UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA ELEGANCIA DEL ERIZO (2006)

LaEleganciaDelErizo     («L'elegance du hérisson»)

     Muriel Barbery  (Marruecos / Francia)  

    Editorial:    SEIX BARRAL.  Biblioteca Formentor 

    Traducción de Isabel González-Gallarza

                          

             

 

Framentos de libros: 

De 

Idea profunda nº 1

Ansío las estrellas

mas abocada estoy

a la pecera

… yo, con tanta facilidad para los estudios, tan diferente de los demás y tan superior a la mayoría de la gente, mi vida ya está toda trazada, lo cual es tristísimo: nadie parece haber caído en la cuenta de que si la existencia es absurda, lograr en ella un éxito  brillante no tiene más valor que fracasar por completo. Simplemente es más cómodo. O ni siquiera: creo que la lucidez hace amargo el éxito, mientras que la mediocridad alberga siempre alguna esperanza. 

He tomado pues una decisión. Pronto dejaré atrás la infancia y, pese a mi certeza de que la vida es una farsa, no creo que pueda resistir hasta el final. En el fondo, estamos programados para creer en lo que no existe, porque somos seres vivos que no quieren sufrir. Por ello empleamos todas nuestras energías en convencernos de que hay cosas que valen la pena y que por ellas la vida tiene sentido. Por muy inteligente que yo sea, no sé cuánto tiempo aún podré luchar contra esta tendencia biológica. Cuando entre en el mundo de los adultos, ¿seré todavía capaz de hacer frente al sentimiento de lo absurdo? No lo creo. Por eso he tomado una decisión: al final de este curso, el día en que cumpla 13 años, el próximo 16 de junio, me suicidaré…

De

 Diario del movimiento del mundo nº 1 

Permanecer centrado en sí mismo sin perder el calzón 

ElHaka

… Se me hizo la luz cuando los del equipo neozelandés empezaron su haka. Entre ellos había un jugador maorí muy alto y muy joven. Era éste el que había atraído mi atención desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego también por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en sí mismo. La mayoría de la gente cuando se mueve lo hace en función de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el «hacia». Mamá acaba de pasar en dirección a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya está fuera, su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto salió al terreno de juego sentí con respecto a él una cosa distinta. La impresión de verlo moverse, sí, pero a la vez seguía ahí. Absurdo, ¿verdad?...

 

De

     EL CANICHE COMO TOTEM 

En el imaginario colectivo, la pareja de porteros, dúo fusionado compuesto de entidades tan insignificantes que sólo su unión las revela, es dueña a la fuerza de un caniche. Como todo el mundo sabe, los caniches son una clase de perros de pelo rizado cuyos amos suelen ser jubilados adeptos del poujadismo, señoras muy
Canichessolas que hacen trasvase de cariño sobre el animal o conserjes de finca urbana agazapados en sus lúgubres porterías. Pueden ser negros o color albaricoque. Los segundos son más agresivos que los primeros, pero éstos huelen peor que aquéllos. Todos los caniches ladran con acritud a la menor ocasión, pero sobre todo cuando no ocurre nada. Siguen a su amo trotando sobre sus cuatro patas rígidas, sin mover el resto de su tronquito en forma de salchicha. Sobre todo, tienen unos ojillos negros y malvados, hundidos en unas órbitas insignificantes. Los caniches son feos y tontos, sumisos y fanfarrones. Así son los caniches.

Por ello la pareja de porteros, metaforizada en su totémico can, parece privada de tales pasiones como el amor y el deseo y, como el propio tótem, destinada a ser por siempre fea, tonta, sumisa y fanfarrona... 

 

De

    TRISTE CONDICIÓN

… seguro que me partiría de risa leyendo, y un bonito capítulo como «Revelación del sentido final de la ciencia en el empeño de "vivirla" como fenómeno noemático» o «Los problemas constitutivos del ego trascendental» podría incluso matarme de risa; caería fulminada en mi mullida poltrona, con zumo de ciruela claudia o hilillos de chocolate rodando por las comisuras de mis labios.

Fenomenologia

Si se quiere abordar la fenomenología, hay que ser consciente del hecho de que se resume a una doble interrogación: ¿de qué naturaleza es la conciencia humana? ¿Qué conocemos del mundo? Empecemos por la primera. Hace milenios que, desde el «conócete a ti mismo» hasta el «pienso luego existo», no se deja de glosar esta irrisoria prerrogativa del hombre que constituye la conciencia que éste tiene de su propia existencia y, sobre todo, la capacidad que tiene esta conciencia de tomarse a sí misma como objeto. Cuando algo le pica, el hombre se rasca y tiene conciencia de estar rascándose. Si se le pregunta: ¿qué haces? Responde: me rasco. Si se lleva más lejos la investigación (¿eres consciente del hecho de que eres consciente de que te rascas?), responde otra vez que sí, y así con todos los «eres consciente» que se puedan añadir. ¿Alivia en algo su sensación de picor el saber que se rasca y que es consciente de ello? ¿Influye acaso de manera beneficiosa la conciencia reflexiva en la intensidad del picor? Quia. Saber que a uno le pica y ser consciente del hecho de que se es consciente de saberlo no cambia estrictamente nada el hecho de que a uno le pique. Y desventaja añadida, hay que soportar la lucidez que resulta de esta triste condición, y apuesto diez libras de ciruelas claudias a que ello acrecienta una molestia que, en el caso de mi gato, un simple movimiento de la pata anterior basta para aliviar…

 

De

     OCTUBRE ROJO

… Exceptuando a Cornelia Meurisse, sus velos y sus rosarios, la enfermedad de Lucien no le pareció a nadie algo digno de interés. Los ricos piensan que la gente modesta, quizá porque su vida está enrarecida, privada del oxígeno del dinero y el don de gentes, siente las emociones humanas con una intensidad menor y una mayor indiferencia. Dado que éramos porteros, parecía darse por hecho que la muerte era para nosotros una evidencia en el curso de las cosas, mientras que, para aquellos a los que la fortuna había sonreído, habría revestido el hábito de la injusticia y el drama. Un portero que se extingue es un ligero hueco en el transcurso de la vida cotidiana, una certeza biológica que no lleva asociada ninguna tragedia y, para los propietarios que se cruzaban con él todos los días en la escalera o ante la portería, Lucien era una no existencia que volvía a una nada que nunca había abandonado, un animal que, porque vivía una semivida, sin fasto ni artificios, en el momento de la muerte sin duda debía experimentar sólo una semirrebelión. El hecho de que, como todo el mundo, pudiéramos vivir un infierno y que, con el corazón encogido de rabia a medida que el sufrimiento arrasaba nuestra existencia, acabáramos de descomponernos, en el tumulto del temor y del horror que la muerte a todos inspira, no se le pasaba siquiera por la mente a nadie en aquel lugar.

 

De

   DESOLACIÓN DE LAS REVUELTAS MOGOLES

 

… Sirvo el té y lo degustamos en silencio. Nunca antes lo habíamos tomado juntas por la mañana, y esa brecha en el protocolo de nuestro ritual tiene un extraño sabor.

- Es agradable -murmura Manuela.

Sí, es agradable pues gozamos de una doble ofrenda, la de ver consagrada en esta ruptura en el orden de las cosas la inamovilidad de un ritual al que hemos dado forma juntas para que, tarde tras tarde, se enquistara en la realidad hasta el punto de conferirle sentido y consistencia y que, por el hecho de transgredirse esta mañana, adquiere de pronto toda su fuerza; pero saboreamos también, como lo habríamos hecho de haber sido un néctar preciado, el don portentoso de esa mañana incongruente en la que los gestos mecánicos toman un impulso nuevo, en la que aspirar el aroma, probar, dejar reposar, servir de nuevo, beber a pequeños sorbos viene a ser vivir un nuevo renacer. Esos instantes en que se nos revela la trama de nuestra existencia, mediante la fuerza de un ritual que recuperaremos como era antes con mayor placer aún por haberlo infringido, son paréntesis mágicos que le ponen a uno el corazón al borde del alma, porque, fugitiva pero intensamente, una pizca de eternidad ha venido de pronto a fecundar el tiempo. Afuera, el mundo ruge o se adormece, arden las guerras, los hombres viven y mueren, perecen unas naciones y surgen otras antes de caer a su vez, arrasadas, y, en todo ese ruido y toda esa furia, en esas erupciones y esas resacas, mientras el mundo va, se incendia, se desgarra y renace, se agita la vida humana.

Entonces, tomemos una taza de té.

TheBookOfTeeComo Kakuzo Okakura, el autor de El libro del té, que se lamentaba de la revuelta de las tribus mongoles en el siglo XIII no porque hubiera traído consigo muerte y desolación, sino porque había destruido, entre los frutos de la cultura Song, el más preciado de ellos, el arte del té, sé como él que no es un brebaje menor. Cuando deviene ritual, constituye la esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas pequeñas. ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Sí, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima.

 

De

Idea profunda nº 6

Dime qué ves

qué lees

en el desayuno

y te diré

quién eres

Todas las mañanas, en el desayuno, papá se toma un café y lee el periódico. Varios periódicos, de hecho: Le Monde, Le Figaro, Liberation y, una vez por semana, L'Express, Les Échos, Times y Courrier International. Pero salta a la vista que su mayor satisfacción es tomarse su primera taza de café leyendo Le Monde. Se enfrasca en la lectura durante al menos media hora. Para poder disfrutar de esa media hora, tiene que levantarse muy, muy temprano porque tiene muchas cosas que hacer todos los días. Pero cada mañana, aunque haya habido una sesión nocturna y sólo haya dormido dos horas, se levanta a las seis y se lee su periódico tomándose un café bien cargado. Así se construye papá cada día. Digo «se construye» porque pienso que, cada vez, es una nueva construcción, como si por la noche todo se hubiera reducido a cenizas y tuviera que volver a empezar desde cero. Así vive su vida un hombre, en nuestro universo: tiene que reconstruir sin cesar su identidad de adulto, ese ensamblaje inestable y efímero, tan frágil, que reviste la desesperanza y, a cada uno ante el espejo, cuenta la mentira que necesitamos creer. Para papá, el periódico y el café son las varitas mágicas que lo transforman en hombre importante. Como la calabaza que se convierte en carroza. Obsérvese que le produce una gran satisfacción: nunca lo veo tan tranquilo y relajado como ante su café de las seis de la mañana. Pero ¡alto es el precio que tiene que pagar! ¡Alto es el precio cuando se lleva una doble vida! Cuando caen las máscaras, porque sobreviene una crisis —y, entre los mortales, siempre hay momentos de crisis—, ¡la verdad es terrible! Mirad por ejemplo a Pierre Arthens, el crítico gastronómico del sexto, que se está muriendo…

 

De

    COMEDIA FANTASMA

… ¿Dónde, en el fondo, está la verdad? ¿Y dónde la ilusión? ¿En el poder o en el Arte? ¿No ensalzamos acaso por la fuerza del discurso bien aprendido las creaciones del hombre, mientras que tildamos de crimen de vanidad ilusoria la sed de dominación que a todos nos agita -sí, a todos, incluida una pobre portera en su angosta vivienda, la cual, pese a haber renunciado al poder visible, no deja por ello de perseguir en espíritu sueños de dominación?

¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos -aunque no fuere más que en fantasía- tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.

A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de veinte años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posición en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.

La eternidad se nos escapa.

  

De

Diario del movimiento del mundo nº 3

¡Pero vamos, alcánzala!

 

… Dos esbeltas diosas con trenzas de un negro brillante y que podrían haber sido gemelas por lo mucho que se parecían, pero el comentarista precisó que ni siquiera eran hermanas. Bueno, total, que llegaron a lo alto del trampolín, y creo que todo el mundo debió de hacer como yo: contener el aliento.

 

SaltoTrampolin

 

Tras varios impulsos gráciles, saltaron. Las primeras micras de segundo, fue perfecto. Sentí esa perfección en mi propio cuerpo; según parece es una historia de «neuronas espejo»: cuando se mira a alguien hacer una acción, las mismas neuronas que activa esta persona para hacer lo que está haciendo se activan a su vez en nuestra cabeza, sin que nosotros movamos un dedo. Un salto acrobático sin moverse del sofá y comiendo patatas fritas: por eso a la gente le gusta ver deporte por televisión. Bueno, total, que las dos gracias chinas saltan y, al principio del todo, éxtasis total. Y luego, ¡horror! De repente el espectador tiene la impresión de que hay un ligerísimo desfase entre ambas. Uno escudriña la pantalla, con el corazón en un puño: sin lugar a dudas, hay un desfase. Sé que parece absurdo contar esto así cuando en total el salto no debe de durar más de tres segundos, pero justamente porque sólo dura tres segundos, uno mira todas las fases como si duraran un siglo. Y resulta ya evidente, ya no cabe ponerse una venda en los ojos: ¡están desfasadas! ¡Una va a entrar en el agua antes que la otra! ¡Es horrible!

 

De repente me vi a mí misma gritando ante el televisor: ¡pero alcánzala, vamos, alcánzala!...

 

De

   EL DEBER DE LOS RICOS

… Yo soy muy camelia sobre musgo. Sólo eso, pensándolo bien, podría explicar mi reclusión en esta lúgubre portería. Convencida desde los albores de mi existencia de la inanidad de ésta, podría haber elegido rebelarme y, poniendo al cielo por testigo de la iniquidad de mi suerte, nutrirme de los recursos de violencia que nuestra condición alberga. Pero la escuela hizo de mí un alma a la que la vacuidad de su destino no condujo más que a la renuncia y al enclaustramiento. La maravilla de mi segundo nacimiento había abonado en mí el terreno del dominio de toda pulsión; puesto que la escuela me había hecho nacer, le debía lealtad y me avine pues a las intenciones de mis educadores convirtiéndome dócilmente en un ser civilizado. De hecho, cuando la victoria sobre la agresividad del primate se apodera de esas armas prodigiosas que son los libros y las palabras, la empresa es sencilla, y así es como me convertí en un alma educada que extraía de los signos escritos la fuerza de resistir a su propia naturaleza.

CameliaSobreMusgoPor ello me ha sorprendido tanto mi reacción cuando, tras llamar Antoine Pallières tres veces imperiosamente al timbre y, sin mediar saludo, ponerse a contarme con facunda vindicta la desaparición de su patinete cromado, le he cerrado la puerta en las narices y a punto he estado con ese mismo movimiento de amputar de su cola a mi gato, que justo en ese momento se escabullía por el marco.

No tan camelia sobre musgo, después de todo, me he dicho.

Y como tenía que permitir que León volviese a sus dominios, he vuelto a abrir la puerta nada más cerrarla.

- Disculpa, es que hay corriente.

Antoine Pallières me ha mirado con la expresión de alguien que se pregunta si de verdad ha visto lo que ha visto. Pero como está entrenado para considerar que sólo ocurre lo que tiene que ocurrir, de la misma manera que los ricos se convencen de que su vida sigue un surco celestial que el poder del dinero cava naturalmente para ellos, ha tomado la decisión de creerme. La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante.

… Abro el sobre y leo esta notita escrita en el reverso de una tarjeta de visita tan gélida que la tinta, triunfando sobre cualquier pedazo consternado de papel secante, se ha corrido ligeramente debajo de cada letra.

Señora Michel,

¿podría usted, recibir y firmar en mi nombre

la ropa que manden del tinte esta tarde?

Esta noche pasaré por la portería para recogerla.

Gracias de antemano

Firma garabateada.

 

No me esperaba tanta hipocresía en el ataque. De estupefacción me dejo caer sobre la silla más próxima. Me pregunto de hecho si no estaré un poco loca. ¿Les produce a ustedes el mismo efecto cuando les ocurre?

Consideren lo siguiente:

El gato duerme.

¿La lectura de esta frasecita anodina no ha despertado en ustedes ningún sentimiento de dolor, ningún arranque de sufrimiento? Es legítimo.

Consideren ahora en cambio:

El gato, duerme.

Repito, para despejar toda sombra de ambigüedad:

El gato coma duerme.

El gato, duerme.

Podría usted, recibir y firmar en mi nombre.

Por un lado tenemos ese prodigioso empleo de la coma que, tomándose libertades con la lengua porque no suele ocurrir que se separe el complemento de objeto directo del verbo que lo rige, magnifica la forma de la oración:

Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches..

Y, por otro, estos borrones sobre papel vitela de Sabine Pallières que clavan en la frase una coma convertida en puñal. ¿Podría usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde? Si hubiese sido Sabine Pallières una honrada portuguesa nacida en Faro bajo una higuera, una portera recién venida de un pueblito de Puteaux o una deficiente mental tolerada por su caritativa familia, habría podido yo perdonar de buena gana esta ligereza culpable. Pero Sabine Pallières es una rica. Sabine Pallières es la esposa de un pez gordo de la industria armamentística; Sabine Pallières es la madre de un cretino con trenca verde pino que, tras sus varias carreras en las mejores universidades del país, probablemente irá a difundir la mediocridad de sus ideas de chicha y nabo en un gabinete ministerial de derechas; y, otrosí, Sabine Pallières es la hija de un pendón con abrigo de visón que forma parte del comité de lectura de una importantísima editorial y que está tan enjaezada de joyas que, a veces, temo que pueda desplomarse por el peso.

Por todos estos motivos, Sabine Pallières es imperdonable. Los favores del destino tienen un precio. Para quien se beneficia de las indulgencias de la vida, la obligación de rigor en la consideración de la belleza no es negociable. La lengua, esta riqueza del hombre, y sus usos, esta elaboración de la comunidad social, son obras sagradas. Que evolucionen con el tiempo, se transformen, se olviden y renazcan mientras, a veces, su trasgresión se convierte en fuente de una mayor fecundidad, no altera en nada el hecho de que, para tomarse con ellas el derecho al juego y al cambio, antes hay que haberles declarado pleno sometimiento. Los elegidos de la sociedad, aquellos a los que el hado exceptúa de esas servidumbres que son el sino del hombre pobre, tienen por ello la doble misión de venerar y respetar el esplendor de la lengua. Por último, que una Sabine Pallières haga mal uso de la puntuación es una blasfemia tanto más grave cuanto que, al mismo tiempo, poetas soberbios nacidos en hediondos carromatos o en chabolas nauseabundas tienen por la Belleza la santa reverencia que le es debida.

A los ricos, el deber de lo Bello. Si no, merecen morir…

 

De

Idea profunda nº 9 

Si le sirves a una enemiga

tejas de Ladurée

no creas

que podrás ver

más allá

 

… He aquí pues mi idea profunda del día: es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y ve más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo sin
ladureeembargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes. Si nos diéramos cuenta, si tomáramos conciencia del hecho de que no hacemos sino mirarnos a nosotros
mismos en el otro, que estamos solos en el desierto, enloqueceríamos. Cuando mi madre le ofrece tejas de la pastelería Ladurée a la señora de Broglie, se cuenta a sí misma la historia de su vida y se limita a mordisquear su propio sabor; cuando papá se bebe su café y se lee su periódico, se contempla en un espejo al estilo del método Coué; cuando Colombe habla de las conferencias de Marian, despotrica sobre su propio reflejo; y cuando la gente pasa delante de la portera, no ve más que vacío porque se trata de otra persona, no de ellos mismos.

Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.

 

De

Idea profunda nº 11 

Abedules

enseñadme que no soy nada

y que soy digna de vivir

 

Mamá anunció ayer durante la cena, como si fuera motivo suficiente para que corriera el champán a chorros, que hacía diez años justos que había empezado su «psicoanálisis» (pronuncia la palabra como si llevara acento en todas las sílabas). ¡Todo el mundo estará de acuerdo en que es ma-ra-vi-llo-so! Sólo se me ocurre el psicoanálisis para rivalizar con el cristianismo en la predilección por los sufrimientos largos. Lo que mi madre no dice es que también hace diez años que toma antidepresivos. Pero salta a la vista que no se le ocurre que una cosa pueda tener que ver con la otra. A mí me parece que si toma antidepresivos no es para aliviar sus angustias, sino para soportar el psicoanálisis. Cuando te cuenta sus sesiones te dan ganas de darte de cabezazos contra la pared. El tipo dice «mmm» a intervalos regulares repitiendo el final de las frases de mamá («Y he ido donde Lenôtre con mi madre»: «Mmm, ¿con su madre?»; «Me gusta mucho el chocolate»: «Mmm, ¿el chocolate?»). Si es así, mañana mismo me hago yo psicoanalista. Otras veces le endilga conferencias sobre la «Causa freudiana» que, al contrario de lo que la gente piensa, no son jeroglíficos incomprensibles, qué va, tienen sentido, sí, sí. La fascinación por la inteligencia es algo fascinante. Para mí no es un valor en sí. Gente inteligente la hay a patadas. Hay muchos cretinos, pero también hay muchos cerebros muy capaces. Voy a decir una banalidad, pero la inteligencia, en sí, no tiene ningún valor ni ningún interés. Personas inteligentísimas consagraron su vida a la cuestión del sexo de los ángeles, por ejemplo. Pero muchos hombres inteligentes tienen una especie de virus: consideran la inteligencia como un fin. Sólo tienen una idea en la cabeza: ser inteligentes, lo cual es muy estúpido. Y cuando la inteligencia se toma por un objetivo, funciona de manera extraña: la prueba de que existe no reside en el ingenio y la sencillez de sus frutos, sino en la oscuridad de su expresión. Si vierais la literatura que se trae mamá de sus sesiones... Simboliza, aniquila los pensamientos excluidos del inconsciente y subsume lo real a base de matemas y de sintaxis dudosa. ¡Un galimatías sin sentido! Hasta los textos que lee Colombe (está estudiando a Guillermo de Ockham, un franciscano del siglo XIV) son menos grotescos. De lo que se deduce: más vale ser un monje pensante que un pensador posmoderno.

 

De

       ¿QUÉ CONGRUENCIA HAY?

¿De dónde viene la fascinación que sentimos ante ciertas obras? La admiración nace ya desde la primera mirada, y si después descubrimos, en la paciente obstinación que empleamos en desvelar las causas, que toda esa belleza es el fruto de un virtuosismo que sólo se revela al escrutar el trabajo de un pincel que ha sabido domeñar la sombra y la luz y restituir, magnificándolas, las formas y las texturas -joya transparente del vaso, grano tumultuoso de las conchas, suavidad aterciopelada y clara del limón- ello no disipa ni desentraña el misterio del deslumbramiento primero.

ClaetzObra  RafaelObra  ObraRubens  ObraHopper

Es un enigma siempre renovado: las grandes obras son formas visuales que en nosotros alcanzan la certeza de una adecuación intemporal. La evidencia de que ciertas formas, bajo el aspecto particular que les dan sus creadores, atraviesan la historia del Arte y, como expresión implícita del genio individual, constituyen todas ellas facetas del genio universal es profundamente perturbadora. ¿Qué congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? Pese a la diversidad de los temas, los soportes y las técnicas, pese a la insignificancia y lo efímero de existencias abocadas siempre a no ser más que de un tiempo solo y de una cultura sola, pese también a la unicidad de toda mirada, que no ve nunca más que lo que le permite su constitución y sufre por la pobreza de su individualidad, el genio de los grandes pintores ha llegado al corazón del misterio y ha exhumado, bajo apariencias diversas, la misma forma sublime que buscamos en toda producción artística...

 

De

Idea profunda nº 13

¿Quién cree

poder hacer miel

sin compartir el destino de las abejas?

 

… Nunca hay que esperar algo así con Colombe. De repente, ha adoptado ese aire suyo tan poco prometedor y se ha puesto a contarme las costumbres de las abejas. Al parecer, les soltaron una clase magistral completa sobre el tema, y al espíritu perturbado de Colombe le llamó particularmente la atención el capítulo dedicado a los ritos nupciales de las reinas y los zánganos. La increíble organización de la colmena, en cambio, no la impresionó demasiado, cuando yo encuentro que es apasionante, sobre todo si sAbejaReinae piensa que esos insectos tienen un lenguaje con código que relativiza las definiciones que se pueden dar de la inteligencia verbal como específicamente humana. Pero esto no le interesa en absoluto a Colombe, y eso que no se está sacando un título de formación profesional en fontanería, sino un máster en filosofía. A ella en cambio lo que le vuelve loca de interés es la sexualidad de los bichitos de marras.

Os resumo el asunto: cuando está lista, la abeja reina inicia su vuelo nupcial, perseguida por una nube de zánganos. El primero que la alcanza copula con ella y luego muere porque, después del acto, su órgano genital permanece dentro del cuerpo de la abeja. Le queda pues amputado, y eso lo mata. El segundo zángano en alcanzar a la abeja debe, para copular con ella, retirar con las patas el órgano genital del anterior y, por supuesto, después corre la misma suerte, y así hasta diez o quince zánganos, que llenan la bolsa espermática de la reina, lo que le permitirá producir, durante cuatro o cinco años, doscientos mil huevos al año.

Esto es lo que me cuenta Colombe mirándome con su aire venenoso y aderezando su relato con comentarios subidos de tono de esta índole: «Sólo puede hacerlo una vez, ¿eh?, entonces, claro, con uno solo no le vale, ¡quiere quince!» Si yo fuera Tibère, no me gustaría demasiado que mi novia fuera contándole esta historia a todo el mundo. Porque, a ver, uno no puede evitar hacer un poco de psicología barata: cuando una chica excitada cuenta que una hembra necesita quince machos para quedarse satisfecha y que, en señal de agradecimiento, los castra y los mata... A la fuerza uno se hace preguntas. Colombe está convencida de que contar estas cosas…

 

 

De

            ADAGIO BÁSICO

 

 Para cuando vuelve Manuela a las dos en punto de casa de los de Broglie, me ha dado tiempo de devolver la tesina a su sobre y de dejarlo en casa de los Josse.

 He tenido así la ocasión de mantener una interesante conversación con Solange Josse.

 Todos recordarán que, para los residentes, soy una portera corta de luces que se encuentra en la frontera borrosa de su visión etérea. Solange Josse no supone una excepción al respecto pero, como está casada con un diputado socialista, hace no obstante algún que otro esfuerzo.

-Buenos días -me dice, abriendo la puerta y cogiendo el sobre que le tiendo.

Y hablando de ese algún que otro esfuerzo:

-¿Sabe? –prosigue-, Paloma es una niña muy excéntrica.

Me mira para comprobar mi conocimiento de la palabra. Adopto una expresión neutra, una de mis preferidas, que permite toda latitud en la interpretación.

Solange Josse es socialista pero no cree en el ser humano.

-Quiero decir que es un poco rara -articula, como si estuviera hablando con una persona con dificultades para oír.

-Es muy amable-comento yo, encomendándome a mí misma la tarea de inyectarle un poco de filantropía a la conversación.

-Sí, sí -dice Solange Josse, con el tono de quien está deseando llegar al quid de la cuestión pero antes debe superar los obstáculos que le erige la subcultura de su interlocutor. - Es una niña muy amable pero a veces se comporta de manera extraña. Le encanta esconderse, por ejemplo, desaparece durante horas.

-Sí –contesto-, ya me ha contado.

Es un pequeño riesgo, comparado con la estrategia que consiste en no decir nada, no hacer nada y no comprender nada. Pero creo poder representar mi papel sin delatar mi naturaleza.

-Ah, ¿ya le ha contado?

Solange Josse adopta de pronto un tono vago. «¿Cómo saber lo que la portera ha entendido de lo que Paloma le ha contado?» es la pregunta que, movilizando sus recursos cognitivos, la desconcentra y le confiere ese aire ausente.

-Sí, ya me ha contado - repito, con, reconozcámoslo, un laconismo no exento de talento.

Detrás de Solange Josse entreveo a Constitución, que pasa por ahí a velocidad reducida, con su hocico indiferente a todo.

 -Huy, cuidado, el gato -advierte.

Y sale al rellano, cerrando la puerta tras de sí. No dejar salir al gato y no dejar entrar a la portera es el adagio básico de las señoras socialistas.

- Bueno, como le iba diciendo…

 

De 

Diario del movimiento del mundo nº 7 

RosaCaída

Este tallo quebrado que por vos he amado

… Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inmóvil, que había concluido su caída. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Oh, claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer, con un movimiento grácil. Es tan artístico: ¡dan ganas de pintarlo una y otra vez! Pero no es eso lo que explica el movimiento. El movimiento, este fenómeno que uno cree que es algo espacial...

Pero, al mirar caer este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la Belleza. Sí, yo, una mocosa de doce años y medio, he tenido esta oportunidad increíble porque, esta mañana, se daban todas las condiciones: espíritu vacío, casa silenciosa, rosas bonitas, caída de un capullo. Y por eso he pensado en Ronsard, sin comprenderlo del todo al principio: porque es una cuestión de tiempo y de rosas. Porque lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.

Ay, ay, ay, me he dicho, ¿quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparición?

Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.

 

 LaMuerteDeDido

De

  A SORBITOS FELICES

… No está muy alta y emana de unos altavoces invisibles que difunden el sonido por toda la cocina.

 

Thy hand, lovest soul, darkness shades me,

On thy bosom let me rest.

When I am laid in earth

May my wrongs create

No trouble in thy breast.

Remember me, remember me,

But ah! forget my fate.

 

Es la muerte de Dido, en la ópera Dido y Eneas de Purcell. Si quieren mi opinión: la obra de canto más bella del mundo. No es sólo bella, es sublime, y lo es por un encadenamiento increíblemente denso de los sonidos, como si los ligara una fuerza invisible y como si, a la vez que se distinguen, se fundieran los unos con los otros, en la frontera de la voz humana, casi en el territorio ya del lamento animal, pero con una belleza que no alcanzarán jamás los gritos de los animales, una belleza que nace de la subversión de la articulación fonética y de la transgresión del empeño que suele poner el lenguaje verbal en distinguir los sonidos.

Quebrar los pasos, fundir los sonidos.

El Arte es la vida, pero con otro ritmo.

 

 

 
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