-tac desde el lavabo, y la luna empapaba con húmeda luz sus ropas revueltas, en el suelo. Cada noche aumentaba el argumento de sus imaginaciones hasta que el sueño se cerraba, con apretado abrazo sobre alguna brillante escena. Durante cierto tiempo, estos ensueños dotaron de una salida a su imaginación, fueron satisfactoria indicación de la irrealidad de la realidad, promesa de que la roca del mundo está fuertemente asentada en las alas de un hada...

... Habló largo rato sobre el pasado, y comprendí que quería recuperar algo, quizás una idea de sí mismo que se transfirió a su amor por Daisy. Desde entonces, su vida fue confusa y desordenada, pero si una vez, solo una vez, lograra regresar a determinado punto de partida y repetirlo todo lentamente, sabría qué era lo que buscaba.

... Una noche de otoño, cinco años atrás, estuvieron paseando por la calle mientras las hojas caían, y llegaron a un lugar donde no había árboles, y la acera aparecía blanca a la luz de la luz. Se detuvieron y se volvieron. Era una citación que late en las mutaciones anuales, las quietas luces de las casas centelleaban rompiendo la oscuridad, y entre la estrellas reinaba agitación y movimiento. Gatsby se daba cuenta de que el mundo le ofrecía una escalera que podía conducirlo a las alturas, por encima del nivel vulgar. Pero debía subirla solo. Y una vez llegase a la meta, podría acercar sus labios a las fuentes de la vida y beber el néctar incomparable de la gloria.

MiaFarrowCuando el blanco rostro de Daisy se acercó al suyo, su corazón aceleró sus latidos. Sabía que cuando besara a aquella muchacha y uniera para siempre sus inefables visiones a aquel aliento perecedero, su cerebro no se agitaría ya como la mente de un dios. Por eso esperó, escuchando un instante más, el misterioso oráculo de una estrella. Luego la besó, y al roce de sus labios, ella se abrió como una flor.

En medio de todo, me dijo, incluso en medio de su abrumador sentimentalismo, recordaba algo, ritmo fugaz, fragmento de perdidas palabras que hace mucho tiempo oyera en algún sitio. «Por un instante –siguió- una frase intentó adquirir forma; mis labios se entreabrieron esforzándose como los de un mudo, como si en ellos hubiera más violencia que la de una ráfaga huracanada. Pero no exhalaron el menor sonido y lo que estuve a punto de decir se perdió para siempre».

 

Del Capítulo VII

    ...

    - No veo la razón de ir a la ciudad –declaró Tom, rabiosamente-. ¡Se les mete cada cosa en la cabeza a esas mujeres…!

    - ¿Nos llevamos algo para beber? –preguntó Daisy, desde una ventana.

- Llevaré algo de whisky –repuso Tom, entrando en la casa.

Gatsby se volvió rígidamente.

- En su casa no puedo decir nada, camarada.

- Es que Daisy tiene un voz tan indiscreta... -observé-. Esta llena de... -vacilé.

HerVoiceIsFullOfMoney

- Su voz está llena de dinero… -concluyó él de súbito.

Era cierto. Hasta entonces no lo había comprendido. Estaba llena de monedas, eso constituía el inagotable encanto que en ellas ascendía y bajaba: el tintineo, la canción de los címbalos… En los más alto de un blanco palacio, Daisy era la hija del rey, la muchacha de oro...

Tom salió envolviendo en una toalla una botella…

… - ¿A qué viene esa repentina necesidad de dinero?

- He pasado demasiado tiempo aquí; quiero irme… Mi mujer y yo queremos marcharnos al Oeste.

- ¡Que su mujer quiere…! –exclamó Tom, sorprendido.

- Llevo diez años diciéndolo. –Descansó un instante apoyado en la bomba, tapándose los ojos-. Y ahora va a marcharse, tanto si quiere como sino; pienso llevarla conmigo.

El cupé pasó velozmente por nuestro lado, levantando una ráfaga de polvo y dejando ver el centelleo de una mano.

- ¿Cuánto le debo? preguntó Tom, ásperamente.

- Estos últimos días me enterado de ciertas cosas raras –observó Wilson-; por eso quiero irme… Por eso le he molestado con lo del coche.

- ¿Cuándo le debo?

- Un dólar veinte.

El implacable y asfixiante calor empezaba a aturdirme; pasé un mal rato antes de darme cuenta de que las sospechas de Wilson no se habían dirigido aún sobre Tom. Había descubierto que Myrtle tenía otra vida lejos de él, en otro mundo, y la conmoción le había enfermado físicamente. Le miré, luego miré a Tom, que en menos de una hora había hecho un descubrimiento paralelo, y pensé que no había diferencia de raza o de inteligencia tan profunda como la indiferencia entre sanos y enfermos. Wilson estaba tan enfermo que tenía aspecto de culpable, imperdonablemente culpable, como si acabara de violar a una pobre muchacha.

FarosSangre

- Tendrá el coche -concedió Tom-. Mañana por la tarde se lo mandaré.

Aquel lugar resultaba siempre vagamente inquietante. Incluso a plena luz del día; me volví como si hubiera sido advertido de algún peligro situado a mis espaldas. Las gigantescas pupilas del doctor Eckleburg continuaban vigilando por encima de los montones de ceniza, pero al cabo de un rato advertí que otros ojos nos miraban a menos de veinte pies de distancia.

Las cortinas de una de las ventanas que se abrían encima del garaje habían sido apartadas, y Myrtle Wilson estaba mirando el coche. Tan absorta estaba, que no se daba cuenta de que era observada. En su rostro se dibujaban las más diversas emociones, como imágenes de una película proyectada a cámara lenta. Su expresión era curiosamente familiar, expresión a menudo vista en rostros femeninos, aunque el suyo parecía inexplicable y absurda, hasta que me di cuenta de que sus pupilas, dilatadas, en celoso terror, se hallaban fijas no en Tom, sino en Jordan Baker, a quién creyó su esposa.

No hay confusión semejante a la que puede operarse en una mente sencilla; mientras nos alejábamos, Tom experimentaba los ardientes latigazos del pánico. Su mujer y su amante, hasta una hora antes seguras e inviolables, eludían, precipitadamente, su dominio. Por instinto, pisó el acelerador, con el doble propósito de alcanzar a Daisy y dejar atrás a Wilson...

 

Del Capítulo VIII
GastbyDeath

,,, Gatsby se echó la colchoneta al hombro, dirigiéndose a la piscina. se paró una vez para cambiarla de posición; el chófer preguntó si quería que le ayudara, y él movió la cabeza, desapareciendo entre los árboles. No llegó ningún mensaje telefónico, pero el mayordomo se durmió y esperó hasta las cuatro, mucho rato después de que ya no hubiera nadie a quien darlo, si llegaba. Tengo la impresión de que el propio Gatsby nunca creyó que llegase; quizá ya no le importaba. Si esto era cierto, debía pensar que había perdido su cálido y viejo universo. Había pagado muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño. Debió contemplar un cielo desconocido entre amedrentadoras horas, y debió estremecerse al darse cuenta de lo grotesca que es una rosa, y de cuán cruda era la luz del sol sobre la hierba recién nacida. Un nuevo Universo material, sin llegar a ser real, donde los pobres fantasmas respiraban sueños, flotaba fortuitamente en torno suyo, como aquella cenicienta y fantástica figura que, entre los amorfos árboles, se deslizaba a su encuentro...

... Había un débil, escasamente perceptible, movimiento de agua, y la corriente de una lado se abría camino hacía el desagüe del otro extremo, con pequeños rizos que apenas era sombra de olas. La cargada colchoneta flotaba, irregularmente en la piscina. Una pequeña ráfaga de viento, que no logró ondular la superficie, fue suficiente para torcer su indiferente recorrido. El roce de un montón de hojas la revolvió lentamente, trazando un delgado círculo rojo en el agua...

...

         Leer comienzo:     ElGranGatsby

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