FRAGMENTOS DE LIBROS:  LA CONCIENCIA DE ZENO (1923)

LaConcienciaDeZeno

      (La coscienza di Zeno)

     Italo Svevo (Aron Hector Schmitz)    (Trieste - Italia)  

    

     Editorial        : CÁTEDRA - Letras Universales

                         Edición de Ánna Dolfi.  

  

       Traducción       : Carlos Manzano                                        

 

Fragmentos de libros                                                     

 

De:   EL TABACO

-¡Muy bien! ¡Unos días de abstenerse de fumar y estarás curado!

Bastaba esa frase para hacerme desear que se fuera pronto, pero pronto, para poder lanzarme sobre un cigarrillo. Incluso fingía dormir para inducirlo a alejarse antes.

Aquella enfermedad me ocasionó el segundo de mis tormentos: el esfuerzo por librarme del primero. Mis días acabaron llenos de cigarrillos y de propósitos de no volver a fumar y –me apresuro a reconocerlo todo- de vez en cuando siguen siendo los mismos. La ronda de los últimos cigarrillos, formada a los veinte años, sigue en movimiento. EL propósito es menos enérgico y mi debilidad encuentra mayor indulgencia en mi viejo ánimo. En la vejez se sonríe uno al pensar en la vida y en todo lo que encierra. Es más: puedo decir que, desde hace un tiempo, fumo muchos cigarrillos… que no son los últimos.

En la portada de un diccionario, encuentro esta anotación hecha con bella caligrafía y algunos adornos:

«Hoy, 2 de febrero de 1886, paso de los estudios de derecho a los de química. ¡Último cigarrillo!»

Era un último cigarrillo muy importante. Recuerdo todas las esperanzas que lo acompañaron. Me había enfurecido el derecho canónico, que me parecía tan alejado de la vida, y corría hacia la ciencia, que es la vida misma, aunque reducida un matraz. Aquel último cigarrillo significaba precisamente el deseo de actividad (incluso manual) y de pensamiento sereno, sobrio y sólido…

… Ahora que soy viejo y nadie me exige nada, sigo pasando del cigarrillo al propósito y del propósito al cigarrillo. ¿Qué significan hoy esos propósitos? ¿Acaso me gustaría como a ese viejo higienista descrito por Goldoni morir sano tras haber vivido enfermo toda la vida?

HumoUna vez, siendo estudiante, cuando cambié de habitación, tuve que pagar un nuevo tapizado de las paredes porque las había cubierto de fechas. Probablemente abandoné esa habitación porque se había convertido en el cementerio de mis buenos propósitos y no creía posible concebir otros en ese lugar.

Creo que el cigarrillo tiene su gusto más intenso, cuando es el último. También los otros tienen un gusto especial propio, pero menos intenso. El último recibe su sabor del sentimiento de la victoria sobre uno mismo y de la esperanza de un próximo futuro de fuerza y de salud. Los otros tienen su importancia, porque, al encenderlos, manifiestas tu libertad y el futuro de fuerza y salud subsiste, pero se aleja un poco.

91-… Tengo cincuenta y siete años y estoy seguro de que, si no dejo de fumar o si psicoanálisis no me cura, mi última mirada desde mi lecho será la expresión de mi deseo por mi enfermera, si no es mi mujer o si está permitido que aquella sea hermosa.

Fui sincero como en la confesión: a mí la mujer no me gustaba entera, sino… ¡por partes! De todas me gustaban los piececitos, si iban bien calzados; de muchas, el cuello delgado, o incluso robusto, y el seno ligero, si era ligero. Y continuaba la enumeración de las partes anatómicas femeninas, pero el doctor me interrumpió:

- Esas partes constituyen la mujer entera.

Entonces hice una declaración importante:

-El amor sano es el que se siente por una mujer sola y entera, incluido su carácter y su inteligencia.

Desde luego, hasta entonces no había conocido semejante amor y, cuando lo experimenté, tampoco me dio la salud, pero es importante para mí recordar que localicé la enfermedad donde un doctor veía la salud y que mi diagnóstico resultara exacto más adelante.

En la persona de un amigo no médico encontré quien mejor me entendiera a mí a mi enfermedad. No me sirvió de mucho, pero en mi vida fue una nota nueva que aún resuena…

 

De:   LA MUERTE DE MI PADRE

105 … «15-4-1890, 4 . 1/2h» Muere mi padre US. Para quien no lo sepa esas dos últimas letras no significan United States sino ultima sigaretta (último cigarrillo) Es la anotación que encuentro en un volumen de filosofía positiva de Ostwald con cuya lectura pasé varias horas lleno de esperanza y que nunca entendí Nadie lo diría pero a pesar de su forma esa anotación registra el acontecimiento más importante de mi vida.

PagYZenoMi madre había muerto cuando yo aún no contaba quince años Hice poesías para honrar su memoria lo que nunca equivale a llorar y en el dolor siempre me acompañó el sentimiento de que a partir de aquel momento debía comenzar para mí una vida seria y de trabajo El propio dolor indicaba una vida más intensa. Después un sentimiento religioso aún vivo atenuó y suavizó aquella tremenda desgracia Mi madre seguía viviendo aunque lejos de mí y podía incluso alegrarse ante los éxitos para los que yo me estaba preparando ¡Gran comodidad Recuerdo con exactitud mi estado de entonces Por la muerte de mi madre y la saludable emoción que me había proporcionado todo en mí debía mejorar.

… yo representaba la fuerza y él la debilidad. Lo que ya he consignado en estos cuadernos prueba que hay en mí y ha habido siempre –tal vez sea mi mayor desgracia- un ansia de superación…

108- …Mi padre sabía defender su tranquilidad como un auténtico pater familias. La tenía en su casa y en su ánimo. Sólo leía libros insulsos y morales. No por hipocresía sino por convicción creo que sentía vivamente la verdad de esas prédicas morales y que le tranquilizaba la conciencia su sincera adhesión a la virtud. Ahora que envejezco y me acerco al tipo patriarca también yo siento que una inmoralidad predicada es más punible que una acción inmoral.  Se llega al asesinato por amor o por odio a la propaganda del asesinato sólo por maldad.

María era una de esas criadas que ya no se encuentran. Hacía unos quince años que trabajaba con nosotros. Ingresaba cada mes en la Caja de Ahorros una parte de su paga para su vejez, ahorro que, sin embargo, no le sirvieron porque murió en nuestra casa, sin dejar de trabajar, poco después de mi matrimonio…

P117- …Creo que oía porque su gemido se volvió más débil y desvió la mirada de la pared de enfrente como si intentara verme pero no llegó a dirigirla hacia mí. Varias veces le grité al oído la misma pregunta y siempre con el mismo resultado. Mi actitud viril desapareció al instante Mi padre en ese momento estaba más cerca de la muerte que de mí porque ya no percibía mi grito. Fui presa del espanto y recordé antes que nada todas las palabras que habíamos cambiado la noche anterior Pocas horas después se había puesto en camino para ver quién de los dos tenía razón ¡Qué curioso! Mi dolor iba acompañado del remordimiento Oculté la cabeza en la propia almohada de mi padre y lloré desesperado lanzando los sollozos que poco antes había reprochado a María

… En ese sofá derramé mis lágrimas más ardientes. El llanto empaña nuestras culpas y permite acusar, sin objeciones al destino…

…Me levanté y me acerqué a la cama donde en ese momento, jadeando más que nunca ,el enfermo se había acostado Estaba decidido iba a obligar a mi padre a permanecer media hora al menos en el reposo deseado por el médico ¿Acaso no era ése mi deber?

Al instante mi padre intentó deslizarse hacia el borde de la cama para librarse de mi presión y levantarse, Con mano vigorosa apoyada en su hombro se lo impedí mientras en voz alta e imperiosa le ordenaba no moverse Por un instante aterrorizado obedeció. Después exclamó:

-¡Me muero!

Y se irguió. A mi vez, espantado al instante por su grito, aflojé la presión de mi mano. Por eso pudo sentarse en el borde de la cama justo enfrente de mí. Pienso que entonces su ira aumentó al encontrarse si bien sólo por un momento impedido en sus movimientos y desde luego le pareció que yo le privaba del aire que tanto necesitaba igual que le quitaba la luz por estar de pie delante de él que estaba sentado. Con un esfuerzo supremo consiguió ponerse de pie, levantó la mano muy en alto como si supiera que no podía comunicarle otra fuerza que la de su peso y la dejó caer sobre mi mejilla. Después se derrumbó sobre la cama y de ella cayó al suelo ¡Muerto!

Yo no sabía que estaba muerto, pero el corazón se me contrajo por el dolor del castigo que él moribundo había querido infligirme. Con la ayuda de Carlo lo levanté y lo volví a colocar sobre la cama Llorando igual que un niño castigado le grité al oído:

- ¡No es culpa mía ¡Fue ese maldito doctor que quería obligarte a estar tumbado.

Era una mentira. Después también como un niño añadí la promesa de no hacerlo más.

Te dejaré moverte como quieras.

El enfermero dijo:

- Está muerto.

Tuvieron que alejarme a la fuerza de aquella habitación. ¡Había muerto y yo no podía demostrarle mi inocencia. En la soledad intenté serenarme. Razonaba había que excluirla posibilidad de que mi padre que no había recuperado la conciencia en ningún momento hubiera podido decidir golpearme en la mejilla.

the smoker¿Cómo habría podido tener la certeza de que mi razonamiento era exacto. Pensé incluso en dirigirme a Coprosich. Él como médico que era habría podido decirme algo sobre la capacidad de un moribundo para decidir y actuar ¡Hasta podía haber sido víctima de un acto provocado por un intento de facilitarse la respiración! Pero no hablé con el doctor Coprosich. Era imposible ir a revelarle cómo se había despedido mi padre de mí. ¡A él que ya me había acusado de haber carecido de afecto por mi padre!

Otro grave golpe fue para mí oír a Carlo el, enfermero, contar por la noche en la cocina a María:

- El último acto del padre fue levantar muy en alto la mano y abofetear a su hijo.

Si Carlo lo sabía, Coprosich iba a saberlo también

 

 

De:   LA HISTORIA DE MI MATRIMONIO

… El sonido más rudimentario, el de las olas del mar, que, desde que se forma, cambia a cada instante hasta morir, sintetiza la vida más intensa. Por eso, yo también esperaba llegar a ser y desearme como Napoleón y la ola.

… No fue una sorpresa para mí, cuando supe que él la engañaba, que ella lo sabía y no le guardaba rencor. Yo llevaba un año casado, cuando un día Giovanni, muy agitado, me contó que había extraviado una carta muy importante para él y quiso repasar los papeles que me había entregado con la esperanza de encontrarla entre ellos. Pero pocos días después, muy contento, me contó que la había encontrado en su cartera.

-¿Era de una mujer? –le pregunté yo, y él dijo que sí con la cabeza al tiempo que se jactaba de su buena suerte. Después un día en que me acusaban de haber perdido papeles para defenderme dije a mi mujer y a mi suegra que no podía tener la suerte de su padre, cuyas cartas volvían solas a su cartera. Mi suegra se echó a reír con tantas ganas que no me cupo duda de que había sido precisamente ella quien la había vuelto a colocar en su sitio. Evidentemente, en su relación eso no tenía importancia. Cada cual ama a su manera y, en mi opinión la suya no era la más estúpida….

ConAda… Es difícil descubrir los orígenes apacibles de un sentimiento que después se volvió tan violento, pero estoy seguro de que me faltó el llamado coup de foudre por Ada. Sin embargo, fue sustituido por la convicción que tuve al instante de que esa mujer era la que necesitaba y la que debía conducirme a la salud moral y física mediante la sagrada monogamia. Cuando vuelvo a pensarlo, me sorprende que faltara ese flechazo y que, en cambio, hubiera esa convicción. Es sabido que nosotros los hombres no buscamos en la mujer las cualidades que adoramos y despreciamos en la amante. Así, pues, parece que yo no vi en seguida la gracia y toda la belleza de Ada y que, en cambio, quedé encantado admirando otras cualidades que yo le atribuí seriedad e incluso energía; en resumen, las cualidades un poco atenuadas que yo apreciaba en su padre. En vista de que después creí (como sigo creyendo) que no me había equivocado y que Ada, de muchacha, poseía esas cualidades puedo considerarme un buen observador, pero algo ciego. Esa primera vez miré a Ada con un solo deseo: el de enamorarme de ella porque tenía que pasar por eso para casarme con ella. Pero me apresté a ello con esa energía que siempre dedico a mis prácticas higiénicas. No sé decir cuándo lo logré; tal vez en el espacio relativamente corto de aquella primera visita.

Pero yo sentía un odio especial hacia la pérfida Albión y lo manifesté sin temor de ofender a Ada quien, por lo demás, no había manifestado ni odio ni amor por Inglaterra Yo había pasado unos meses en ese país, pero no había conocido a ningún inglés de buena sociedad, ya que había extraviado en el viaje algunas cartas de presentación proporcionadas por hombres de negocios amigos de mi padre. Por eso, en Londres solo había frecuentado a algunas familias francesas e italianas y había acabado pensando que todas las personas de bien en esa ciudad procedían del continente. Mi conocimiento del inglés era muy limitado. No obstante, con ayuda de los amigos, pude entender un poco de la vida de esos isleños y sobre todo me enteré de su antipatía por todos los forasteros.

Describí a las muchachas la impresión poco agradable que me había producido la estancia entre enemigos Sin embargo, habría resistido y soportado Inglaterra durante esos seis meses que mi padre y Olivi querían infligirme a fin de que estudiara el comercio inglés (con el que por cierto no me tropecé nunca porque, al parecer, se hace en lugares recónditos) si no hubiera vivido una aventura desagradable Había ido a una librería a buscar un diccionario En esa tienda, sobre el mostrador, descansaba tumbado un enorme y magnífico gato de Angora al que daban ganas irresistibles de acariciar bajo  su suave pelo. Pues bien: solo por que lo acaricié con cariño, me atacó alevoso y me arañó con rabia las manos. Desde ese momento no pude soportar Inglaterra y al día siguiente me encontraba en París.

Augusta, Alberta y también la señora Malfenti se rieron con ganas. En cambio, Ada estaba asombrada y creía no haber entendido bien. ¿Es que había sido el propio librero quien me había ofendido y arañado? Tuve que repetirme, lo que es un fastidio, porque siempre repite uno mal…

Alberta, la sabia, quiso ayudarme:

- También los antiguos se dejaban guiar en sus decisiones por los movimientos de los animales.

No acepté la ayuda. El gato inglés no se había comportado como un oráculo; ¡había actuado como un destino!

Ada, con sus grandes ojos abiertos como platos, pidió más explicaciones:

- ¿Y el gato representó para usted a todo el pueblo inglés?

¡Qué desdichado era! Aunque auténtica, esa aventura me había parecido instructiva e interesante, como si la hubiera inventado para un fin determinado…

… Entonces ocurrió algo que debería haberme advertido y salvado. La pequeña Anna, que hasta entonces había permanecido inmóvil observándome, expresó a voces el sentimiento de Ada. Gritó:

- ¿De verdad está loco, loco de atar?

… Me parecía que aquella inocente podía perjudicarme con su juicio. Le llevé regalos, pero no sirvieron para amansarla. Debió de advertir su poder y mi debilidad y, en presencia de los demás me miraba indagadora, insolente. Creo que todos tenemos en nuestra conciencia como en nuestro cuerpo punto delicados y ocultos en los que no pensamos con gusto. Ni siquiera sabemos lo que son. Yo apartaba la vista de aquélla, infantil, que quería sondearme…

Entonces había podido comprender la importancia que Ada tenía ya para mí, porque, para tranquilizarme, me decía que, si no me hubiera querido, yo había renunciado para siempre al matrimonio. Así, pues, su rechazo  transformaría mi vida. Y seguía soñando y consolándome con la idea de que ese rechazo sería una suerte para mí. Recordaba a ese filósofo griego según el cual tanto quien se casaba como quien permanecía soltero se arrepentiría de ello. En resumen, no había perdido aún la capacidad de reírme de mi aventura; la única capacidad que me faltaba era la de dormir…

Fueron cinco días y cinco noches terribles y yo acechaba los amaneceres y los crepúsculos, que significaban fin y principio y acercaba la hora de mi libertad, la libertad de batirme de nuevo con mi amor.

EscaleraEnCabezaMe preparaba para aquella lucha. Ahora sabía cómo quería mi muchacha que fuera yo. Me resulta fácil recordar los propósitos que concebí entonces, ante todo porque concebí otros idénticos en época más reciente… Me proponía volverme más serio… Ada se merecía un marido perfecto. Por eso había concebido también varios propósitos de dedicarme a las lecturas series, y también de pasar cada día media horita en el estrado de esgrima y cabalgar un par de veces a la semana. Las veinticuatro horas de la jornada no eran demasiadas.

Durante aquellos días de separación los celos más amargos fueron mi compañía de todas las horas. Era un propósito heroico el de querer corregirse de todos los defectos a fin de prepararse para conquistar a Ada al cabo de unas semanas. Pero, ¿entretanto? Mientras yo me sometía a la más dura disciplina ¿se mantendrían tranquilos los demás hombres de la ciudad o intentarían quitarme a mi mujer? Entre ellos había alguno, seguro, que no necesitaba tanto ejercicio para ser aceptado. Yo sabía, creía saber que, cuando Ada hubiera encontrado a quien le convenía, daría el sí sin esperar a enamorarse. Cuando aquellos días me tropezaba con un hombre bien vestido, sano y sereno, lo odiaba, porque me parecía que convenía a Ada. De aquellos días lo que mejor recuerdo son los celos que habían caído como una niebla sobre mi vida…

Tullio volvió a hablar de su enfermedad, que era también su distracción principal. Había estudiado la anatomía de la pierna y del pie. Me contó riendo que, cuando se camina rápido, el tiempo en que se da un paso no supera el medio segundo y que en ese medio segundo se mueven nada menos que cincuenta y cuatro músculos. Aquello me asombró y al instante pensé en mis piernas y busqué en ellas esa máquina monstruosa. Creo que di con ella. Como es natural, no encontré cincuenta y cuatro artefactos, sino una complicación enorme que se desordenó cuando fijé mi atención en ella.

Salí de aquel café cojeando y seguí cojeando durante unos días. Caminar se me había vuelto tarea pesada e incluso levemente dolorosa. Parecía que faltara aceite a esa maraña de mecanismos y que, al moverse, se dañaban unos a otros… También esa afección se la debo a Ada. Muchos animales caen presa de los cazadores o de otros animales, cuando están en celo…

… Unos apuntes en una hoja de papel que conservé me recuerdan otra extraña aventura de aquella época. Además de la anotación del último cigarrillo acompañada de la expresión de confianza en poder curar de la enfermedad de los cincuenta y cuatro movimientos, hay un ensayo de poesía… sobre una mosca. Si no lo supiera, creería que esos versos que esos versos se deben a una señorita cándida que habla de tú a los insectos a los que canta, pero, en vista de que los compuse yo, debo creer que, si yo he pasado por eso, a todo el mundo puede ocurrirle lo mismo.

NoiStessiAsí fue como nacieron esos versos. Había vuelto a casa a las tantas de la noche y, en lugar de acostarme, me había dirigido a mi estudio donde había encendido el gas. Junto a la luz una mosca se puso a atormentarme. Conseguí darle un golpe, pero leve para no ensuciarme. La olvidé, pero después la vi recuperarse en el centro de la mesa. Estaba quieta de pie y parecía más alta que antes porque una de sus patitas había quedado anquilosada y no podía doblarse. Con las dos patitas posteriores se alisaba perseverante las alas. Intentó moverse pero cayó de espaldas. Se alzó y volvió obstinada a su perseverante tarea.

Entonces escribí esos versos asombrado de haber descubierto que ese pequeño organismo abrumado por tamaño dolor fuera guiado en su gigantesco esfuerzo por dos errores: ante todo, alisándose las alas, que no estaban heridas, con tanta obstinación el insecto revelaba no saber de qué órgano procedía su dolor, además la perseverancia de su esfuerzo demostraba que en su minúscula inteligencia había la confianza fundamental en qué la salud corresponde a todos y que ha de volver, sin lugar a dudas cuando nos ha abandonado Eran errores que se pueden excusar con facilidad en un insecto cuya vida dura sólo una estación y no tiene tiempo de acumular la experiencia.

… Se sentó con su violín y me pareció que con eso me invitaba a hablar. Por lo demás, ¿cómo habría podido yo volver a casa sin haber hablado? ¿Qué había hecho en aquella larga noche? Me veía dar vueltas de derecha a izquierda en la cama o correr por las calles y los garitos en busca de distracción. ¡No! No debía abandonar aquella casa sin haber recobrado la claridad y la calma.

Intenté mostrarme simple y breve. Me veía obligado a ello, porque me faltaba el aliente. Le dije:

- Yo la amo, Ada. ¿Por qué no me permite hablar a su padre?

Ella me miró asombrada y espantada. Temí que se pusiera a gritar… Yo sabía que sus serenos ojos y su rostro de líneas tan precisas no conocían el amor, pero nunca la había visto tan alejada del amor como entonces. Empezó a hablar… Pero yo quería claridad: ¡un sí o un no! Tal vez me ofendiera ya lo que me parecía una vacilació…

- Pero, ¿cómo es posible que no se haya dado cuenta? ¡No podía haber creído usted que yo estaba haciendo la corte a Augusta!

Quise dar énfasis a mis palabras, pero, con el apresuramiento, fui a darlo donde no me correspondía y acabé pronunciando el nombre de Augusta con un acento y un gesto de desprecio.

Así libré a Ada de la turbación. Solo reparó en la ofensa de Augusta:

- ¿Por qué se cree superior a Augusta? ¡No creo en absoluto que Augusta aceptara ser su mujer!

Luego recordó apenas que me debía una respuesta:

- Por lo que a mí respecta…, me asombra que se le haya ocurrido semejante cosa.

… Si me hubiera abofeteado, creo queme habría quedado vacilante intentando descubrir la razón. Por eso insistí aún:

- Piénselo, Ada, Yo no soy un hombre malo. Soy rico… Soy un poco extraño, pero me será fácil corregirme.

También Ada se mostró más suave, pero volvió a hablar de Augusta.

- Piénselo también usted Zeno: Augusta es una buena muchacha y le conviene de verdad. Yo no puedo hablar por ella, pero creo…

… Tal vez estuviese perdida para mí, o al menos no aceptaría la instante casarse conmigo, pero entretanto había que evitar que se comprometiera con Guido, en relación con el cual debía abrirle los ojos. Fui astuto… Luego precipité las cosas porque se oían ruidos en el pasillo y de un momento a otro podían cortarme la palabra.

- ¡Ada! Ese hombre no es el indicado para usted. ¡Es un imbécil! ¿No se ha dado cuenta como sufría por las respuestas del velador? ¿Ha visto su bastón? Toca bien el violín, pero también hay monos que saben tocarlo. Todas sus palabras revelan a un animal…

Tras haber estado escuchándome con la expresión de quien no consigue decidirse a admitir en su sentido exacto las palabras que se le dirigen, me interrumpió. Se puso en pie de un salto con el violín y el arco en la mano y me dijo palabras ofensiva. Yo hice lo posible por olvidarlas y lo conseguí… No la olvidé nunca y, cuando pienso en mi amor de mi juventud, vuelvo a ver el rostro bello, noble y sano de Ada en el momento en que me eliminó definitivamente de su destino.

Volvieron todos en grupo… Nadie se ocupó de mí ni de Ada y yo, sin despedirme de nadie, salí del salón; en el pasillo cogí mi sombrero. ¡Qué curioso! Nadie venía a retenerme. Entonces me retuve yo mismo, al recordar que no debía faltar a las reglas de la buena educación… Yo, que por fin tenía la claridad, sentía ahora otra necesidad: la de la paz, la paz con todos…

Ada era la única que había advertido mi paso por el pasillo y, cuando me vio regresar, me miró ansiosa. ¿Temería una escena? Me apresuré a tranquilizarla. Pasé a su lado y murmuré:

- ¡Discúlpeme si la he ofendido!

Me cogió la mano y, tranquilizada, la apretó. Fue un gran consuelo…

Declaración¡Cesé de analizarme porque me vi entero! Para tener paz, debía conseguir que no se me prohibiera la entrada nunca más a aquel salón. ¡Miré a Alberta! ¡Se parecía a Ada! Era un poco más pequeña que ella y llevaba en su organismo señales evidentes, aún no borradas, de la infancia. Alzaba la voz con facilidad, y su risa, muchas veces exagerada, le contraía la carita y se la enrojecía. ¡Qué curioso! En aquel momento recordé un consejo de mi padre: «Escoge a una mujer joven y te será más fácil educarla a tu modo». El recuerdo fue decisivo. Volví a mirar a Alberta. Me esforzaba por desnudarla con el pensamiento y me gustaba tan dulce y ternecita como me la imaginaba.

Le dije:

-¡Escuche, Alberta! Tengo una idea: ¿ha pensado alguna vez que está en la edad de tomar marido?

-¡Yo no pienso casarme! –dijo sonriendo y mirándome con dulzura, sin turbación ni rubor-. Al contrario, pienso continuar mis estudios. También mamá lo desea.

- Pero podría continuar sus estudios aún después de casada.

Se me ocurrió una idea que me pareció ingeniosa y la expresé al instante:

- También yo pienso iniciarlos después de haberme casado.

Se rió con ganas, pero yo me di cuenta de que perdía el tiempo, porque no era con semejantes necedades como se podía conquistar a una mujer y la paz. Había que ser serio…

Me puse serio de verdad. Mi futura esposa debía saberlos todo. Con voz conmovida le dije:

- Hace poco he dirigido a Ada la misma propuesta que acabo de hacerle a usted. Me ha rechazado con desdén. Ya puede imaginarse en qué estado me encuentro…

Ella se puso muy seria para decirme:

- Sentiría que se ofendiera, Zeno. Yo le tengo mucho aprecio. Sé que es usted buena persona y, además, sin saberlo, sabe muchas cosas, mientras que mis profesores olo saben exactamente lo que saben. Yo no quiero casarme. Tal vez cambie de idea, pero por el momento solo tengo una meta: me gustaría llegar a ser escritora…

… Me sentía de nuevo bajo la amenaza de verme expulsado de aquel salón y corrí en busca de refugio. Solo había un modo de atenuar en Alberta, el orgullo de haber podido rechazarme y lo adopté apenas lo descubrí. Le dije: -Ahora voy a hacer la nueva propuesta a Augusta y voy a contar a todo el mundo que me caso con ella porque sus dos hermanas me han rechazado.

RotHoriz

211 - … Recuerdo que hacía días que se anhelaba en la ciudad un poco de lluvia, de la que se esperaba algún alivio para el calor anticipado. Yo ni siquiera me había dado cuenta de ese calor. Esa noche el cielo había empezado a cubrirse de ligeras nubes blancas, de esas de las que el pueblo espera lluvia abundante, pero una gran luna avanzaba por las zonas despejadas del intenso cielo azul, una de esas lunas de mejillas hinchadas que el mismo pueblo cree capaces de comer las nubes. En efecto, era evidente que allí donde tocaba aclaraba y limpiaba.

Quise interrumpir el charloteo de Guido, que me obligaba a asentir de continuo, una tortura, y le describí el beso en la luna descubierto por el poeta Zamboni, ¡qué dulce era ese beso en el centro de nuestras noches comparado a la injusticia que Guido comentaba a mi lado! Al hablar y sacudirme el sopor en que había caído a fuerza de asentir, me pareció que mi dolor se atenuaba. Era el premio a mi rebelión, e insistí.

Guido tuvo que resignarse a dejar por un momento en paz a las mujeres y mirar hacia arriba. Pero, ¡por poco tiempo! Tras descubrir, por indicación mía, una pálida imagen de mujer en la luna, volvió a su tema con una broma con la que rió con ganas, pero él solo, en la calle desierta:

-¡Ve tantas cosas esa mujer! Lástima que por ser mujer no sepa recordar.

WeiningerFormaba parte de su teoría (o de la de Weininger) que la mujer no puede ser genial porque no sabe recordar….

… Así fuimos caminando en la noche lunar. Supongo que Guido estaría cansado de sostenerme, porque por fin enmudeció. Sin embargo, me propuso acompañarme hasta la cama. No acepté, y cuando pude cerrar la puerta de mi casa tras de mí, di un suspiro de alivio. Pero, desde luego, también Guido debió de lanzar el mismo suspiro.

Subí los escalones de mi casa de cuatro en cuatro, y en diez minutos estaba en la cama. Me quedé dormido enseguida y, en el breve lapso que precede al sueño, no recordé ni a Ada ni a Augusta, sino solo a Guido, tan dulce, bueno y paciente. Desde luego, no había olvidado que poco antes yo había querido matarlo, pero eso no tenía la menor importancia, porque las cosas que nadie sabe y que no dejan huella no existen.

 

220 - … En cambio, en su casa, aprovechó un momento en que nos dejaron solos para decirme llorando:

- Nunca olvidaré que, a pesar de no amarme, te casaste conmigo.

Yo no protesté porque la cosa había sido tan evidente, que era imposible. Pero, lleno de compasión, la abracé.

Después, Augusta y yo no volvimos a hablar de todo eso, porque el matrimonio es algo mucho más sencillo que el noviazgo. Una vez casados, ya no se vuelve a hablar de amor y, cuando se siente la necesidad de expresarlo, la animalidad interviene enseguida para restablecer el silencio. Ahora bien, esa animalidad puede haber llegado a ser tan humana como para complicarse y falsificarse, y sucede que, al inclinarse sobre una melena femenina, se haga también el esfuerzo de evocar una luz que no tiene. Se cierran los ojos y la mujer se convierte en otra para volver a ser ella, al acabar…

 

De:   LA ESPOSA Y LA AMANTE

223 -… Yo adoraba esa seguridad, si bien sabía que era precaria porque se basaba en mí. Frente a ella yo debía comportarme al menos con la modestia que mostraba ante el espiritismo. Si éste podía existir, también podía existir la fe en la vida.

Pero me admiraba, en todas sus palabras, en todos sus actos se traslucía, en el fondo, su creencia en la vida eterna. No es que la llamara así: incluso le sorprendió que una vez yo, a quien los errores repugnaban antes de aprender a amar los suyos, hubiera sentido la necesidad de recordarle su brevedad. ¡Pues claro! Sabía que todos debíamos morir, pero eso no impedía que ahora que estábamos casados seguiríamos siempre, siempre, siempre juntos. Así, pues, ignoraba que cuando en este mundo las personas se unían lo hacían por un periodo tan breve, breve, breve, que no se entendía cómo habíamos llegado a hablarnos de tú después de habernos ignorado por un tiempo infinito y estando destinados a no volver a vernos nunca más durante otro tiempo infinito. Al final, cuando adiviné que para ella el presente era una verdad tangible en que podía uno retirarse y estar calentito, comprendí lo que era la salud humana perfecta…

229 … Entonces fue cuando me contó que me había amado antes de haberme conocido. Me había amado desde que había oído mi nombre, presentado por su padre de este modo: Zeno Cosini, un ingenuo, que ponía ojos como platos cuando oía hablar de cualquier argucia comercial y se apresuraba a apuntarla en una libreta, pero la perdía. Y si yo no había advertido su confusión en nuestro primer encuentro, debía ser porque también estaría confuso yo.

Recordé que, al ver a Augusta, me había distraído su fealdad, en vista de que esperaba encontrar en aquella casa a las cuatro muchachas bellísimas, cuyo nombre empezaba por a. Ahora me enteraba de que me amaba desde hacía mucho. Pero, ¡qué probaba eso? No le di la satisfacción de desdecirme. Cuando me muriera, ella tomaría a otro. Tras calmársele el llanto, se apretó más contra mí, y echándose a reír de repente, me preguntó:

- ¿Dónde encontraría a tu sucesor? ¿No ves lo fea que soy?

En efecto, probablemente disfrutaría yo de un tiempo de putrefacción tranquila.

Pero el miedo a envejecer ya no me abandonó nunca, siempre por miedo a entrega a mi mujer a otros. No se atenuó el atenuó el miedo cuando la traicioné, ni aumento siquiera con la idea de perder del mismo modo a la amante. Era una cosa muy distinta, que no tenía nada que ver con ella…

Amantes

 241 -… y de que la señorita Carla Gerco y su madre me rogaban que fuera a verlas para que me diesen las gracias. Copler temía perder a su cliente y quería vincularme haciéndome saborear el agradecimiento de las beneficiadas. Al principio intenté librarme de esa molestia asegurándole que estaba convencido de que él sabía hacer la beneficencia más adecuada, pero insistió tanto, que acabé accediendo.

- ¿Es guapa? –le pregunté riendo.

- Guapísima –respondió-, pero no es pan para nuestros dientes.

Es curioso que pusiera mis dientes junto a los suyos con el peligro de contagiarme las caries. Me habló de la honradez de esa desgraciada familia que hacía unos años había perdido al cabeza de familia y que en la más negra miseria había vivido con la honradez más estricta…

…  Durante aquella visita la señorita Carla no dejó de sonreír, tal vez por creer que así tenía esteriotipada en la cara la expresión de gratitud. Luego, cuando pocas horas después empecé a soñar con Carla, imaginé que en su cara había habido una lucha entre la alegría y el dolor. Nada de eso vi después en ella, y una vez más comprendía que la belleza femenina simula sentimientos con los que no tiene nada que ver. Del mismo modo que la tela sobre la que está pintada una batalla no tiene el menor sentimiento heróico…

… Por la escalera, de olor dudoso, Copler dijo:

- Su voz es demasiado fuerte. Es una vez de teatro.

No sabía que en ese momento yo sabía algo más: esa voz pertenecía a un ambiente muy humilde en el que se podía saborear la impresión de ingenuidad de ese arte y soñar con llevar dentro el arte, es decir, la vida y el dolor.

Al dejarme, Copler me dijo que me avisaría cuando el maestro de Carla organizara un concierto público. Se trataba de un maestro poco conocido aún en la ciudad, pero, desde luego, llegaría a ser una gran celebridad futura. Copler no estaba seguro, pese a que el maestro era bastante viejo. Parecía que la celebridad iba a llegarla ahora, después de que Copler lo hubiera conocido. Dos debilidades de moribundos, la del maestro y la de Copler

… Seguía cumpliendo con exactitud lo que yo llamaba el horario de la familia. Tengo una conciencia tan delicada, que ya entonces me preparaba para atenuar con mi conducta mi remordimiento futuro.

SiluetasPrueba de que mi resistencia no cedió del todo es que llegara a Carla no de un impulso, sino por etapas. Al principio y durante varios días solo llegué hasta el jardín público y con la sincera intención de gozar de ese verde que aparece tan puro en medio del gris de las calles y casa que lo circundan. Después, al no haber tenido la suerte de tropezarme, como esperaba, con ella por casualidad, salí del jardín para pasar justo por debajo de sus ventanas. Lo hice con gran emoción, que recordaba a la tan deliciosa del joven que se acerca por primera vez al amor. ¡Llevaba tanto tiempo privado, no de amor, sino de las cosas que conducen a él!...

276… Al aire libre respiré la libertad y no sentí el dolor de haberla comprometido. Hasta el día siguiente había tiempo y tal vez encontraría una protección contra las dificultades que me amenazaban. Mientras corría hacia la casa tuve incluso el valor de irritarme con el orden social, como si hubiera tenido la culpa de mis faltas. Me parecía que debía ser tal, que permitiera de vez en cuando (no siempre) hacer el amor, sin tener que temer las consecuencias, hasta con las mujeres a los que no se ama. No había rastro de remordimiento en mí. Por eso, creo que el remordimiento no nace del pesar por una mala acción ya cometida, sino de ver la disposición culpable propia. La parte superior del cuerpo se inclina a mirar y juzgar a la otra parte y la encuentra deforme. Siente horror y eso se llama remordimiento. Tampoco en la tragedia antigua regresaba la víctima con vida y, sin embargo, el remordimiento pasaba. Eso significaba que la deformidad quedaba curada y que el llanto ajeno ya no tenía la menor importancia. ¿Cómo iba a haber sitio en mí para el remordimiento, si corría con tanta alegría y afecta a encontrarme de nuevo con mi legítima esposa? Hacía mucho tiempo que no me sentía tan puro…

… tras haber comprobado que Copler estaba agonizando. El viejo hablaba en voz baja, sin dejar de jadear, como si temiera turbar la quietud del moribundo. También yo bajé la mía. Es una forma de respeto, tal como lo sentimos los hombres, mientras que nadie sabe si al moribundo no le gustaría más verse acompañado por el último trecho del camino por voces claras y fuertes, que le recordarían a la vida.

El viejo me dijo que una monja asistía al moribundo. Lleno de respeto, me detuve un tiempo delante de la puerta de aquella habitación, en la que el pobre Copler, con su estertor, de ritmo tan exacto, medía su último tiempo. Su ruidosa respiración se componía de dos sonidos: vacilante parecía el producido por el aire que inspiraba; precipitado, el que nacía del aire expirado. ¿Prisa por morir? Una pausa seguía a los dos sonidos y yo pensé que, cuando se pausa se alargara, se iniciaría la nueva vida…

… Me preguntó de qué enfermedad moría. Al contarle cómo se había anunciado la catástrofe, recordé la discusión que había tenido con Copler sobre la utilidad del dolor. Mira por donde, los nervios de sus dientes se habían agitado y se habían puesto a pedir ayuda porque a un metro de distancia de ellos, los riñones habían dejado de funcionar. Me sentía tan indiferente a la suerte de mi amigo, cuyo estertor había oído poco antes, que seguí jugueteando con sus ideas. Si hubiera podido oírme todavía, le habría dicho que así se entendía que en el caso del enfermo imaginario los nervios pudieran dolerle legítimamente por una enfermedad manifestada a unos kilómetros de distancia.

290 … Entonces me ocupé de mi vecina, Alberta. Hablamos de amor. A ella le interesaba en teoría, y a mí, por el momento, no me interesaba nada en la práctica. Por eso, era hermoso hablar de ello. Me preguntó lo que yo pensaba, y yo descubrí al instante una idea que parecía resultar evidente por mi experiencia de aquel mismo día. Una mujer era un objeto que variaba de precio mucho más que valor alguno de la Bolsa. Alberta no me entendió bien y creyó que yo quería decir una cosa sabida de todos: que una mujer de cierta edad tenía un valor muy distinto de otra. Me expliqué con mayor claridad: una mujer podía tener cierto valor a una hora determinada de la mañana y ninguno a mediodía, para valor por la tarde el doble que por la mañana y acabar la noche con valor del todo negativo. Expliqué el concepto de negativo: una mujer tenía tal valor cuando un hombre calculaba la suma que estaría dispuesto a pagar para enviarla muy lejos, pero es que muy lejos, de él…

… Las fantasías del vino son auténticos acontecimientos.

Por mucho tiempo Alberta y yo no olvidamos que yo había tocado una parte de su cuerpo, al tiempo que le advertía que lo hacía para gozar. La palabra había resaltado el acto y el acto la palabra. Hasta que se casó, siempre tuvo para mí una sonrisa y un rubor; luego, en cambio, rubor e ira. Las mujeres están hechas así. Cada día les aporta una nueva interpretación del pasado. Debe de ser una vida muy monótona la suya. En cambio, para mí la interpretación de aquel acto fue siempre la misma: el hurto de un pequeño objeto de sabor intenso, y fue culpa de Alberta que en cierta época yo intentara hacer recordar aquel acto, mientras que más adelante habría pagado, en cambio, cualquier cosa para que quedara del todo olvidado…

… lancé a Ada tal mirada, que ella se levantó y salió tras haberse vuelto a mirar espantada, lista tal vez para echarse a correr.

LaNotePinturaTambién una mirada se recuerda, cuando es mejor que una palabra; es más importante que una palabra porque en todo el vocabulario no hay palabra que pueda desnudar a una mujer. Yo sé ahora que aquella mirada mía falseó, al simplificarlas, las palabras que había concebido. Pera Ada, mi mirada había intentado penetrar más allá de los vestidos y hasta de su epidermis. Y había significado, sin lugar a dudas: «¿Quieres venirte ahora mismo a la cama conmigo» El vino es un gran peligro, sobre todo porque no saca a relucir la verdad. Todo lo contrario de la verdad: revela especialmente la historia pasada y olvidada del individuo y no su voluntad actual; saca a relucir, caprichoso, todas las ideas absurdas que ha acariciado en épocas más o menos recientes; no tiene en cuenta las tachaduras y lee todo lo que aún es perceptible a nuestro corazón. Y sabido es que en éste no hay modo de borrar nada tan radicalmente, como se hace con una palabra equivocada en una letra de cambio. Toda nuestra historia está siempre legible en él y el vino la grita, olvidando lo que después la historia ha añadido…

308- … Después seguí mintiendo, y más adelante supe por Tullio que la segunda mentira bastó para revelarle toda la verdad. Con sonrisa forzada dije:

- También la señorita se ha sentado por casualidad en este banco junto a mí sin verme.

El mentiroso debería tener presente que, para que lo crean, solo debe decir las mentiras necesarias. Cuando nos encontramos de nuevo, Tullio me dijo con su sentido común popular:

- Explicaste demasiadas cosas y, por eso, adiviné que mentías y que aquella señorita tan bella era tu amante.

Yo entonces ya había perdido a Carla, y con gran voluptuosidad le confirmé que había dado en el blanco, pero le conté con tristeza que ya me había abandonado. No me creyó y yo se lo agradecí. Me parece que su incredulidad era un buen augurio.

Carla fue presa de un malhumor como yo no le había visto nunca. Ahora sé que desde aquel momento comenzó su rebelión. No lo advertí enseguida, porque, para escuchar a Tullio, que se había puesto a hablarme de su enfermedad y de las curas que emprendía, yo le daba la espalda. Más adelante supe que una mujer, aún cuando se deje tratar con menos amabilidad siempre, salvo en ciertos instantes, no admite que renieguen de ella en público. Manifestó su desdén más hacia el pobre cojo que hacia mí…

 

De:   HISTORIA DE UNA ASOCIACIÓN COMERCIAL

336- … Después fue admitido en nuestra oficina un huésped muy ruidoso: un perro de caza de pocos meses, agitado e invidente. Guido lo amaba mucho y había organizado para él un aprovisionamiento regular de leche y carne. Cuando no tenía nada que hacer ni que pensar, también yo le veía con gusto retozar por la oficina en esos cuatro o cinco gestos que sabemos interpretar en el perro y que nos hacen cogerle tanto cariño. Pero no me parecía que, siendo como era tan ruidoso y sucio, fuese aquel su lugar. Para mí, la presencia de aquel perro en nuestra oficina fue la primera prueba que Guido dio de no ser digno de dirigir una casa comercial. Eso demostraba una absoluta falta de seriedad. Intenté explicarle que el perro no podía favorecer nuestros negocios, pero no tuve valor para insistir y el me hizo callar con una respuesta cualquiera.

Por eso, me pareció que debía dedicarme a la educación de aquel colega mío y le aseste con gran placer alguna patada, cuando Guido no estaba. El perro chillaba y al principio volvía junto aí creyendo que había chocado con él por error. Pero una segunda patada le explicaba mejor la primera, y entonces se acurrucaba en un rincón y había paz en la oficina hasta que Guido llegaba. Después me arrepentí de haberme cebado con un inocente, pero demasiado tarde. Colmé al perro de atenciones, pero no volvió a fiarse de mí y delante de Guido daba claras señales de antipatía…

… Ahora estoy seguro de haber visto muchachas tan bellas como Carmen, pero no de una belleza tan agresiva, es decir, tan evidente al primer vistazo. Por lo general, a las mujeres las creamos primero con nuestro deseo, mientras que aquella no necesitaba esa primera fase… Se presentaba en búsqueda de empleo, pero a mí me habría gustado intervenir en los trámites para preguntarle «¿Qué empleo? ¿Para una alcoba?»

Vi que no llevaba la cara pintada, pero sus colores eran tan precisos, tan azul su candor y tan semejante al de la fruta madura su rubor, que el artificio estaba simulado a la perfección. Sus grandes ojos castaños reflejaban tal cantidad de luz, que cualquiera de sus movimientos tenía gran importancia…

… Uno de los primeros efectos de la belleza femenina en un hombre es el de hacerle perder la avaricia. Guido se encogió de hombros para dar a entender que no de cosas tan insignificantes, le fijo un sueldo que ella aceptó agradecida y le recomendó que con gran seriedad que estudiara taquigrafía…

MiradaDespreciativa…. Pocos días después –no se si por casualidad- Ada vino a visitarnos a la oficina. Guido no había llegado aún, y Ada se quedó un instante conmigo para preguntarme a qué hora vendría. Después, con paso vacilante, se dirigió a la habitación contigua, en la que en ese momento solo estaban Carmen y Luciano. Carmen estaba ejercitándose en la máquina de escribir, absorta en la búsqueda de las letras una a una. Alzó sus bellos ojos para mirar a Ada, que tenía los suyos clavados en ella. ¡Qué diferentes eran las dos mujeres! Se parecían un poco, pero Carmen parecía una caricatura de Ada. Yo pensé que una, a pesar de ir vestida con ropa más cara, estaba hecha para llegar a ser esposa o una madre, mientras que a la otra, pese a llevar en ese momento un modesto delantal para no ensuciarse el vestido con la máquina, correspondía el papel de amante. No sé si en este mundo habría sabios que supieran decir por qué los bellísimos ojos de Ada recogían menos luz que los de Carmen, y, por esa razón, eran auténticos órganos para mirar las cosas y a las personas y no para maravillarlas. Así, Carmen soportó con frialdad la mirada despreciativa, pero también curiosa; también había en ella un poco de envidia. ¿O se la atribuí yo?

352- … Sin embargo, esa noche me echaron de casa los chillidos de mi pequeña Antonia. Cuanto más la acariciaba la madre, más chillaba la niña. Entonces probé un sistema mía, que consistía en gritar insolencias al oidito de aquella monita chillona. El único resultado fue que cambió el ritmo de sus gritos, porque se puso a aullar de espanto. Después me habría gustado probar otro sistema un poco más enérgico, pero Augusta recordó a tiempo la invitación de Guido y me acompañó hasta la puerta, al tiempo que me prometía acostarse sola, si yo volvía tarde. Más aún: contar de que me marchara, se resignaría incluso a tomar sin mí el café de la mañana siguiente, si yo permanecía fuera hasta esa hora. Entre Augusta y yo existe una pequeña divergencia –la única- sobre el modo de tratar a los niños fastidiosos: a mí me parece que el dolor del niño es menos importante que el nuestro y que vale la pena infligírselo con tal de evitar un gran trastorno al adulto; en cambio, a ella le parecía que nosotros, que hemos hecho a los niños, debemos también sufrirlos…

… Pasamos por delante del faro y llegamos a mar abierta. Unas millas más allá brillaban las luces de innumerables veleros: allí acechaban a los peces peligros mayores…. Guido preparó los tres sedales y cebó los anzuelos clavando en ellos gambas por la cola. Entregó un sedal a cada uno de nosotros diciendo que el mía a proa –el único provisto de plomo- sería el que preferirían los peces. Divisé en la oscuridad mi gamba con la cola traspasada y me pareció que movía la aparte superior del cuerpo, la parte que no se había convertido en una vaina. Ese movimiento me pareció más de meditación que de dolor. Tal vez lo que produce el dolor en los organismos grandes en los muy pequeños pueda reducirse hasta convertirse en una experiencia nueva, un estímulo para el pensamiento. Lo metí en el agua hundiéndolo, como me dijo Guido, diez brazas… Durante mucho tiempo no tuvo nada que hacer. Guido charlaba mucho. Quién sabe si no se había aficionado a Carmen a causa de su pasión por la enseñanza más que por el amor. A mí me habría gustado no tener que oírlo para seguir pensando en el animalito que tenía expuesto a la voracidad de los peces, suspendido en el agua, y que con los gestos de la cabecita –si los continuaba en el agua- atraería mejor a los peces… Varias veces tuvimos que recoger el sedal para renovar el cebo. El animalito pensativo acababa, impune, en las fauces de algún pez astuto que sabía evitar el anzuelo…

360- … No recordaba bien las fisonomías de nuestros grandes literatos y las evocaba para encontrar una que se pareciera a Guido. Entonces él gritó:

FabulasEsopo- ¿Queréis fábulas bonitas? ¡Ahora os improviso fábulas como las de Esopo!

Todos se rieron menos él. Hizo que le trajeran la máquina de escribir y, de un tirón, como si escribiera al dictado, con gestos más ampulosos de lo que exigía un trabajo útil a máquina, redactó la primera fábula. Ya estaba tendiendo la hoja a Luciano, cuando cambió de opinión y escribió otra fábula, pero ésa le costo más trabajo que la primera, hasta el extremo de que olvidó seguir simulando con gestos la inspiración y tuvo que corregir su escrito varias veces. Por eso, yo considero que la primera de las dos fábulas no era suya y que, en cambio, la segunda salió de verdad de su cerebro, del que me parece digna. La primera fábula hablaba de un pajarito que advirtió que la puertecita de su jaula había quedado abierta. Al principio pensó aprovechar para escapar volando, pero después cambió de opinión temiendo perder su libertad, si, durante su ausencia, volvía a cerrarse la puertecita. La segunda trataba de un elefante, y era elefantina, la verdad. Por sufrir una debilidad en las patas, el enorme animal iba a consultar a un hombre, médico célebre, el cual, al ver sus poderosas extremidades, gritaba: «Nunca he visto piernas tan fuertes»

A Luciano no le hicieron impresión esas fábulas, entre otras razones porque no las entendía. Se reía mucho, pero evidentemente le parecía cómico que presentaran una cosa así como comerciable. Después se rió él también, por cortesía, cuando se le explicó que el pajarito temía verse privado de libertad de volver a la jaula y que el hombre admiraba las patas del elefante, a pesar de estar débiles. Pero luego preguntó:

- ¿Cuánto se saca con dos fábulas así?

Guido se las dio de hombre superior:

- El placer de haberlas hecho y, además, si se quiere, mucho dinero.

En cambio, Carmen estaba agitada por la emoción. Pidió permiso para copiar esas dos fábulas y, cuando Guido le regaló la hoja en que había escrito, después de firmarla, le dio las gracias agradecida.

¿Qué tenía yo que ver con aquello?...

… Pedí la máquina y yo sí improvisé. Cierto es que la primera de las fábulas que compuse se basaba en algo en lo que llevaba días pensando. Improvisé el título «Himno a la vida». Después, tras una breve reflexión, escribí debajo: «Diálogo». Me parecía más fácil hacer hablar a los animales que describirlo. Así nació mi fábula, de diálogo muy breve.

La gamba meditabunda: La vida es bella, pero hay que tener cuidado con el lugar donde se sienta uno.

La dorada, corriendo a casa del dentista: La vida es bella pero habría que eliminar a ese animalitos traidores que ocultan en su sabrosa carne el metal agudo.

Ahora habría que componer la segunda fábula, pero me faltaban los animales. Miré al perro, que estaba tendido en su rincón, y también él me miró. Aquellos ojos tímidos me recordaron una cosa: pocos días antes Guido había vuelto de la caza cubierto de pulgas y había ido a lavarse a nuestro cuarto trasero. Al instante se me ocurrió la fábula y la escribí de un tirón: «Érase una vez un príncipe al que picaban muchas pulgas. Pidió a los dioses que sustituyeran todas por una sola pulga, grande y famélica, pero una sola, y destinasen las otras a los demás hombre. Pero ninguna de las pulgas aceptó quedarse sola con aquella bestia de hombre, y éste tuvo que soportarlas a todas»

En aquel momento mis fábulas me parecieron espléndidas. Las cosas que salen de nuestro cerebro tienen un aspecto en extremo amable, sobre todo cuando las examinamos recién creadas…

363- … El negocio del sulfato de cobre dio mayor seriedad a nuestra oficina. Ya no había tiempo para fábulas. Ahora aceptábamos casi todos los negocios que nos proponían. Algunos dieron algún beneficio, pero pequeño; otros, pérdidas, pero grandes. Una extraña avaricia era el principal defecto de Guido, que fuera de los negocios era tan generoso. Cuando un negocio resultaba bueno, se apresuraba a liquidarlo con avidez por percibir el pequeño beneficio que le proporcionaba. En cambio, cuando se encontraba envuelto en un negocio desfavorable, no se decidía nunca a salir de él, con tal de retrasar el momento en que debía rascarse el bolsillo. Por eso, creo que sus pérdidas fueron cada vez más importantes y sus beneficios pequeños. Las cualidades de un comerciante no son sino el resultado de todo su organismo, de la punta de los cabellos a las uñas de los pies. A Guido habría sido aplicable una expresión de los griegos: «astuto imbécil». Astuto de verdad, pero también un auténtico estúpido. Tenía toda clase de astucias que no servían para otra cosa que para engrasar aún más el plano inclinado sobre el que resbalaba cada vez más.

Junto con el sulfato de cobre, le cayeron encima los dos gemelos…

368- … El día siguiente el ginecólogo que atendía a Ada pidió ayuda al doctor Paoli, quien al instante pronunció la palabra que yo no había podido decir: Morbus Basedowii. Guido me lo contó describiéndome con gran conocimiento la enfermedad y compadeciendo a Ada, que sufría mucho…

MorbusBasedow… ¡Grande e importante enfermedad, la de Basedow! Para mí fue importantísimo haberla conocido. La estudié en varias monografías y creí descubrir justo entonces el secreto esencial de nuestro organismo. Creo que en muchos como yo hay periodos de tiempo en que ciertas ideas ocupan y atestan el cerebro y lo cierran a todas las demás, ¡si la colectividad le sucede lo mismo! Vive de Darwin, tras haber vivido de Robespierre, y de Napoleón, tras haber vivido de Liebig o incluso de Leopardi, ¡eso cuando no prevalece sobre todo el cosmos de Bismarck!

Pero ¡de Basedow viví solo yo! Me pareció que había sacado a la luz raíces de la vida, que está hecha así: todos los organismos se distribuyen sobre la enfermedad de Basedow, que entraña un consumo generosísimo, loco, de la fuerza vital y a un ritmo rapidísimo, el latido de un corazón desenfrenado, mientras que el otro lo ocupan los organismos debilitados por avaricia orgánica, destinados a perecer de una enfermedad que parece de agotamiento y, en realidad, es de pereza. El justo medio entre esas dos enfermedades se encuentra en el centro y se llama impropiamente salud, que no es sino un reposo. Y entre el centro y una extremidad –la de Basedow- están todos los que exasperan y consumen la vida en grandes deseos, ambiciones, goces y también trabajo; por la otra, quienes no echan al plato de la vida sino migajas y economizan preparándose para ser esos abyectos longevos que constituyen una carga para la sociedad. Al parecer, esa carga también es necesaria. La sociedad avanza porque los basedowianos la impulsan y no se desploma porque los otros la retienen. Estoy convencido de que, si se quiera construir una sociedad, se podría hacer de modo más sencillo, pero está hecha así, con el bocio en uno de sus extremos y el edema en le otro y no hay remedio. En medio están quienes tienen el bocio o el edema incipientes y en toda la línea, en toda la humanidad, falta la salud absoluta…

… Durante mucho tiempo pensé en Basedow. Ahora creo que en cualquier punto del universo en que se establezca acaba uno corrompiéndose. Hay que moverse. La vida tiene venenos, pero tiene también los otros venenos, que hacen de contravenenos. Solo corriendo podemos sustraernos a los primeros y disfrutar de los otros…

377-… siguió opinando lo mismo, por supuesto, porque entonces descubrió que no perdería nada dejando de frecuentar aquella oficina, donde, con toda seguridad acabaría perdiendo mi fama de comercial. Diantre: ¡mi fama de comercial!... Consintió en que acabara el balance, ya que lo había iniciado, pero después debía encontrar el modo de volver a mi estudio, en el cual no se ganaba dinero, pero tampoco se perdía.

Ahora bien, tuve entonces una experiencia curiosa de mí mismo. No fui capaz de abandonar aquella actividad, pese a haberlo decidido. ¡Me quedé atónito! Para entender bien las cosas, hay que utilizar imágenes. Entonces recordé que en tiempos la condena a trabajos forzados se aplicaba en Inglaterra colgando al condenado encima de un rueda accionada por agua, con lo que se obligaba a la víctima a mover con determinado ritmo las piernas que, si no, resultarían aplastadas. Cuando se trabaja se tiene siempre la sensación de una obligación de ese tipo. Cierto es que cuando no se trabaja la posición es la mima y me parece correcto afirma que Olivi y yo estuvimos siempre colgados así; solo que yo, tal como estaba, no debía mover las piernas. Nuestra posición daba un resultado diferente, desde luego, pero ahora sé con certeza que no justificaba ni la censura ni la exaltación. En resumen, depende del azar que estemos atados a una rueda móvil o a una inmóvil. Siempre es difícil desatarse…

404-… Tenía entonces unos cuarenta años y era muy feo, por una calvicie csi general interrumpida por un oasis de cabellos negros y espesos en la nuca y otro en las sienes, y una cara amarilla y de piel demasiado abundante, pese a su gran nariz. Era pequeño y flaco y se erguía como podía, hasta el punto de que cuando hablaba con él yo sentía un ligero dolor simpático en el cuello, la única simpatía que sentía hacia él. Aquel día me pareció que contenía la risa y que su rostro tenía la cara contraída por una ironía o un desprecio, que no podía herirme a mí, en vista de que me había saludado con tanta amabilidad. Después descubrí que la extraña madre naturaleza le había grabado en la cara esa ironía. Sus pequeñas mandíbulas no ajustaban exactamente, y entre ellas, en una parte de la boca, había quedado un agujero en el que habitaba estereotipada su ironía. Tal vez para adaptase a la máscara de la que no podía librarse salvo cuando bostezaba, le gustaba burlarse del prójimo. No era ningún tonto y lanzaba flechas envenenadas, pero con preferencia a los ausentes.

LunaSobreElMar

410-… Una noche de agosto me convenció para que lo acompañara a pescar. A la luz deslumbrante de una luna casi llena había poca probabilidad de pescar nada. Pero insistió diciendo que en el mar encontraríamos algún alivio para el calor. En efecto, no encontramos otra cosa. Tras un solo intento, no volvimos a cebar los anzuelos y dejamos los sedales colgando de la barquita que Luciano dirigió hacia alta mar. Cierto es que los rayos de la luna llegaban hasta el fondo del mar, con lo que permitían a los peces grandes afinar la vista y advertir la insidia y también a los pequeños capaces de roer el cebo, pero no de llegar con la boquita al anzuelo. Nuestros cebos no eran sino regalos para los pececillos.

Guido se tumbó a poca y yo a proa. Poco después murmuró:

- ¡Qué tristeza toda esta luz!

Probablemente lo dijera porque la luz le impedía dormir, y yo asentí para complacerlo y también para no turbar con una discusión tonta la solemne quietud en que nos movíamos lentamente. Pero Luciano protestó diciendo que a él aquella luz le gustaba muchísimo. En vista de que Guido no respondía, quise hacerle callar diciéndole que la luz era sin duda algo triste, porque se veían las cosas de este mundo. Y, además, impedía la pesca. Luciano se rió y calló.

416-… Yo no supe ofrecerle consuelo alguno. En verdad, me ofendía que creyese ser el hombre más desgraciado del mundo. No era una exageración, era una auténtica mentira. Lo habría socorrido, si hubiera podido, pero resultaba imposible consolarlo. En mi opinión, ni siquiera quienes son más inocentes y más desgraciados que Guido merecen compasión, porque, si no, en nuestra vida solo habría sitio para ese sentimiento, lo que sería un gran tedio. La ley natural no da el derecho a la felicidad, sino que, al contrario, prescribe la miseria y el dolor. Cuando se expone algo comestible, acuden de todas partes los parásitos y, si faltan, se apresuran a nacer. Pronto la presa apenas basta, y poco después, ya no basta, los consumidores deben disminuir a fuerza de muerte precedida del dolor y así se restablece el equilibrio por un instante. ¿Por qué quejarse? Y, sin embargo, todos se quejan. Quienes no han conseguido nada de la presa, mueren gritando injusticia y quienes han conseguido una parte les parece que tenían derecho a una parte mayor. ¿Por qué viven y mueren en silencio? En cambio, es simpática la alegría de quien ha sabido conseguir una parte abundante de la presa y se manifiesta al sol entre los aplausos. El único grito admisible es el del triunfador.

 

De,   PSICOANÁLISIS

454- … Desde entonces aquellas sesiones fueron una auténtica tortura, y yo las continué solo porque siempre me ha resultado difícil detenerme cuando me muevo o ponerme en movimiento cuando me detengo. A veces, cuando él me decía una auténtica barbaridad, yo aventuraba alguna objeción. No era cierto en absoluto –como él creía- que todas mis palabras, todos mis pensamientos fueran propios de un delincuente. Entonces ponía unos ojos como platos. ¡Estaba curado y no quería verlo! Era auténtica ceguera, me había enterado de haber deseado quitar la esposa, ¡mi madre! a mi padre, ¿y no me sentía curado? Inaudita obstinación la mías; pero el doctor reconocía que estaría aún más curado cuando hubiera acabado mi reeducación, después de la cual me acostumbraría a considerar esas cosas (el deseo de matar a mi padre y de besar a la madre) de los más inocentes, cosas por las que no había que sufrir remordimiento, porque ocurrían con frecuencia en las mejores familias. En el fondo, ¿qué pedía?...

Tabaco478- … Por supuesto que no soy un ingenuo y disculpo al doctor por ver en mi propia vida una manifestación de enfermedad. La vida se parece un poco a la enfermedad, porque avanza por crisis y lisis, y tiene mejorías y empeoramientos diarios. A diferencia de las demás enfermedades, la vida siempre es mortal. No tolera curas. Sería como querer tapar los agujeros que tenemos en el cuerpo por considerarlos heridas. Moriríamos estrangulados nada más curarnos…

… Cualquier esfuerzo por conseguir la salud es vano. Esta solo puede pertenecer a los animales que conocen un único progreso: el de su organismo. Cuando la golondrina comprendió que su única posibilidad de vida es la emigración, aumentó el músculo que mueve sus alas y que se convirtió en la parte más importante de su organismo. El topo se metió bajo tierra y todo su cuerpo se adaptó a su necesidad. El caballo creció y transformó su pie. No conocemos el progreso de algunos animales, pero habrá existido y nunca habrá perjudicado a su salud.

En cambio, el hombre, el animal con gafas, inventa instrumentos fuera de su cuerpo y, si quien los inventó gozó de salud y nobleza, quien los usa casi siempre carece de ellas. Los instrumentos se compran, se venden y se roban, y el hombre se vuelve cada vez más astuto y más débil. Es más: se comprende que su astucia crezca en proporción a su debilidad… Y el instrumento es el que crea la enfermedad con el abandono de la ley, que fue la creadora en toda la tierra. La ley del más fuerte desapareció y perdimos la saludable selección. Necesitaríamos algo muy distinto del psicoanálisis: bajo la ley del poseedor del mayor número de instrumentos prosperarán enfermedades y enfermos.

Tal ver gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades…

 

 

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