UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA CARTUJA DE PARMA      (1839)                            

LaCartujaDeParma

     (La Chartreuse de Parme)    

    Stendhal   (Henri Beyle)    (Francia)  

    

    Traducción: Francisco Javier Calzada

        Editorial      :  CÁTEDRA   -  Letras Universales  

     Edición de  :  Anne-Marie Reboul                  

                                                                                        IconoFraLib ... algo decimos de este libro.

 

Fragmentos de libros 

 

Del capítulo VI

La duquesa estaba encantada.

- Si nos echan de Parma -le dijo-, iremos a verte a Nápoles: pero ya que optas, hasta nueva orden, por las medias moradas, el conde, que conoce bien la Italia actual, me ha encargado que te transmita un consejo: no plantees ninguna objeción. Imagínate que te están explicando las reglas de whist… ¿objetarías algo a la s reglas del juego? Le he dicho al conde que tenías fe, y se ha alegrado de ello, es útil para esta vida y para la otra. Pero, si eres creyente, no caigas en la vulgaridad de referirte con horror a Voltaire, Diderot, Raynal, y a todos esos desquiciados franceses que han preconizado un parlamente bicameral. Mejor que apenas te refieras a ellos; pero, cuando sea preciso, cítalos con tranquila ironía. Son personajes desacreditados desde hace mucho tiempo, cuyos virulentos ataques carecen ya de importancia. Cree ciegamente en todo lo que te expliquen en el seminario…

Al día siguiente del nombramiento del general Fabio Conti, que ponía fin a la crisis ministerial, Parma se enteró de que iba a contar con un periódico ultramonárquico.

- ¡Cuántos conflictos va a originar ese periódico! –decía la duquesa.

- Tal vez sea mi jugada maestra –respondía el conde riendo-. Dejaré que, a pesar mío, los más extremistas me arrebaten poco a poco la dirección del periódico. He hecho dotar con muy buenos sueldos los puestos de redactor. Van a solicitarlos desde todas las partes y el asunto nos entretendrá uno o dos meses, durante los cuales se olvidarán los peligros que acabo de correr. Contamos ya con dos sesudos personajes, P. y D.

LaGacetaDiParma

- Pero su ideología será de los más absurda y cargante.

- Eso espero –replicaba el conde-. El príncipe lo leerá cada mañana, y se admirará de su contenido doctrinal, que será el que yo le habré dado. En cuanto a los detalles, estará de acuerdo o no le parecerán bien; pero en eso ocupará dos de las horas que consagra al trabajo. El diario tendrá líos; para cuando lleguen las quejas serias, dentro de ocho o diez meses, estará totalmente en manos de los extremistas, y de ellas deberá responder el partido que me hace la contra. Yo mismo me quejaré del periódico aunque, en el fondo, prefiero cien descabellados absurdos a un solo condenado a muerte. ¿Quién recuerda un absurdo a los dos años de haberse publicado en un diario oficial? Pero los hijos y la familia de un condenado a muerte me profesarían un odio que duraría tanto como yo y que tal vez acortaría mi vida...

 

 Del capítulo VI

- Con perdón de vuestra alteza serenísima…, no solo leo el diario de Parma, que me parece bastante bien escrito, sino que sostengo, con él, que todo cuanto se ha hecho desde la muerte de Luis XIV en 1715, es a la vez un crimen y una estupidez. Lo que más le interesa al hombre es su salvación –en esto no caben apreciaciones-, y esa dicha debe ser eterna. Palabras como libertad, justicia, felicidad de la mayoría, son infames y criminales; instilan en los espíritus el hábito de la discusión y de la desconfianza. Una cámara de diputados desconfía, por principio, de lo que esas gentes llaman el gobierno. Y una vez contraído ese fatal vicio de la desconfianza, la debilidad humana lo aplica a todo, y el hombre llega hasta desconfiar de la Biblia, de las órdenes de la Iglesia, de la tradición, etcétera, etcétera; y entonces está perdido. Porque aún suponiendo, lo cual es una falsedad tremenda y una opinión criminal, que esa desconfianza hacia la autoridad de los príncipes establecidos por el propio Dios trajera la felicidad durante los veinte o treinta años de vida a que podemos aspirar cada un, ¿qué es medio sigle, o un siglo entero, comparado con una eternidad de suplicios?

Por la forma de hablar de Fabricio

- Es preciso que vayas ahora mismo a visitar al padre Landriani, nuestro buen arzobispo. Ve a pie, sube despacito la escalinata y no te gas notar en las antesalas. Si te hacen esperar, mejor, ¡muchísimo mejor! En una palabra: ¡muéstrate apostólico!

- Ya comprendo –dijo Fabricio-, nuestro hombre es un Tartufo.

- En absoluto: es la virtud personificada.

- ¿Después de cómo se comportó cuando el suplicio del conde Palanza? –insistió Fabricio extrañado.

Carthusians- Sí, querido; a pesar de lo que hizo entonces. El padre de nuestro arzobispo era un funcionario del ministerio de Hacienda, un pequeño burgués; eso lo explica todo. Monseñor Landriani es un hombre de ingenio despierto, amplio, profundo. Es sincero y ama la virtud… Esta es la cara de la moneda. Pero también está la cruz… De ahí las cosas que le han dado reputación de crueldad en toda Italia. Pero lo que la gente ignora es que, cuando la opinión pública le abrió los ojos sobre el proceso del conde Palanza, se impuso la penitencia de vivir a pan y agua durante trece semanas, tantas como letras hay en Davide Palanza

»Monseñor Landriani es un espíritu selecto, un sabio eminente, pero tiene una unica debilidad: quiere ser amado. Así que pon cariño en tus ojos cuando le mires y, a la tercera visita, exprésaselo sin rodeos. Esto, unido a tu condición, hará que te adore. Y no muestres sorpresa si ves que te acompaña hasta la escalinata; haz como si estuvieras acostumbrado a ese proceder: es um hombre que nació de rodillas ante la nobleza. Por lo demás, muéstrate sencillo, apostólico; nada de ingenio, ni brillantez, ni respuestas rápidas… Si no lo intimidas, le agradarás…

«¿Cómo puede ser que ese mismo hombre haya apresurado el suplicio del pobre conde Palanza?» -se preguntaba Fabricio mientras volvía al palacio Sanseverina.

- En qué está pensando su excelencia? – le preguntó bromeando el conde Mosca al verlo entrar en la palacio de la duquesa (el conde le había dicho a Fabricio que no le diera el tratamiento de excelencia)

- Caigo de las nubes. Veo que no sé nada sobre el carácter las personas. De no haber sabido quien era, habría jurado que es incapaz de presenciar como matan a un pollo.

- Y habrías ganado –explicó el conde-; pero cuando está delante del príncipe, o delante de mí, no sabe decir no. Claro que, si te he de ser sincero, para causarle yo ese efecto he de lucir por encima de la casaca la gran banda amarilla; si vistiera de frac, se me resistiría. Por eso me pongo siempre el uniforme para recibirlo. No vamos a ser nosotros quienes destruyamos el prestigio del poder; ya se encargan de demolerlo bien rápidamente los diarios franceses. La manía del respeto, apenas durará lo que nosotros duremos… 

 

 Del capítulo X

- Está usted muy trágico esta noche, amigo mío –dijo la duquesa sin poder ocultar su emoción.

- Es porque estamos rodeados de sucesos trágicos –replicó el conde con voz conmovida también-. Aquí no estamos en Francia, donde todo acaba en canciones o con un año o dos de prisión. En realidad hago mal hablándoles en broma de ello. En fin, sobrino… Supongamos que logro hacerlo obispo, ya que no tengo forma de elevarlo de buenas a primeras a la sede arzobispal de Parma, como desea para usted, y con toda la razón, la señora duquesa aquí presente… Díganos: ¿cuál será su política en ese obispado, lejos de nuestros sabios consejos?

- Acabar con el diablo antes de que el diablo acabe conmigo, como dicen muy bien mis amigos franceses –replicó Fabricio con los ojos brillantes-; conservar por todos los medios posible, sin excluir el pistoletazo, la posición que ustedes me habrán dado…

 

Del capítulo XII

Ludovico compadecido, disculpó aquel tono. Fabricio recitó varias veces los siete salmos penitenciales, que sabía de memoria; se detenía largo rato en los versículos que parecían aludir a su situación presente.

Abbé pratiquant la simoniePidió perdón a Dios por muchas cosas; pero lo curioso del caso es que ni se le ocurrió contar entre sus faltas el proyecto de convertirse en arzobispo por el solo motivo de que el conde Mosca era primer ministro y encontraba muy convenientes para el sobrino de la duquesa aquel cargo y el tren de vida a que daba acceso. No le pasaba por la cabeza que en plan de la condesa estuviera interesada su propia conciencia. En lo cual ha de verse un rasgo singular de la religiosidad que debía a los jesuitas milaneses. Dicha religiosidad quita el valor de pensar en las cosas no habituales, y prohíbe sobre todo el examen personal como el más horrendo de los pecados; es un paso hacia el protestantismo. Para saber uno de qué es culpable, debe preguntárselo a su párroco, o bien repasar la lista de los pecados, tal como aparece impresa en los libros que llevan por título Preparación para el sacramento de la Penitencia. Fabricio se sabía de memoria y en latín la lista de los pecados: la había aprendido en el seminario de Nápoles. Al repetirla interiormente y llegar al capítulo del homicidio, se había acusado justamente ante Dios de haber matado a un hombre, aunque en defensa propia. Pero había pasado por alto, sin prestarles la menor atención, los diversos apartados relativos al pecado se simonía (procurarse dignidades eclesiásticas mediante dinero). Si le hubieran propuesto pagar cien luises para obtener el cargo de primer vicario general del arzobispo de Parma, habría rechazado con horror la idea; pero, aunque no le faltaban talento ni lógica, no se le ocurrió ni por asomo que la influencia del conde Mosca, empleada en su favor, fuera una simonía. Tal es el triunfo de la educación jesuítica: acostumbrar a no prestar atención a las cosas más claras que el día…

 

 Del capítulo XIV

«Ahora llega el momento de las lágrimas» (* Toda la escena, y no solo la réplica del príncipe es teatro y tensión dramática. No es gratuito recordar que en sus inicios, Stendhal quería ser autor dramático), se dijo y, como preparándose para aquel espectáculo, sacó el pañuelo.

… La duquesa hablaba despacito, para darse tiempo de disfrutar viendo la cara del príncipe; era realmente deliciosa por el profundo asombro que se leía en ella, contrastando con la actitud de gran señor que todavía denotaba como si le hubiera caído encima un rayo, y con su vocecilla áspera y turbada apenas lograba articular de cuando en cuando: ¿Cómo? ¿Cómo? La duquesa, tras haber concluido su disculpa, guardo silencio respetuosamente, cual para darle tiempo a responder, y añadió luego:

- Me atrevo a esperar que vuestra alteza serenísima se dignará disculpar la improcedencia de mi atuendo.

Pero, al decir estas palabras, sus ojos burlones resplandecían con tanto fulgor, que el príncipe fue incapaz de soportarlo: miró hacia el techo, lo que en él era muestra definitiva del mayor desconcierto.

- ¿Cómo? ¿Cómo? –repitió una vez más antes de conseguir articular una frase-: Pero siéntese usted, señora duquesa –dijo, acercándole amablemente un sillón. La duquesa no pasó por alto aquel detalle de cortesía y moderó la altivez de su mirada-. ¿Cómo? ¿Cómo? volvió a repetir el príncipe, mientras se agitaba en su asiento como quien no acaba de encontrar una postura estable.

- Voy a aprovechar el fresquito de la noche para tomar la posta –prosiguió la duquesa- y, como mi ausencia pudiera ser algo larga, no he querido dejar los estados de vuestra alteza serenísima sin expresarle mi agradecimiento por todas las atenciones que se ha dignado tener conmigo en estos cinco años.

Al oír estas palabras, el príncipe comprendió que fin. Se puso muy pálido; era la humillación del hombre de mundo que veía defraudadas sus previsiones, pero enseguida adoptó unos aires de grandeza dignos del retrato de Luis XIV que tenía a la vista.

«¡Menos mal! - pensó la duquesa-: lo encaja como un hombre.»

EscenaFilm1- Y… ¿a qué se debe esta marcha tan súbita? –preguntó el príncipe, con bastante firmeza en la voz.

- Lo tenía tensado hace mucho tiempo –respondió la duquesa-, y una pequeña ofensa infligida a monsignore del Dongo, a quien mañana condenarán a muerte o a trabajos forzados, hace que apresure mi viaje.

- ¿A qué ciudad va usted?

- A Nápoles, creo –y añadió levantándose-: Solo me resta despedirme de vuestra alteza serenísima y a agradecerle humildemente sus pasadas bondades.

Se la veía, a su vez, tan decidida, que el príncipe se dio cuenta de que en dos segundos todo habría acabado; sabía que, tras el aldabonazo de su marcha, no habría arreglo posible: no era mujer que volviera sobre sus pasos. Corrigió, pues tras ella.

- Pero usted sabe, señora duquesa –le digo cogiéndole la mano-, que siempre le he tenido muchísimo afecto, con una amistad que solo de usted dependía que tuviera otro nombre… Se ha cometido un homicidio; no es posible negarlo. Y he encargado a mis mejores jueces que instruyera la causa…

Al oír aquello, la duquesa se irguió cuan alta era; en un abrir y cerrar de ojos desapareció en ella toda afectación de respeto e incluso de cortesía, y se manifestó patentemente la mujer ultrajada, la mujer ofendida que se dirige a un ser mezquino cuya mala fe le consta. Y así, con la cólera y hasta con el desprecio pintados en el rostro, cortó al príncipe recalcando cada palabra:

- Dejo para siempre los estados de vuestra alteza serenísima para no oír hablar jamás del fiscal Rassi ni de otros asesinos infames que han condenado a muerte a mi sobrino y a tantos otros más. Si vuestra alteza serenísima no desea añadir un sentimiento de amargura a los últimos instantes que paso con un príncipe cortés y sensible cuando no lo engañan, os ruego humildemente que no me hagáis pensar en esos jueces viles que se venden por un millar de escudos o por una cruz.

El tono admirable y, sobre todo, auténtico con que fueron dichas aquellas palabras provocó un sobresalto en el príncipe; por un instante temió incluso ver comprometida su dignidad por una acusación más directa aún; pero, en resumidas cuentas, acabó cayéndole bien: admiraba a la duquesa, y la veía alcanzar en aquel momento la más sublime belleza. «¡Santo Dios! –pensó-, ¿qué bellísima es?! Algo hay que condescender con una mujer excepcional como tal vez no exista ninguna otra en toda Italia... Veamos; con un poco de mano izquierda quizás no fuera imposible convertirla algún día en mi amante… ¡Qué distinta de ese figurín que es la marquesa de Balbi, que cada año roba al menos trescientos mil francos a mis pobres súbditos!... Pero… ¿lo he oído bien? –recordó de pronto-: ¡ha dicho condenado a mi sobrino y a tantos otros mas!» -y entonces la cólera se sobrepuso a cualquier otro sentimiento; cuando el príncipe rompió el silencio, lo hizo con la majestad propia de su suprema autoridad:

- ¿Y qué habría que hacer para que la señora no se fuera?

- Algo de lo que vos no sois capaz –replicó la duquesa con la más amarga ironía y sin esforzarse en disimular su desprecio…

 

 Del capítulo XV

La llegada del general Fabio Conti, que venía en busca de su hija para acompañarla a su carruaje, interrumpió al arzobispo. Mantuvieron una breve conversación, en la que no le faltó habilidad al prelado: sin mencionar en ningún momento al nuevo prisionero, se las arregló de forma que al hilo de la charla salieran oportunamente de su boca ciertas máximas morales y políticas; como ésta, por ejemplo: «Hay momentos de crisis en la vida de las cortes que determinan para largo tiempo la existencia de los más encumbrados personajes; sería sumamente imprudente trocar en odio personal un disvafor político, que a menudo no es más que el resultado de posturas opuestas.» Y dejándose llevar un poco por la profunda pena que le causaba aquel arresto inopinado, el arzobispo llegó a decir que era muy razonable tratar de mantener la posición que uno tenía, pero que sería una imprudencia gratuita granjearse para el futuro odios furibundos, prestándose a hacer ciertas cosas que jamás pueden ser olvidadas…

Placa

Del capítulo XVI

...

» Desde lejos nos es posible hacerse idea de lo que es la autoridad de un déspota que conoce de vista a todos sus súbditos. La forma externa del despotismo es igual a la de cualquier otro gobierno; existen jueces, por ejemplo, pero son unos Rassi; ese monstruo que no tendría ningún inconveniente en ahorcar a su propio padre si el príncipe se lo ordenara…; diría que era su deber… ¿Y si comprara a Rassi…?... Puede llegar a ser ministro de Seguridad, ¿por qué no? Y entonces las tres cuartas partes de los habitantes de este país serán sus viles cortesanos, y temblarán en su presencia tan servilvmente como tiembla él ahora ante su soberano…

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… Pero le juro delante de Dios y por la vida de Fabricio que jamás ha ocurrido entre él y yo la más mínima cosa que no hubiera podido presenciar una tercera persona. No le diré tampoco que lo quiero igual que una hermana; lo amo instintivamente, si cabe expresarlo así. Amo en él su valor, tan simple y tan perfecto que ni él mismo sabe que lo tiene. recuerdo que esta especie de admiración surgió en mí a su regreso de Waterloo. A pesar de sus diecisiete años, era un niño aún; su mayor preocupación era saber si realmente había asistido a la batalla y, en caso afirmativo, si podía decir que había combatido en ella, a pesar de no haberse lanzado al ataque contra ninguna batería ni columna enemiga. Y en las `profundas discusiones que mantuvimos los dos a propósito de este crucial tema, fue cuando comencé a ver en él esa perfección tan atractiva. Descubría su grandeza de alma: ¡con qué hábiles mentiras se hubiera envanecido, en su lugar, cualquier otro joven bien educado! En resumen: si él no es feliz, yo no puedo serlo. Si, esta frase describe perfectamente lo que siento; tal vez no sea toda la verdad, pero por lo menos es toda la verdad que yo sé…

- Tengo que confesarle algo, amigo mío: hablar de amor me aburre, me parece indecente… ¡Vamos! –dijo tratando de sonreír, pero sin conseguirlo-, ¡sea valiente! Muéstrese como un hombre de talento que es: un hombre juicioso, un hombre con recursos para afrontar cualquier situación…

- Imposible, amiga mía –respondió finalmente-; soy presa de las dentelladas de la más violenta pasión, ¡y usted me pide que recurra a la razón! ¡La razón no existe ya para mí!

- No hablemos de pasión, se lo ruego –replicó ella secamente…


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-Ya que lo encuentro –le dijo-, ¿sería usted tan amable de ahorrarle a mi gota la fatiga mortal de subir a los aposentos de monseñor el arzobispo? Dígale que le
quedaría muy agradecido si tuviera la bondad de bajar a la sacristía.

El arzobispo recibió encantado
aquel mensaje; tenía mil cosas que decirle al ministro a propósito de Fabricio. Pero el conde intuyó que eran simples discursos, y no quiso oír nada.

- ¿Qué tal persona es el abate Dugnani, el vicario de San Pablo?

- Un espíritu pequeño y una gran ambición –respondió el arzobispo-, poco escrupuloso y extremadamente pobre, ¡porque vicios no faltan!

- ¡Caramba, monseñor! –exclamó el ministro, ¡pinta usted como Tácito!...

 

Del capítulo XVIII

… Era aquella una noche de luna, y en el momento en que Fabricio entró en la celda comenzaba el astro a elevarse majestuosamente en el horizonte, hacia la derecha, por encima de la cadena de los Alpes, en la dirección de Treviso. Eran solo las ocho y media, y por el otro extremo del horizonte, hacia poniente, un brillante crepúsculo rojo anaranjado, dibujaba perfectamente la silueta del monte Viso y de los otros picos de los Alpes que van subiendo desde Niza hata el monte Cenis y Turín. A Fabricio, que ni siquiera pensaba en su desgracia, lo conmovió y extasió aquel sublime espectáculo. «!Así que éste es el mundo maravilloso en el que vive Clelia Conti!... » (* Se describen pocos paisajes en La Cartuja de Parma. Casi todo es sustancia narrativa y dramática. Las descripciones aburrían a Stendhal y le merecía el curioso apelativo de «plato de espinacas infinito» (literal). Es de observar que todas son líricas al corresponder a un momento de peculiar emoción)

 

 Del capítulo XXI

… Porque yo tengo que ocultarme de los carabineros, y la pobre mujer no quiere separarse de mí. Fui condenado a muerte, y con justicia, porque conspiraba: odio al príncipe por ser un tirano. No pude huir porque no tenía dinero. Aunque mi desgracia es mucho mayor, y hubiera debido suicidarme mil veces: ya no amo a la desdichada mujer que me ha dado esos cinco hijos y que se perdió por mi culpa, sino a otra. Pero, si me suicido, los cinco pequeños y la madre morirán literalmente de hambre…

Las palabras de aquel hombre tenían el acento de la sinceridad.

- ¿Y de qué viven ustedes? –le preguntó la condesa conmovida.

- La madre de los niños hila; a la hija mayor le dan de comer en la granja de unos liberales, cuyas ovejas guarda; y yo… me dedico a robar en la carretera de Piacenza a Génova.

- ¿Cómo compagina usted el robo con sus ideas liberales?

- Llevo una lista de las personas a las que robo y, si algún día llego a tener algo, les devolveré las cantidades robadas. Pienso que un tribuno del pueblo como yo está haciendo un trabajo que, en razón de su peligrosidad, bien puede valer cien francos al mes; así que cuido de no robar más de mil doscientos francos al año… Bueno…, no es exacto: robo un poquito más, porque así puedo hacer frente a los gastos de impresión de mis obras.

- ¿A qué obras se refiere?

- La… ¿tendrá alguna vez una cámara y un presupuesto?

FerrantePalla- ¿Cómo? –exclamó la duquesa asombrada-, ¿es usted …, es usted el famoso Ferrante Palla, uno de los mayores poetas de nuestro siglo?

- Famoso, quizá, pero ciertamente muy desgraciado.

- Y un hombre de su talento, señor, ¿se ve obligado a robar para vivir?

- Tal vez es por esto por lo que tengo algún talento. Hasta el presente, todos nuestros autores conocidos eran individuos pagados por el gobierno o por el culto que pretendías socavar. Pero yo, primo, arriesgo mi vida; secundo, ¡imagínese usted, señora, las consideraciones que me atormentan cuando salgo a robar!...

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- Aquí está ocurriendo una nueva iniquidad por la que tiene que interesarse el tribuno del pueblo –le dijo aquel hombre loco de amor; y añadió-: Por otra parte, en calidad de simple particular solo tengo una cosa que ofrecer a la duquesa Sanseverina: mi vida; y vengo a ponerla a su disposición.

Aquella devoción tan sincera por parte de un ladrón y un loco emocionó vivamente a la duquesa. Estuvo hablando un buen rato con aquel hombre considerado el mayor poeta de la Italia septentrional, y lloró mucho.

«Este sí comprende mis sentimientos» -pensaba.

Al dia siguiente se presentó otra vez a la hora del Ave María, disfrazado de criado y luciendo librea.

- No me he marchado de Parma. He oído decir algo horrible, que mis labios no repetirán; pero aquí estoy. ¡Piense, señora, lo que está usted rechazando! Frente a usted no tiene un muñeco cortesano, ¡sino a una hombre! –pronunciaba aquellas palabras de rodillas, con una actitud que realzaba su valor-. Ayer me dije –añadió-: «Ella ha llorado en mi presencia; eso quiere decir que ya se siente menos desgraciada.»

- Pero, señor… ¿se da cuenta de los peligros que lo acechan? ¡Lo detendrán en la ciudad!

- El tribuno responderá: ¿qué importa la vida, señora, cuando el deber llama? Y el hombre desdichado, a quien le duele no sentir ya la pasión por la virtud desde que lo abrasa el amor, añadirá: Mire usted, señora duquesa, puede ser que perezca Fabricio, un hombre capaz de amar; ¡pero no rechace a este otro hombre capaz también de amar que viene a ofrecérsele! Aquí tiene un cuerpo de hierro y un alma que no conoce otro temor que el de desagradarla…

«Es el único hombre que me ha comprendido –pensó-; así habría reaccionado Fabricio, si hubiera podido oírme.»

VenganzaEn el carácter de la duquesa se daba juntamente dos rasgos: quería siempre lo que había querido una vez, y jamás sometía a nueva consideración lo decidido ya. Citaba a este respecto una frase de su primer marido, el buen general Pietranera: «¡Qué insolencia conmigo mismo! –decía éste-; ¿a santo de qué voy a creer que tengo hoy más talento del que tenía cuando decidí esto?»… Una vez decidida la venganza, era consciente de su propia fuerza y cada nuevo paso de su espíritu la hacía sentirse dichosa. Tengo la vaga idea de la inmoral felicidad que el italiano encuentra en la venganza se debe a su gran capacidad de imaginación: los naturales de otros países no perdonan en realidad, sino que simplemente olvidan…

 

Del capítulo XXIII y XXIV

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En aquella efervescencia general, solo el arzobispo Landriani se mostró fiel a la causa de su joven amigo, se atrevió a citar, en la mismísima corte de la princesa, aquella máxima del derecho según la cual, en cualquier proceso, hay que mantener los oídos libres de todo prejuicio para escuchar las justificaciones de un ausente…

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… En una obra literaria, la política es como un pistoletazo en mitad de un conceierto(*); una ordinariez a la que, sin embargo, no podemos dejar de referirnos…

(*) La fórmula era del agrado de Stendhal, dado que la empleó en otras obras, En Armancia, En Rojo y Negro, en Paseos por Roma. En efecto, le parecería una «ordinariez» tratar de asuntos políticos, pero en todas sus obras se encuentra alguna referencia a lo político que Stendhal no desligaba de lo social. Ello no hace sino reflejar su profundo interés por el tema, interés nunca desmentido desde que los acontecimientos revolucionarios de 1789 le impactaron cuando era un niño de seis años. Pero la política que impregna sus novelas es siempre una «política heroica», ligada a los sentimientos y a la subjetividad. Cfr., finalmente, su personal definición del arte llamado «política»:  «Modo de conducir a los demás a hacer lo que a uno le resulte agradable, en los casos en los que no pueden emplearse ni la fuerza ni el dinero»

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- ¡Mis días de desgracia van a volver! ¡Mi hijo va a tratarme peor aún que lo hizo su padre!

- Ya me cuidaré yo de impedirlo –replicó con viveza la duquesa-. Pero, ante todo –prosiguió-, necesito que vuestra alteza serenísima acepte ahora el testimonio de mi gratitud y mi profundo respeto.

- ¿Qué quiere usted decir? –preguntó la princesa llena de inquietud y temiendo una discusión.

- Que cada vez que vuestra alteza serenísima me de permiso para ladear hacia la derecha la papada temblona de esa figura oriental que tiene en la repisa de su chimenea, me permita también llamar las cosas por su verdadero nombre.

- ¿Sólo es eso, mi querida duquesa? –exclamó Clara Paulina y, levantándose, corrió ella misma a poner la figura en la posición adecuada-: hable, pues, con toda libertad, mi señora dama mayor  -dijo en un tono de lo más encantador.

Piazza Duomo Parma- Señora- prosiguió ésta-, vuestra alteza ha captado perfectamente la situación: corremos, vos y yo, los mayores peligros. La sentencia contra Fabricio no ha sido revocada; por consiguiente, el día que quieran deshacerse de mí y ultrajaros, volverán a encerrarlo en prisión. Nuestra posición es peor que nunca. Por lo que a mí respecta, me caso con el conde y nos vamos a vivir a Nápoles o a París. La última muestra de ingratitud de que le conde es víctima en estos momentos lo ha desengañado totalmente de los asuntos políticos y, salvo el interés de vuestra alteza serenísima, yo no le aconsejaría permanecer en este zurriburri a menos que el príncipe lo compensara con una suma enorme. Permítame vuestra alteza revelarle que el conde, que tenía ciento treinta mil francos cuando llegó al ministerios, apenas tiene hoy veinte mil libras de renta. En vano llevaba yo tiempo insistiéndole en que pensara en su fortuna. Durante mi ausencia se ha querellado con los intendentes generales del príncipe que eran unos sinvergüenzas, y ha puesto en su lugar a otros sinvergüenzas que le han dado ochocientos mil francos.

- ¡Cómo! –exclamó la princesa sorprendida- ¡Dios mío! ¡Cuánto me disgusta saberlo!

- Señora -replicó  la duquesa con grandísimo aplomo-, ¿hemos de girar hacia la izquierda la nariz de la figura?

- ¡Dios santo, no!... Pero me disgusta que un hombre del carácter del conde haya pensado en ese tipo de ganancias.

- Si no fuera por ese robo, todas las personas honradas de aquí lo considerarían un bobo.

- ¡Dios mío!... ¿Es posible?

- Señora –prosiguió la duquesa-, a excepción de mi amigo, el marqués Crescenzi, que dispone de trescientas o cuatrocientas mil libras de renta, aquí roba todo el mundo. Y ¿cómo no robar en un país en que la gratitud por los mayores servicios prestados apenas dura un mes? Nada hay tan real y tan capaz de sobrevivir a la caída en desgracia como el dinero. Voy a permitirme, señora, decir algunas verdades terribles…

 

 Del capítulo XXV

Tal vez sería divertido describir el furor de Rassi cuando el conde lo obligó a refrendar, en presencia del príncipe, el decreto firmado por éste esa misma mañana; pero los acontecimientos nos apremian.

El conde discutió los méritos de cada juez y ofreció cambiar los nombres. Pero probablemente el lector estará algo cansado de todos estos detalles de procedimiento, no menos que de tantas intrigas cortesanas. De todo esto se puede extraer una moraleja: que le hombre que se acerca a la crote compromete su felicidad, si es dichoso, y en cualquier caso  pone su futuro a merced de las intrigas de una camarera.

Claro que, por otro lado, en la América republicana hay que fastidiarse otdo el día haciéndole la rosca a los tenderos de la calle y volverse tan necio como ellos… ¡y allí ni siquiera tienen ópera!

p592

Veinte pasos más allá, en el primero de los seis escalones de madera que llevaban a la celda de Fabricio, Clelia se encontró con otro carcelero de edad avanzada y rostro rubicundo, que le preguntó sin rodeos:

- ¿Trae usted una orden del gobernador, señorita?

- ¿Es que no sabe usted quién soy?

En aquellos momentos Clelia estaba animada por una fuerza sobrenatural que la hacia ser otra. «Voy a salvar a mi marido» -se repetía a sí misma.

Y, mientras el viejo carcelero exclamaba:

- ¡Pero es que mi deber no me permite…!

Clelia subía ya rápidamente los seis escalones. Corrió a la puerta: en la cerradura había una llave enorme; necesitó todas sus fuerzas para hacerla girar. En aquel momento, el viejo carcelero medio borracho la así por el bajo de la falda; entró ella violentamente en la celda, cerró la puerta rasgándose completamente la falda y, como el carcelero empujaba la puerta para entrar tras ella, corrió un cerrojo que encontró justo bajo su mano. Al mirar al interior de la celda vio a Fabricio sentado ante una mesita en la que habían puesto la cena. Corrió hacia ella, la volcó y, siéndole a Fabricio los brazos, le preguntó:

- ¿Has comido?

Al ver que lo trataba de tú por primera vez, Fabricio se sintió en la gloria. En su turbación, Clelia olvidaba también por primera vez su modestia femenina, y descubría su amor.

Fabricio aún no había tocado aquella fatal cena. Tomó a Clelia en brazos y la cubrió de besos. «Esta comida estaba envenenada –pensó-: si le digo a Clelia que no la he probado, la religión vuelve por sus fueros y Clelia se va. Si, por el contrario, cree que me estoy muriendo, obtendré de ella que no me abandone. Ella desea hallar un medio para deshacer su abominable boda, y el azar nos los ofrece: enseguida habrá ahí fuera un montón de carceleros, tirarán la puerta abajo, y habrá un escándalo tal, que quizá espante al marqués Crescenzi y eche a pique la boda.»

BesoEn el instante de silencio ocupado por estas reflexiones, Fabricio notó ya que Clelia trataba de desligarse de su abrazo.

- No siento aún ningún dolor –le dijo-, pero pronto me harán caer a tus pies: ¡ayúdame a morir!

- ¡Mi amor, mi único amor! ¡Moriré contigo! –exclamó ella, y lo estrechó entre sus brazos como por un movimiento convulsivo.

Estaba tan bella con las ropas rasgadas y en aquel estado de extrema pasión, que Fabricio no pudo resistir un impulso casi involuntario. No encontró resistencia ninguna.

En el entusiasmo de pasión y de generosidad que sigue a la felicidad colmada, le dijo irreflexivamente…

 

 

Del capítulo XXVIII

- Estoy casi decidida –le dijo- a ir también yo a escuchar a ese predicador tan elogiado. ¿Cuándo predicará?

- El próximo lunes, es decir, dentro de tres días; y se diría que ha adivinado los deseos de vuestra excelencia, porque viene a predicar en la iglesia de la Visitación.

Quedaban muchas cosas por explicar, pero Clelia no tenía ya voz; dio cinco o seis vueltas por la galería sin añadir palabra. Gonzo se decía: «La reconcome el deseo de venganza... ¿Cómo se puede ser tan insolente para escapar de una prisión, sobre todo cuando se tiene el honor de ser custodiado por un héroe como el general Favio Conti!» 

- Habrá que darse prisa, claro… -añadió en voz alta con fina ironía-; está mal de los pulmones. Le he oído decir al doctor Rambo que no le queda un año de vida. Dios lo castiga por haber quebrantado su sentencia escapando como un traidor de la ciudadela…

Fin de los fragmentos.

 

                                  Espiral   Espiral   Espiral   Espiral   Espiral

 

Transcribimos a continuación, completos los capítulos III y IV y el comienzo del V en donde se narra la participación de Fabricio en la batalla de Waterloo. Es un texto literal extraido de la página de la Biblioteca digital del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, no de esta traducción. La explicación del porqué lo hacemos, la puede encontrar en "Lo que decimos de la Cartuja de Parma en el link de esta imagen:       IconoFraLib  (es el mismo que aparece en al comienzo de esta página)

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… Al día siguiente, Fabricio estaba en la carretera una hora antes de rayar el alba, y a fuerza de caricias había conseguido que el caballejo tomara el trote. Hacia las cinco oyó el cañoneo; eran los preliminares de Waterloo.

CAPITULO III

Fabricio dio alcance a un grupo de cantineras… Preguntó a una de ellas dónde estaba el 4º regimiento de húsares, al que pertenecía.

- Más te valdría no darte tanta prisa, soldadito mío -dijo la cantinera, conmovida por la palidez y los hermosos ojos de Fabricio-. Todavía no tienes el puño bastante fuerte para los sablazos que van a darse hoy. Si siquiera tuvieras un fusil, no digo que no podrías soltar tu tiro como cualquier otro

Este consejo disgustó a Fabricio; pero por mucho que empujaba a su caballo, no podía ir más de prisa que el carrito de la cantinera. De vez en cuando el ruido del cañón parecía aproximarse y no los dejaba entenderse, pues Fabricio estaba tan fuera de sí de entusiasmo y de felicidad, que había vuelto a reanudar la conversación. Cada palabra de la cantinera duplicaba su felicidad, porque se la patentizaba más. Salvo su verdadero nombre y su fuga de la cárcel, acabó por decirlo todo a una mujer que parecía tan buena. La cantinera, muy extrañada, no entendía nada de lo que le contaba este soldadito.

-Ya, ya lo descubro todo -exclamó por fin con un ademán triunfador-; es usted un joven burgués enamorado de la mujer de algún capitán del 4º de húsares. Su amante de usted le habrá regalado el uniforme que lleva, y corre usted ahora detrás de ella. Porque es verdad, como hay Dios, que no ha servido usted nunca en la, milicia. Pero como es usted un chico valiente, quiere usted entrar en fuego ya que su regimiento de usted está en fuego, y no pasar por cobarde.

Fabricio asintió a todo; era ésta la única manera que tenía de recibir buenos consejos.

Yo ignoro todos los modos que estos franceses tienen de obrar,  pensaba, y si alguien no me guía, aún conseguiré que me metan en la cárcel y me roben mi caballo.

-Ante todo, rapaz -le dijo la cantinera, que se iba haciendo cada vez más amiga-, confiesa que ni siquiera tienes veinte años; a lo más te doy diecisiete.

Era verdad, y Fabricio asintió sin dificultad.

-Así, pues, ni siquiera eres quinto; y sólo por los hermosos ojos de la dama vas a que te rompan los huesos. ¡Vaya un gusto de la señora! Si tienes todavía alguna de las onzas de oro que ha debido darte, lo primero que tienes que hacer es comprarte otro caballo; mira cómo tu jamelgo endereza las orejas cuando el ruido del cañón se acerca un poco; ése es un caballo de aldeano que te hará matar en cuanto entre en línea. ¿Ves ese humo blanco allí por encima del cercado aquél? Pues eso es el fuego de pelotón. Prepárate, pues, muchacho, a sentir miedo para cuando oigas silbar las balas. Harías bien en comer algo, mientras que aún es tiempo.

Fabricio siguió el consejo, y dándole un napoleón a la cantinera le dijo que se cobrase.

- Da lástima verte -exclamó la mujer-; ¡el pobre infeliz ni siquiera sabe gastar su dinero! Merecerías que después de guardar tu napoleón pusiera mi yegua al trote; ni por pienso podría tu jaco seguirme. ¿Qué harías, tonto, viéndome escapar? Mira, niño, cuando hay jaleo nunca se enseña oro. Toma dilo, ahí van dieciocho francos y cincuenta céntimos; tu desayuno te cuesta seis francos. Y ahora vamos a tener caballos para poner almacén. Si el animal es pequeño, da diez francos por él; y, en todo caso, no des nunca más de veinte, aunque fuera el caballo del Cid.

Terminada la comida, la cantinera, que seguía perorando, fue interrumpida por una mujer que venía por el campo y llegó a la carretera.

-Eh, eh -gritó esta mujer-; eh, ¡Margot!, tu sexto regimiento ligero está a la derecha.

-Tengo que dejarte, rapaz dijo la cantinera a nuestro héroe-; pero en verdad me das pena; te tengo amistad, ¡caramba! No sabes nada de nada y vas a dejarte tundir, como hay Dios. Vente conmigo al 6º ligero.

-Bien comprendo que no sé nada -dijo Fabricio-; pero quiero pelear, y estoy resuelto a ir allá, adonde está ese humo blanco.

-Mira, mira cómo tu caballo menea las orejas. En cuanto llegue allí, por poca fuerza que tenga, se irá de la mano y se echara a galopar, y entonces sabe Dios adónde irá a llevarte. Créeme, vente conmigo. En cuanto estés con los soldaditos coges un fusil y una  cartuchera, te pones al lado de los otros y haces como ellos, exactamente. Pero, Dios mío, apuesto a que ni siquiera sabes romper un cartucho.

Fabricio, picadísimo, confesó, sin embargo, a su nueva amiga, que había adivinado.

-¡Pobre rapaz! Van a matarlo en seguida, como hay Dios; no irá para largo. Tienes que venirte conmigo, absolutamente -replicó la cantinera con tono autoritario.

-Pero si yo quiero pelear.

-Ya pelearás también; anda, el 6° ligero es famoso, y hoy habrá tarea para todo el mundo.

-Pero, ¿llegaremos pronto a su regimiento?

-Dentro de un cuarto de hora, a lo más.

Recomendado por esta buena mujer, pensó Fabricio, no me tomarán por espía, a pesar de mi ignorancia de todo y podré pelear. En este momento el ruido del cañón aumentó; un trueno seguía al otro sin interrupción.

-Parece un rosario -dijo Fabricio.

-Ya empezamos a entrever los fuegos de pelotón -dijo la cantinera, dando un latigazo a su caballito que parecía animado por el fuego.

La cantinera torció a la derecha y echó por un atajo en medio de los prados; había un palmo de barro; la carretilla estuvo a punto de no poder salir; Fabricio empujó la rueda. Su caballo se cayó dos veces; el atajo, que iba secándose conforme se adelantaba, convirtióse pronto en un sendero entre la hierba. Fabricio no había andado quinientos pasos, cuando su jamelgo se paró en seco; un cadáver obstruía el sendero, horrorizando por igual al caballo y al jinete.

La cara de Fabricio, pálida de suyo, tomó un tinte verdoso, muy pronunciado; la cantinera, habiendo mirado al muerto, dijo como para sí: Éste no es de nuestra división. Y luego, alzando los ojos y dirigiéndose a nuestro héroe, soltó el trapo a reír.

-¡Ya, ya, muchacho –exclamó-, vaya una fiesta!

Fabricio estaba helado. Lo que más le conmovía era la suciedad de los pies de ese cadáver, ya despojado de sus botas y de todo, no quedándole más que un pantalón malo manchado de sangre.

-Acércate -le dijo la cantinera-, baja del caballo; tienes que acostumbrarte. Mira exclamó, le ha entrado por la cabeza.

Una bala, que entró junto a la nariz, había salido por la sien opuesta desfigurando al cadáver de un modo horrible; tenía abierto un ojo.

-Bájate del caballo -dijo la cantinera-, y dale un apretón de manos; ya verás si te contesta. Sin vacilar, aunque medio muerto de asco, Fabricio se tiró al suelo y cogió la mano del muerto, que sacudió de firme; luego quedó como aniquilado: sentía que no tenía ya fuerza para volver a subirse en el caballo. Lo que más le horrorizaba era el ojo abierto.

La cantinera va a creer que soy un cobarde, decíase con amargura.

Pero veía la imposibilidad de hacer el menor movimiento; se hubiera caído. Fue un momento horrible; Fabricio estuvo a punto de caerse del todo. La cantinera lo advirtió, saltó ligera al suelo y le presentó, sin decir palabra, un vaso de aguardiente, que Fabricio bebió de un golpe. Así pudo volver a subir en el jaco y continuó el camino sin decir palabra. La cantinera lo miraba de vez, en cuando con el rabillo del ojo.

-Mañana pelearás, pequeño -le dijo por fin-. Hoy te quedarás conmigo. Bien ves que tienes que aprender el oficio de soldado.

-No, al contrario, quiero pelear hoy, en seguida exclamó nuestro héroe con ademán sombrío, que pareció buen presagio a la cantinera.

El ruido del cañón aumentaba y parecía acercarse. Los cañonazos empezaban a fundirse unos en otros como un acompañamiento musical sostenido; un estampido no se separaba del siguiente por ningún intervalo, y sobre ese bajo continuo que recordaba el ruido de un lejano torrente, distinguíanse muy bien los fuegos de sección.

En este momento el camino se metía por un bosquecillo. La cantinera vio a tres o cuatro de nuestros soldados que venían hacia ella a todo correr; saltó ligera del coche y corrió a esconderse a quince o veinte pasos del sendero. Se ocultó en un agujero que había dejado en el suelo un árbol arrancado. Bien, se dijo Fabricio; voy a, ver si soy cobarde. Se detuvo al lado del carricoche, abandonado por la cantinera, y sacó el sable. Los soldados no se fijaron en él y pasaron corriendo a lo largo del bosque, a la izquierda del camino.

-Son de los nuestros -dijo tranquilamente la cantinera, volviendo jadeante hacia su cochecillo-. Si tu caballo fuese capaz de galopar, te diría que fueses hasta la punta del bosque a ver si hay alguien en la llanura.

Fabricio no dejó que se lo dijera dos veces; arrancó una rama a un álamo, quitó las hojas y empezó a pegarle al caballo con toda su fuerza; el jamelgo salió a galope, pero pronto volvió a tomar su trotecillo habitual. La cantinera había puesto su caballo a galope.

-Para, para -gritaba a Fabricio.

 Pronto estuvieron ambos fuera del bosque. Al llegar a la entrada de la llanura oyeron un estruendo formidable; el cañón y la fusilería tronaban por todas partes, a derecha, a izquierda, por detrás. Y como el bosquecillo de donde salían estaba en lo alto de un montículo que se alzaba diez o doce pies por encima de la llanura pudieron ver bastante bien un rincón de la batalla; pero no había nadie en el prado, más allá del bosque. Este prado estaba cercado a unos mil pasos de distancia por una larga hilera de sauces muy espesos, por encima de los cuales se veía un humo blanco que a veces subía hacia el cielo dando vueltas.

-Dónde estará el regimiento –decía la cantinera sin saber qué hacer. No podemos atravesar el prado en línea recta. A propósito –dijo Fabricio-, si ves a un soldado enemigo, pínchale con la punta del sable, no vayas a entretenerte en sablearlo.

En este momento la cantinera vio a los cuatro soldados de que hemos hablado; salían del bosque y entraban a la llanura, a la izquierda del camino. Uno de ellos iba a caballo.

- Esto es lo que tú necesitas – dijo a Fabricio. ¡Eh! Eh! – gritó al que iba a caballo-, ven aquí a beber un poco de aguardiente.

Los soldados se acercaron.

-¡Dónde está el 6 ligero! –gritó la mujer.

-Allí, a cinco minutos de aquí, delante de ese canal que corre a lo largo de los sauces; y al coronel Macon acaban de matarlo.

-¿Quieres cinco francos por tu caballo?

-¡Cinco francos! Vamos, fuera de bromas, madrecita, un caballo de oficial que voy a vender por cinco napoleones antes de un cuarto de hora.

-Dame uno de tus napoleones –dijo la cantinera a Fabricio. Luego, acercándose al soldado del caballo-. Baja pronto – le dijo-, ahí va tu napoleón.

El soldado bajó. Fabricio saltó en la silla alegremente; la cantinera desataba el portamantas que llevaba el jamelgo.

-Ayudadme vosotros –dijo a los soldados-, ¡así dejáis que una dama trabaje sola!

 Pero cuando el caballo comprado sintió el portamantas empezó a encabritarse, Fabricio, que montaba muy bien, necesitó desarrollar todas sus fuerzas para contenerlo.

-Buena señal –dijo la cantinera-, el señorito no está acostumbrado a las cosquillas del portamantas.

 -Caballo de general –exclamó el soldado que lo había vendido-, un caballo que vale diez napoleones.

-Toma veinte francos – le dijo Fabricio, que no podía contener su alegría de sentir entre sus piernas un caballo con movimiento.

En ese instante una bala de cañón dio en una hilera de sauces, tomándola de costado, y Fabricio gozó del curioso espectáculo de ver saltar todas las ramitas a uno y otro lado como segadas de un golpe.

-Bueno, ahí viene el bruto –dijo el soldado al tomar los veinte francos. Serían entonces las dos de la tarde.

Fabricio se hallaba aún bajo el encanto de ese espectáculo curioso, cuando un tropel de generales, seguidos por unos veinte húsares, atravesó al galope uno de los ángulos el amplio prado, en cuyo límite estaba parado; su caballo relinchó, se encabrito dos o tres veces seguidas y sacudió violentamente las riendas que le contenían. ¡Bueno, pues, sea! Dijo para sí Fabricio.

El caballo, abandonado a sí mismo, salió a todo galope y fue a juntarse con la escolta que seguía a los generales. Fabricio contó hasta cuatro sombreros bordados. Un cuarto de hora después, comprendió, por algunas frases oídas al húsar que estaba a su lado, que uno de los generales era el célebre mariscal Ney. Su felicidad llegó al colmo; sin embargo, no pudo adivinar cuál de los cuatro generales era el mariscal Ney; hubiera dado cualquier cosa por saberlo, pero se acordó de que no debía hablar. La escolta se detuvo para franquear un ancho foso de agua por la lluvia de la víspera; bordeado por grandes árboles, limitaba por la izquierda la pradera a cuya entrada había Fabricio comprado el caballo. Casi todos los húsares se habían bajado del caballo; el borde del foso hacia un rampa muy empinada y además muy resbaladiza y el agua estaba tres o cuatro pies por debajo del nivel de la pradera Fabricio, distraído por la alegría, pensaba en el mariscal Ney y en la gloria, más que en su caballo, el cual muy animado se tiró al canal e hizo saltar al agua a una gran altura. Uno de los generales quedó por completo mojado, y exclamó lanzando un juramento:

-¡Vaya al demonio el car... de bestia!

Fabricio se sintió profundamente herido por esta injuria. ¿Puedo pedirle satisfacción?, pensaba. Mientras tanto, para demostrar que no era tan torpe, se empeño en que su caballo subiera la orilla opuesta del foso; pero ascendía recta en una altura de cinco o seis pies. Tuvo que renunciar; entonces anduvo contra la corriente, con el caballo cubierto de agua hasta la cabeza, y por fin halló una especie de abrevadero por donde pudo subir fácilmente del otro lado del canal. Fue el primer hombre de la escolta que llegó; se puso orgulloso al trotar por la orilla, mientras que en el fondo del canal los húsares se revolvían bastante preocupados de su posición, porque en muchos sitios el agua tenia cinco pies de profundidad. Dos o tres caballos se acobardaron y quisieron nadar, lo que produjo un espantoso chapoteo. Un sargento comprendió la maniobra que acababa de hacer aquel adolescente, que tenia un aspecto tan poco militar.

 -Hacia, arriba hay, a la izquierda, un abrevadero exclamó. Y poco a poco pasaron todos.

A1 llegar a la otra orilla, Fabricio se había encontrado con los generales solos; paresóle que el cañoneo aumentaba; apenas si pudo oír al general, a quien había mojado, gritar a su lado:

-¿De dónde has cogido ese caballo?

Fabricio estaba tan turbado que contestó en italiano:

- L'ho comprato poco fa. (Hace poco que lo he comprado).

- ¿Qué dices? -gritó el general.

Pero el estruendo fue tal en este instante, que Fabricio no pudo contestarle. Confesaremos que nuestro héroe era muy poco heroico en este momento. Sin embargo, no era el miedo lo que en él predominaba; estaba escandalizado principalmente por ese ruido que le hacía daño en los oídos. La escolta empezó a galopar atravesando un gran campo labrado situado más allá del canal; este campo estaba lleno de cadáveres.

-¡Los colorados, los colorados! -gritaban alegres los húsares de la escolta.

Fabricio no entendía al principio; pero por fin observó que, en efecto, casi todos los cadáveres estaban vestidos de rojo. Una circunstancia le produjo un temblor de horror, y es que notó que muchos de aquellos infelices colorados vivían aún y gritaban evidentemente pidiendo auxilio; nadie se detenía para socorrerlos. Nuestro héroe, muy humano, se tomaba un enorme trabajo para que su caballo no pisara a ningún colorado. La escolta se detuvo; Fabricio que no prestaba atención bastante a su deber de soldado, seguía galopando mientras miraba a un desgraciado herido.

-¿Quieres pararte? -le gritó el sargento.

Fabricio vio que se hallaba a veinte pasos a la derecha delante de los generales, y precisamente del mismo lado adonde dirigían sus gemelos. A1 volver a colocarse con los demás húsares, que habían permanecido detrás, vio que el más gordo de esos generales hablaba al que tenia al lado con ademán autoritario y casi de reprimenda; decía palabrotas. Fabricio no puedo contener su curiosidad, y a pesar del consejo de que no hablara que le dio su amiga la carcelera, arregló en su cabeza una frasecita bien francesa y muy correcta, que dijo a su vecino:

-¿Quién es ese general que está reconviniendo al de al lado?

-Pues, hombre, el mariscal.

 -¿Qué mariscal?

-El mariscal Ney, ¡idiota! Pero, hombre, ¿dónde has servido hasta ahora?

Fabricio, aunque muy susceptible, no pensó en enfadarse por la injuria; estaba contemplando, sumido en una admiración pueril, a ese famoso príncipe de la Moskowa, el valiente de los valientes.

De pronto salieron todos galopando. Algunos momentos después vio Fabricio, a veinte pasos delante de él, una tierra labrada que estaba removida de manera singular. El fondo de los surcos estaba lleno de agua, y la tierra húmeda que formaba la cresta de esos surcos volaba en pequeños fragmentos negros lanzados a tres o cuatro pies de altura. Fabricio notó al pasar este efecto singular; luego su pensamiento siguió su curso hacia la gloria del mariscal. Oyó a su lado un grito seco; eran dos húsares que caían heridos por balas de cañón; y cuando los miró ya habían quedado atrás a veinte pasos de la escolta. Lo que le pareció horrible fue un caballo ensangrentado que se revolcaba en la tierra labrada, pisándose sus propios intestinos; quería seguir a los demás. La sangre corría por el lodo.

¡Ah!, ya estoy por fin en pleno fuego, dijo. He visto el fuego, repetía con satisfacción. Ya soy un verdadero militar. En este momento iba la escolta a todo correr, y nuestro héroe comprendió que las balas de cañón eran las que hacían saltar la tierra por todas partes. En vano miraba hacia el sitio de donde venían las balas de cañón; no veía más que el humo blanco de la batería a una distancia enorme y entre el ruido constante e igual que producían los cañonazos, parecíale oír descargas mucho más cercanas; no entendía absolutamente nada.

En este momento, los generales y la escolta bajaron a un caminito lleno de agua, que se hallaba unos cinco pies más abajo.

El mariscal se detuvo y volvió a mirar con sus anteojos. Esta vez Fabricio pudo contemplarlo a su gusto; lo encontró muy rubio, con una cabeza gruesa y roja. No tenemos en Italia, pensaba, caras como ésta. Nunca yo, tan pálido y con mis pelos castaños, nunca seré yo así, añadió entristecido. Para él significaban estas palabras: nunca seré yo un héroe.

Miró a los húsares; salvo uno, todos tenían los bigotes amarillos. Pero miraba a los húsares de la escolta, éstos le miraban a él, y esta mirada le hizo sonrojarse. Para poner término a su desazón volvió la cara hacia el enemigo. Veíanse unas líneas muy largas de hombres vestidos de rojo; pero lo que le extrañó mucho es que esos hombres le parecían muy pequeños. Las largas filas, que eran regimientos o divisiones, no le parecían más altas que un vallado. Una línea de jinetes rojos iba trotando hacia el camino bajo, que el mariscal y la escolta se habían puesto a seguir al paso, metiéndose en el barro. El humo no dejaba ver nada por el lado hacia que avanzaban; de vez en cuando un hombre galopando se destacaba el humo blanco.

De pronto, vio Fabricio a cuatro hombres que venían del lado del enemigo que venían a gran galope. ¡Ah! vamos a ser atacados pensó. Pero vio a dos de esos hombres hablar con el mariscal. Uno de los generales del séquito salió entonces a galope hacia el lado enemigo., seguido por dos húsares de la escolta y por los cuatro hombres que acababan de llegar. Después de pasar todos por un canalillo, encontróse Fabricio al lado de un sargento de húsares que tenía buena cara. A este voy a hablarle, se dijo y así quizá dejarán de mirarme. Meditó largo tiempo.

- Señor, es la primera vez que asisto a una batalla –dijo por fin al sargento-, pero ¿esto es una verdadera batalla?

- Y tanto. Pero usted ¿quién es? - Soy hermano de la mujer de un capitán.

- Y ¿cómo se llama ese capitán?

Nuestro héroe quedo desconcertado por esta pregunta, que no había previsto. Felizmente, el sargento y la escolta volvían a emprender el galope. ¿Qué nombre francés le diré?, pensaba Fabricio. Por fin se acordó del nombre del dueño del hotel en donde había vivido en París; se acercó su caballo al sargento y gritó con toda su fuerza:

-¡El capitán Meunier!

 -¡Ah! ¿el capitán Teulier? Pues bien: ha sido muerto.

¡Bravo!, pensó Fabricio, el capitán Teulier; hay que hacerse el afligido.

 -¡Ah Dios mío! –gritó y puso cara de pena. Habían salido del camino bajo; estaban atravesando un prado; iban a galope tendido; las balas de cañón llegaban de nuevo. El mariscal se adelantó hacia una división de caballería. La escolta se hallaba entre cadáveres y heridos; pero este espectáculo no impresionaba ya tanto a nuestro héroe; tenía otras cosas en qué pensar.

Mientras estaba la escolta parada vio el carricoche de tina cantinera, y vencido por su ternura hacia tan respetable cuerpo, partió al galope en dirección a ella.

No se vaya usted, caramba gritóle el sargento.

¿Qué puede hacerme aquí?, pensó Fabricio. Y siguió galopando hacia la cantinera. A1 picar de espuelas a su caballo había concebido la esperanza de que fuera su buena amiga de por la mañana; los caballos y los carricoches eran muy parecidos, pero la propietaria era otra, y nuestro héroe le encontró un aspecto de mal genio. A1 acercarse a ella le oyó decir:

-¡Era un hombre espléndido! Un espectáculo bien feo esperaba a nuestro joven soldado; estaban cortándole el muslo a un coracero, hermoso joven de cinco pies y diez pulgadas de alto. Fabricio cerró los ojos y se bebió sin parar cuatro vasos de aguardiente.

-¡Bueno va, mequetrefe! exclamó la cantinera.

El aguardiente le sugirió una idea: voy a comprar la benevolencia de mis camaradas, los húsares de la escolta.

-Deme usted el resto de la botella dijo a la cantinera.

-Pero ¿sabes tú que ese resto vale diez francos en un día como el de hoy?

Volvió al galope a juntarse con la escolta.

- ¡Ah!, nos traes de beber exclamó el sargento; ¿era por eso por lo que desertabas? Venga.

Circuló la botella; el último que bebió la tiró por lo alto.

-¡Gracias, camarada! dijo a Fabricio.

Todos le miraban con benevolencia, y estas miradas le quitaron de encima un peso de cien libras. Fabricio era uno de esos corazones hechos de frágil materia, que necesitaban sentirse reconfortados por la amistad de quienes lo rodean. Por fin ya no le miraban mal sus compañeros; había entre ellos una relación más cordial. Fabricio respiró hondo, y con voz ya limpia y clara dijo al sargento:

-Y si el capitán Teulier ha sido muerto, ¿dónde podré encontrar a mi hermana?

Se consideraba como un pequeño Maquiavelo, por haber dicho Teulier en lugar de Meunier.

-Esta noche lo sabrá usted contestó el sargento.

La escolta se puso otra vez en marcha y se dirigió hacia unas divisiones de infantería. Fabricio se sentía completamente ebrio. Habla bebido demasiado aguardiente y se tambaleaba un tanto sobre la montura; se acordó muy oportunamente de una frase que solía decir el cochero de su madre: "Cuando se ha empinado el codo, hay que mirar a las orejas del caballo y hacer lo que haga el vecino.”

El mariscal se detuvo largo rato cerca de algunos cuerpos de caballería, a quienes mandó cargar; pero durante una o dos horas nuestro héroe apenas tuvo conciencia de lo que acontecía en torno suyo. Sentíase muy cansado, y cuando su caballo galopaba caía sobre la montura como un pedazo de plomo.

De pronto el sargento gritó a sus hombres:

-¿No veis al emperador?

La escolta se puso en seguida a gritar: Viva el emperador. Se figurará fácilmente el lector cómo miraría Fabricio: pero no vio más que unos generales galopando seguidos también por una escolta. Las largas crines que llevaban colgando los dragones del séquito le impidieron distinguir las caras. Así pues, no he podido ver al emperador en un campo de batalla por causa de esos malditos vasos de aguardiente. Esta reflexión bastó para despertarlo por completo.

Bajaron de nuevo a un camino lleno de agua. Los caballos quisieron beber.

-¿Es, pues, el emperador el que ha pasado por allí? –dijo al que estaba a su lado.

-Ya lo creo. El que no lleva traje bordado. ¿Cómo no la ha visto usted? –le contestó el compañero con benevolencia.

Fabricio sintió vehementes deseos de irse al galope tras la escolta del emperador e incorporarse a ella. ¡Qué felicidad la de pelear de verdad junto al héroe! Para eso había venido a Francia. Puedo hacerlo perfectamente, se dijo , porque en fin de cuentas no tengo más motivos para hacer el servicio que hago que la voluntad de mi caballo, que se echó a galopar detrás de estos generales.

Lo que decidió a Fabricio a quedarse fue que los húsares, sus nuevos camaradas, le ponían buena cara; empezaba ya a considerarse como íntimo amigo de todos los soldados con los que andaba desde algunas horas. Entre ellos y él veía esa noble amistad de héroes del Tasso y del Ariosto. Si se agregaba a la escolta del emperador, tendría que trabar nuevo conocimiento; quizá le pondrían malas caras, pues esos otros jinetes eran dragones y él llevaba el uniforme de húsar, como todos los que seguían al mariscal. Parecíale que todo había cambiado desde que estaba con amigos; se moría de ganas de hacer preguntas. Pero aún estoy algo borracho, se dijo; tengo que acordarme de mi carcelera. Observó, al salir del camino e hondonada, que la escolta ya no iba con el mariscal Ney; el general que ahora seguían era alto, delgado, con cara seca y ojos terribles.

 Este general era el conde de A... el antiguo teniente Robert del 15 de mayo de 1796. ¡Cuánta alegría no hubiera sentido al ver a Fabricio del Dongo!

Ya hacia tiempo que Fabricio no veía la tierra saltar en pedacitos negros, bajo la acción de las balas de cañón. Llegaron detrás de un regimiento de coraceros, oyó muy bien las balas chocar contra las corazas y vio caer algunos hombres.

El sol estaba ya muy bajo, a punto de ponerse. La escolta salió del camino de hondonada y subió una pequeña pendiente de tres o cuatro pies, entrando en un campo labrado. Fabricio oyó un ruido extraño a su lado; volvió la cabeza. Habían caído cuatro hombres con sus caballos; el mismo general había sido echado a tierra y se levantaba lleno de sangre. Fabricio miraba a los húsares caídos; tres de ellos tenían aún unos movimientos convulsivos y el cuarto gritaba:

-¡Sacadme de debajo!

El sargento y dos o tres hombres se habían bajado del caballo para ayudar al general, quien apoyándose en su ayudante probaba andar unos pasos; quería alejarse de su caballo, que se revolcaba en el suelo dando coces furibundas.

El sargento se acercó a Fabricio. En este momento nuestro héroe oyó detrás de él a alguien que decía muy cerca de su oído:

-Es el único que aún puede galopar.

Sintió que le cogían los pies y se los levantaban mientras le sostenían el cuerpo por detrás. Así pasó por encima de la grupa de su caballo, y resbalándose hasta el suelo, cayó sentado.

El ayudante del general tomó el caballo de Fabricio por las riendas, y el general ayudado por el sargento subió a él y partió al galope seguido por seis hombres que restaban. Fabricio se puso de pie furioso y echó a correr detrás de ellos gritando:

-Ladri! Ladri! (¡Ladrones!)

Resultaba gracioso aquello de correr detrás de los ladrones en medio de un campo de batalla.

La escolta y el general, conde A..., desaparecieron bien pronto detrás de una hilera de sauces. Fabricio, ebrio de ira, llegó también a una línea de sauces; hallóse junto a un canal muy profundo, que atravesó, y llegado a la orilla opuesta empezó de nuevo a lanzar juramentos, viendo otra vez, ahora muy lejos, al general  y a la escolta perdiéndose entre los árboles.

-¡Ladrones, ladrones! –gritaba, en francés ahora.

Desesperado, no tanto por la pérdida del caballo como por la traición, dejóse caer al borde del foso, cansado y muerto de hambre. Si su hermoso caballo le hubiera sido arrebatado por el enemigo, no pensarla en ello; pero la traición y el robo de aquel sargento, a quien quería tanto, y de aquellos húsares a quienes miraba como hermanos, le partía el corazón. No podía consolarse de tamaña infamia, y apoyado contra un suace empezó a llorar a lágrima viva. Sus ensueños hermosos de amistad caballeresca y sublime, como la de, los héroes de la Jerusalén libertada, iban desvaneciéndose uno por uno. ¡Nada le hubiera importado ver venir la muerte, rodeado de almas heroicas, tiernas, de amigos nobles que estrechan la mano del moribundo! Pero ¡conservar su entusiasmo en medio de viles bribones! Fabricio, como todo hombre lleno de indignación, exageraba. Al cabo de un cuarto de hora de enternecimiento, observó que las balas de cañón empezaban a llegar hasta la hilera de árboles, a cuya sombra meditaba. Levantóse y quiso orientarse. Miraba los prados cercados por un ancho canal y una hilera de espesos sauces; creyó reconocer el sitio. Vio a un cuerpo de infantería que saltaba el foso y entraba en los prados a un cuarto de legua delante de él. Iba a dormirme, se dijo. ¡Cuidado con no caer prisionero!. Y echó a andar muy de prisa. Pronto se tranquilizó; conoció el uniforme. Los regimientos, que temía que le cortasen el paso, eran franceses. Tiró hacia la izquierda para llegar a ellos. Además del dolor moral de haber sido indignamente robado y' traicionado, otro dolor le torturaba a cada instante: se moría de i hambre. Después de haber andado o mejor dicho corrido durante diez minutos, vio con gran alegría que el cuerpo de infantería que también iba muy de prisa, se detenía como para formar. Algunos momentos después encontrábase entre los primeros soldados.

- Camaradas, ¿podréis venderme un pedazo de pan?

- ¡Anda, éste nos toma por panaderos!

Estas palabras duras y la burla general que siguió, fueron para Fabricio un mazazo. La guerra no era, pues, ese noble y unánime vuelo de almas amante de la gloria, que se habla figurado, leyendo las proclamas de Napoleón. Sentóse o mejor dicho, dejóse caer en la hierba; se puso muy pálido. El soldado que le habla hablado y que se habla detenido a diez pasos de él para limpiar con su pañuelo las piezas del fusil, se acercó y le echó un trozo de pan; luego, viendo que Fabricio no lo recogía, le puso un pedazo en la boca. Fabricio abrió los ojos y lo comió sin fuerzas para hablar. Cuando buscó con los ojos al soldado para pagarle, encontróse solo; los soldados más cercanos estaban a cien pasos y marchaban. Se levantó maquinalmente y los siguió. Entró en un bosque; iba a caerse muerto de cansancio y ya buscaba con la vista un sitio cómodo, cuando, ¡cuál no seria su alegría al reconocer primero el caballo, luego el cochecillo y por fin la cantinera de por la mañana esta vino a él y se asustó al verle la cara.

-Anda, anda, hijo mío le dijo. ¿Estás herido?... ¿Y tu hermoso caballo?

Mientras así hablaba, lo condujo a su coche adonde le hizo subir sosteniéndolo por debajo de los brazos. Apenas instalado en el coche, nuestro héroe, cansado hasta el exceso, se quedó profundamente dormido.

IV

Nada pudo despertarlo ni los tiros que estallaban al lado del carricoche, ni el trote del caballo fustigado con toda su alma por la cantinera. El regimiento, atacado de improviso por nubes de caballería prusiana, había creído todo el día que el ejército francés era el vencedor; ahora se batía en retirada o, mejor dicho, huía hacia Francia.

El coronel, joven arrogante y peripuesto, que acababa de tomar el lugar de Macon, murió de un sablazo; el comandante que le sustituyó en el mando era un anciano de cabellos blancos; mandó hacer alto.

-¡Car!... dijo a los soldados, en tiempos de la República, esperábamos para largarnos que nos obligara el enemigo... Defended el terreno palmo a palmo; dejaos matar gritaba entre juramentos; es ahora el suelo de la patria el que quieren invadir esos prusianos.

El carricoche se detuvo. Fabricio despertó súbitamente.

El sol se había puesto hacia ya mucho tiempo; quedóse asombrado de ver que ya era casi de noche. Los soldados corrían de un lado a otro en una confusión que sorprendió a nuestro héroe; creyó ver que estaban muy deprimidos.

-¿Qué pasa? preguntó a la cantinera.

-Nada. Que estamos perdidos, hijo mío; la caballería prusiana nos acuchilla; nada más que eso. El imbécil del general se creyó, primero, que era la nuestra. Vamos, pronto, ayúdame a arreglar los tirantes de la yegua, que se han roto.

Unos tiros sonaron a diez pasos de distancia. Nuestro héroe, fresco ya y dispuesto, se dijo: La verdad es que en todo el día no he peleado; lo que he hecho ha sido escoltar a un general.

-Tengo que pelear dijo a la cantinera.

 -Tranquilízate, ya pelearás, y más de lo que tengas gana. Estamos perdidos.

 - Aubry, amigo mío – gritó a un cabo que pasaba-, mira de vrez en cuando que es del cochecillo.

-¿Va usted a la pelea? –dijo Fabricio a Aubry.

-No; voy a ponerme los zapatos para ir de baile.

-Voy con usted.

-¡Te recomiendo a este pequeño húsar! –gritó la cantinera -, el burguesito tiene corazón.

El cabo Aubry andaba sin decir palabra. Ocho o diez soldados se llegaron a él corriendo; los condujo detrás de un grueso roble, rodeado de espinas. Luego los colocó en le límite del bosque, sin decir palabra en una línea muy extensa; cada uno estaba, por lo menos a diez pasos del otro.

-Eh, vosotros –dijo el cabo, y esta era la primera que hablaba-, no vayáis a tirar antes que yo lo mande: pensad que no tenéis más que tres cartuchos.

Pero ¿qué pasa? preguntábase Fabricio. Por fin, cuando estuvo solo con el cabo, dijo:

-No tengo fusil.

-Cállate, ante todo. Ponte ahí; a cincuenta pasos de aquí, delante del bosque, encontrarás a alguno de los pobres soldados del regimiento que acaban de caer bajo los sablazos enemigos: cógele su fusil y la cartuchera de uno que esté bien muerto, y date prisa, no vayas a cargarte los tiros de nuestros hombres.

Fabricio salió corriendo y volvió en seguida con un fusil y una cartuchera.

-Carga tu fusil y ponte ahí detrás de ese árbol y sobre todo no vayas a tirar antes de que yo ordene... ¡Diablos, ni siquiera sabe cargar su arma! –Ayudo a Fabricio mientras seguía hablando -. Si un jinete enemigo se te viene encima al galope, da vueltas alrededor del árbol y no sueltes el tiro no sea a boca de jarro, cuando el jinete esté a tres pasos ; es preciso que tu bayoneta toque casi el uniforme. ¡Tira tu sabes, demonio1 – exclamó el cabo -, ¿quieres enredarte en él, car?... ¡Qué soldado nos dan ahora! –Y mientras hablaba, cogió el sable y lo tiró él mismo con ira-. Tú limpia la piedra de tu fusil con tu pañuelo. ¿Has tirado alguna vez un tiro?

-Soy cazador.

 -Alabado sea Dios –repuso el cabo suspirando-. Sobre todo no tires antes de que yo te lo mande. –Y se fue.

Fabricio estaba muy alegre ¡Por fin voy realmente a batirme, pensaba, voy a matar a un enemigo! Esta mañana nos enviaban balas de cañón, y yo no hacia nada más que exponerme a la muerte: oficio de tontos. Fabricio miraba por lados con extremada curiosidad. A1 cabo de un momento oyó siete u ocho tiros a su lado. Pero no habiendo oído la orden de tirar, quedóse quieto detrás de su árbol. Era ya casi de noche. Parecíale que estaba en acecho, a la caza del oso en la montaña de la Tramezzina, encima de Grianta. Tuvo una idea de cazador; cogió un cartucho y sacó la bala. Si lo veo, no debo fallarlo, y metió esta segunda bala en el cañón de su fusil. Oyó dos tiros al lado mismo de su árbol; al mismo tiempo vio un jinete vestido de azul que pasaba galopando delante de él y se dirigía de su derecha a su izquierda. No está a tres pasos, se dijo, pero a esta distancia estoy seguro de darle. Apuntó al jinete siguiéndole un momento con el fusil y apretó el gatillo; el jinete cayó de su caballo. Nuestro héroe creía estar de caza, y se precipitó alegremente hacia la pieza que acababa de matar. Ya casi tocaba al hombre, que parecía moribundo, cuando con increíble rapidez dos jinetes prusianos llegaron sobre él sable en mano. Fabricio escapó a todo correr hacia el bosque; para correr mejor tiró su fusil. Los jinetes prusianos estaban ya a tres pasos, cuando llegó a un vivero de robles pequeños y rectos que rodeaba el bosque. Estos pequeños robles detuvieron un momento a los jinetes; pero pasaron y siguieron detrás de Fabricio por un claro del bosque. Ya estaban otra vez cerquísima, cuando se escurrió por entre siete u ocho árboles gordos. En este momento casi tuvo la cara quemada por la llama de cinco o seis disparos que partieron delante de él. Bajó la cabeza; al levantarla de nuevo se encontró frente a frente con el cabo.

-¿Has matado al tuyo? dijo el cabo Aubry.

-Sí; pero he perdido mi fusil

-No son fusiles los que faltan. Eres un buen chico; a pesar dei tu cara de pepino, has ganado tu jornal, y esos soldados de ahí acaban de fallar a los dos que te perseguían y llegaban sobre ellos; yo no los veía. Se trata ahora de largarse sin perder tiempo; él regimiento debe estar a medio cuarto de legua de aquí, y además hay un prado por ahí donde podemos ser cogidos a la media vuelta.

Mientras hablaba, el cabo marchaba rápido al frente de sus diez hombres. A doscientos pasos de allí, entrando en el prado de que había hablado, encontraron a un general herido, conducido por su ayudante y un criado.

-Deme usted cuatro hombres dijo al cabo con voz apagada; se trata de llevarme a la ambulancia; tengo la pierna acribillada.

 -¡Vete al car...! respondió el cabo, tú y todos los generales. Todos habéis hecho traición al emperador.

-¡Cómo -dijo el general furioso-, desobedecéis mis órdenes! Sabéis que soy el general conde B..., jefe de vuestra división... -Y siguió perorando.

El ayudante se echó sobre los soldados. El cabo le dio un bayonetazo en el brazo y salió al escape con sus hombres.

-¡Ojalá, y todos estén como tú repetía el cabo entre juramentos; ojalá tengan los brazos y las piernas acribillados! ¡Montón de figurones! ¡Todos vendidos a los Borbones, traicionando al emperador!

Fabricio oía con estupor esta horrible acusación.

Hacia las diez de la noche alcanzaron al regimiento a la entrada de una gran aldea que formaba varias calles muy estrechas; pero Fabricio observó que el cabo Aubry no dirigía la palabra a ningún oficial.

-¡Imposible avanzar! -exclamó el cabo.

Todas las calles estaban llenas de infantería, de caballería y, sobre todo, de furgones y de carros de artillería. El cabo se presentó a la salida de tres calles; a los veinte pasos había que pararse. Todo el mundo juraba y se enfadaba.

-¡Otro traidor está de seguro mandando! -exclamó el cabo-; si al enemigo se le ocurre rodear la aldea, nos coge prisioneros a todos, como a perros. Seguidme vosotros.

Fabricio miró; ya no había con el cabo más que seis soldados.

Por un portal penetraron en un amplio corral; del corral pasaron a una cuadra y por una puertecilla entraron en un jardín. Aquí estuvieron un instante perdidos, errando de acá por allá. Por fin saltaron uña valla y se hallaron en un campo de trigo. En menos de media hora, guiados por los gritos y los ruidos confusos, llegaron al camino real, dejando la aldea atrás. La cuneta de la carretera estaba llena de fusiles abandonados. Fabricio eligió uno. Pero el camino, aunque muy ancho, estaba tan atestado de carretas y de fugitivos, que en media hora apenas si el cabo y Fabricio habían andado quinientos metros. Las once daban en el reloj de la aldea.

-Echemos otra vez por el campo -exclamó el cabo.

El grupo componíase ya sólo de tres soldados, el cabo y Fabricio. Cuando estuvieron a un cuarto de legua de la carretera dijo uno de los soldados:

-No puedo más.

-Ni yo tampoco -dijo otro.

-¡Vaya una noticia! Igual estamos todos -dijo el cabo-; pero hacedme caso y os valdrá. -Vio cinco o seis árboles a lo largo de un pequeño foso, en medio de un gran campo de trigo. -¡A los árboles! dijo a sus hombres. -¡Acostaos añadió cuando hubieron llegado-, y no hagáis ruido! Pero antes de dormirse, ¿quién tiene pan?

-Yo -dijo uno de los soldados.

-Venga -dijo el cabo autoritariamente. Partió el pan en cinco pedazos y cogió el más pequeño-. Un cuarto de hora antes de amanecer -dijo mientras comía- vais a tener a la caballería enemiga. Se trata de no dejarse acuchillar. Uno solo está perdido con la caballería encima, en estas llanuras; pero cinco pueden ayudarse; quedaos conmigo bien juntos, no tiremos más que a quemarropa, y me comprometo a porteros mañana por la tarde en Charleroi.

El cabo los despertó una hora antes del alba; lees mandó renovar la carga de los fusiles. El ruido en la carretera no había cesado en toda la noche; era como el estruendo de un torrente lejano.

Huyen como carneros dijo Fabricio al cabo, con un tono ingenuo.

-¡Quieres callarte, rapazuelo! -dijo el cabo indignado. Y los tres soldados que formaban todo el ejército, con Fabricio, miraron a éste con ademán iracundo como si hubiera blasfemado. Había insultado a la nación.

¡Es cosa fuerte!, pensó nuestro héroe; ya lo he notado en Milán, en casa del virrey. ¡No huyen, no! Con estos franceses no es lícito decir la verdad cuando ésta hiere su vanidad. Pero en cuanto a sus ademanes iracundos, poco importan, y he de hacerlo comprender. Seguían anclando a quinientos pasos de aquel río de fugitivos que llenaba la carretera. A una legua de allí, el cabo y su pequeña tropa atravesaron un camino que desembocaba en la carretera y en el que habla muchos soldados acostados. Fabricio compró por cuarenta francos un caballo bastante bueno, y entre los sables que yacían por el suelo eligió con cuidado uno reces. Puesto que hay que pinchar, pensó, éste es el mejor. Equipado, puso su caballo al galope y alcanzó al cabo que había seguido adelante. Se afianzó en los estribos cogió con. la mano izquierda la vaina de su sable recto, y dijo a los cuatro franceses:

-Esas gentes que huyen por la carretera parecen un rebaño de carneros..., andan como carneros atemorizados.

Fabricio acentuaba en vano la palabra carneros; sus camaradas no se acordaban de haberse enfadado un hora antes al oír la misma expresión. He aquí otra de las diferencias entre el carácter italiano y el francés; sin duda es más feliz el francés, que resbala sobre los sucesos de la vida sin guardar rencor.

No ocultemos que Fabricio, después de hablar de los carneros, quedó muy satisfecho de sí mismo. Mientras andaban, iban conversando. A dos leguas de allí, el cabo, muy extrañado de no ver llegar la caballería enemiga, dijo a Fabricio:

-Usted que es de la nuestra, corra a esa casa de labor que está en aquella colina, y pregunte al aldeano si quiere vendernos comida; dígale y repítale que no somos más que cinco. Si vacila, dele usted cinco francos adelantados de su dinero; pero tranquilícese usted, que recobraremos la moneda después de comer.

Fabricio le miró. La gravedad imperturbable del cabo, su verdadero aire de superioridad moral, le hizo obedecer. Todo sucedió como lo habla previsto el comandante en jefe; sólo que Fabricio insistió en que no se recobraran de viva fuerza los cinco francos que había dado al aldeano.

-El dinero es mío -dijo a sus camaradas-; no pago por vosotros, sino por la cebada que ha dado a mi caballo.

Fabricio pronunciaba tan mal el francés, que sus compañeros creyeron ver en sus palabras un tono de superioridad; esto les enojó, y comenzaron a sentir deseos de desafíos. Encontrábanle muy distinto de ellos, cosa que les molestaba. Fabricio, por el contrario, empezaba a cobrarles amistad.

Andaban sin hablar desde hacia dos horas, cuando el cabo, mirando a la carretera, exclamó alegremente:

-Ahí va el regimiento. Pronto estuvieron en la carretera; pero ¡ay!, en torno al águila no había n1 doscientos hombres. Fabricio divisó pronto a la cantinera; iba a pie, tenia los ojos rojos y lloraba de vez en cuando. En vano buscó Fabricio la carretilla y la yegua Cocotte.

-Saqueados, perdidos, robados -exclamó la cantinera, respondiendo a las miradas de nuestro héroe. Éste, sin decir palabra, bajó de su caballo, lo cogió por las riendas y dijo a la cantinera:

-Suba.- No tuvo necesidad de repetirlo.

-Acórtame los estribos -dijo ella.

Cuando estuvo bien colocada sobre el caballo se puso a contar a Fabricio los desastres de la noche. Después de un relato infinitamente largo, pero escuchado con avidez por nuestro héroe, que, a decir verdad, no entendía nada, pero sentía por la cantinera una tierna amistad, ésta añadió:

-¡Y decir que son franceses los que me han saqueado, apaleado, maltratado!...

-¡Cómo! ¿No son los enemigos? -dijo Fabricio con un tono ingenuo que hacia más encantadora su hermosa cara, pálida y grave.

 -Qué tonto eres, niño -expresó la cantinera sonriendo entre sus lágrimas; y a pesar de eso, eres muy gracioso.

-Y vedlo aquí; ha echado abajo a su prusiano muy bonitamente exclamó el cabo Aubry, quien, en la turba, se hallaba por casualidad del otro lado del caballo de la cantinera-. Pero es orgulloso continuó el cabo. Fabricio hizo un movimiento-. ¿Cómo te llamas? -dijo el cabo-; pues si hay un parte quiero que figures en él.

-Me llamo Vari -respondió Fabricio poniendo una cara extraña-; o, mejor dicho, Boulot añadió corrigiéndose rápidamente.

Boulot era el nombre del propietario de los papeles que le habla entregado la carcelera de B....; la antevíspera habíalos estudiado con cuidado, mientras marchaba, pues ya empezaba a reflexionar un poco y a no extrañarse de las cosas. Además de los papeles del húsar Boulot, conservaba cuidadosamente el pasaporte italiano, con el cual podía aspirar al noble nombre de Vari, vendedor de barómetros. Cuando el cabo le había acusado de orgulloso, estuvo a punto de contestar: ¿Yo, orgulloso, yo Fabricio Valserra, marchesino del Dongo, que consiento en llevar el nombre de un Vari, vendedor de barómetros? 'Mientras que así meditaba y se decía: He de recordar bien que me llamo Boulot, o si no cuidado con la cárcel que me destina la suerte, hablan cambiado algunas palabras el cabo y la cantinera.

-No me acuse usted de ser curiosa -le dijo la cantinera, dejando de pronto de tutearle-; si le pregunto, es por su bien. ¿Quién es usted, dé verdad?

Fabricio no contestó al punto; pensaba que nunca podía encontrar amigos más devotos a quienes pedir consejo, y necesitaba urgentemente consejos. Vamos a entrar en una plaza fuerte; el gobernador querrá saber quién soy, y entonces la cárcel es segura si dejo adivinar por mis respuestas que no conozco a nadie en el 40 de húsares, cuyo uniforme llevo. Fabricio, como súbdito que era de Austria, sabia muy bien la importancia que puede dársele a un pasaporte. Las personas de su familia, aunque nobles y beatas, aunque pertenecientes al partido victorioso, habían sido molestadas más de una vez por causa de sus pasaportes. Así, pues, no le chocó la pregunta que le dirigiera la cantinera. Pero como antes de contestar buscaba las palabras francesas más claras, la cantinera, llena de curiosidad, añadió para persuadirle de que hablara:

 -El cabo Aubry y yo le daremos a usted buenos consejos para guiarle.

-No lo dudo -respondió Fabricio-. Me llamo Vari y soy de Génova; mi hermana, célebre por su belleza, se ha casado con un capitán. Como no tengo más que diecisiete años, mi hermana me mandó venir a su lado para enseñarme Francia y formarme un poco. No la encontré en París, y sabiendo que estaba en este ejército vine y la he buscado por todas partes sin poder encontrarla. Los soldados, a quienes extrañó mi acento, me hicieron detener. Tenla dinero y he sobornado al gendarme, quien me dio este uniforme y unos papeles, diciéndome: "Corre y júrame que nunca pronunciarás mi nombre.”

-¿Cómo se llamaba? -dijo la cantinera.

-He dado mi palabra -dijo Fabricio.

-Tiene razón -repuso el cabo-; el gendarme es un bribón, pero el camarada no debe nombrarlo. Y ¿cómo se llama ese capitán marido de su hermana de usted? Si sabemos su nombre, podremos buscarlo.

-Teulier, capitán en el 4º de húsares -respondió nuestro héroe.

-Entonces dijo el cabo con bastante penetración -por su acento extranjero los soldados le tomaron a usted por espía.

-¡Esa es la palabra infame! -exclamó Fabricio, brillándole los ojos-. ¡Yo, que adoro al Emperador y a los franceses)! Y este insulto es el que más me ha irritado.

-No hay insulto; está usted equivocado. El error de los soldados era muy natural repuso gravemente el cabo Aubry.

Y entonces le explicó con mucha pedantería:

-En el ejército hay que pertenecer a un Cuerpo y llevar un uniforme, sin lo cual es muy natural que le tomen a uno por espía. El enemigo nos suelta muchos; en esta guerra, todo el mundo hace traición.

La venda cayó de los ojos de Fabricio y comprendió por primera vez que todo lo que le ocurría desde hacía dos meses era muy natural.

-Pero es preciso que el niño nos lo cuente todo -dijo la cantinera, cuya curiosidad estaba cada vez más excitada.

 Fabricio obedeció. Cuando hubo terminado:

-La verdad es -dijo la cantinera hablando en tono grave que este niño no es militar; ahora vamos a hacer una guerra bien fea, vencidos y traicionados. ¿Por qué ha de romperse los huesos gratis et amore?

-Y además -dijo el cabo- que no sabe cargar su fusil, ni por movimientos ni a voluntad. Tuve yo que cargar la bala con que echó abajo al prusiano.

-Y enseña su dinero a todo el mundo -añadió la cantinera-; en cuanto se separe de nosotros, se lo robarán todo.

-El primer suboficial de caballería con quien tropiece - dijo el cabo- se queda con el niño para que le pague la bebida y hasta quizá lo recluten para el enemigo, puesto que todo el mundo hace traición ahora. El primero que llegue le mandará que le siga, y le seguirá; mejor seria que entrase en nuestro regimiento.

 -¡Ah, no, señor cabo, de ningún modo! -exclamó Fabricio con viveza-; más cómodo es ir a caballo. Y, además, yo no sé cargar un fusil, y ya ha visto usted que sé manejar un caballo.

Fabricio se sintió orgulloso por esta perorata. No relataremos la larga discusión sobre su destino futuro, que mantuvieron el cabo y la cantinera. Fabricio observó que al discutir repetían tres o cuatro veces los detalles de su historia: las sospechas de los soldados, el gendarme que le vendió unos papeles y un uniforme, el modo cómo se encontró formando parte de la escolta del mariscal, el Emperador visto pasar al galope, el caballo robado, etc., etc....

Con femenina curiosidad, la cantinera volvía sin cesar sobre el modo que tuvieron de quitarle el buen caballo que ella le había hecho comprar.

-Sentiste que te cogieron por los pies, que te pasaron suavemente por la cola de tu caballo y que te sentaron en el suelo.

 ¿Por qué repetir tantas veces, pensaba Fabricio, lo que sabemos muy bien los tres? Ignoraba aún que así es cómo las gentes del pueblo, en Francia, buscan las ideas.

-¿Cuántos dinero tienes? -dijo de pronto la cantinera.

Fabricio no vaciló en contestar; estaba seguro de que esta mujer tenia un alma noble: este es el lado hermoso de Francia.

-En total vendrán a quedarme unos treinta napoleones de oro y ocho o diez escudes de cinco francos.

-¡En ese caso tiene el campo libre! -exclamó la cantinera-. Lárgate de este ejército derrotado; échate a un lado, toma el primer camino que encuentres a tu derecha; dale espuelas a tu caballo alejándote siempre del ejército. En la primera ocasión cómprate un traje de paisano. Cuando estés a ocho o diez leguas y no seas ya soldado, toma la posta y vete a descansar ocho o diez días y a comer chuletas en alguna buena ciudad. No digas nunca a nadie que has estado en el ejército, porque los gendarmes te pescarían como desertor, y aunque seas muy gracioso, hijo mío, todavía no eres bastante astuto para contestar a los gendarmes. En cuanto tengas un traje de paisano, rompe tus papeles y toma tu verdadero nombre; di que eres Vari. Y ¿de dónde ha de decir que viene? preguntó ella al cabo.

-De Cambrai, sobre el Escalda; es una buena ciudad pequeña, ¿lo oyes?, hay una catedral y Fénelon.

-Eso es -dijo la cantinera-, no digas nunca que has estado en la batalla; ni una palabra de B .... ni del gendarme que te vendió el uniforme. Cuando quieras volver a París, vete primero a Versailles y entra en París por ese lado, paseándote, como si vinieras de pasar la tarde en el campo. Cose tus napoleones a la tela del pantalón, y sobre todo cuando tengas que pagar algo no enseñes más que lo preciso. Lo que me da pena es que van a robarte todo lo que llevas. Y ¿qué vas a hacer sin dinero, no sabiendo, como no sabes, andar por el mundo?, etc ....

La buena cantinera habló mucho tiempo así; el cabo corroboraba sus consejos aprobándolos con la cabeza, ya que no podía encontrar hueco para tomar la palabra. De pronto la multitud que llenaba el camino apresuró el paso, y en seguida, en un abrir y cerrar de ojos, saltó la cuneta y se dio a la fuga a todo correr.

-¡Los cosacos! ¡Los cosacos! -gritaban por todas partes.

-Toma tu caballo -dijo la cantinera.

-Dios me guarde de hacerlo -dijo Fabricio-. A galope, huya usted. Se lo doy. ¿Quiere usted dinero para comprar un cochecillo? La mitad de lo que tengo es de usted.

 -¡Toma tu caballo, te digo! -exclamó la cantinera, irritada.

Ésta se preparaba a bajar cuando Fabricio sacó su sable y gritó:

-¡Téngase firme! -dando dos o tres golpes de plano al caballo, que tomó el galope y siguió a los fugitivos.

Nuestro héroe miró la carretera; pocos momentos antes dos o tres mil individuos se empujaban en ella, apretados como aldeanos detrás de una procesión. Después de la voz: ¡cosacos!, ya no había nadie; los fugitivos hablan abandonado chacós, fusiles, sables, etc... Fabricio, extrañado, subió a un montículo que estaba a la derecha del camino y se alzaba unos veinte o treinta pies; miró a ambos lados la llanura sin percibir serial alguna de cosacos. ¡Qué gente más rara son estos franceses!, se dijo. Puesto que he de echar por la derecha, más vale empezar en seguida; puede ser que tengan esas gentes algún motivo, que yo ignoro, que les haga correr así. Cogió un fusil, comprobó que estaba cargado, movió la pólvora y la, cápsula, limpió la piedra; luego eligió una cartuchera bien llena y miró a todas partes; se hallaba absolutamente solo en esta llanura que pocos momentos antes estaba llena de gente. En la lejanía veía, a los fugitivos que empezaban a desaparecer detrás' de los árboles, corriendo sin cesar. ¡Es cosa singular!, pensaba. Y, recordando lo que había hecho el cabo el día antes, fue a sentarse en medio de un trigal. No se quería alejar, porque deseaba volver a ver a sus buenos amigos, la cantinera y el cabo Aubry.

Una vez sentado, contó su dinero, y vio que no tenia más que dieciocho napoleones, en lugar de los treinta que creía poseer; pero aún le quedaban unos pequeños diamantes que había puesto en el forro de las botas de montar del húsar, aquella mañana en el cuarto de la carcelera de B.... Escondió sus napoleones lo mejor que pudo, meditando profundamente sobre tan súbita desaparición de la gente. ¿Es esto un mal presagio para mí?, pensaba. Su principal pena era no haber preguntado al cabo Aubry: ¿He asistido realmente a una batalla? Le parecía que sí, y le hubiera colorado de felicidad el tener certeza de ello.

Sin embargo, he asistido a ella con el nombre de un encarcelado; llevaba los papeles de un encarcelado y hasta su mismo traje. Esto es fatal para el porvenir; ¿qué habría dicho el abate Blanes? Y el desgraciado Boulot ha muerto en la prisión. Todo esto es un presagio siniestro; el destino me conducirá a una prisión. Fabricio hubiera dado cualquier cesa por saber si el húsar Boulot era realmente culpable; creía recordar que la carcelera de B.... le había dicho que el húsar habla sido encerrado, no sólo por unos cubiertos de plata, sino por haber robado su vaca a un aldeano después de haber apaleado al dueño. Fabricio no dudaba de que algún día iría a la cárcel por un delito que tendría alguna relación con el del húsar Boulot. Pensaba en su amigo el cura Blanes; ¡cuánto daría por poderle consultar! Luego se acordó que no habla escrito a su tía desde que salió de París. ¡Pobre Gina!, dijo para sí. Y se le saltaron las lágrimas, cuando de pronto oyó a su lado un ruidito: era un soldado que daba de comer trigo a tres caballos, a los que había quitado las riendas; los caballos parecían muertos de hambre. Los tenía sujetos por el ronzal. Fabricio se alzó como una perdiz que sale de pronto de los trigos; el soldado tuvo miedo. Nuestro héroe lo notó, y se dio el gusto de hacer por un momento el papel de húsar.

-Uno de esos caballos es orlo –exclamó-, pero te daré cinco francos por el trabajo que te has tomado en traérmelo hasta aquí.

-¿Te estás burlando de mí? -dijo el soldado.

Fabricio le apuntó con el fusil, a seis pasos de distancia.

-¡Suelta el caballo, o te abraso! El soldado llevaba el fusil colgado del correaje; hizo un movimiento con el hombro para recogerlo.

-¡Eres muerto si te mueves! -gritó Fabricio corriendo hacia él.

-Pues bien; vengan los cinco francos y tome usted un caballo -dijo el soldado azorado, después de mirar con tristeza la carretera limpia de gente.

Fabricio, apuntando con la mano izquierda, le tiró con la derecha tres monedas de cinco francos.

-Baja, o te mato... Ponle las riendas al negro y vete más lejos con las otros dos... Te abraso si te mueves.

El soldado obedeció refunfuñando. Fabricio se aproximó al caballo, pasó las riendas por su brazo izquierdo, sin perder de vista al soldado que se alejaba lentamente; cuando Fabricio lo viví a unos cincuenta pasos, saltó ligero a caballo. Apenas encima, estaba aún buscando el estribo de la derecha con el pie, cuando oyó una bala pasar silbando a su lado; era el soldado que soltaba su tiro. Fabricio, furioso, se lanzó sobre él al galope, y el soldado echó a correr a todo escape; pronto le vio Fabricio montado en uno de los dos caballos y galopando. Bueno; ya está fuera de tiro, pensó. El caballo que acababa de comprar era magnifico, pero se moría de hambre. Fabricio volvió a la carretera, en donde seguía sin verse un alma; la cruzó y puso al trote su caballo hacia un pliegue del terreno a la izquierda, en donde esperaba encontrar a la cantinera; pero cuando llegó a la altura no vio, en una legua a la redonda, más que algunos soldados sueltos. Está escrito que no vuelva a verla, dijo para sí, suspirando. ¡Qué buena mujer! Se dirigió hacia una; casa que se divisaba en la lejanía, a la derecha de la carretera. Sin apearse, y pagando por adelantado, mandó dar cebada a su pobre caballo que, de hambre, mordía en el pesebre. Una hora después, Fabricio trotaba. por la carretera adelante sin haber perdido del todo la vaga esperanza de encontrar a la cantinera o, por lo menos, al cabo Aubry. Andaba mirando a uno y otro lado, cuando llegó a un río pantanoso franqueado por un puente de madera bastante estrecho. Antes de llegar al puente, a la derecha de la carretera, había una casa aislada con el rótulo de posada del Caballo Blanco. Voy a comer ahí, dijo para sí Fabricio. Un oficial de caballería, con el brazo en cabestrillo, se encontraba a la entrada del puente; estaba a caballo y parecía muy triste; a diez pasos de él, tres soldados de caballería, a pie, arreglaban sus pipas.

He ahí gentes, pensó Fabricio, que de seguro quieren comprarme el caballo por menos dinero aún del que me ha costado. El oficial herido y los tres de pie le miraban venir y parecían aguardarlo. Mejor seria no pasar por ese puente y echar por la orilla del río, a la derecha. Éste debe ser el camino que me aconsejó la cantinera para salir de apuros... Si, pensaba nuestro héroe, pero si huyo, mañana me avergonzaré; además, mi caballo es veloz y el del oficial está probablemente cansado; si se empeña en desmontarme, saldré al galope. Mientras así razonaba, Fabricio recogía el caballo y se adelantaba lo más despacio posible.

-¡Venga pronto, húsar! le gritó el oficial con voz autoritaria.

Fabricio avanzó algunos pasos y se detuvo.

-¿Vais a quitarme el caballo? -gritó.

-De ninguna manera. Adelántese.

Fabricio miró al oficial; tenía bigotes blancos y parecía una buenísima persona; el pañuelo que sostenía su brazo izquierdo estaba lleno de sangre, y su mano derecha también la llevaba envuelta en un paño ensangrentado. Los de a pie, pensó Fabricio, son los que ván a echarse a las riendas de mi caballo; pero mirando bien, vio que también estaban heridos.

-En nombre del honor -le dijo el oficial que llevaba charreteras de coronel-, quédese aquí de vigilancia y diga a todos los dragones, cazadores y húsares que vea, que el coronel Baron está en esta, posada y que les ordeno que vengan a reunirse conmigo.

 El viejo coronel parecía profundamente consumido de dolor; desde su primera palabra había ganado la simpatía de nuestro héroe, quien le respondió con muy buen sentido: -Soy muy joven, señor, para que quieran oírme; necesitaría una. orden escrita de su puño y letra.

-Tienes razón -dijo el coronel mirándole con atención; escribe la, orden La Rose, tú tienes la mano derecha. ,Sin decir palabra, La Rose sacó de su bolsillo un librito de pergamino, escribió unas lineas y, rompiendo la hoja, la entregó a Fabricio; el coronel repitió la orden, añadiendo que a las dos horas sería relevado, como era justo, por uno de los soldados heridos que estaban con él. Dicho esto, penetró en la posada con sus hombres. Fabricio les miraba alejarse y permanecía inmóvil a la entrada del puente de madera, pues le había impresionado mucho el dolor silencioso y profundo de esos tres personajes. Abrió el papel y leyó la orden siguiente:

"El coronel Baron, del 6º regimiento de dragones, comandante en jefe de la segunda brigada de la primera división de caballería, ordena a todos los dragones, cazadores y húsares, que no pasen el puente y que vengan a; reunirse con él en la posada del Caballo Blanco, cerca del fuente; allí está su cuartel general.

"Dado en el cuartel general, cerca del puente de la Santa, el 19 de junio de 1815. "Por el coronel Baron, herido en el brazo derecho, y orden suya, el sargento. LA ROSE.”

 Había pasado una media hora corta desde que Fabricio estaba de centinela en el puente, cuando vio llegar a seis cazadores montados y a otros tres a pie; les comunicó la orden del coronel.

-Ahora volvemos -dijeron cuatro de los jinetes, pasando el puente al trote largo.

 Fabricio hablaba entonces con los otros dos. Mientras se animaba la discusión, los tres hombres a pie pasaron el puente. Uno de las dos cazadores de a caballo que aún quedaban, acabó por pedir la orden paras volverla a ver, y se la arrebató diciendo:

-Voy a enseñársela a los camaradas, y no dejaremos de volver. Espéranos sentado.

 Y salió al galope; su compañero le siguió. Todo ello se hizo en un instante, Fabricio, furioso, llamó a uno de los soldados heridos que se asomaba a una ventana de la posada. Este soldado, en quien vio Fabricio los galones de sargento, bajó y le gritó al acercarse:

-¡Sable en mano, camarada, que está usted de centinela!

Fabricio obedeció, y añadió luego:

 -¡Se han llevado la orden!

-Están aún molestos por lo de ayer repuso el otro con ademán triste-. Voy a darle una de mis pistolas; si de nuevo fuerza alguien el paso, tire al aire y vendré yo o aparecerá el coronel mismo.

Fabricio habla percibido muy bien el gesto de sorpresa que hizo el sargento cuando oyó lo de la orden arrebatada; comprendió que aquello había sido un insulto personal, y decidió para sí no dejarse burlar de nuevo.

Armado con la pistola del sargento, Fabricio había vuelto orgulloso a tomar su guardia, cuando vio llegar a siete húsares montados. Se habla colocado de manera que obstruía la entrada del puente. Les comunicó la orden del coronel, que pareció disgustarles; el más audaz intentó pasar. Fabricio, siguiendo el prudente consejo de la cantinera que le dijo el día antes por la mañana que había que pinchar y no sacudir sablazos, bajó la punta de su gran sable recto e hizo ademán de dar un golpe al que quería forzar el paso.

-¡Ah, quiere matarnos el rapaz -gritaron los húsares-, como si no nos hubieran matado bastante ayer!

Todos sacaron sus sables a la vez y cayeron sobre Fabricio, quien se creyó muerto. Pero se acordó de la sorpresa del sargento y no quiso que lo despreciaran de nuevo. Mientras retrocedía en el puente, procuraba dar golpes de punta. Tenia una facha tan extraña pinchando con el sable recto de caballería pesada, apenas manejable para él, que los húsares comprendieron pronto con quién teman que habérselas; entonces trataron, no de herirle, sino de cortarle el uniforme. Así, recibió en el brazo tres o cuatro sablazos pequeños. Y él, siempre fiel al precepto de la cantinera, daba con! H todas sus fuerzas golpes de punta. Por desgracia, uno de esos puntazos hirió en la mano a un húsar, quien, furioso de sentirse herido; por un soldado tan inexperto, contestó tirándose a fondo e hiriendo a Fabricio en la parte superior del muslo. El golpe fue certero, porque el caballo de nuestro héroe, lejos de querer huir; parecía gustar del encuentro y se echaba sobre los asaltantes. Estos, que vieron correr la sangre de Fabricio a lo largo de su brazo derecho, temieron haber llevado la cosa demasiado lejos y, empujándole hacia la barandilla izquierda del puente, se escaparon al galope. En cuanto Fabricio tuvo un momento de respiro, disparó al aire su pistola para avisar al coronel.

Cuatro húsares montados y otros dos a pie del mismo regimiento que los anteriores, venían hacia el puente y estaban aún a doscientos pasos de él cuando sonó el tiro. Miraban con mucha atención lo que en el puente ocurría, y figurándose que Fabricio había tirado sobre sus camaradas, los cuatro se lanzaron al galope con el sable alzado; era aquello una verdadera carga. El coronel Baron, avisado por el disparo, abrió la puerta de la posada y corrió hacia el puente en el momento mismo en que llegaban los húsares al galope. Les ordenó él mismo que se detuvieran.

-¡Aquí no hay ya coronel que valga! -exclamó uno de ellos empujando su caballo.

 El coronel, fuera de sí, interrumpió la reprimenda que estaba dirigiéndoles, y con su mano derecha herida cogió las riendas del caballo por el lado derecho.

-Detente, mal soldado -dijo al húsar-, te conozco, eres de la compañía del capitán Henriet.

-Pues bien, que el capitán me lo ordene. El capitán ha sido muerto ayer -añadió con sorna-, ¡y vete al c...!

Diciendo esto quiere forzar el paso y empuja al viejo coronel, que cae sentado en el suelo del puente. Fabricio, que estaba sobre el puente dos pasos más allá, pero vuelto hacia la posada, empuja su caballo, y mientras el pecho del caballo del atacante tira por los suelos al coronel, que no soltaba la rienda, Fabricio, indignado, dirige al húsar un golpe a fondo. Por fortuna, el caballo del húsar, sintiendo que le tiran hacia abajo por la rienda que el coronel tenía en su mano, hace un movimiento de lado, y la hoja del sable recto de Fabricio, resbalando sobre el chaleco del húsar, pasó entera delante de sus ojos. Furioso el húsar, se vuelve y a esta con todas sus fuerzas un sablazo que le cortó la manga a Fabricio y le entró muy hondo en el brazo. Nuestro héroe cayó.

Uno de los húsares desmontados, viendo por el suelo a los dos defensores del puente, aprovecha la ocasión, salta sobre el caballo de Fabricio y quiere apoderarse de él, lanzándolo al galope sobre el puente.

El sargento, que al salir de la posada, ve caer a su coronel creyó que estaría gravemente herido. Corre tras el caballo de Fabricio y hunde la punta de su sable en la cintura del ladrón, que cae al suelo. Los húsares, no viendo ya sobre el puente más que al sargento a pie, pasan al galope y huyen veloces. El que quedaba a pie se echó a correr por el campo.

El sargento se aproximó a los heridos. Fabricio estaba ya levantado; .sufría poco, pero perdía mucha sangre. El coronel se levantó lentamente; estaba atontado por el golpe, pero limpio de toda herida.

-No tengo más dolores -dijo al sargento- que los que me produce mi antigua herida de la mano.

El húsar, herido por el sargento, se moría.

-¡Que se lo lleve el diablo! -exclamó el coronel-. Pero cuidad de ese jovencito al que he puesto en peligro tan inoportunamente -dijo al sargento y a los otros dos que llegaban-. Me voy a quedar yo mismo en el puente para procurar detener a esos furiosos. Llevaos al joven a la posada y vendadle el brazo. Tomad una de mis camisas.

V

Esta aventura había transcurrido en menos de un minuto. Las heridas de Fabricio no eran nada; le vendaron el brazo con unas vendas cortadas en la camisa del coronel. Querían hacerle una cama en el primer piso de la posada.

-Pero mientras yo estoy aquí bien cuidado, en el primer piso de la posada -dijo Fabricio al sargento-, mi caballo, que está en la cuadra, se aburrirá solo y se irá quizá con otro amo.

-¡No está mal para un quinto! -dijo el sargento.

Y Fabricio fue instalado sobre paja fresca en el pesebre mismo a que su caballo estaba atado. Como se sentía muy débil, el sargento le trajo un tazón de vino caliente y le dio un poco de conversación. Algunas felicitaciones que mezcló en su charla pusieron a nuestro héroe en un estado de celeste felicidad.

Fabricio no se despertó hasta el día siguiente, con el alba; los caballos relinchaban sin cesar y hacían un ruido atroz; la cuadra se llenaba de humo. Fabricio no comprendía nada y ni siquiera sabia dónde estaba; por último, medio asfixiado por el humo pensó que la casa estaba ardiendo, y en un instante estuvo fuera de la cuadra montado en su caballo. Alzó la cabeza; salía un humo espeso de las dos ventanas colocadas encima de la cuadra y el tejado estaba cubierto por una humareda que se retorcía. Un centenar de fugitivos había llegado durante la noche a la posada del Caballo Blanco. Todos gritaban y juraban. Los cinco o seis a quienes Fabricio pudo ver de cerca, parecíanle que estaban totalmente beodos; uno de ellos quería detenerlo y le gritaba:

-¿Adónde vas con mi caballo?

Cuando Fabricio estuvo a un cuarto de legua, volvió la cabeza; nadie le seguía, y la casa era presa de las llamas. Fabricio reconoció el puente, pensó en su herida y sintió que su brazo estaba muy apretado y muy caliente. Y el viejo coronel, ¿qué habrá sido de él?

Ha dado su camisa para vendarme el brazo. Nuestro héroe tenía aquella mañana una admirable sangre fría; la cantidad de sangre perdida le había sustraído toda la parte novelesca de su carácter.

¡A la derecha!, pensó, y ¡largo! Echó tranquilamente por la orilla del río que después del puente corría hacia, la derecha de la carretera. Recordaba los consejos de la buena cantinera. ¡Qué amistad!, pensaba. ¡Qué carácter más abierto!...

 

 

 

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