UN BUEN LIBRO PARA LEER:  EL LAMENTO DE PORTNOY (1969)

ElLamentoDePortnoy

      (Portnoy's Complaint)

 

    Philip Roth        (EEUU)  

    

     De la traducción de Adolfo Martín

        Editorial       PUNTO DE LECTURA  

                         

           

Fragmentos de libros 

   De   Sacudiendo

    Llegó después de la adolescencia, en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de la puerta del cuarto de baño, disparando mi taco por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella salsa de mantecoso suero y Clorox… aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y mi éxtasis, la recibiría de lleno en el pelo, como una rociada de grasos brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados kleenex y pijamas sucios, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante…

Mtion

    … Me había habituado a meterme por las noches en la cama con mis calcetines sucios, a fin de poder utilizar uno de ellos como receptáculo al acostarme y el otro al despertarme.

     ¡Si al menos, pudiera limitarlo a una sola vez al día, o fijar el límite en dos, o, incluso, tres! Pero, con la perspectiva del aniquilamiento definitivo luciendo ante mí, empecé a alcanzar nuevas marcas. Antes de las comidas. Después de las comidas. Durante las comidas, me levanto de la mesa de un salto, agarrándome teatralmente el vientre. ¡Tengo diarrea!-. y una vez detrás de la puerta del cuarto de baño cerrada con el pestillo, me deslizo por la cabeza un par de bragas que he robado del armario de mi hermana y que llevo en el bolsillo, enrolladas en un pañuelo. Tan excitante es el efecto de las bragas de algodón contra mi boca –tan excitante es la palabra bragas-, que la trayectoria de mi eyaculación alcanza sorprendentes nuevas alturas: brotando de mi cuerpo como un cohete, se dirige en línea recta hacia la bombilla que pende del techo, donde, para mi horror y admiración, queda colgada...

    Éxito. Estoy llorando. No existe ninguna buena razón para que llore pero en esta casa todo el mundo procura conseguir un buen llanto por lo menos una vez al día. mi padre, debe usted comprender… y lo comprende, sin duda: los chantajistas forman una parte importante de comunidad humana, y, supongo, de su clientela…, mi padre ha estado «yendo» a hacerse este análisis de tumor desde hace casi tanto tiempo como yo puedo recordar. Si le duele la cabeza, es, naturalmente, por que está estreñido continuamente; y si está estreñido es porque la propiedad de su tracto intestinal se halla en manos de la firma Inquietud, Miedo & Frustración.

    … Llega cuando nosotros ya hemos cenado, pero su cena le espera mientras se quita las prendas ciudadanas empapadas de sudor con las que ha estado todo el día haciendo la ronda de sus deudores y se pone su traje de baño. Yo le llevo la toalla mientras baja por la calle en dirección a la playa con los zapatos desabrochados. Yo voy vestido con limpios pantalones cortos y un inmaculado polo, me he duchado para quitarme el salitre, y mi pelo –todavía mi pelo suave y fácil de peinar- esta cuidadosamente separado y alisado. Hay una barandilla de hierro que corre a lo largo de la pasarela de tablas, y me siento en ella; debajo de mí, con los zapatos puestos, mi padre atraviesa la desierta playa. Le veo dejar cuidadosamente la toalla cerca de la orilla. Coloca su reloj en un zapato y las gafas en el otro, y, luego, está listo para hacer su entrada en el mar. Todavía hoy me introduzco yo en el agua tal como él aconsejaba: sumergir primero las muñecas, luego salpicar los sobacos, después humedecer las sienes y la nuca…, ah, pero lentamente, siempre lentamente. De esta forma se refresca uno, evitando sufrir una conmoción. Refrescado, sin conmociones, vuelve el rostro hacia mí, agita cómicamente la mano en gesto de despedida en dirección a donde cree que yo estoy y se deja caer de espaldas para flotar con los brazos extendidos. Oh. flota con absoluta inmovilidad –él trabaja, trabaja duramente, ¿y por quién sino por mí?- y, al fin, después de volverse sobre el vientre y dar unas cuantas brazadas que no le llevan a ninguna parte,regresa chapoteando a la orilla reluciendo su mojado y compacto torso bajo los últimos dardos de luz que llegan, por encima de mi hombro, desde la sofocante New Jersey, en la que yo me veo libre de estar… 

 The-Window  ... Doctor, ¡esas gentes son increíbles! ¡Esas gentes son inimaginables! ¡Esos dos son los más grades productores y envasadores de culpabilidad de nuestro tiempo! ¡La hacen segregar de mí, como si se tratara de la grasa de una gallina! «Llama por teléfono, Alex. Visítanos, Alex. Alex, tennos informados. No te vayas sin decírnoslo, por favor, no vuelvas a hacerlo...»… «Madre, -la informo, hablando con los dientes apretados-, si me muero olerán mi cadáver a las 62 horas, te lo aseguro.» «¡No hables así! ¡Dios nos libre!», exclama ella. Oh, y ahora ha alcanzado la perfección. Pero ¿cómo podía yo esperar otra cosa? ¿Puedo pedir lo imposible de mi propia madre?...

   Doctor Spielvogel, ésta es mi vida, mi única vida, ¡y la estoy viviendo en medio de un chiste judío! Yo soy el hijo de un chiste judío… ¡solo que no soy ningún chiste! Por favor, ¿quién nos ha lisiado de esta manera? ¿Quién nos hizo tan morbosos, e histéricos y débiles? ¿Por qué, por qué están gritando todavía: «¡Cuidado! ¡No lo hagas, Alex! ¡No!», por qué estoy todavía batiendo tan desesperadamente mi carne? ¿Es éste el sufrimiento judío del que tanto he oído hablar? ¿Es esto lo que ha llegado hasta mí de los pogromos y las persecuciones, de las burlas y los insultos inferidos por los goyim a lo largo de estos dos mil años?...

 

De Lamentaciones judías.

    En algún momento durante el noveno año, uno de mis testículos decidió, al parecer, que ya había vivido bastante tiempo en el escroto y empezó a dirigirse hacia el norte. Al principio, yo podía sentirlo moviéndose titubeantemente justo en el borde de la pelvis, y, luego, como si su momento de indecisión hubiera pasado, penetrar en la cavidad de mi cuerpo, como un superviviente rescatado del mar y elevado a bordo de un bote salvavidas. Y allí quedó albergado, finalmente seguro detrás de la fortaleza de mis huesos, dejando que su necio compañero se enfrentara solo a aquel mundo infantil de balones de fútbol y vallas de afiladas puntas, palos, piedras y navajas, todos aquellos peligros que enloquecían de presentimientos a mi madre y sobre los que me prevenía y prevenía y prevenía. Y volvía a prevenir. Y otra vez.

     Y otra.

    De modo que mi testículo izquierdo fijó su residencia en las proximidades del canal inguinal. Apretando un dedo en el repliegue existente entre la ingle  y el muslo, yo podía aún, en las primeras semanas de su desaparición, sentir la curva de gelatinosa redondez; pero llegaron luego noches de terror, en las que yo exploraba en vano mi vientre,  exploraba todo el camino hasta mis costillas, pero, ay, el viajero había puesto rumbo a regiones remotas y desconocidas. ¿Adónde había ido? ¿Hasta que distancia antes de que el viaje tocara a su fin? ¿Abriría yo un día la boca para hablar en clase y me encontraría con que mi huevo izquierdo asomaba en la punta de mi lengua? En la escuela cantábamos juntamente con nuestra maestra, Yo soy el capitán de mi destino, yo soy el dueño de mi alma, y, entretanto, dentro de mi cuerpo, uno de mis subordinados había desencadenado una anárquica insurrección… ¡que yo era incapaz de reprimir!... 

jewshate

 … ¡Oh, este padre, este amable, ansioso, incomprensivo, estreñido padre! ¡Condenado a ser obstruido por este Sacro Imperio Protestante! La seguridad en sí mismo y la astucia, la imperiosidad y las amistades, todo lo que facultaba a los rubios de ojos azules de su generación para dirigir, inspirar, mandar, oprimir, si era preciso… él no podía reunir ni la centésima parte de todo ello. ¿Cómo podía oprimir? El era el oprimido. ¿Cómo podía hacer uso del poder? ¿Él era el impotente. ¿Cómo podía saborear el triunfo, cuando despreciaba tanto al triunfador, y, probablemente, hasta la idea misma de ello? «Adoran a un judío, ¿sabes Alex? Toda su religión se basa en la adoración a alguien que era un judío declarado en aquel tiempo. ¿Qué te parece esa estupidez…?»… 

 

    … Dejamos nuestras ropas en el dormitorio del piso superior. En las filas de catres de hierro situados perpendicularmente a los armarios, los hombres que ya han pasado la hora del despertador son expulsados de debajo de las sábanas como las calamidades de una violenta catástrofe. Si no fuera por el brusco estampido de un pedo o los ronquidos que esporádicamente resuenan a mi alrededor como un tableteo de ametralladoras, yo creería que estábamos en un depósito de cadáveres y, por alguna extraña razón, desnudándonos delante de muertos. Yo no miro a los cuerpos, sino que salto frenéticamente como un ratón, sobre las puntas de los pies, intentando quitarme los calzoncillos antes de que nadie pueda ver su interior, donde, para mi desazón, mi sofoco y mi mortificación, siempre descubro en la costura del fondo, una pálida mancha de excremento. Oh, doctor, froto y froto y froto, me paso frotando tanto tiempo como haciendo lo demás, quizá incluso más todavía. Gasto papel higiénico como si creciese en los árboles –así dice mi envidioso padre-, floto hasta que ese pequeño orificio mío queda tan rojo como una frambuesa, pero, mi madre, dejando al final de cada día en su ceso de ropa para lavar unos pantaloncitos como los que podrían haber contenido el culo de un ángel, dejo es su lugar (¿deliberadamente, Herr Doctor? ¿O solo inevitablemente?) los fétidos calzoncillos de un chiquillo… 

    

… Feas y frías palabras con reminiscencias de éter y alcohol de pasillos de hospital, palabras con todo el atractivo de instrumentos quirúrgicos esterilizados, palabras como legrado y biopsia… Y están luego las palabras que, furtivamente, a solas en casa, solía mirar yo en el diccionario solo para verlas en letras de molde, evidencia concreta de la más remota de todas las realidades, palabras como vulvavagina clítoris, palabras cuyas definiciones nunca más volverán a servirme como fuente de lícito placer… Y está luego la palabra que esperamos y esperamos y esperamos oír, la palabra cuya pronunciación devolverá a nuestra familia la que parece haber sido la más maravillosa y satisfactoria de las vidas, esa palabra que suena en mi oído como hebrero, como b’naiboruch…,¡benigno!.¡Benigno! Boruch atoh Adonai, ¡que sea benigno!...


LaEstirpeDelDragon
   Y lo era. Un ejemplar de La estirpe del Dragón, de Pearl S. Buch está abierto sobre la mesilla de noche en la que hau también un vaso medio vacío de ginger ale. Hace calor, y yo estoy sediento, y mi madre, lectora de mis pensamientos, me dice que me adelante y beba lo que queda en su vaso, que no lo necesito más que ella. Pero, sediento como estoy, no quiero beber de ningún vaso en el que ella haya puesto sus labios…, por primera vez en mi vida, la idea me llena de repugnancia… «Toma.» «No tengo sed.» «Fíjate como sudas.» «No tengo sed» «No seas de pronto tan educado»… ¡Oh Dios! ¡Ella está viva y ya estamos otra vez…, ¡está viva y ya estamos empezando!

    Me cuenta cómo acudió el rabino Warshaw y se sentó y estuvo hablando con ella durante media hora antes de que –como tan gráficamente dice ella- la pusieran bajo el cuchillo. ¿No fue un detalle delicado? ¿No fue una atención?... La mujer que comparte con ella la habitación, cuya amorosa y devoradora mirada estoy intentando soslayar, y cuya opinión, que yo recuerde, nadie le había pedido, anuncia por su cuenta que el rabino Warshaw es uno de los hombres más venerables de todo Newark. Ve-ne-ra-ble. Cuatro sílabas como el propio rabino las diría con su altisonante estilo. Yo empiezo a darme ligeros golpecitos en el bolsillo de mi pantalón de béisbol, una señal de que estoy listo para irme… «Corre», dice mi madre, mientras Mrs. Ve-ne-ra-ble dice: «Mamá estará pronto en casa, y todo volverá a ser como siempre…» 

    … Y no encuentro ningún argumento a favor de la existencia de Dios, ni a favor de la benevolencia y virtud de los judíos en el hecho de que el hombre más ve-ne-ra-ble de todo Newark pasar «toda un media hora» junto al lecho de mi madre. Si él vaciará su silleta, si le diera a comer sus alimentos, eso podría ser el principio de algo, pero ¿venir a pasar media hora sentado junto a su lecho? ¿Qué otra cosa tenía que hacer, madre? ¡Para él, decir bellas banalidades a personas mortalmente asustadas es lo mismo que para mí jugar al béisbol! ¡Le encanta! ¿Y a quién no? Madre, el rabino Warshaw es un gordo, pomposo e insoportable embaucador, con un complejo de superioridad absolutamente grotesco, un personaje sacado de las páginas de una obra de Dickens es lo que es, una persona que, si coincidieras al lado de ella en el autobús y no supieras que era tan venerable, dirías: «Ese hombre apesta a tabaco» y eso es todo lo que dirías. Éste hombre que, en un momento determinado, adquirió la idea de que la unidad básica de significado en el idioma inglés es la sílaba. Así que ninguna palabra que él pronuncie tiene menos de tres sílabas, ni siquiera la palabra Dios. Deberías oír la música y la danza que saca de Israel ¡Para él es tan larga como un frigorífico!... 

 

     De ansia de sexo.

    ¿He mencionado que, cuando tenía quince años, me la saqué de la bragueta y empecé a masturbarme en el autobús 107 de Nueva York?

     Yo había sido obsequiado con un día perfecto por mi hermana y Morty Feibish, su novio, seguido después por una cena de mariscos en Sheepshead Bay. Un día exquisito…

   Podría pensarse que, dadas las abundantes satisfacciones del día, yo habría tenido ya suficiente excitación y que mi pene habría sido lo último en que habría pensado mientas me dirigía a casa aquella noche… ¡Imagine si sigo adelante y lo derramo todo sobre el dorado brazo de aquella shikee!, y luego, en la cena, Morty había encargado para mí una langosta, la primera de mi vida. 

Dibujo    Quizá todo fue debido a la langosta. Roto fácil y sencillamente ese tabú, quizá la confianza se inclinó del lado suicida y dionisiaco de mi naturaleza; tal vez aprendí la lección de que para infringir la ley todo lo que uno tiene que hacer es ¡Seguir adelante e infringirla! Todo lo que uno tiene que hacer es dejar de temblar y de estremecerse y de encontrarlo inimaginable y fuera de sus alcances; todo lo que uno tiene que hacer es ¡hacerlo! ¿Para qué otra cosa, pregunto yo, eran todas esas reglas alimenticias prohibitivas, para qué si no proporcionarnos a los niños judíos práctica en ser reprimidos? Práctica, amigo mío, práctica, práctica, práctica. La inhibición no crece en los árboles, ya sabe; se necesita paciencia, se necesita concentración, se necesita un delicado y sacrificado progenitor y un niño aplicado y atento para crear en solo unos años un ser humano realmente reprimido… / … La renuncia lo es todo, grita el trozo de carne purificado y desprovisto de sangre que nos comemos sentados en la mesa mi familia y yo a la hora del almuerzo. Autocontrol, sobriedad, sanciones, ésta es la clave la una vida humana, dicen todas esas interminables leyes alimenticias. Que los goyim hinquen sus dientes en cualquier inmunda criatura que se arrastra y gruñe por la faz de la sucia tierra, nosotros no contaminaremos así nuestra humanidad. Que ellos (si entiende lo que quiero decir) se atiborren de todo lo que se mueve, por odioso y abyecto que sea el animal o grotesca, shmutzig o estúpida pueda ser la criatura en cuestión. Que coman anguilas y ranas y cerdos y cangrejos y langostas, que coman buitre, que coman carne de mono y de mofeta si quieren…, una alimentación de abominables criaturas que cuadra perfectamente a una raza tan irremediablemente vana y vacía como para beber, divorciarse y luchar con sus puños. Lo único que saben estos imbéciles devoradores de lo execrable es fanfarronear, insultar, hacer mofa y, tarde o temprano, pegar. Oh, también saben estos genios adentrarse en los bosques con un rifle y matar a inocentes ciervos, ciervos que se alimentan inofensivamente de bayas y hierbas y siguen su camino sin molestar a nadie. ¡Estúpidos goyim! Apestando a cerveza y desprovistos de municiones os dirigís a casa, con un animal muerto (que estaba vivo no hacía mucho) sujeto a cada guardabarros…

    … Así dicen las leyes kosher, eso le decían al menos al niño que yo era, educado bajo la tutela de Sophie y Jack P.,… ¿y quien soy yo para afirmar que son equivocadas? Porque miremos al mismo Alex, el tema de todas y cada una de nuestras sílabas…, a los quince años, chupa una noche una garra de langosta, y, al cabo de una hora su miembro viril está al aire y apuntando hacia una shikee en un autobús de servicio público. ¡Y su superior cerebro judío lo mismo podría estar hecho de matzoh brei!

 

   ¿Qué son, después de todo, esas mujeres judías que nos educaron de niños? En Calabria, se ve a sus sufrientes dobles inmóviles como estatuas en las iglesias, tragándose todas esas estupideces católicas; en Calcuta, mendigan por las calles, o, si tienen suerte, están en algún campo polvoriento, sujetas a un arado… Solamente en América, estas campesinas, nuestras madres, se hacen teñir el pelo de rubio platino a la edad de sesenta años y pasean por la Collins Avenue de Florida con estolas de visón…, y expresa opiniones sobre todos los temas imaginables. No tienen ellas la culpa de que les haya sido dado el don de la palabra; si las vacas hablasen, dirían cosas igual de imbéciles. Sí, sí, quizá sea ésa la solución: pensar en ellas como vacas a las que se les ha otorgado los dos milagros de la palabra y del mah-jong. ¿Por qué no tener caridad en los propios pensamientos, verdad, doctor?

    Mi detalle favorito del suicidio de Ronald Nimkin: mientras se balancea colgado de la alcachofa de la ducha hay una nota prendida en la camisa del joven pianista muerto…

    … Tengo relaciones que duran hasta una año, un año y medio, meses y meses de amor, tierno y voluptuoso a la vez, pero al final –es tan inevitable como la muerte- el tiempo pasa y la concupiscencia desaparece. Al final, simplemente no puedo dar ese paso hacia el matrimonio. Pero ¿por qué tengo que darlo? ¿Por qué? ¿Hay alguna ley que diga que Alex Portnoy tiene que ser marido y padre de alguien? Doctor, pueden subirse al alféizar de la ventana y amenazar con arrojarse a la calle, pueden amontonar el Seconal hasta el techo, pudo yo tener que vivir semanas y semanas con el miedo de que esa chichas inclinadas al matrimonio se tiren al paso de un tren subterráneo, pero es que, simplemente, no puedo, simplemente, no me es posible concluir un contrato para dormir solamente con una mujer durante el resto de mis días. Imagínese: Supongamos que me lanzo y me caso con A con sus deliciosas tetas y todo eso, ¿qué pasará cuando aparezca B, que las tiene aún más deliciosas, o, en todo caso más nuevas? o C, que sabe mover las caderas de una forma especial que nunca he probado; o D, o E, o F. Estoy intentando ser franco con usted, doctor, porque, con el sexo, la imaginación humana llega hasta Z, Portnoy-et-son-complexe¡y aún más allá! ¡Tetas y coños y piernas y labios y bocas y lenguas y ojos de culo! ¿Cómo puedo renunciar a lo que nunca he tenido por una muchacha que por deliciosa y provocativa que en otro tiempo `pueda haber sido, acabará siendo tan familiar para mí como una barra de pan? ¿Por amor? ¿Qué amor? ¿Es eso lo que une a todas esas parejas que conocemos, las que hasta se toman la molestia de dejarse unir? ¿No se trata más bien de debilidad? ¿No es más bien conveniencia, apatía y culpabilidad? ¿No es más bien miedo, agotamiento o inercia, cobardía pura y simple, más, mucho más que ese «amor» en que los consejeros matrimoniales y los letristas de canciones y los psicoterapeutas están soñando siempre? Por favor, no nos vengamos con tonterías sobre el «amor» y su duración. Por eso es por lo que yo pregunto: ¿Cómo puedo casarme con alguien a quien «amo», sabiendo perfectamente que dentro de cinco, seis, siete años voy a estar merodeando por las calles al acecho de una nueva y desconocida putilla, mientras mi fiel esposa, que me ha dado un hogar tan encantador, etcétera, sufre valientemente en silencio su soledad y su abandono? ¿Cómo podría enfrentarme a mis amantes hijos? Y luego, el divorcio, ¿no? La manutención de los hijos. Los alimentos. Los derechos de visita. Maravillosa perspectiva, maravillosa. Y en cuanto a la que decida matarse, porque yo prefiero no ser ciego para el futuro, bueno, es cosa suya. Seguramente, no existe necesidad ni justificación para que nadie amenace con el suicidio solo porque yo soy lo bastante juicioso para ver las recriminaciones y frustraciones que esperan en el futuro… Nena, por favor, no grites así, por favor, alguien va a pensar que te están estrangulando. Oh, nena (me oigo a mí mismo suplicar, el año pasado, este año, ¡todos los años de mi vida!), vas a estar perfectamente, de veras; estarás magníficamente, así que hazme el favor de volver a esa habitación ¡y déjame marchar, so zorra! «¡Tú! ¡Tú y tu sucia picha!» exclama las mas recientemente decepcionada, mi extraña y delgada amiga, que en una hora de posar semidesnuda para anuncios publicitarios ganaba tanto como su analfabeto padre en toda una semana en las minas de carbón de Virginia Occidental. «¡Yo creía que eras una persona superior, maldito hijo de puta!» Esta hermosa muchacha, que tan completamente chasqueada ha salido conmigo, se llama La Mona, un apodo que deriva de una pequeña perversión a que se entregó poco antes de conocerme y de continuar con cosas más grandes. Doctor, nunca he tenido a nadie como ella en la vida, ella era la realización de mis más lascivos sueños de adolescente pero… casarme con ella… ¿puede hablar en serio? A pesar de todos sus acicalamientos y perfumes, tiene un concepto muy bajo de sí misma y, al mismo tiempo –y aquí radica el origen de gran parte de sus contratiempos-, un concepto ridículamente elevado de mí. Y, al mismo tiempo, ¡un concepto muy  bajo de mi! Ella es una Mona confusa y, me temo, no demasiado brillante. «¡Un intelectual! –exclama ella-. ¡Una persona educada y espiritual! ¿Quieres decir, maldito miserable, que te importan más los negros de Harlem, a los que ni siquiera conoces que yo, que te la he estado chupando durante todo una año?» Confusa, afligida y, también, enloquecida. Pues todo esto llega hasta mí desde el balcón de nuestro hotel de Atenas mientras yo estoy junto a la puerta, rogándole que haga el favor de volver adentro para que yo pueda coger un avión y me saque de aquel lugar. Luego, el irritado gerente, todo aceite de oliva, bigotes y ultrajada responsabilidad, está subiendo precipitadamente la escalera y agitando los brazos en el aire, y yo, haciendo una profunda inspiración, digo: «Mira, si quieres saltar, ¡salta!, y me marcho. Y las últimas palabras que oigo se refieren solamente «por amor a mí» («¡Amor!», grita) por lo que hizo las degradantes cosas a que yo la obligué… 

KaiserFrazer

    El Kaiser, llega el momento de hablar del Kaiser: cuán orgullosamente me llevó consigo cuando después de la guerra, fue a cambiar el Dodge 1939 por un nuevo automóvil, nueva fabricación, nuevo modelo, nuevo todo -¡qué forma tan perfecta para un padre americano de impresionar a su hijo americano!- y cómo el locuaz vendedor se comportó como si no pudiera dar crédito a sus oídos, como se le dominara la incredulidad, cada vez que mi padre decía «no» a uno tras otro de los mil pequeños accesorios que aquel cerdo quería vendernos para poner en el coche.  «Bueno, le diré mi opinión, por si le sirve de algo -dice ese maldito hijo de puta- tendría un aspecto el doble de mejor con los tapacubos blancos, ¿no te parece, jovencito? ¿No te gustaría que tu papá se llevase los tapacubos blancos al menos?» Al menos. ¡!Ah, cochino bastardo! ¡Dirigiéndote a mí de esa manera para forzarle al viejo, miserable y hediondo hijo de puta! ¿Quién eres tú para mangonearnos? ¡Un maldito vendedor de Kaiser-Fraser! ¿Dónde estás ahora, intimidante bastardo?...

 

    … Pero ¿de dónde hemos sacado esta ridícula y absurda idea de que yo soy tan poderoso, tan precioso, tan necesario para la supervivencia de todos los demás? Fue en parte debido a estos padres judíos…, porque yo no estoy solo en esta embarcación, oh no, estoy a bordo del más grande buque de transporte…, basta mirar los las portañuelas y vernos allí, amontonados en nuestras literas hasta los mamparos, gimiendo de piedad hacia nosotros mismo, los tristes y lacrimosos hijos de padres judíos, totalmente mareados por atravesar estos embravecidos mares de culpabilidad –de tal modo que a veces me veo a mí a mis gimientos compañeros como si fuéramos nuestros antepasados-, y, oh, mareados como perros, nos gritamos intermitentemente uno a otro: «Papá, ¿Cómo pudiste?» «Mamá, ¿por qué lo hiciste?», y, mientras el enorme buque oscila y cabecea, rivalizamos en nuestros relatos sobre quién tuvo la madre más castradora, quien el padre más ignorante, yo puedo igualarte, bastardo, humillación por humillación, vergüenza por vergüenza…  

 

    mahjong… Iba diciendo que el detalle del suicidio de Ronald Nimkin que más me llama la atención es la nota dirigida a su madre que fue encontrada prendida en su almidonada camisa deportiva. ¿Sabe lo que decía? ¿El último mensaje de Ronald a su mamá? Adivine.

     Ha llamado Mrs. Blumenthal. Lleva tus reglas de mah-jong para la partida de esta noche.

    ¿Cómo es eso para alguien integralmente bueno? ¿Cómo es eso para un chico bueno, un chico reflexivo, un amable, cortés y bien educado muchacho, un refinado muchacho judío del que nadie tendrá jamás motivos para avergonzarse? Di gracias, querido. Di bienvenido, querido. Di perdón, Alex. ¿Pide perdón? ¡Excúsate! ¿Por qué? ¿Qué he hecho ahora? Estoy escondido debajo de la cama, con la espalda contra la pared, negándome a pedir perdón, negándome, también, a salir y arrostrar las consecuencias. ¡Negándome! Y ella está hurgándome con una escoba, intentando barrer mi cuerpo y sacarlo afuera. «Manes de Gregor Samsa! ¡Hola, Alex, adiós Franz!»… 

    Me viene de pronto a la memoria el modo en que mi madre me enseñó a mear de pie. Escuche, ésta puede muy bien ser la información que hemos estado esperando, la clave de lo que determinó mi carácter, lo que me hace vivir en esta situación, desgarrado por deseos que son repugnantes para mi conciencia y una conciencia que repugna a mis deseos. ¡Así es como aprendí a orinar en el retrete, como un hombre mayor! ¡Escuche esto! 

    Estoy de pie sobre el círculo de agua, mientras mi mamá se halla sentada junto al retrete en el borde de la bañera, controlando con una mano el grifo de ésta (del que cae un pequeño chorro que se espera que yo imite) y con la otra mano habiéndome cosquillas en la base del pene. Repito: ¡haciéndome cosquillas en la base del pene! Supongo que ella piensa que ésa es la manera de sacar algo del extremo de esa cosa, y permítame que se lo diga, la señora tiene razón. «Haz un buen pis, bubala, haz un buen pis para mamaíta», me canturrea mi madre, mientras en realidad lo que yo estoy haciendo allí, de pie, con su mano en mi pene, es probablemente mi futuro… 

    … Señalando al pequeño, le susurra a La Mona: «Molto elegante, ¿no?» Pero luego nos sigue a nuestro coche y, mientras el niño está entretenido mirando el uniforme del portero, sugiere que quizás nos agradase ir esta tarde a su apartamento de Monte Mario y hacerlo todos con otro hombre. Tiene un amigo, dice –observe que todo esto me llega a través de mi traductora-, tiene un amigo que, está segura, dice, le gustaría joder con la signorina. Yo puedo ver las lágrimas deslizándose bajo las gafas oscuras de La Mona cuando me dice: «Bueno, ¿qué le digo? ¿Si o no?» «No, naturalmente. Terminantemente, no.» La Mona intercambia unas palabras con Lina y, luego, se vuelve otra vez hacia mí: «Dice que no sería por dinero, sería solo por…» 

    -¡No! ¡No!

    Durante todo el camino hasta la villa Adriana, ella va gimiendo: «Yo también quiero un hijo! ¡Y un hogar! ¡Y un marido! ¡No soy una lesbiana! ¡No soy una puta! ». Me recuerda la noche de la primavera pasada, cuando la llevé conmigo al Bronx, a lo que en la Comisión de Igualdad de Oportunidades llamamos «Noche de Igualdad de Oportunidades».  «¡Todos aquellos pobres puertorriqueños sobrecargados en el supermercado! ¡Tú hablabas en español, y ¡oh, me sentí tan impresionada! Hábleme de sus malas condiciones higiénicas, hábleme de sus ratas y sus piojos, hábleme de su protección policiaca. ¡Porque la discriminación es ilegal! ¡Un año de cárcel o cinco mil dólares de multa! Y aquel pobre puertorriqueño se levantó y gritó: «¡Las dos cosas!» ¡Oh, tu finges Alex! ¡Falso e hipócrita! ¡Puedes engañar a un montón de estúpidos infelices, pero yo sé la verdad, Alex! ¡Tú haces a las mujeres dormir con putas!»

    Fotograma- Yo no obligo a nadie a hacer nada que no quiera hacer.

    - ¡Igualdad de Oportunidades Humanas! ¡Igualdad! ¡Como te gusta esa palabra! Pero ¿sabes lo que quiere decir rufián, hijo de puta? ¡Yo te enseñaré lo que quiere decir! ¡Para el coche, Alex!

    - No, lo siento.

    - ¡Sí! ¡Sí! ¡Porque tengo que salir! ¡Voy a buscar un teléfono! ¡Voy a ponerle una conferencia a John Lindsay y a decirle lo que me has obligado a hacer!

    - Un infierno vas a hacer.

    - Te descubriré, Alex… ¡llamaré a Jimmy Breslin!

 Luego, en Atenas, amenaza con tirarse por el balcón a menos que me case con ella. Así que me marcho.   

 … Hacia el final de nuestro primer año,Kaytuvo una falta en su período, y empezamos, con cierta ávida delectación –y absolutamente tranquilos, con interés-, a hacer planes para casarnos. Nos ofreceríamos como niñeros residentes a una joven pareja de profesores que nos tenían simpatía; en compensación, ellos nos cederían su espacioso ático para vivir en él, y un estante de su frigorífico para que pudiéramos usarlo. Llevaríamos ropas viejas y comeríamos espaguetis.Kayescribiría poesías sobre el hecho de tener un hijo y, decía ella, mecanografiaría artículos técnicos para ganar algún dinero extra. Teníamos nuestras becas, ¿qué más necesitábamos? (además de un colchón, varios ladrillos y estanterías para libros, el disco deDylan ThomasdeKayy con el tiempo, una cuna). Nos considerábamos a nosotros mismos unos aventureros. 

    Yo dije: «Y te convertirás, ¿verdad?» 

    Me proponía que la pregunta fuese recibida como irónica, o eso creía al menos. Pero Kay se la tomó seriamente. No solemnemente, fíjese, solo seriamente.

  Kay Campbell, Davenport, Iowa: «¿Por qué iba a querer hacer una cosa así?» 

Dylan-Thomas  ¡Gran muchacha! ¡Maravillosa, ingenua, cándida muchacha! Lo que uno anhela en una mujer…, ¡ahora lo comprendo! ¿Por qué iba a querer hacer una cosa así? Y nada busco, ni defensivo, ni socarrón, ni superior en su tono. Simple sentido común, enunciado sencillamente.

    Pero enfureció a nuestro Portnoy, inflamó el irascible genio del muchacho. ¿Qué quieres decir con eso de por qué ibas a querer hacer una cosa así? ¿Por qué crees tú, estúpida goy? Vete a hablar con tu perro, pregúntaselo a él. Pregúntale a Spot qué piensa él, pregúntaselo a ese genio de cuatro patas. «¿Quiere ser Judía Kay-Kay, Spottie, eh?» ¿Y qué infiernos te hace estar tan satisfecha de ti misma? ¿El que sostengas conversaciones con perros? ¿El que reconozcas un olmo cuando lo ves? ¿El que tu padres conduzca un carro de madera? ¿Cuál es tu mejor realización en la vida, ese hocico de Doris Day?

    Afortunadamente, yo estaba tan asombrado de mi indignación que no podía empezar a manifestarla en alta voz. ¿Cómo podía sentirme herido en un punto en el que no era vulnerable? ¿qué nos importaba menos a Kay y a mí que, primero, el dinero, y, segundo, la religión? Nuestro filósofo favorito era Bertrand Russell. Nuestra religión era la religión de Dylan Thomas. ¡Verdad y Alegría! Nuestros hijos serían ateos. ¡Yo había estado solo gastando una broma!

BertrandRussel   No obstante, parecía que yo no la perdonaría nunca; durante las semanas que siguieron a nuestra falsa alama, ella llegó a resultarme aburrida en la conversación y tan deseable como una medusa en la cama. Y me sorprendió que se lo tomara tan mal cuando finalmente tuve que decirle que ya no parecía sentir ningún interés por ella. Yo era muy sincero, ya ve, como Bertrand Russell decía que había que ser. «No quiero verte mas, Kay, no puedo ocultar mis sentimientos, lo siento»… 

    ¿Sueños? ¿Si, al menos, los hubiera habido? Por yo no necesito sueños, doctor, por eso es por lo que apenas los tengo…, porque tengo esta vida en su lugar. ¡Conmigo, todo sucede a plena luz del día! ¡Lo desproporcionado y lo melodramático, ése es mi pan cotidiano! Las coincidencias de sueños, los símbolos, las situaciones terriblemente ridículas, las banalidades extrañamente ominosas, los accidentes y las humillaciones, los grotescamente apropiados golpes de suerte o de infortunio que otras personas experimentan con los ojos cerrados, yo los tengo con los míos abiertos...

 Vocaculario de palabras en yidish que el autor tradujo fonéticamente al inglés y así se conservan en la versión española.

(Se incorporan solo las palabras que aparecen en estos fragmentos)

PORTNOYS COMPLAINT

goyim........... GENTILES

shikee............ INFIELES, GENTE NO JUDÍA

shmutzig....... SUCIO

kosher............ COMIDA PERMITIDA A LOS JUDIOS

bubala ........... ¡NIÑITO!

goy................ GENTIL MASCULINO

 

 

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