UN BUEN LIBRO PARA LEER:  EL CUADERNO DORADO (1962)

ElCuadernoDorado     (The golden notebook)

     Doris Lessing  (Irán / Reino Unido)  

    Editorial:    DE BOLSILLO  Contemporánea 

    Traducción: Helena Valentí

                          

             

 

Framentos de libros: 

 

95

Los cuadernos

[Los cuatro cuadernos eran idénticos, de unos cuarenta y cinco centímetros cuadrados y con tapas brillantes, que hacían aguas como una tela de seda barata. Lo que los distinguía era el color: negro, rojo, amarillo y azul. Cuando se abría cualquiera de ellos, en las primeras cuatro páginas parecía que no existía ningún orden: una o dos páginas mostraban garabatos a medio hacer y frases inacabadas, y luego aparecía un título, como si Anna se hubiera dividido en cuatro casi automáticamente, y según la naturaleza de lo que había escrito, hubiera dado un nombre a cada parte. Así había ocurrido, ciertamente. El primer tomo, el cuaderno negro, empezaba con unas rayas y unos símbolos musicales esparcidos, claves de sol que se convertían en el signo de la £ y viceversa; luego, un complicado dibujo de círculos sobrepuestos y las palabras:]

      negro

        oscuro, está tan oscuro

          está oscuro

            hay una especie de oscuridad aquí

 

  [Y a continuación, en una letra distinta y desigual:]

Cada vez que me siento a la mesa para escribir y dejo correr mi mente, aparece en ella la frase. Está tan oscuro o algo relacionado con la oscuridad. Terror. El terror de esta ciudad. Miedo de estar sola…

101

… Durante este período de tres meses en que escribí críticas literarias, y leí diez o más libros a la semana, hice un descubrimiento: que el interés con el que leía estos libros no tenía nada que ver con lo que siento cuando leo, digamos, a Thomas Mann, el último de los escritores en el sentido antiguo, que usaban la novela para hacer afirmaciones filosóficas sobre la vida. El caso es que la función de la novela parece que está cambiando; se ha convertido en una avanzada del periodismo. Leemos novelas para informarnos acerca de las áreas de la vida que no conocemos —Nigeria, África del Sur, el Ejército americano, un pueblo minero, los grupitos de Chelsea, etc.—. Leemos para enterarnos de lo que ocurre. De quinientas o mil novelas, una sola posee la cualidad que una novela debería tener para serlo auténticamente: la cualidad filosófica. Leo la mayoría de las novelas con la misma clase de curiosidad que un libro de reportajes…

SelloRodhesia

106

… Había otra razón para sentirse cínico; porque la gente empezó a mostrar cinismo, cansada ya de avergonzarse, como hizo al comienzo. La guerra se nos presentaba como una cruzada contra las malévolas doctrinas de Hitler, contra el racismo, etc. Y, sin embargo, toda aquella enorme masa de tierra, casi la mitad del área total de África, estaba regida precisamente según la premisa de Hitler de que algunos seres humanos son mejores que otros a causa de la raza. La masa de africanos de todo el continente —o, al menos, aquellos que tenían alguna cultura— se divertía sardónicamente ante el espectáculo de sus amos blancos predicando la cruzada contra el diablo del racismo. Disfrutaban con el espectáculo de los blancos «baases», tan ansiosos por ir a luchar a cualquier frente vecino y contra una doctrina que defenderían hasta la muerte en su propio suelo. Durante toda la guerra, las columnas de los periódicos donde se publicaban las cartas al director estaban repletas de discusiones acerca de si era seguro poner en manos de un soldado africano un fusil, aunque fuese de aire, puesto que acaso disparara contra sus amos blancos, o bien utilizara más tarde el conocimiento, tan útil, de las armas. Se decidió, con toda razón, que no sería seguro.

115

…  Willi era el centro debido a su absoluta certeza de que tenía razón. Muy ducho en dialéctica, era capaz de desarrollar una gran sutileza e inteligencia para diagnosticar un problema social, y también de mostrarse estúpidamente dogmático acto seguido. En el curso del tiempo se volvió más y más duro de mollera. Sin embargo, lo curioso fue que la gente siguió girando en tomo de Willi -gente de mucha más sutileza que él- hasta cuando se daba cuenta de que estaba diciendo tonterías. Incluso cuando llegamos al extremo de reírnos en sus barbas ante alguna de sus muestras monstruosas de tozudez lógica, continuamos dando vueltas a su alrededor y dependiendo de él. Resulta aterrador que una cosa así pueda ser verdad.

Por ejemplo, al principio, cuando él empezó a imponerse y nosotros a aceptarle, nos dijo que había sido miembro de la organización clandestina que militaba contra Hitler. Hubo incluso una historia fantástica sobre que había matado a tres hombres de las SS y los había enterrado secretamente, escapando luego a la frontera y, de allí, hacia Inglaterra. Nos lo creímos, claro. ¿Por qué no? Pero lo bueno fue que después vino de Johannesburgo Sam Kettner, quien le conocía desde hacía tiempo, y nos dijo que Willi, en Alemania, nunca había sido más que liberal, que nunca había pertenecido a ningún grupo antihitleriano y que sólo salió de su país cuando le llegó el turno de ir al Ejército; pues bien, pese a todo, seguimos creyendo a Willi. ¿Era porque le consideramos capaz de haber hecho lo que decía? Creo que sí; porque, en suma, ¿acaso un hombre no vale lo que sus fantasías?...

176

jacaranda… Nos dirigimos hacia el salón cruzando bajo el ardiente sol, con el polvo caliente y fragante debajo de los zapatos. Paul volvió a rodearme el cuerpo con el brazo, y ahora me producía placer por razones distintas a las de antes, si Willi me veía o no. Recuerdo la sensación del íntimo apretón de su brazo en mi talle, y recuerdo que pensé que viviendo en un grupo como aquel, semejantes arranques podían surgir y morir en un momento, dejando tras de sí ternura, curiosidad no satisfecha y un sentimiento doloroso, aunque no desagradable, e irónico, de oportunidad perdida. Se me ocurrió que tal vez lo que nos unía era aquel tierno dolor de posibilidades no desarrolladas. Debajo de un gran árbol de jacarandá que crecía junto al salón…

219

… Aquel mismo día tuve una llamada telefónica del camarada John, para decirme que le habían hablado de que yo iba a ingresar en el partido, y que el «camarada Bill, el que se ocupa de la parte cultural», quería mantener una entrevista conmigo.

- Pero no tienes por qué verle, si no quieres —añadió John apresuradamente—. Sólo desea conocer al primer intelectual que está dispuesto a ingresar en el Partido desde que empezó la guerra fría.

  Me atrajo el tono sardónico de estas palabras y dije que vería al camarada Bill, si bien, de hecho, aún no había decidido si entraría o no. Una razón en favor del no era que odio hacerme miembro de cualquier cosa, lo cual me parece despreciable. La segunda razón, o sea, que mi posición ante el comunismo es tal que no podré decir nada de cuanto yo creo cierto a ninguno de los camaradas que conozco, me parecía decisiva. No obstante, el tiempo está demostrando que no lo era, pues a pesar de que he estado meses repitiéndome que no podía entrar en una organización que me parecía deshonesta, me he sorprendido más de una vez a punto de decidirme. Y siempre en momentos similares, en dos tipos de momentos concretos. Uno, cuando he de ir a ver, por cualquier motivo, a escritores, editores y otras personas relacionadas con el mundo literario. Es un mundo tan remilgado, tan de tías solteronas, tan clasista y tan obviamente comercial, que cualquier contacto con él me hace pensar en afiliarme al Partido. El otro momento es cuando veo a Molly a punto de desaparecer apresuradamente para organizar algo, llena de vida y entusiasmo, o cuando subo la escalera y oigo voces en la cocina y entro y veo ese ambiente de amistad, de gente que trabaja para un fin común. Pero esto no basta. Mañana iré a ver al camarada Bill y le diré que, por temperamento, soy «una simpatizante», y que me quedo fuera.

Al día siguiente.

Entrevista en King Street, una madriguera de despachos pequeños detrás de una fachada de cristal reforzada con hierro…

250

Woman-and-Home-Magazine… Luego le decía que, aun cuando ambas tuvieran que trabajar para ganarse la vida, no debían mentirse acerca de su actuación. Había supuesto, y casi deseado, que Patricia la despediría. Pero no sólo no lo hizo sino que la había invitado a un almuerzo muy caro, en el curso del cual Patricia se defendió. Ella descubrió que aquel trabajo era para Patricia una derrota. Había llevado la sección de modas de una de las revistas femeninas más elegantes e importantes, pero, por lo visto, no la habían considerado capacitada. Era una revista con pretensiones culturales, que necesitaba tener una directora con olfato para husmear lo que estaba de moda en el mundo del arte. Patricia no entendía gran cosa del mundillo artístico, lo cual para Ella era una cualidad, y el propietario de aquel grupo de publicaciones femeninas había cambiado a Patricia, colocándola en Mujeres y Hogar, revista destinada a las féminas de la clase obrera y totalmente desprovista de tono cultural. A Patricia el trabajo le cuadraba muy bien, y era esto precisamente lo que más le apenaba, pues había disfrutado mucho del ambiente de la otra revista, del contacto con todos aquellos escritores y artistas de moda. Era hija de una familia provinciana, rica pero de poca cultura; de niña había estado rodeada de criados, y su contacto precoz con «las clases bajas» -éste era el término con que, púdicamente, se refería a ellas en el despacho; fuera del despacho lo usaba con mucha más despreocupación- la había dotado de aquella astucia y comprensión sobre lo que sus lectoras querían.

296

El sexo. La dificultad de escribir sobre el sexo, para las mujeres, proviene de que el sexo es mejor cuando no se piensa demasiado, cuando no se analiza. Las mujeres prefieren, conscientemente, no pensar en los aspectos técnicos del sexo. Se irritan cuando los hombres hablan de sus técnicas, pues necesitan autodefenderse, necesitan preservar la espontánea emoción que requiere su satisfacción sexual.

Para las mujeres el sexo es esencialmente emocional. ¿Cuántas veces se ha escrito esto? Y, no obstante, hay siempre un momento, incluso con el hombre más perspicaz e inteligente, en que la mujer le ve como desde la otra orilla de un abismo: no ha comprendido. De repente, ella se siente sola; pero se apresura a olvidar ese momento, porque, de lo contrario, tendría que pensar. Julia, Bob y yo charlamos en la cocina. Bob nos cuenta una anécdota sobre la separación de un matrimonio:

- El problema era sexual. El pobre infeliz tenía un miembro del tamaño de un alfiler.

  Julia replicó:

- Mi impresión fue siempre que ella no le quería.

Bob, creyendo que no le ha oído bien, puntualiza:

- No, siempre le ha preocupado mucho. Lo tiene muy pequeño.

Julia:

- Pero ella nunca le quiso, eso era evidente cuando se los veía juntos.

Bob, ya un poco impaciente:

- ¿Y qué culpa tienen ellos? Desde el principio la naturaleza estaba en contra suya.

Julia:

- Seguro que es culpa de ella. No debió casarse con él, si no le quería.

Bob, irritado por la estupidez de su interlocutora, empieza una larga explicación técnica, mientras Julia me mira a mí, suspira, sonríe y se encoge de hombros. Unos minutos más tarde, como él no para, ella le ataja con una broma malhumorada y le impide continuar.

- En cuanto a mí, Anna, es notable el hecho de que nunca se me ocurrió analizar la relación sexual entre Michael y yo hasta que me puse a escribir sobre la cuestión.

 

313

La literatura es el análisis del acontecimiento que ya ha pasado.

Lo que da forma a la otra obra, a lo que pasó en Mashopi, es la nostalgia. En cambio, a ésta sobre Paul y Ella, que carece de nostalgia, lo que le da forma es una especie de dolor.

Para mostrar a una mujer amando a un hombre habría que presentarla haciéndole la comida o descorchando una botella de vino para la cena, mientras espera que él llame a la puerta. O por la mañana, despertándose antes que él para ver cómo la expresión serena del sueño se transforma en una sonrisa de bienvenida. Eso es. Y que se repita un millar de veces. Pero la literatura no es eso. Seguramente resultaría mejor en una película. Sí, la cualidad física de la vida, lo que ésta es —y no el análisis hecho a posteriori— o también los instantes de desacuerdo o de presentimiento. Una escena cinematográfica: Ella mondando despacio una naranja y dándole después a Paul los gajos amarillos, que él come uno tras otro, pensativo, con el ceño fruncido: está pensando en otra cosa.

318

10 de enero de 1950

Hoy he visto a la señora Marks. Después de los preliminares me ha preguntado:

- ¿Por qué ha venido?

- Porque he vivido experiencias que debieran haberme afectado y no me han afectado. —La señora Marks esperaba que dijera algo más, y he añadido —: Por ejemplo, la semana pasada, el hijo de mi amiga Molly decidió declararse objetor de conciencia, pero muy fácilmente pudo haber decidido lo contrario. Es lo mismo que me pasa a mí.

- ¿El qué?

- Observo a las personas y veo que deciden ser esto o lo otro. Pero es como una danza; podrían decidir lo contrario con idéntica convicción.

Tras una vacilación, me ha preguntado:

- Usted ha escrito una novela, ¿verdad?

- Sí.

- ¿Está escribiendo otra?

- No, nunca volveré a escribir. -Ha hecho un gesto de asentimiento con la cabeza, un gesto que me ha resultado familiar, y he puntualizado-: No, no he venido porque sufra de impotencia para escribir. -Nuevamente le he visto hacer aquel gesto con la cabeza y he añadido-: Me tiene que creer si... si queremos entendernos. .

Esta vacilación ante lo agresivo de las últimas palabras de mi advertencia, ha resultado tanto más embarazosa cuanto que las he pronunciado con una sonrisa desafiante en los labios. Ella ha sonreído también, aunque con sequedad, antes de preguntar:

- ¿Por qué no quiere volver a escribir un libro?

- Porque ya no creo en el arte.

- Ah, ¿ya no cree en el arte?

Lo ha dicho separando las palabras, como si las mantuviera en el aire para examinarlas.

- No.

- Bien

379

Los cuadernos

LosCuadernos

 [El cuaderno negro seguía vacío en el apartado titulado Fuentes, a la izquierda. Pero la parte de la derecha de la página, titulada Dinero, estaba toda escrita.]

Carta del señor Reginald Tarbrucke, de Amalgamated Vision, a la señorita Anna Wulf: La semana pasada leí -por casualidad, debo confesarlo- su deliciosa novela Las fronteras de la guerra. Inmediatamente me impresionó su frescura y sinceridad. Como es natural, estamos al acecho de temas apropiados para ser adaptados como telecomedias. Me gustaría discutir el asunto con usted. Tal vez podríamos tomar una copa juntos, a la una, el viernes próximo. ¿Conoce el Toro Negro, en la calle Great Portland? Llámeme por teléfono, si es tan amable.

Carta de Anna Wulf a Reginald Tarbrucke: Muchas gracias por su carta. Me parece que lo mejor es que me apresure a decirle que muy pocas de las telecomedias que veo me animan a escribir para ese medio. Lo siento mucho.

Carta de Reginald Tarbrucke a Anna Wulf: Muchas gracias por su franqueza. Estoy muy de acuerdo con usted, y por esto le escribí tan pronto como hube acabado su encantadora novela Las fronteras de la guerra. Necesitamos con urgencia piezas vivas y sinceras, de auténtica integridad. ¿Podrá almorzar conmigo, el viernes próximo, en el Barón Rojo? Es un sitio pequeño, de pocas pretensiones, pero hacen una carne muy buena.

De Anna Wulf a Reginald Tarbrucke: Muchas gracias, pero lo que le escribí iba en serio. Si creyera que Las fronteras de la guerra se puede adaptar para la televisión de una forma satisfactoria para mí, adoptaría una actitud distinta. Pero tal como están las cosas... Afectuosamente.

De Reginald Tarbrucke a la señorita Wulf: ¡Qué pena que no haya más escritores con su maravillosa integridad! Le aseguro que no le hubiera escrito si no estuviéramos buscando desesperadamente talentos en verdad creadores. ¡La televisión ha de tener auténticos creadores! Por favor, almuerce conmigo el lunes próximo, en la Torre blanca. Opino que necesitamos tiempo para sostener una conversación en serio, con calma y holgura. Le saluda afectuosamente

Almuerzo con Reginald Tarbrucke, de Amalgamated Vision, en la Torre blanca.

La cuenta: seis libras, quince chelines y siete peniques.

Mientras me vestía para el almuerzo pensaba en lo mucho que hubiera disfrutado Molly con esta oportunidad de representar un papel u otro. He decidido interpretar el tipo de «señorita escritora». Tengo una falda que se pasa un poco de larga y una blusa que no me cae muy bien. Me he vestido con ellas, poniéndome, además, un collar de cuentas muy cursi y un par de pendientes largos, de coral. El disfraz es convincente. Pero me he sentido muy incómoda, como si estuviera por error en la piel de otra. Irritada. No sirve pensar en Molly. En el último minuto me he cambiado a mi estilo. Con mucho cuidado. El señor Tarbrucke («llámeme Reggie») ha tenido una sorpresa: había esperado a la señorita escritora. Un inglés de rasgos suaves, bien parecido, de mediana edad.

- Bueno, señorita Wulf... ¿Me permite que la llame Anna? ¿Qué está escribiendo ahora?

- Vivo del dinero producido por Las fronteras de la guerra.

Mirada de cierta sorpresa desagradable: lo he dicho en el tono de alguien interesado sólo por el dinero.

-  Debe de haber tenido mucho éxito.

- Veinticinco idiomas -contesto, como si nada. Mueca de burla, de envidia. Cambio el tono y paso a hablar como una artista consagrada. Añado—: Como comprenderá, no quiero escribir la segunda con prisas. La segunda novela es muy importante, ¿no le parece?

Esto le encanta y ya se siente cómodo.

- No todos conseguimos la primera - dice suspirando.

      - Usted también escribe, ¿verdad?

- ¡Qué lista es! ¿Cómo lo ha adivinado? - De nuevo la mueca de burla, ya automática, y la mirada caprichosa-. En el cajón tengo una novela medio escrita, pero este tinglado no me deja mucho tiempo para escribir.

HalvaEl tema nos sirve de conversación durante las gambas y el plato principal. Aguardo a que lo diga; es inevitable:

- Y, claro, uno venga a luchar para que dejen pasar algo medio decente por la red. Los chicos de arriba no tienen ni idea. (A él le falta medio escalón para llegar arriba.) Ni uno solo que tenga idea de algo. Son como mulas. A veces uno se pregunta para quién es todo este esfuerzo.

Halva y café turco. Enciende un cigarro y compra cigarrillos para mí. Todavía no se ha mencionado mi encantadora novela.

- Dígame, Reggie, ¿se propone trasladar el equipo al África central para rodar Las fronteras de la guerra?

CafeTurcoDurante un segundo, la cara se le inmoviliza; luego adopta una expresión seductora.

- Pues me alegra que me haya preguntado eso porque, claro, ése es el problema.

- El paisaje desempeña un papel importante en la novela, ¿no cree?

- ¡Oh! Es esencial, claro que sí. Maravilloso. ¡Cuánta sensibilidad tiene usted para el paisaje! Realmente llegué a oler el sitio... Fantástico.

- ¿Lo reproduciría dentro de un estudio?

- Pues hay que reconocer que es una cuestión importante. Por eso quería hablar con usted. Dígame,  Anna, ¿qué diría si le preguntaran cuál es el tema central de su maravilloso libro? En palabras sencillas, claro, porque la televisión es esencialmente un medio simple.

- Se trata, sencillamente, de la discriminación racial.

- ¡Ah! Totalmente de acuerdo. Es una cosa terrible... Claro que nunca la he experimentado, pero al leer su novela... ¡Aterrorizador! Pero a ver si me comprende, y espero que sí. Es imposible hacer Las fronteras de la guerra en la... - (una mueca caprichosa)-, en la caja mágica, tal como está escrita. Tiene que simplificarse, dejando intacto el maravilloso centro. Por eso quiero preguntarle qué diría si trasladáramos la acción a Inglaterra... No, espere. Me parece que no se opondrá si le puedo hacer ver lo que yo veo. En la televisión lo esencial es lo visual, ¿no le parece? Se ve. Es la cuestión de siempre, y me parece que algunos de nuestros escritores tienden a olvidarse de esto. Verá, déjeme que le diga cómo lo veo yo. Una base de entrenamiento de las Fuerzas aéreas, durante la guerra. En Inglaterra, yo estuve en un campo de aviación. ¡Ah, no, no fui uno de los muchachos de azul! Me limité a ser escribiente... Pero tal vez por eso su novela me causó tanto efecto. Ha conseguido reflejar tan bien el ambiente...

- ¿Qué ambiente?

- ¡Oh, querida! ¡Es maravillosa! Los auténticos artistas son maravillosos todos. La mitad de las veces ustedes mismos ni saben lo que han escrito...

Le digo de repente, sin querer:

- Quizá sí que lo sabemos, pero no nos gusta.

Frunce el ceño, decide pasarlo por alto, y continúa:

- Es el sentimiento de que uno hace lo que debe hacer, el sentimiento de desesperación que lo invade todo, la excitación... Nunca me he sentido tan vivo como cuando... En fin, lo que le quería sugerir es lo siguiente: conservamos el alma de su libro porque es muy importante. De acuerdo. La base aérea. Un piloto joven. Se enamora de una chica del pueblo vecino. Los padres se oponen: la cuestión de clase, ya sabe. Por desgracia, pervive en este país. Los dos enamorados tienen que separarse. Y como final, esa escena maravillosa en la estación, cuando él se marcha y sabemos que va a morir. No; piénselo bien. Sólo un momento. ¿Qué le parece?

- ¿Quiere que escriba un guión nuevo?

- Pues sí y no. Su historia es, básicamente, una simple historia de amor. ¡Sí, lo es! La cuestión racial es, realmente... Sí, ya sé que es muy, muy importante, y estoy en todo de acuerdo con usted. La situación es absolutamente intolerable. Pero su historia, en el fondo, puede considerarse una simple y conmovedora historia de amor. Tiene todos los elementos, créame. Es... como otro Breve encuentro. Espero que lo vea tan claramente como yo, recuerde que la tele es una cuestión de ver.

- Sin duda, pero ¿por qué no dejar a un lado la novela Las fronteras de la guerra y volver a empezar?

- Bueno, no del todo. Porque el libro es tan conocido y tan maravilloso...

Además, me gustaría conservar el título porque la frontera no se refiere a un límite geográfico... Por lo menos, no en su esencia. Yo no lo veo así. Es la frontera de la experiencia.

- Bueno, lo mejor quizá sería que usted me escribiera una carta con las condiciones para un guión original con destino a la televisión.

- Pero no del todo original. (Parpadeo caprichoso.)

- ¿Le parece que la gente que haya leído la novela no se sorprendería al verla convertida en una especie de Breve encuentro con alas? (Mueca caprichosa.)

- Pero, mi querida Anna, no, no les sorprendería. No les sorprende nada. ¿Cómo es posible sorprenderse con la caja mágica?

- Bueno, el almuerzo ha sido muy agradable.

- ¡Oh, Anna, querida! Tiene toda la razón, claro que sí. Pero usted, tan inteligente, comprenderá que no lo podríamos hacer en el África central. Los muchachos de arriba no nos darían el dinero, simplemente.

- No, claro que no. Pero esto es lo que, me parece, ya le sugería en mi carta.

- Haríamos una película encantadora. Dígame, ¿quiere que se lo diga a un amigo mío que está metido en el cine?

- Bueno, ya he tenido experiencia de todo esto del cine.

- ¡Ah, querida! Si ya sé qué quiere decir, de verdad. En fin, no nos queda más remedio que ir probando, me figuro. Yo sé que, a veces, al llegar a casa por la noche y mirar lo que hay sobre la mesa de trabajo... —una docena de libros para posibles historias y un centenar de guiones—, aparte mi pobre novela, a medio acabar en el cajón y que no he podido ni ver durante meses..., entonces mi consuelo es pensar que a veces, por la tele, pasa algo auténtico y vivo. Por favor, reflexione sobre lo que le he sugerido para Las fronteras de la guerra. Realmente creo que resultaría muy bueno.

  Salimos del restaurante. Dos camareros nos hacen reverencias. Reginald recibe el abrigo y desliza una moneda en la mano del que se lo da, con una sonrisita casi de disculpa. Estamos en la calle. Me siento muy insatisfecha de mí misma: ¿por qué hago cosas de éstas? Desde la primera carta de Amalgamated Vision sabía ya lo que iba a suceder... Salvo, claro está, que esta gente siempre son un grado peor de lo que una se esperaba. Pero si ya lo sé, ¿por qué acepto verlos? ¿Para tener pruebas? El descontento hacia mí misma empieza a convertirse en una emoción que conozco muy bien, en una especie de histeria menor. Sé perfectamente que dentro de un instante voy a decir una cosa que no viene a cuento, grosera, acusadora contra mí misma.

Llega un momento en que soy consciente de que, si no logro contenerme, empezaré a hablar sin poder detenerme. Estamos en la calle y él quiere librarse de mí. Entonces nos dirigimos hacia la estación del metro de Tottenham Court Road. Digo:

- Reggie, ¿sabe lo que de verdad me gustaría hacer con Las fronteras de la guerra?

- Dígame, querida, dígame. (Frunce el ceño sin querer, a pesar de todo.)

- Me gustaría convertirla en una comedia.

- Se para, sorprendido. Reanuda la marcha y pregunta:

- ¿Una comedia? -Me mira de reojo, fugazmente, revelando el desagrado que en el fondo siente hacia mí. Entonces dice-: ¡Pero, querida, si está tan maravillosamente asentada en el gran estilo! Es una tragedia realista. No recuerdo una sola escena cómica.

- ¿Se acuerda de la excitación que usted mismo mencionó? ¿El latido de la guerra?

- ¡Claro que sí! Perfectamente.

- Pues estoy de acuerdo con usted en que es el tema básico de la novela.

Una pausa. Aquella cara hermosa y seductora se pone tensa: tiene una expresión de cautela, de prudencia. El tono de mi voz es duro, enojado, y está lleno de aversión. Aversión de mí misma.

- A ver, dígame exactamente qué quiere decir.

Estamos en la boca del metro. Una muchedumbre. El hombre que vende periódicos no tiene cara; mejor dicho: carece de nariz, su boca es un hueco con dientes de conejo, y sus ojos están hundidos en una piel llena de cicatrices.

- Pues tomemos la historia que usted me propone. Joven piloto, apuesto, guapo, arrojado. La chica del lugar es la hija bonita del cazador furtivo. Inglaterra en guerra. Base de entrenamiento para pilotos. Bien. Recuerde la escena que ambos hemos visto cientos de veces en el cine: el avión a punto de despegar hacia Alemania. Un plano de la cantina de los pilotos, con las paredes llenas de fotografías de chicas más bonitas que provocativas. No vale sugerir que nuestros muchachos tienen instintos groseros. Un muchacho apuesto está leyendo una carta de su madre. En la repisa, una copa ganada en una competición deportiva.

Una pausa.

- ¡Caramba, querida! Ciertamente, ya hemos visto esta película demasiadas veces.

- Los aviones se acercan para aterrizar. Faltan dos. Grupos de hombres a la espera, mirando el cielo. El músculo del cuello de uno se tensa. Plano del dormitorio de los pilotos. Una cama vacía. Entra un joven. No dice nada. Se sienta en su cama y mira la que está vacía. Hay un oso de trapo sobre ella. Lo coge. Un músculo del cuello se le tensa. Plano de un avión incendiado. Corte. El joven con el oso de trapo en las manos y mirando las fotos de una chica bonita... No, de una chica no, mucho mejor de un bulldog. Corte, y otro plano del avión incendiado, con el himno nacional como música de fondo.

GuerraEnQuemoySe produce un silencio. El vendedor de periódicos de la cara de conejo sin nariz, grita:

- ¡Guerra en Quemoy! ¡Guerra en Quemoy!

Reggie decide que no debe haber entendido bien, por lo que sonríe y dice:

- ¡Pero, Anna, querida! Usted ha pronunciado la palabra comedia.

- Usted ha tenido la agudeza suficiente para darse cuenta de qué trataba la novela: de la nostalgia de la muerte.

Frunce el ceño y, esta vez, lo mantiene fruncido.

- Bueno, estoy avergonzada y quisiera hacer algo para compensarle. Hagamos una comedia sobre la inutilidad de cierto heroísmo. Hagamos una parodia de esta maldita historia en que veinticinco muchachos en la flor de su juventud y demás, parten hacia la muerte dejando abandonado tras de sí un montón de osos de trapo y copas de fútbol, y a una mujer de pie junto a la valla mirando con estoicismo el cielo por donde pasa otra oleada de aviones con destino a Alemania. Un músculo se tensa en el cuello de ella... ¿Qué tal?

El vendedor de periódicos sigue gritando:

- ¡Guerra en Quemoy!

De repente, me parece que estoy en medio de una escena teatral que parodia algo. Empiezo a reír. Es una risa histérica. Reggie me está mirando, con la frente arrugada y con desagrado. Su boca, que antes se había mostrado constantemente cómplice y deseosa de agradar, tiene un rictus astuto y algo resentido. Dejo de reír y, súbitamente, toda aquella racha de risa y palabras desaparece. Vuelvo a estar en mi juicio. Él dice:

- Bueno, Anna. Estoy de acuerdo con usted, aunque debo conservar mi puesto. Es una idea de una comicidad maravillosa, pero para el cine, no para la televisión. Sí, lo veo muy bien. -Habla tratando de recobrar la normalidad, pues yo vuelvo a estar normal—. Sería algo bestial, sin duda. Me pregunto si la gente lo comprendería... —Su boca vuelve a mostrar una expresión de capricho y seducción. Me mira. Le cuesta creer que hemos pasado un momento de puro odio. A mí también—. En fin, no sé, quizá resultara. Al fin y al cabo, hace diez años que terminó la guerra. Pero la televisión no es eso. Es un medio simple. Y el público... Bueno, ya lo sabe usted, no es que sea muy inteligente. Y hay que tenerlo en cuenta.

Compro un periódico con un titular que reza: «Guerra en Quemoy». Digo, en un tono ocasional:

- He aquí otro de esos sitios que sólo sabemos dónde está porque ha tenido una guerra.

- Sí, es terrible lo mal informados que estamos.

- Bueno, no quiero entretenerle más. Tendrá usted que volver a su despacho

- Sí, voy a llegar tarde. Adiós, Anna, ha sido estupendo conocerla.

- Adiós, Reggie, y gracias por el encantador almuerzo.

Al llegar a casa me desmorono. Me siento deprimida, enfadada y molesta conmigo misma. La única parte de la entrevista que no me avergüenza es el momento en que me he comportado como una histérica y una estúpida. Tengo que dejar de contestar a estas solicitudes de la televisión y del cine. ¿Por qué lo hago? Lo único que consigo es decirme: «Tienes razón en no volver a escribir. ¡Es tan humillante y siniestro! Más vale mantenerse bien alejada de todo eso». Pero esto ya lo sé. ¿Por qué sigo hurgando en la herida?

Carta de la señora Edwina Wright, representante de la serie «Blue Bird», programa «One-Hour Plays» de la televisión norteamericana. Querida seño rita Wulf: Buscando con ojo de gavilán piezas de interés duradero para presentar en nuestras pantallas, nos atrajo la atención su novela Las fronteras de la guerra. Le escribo con la esperanza de que colaboraremos en muchos proyectos ventajosos para ambas. Estaré en Londres tres días, de paso hacia Roma y París, y espero que me llame al hotel Black para tomar una copa en su compañía. Le incluyo un folleto que hemos escrito como pauta para nuestros escritores. Afectuosamente.

El folleto consta de nueve páginas y media repletas de letra impresa. Empieza: «En el curso del año recibimos en nuestro despacho cientos de piezas. Muchas de ellas revelan una intuición muy auténtica del medio, pero no se adaptan a nuestras normas por ignorancia de las exigencias fundamentales de nuestras necesidades. Emitimos una pieza de una hora una vez por semana...» Etc., etc., etc. La cláusula a) dice: «¡La esencia de la serie "Blue Bird" es la variedad! ¡No hay restricciones en cuanto a temas! Queremos aventura, amor, relatos de viajes, historias de experiencias exóticas, vida doméstica, vida de familia, relaciones entre padres e hijos, fantasía, comedia, tragedia. La serie "Blue Bird" no rechaza ningún guión teatral que acometa sincera y auténticamente experiencias genuinas, cualquiera que sea su género». La cláusula y) dice: «Las piezas emitidas en la serie "Blue Bird" son vistas semanalmente por nueve millones de americanos de todas las edades. La serie "Blue Bird" ofrece al hombre, la mujer y el niño comunes, piezas de una ve racidad vital. La serie "Blue Bird" se considera depositaria de determinada confianza y cree tener un deber. Por esta razón, los escritores que colaboran con nosotros deben recordar cuál es su responsabilidad, que también es la de "Blue Bird". La serie "Blue Bird" no puede aceptar piezas que traten de religión, raza, política o relaciones sexuales extramatrimoniales. «Esperamos con anhelo e interés poder leer su guión».

La señorita Anna Wulf a la señora Edwina Wright. Querida señora Wright: Gracias por su lisonjera carta. Veo, sin embargo, que en su folleto-guía para los escritores advierte que no acepta piezas que traten cuestiones de raza o de sexo extramatrimonial. Las fronteras de la guerra contiene ambos elementos. Creo, por lo tanto, que sería inútil discutir la posibilidad de adaptar esta novela a su serie. Afectuosamente.

La señora Edwina Wright a la señorita Wulf: Un telegrama. Muchas gracias por su carta, puntual y responsable stop Le suplico cene conmigo mañana en hotel Black ocho horas stop Respuesta abonada.

Cena con la señora Wright, en el hotel Black. Cuenta: once libras, cuatro chelines, seis peniques.

Edwina Wright es una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, algo obesa, de tez rosada y blanca, pelo gris metálico, rizado y brillante, relucientes párpados azules, labios rosa brillantes y uñas rosa pálido. Viste un traje de chaqueta azul suave, muy caro. Es una mujer cara. Conversación amistosa y fácil con los martinis. Ella toma tres; yo, dos. Ella los engulle con fuerza; los necesita, realmente. Conduce la conversación hacia personalidades literarias inglesas, para descubrir a quién conozco personalmente. Pero no conozco a casi nadie. Trata de situarme. Por fin me encasilla, sonriendo y diciéndome:

- Uno de mis amigos más apreciados... -(menciona a un escritor americano)-, siempre me dice que detesta conocer a otros escritores. Creo que tiene ante sí un futuro muy interesante.

Vamos al comedor. Cálido, cómodo, discreto. Una vez sentada mira a su alrededor; durante un segundo ha dejado de vigilarse. Apretando sus párpados arrugados y pintados, con la boca de color de rosa ligeramente abierta, está buscando a alguien o algo. Luego pone una expresión pesarosa y triste, que, sin embargo, debe ser sincera porque dice sintiéndolo:

- Tengo afecto por Inglaterra. Me encanta venir aquí, y siempre busco pretextos para que me manden.

Me pregunto si este hotel es, para ella, «Inglaterra», pero parece demasiado astuta e inteligente para caer en semejante tópico. De pronto, pregunta si quiero otro martini. Estoy a punto de rehusar. Advierto que ella desea uno y accedo. En mi estómago se produce el comienzo de una tensión, aunque en seguida me doy cuenta de que es su tensión la que se apodera de mí. Miro su rostro controlado, en guardia, bien parecido, y siento compasión por ella. Comprendo muy bien su vida. Encarga la cena, solícitamente y con tacto. Es como haber salido con un hombre. Pero no es nada masculina; simplemente, está acostumbrada a controlar situaciones parecidas. Siento que interpreta su papel con dificultad, que le cuesta mostrarse natural en él. Mientras esperamos el melón, enciende un cigarrillo. Con los párpados caídos y el cigarrillo colgándole entre los labios, inspecciona de nuevo el local. Su cara refleja una súbita expresión de alivio, que inmediatamente oculta. Luego, saluda con la cabeza y sonríe a un americano que acaba de sentarse y que está encargando la cena en un rincón de la sala. Le manda un saludo con la mano, al que ella responde sonriendo. El humo de su cigarrillo asciende en espiral delante de sus ojos. Se vuelve de nuevo hacia mí, prestándome atención con un esfuerzo. De pronto, parece mucho más vieja. Me gusta mucho. La veo claramente en su habitación, esta misma noche, más tarde, poniéndose algo muy femenino... Sí, un chiffon floreado, algo de este estilo... para compensar el esfuerzo de tener que representar este papel en su trabajo. Y la veo contemplando los volantes de su chiffon con ojos burlones, bromeando. Pero espera a alguien. Percibe el discreto golpe en la puerta. Han llamado. Abre, haciendo un chiste.

Es tarde. Tanto él como ella están un poco bebidos. Toman otra copa. Finalmente, se unen en un ayuntamiento seco y medido. Más adelante, en Nueva York, se encontrarán en una reunión e intercambiarán ironías. Ahora ella come el melón con actitud crítica. Observa que, en Inglaterra, la comida es más sabrosa. Habla de que tiene la intención de dejar su trabajo para irse a vivir al campo, a Nueva Inglaterra, y escribir una novela. (No menciona nunca a su marido.) Me doy cuenta de que ninguna de las dos tiene ganas de hablar de Las fronteras de la guerra. Se ha hecho una idea acerca de mí, y no muestra acuerdo ni desacuerdo. Simplemente, ha probado fortuna y considera esta cena como una pérdida económica.

Gajes del oficio. Dentro de un instante va a referirse con amabilidad, aunque brevemente, a mi novela. Bebemos una botella de borgoña, caro y espeso, y comemos un bisté con champiñones y apio. Vuelve a decir que nuestra comida tiene más sabor que la americana, pero añade que debiéramos aprender a cocinarla. Me siento ya tan ablandada por el alcohol como ella; pero en la boca de mi estómago la tensión va aumentando: su tensión. No cesa de echar miradas al americano del rincón. De pronto, me doy cuenta de que, si no me domino, empezaré a hablar con la misma histeria que hace unas semanas me llevó a parodiar a Reginald Tarbrucke. Decido ir con cuidado; esa mujer me gusta demasiado y, además, me inspira miedo.

- Anna, su libro me gustó mucho.

- Me alegro, gracias.

- En nuestro país hay un interés real por África, por los problemas de África

Sonrío y digo:

- Pero en la novela se trata de una cuestión racial.

Ella sonríe, agradeciendo mi sonrisa, y responde:

- Pero a menudo es una cuestión de grado. En fin, en su novela, usted hace que el joven piloto y la chica negra se acuesten. Bien. ¿Le parece esto importante? ¿Diría usted que el hecho de que mantengan relaciones sexuales es esencial para la historia?

- No, yo diría que no.

Vacila. Sus ojos, cansados y muy astutos, reflejan un brillo de decepción. Había tenido la esperanza de que yo no aceptara compromisos, pese a que su oficio consiste en lograr que se acepten. Y es que, para ella, las relaciones sexuales son lo más importante de la novela. Su manera de tratarme cambia muy sutilmente: está tratando con una escritora dispuesta a sacrificar su integridad para conseguir que una historia salga en la televisión. Le digo:

- Pero, aunque estuvieran enamorados de la forma más casta posible, seguiría yendo contra las reglas.

- Según cómo se presente.

Me doy cuenta de que, planteadas así las cosas, más vale dejarlo correr. Pero ¿debido a mi actitud? No: debido a su ansiedad por el solitario americano del rincón. He visto que, en dos ocasiones, él la miraba con insistencia; la ansiedad de ella me parece, pues, justificada. Él está tratando de decidir si se acerca a nuestra mesa o se marcha solo a alguna parte. Sin embargo, parece que a él ella le gusta bastante. El camarero se lleva nuestros platos. Edwina Wright se muestra contenta porque yo pido sólo café, sin postres: durante todo el viaje ha estado celebrando comidas de negocios dos veces al día, y le alivia que la cosa se acorte ahora con un plato menos. Lanza otra mirada a su solitario compatriota, quien todavía no da muestras de moverse, y decide volver al trabajo.

- Mientras reflexionaba sobre la manera de usar el maravilloso material de su libro, se me ocurrió que podía convertirse en una estupenda comedia musical, ya que en este género se puede camuflar un mensaje serio, lo cual no sería aceptado en una historia sin más.

- ¿Un escenario de comedia musical en África?

- Una de las ventajas sería que la forma de comedia musical resolvería el problema de los escenarios naturales. Su ambiente de fondo es muy bueno, pero no para la televisión.

- ¿Está pensando en escenarios estilizados, de estilo africano?

- Sí, una cosa así. Y con una historia muy simple. Joven piloto inglés entrenándose en África central. La bonita muchacha negra a la que conoce en una fiesta. Él se encuentra solo. Ella le trata con bondad. Él conoce a la familia de ella…

- Es inconcebible conocer a una chica negra en una fiesta por aquellas latitudes. A menos que sea en un determinado contexto político, entre una pequeñísima minoría de gente con conciencia política que trata de romper las barreras raciales. ¿O es que está pensando en hacer una comedia musical política?

- ¡Ah! No se me había ocurrido... Supongamos que él sufre un accidente por la calle y ella acude a prestarle auxilio y le acompaña a su casa.

- No podría acompañarle a su casa sin infringir una docena de leyes diversas. Si lo hiciera a hurtadillas, sería en un acto de desesperación, peligroso, y por lo tanto no tendría nada que ver con el tipo de situación apropiada para un ambiente musical.

- Se puede ser muy serio en una comedia musical -dice ella, reprendiéndome, aunque sólo como una cuestión de forma-. Podrían aprovecharse la música y las canciones de la región. La música de África central sería una novedad para nuestro público.

- Durante la época en que está situada la historia, los africanos escuchaban jazz americano. Aún no habían empezado a desarrollar sus propias formas.

- La mirada que me dirige expresa: «Pones dificultades porque sí». Pero abandona la idea de la comedia musical y dice:

- Bueno, si le comprara el material con la idea de hacer una historia, sin más, opino que debería cambiarse el lugar de la acción. Le sugiero una base aérea en Inglaterra. Una base americana. Un G.I. americano enamorado de una chica inglesa.

- ¿Un G.I. negro?

Vacila.

- Bueno, eso sería un tanto difícil. Porque, en el fondo, se trata de una historia de amor muy simple. Soy una gran admiradora de las películas de guerra británicas. Hacen ustedes unas películas de guerra maravillosas, con tanto comedimiento... Tienen tanto... tacto. Es el tipo de sensibilidad que nos deberíamos proponer. Y el ambiente de la guerra, la atmósfera de la batalla de Inglaterra, con una simple historia de amor entre uno de nuestros muchachos y una de sus chicas...

- Si él fuera un G.I. negro podría utilizar la música indígena de sus Estados del Sur.

- Sí, claro. Pero para nuestro público eso no sería muy nuevo.

- Ya –asiento-. Un coro de G.I. americanos negros, en una aldea inglesa, durante la guerra, con otro coro de vivarachas chicas inglesas que interpretan números del folklore indígena británico.

Le sonrío. Ella arruga el ceño. Luego sonríe, a su vez. Nuestros ojos se encuentran y ella suelta una especie de carcajada. Vuelve a reír. Pero en seguida se controla y arruga de nuevo la frente. De pronto, hace como si aquella carcajada subversiva no hubiera existido, respira hondo y empieza a decir:

- Es natural que usted, como artista, una artista de gran calidad a la que es un privilegio conocer y con la que estoy muy orgullosa de poder conversar, es natural que usted esté poco dispuesta a dejar que cambien algo de lo que ha escrito. Pero permítame que le diga una cosa, y es que constituye un error mostrar excesiva impaciencia en lo que a la televisión concierne. Es la forma de arte del futuro, según mi parecer, y por eso, para mí, significa un gran privilegio trabajar con y por ella. —Se detiene; el americano solitario está buscando con los ojos al camarero, como si fuese a marcharse. Pero no, quiere más café. Ella vuelve a dirigirme la atención y prosigue—: El arte, tal como dijo una vez un gran hombre, es una cuestión de paciencia. Si quiere reflexionar sobre lo que hemos discutido y escribirme... O quizá prefiera tratar de escribirnos un guión y sobre otro tema. Como es natural, no podemos encargar trabajo a un artista sin previa experiencia en la televisión, pero sería un placer aconsejarla y ayudarla en la medida de nuestras posibilidades...

- Gracias.

ComunisBritain- ¿Piensa visitar los Estados Unidos? Me causaría un gran placer si me llamara para poder discutir sus ideas.

Vacilo. Casi me controlo. Luego sé que no es posible. Digo:

- Nada me causaría tanto placer como poder visitar su país. Pero, por desgracia, no me permitirían entrar. Soy comunista.

Los ojos se le disparan contra mi cara, enormes, azules y atónitos. Al mismo tiempo, hace un movimiento involuntario, un conato de empujar hacia atrás la silla para marcharse. La respiración se le acelera. Veo en ella a una persona atemorizada. Y empiezo a arrepentirme de aquella confesión. Lo he dicho por toda una serie de razones infantiles. Primero, porque deseaba escandalizarla. Segundo, por un sentimiento de que debía decirlo; si después alguien le hubiera dicho: «Claro, es comunista», ella habría creído que yo se lo oculté. Tercero, porque deseaba ver qué ocurría. Etc. Ahora está frente a mí, respirando agitadamente, la mirada incierta, los labios rosa bastante manchados, entreabiertos. Está pensando: «La próxima vez me preocuparé muy mucho de informarme antes». Además, se está viendo a sí misma como víctima, pues no en vano he podido leer esta mañana, repasando un montón de recortes de periódicos americanos, que cada día son despedidas de su trabajo docenas de personas interrogadas por los comités de actividades antiamericanas, etc. Dice, casi sin aliento:

- Bueno, las cosas son muy distintas aquí, en Inglaterra. Ya lo sé...

La máscara de la mujer de mundo se quiebra por la mitad y acaba diciendo, tras una larga pausa:

- Pero, la verdad, jamás hubiera imaginado que…

Lo cual quiere decir: «Me has caído bien. ¿Cómo puedes ser comunista?».

Súbitamente, me siento tan enojada por este tipo de provincianismo que, como siempre en circunstancias semejantes, pienso: «Más vale ser comunista, cueste lo que cueste. Es mejor estar en contacto con el mundo que encontrarse tan lejos de la realidad como para poder decir cosas tan estúpidas». Ahora, sin más, las dos estamos enojadas. Ella aparta la vista de mí, para recobrarse. Y yo pienso en aquella noche que pasé conversando con un escritor ruso, hace dos años. Pronunciábamos las mismas palabras: el lenguaje comunista. Sin embargo, nuestra experiencia era tan distinta, que cada una de las frases significaba cosas distintas para ambos. En aquella ocasión, me sobrecogió una sensación de absoluta falta de realidad, hasta que, por fin, ya muy avanzada la noche —o, mejor dicho, de madrugada— traduje una de las cosas que había dicho y la trasladé de aquella jerga poco comprometedora a un incidente real: le conté a mi colega la historia de Jan, que había sido torturado en una cárcel de Moscú. Instantáneamente, él me clavó los ojos, asustado, e hizo el mismo gesto de querer marcharse, como de escapar: yo decía unas cosas que, si las hubiera dicho en su país, le hubieran costado la cárcel. El hecho era que las expresiones de nuestra filosofía común no constituían más que una forma de disfrazar la verdad. ¿Qué verdad? La de que no temamos nada en común, excepto la etiqueta: comunista. Y ahora, en esta otra ocasión con la americana, sucedía lo mismo: podíamos usar el lenguaje de la democracia durante toda la noche, pero describiríamos experiencias distintas. Allí estábamos, pensando que, como mujeres, nos caíamos bien; pero no teníamos nada que decirnos. Exactamente como durante aquel momento con el escritor ruso, cuando no pudimos decirnos nada más.

Por fin, ella se decide a hablar:

- ¡Bueno, querida, ha sido la sorpresa de mi vida! –exclamó-. Simplemente, me cuesta comprenderlo -esta vez es una acusación y me vuelvo a enojar-. Como es natural –añade-, la admiro por su honestidad.

«Bueno —pienso—, si me encontrara en América, perseguida por los comités, no iría por los hoteles diciendo tranquilamente que soy comunista. Así, pues, enfadarse es deshonesto...» Sin embargo, movida por mi irritación, digo con sequedad:

- Quizá sería una buena idea que se informara mejor antes de invitar a cenar, en este país, a otros escritores. De lo contrario, corre usted el riesgo de que bastantes de ellos la pongan en un aprieto.

La expresión de su rostro denota que ha tomado distancias respecto a mí. Sospecha. Estoy encasillada como comunista y, seguramente, digo mentiras. Me acuerdo de aquel momento con el escritor ruso, cuando él pudo escoger entre aceptar lo que yo había dicho y discutirlo o batirse en retirada, que es lo que hizo con una mirada irónica de superioridad y como diciendo: «En fin, no es la primera vez que un amigo de nuestro país se convierte en enemigo». En otras palabras: «Has sucumbido al chantaje del enemigo capitalista». Por fortuna, en mitad de aquel trance aparece el americano junto a nuestra mesa. Me pregunto si la balanza se ha inclinado a este lado por el hecho de que ella hubiera cesado genuinamente, y no por cálculo, de prestarle atención. Me entristece, porque presiento que así es.

-Bueno, Jerry -dice ella-, ya imaginaba que nos encontraríamos. Oí decir que estabas en Londres...

- ¡Eh! ¡Qué tal! Me alegro de verte...

Es un hombre bien vestido, dueño de sí mismo, que está de buen humor.

- Te presento a la señorita Wulf -dice Edwina Wright con dificultad, porque no puede impedirse pensar: «Le estoy presentando un enemigo a un amigo. Debería encontrar el modo de ponerle en guardia»-. La señorita Wulf es una escritora muy famosa.

Me doy cuenta de que las palabras escritora famosa le han calmado un poco el nerviosismo. Y digo:

- Ya me disculparán si les dejo. Tengo que regresar a ver cómo está mi hija.

Es obvio que ella siente alivio. Salimos todos juntos del comedor. Al despedirme y volverme hacia la puerta, veo cómo ella desliza la mano sobre el hombro de él. Oigo que le dice:

- ¡Jerry, qué contenta estoy de verte aquí! Pensé que pasaría sola la noche.

Él le responde:

- Querida Eddy, ¿cuántas noches has pasado a solas sin tú quererlo?

La veo sonreír, concisa y agradecida. Y yo me voy a casa pensando que, a pesar de todo, el momento en que rompí la cómoda apariencia de nuestro encuentro fue el único instante honesto de aquella noche. Sin embargo, estoy avergonzada, insatisfecha y deprimida, exactamente igual que después de aquella noche que pasé hablando con el ruso.

 

449

… Todos duermen, salvo Janet y yo. Es una sensación de intimidad y exclusivismo, una sensación que se inició cuando su nacimiento, cuando ella y yo estábamos a veces despiertas y juntas, mientras la ciudad dormía a nuestro alrededor. Es una alegría cálida, perezosa e íntima. La veo tan frágil que quiero extender la mano para salvarla de un paso mal dado o de un movimiento de descuido, y a la vez tan fuerte que me parece inmortal. Siento lo que sentí mientras estaba en la cama con Michael: una necesidad de reírme por el triunfo de que aquel ser humano tan maravilloso, precario e inmortal exista a pesar de la presencia de la muerte.

454

No encuentro ningún taxi antes de la parada, y como se acerca un autobús, monto en él en el preciso instante en que empiezan a caer gotas. Las medias se me han manchado de barro: tengo que acordarme de cambiármelas esta noche, pues Michael se fija mucho en esta clase de detalles. Entonces, senta da en el autobús, siento el dolor difuso en el vientre. No es nada fuerte. Bien, si la primera punzada es floja, eso quiere decir que no va a durar más que un par de días. ¿De qué me quejo cuando sé que, comparada con otras mujeres, sufro muy poco? Molly, por ejemplo, se pasa ElPeriodoFemcinco o seis días gimiendo y quejándose de un dolor no del todo desagradable. Me doy cuenta de que mi mente ha vuelto a encajar en el engranaje de los asuntos cotidianos, de las cosas que tengo que hacer hoy en relación con el trabajo del despacho. A la vez, me preocupa este asunto de tener que fijarme en todo para escribirlo después, especialmente por lo que respecta a la regla. Porque, en cuanto a mí, el hecho de tener la regla no es más que entrar en un determinado estado emocional, que se repite con regularidad y que no tiene ninguna importancia. Pero sé, al escribir la palabra «sangre», que adquirirá un sentido inadecuado, incluso para mí, cuando relea lo que he escrito. y, por lo tanto, empiezo a tener dudas sobre el valor de anotar un día entero, antes de haber empezado a anotarlo. En realidad, estoy tocando un punto muy importante del estilo literario, una cuestión de tacto. Por ejemplo, cuando James Joyce describe a su personaje durante el acto de defecar, leerlo fue como un choque, algo chocante de verdad. A pesar de que su intención era desnudar las palabras, para que no chocara. Y hace poco he leído en un comentario que un hombre decía que le repugnaba la descripción de una mujer defecando. Me molestó. La razón, naturalmente, era que el hombre no quería que le destruyeran su idea románt ica de la mujer, que se la hicieran menos romántica. Pero, a pesar de esto, tenía razón. Porque caigo en la cuenta de que, básicamente, no es un problema literario. En absoluto. Por ejemplo, cuando Molly me dice, riéndose estrepitosamente, a su manera, «tengo el mes», al instante debo dominar mi desagrado, a pesar de que las dos somos mujeres, y empiezo a pensar en la posibilidad de los malos olores. Al pensar en mi reacción hacia Molly, olvido mis problemas de sinceridad literaria (que no es más que ser sincera acerca de mí misma) y empiezo a preocuparme: ¿huelo mal? Es el único olor de los que conozco que me desagrada. No me molestan los olores inmediatos de mis propios excrementos, y los del sexo, el sudor, la piel o el pelo me gustan. Pero el olor ligeramente dudoso, esencialmente rancio de la sangre menstrual, lo detesto. Y me resiento de ello. Es un olor que me parece raro incluso cuando viene de mí; es como una imposición de fuera, que no procede de mí. Sin embargo, durante dos días tengo que enfrentarme con esta cosa de fuera, con un mal olor que sale de mí. Me doy cuenta de que todo esto no lo hubiera pensado si no me hubiese propuesto fijarme en todo. La regla es algo que soluciono sin que me preocupe mucho o, mejor dicho, la veo con la parte de mi mente que se ocupa de las cuestiones rutinarias. Es la misma parte de la mente que se ocupa de la limpieza diaria. Pero la idea de que voy a describirla lo desequilibra todo, deforma la verdad. Por lo tanto, dejo ahora mismo de pensar en la regla, anotando, sin embargo, mentalmente, que en cuanto llegue la oficina deberé ir al lavabo para asegurarme de no oler mal. En realidad, tendría que pensar en la entrevista que voy a mantener con el camarada Butte. Le llamo camarada irónicamente; tal como él me llama a mí, con ironía, camarada Anna. La semana pasada le dije, furiosa por algo:

  - Camarada Butte, ¿has pensado que si por casualidad fuéramos rusos y comunistas me hubieras hecho fusilar hace ya años?

- Sí, camarada Anna, me parece más que probable

CBP… Y sigo pensando, confusamente: «El Partido comunista, como cualquier otra institución, sigue existiendo gracias al proceso de absorber en su seno a quienes le critican. Les absorbe o les destruye. Siempre he visto la sociedad, las sociedades, organizadas de la siguiente manera: una sección dirigente o gobierno, y otras secciones que se le oponen y que acaban transformando aquélla o suplantándola». Pero la realidad no es en absoluto así. De pronto, lo veo todo de un modo diferente. Hay un grupo de hombres endurecidos y fosilizados a quienes se oponen nuevos jóvenes revolucionarios como lo fue John Butte en su tiempo. Se crea así entre los dos grupos un conjunto, un equilibrio. Y, luego, al grupo de hombres fosilizados y endurecidos como John Butte se opone un grupo nuevo de gente viva y crítica. Pero el centro de ideas muertas y secas no existiría sin los brotes de nueva vida que, a su vez, se transforman rápidamente en madera muerta y sin savia. En otras palabras: yo, la camarada Anna —y ahora, recordándolo, el tono irónico con que me llama el camarada Butte me atemoriza—, conservo vivo al camarada Butte, le alimento y, a su debido tiempo, me convertiré en él. Y en esto no hay ni bien ni mal, sino simplemente un proceso, una rueda que gira, mas siento miedo, porque todo lo que forma parte de mi ser clama contra esta visión de la vida, y vuelvo a ser presa de una pesadilla que me parece que me ha tenido prisionera desde hace mucho tiempo, siempre que me coge desprevenida. La pesadilla, que adopta formas diversas, me sobreviene tanto si duermo como si estoy despierta. Puede ser descrita con la mayor sencillez, de la siguiente manera: surge un hombre con los ojos vendados y de espaldas a una pared de ladrillos. Ha sido torturado casi hasta la muerte. Frente a él hay seis hombres con los fusiles apuntados, listos para disparar, que esperan órdenes de un séptimo individuo que tiene una mano levantada. Cuando baje la mano, harán fuego y el prisionero caerá muerto. Pero, de pronto, ocurre algo inesperado, aunque no del todo, pues el séptimo hombre ha estado atento durante todo el rato, por si ocurría. En la calle se produce una explosión de gritos y lucha. Los seis miran interrogativos al oficial, al séptimo. El oficial espera, inmóvil, para ver de qué lado acaba inclinándose la lucha. Se oye un grito: «¡Hemos ganado!». El oficial cruza el espacio hasta la pared, desata al condenado, y se coloca en su lugar. El que había estado atado hasta entonces, ata al otro. Se desarrolla a continuación el momento más angustioso de la pesadilla: ambos hombres se contemplan con una sonrisa breve, amarga, de aceptación. Esa sonrisa les hermana. La sonrisa contiene una verdad terrible que yo quiero ignorar, porque hace imposible la emoción creadora. El oficial, el séptimo, está ahora con los ojos vendados y esperando de espaldas a la pared. El antiguo prisionero se dirige al pelotón, que sigue con las armas a punto. Levanta la mano y la deja caer. Suenan unos tiros y el cuerpo se desploma junto a la pared, entre convulsiones. Los seis soldados tiemblan, se encuentran mal, necesitan beber algo para borrar el recuerdo del asesinato que han cometido. Pero el hombre que había estado atado y permanece libre, se ríe de los que se van a trompicones, maldiciéndole y odiándole, de la misma forma que hubieran maldecido y odiado al otro, al que ha muerto. Y esa risa ante los seis soldados inocentes encierra una terrible ironía comprensiva. Ésta es la pesadilla. Mientras tanto, el camarada Butte está esperando. Como siempre, sonríe con aquella sonrisita crítica y a la defensiva, semejante a una mueca…

555

Creo que debía de ser octubre o noviembre. No por los insectos; no sé lo bastante para identificar por ellos la época del año, sino por el tipo de calor que hacía. Era un calor absorbente, espléndido, amenazador. Si hubiera sido más tarde, la estación de las lluvias, por ejemplo, habría habido un sabor de champaña en el aire, una premonición del invierno. En cambio, aquel día me acuerdo de que el calor nos golpeaba las mejillas, los brazos y las piernas, filtrándose incluso a través de la ropa. Sí, claro, tenía que ser a principios de la estación, pues la hierba era corta, formando matas de un verde claro y penetrante en la arena blanca. De modo que aquel fin de semana precedía en cuatro o cinco meses al último, que fue justamente el inmediato anterior al fin de semana en que Paul murió. Y el camino por donde nos paseábamos aquella mañana era el mismo que una noche, meses después, Paul y yo recorreríamos cogidos de la mano y corriendo en medio de la neblina, hasta caer juntos sobre la hierba mojada…

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Conocí al joven escritor americano James Schafter. Le mostré este diario. Estuvo encantado. Le añadimos unas mil palabras más, y lo mandó a una revistita americana como el trabajo de un amigo demasiado tímido para enviarlo él mismo. Se publicó. Ahora me ha invitado a almorzar para celebrarlo. Me ha contado lo siguiente: el crítico Hans P., un hombre muy vacuo, había escrito un artículo sobre la obra de James diciendo que era decadente. El crítico iba a llegar a Londres. James, quien había hecho un feo con anterioridad a Hans P. porque no le cae bien, le mandó un telegrama adulador al aeropuerto y un ramo de flores al hotel. Fue a esperarle al aeropuerto, en cuyo vestíbulo le encontró Hans P. con una botella de whisky y otro ramo de flores. Luego se le ofreció como guía en Londres. A Hans P. se le veía halagado, pero incómodo. James mantuvo la situación durante las dos semanas que duró la visita de Hans P., pendiente de cada una de sus palabras. Cuando Hans P. se marchó dijo, desde una elevada cumbre moral:

- Ya comprenderá que yo nunca admito que los sentimientos personales interfieran mi conciencia crítica.

A lo que James replicó «retorciéndose de vileza moral», según su descripción:

- Claro que sí, pues claro... Lo comprendo, hombre... Pero lo que cuenta es comunicar, claro.

Dos semanas más tarde, Hans P. escribió un artículo sobre la obra de James diciendo que el elemento decadente era más bien la expresión del cinismo honesto de un joven que acusa el estado de la sociedad, y no un elemento inherente a la visión que James tiene de la vida. James se pasó la tarde retorciéndose de risa por el suelo.

James es el revés de la careta habitual del joven escritor. Todos, o casi todos, son realmente ingenuos al empezar; pero luego, medio consciente o medio inconscientemente, comienzan a usar la ingenuidad como escudo protector. En cambio, James juega a estar corrompido…

 

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Sangre en las hojas de los bananos

 

HojasBanano«Frrrrr, frrr, frrr», le dicen los mágicos bananos a la vieja y cansada luna del África, acechando el viento. Duendes. Duendes del tiempo y de mi dolor. Alas negras de las cigarras, alas blancas de las mariposas nocturnas, cortad, acechad la luna. «Frrrr, frr», dicen los bananos, y la luna se desliza pálida de dolor sobre las hojas que se balancean al viento. John, John, canta mi chica, morena, con las piernas cruzadas en la oscuridad de los aleros de la cabaña y la misteriosa luna en las pupilas de sus ojos.

Ojos que he besado en la noche, ojos de víctima de la tragedia impersonal, que ya no serán impersonales nunca más. ¡Oh, África! Pronto las hojas de los bananos serán seniles, de un rojo oscuro, y el polvo rojo será todavía más rojo, rojo como los labios recién pintados de mi oscuro amor, traicionado por la codicia comercial del mercader blanco.

- Estáte quieta y duerme, Noni. La luna está armada de cuatro cuernos amenazadores, y yo voy a labrar mi destino y el tuyo, el destino de nuestro pueblo.

- John, John —dice mi chica, y en su voz oigo el mismo suspiro de añoranza de las hojas incandescentes que cortejan a la luna.

- Duerme ahora, mi Noni.

- Pero mi corazón está negro como el ébano por causa de la intranquilidad y del pecado de mi destino.

- Duerme, duerme... No siento odio hacia ti, Noni mía. A menudo he visto al hombre blanco lanzando sus ojos como flechas contra el balanceo de tus caderas, Noni mía. Lo he visto. Lo he visto como veo las hojas de los bananos respondiendo a la luna, y las lanzas blancas de la lluvia asesinando el sucio golpe del caníbal sobre nuestra tierra. Duerme.

- Pero John, mi John. Me repugna saber que te he traicionado, mi hombre, mi amante... Pero se me llevaron a la fuerza, porque el hombre blanco del almacén no consiguió mi ser auténtico.

«Frrrr, frr», dicen las hojas de los bananos, y las chotacabras claman el asesinato del negro a la luna gris plomizo.

- Pero John, mi John. Sólo fui a comprar un lápiz de labios, un pequeño lápiz de labios para embellecer mis labios sedientos de ti, amor mío... Y cuando lo estaba comprando vi sus ojos fríos sobre mis caderas de virgen... Yo corrí, corrí, amor mío, salí de la tienda para ir contigo, contigo mi amor. Mis labios rojos para ti, para ti, mi John, mi hombre...

- Duerme, Noni. No te sientes ya más con las piernas cruzadas en las sombras sonrientes de la luna. No llores más por tu dolor, por ese dolor tuyo que es mi dolor y el dolor de nuestro pueblo que implora mi compasión, una compasión que tú tienes ya para siempre, Noni mía, mi chica.

- Pero tu amor, John mío, ¿dónde está tu amor por mí?

Ay, anillos oscuros de la serpiente roja del odio, que os desenrolláis junto a las raíces del banano, que os enroscáis en las ventanas enrejadas de mi alma.

- Mi amor es para ti, Noni, y para nuestro pueblo, y para la serpiente del capuchón rojo del odio.

- ¡Ay, ay, ay, ay! —grita mi amor, mi amada Noni, con su vientre de misterio y generosidad traspasado por la lujuria del blanco, por su lujuria de poseer, por su lujuria de comerciante.

Y «Ay, ay, ay» aúllan las viejas desde sus cabañas al oír mis designios en el viento y en la señal de las maltratadas hojas del banano. ¡Voces del viento, clamad mi dolor por el mundo libre! ¡Serpiente del polvo eterno, muerde por mí el talón del mundo desalmado!

- Ay, ay, mi John. ¿Qué será del niño que voy a tener? ¡Cómo pesa en mi corazón el niño que te entrego a ti, amor mío, hombre mío, y no al odiado blanco de la tienda que me hizo la zancadilla cuando huía velozmente de él, derribándome sobre el polvo ciego a la hora en que se pone el sol, a la hora en que el mundo entero es traicionado por la noche eterna!

- Duerme, duerme, mi niña, mi Noni. El niño será para el mundo, con el peso de su destino, y estará marcado por el misterio de las sangres mezcladas. Será el hijo de las sombras vengativas, el hijo de la serpiente acechante de mi odio.

- Ay, ay —grita mi Noni, retorciéndose profunda y místicamente en las sombras del alero de la cabaña.

- Ay, ay —gritan las viejas al oír mis designios, esas viejas que escuchan la corriente de la vida, con los vientres secos para la vida, y que escuchan en sus cabañas los gritos silenciosos de los vivos.

- Duerme ahora, Noni mía. Volveré dentro de muchos años. Ahora voy en busca de mis designios de hombre. No me detengas.

Azules y verde oscuro son los duendes a la luz de la luna, los duendes subdivididos por mi odio. Y rojo oscuro es la serpiente en el purpúreo polvo acumulado a los pies del banano. Entre una miríada de respuestas, la respuesta. Detrás de un millón de designios, el designio. «Frrrrr, frrr», dicen las hojas del banano, y mi amor canta: «John, ¿dónde vas, que te alejas de mí? Te esperaré siempre, con el vientre lleno de deseo».

Ahora voy a la ciudad, a las calles retorcidas y grises como el metal de las armas. Allí me encontraré con mis hermanos, en cuyas manos colocaré la serpiente roja de mi odio; y juntos iremos en busca de la lujuria del hombre blanco, y la mataremos, para que el banano no dé más frutos extraños, para que el suelo de nuestro violado país y el polvo de las almas lloren pidiendo lluvia.

- ¡Ay, ay! —gritan las viejas.

En la noche de luna amenazadora suena un grito, el grito del asesinado anónimo.

Mi Noni se arrastra, doblada, hacia el interior de la cabaña, y las sombras verdes y purpúreas de la luna están vacías, como vacío está mi corazón, salvo por su designio de serpiente.

La luz de ébano odia las hojas. La jacarandá mata a los árboles. Suaves globos de paw-paw reciben venganza índigo. «Frrr, frr», le dicen las mágicas hojas del banano a la vieja y cansada luna del África. Tengo que irme, tengo que decírselo a las hojas del banano. Multitud de escalofríos pervertidos rasgan la encrucijada de sueños del bosque destruido.

Camino con pies predestinados, y los ecos del polvo son negros en el telar del tiempo. He dejado atrás el banano, y las rojas serpientes del odio amoroso cantan conmigo: «Ve, hombre, ve en busca de venganza a la ciudad». Y la luna es escarlata sobre las hojas del banano, que cantan «Frrrr, frr», y gritan, y lloran, y murmuran. ¡Oh, mi dolor es rojo, y escarlata mi tortuoso dolor! ¡Oh, el rojo y él escarlata gotean sobre la eterna luna de las hojas de mi odio!

  

600

…Entre tanto, los hombres le hacen proposiciones y ella las rechaza porque sabe que no puede amarlos. Las palabras que usa para sí misma son: «No me acostaré con un hombre hasta que no sepa que puedo amarle».

Sin embargo, unas semanas después, Ella conoce a un hombre en una fiesta…. El hombre es un escritor de guiones, canadiense. Su aspecto físico no le atrae mucho; pero es inteligente, y posee un sentido del humor peculiar, transatlántico, hecho de esas ocurrencias lúcidas y agudas que tanto la divierten. Su esposa, que está en la fiesta, es una chica guapa, de una belleza que podría clasificarse de profesional. A la mañana siguiente, el hombre llega al piso de Ella sin avisar. Lleva ginebra, agua tónica y flores, y convierte la situación en el juego «del hombre que se presenta a seducir a la chica que conoció en la fiesta de ayer noche, con flores y ginebra». Ella lo encuentra divertido. Beben, ríen y hacen chistes. Riendo, se acuestan. Ella «da placer», pero no siente nada. Juraría, incluso, que él tampoco siente nada, pues en el instante de la penetración le pasa por la mente la certeza de que es algo que él ha decidido hacer y nada más. «Bueno, yo también lo estoy haciendo sin sentir nada. ¿Cómo, pues, puedo criticarle a él? No es justo.» Luego piensa, rebelándose: «Pero la cuestión es que el deseo del hombre crea el deseo de la mujer o debe crearlo. Así que tengo razón al ser severa»

Continúan bebiendo y haciendo bromas. Luego él observa, por casualidad, sin conexión con nada que haya sucedido antes:

- Tengo una mujer hermosa a la que adoro, tengo un trabajo que me gusta, y ahora tengo una chica.

Ella comprende que se le asigna el papel de esa chica, y que la hazaña de haberla llevado a la cama es una especie de proyecto o plan para tener una vida feliz. Cae en la cuenta de que él espera que la relación continúe, dando por supuesto que va a ser así. Ella insinúa que, por su parte, el intercambio ha terminado, y al decirlo ve cruzar por el rostro de su compañero un relámpago de siniestra vanidad, pese a que el tono de su voz ha sido de gentileza, de auténtica sumisión, como si su rechazo se debiera a circunstancias ajenas a su control.

Él la estudia, con gesto endurecido.

- ¿Qué pasa, nena? ¿Es que no te he satisfecho? —le pregunta, abatido y como perdido.

Ella se apresura a asegurarle que sí, aunque no sea cierto. Pero comprende que la culpa no es de él, pues no ha tenido un verdadero orgasmo desde que Paul la dejó.

Ella dice, con involuntaria rudeza:

- Bueno, me parece que no hay mucha convicción en ninguno de los dos.

De nuevo la mirada dura, abatida, clínica del hombre:

- Tengo una mujer hermosa –anuncia-. Pero no me satisface sexualmente. Necesito más.

Esta confesión hace enmudecer a Ella. Siente como si se encontrara en una tierra de nadie, perversamente emocional, que nada tiene que ver con su persona aun cuando se haya adentrado en ella como perdida y temporalmente. Pero se da cuenta de que él no comprende realmente qué hay de raro en lo que ofrece. Tiene un pene grande, «se porta bien en la cama»... y ya está. Ella permanece inmóvil, muda, pensando que el cansancio sensual que revela en la cama es la otra cara del frío cansancio ante el mundo que siente cuando está fuera de ella. Él se queda mirándola, repasándola. «Ahora -piensa Ella-, ahora me va a dar el golpe bajo, ahora me lo soltará.» Y se prepara para encajarlo.

- He aprendido -dice él, con cachaza, con el sarcasmo de la vanidad herida- que no es necesario que la mujer que tienes en el saco sea guapa. Es suficiente con que uno se concentre en una parte de ella, en cualquier cosa. Siempre hay algo hermoso, incluso en una fea. Por ejemplo, una oreja o una mano...

Ella se ríe de pronto y trata de encontrar su mirada, creyendo que él también va a reírse, pues durante el par de horas que han pasado juntos antes de acostarse ambos han mantenido una relación llena de buen humor, jocosa. Lo que acaba de decir es realmente la parodia de una observación propia del don Juan que ha visto mucho mundo. Pero ¿seguro que va a reírse de sus palabras? No; lo ha dicho con la intención de ofender, y no está dispuesto a rectificarlo ni con una sonrisa.

- ¡Suerte que mis manos, al menos, son bonitas! -exclama Ella por fin, muy secamente.

Él se le acerca, toma sus manos, las besa con aire cansado, rufianesco, y dice…

 

636

Dibujo… Me llevó a la cama y entonces descubrí que sexualmente no funcionaba bien. Le pregunté si siempre era así, y él se mostró visiblemente desconcertado (y esto me reveló más sobre sus relaciones sexuales que cualquier otra cosa) porque yo hablara francamente sobre ello, mientras que él pretendía no entenderme. Luego dijo que le tenía un miedo mortal al sexo y que no podía permanecer dentro de una mujer más que unos pocos segundos. Esto le sucedía desde siempre. En efecto, por la prisa nerviosa e instintivamente repulsiva con que se apartaba de mí, por la prisa con que se vestía, pude comprender cuán hondo era su miedo. Dijo que había empezado a psicoanalizarse y que esperaba «curarse» pronto. (Yo no pude evitar reírme ante la palabra «curar», pues así es como habla la gente cuando va a un psicoanalista; es, en fin, la forma clínica de hablar, como si uno se sometiera a una operación definitiva y desesperada que fuera a convertirle en algo distinto.) Después, nuestra relación cambió: todo quedó en un sentimiento amistoso y de confianza. Debido a esta confianza, seguiríamos viéndonos.

  Y así fue. Hace ya meses de todo esto. Lo que ahora me aterroriza es: ¿por qué continué una relación semejante? No fue por vanidad, puesto que no me dije: yo puedo curar a este hombre. En absoluto. Tengo la experiencia suficiente y he conocido ya a demasiados inválidos sexuales. No fue tampoco por compasión, aunque tal vez hubiera algo de eso. Siempre me asombra, en mí misma y en otras mujeres, la fuerza de nuestra necesidad de animar a los hombres. Esto no deja de ser irónico, y más viviendo como vivimos en una época en que los hombres nos critican por ser «castrantes», etc., cuando no emplean otras palabras o expresiones de tipo parecido. (Nelson dice que su esposa es «castrante», lo cual me enfurece, sobre todo si pienso en lo infeliz que debe haber sido.) La verdad es que las mujeres tienen esta honda necesidad instintiva de superar al hombre para «hacerle un hombre», como Molly, por ejemplo. Supongo que esto se debe a que los hombres auténticos son cada día más escasos, y también a que nosotras tenemos miedo. Por eso tratamos de crear hombres.

  Lo que a mí me aterroriza, sin embargo, es mi fácil disposición. Madre Azúcar la llamaría «el lado negativo» de la necesidad que las mujeres tienen de conciliar y someterse. Ahora ya no soy Anna, carezco de voluntad, puesto que no puedo salir de una situación en cuanto la he empezado. Una vez en este punto, no sé hacer más que seguir adelante…

 

648

El beso me incomodó, sin embargo, e hizo que me sintiera como una impostora, porque me daba cuenta de algo que debería haber descubierto usando mi inteligencia, sin necesidad de ir nunca a su apartamento, y era que los lazos que unían a Nelson y a su mujer resultaban amargamente estrechos e irrompibles. Estaban unidos por el vínculo más estrecho de todos, por el sufrimiento que neuróticamente se causaban, por la experiencia del sufrimiento dado y recibido. Esta clase de sufrimiento es como una faceta del amor, percibido como el conocimiento de lo que es el mundo, de lo que es el crecimiento en sí mismo.

Nelson estaba a punto de abandonar a su mujer, pero no la abandonaría jamás. Ella gemiría por sentirse rechazada y abandonada, pero estaba convencida de que nunca iba a ser rechazada.

739

- Por lo que hemos visto que pasaba durante los últimos treinta años en las democracias, y ya no digamos en las dictaduras, es tan reducido el número de personas que en una sociedad está de veras preparado para nadar contra la corriente, para luchar en serio por la verdad cueste lo que cueste…

De pronto, se excusó:

- Perdón...

Y comenzó a caminar de aquella manera suya tan característica, rígida y casi a ciegas.

Me quedé en la cocina pensando en lo que acababa de decir. Yo, junto con todas las personas a quienes conocía bien, algunas de ellas admirables, nos hundimos en el conformismo comunista y nos mentimos a nosotros mismos. Los intelectuales «liberales» o «libres» fueron empujados con facilidad a un tipo u otro de caza de brujas. Y es que muy pocas personas tienen el valor, el tipo de valor sobre el que descansa la democracia. Con gente que no tenga este valor, una sociedad libre no puede hacer otra cosa que morir, y esto en el supuesto de que haya llegado a nacer.

Me quedé allí sentada, desalentada y deprimida. En todos los que hemos sido criados en una democracia occidental existe la creencia íntima de que la libertad se reforzará y sobrevivirá a todo tipo de dificultades, porque es una creencia que, al parecer, sobrevive a toda prueba de efectos contrarios. Lo más probable, sin embargo, es que se trate de una creencia peligrosa en sí misma. Allí, sentada, tuve una visión del mundo, con naciones, sistemas y bloques económicos que se endurecían y consolidaban; un mundo en que cada vez sería más ridículo hablar de libertad o de cosas como la conciencia individual. Ya sé que este tipo de visión ha sido descrita en libros y que se trata de algo que hemos leído, pero, por un instante, no se trató de palabras ni de ideas, sino de algo que sentí en la sustancia de mi carne como una certeza.

Saúl volvió a bajar, vestido, con la apariencia de lo que yo llamo «él mismo». Dijo, simplemente, y a la ligera:

-  Perdona que me haya ido; es que no podía soportar lo que estabas diciendo…

Entonces comencé a buscar otra cosa y encontré un montón de diarios (* 14). Recuerdo haber pensado que era raro que sus diarios estuvieran en orden cronológico, no divididos como los goldennotebookmíos. Hojeé unos cuantos de los primeros, sin leerlos, sólo para hacerme una idea: allí estaba la interminable lista de sitios nuevos, de trabajos diferentes y de nombres de muchachas. Era como seguir un hilo a través de la diversidad de los nombres de lugar, de los nombres de mujeres, de los detalles de su soledad, de su desprendimiento de todo, de su aislamiento. Me senté en su cama, tratando de hacer encajar las dos imágenes, la del hombre que yo conocía y la del hombre allí retratado, que resultaba totalmente inmerso en la lástima que sentía hacia sí mismo, revelándose frío, calculador y sin emociones. Luego recordé que cuando leía mis cuadernos, no me reconocía a mí misma. Algo extraño sucede cuando uno escribe sobre sí mismo, tal como es y no como se proyecta: el resultado es siempre frío, sin piedad y crítico. Si no es crítico, no tiene vida. Me doy cuenta de que al escribir esto, vuelvo a aquel punto del cuaderno negro en que escribí sobre Willi. Si Saúl dijera, hablando de sus diarios, o resumiera su personalidad más joven desde la más madura: «Fui un cerdo, ¡qué manera de tratar a las mujeres!». O bien: «Tengo razón en tratar a las mujeres así». O: «Es simplemente una descripción de lo que ha pasado; no hago juicios morales sobre mí mismo...». En fin, si dijera lo que fuese, no tendría ninguna significación, porque entonces se habría dejado fuera de los diarios la vitalidad propia de la vida misma. «Willi dejó que las gafas brillaran a través del cuarto y dijo...» «Saúl, de pie, cuadrado y sólido, con una ligera sonrisa, ironizando sobre su propia pose de seductor, diciendo con cachaza: "Vamos, nena, vamos a joder; me gusta tu estilo".» He seguido leyendo, primero escandalizada por la frialdad y falta de escrúpulos que iba descubriendo; luego traduciendo por lo que sabía de Saúl y de la vida misma. Así es que he estado cambiando continuamente de humor, yendo de la ira femenina al deleite por todo lo que está vivo, al gozo de reconocerme en algo.

Luego, el gozo se ha disipado al encontrar una anotación que me ha dado miedo, porque ya la había escrito yo misma, sacándola de otro tipo de conocimiento, en mi cuaderno amarillo…

… Lo imaginé saliendo del piso para telefonear a una de sus mujeres desde abajo. Los celos me recorrieron todas las venas del cuerpo, como un veneno, alterando mi respiración, haciéndome daño a los ojos. Luego lo imaginé a trompicones por la ciudad, enfermo, y tuve miedo, pensando que no hubiera debido dejarle marchar, aunque me hubiera sido imposible retenerle. Estuve largo rato preocupada. Pero luego pensé en la otra mujer, y los celos volvieron a agitarme la sangre. Le odié. Recordé el tono frío de sus diarios y le odié por ello. Subí, diciéndome que no debía hacerlo, pero sabiendo que lo iba a hacer, y miré en su diario. Ni siquiera se había molestado en esconderlo. Me pregunté si no habría escrito alguna cosa para que yo la viera. No había nada de la semana anterior, pero bajo la fecha de ayer podía leerse: «Estoy prisionero. Estoy enloqueciendo lentamente de frustración».

Observé cómo el despecho y la ira me traspasaban. Y pensé sensatamente, por un momento, que durante aquella semana había estado calmado y feliz como nunca. ¿Por qué, entonces, reaccionaba ofendida ante aquella anotación? No obstante, me sentía herida y desgraciada, como si aquellas palabras borraran toda la semana. Bajé y pensé en Saúl. Le vi con una mujer, y me dije: «Tiene razón al odiarme y preferir a otras. Soy realmente odiosa». Y me puse a pensar con añoranza en la otra mujer, amable y generosa, y con la fuerza suficiente para darle lo que él quería, sin pedirle nada a cambio.

Me acuerdo de Madre Azúcar y de cómo me «enseñó» que las obsesiones de los celos son, en gran parte, un problema de homosexualidad. Pero entonces la lección me había parecido bastante académica, sin que tuviera ninguna relación conmigo, con Anna. Me pregunté, pues, si no sería que deseaba hacer el amor con la mujer con quien él estaba en aquellos momentos.

… A menudo, cuando toco las hojas de las plantas, siento un parentesco con las raíces vivas. Las hojas que respiran, en cambio, me producían entonces una sensación de desagrado, como si fuera un animalito hostil o un enano, aprisionado en el tiesto de tierra y que me odiaba por haberlo apresado. Intenté convocar a Annas más jóvenes y fuertes, a la colegiala londinense o a la hija de mi padre, pero a estas Annas sólo las pude ver como algo separado de mí. Entonces pensé en un rincón de un campo africano, me forcé a estar de pie sobre una arena blancuzca y brillante, dándome el sol en el rostro, pero no pude sentir ningún calor. Pensé en mi amigo, el señor Mathlong, pero él también estaba muy lejano. Traté de obtener la conciencia de un sol amarillo y ardiente, convocando al señor Mathlong, cuando de súbito ya no fui el señor Mathlong, sino el loco Charlie Themba. Me convertí en él. Era muy fácil ser Charlie Themba. Era como si estuviera allí mismo, junto a mí, aunque formaba parte de mí, con su cuerpo pequeño, puntiagudo y oscuro, mirándome con su cara pequeña, inteligente y acalorada de indignación. Entonces fue cuando se fundió en mí. Yo me encontré en una cabaña, en la provincia septentrional, y mi esposa era enemiga mía, y mis colegas del Congreso, antes amigos míos, trataban de envenenarme, y por entre las cañas yacía un cocodrilo muerto, muerto por una lanza envenenada, y mi mujer, comprada por mis enemigos, iba a darme de comer de aquella carne de cocodrilo, y al acercarla a mis labios, moriría, dada la encarnizada enemistad de mis ultrajados antepasados. Olía la carne fría y en descomposición del cocodrilo y miré por la puerta de la cabaña, viendo el cocodrilo muerto, que se balanceaba ligeramente sobre el agua caliente y podrida por entre las cañas del río. Luego descubrí los ojos de mi mujer que miraban a través de las cañas de las paredes que formaban la cabaña, para ver si podía entrar sin peligro. Entró encorvándose al pasar por la puerta, con las faldas recogidas por aquella mano alevosa y falsa, que yo tanto odiaba, mientras que en la otra mano llevaba un plato de latón con los trozos de carne maloliente, preparada para que yo me la comiera.

AnaW

… Esta gente se detenía, miraba a Anna y proseguía su camino. Yo estaba a un lado, preguntándome: «¿A quién se va a aceptar?». Entonces sentí peligro, pues entró Paul, muerto, y vi su sonrisa seria y triste al inclinarse sobre ella. Después se disolvió dentro de ella y yo, gritando de miedo, me abrí camino entre una muchedumbre de espíritus indiferentes hasta alcanzar la cama, a Anna, a mí misma. Luché para volver a entrar en ella. Luchaba contra el frío, contra un frío terrible. Tenía las manos y los pies entumecidos de frío, y Anna estaba fría porque dentro de ella estaba Paul muerto. Percibía su sonrisa seria y desprendida en el rostro de Anna. Al cabo de una corta lucha, en defensa de mi vida, volví a deslizarme al interior de mí misma y me tumbé fría, muy fría. En sueños volví a encontrarme en Mashopi, pero los espíritus estaban colocados a mi alrededor según un orden, como estrellas en su sitio correspondiente, y Paul era un espíritu entre todos los demás. Nos sentamos bajo los eucaliptos, a la polvorienta luz de la luna, con las narices impregnadas del olor de vino dulce derramado y con las luces del hotel que relucían atravesando la carretera. Era un sueño ordinario, y yo supe que me había salvado de la desintegración, porque era capaz de soñar así. El sueño se desvaneció, dejando una dolorosa nostalgia. En el sueño me dije que debía mantenerme entera; lo lograrás si coges el cuaderno azul y escribes en él. Sentí la inercia de mi mano, que estaba fría y era incapaz de coger la pluma…

Seguí callada. Tuve la impresión de ser tragada por un remolino de arena o transportada por una polea hacia una máquina trituradora. Me alejé de él y fui hacia la ventana. En el exterior, la lluvia era reluciente y oscura, y los tejados aparecían mojados. Los cristales de las ventanas estaban fríos.

Él me siguió, me rodeó con sus brazos y me abrazó. Sonreía, como el hombre consciente de su poder con las mujeres. Se veía a sí mismo en aquel papel. Llevaba el suéter azul, con las mangas subidas. Le relucía el vello de los brazos. Me miró a los ojos y dijo:

- Te juro que no miento. Lo juro. Lo juro. No he estado con otra. Lo juro.

Su voz sonó dramática e intensa, a la vez que concentraba la mirada, como parodiando esa intensidad.

No le creí, pero la Anna que estaba entre sus brazos sí le creyó, incluso mientras contemplaba a la pareja representando aquellos papeles, sin poder creer que fueran capaces de tanto melodrama. Luego me besó. En el instante en que yo respondí, él se apartó y dijo lo que había dicho ya antes, con la hosquedad típica de momentos como aquel:

- ¿Por qué no te me resistes? ¿Por qué no luchas?

Yo repetí:

- ¿Por qué debiera luchar? ¿Por qué tienes tú que luchar?

Aquello ya lo había dicho otras veces; todo aquello ya lo habíamos hecho en otras ocasiones. Entonces me llevó hasta la cama y me hizo el amor. Me interesaba ver con quién estaba él haciendo el amor, porque sabía que no era conmigo. Por lo visto, la otra mujer necesitaba que la aconsejaran y animaran a hacer el amor, y era algo infantil. Estaba haciendo el amor con una mujer infantil de pechos planos y manos muy bonitas. De pronto, dijo:

- Sí, tendremos un hijo, de acuerdo. —Cuando hubo terminado, se apartó rodando, tomó aliento y exclamó—: Dios mío, esto sería el colmo, un hijo, con esto acabarías definitivamente conmigo.

- No fui yo la que te ofreció darte un hijo; yo soy Anna.

Levantó la cabeza, sobresaltado, para mirarme; la volvió a dejar caer, se rió y dijo:

- Pues sí, eres Anna.

En el cuarto de baño me sentí muy enferma, pues vomité, y cuando volví dije:

- Tengo que dormir.

Le di la espalda y me eché a dormir, para alejarme de él.

Pero en el sueño volví a Saúl. Fue una noche de sueños…

… Por la mañana me desperté junto a Saúl. Estaba frío y tuve que calentarle. Me sentía yo misma y muy fuerte. Fui directamente a la mesa y saqué los cuadernos. Él debió de despertarse y mirar lo que hacía un rato antes de que yo me diera cuenta, porque dijo:

- En lugar de anotar mis pecados en tu diario, ¿por qué no escribes otra novela?

- Podría darte cien razones por las que no lo hago, podría hablar horas y horas sobre el tema, pero la razón auténtica es que sufro de una parálisis como escritora. No hay más. Es la primera vez que lo he admitido.

- Tal vez sea eso —dijo ladeando la cabeza, con una sonrisa cariñosa. Me di cuenta del afecto y me sentí bien. Luego, al devolverle la sonrisa, cortó la suya, puso una cara hosca y dijo con vigor—: En fin; saber que le das vueltas a tantas palabras, me pone loco.

- Cualquiera podría decirnos que dos escritores no debieran estar juntos. O, más bien, que un americano ambicioso no debiera estar con una mujer que ha escrito un libro.

- Eso es, se trata de un desafío a mi superioridad sexual, y no es una broma.

- Ya sé que no. Pero, por favor, no me vengas más con tus solemnes sermones socialistas acerca de la igualdad entre el hombre y la mujer.

- Seguramente te haré sermones solemnes porque me divierte. Pero yo no voy a creer en ellos. La verdad es que estoy resentido hacia ti porque has escrito un libro que ha tenido éxito. Y yo he llegado a la conclusión de que toda la vida he sido un hipócrita, y que, de hecho, me gustan las sociedades en que las mujeres tienen ciudadanía de segunda clase. Me gusta ser el jefe y que me adulen.

- Bien. Eso es porque, en una sociedad en que ni uno entre diez mil hombres tiene idea de cómo son las mujeres ciudadanas de segunda, tenemos que contentarnos con la compañía de hombres que por lo menos no son hipócritas.

- Y ahora que esto ha quedado bien claro, hazme un café, porque en la vida éste es tu papel.

- Será un placer —y tomamos el desayuno de buen humor, agradándonos mutuamente.

He estado mirando el bonito cuaderno nuevo, tocándolo llena de admiración. Saúl ha garabateado sobre su cubierta, sin que yo me hubiera dado cuenta, la vieja amenaza escolar:

 

Un palmo

la nariz le va a crecer

al que se atreva

este libro a leer.

Lo dice su dueño,

            SAUL GREEN.

 

Me ha hecho reír y casi he ido arriba para dárselo. Pero no, no lo haré. Retiraré el cuaderno azul con los demás. Dejaré los cuatro cuadernos. Empezaré un cuaderno nuevo, y me pondré toda yo en un solo cuaderno.

  [Aquí terminaba el cuaderno azul, con una línea gruesa y negra.]

 

TheGoldenNotebook

El cuaderno dorado

Un palmo

la nariz le va a crecer

al que se atreva

este libro a leer.

Lo dice su dueño,

            SAUL GREEN.

 

  Es tan oscuro este piso como si la oscuridad tuviera la forma del frío. Recorrí el piso encendiendo todas las luces. La oscuridad hizo retroceder hasta la parte exterior de las ventanas a una forma fría que trataba de irrumpir dentro del piso. Pero cuando encendí la luz de la Habitación grande, vi que era una equivocación, que la luz le era ajena, así que dejé que volviera la oscuridad, controlada por las dos estufas de parafina y por el resplandor del fuego del gas. Me tumbé y pensé en la pobre tierra, una mitad sumida en la fría oscuridad, balanceándose en inmensos espacios oscuros. Al poco rato de haberme tumbado, entró Saúl y se echó a mi lado…

- ¿Te parece que esto nos hace, a gente como nosotros, experimentarlo todo?

Algo nos fuerza a ser el mayor número posible de cosas o personas.

Esto sí lo oyó y dijo:

- No lo sé. No tengo que hacer nada para que me ocurra, puesto que es mi manera de ser.

- Yo no hago esfuerzos. Algo me fuerza. ¿Crees tú que la gente de antes se atormentaba por lo que no había experimentado? ¿O sólo nos ocurre a nosotros?

- No lo sé, y no me importa —su tono era hosco—; sólo quisiera que alguien me librara de ello. —Y añadió, amistosamente y sin repugnancia—: Anna, ¿es que no te das cuenta de que hace muchísimo frío? Vas a caer enferma si no te vistes. Yo voy a salir.

Y se fue. A la par que sus pies bajaban la escalera, desaparecía con ellos la sensación de asco. Me quedé disfrutando de mi cuerpo. Hasta una arruguita de la piel de la parte interior del muslo, aquel comienzo de la vejez, me causó placer. Pensé: «Sí, es como debería ser; en la vida he sido tan feliz, que no me importará hacerme vieja». Pero mientras lo decía, aquella seguridad se me escapaba. Volví al asco. Me coloqué en el centro de la habitación, desnuda, dejando que el calor me acariciara desde las tres estufas, y aquello fue como una revelación, una de esas cosas que una siempre había sabido, sin haberlo comprendido, y es que la cordura dependía de lo siguiente: de que fuera un placer sentir la rugosidad de la alfombra en la planta de los pies, un placer la caricia del calor sobre la piel, un placer estar derecha sabiendo que los huesos se mueven con facilidad debajo de la carne. Si esto desaparece, desaparece también la fe en la vida, aunque yo no podía sentir nada parecido. Aborrecía el tacto de la alfombra como una cosa fabricada y muerta. Mi cuerpo era una especie de vegetal delgado, flaco y puntiagudo, como una planta sin sol. Al tocarme el pelo de la cabeza, me pareció muerto. Sentí que el suelo se movía debajo de mí. Las paredes iban perdiendo densidad. Supe que bajaba a una nueva dimensión, mucho más lejos de la cordura de lo que jamás había llegado. Supe que tenía que irme en seguida a la cama. No podía andar. Entonces me dejé caer de rodillas y me arrastré a la cama. Me tumbé en ella y me tapé. Pero estaba sin defensas. Echada en la cama, recordé a aquella Anna que podía soñar cuando quería, que podía controlar el tiempo, moverse con facilidad y que se sentía a sus anchas en el tenebroso mundo del sueño. Pero yo no era aquella Anna. Los trozos iluminados del techo se habían convertido en unos ojos enormes que miraban…

- Anna, querida, no hemos fracasado como nos pensamos. Hemos pasado la vida luchando para que gente un poco menos estúpida que nosotros aceptara verdades que los grandes hombres ya sabían desde siempre, cosas como que encerrar a un ser humano y aislarlo completamente le convertiría en un loco o en un animal. Ellos siempre han sabido que un pobre hombre temeroso de la policía y del casero es un esclavo. Siempre han sabido que la gente asustada es cruel; siempre han sabido que la violencia origina más violencia. Y nosotros lo sabemos. Pero ¿lo saben las grandes masas de gente que van por el mundo? No. Por eso, nuestro trabajo es decírselo, ya que los grandes hombres no quieren tomarse esa molestia. Ellos tienen la imaginación ocupada en cómo poblar Venus; en sus mentes ya están creando visiones de una sociedad llena de seres humanos libres y nobles. Mientras tanto, los seres humanos van diez mil años retrasados y son prisioneros del miedo. Los grandes hombres no quieren tomarse esa molestia. Y tienen razón. Porque saben que estamos nosotros, que somos los que empujamos la piedra; en realidad, saben que seguiremos empujando desde la parte más baja de la montaña, mientras ellos están en la cima, ya liberados. Toda la vida, tú y yo, la pasaremos gastando las energías, el talento, para conseguir que la piedra ascienda un par de centímetros más. Ellos confían en nosotros y tienen razón; y por esto a fin de cuentas no somos inútiles.

La voz fue haciéndose, más tenue…

- En primer lugar, no te ríes bastante, Anna. Lo he estado pensando. Las muchachas ríen. Las viejas ríen. Las mujeres de tu edad no ríen, estáis todas demasiado absortas con el serio asunto de vivir.

- Pero si me estaba desternillando de risa, me reía de las mujeres libres.

Le conté el argumento del cuento. Me escuchó, sonriendo con una mueca, y dijo:

- No me refería a esto, me refería a la risa de verdad.

- Lo pondré en el orden del día.

- No, no lo digas así. Escucha, Anna, si no nos creemos que las cosas que ponemos en el orden del día se van a realizar, entonces estamos perdidos. Nos salvará lo que introduzcamos seriamente en nuestros programas.

- ¿Tenemos que creer en nuestros programas?

- Tenemos que creer en nuestros hermosos e irrealizables programas.

- Bien, ¿y qué más?

- Segundo, así no puedes continuar; tienes que volver a ponerte a escribir.

- Está claro que lo haría si pudiera...

- No, Anna, con esto no es bastante. ¿Por qué no escribes ese cuento del que me acabas de hablar? No, no quiero oír todas las tonterías que normalmente me sueltas. Dime en una frase sencilla por qué no escribes. Durante mi paseo he pensado que con sólo que lo pudieras simplificar en tu mente, reducirlo a una cosa, podrías examinar bien ese problema y superarlo.

Empecé a reírme, pero él dijo:

- No, Anna, vas a enloquecer si no lo haces. En serio.

- Muy bien, pues. No puedo escribir éste u otro cuento, porque en el momento en que me siento a escribir, alguien entra en la habitación, mira por encima de mi hombro y hace que me detenga.

- ¿Quién? ¿Sabes quién es?

- Claro que sí. Tal vez un campesino chino. O uno de los guerrilleros de Fidel Castro. O un argelino, luchando en el FLN. O el señor Mathlong. Vienen al cuarto y me dicen: «¿Por qué no haces algo para nosotros, en lugar de perder el tiempo trazando garabatos?».

- Tú sabes perfectamente que esto no lo diría ninguno de ellos.

- No, pero tú sabes perfectamente lo que quiero decir. Sé que me entiendes.

Es nuestra maldición.

- Sí, ya lo sé. Pero, Anna, te voy a obligar a escribir. Toma un trozo de papel y una pluma…

Coloqué una hoja de papel en blanco sobre la mesa, cogí una pluma y esperé.

- No importa si no te sale bien. ¿Por qué eres tan arrogante? Tú empieza...

La mente se me vació como sobrecogida de pánico. Dejé la pluma. Le vi con los ojos clavados en mí, obligándome, forzándome: volví a coger la pluma.

- Te voy a dar la primera frase. Son las dos mujeres que tú eres, Anna. Escribe: «Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense».

- ¿Quieres que empiece una novela así, con «las dos mujeres estaban solas en el piso londinense»?

- ¿Por qué lo dices de ese modo? Escríbelo, Anna...

Lo escribí.

- Escribirás el libro, lo escribirás; lo terminarás.

- ¿Por qué crees que es tan importante que lo haga?

- ¡Ah! -exclamó en tono desesperado, burlándose de sí mismo-. He ahí una pregunta interesante. Bueno, pues porque si lo puedes hacer tú, también lo podré hacer yo.

- ¿Quieres que te dé la primera frase de tu novela?

- A ver...

- «En Argelia, en la árida ladera de una loma, un soldado observaba la luz de la luna brillar en su fusil

- Esto lo podría escribir yo; tú no...

- Pues escríbelo.

- Con una condición: que me des tu cuaderno.

Anna oyó el ruido amortiguado de las cubiertas de los cuadernos al cerrarse, y su voz joven, alegre y astuta, que le preguntaba:

- ¿Qué has estado tratando de hacer? ¿Enjaular la verdad? ¿La verdad y todo lo demás?

- Algo así. Pero no sale.

- Tampoco sale eso de dejar que el buitre de la mala conciencia te devore. No está nada bien.

Luego empezó a cantar una especie de canción pop:

 

    El buitre de la mala conciencia,

    Se alimenta de ti y de mí,

    No le dejes al viejo buitre que te coma,

    No le dejes comerte a ti...

 

 

  
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