FRAGMENTOS DE LIBROS: UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ  (1933)

UnaPuertaQueNuncaEncontre     (No door)

     Thomas Wolfe  (EEUU)  

    Editorial:    PERIFÉRICA 

    Traducción: Juan Sebastián Cárdenas

                          

             

 

Framentos de libros: 

 De

I

Octubre de 1931

 

... Uno de ellos, algo temeroso, dijo retrocediendo: «¡Vaya, me siento mal! ¡Id vosotros! ¿Necesito una taza de café!». Y los otros dos gruñendo como dos bestias: «¡Venga, venga! ¡Vamos maldito bastado amarillo! ¡Si no vienes con nosotros te materé!». Y juntos fueron los tres, pies veloces correteando ágilmente en la oscuridad.

Los aullidos ebrios y enloquecidos de la mujer llegaron tenues hasta mí desde la esquina, luego cesaron.

A estas alturas tu anfitrión está encantado con la crónica salvaje. De repente, se da una palmada encima de las cejas y grita: «¡Grandioso, grandioso! ¡Qué tipo más afortunado es usted, amigo! ¡Si yo estuviera en su lugar, me sentiría el hombre más feliz de la tierra!».

Miras a tu alrededor y no dices nada,

«¡Ser libre! ¡Ir por ahí y ver estas cosas!», exclama. «¡Vivir entre gente real! ¡Ver la vida tal y como es, en toda su crudeza! ¡La vida real y no esto!», dice mientras mira con hartazgo todos esos fantásticos muebles de ensueño a su alrededor. «¡Y lo mejor de todo: estar solo

Le preguntas si alguna ve ha estado solo, si sabe lo que es la soledad. Intentas contárselo, pero él afirma que lo sabe todo al respecto. Sonríe vaga, irónicamente y desdeña tu relato y a ti mismo con la experimentada tolerancia con que los sabios tratan la juventud: «¡Lo sé, lo sé!», resuella. «Pero rodos, al fin y al cabo, estamos solo, amigo, la auténtica soledad para la mayoría de nosotros se encuentra aquí», dice y se da un toquecito a la izquierda del tercer botón de la camisa, donde, supone, tiene el corazón. «¡En cambio, usted es libre, joven y de pies ligeros, con todo un mundo por explorar! ¡Usted tiene una vida envidiable! ¿Qué más puede pedir un hombre?»

En fin, ¡que se puede decir ante algo así? Por un instante, la sangre te palpita en las sienes, una respuesta agresiva se insinúa, aguda y cruel, en la punta de tu lengua y sientes que podrías contarle a ese hombre unas cuantas cosas. Podrías contarle, y con ello dejar de ser amable y delicado, que hay una infinidad, una maldita infinidad de cosas que un hombre puede pedir: buena comida y maravillosa compañía, comodidad, bienestar, seguridad, una mujer amorosa como la que está sentada a su lado ahora mismo, el final de la soledad. Pero ¿qué se puede decir ante algo así?

LonelinessPues, a fin de cuentas, tú eres lo que eres, sabes lo que sabes y no hay palabras para describir la soledad, la negra, cruel y dolorosa soledad que roe las raíces del silencio por las noches. Que yace junto a nosotros en la oscuridad mientras el río sigue su curso, nos colma con su desaforada canción secreta y con la inconmensurable desolación del cielo gris, y permanece con nosotros para siempre, callada, hasta que ya no podemos separarla de nuestra sangre, ni arrancarla de nuestro espíritu o desenredarla de nuestro seso. Su sabor es amargo, cortante y agrio en los bordes de la boca y se queda con nosotros, en nosotros, a nuestro alrededor todo el tiempo; es nuestra cárcel, nuestro esclavo y nuestro amo, todo en uno, y ya no podemos distinguir su rostro oscuro del nuestro; es alguien a quien hemos combatido, amado, odiado y finalmente aceptado, alguien a quien debemos, en definitiva, tolerar hasta la muerte…

Y, claro, ha habido tiempo de sobra, incluso en Brooklyn hay tiempo de sobra, un tiempo extraño, tiempo secreto y oscuro de sobra, demasiado tiempo oscuro hecho de un millón de rostros, siguiendo su curso como un río que pasa junto a ti durante le día, por las noches, fluyendo a tu alrededor como una corriente, adueñándose de tu vida, de todas las vidas y todas las ciudades de la tierra, hundiendo bajo su curso la tierra entera, y con ella el millón de oscuros y secretos momentos que componen tu vida, carcomiendo los costados de los barcos, inundando las dos orillas de tu alma, produciendo espuma sobre la costra acumulada por los viejos muelles en la oscuridad, deslizándose como el tiempo y el silencio por los insondables precipicios de la ciudad, asediando la ínsula rocosa de nuestras vidas con su aguas turbulentas, río alimentado con los sedimentos de la tierra, oscurecido por nuestros pecados y cargado de nuestros desperdicios, abundante, apestoso, bello e interminable como la vida, como todo lo vivo; el río, el oscuro e inmortal río, colmado de un tiempo extraño y trágico, aguas vivientes que fluyen en nosotros, por nosotros, en nosotros, hasta el mar. Oh, ha habido tiempo de sobra, tiempo de rostros oscuros de sobra, incluso en los sótanos de Brooklyn ha habido tiempo de sobras, pero cuando intentas decírselo a tu anfitrión, no puedes. Al fin y al cabo, ¿qué se puede decir al respecto?

BrooklynY es que de repente recuerdas cómo cae la trágica luz de la tarde sobre la enorme y maltrecha jungla conocida como Brooklyn, cómo cae sobre los rostros de todos los hombres con los ojos muertos y la piel gris, sebosa, y cómo incluso en Brooklyn la gente se asoma a las ventanas de poniente bajo esa triste y silenciosa luz. Y recuerdas cómo te recostaste una tarde en el sofá de tu lúgubre habitación de Brooklyn para escuchar los sonidos del día que moría y el canto agónico de los pájaros en el árbol; y recuerdas haber oído cómo se abrían dos ventanas, y dos voces, las de un hombre y una mujer, empezaban a hablar bajo aquella suave y trágica luz. Y como si se tratara del estribillo pegadizo de una vieja canción, el recuerdo de esas palabras una vez escuchadas y olvidadas en Brooklyn acude a tu memoria:

«Has estado de viaje, ¿no? », dice un voz.

«Sí, he estado de viaje. Acabo de regresar», responde la otra.

«¿De verdad? Eso creía», dice la primera. «Me pregunté: ¿estará de viaje?»

«Sí, me fui de vacaciones. Acabo de volver.»

«¿De verdad? Eso creía. Justo el otro día pensaba que llevaba un buen tiempo sin verte y entonces me dije: se habrá ido de viaje.»

Y, entonces, durante unos segundos, se forma el silencio a pesar del canto del pájaro, de las voces en la calle, que se vuelven ruidos tenues, gritos y frases entrecortadas, algo sutil y oculto en la tarde, algo lejano e inmenso, solo un murmullo en el aire.

«¿Y qué hay de nuevo?», continúa la voz entre la calma de la trágica y suave luz. «¿Ha ocurrido algo nuevo desde que me fui?»

«Bah, nada de nada», responde la otra. «Lo mismo de siempre, ya sabes», dice conteniéndose a duras penas (las insinuaciones brotando entre el dolor acumulado por dos lenguas yermas).

«Sí, lo sé», contesta la otra voz con tranquila resignación.

Luego se hace el silencio nuevamente en Brooklyn.

«Creo que el Padre Grogan murió mientas estabas fuera», empieza una de las voces.

«No me digas», replica la otra con sereno interés.

«Hum»

 Y durante un instante de espera vuelve el silencio.

«Vaya, qué pena, ¿no?», dice la voz tranquila con inquieto remordimiento.

«Sí, Murió el sábado. El vienes por la noche, cuando volvía a casa, estaba perfectamente.»

«No me digas.»

«Hum»

Y por un instante ambas voces hacen equilibrio en un silencio cada vez más pesado.

«Menuda desgracia, ¿no?»

«Hum, Lo encontraron tirado en el suelo», dice.

Y una vez más las dos voces se balacean en el silencio.

«Menuda desgracia… Supongo que yo no estaba cuando todo eso ocurrió.»

«Hum. Seguro que no estabas.»

«Sí, eso es, supongo. Aún estaba de viaje. De otro modo me hubiera enterado,. Po no estaba, claro.»

«En fin, hasta pronto chico... No vemos»

«Sí, nos vemos»

Una ventana se cierra. Y otra vez el silencio, la tarde y los sonidos remotos y las voces entrecortadas de Brooklyn; Brooklyn en la informe, incalculable y corrosiva brutalidad de la vida.

Y recuerdas cómo la vieja luz roja se apaga rápidamente en el ladrillo rojo de las viejas casas y hay voces en el aire y música que viene de no se sabe dónde.

Y recuerdas cómo nos quedamos allí tumbados, átomos ciegos en la oscuridad de nuestros pequeños cuartos, grises y mudos átomos en medio de la hormigueante desolación de la tierra.

DetalColumnaY recuerdas cómo nuestra fama se desvanece, nuestros nombres caen en el olvido, despojados de nuestros poderes como tierra saqueada mientras nos quedamos allí tumbados…

¡Por Dios, nos estamos muriendo todos en la oscuridad!... y has estado de viaje, seguro…

Has estado de viaje…

Aquel fue un momento de los tiempos oscuros, aqué fue uno de los rostros oscuros en un extraño tiempo hecho de un millón de rostros oscuros. Y éste que viene es otro.

De

III

Octubre de 1926

 

Humo de oro durante el día, y también niebla gozosa y sedante. La antigua luz amarilla y el viejo bronce jamás se resolvían en esplendor. Así era octubre aquel año en Inglaterra.

A veces, por las noches, en medio del cielo tormentoso, aparecía una luna salvaje; a veces, una soledad desnuda que parecía de otros tiempos, o el brillo familiar, tan familiar, de las estrellas que titilan sobre los hombres desde antiguo (Su innombrable y apasionado dilema entre el regocijo intenso y la desolación vacía, entre la esperanza y el terror, entre el hogar y el hambre, la tiranía bicéfala de su implacable gobierno, errando sobre la tierra para siempre jamás).

Aún brillan las estrellas, partículas familiares de la noche que iluminan el enorme manto de oscuridad con su fuego inmemorial, luz que evoca la colina del hogar, la tierra nativa de la que venimos, ese lugar desde el cual nos parecía que podríamos tocarlas con el dedo y hacer que el vagabundo sitiera que la enorme tierra y el hogar estaban cerca… Brillan las estrellas con la desolación desnuda de un vaío inconmensurable, sin puertas, sin hogar, sin tiempo…

Golden smoke

… A menudo, de noche, por obra de no sé qué magia, el rostro del cielo quedaba liberado del manto gris que lo cubría durante el día y resplandecía en su desnudez con el majestuoso fulgor de las estrellas. Otras veces, el cielo era salvaje e inclemente y se veía a la luna salvaje flotando sobre los jirones borrascosos de las nubes impulsadas por el viento.

Y mientas las viejas campanas resonaban en el aire cargado de humo, los estudiantes recorrían las calles, solo o en grupos de dos o tres, siempre con paso ligero, con aquella ansiosa prisa que anunciaba reuniones y citas inminentes o la expectativa de felicidad o de placer.

 El suave resplandor de las luces alumbraba desde las viejas ventanas de los dormitorios, y uno podía escuchar el tenue sonido de las voces, las risas, incluso algo de música a veces…

Era una vida que me resultaba tan cercana que sentía que podía tocarla con mi mano y hacerla mía en cualquier momento. Era como si hubiera vuelto a una habitación que conocía desde antaño, como si me hubiera detenido por un instante sin ninguna duda o perturbación del alma delante de la puerta, seguro de que, en cuanto lo deseara, solo tendría que hacer girar el pomo, empujar un poco y entrar en una vida que me pertenecía. (Cosa que haría con la misma naturalidad con la que un hombre se recuesta en el sofá de su casa después de un largo viaje).

NoDoorPero nunca encontré la puerta, ni hice girar el pomo ni entré en habitación alguna. Cuando llegué a ese punto, jamás pude hallar la puerta.

Estaba al alcance de la mano, sí, pero no podía tocarla; me separaba de ella una distancia que no podía recorrer, una palabra que no podía pronunciar. Bastaba un paso, un movimiento, un gesto para alcanzar la paz, la certidumbre, la alegría; y el hogar. Para siempre. El hogar que mi vida perseguía hasta la extenuación y por el cual me estaba ahogando en la oscuridad.

Nunca lo encontré. El viejo humo de oro de la mañana estaría lleno de esperanza y felicidad y de revelación, pero la tarde llegaba y los cielos grises y húmedos me aplastaban con su gigantesca y adormecedora inutilidad, con el peso y la extenuación de su tiempo intolerable. Entonces, la desolación, vacía, me llenaba las entrañas…

Fue una comida maravillosa y, al terminar, estábamos todos felices y exultantes, extraordinariamente felices y borrachos, con esa ebriedad afable, cálida y total que solo puede proporcionarte el buen vino y la cerveza dulce acompañando una comida abundante y gloriosa; un estado que reconocemos de inmediato cuando nos asalta como lo que es: uno de esos goces de la vida que no pueden ser pesados ni medidos, algo más fuerte que la filosofía, un tesoro al que no se puede poner precio, una recompensa suficiente para toda la angustia, la extenuación y la desilusión de la vida; y, por supuesto, una enseñanza muchísimo más profunda que cualquiera de la impartidas por Tomás de Aquino

 

  
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