UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA CONJURA DE LOS NECIOS (Principios 1960   1980)

LaConjuraDeLosNecios

      (A confederacy of Dunces)         

 

   John Kennedy Toole    (EEUU)  

   Editorial: Anagrama  (Panorama de narrativas)  

   Traducción: : J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez

                                                  

                     

 Fragmentos de libros 

 

38

El patrullero Mancuso bajaba despacio por la Calle Chartres ataviado con medias de malla y un jersey amarillo, atuendo que el sargento le había dicho que le permitiría detener sospechosos auténticos y de fiar, en vez de abuelos y chicos que esperaban a sus mamas. Aquel atuendo era el castigo del sargento. Le había dicho a Mancuso que a partir de entonces tendría por única misión la de detener a tipos sospechosos, que la comisaría central de policía tenía un guardarropa con disfraces que permitiría a Mancuso ser un personaje distinto cada día. El patrullero Mancuso se había puesto las medias de malla delante del sargento, que le había sacado a empujones de la comisaría y le había dicho que como no se espabilara, le expulsarían del cuerpo.

En las dos horas que llevaba recorriendo el Barrio Francés, no había capturado a nadie. Dos cosas, sin embargo, le habían dado ciertas esperanzas. Había parado a un hombre que llevaba una gorra y le había pedido un cigarrillo, y el hombre le había amenazado con hacerle detener. Luego, abordó a un joven que vestía trinchera y sombrero de señora, y el joven le había dado un bofetón y se había esfumado.

Cuando el patrullero Mancuso bajaba por la Calle Chartres acariciándose la mejilla, dolorida aún del bofetón, oyó lo que le pareció una explosión. Con la esperanza de que algún sospechoso acabara de tirar una bomba o de pegarse un tiro, dobló corriendo la esquina y entró en St. Ann y vio la gorra verde de cazador vomitando entre los escombros.

BarrioFrances 

DOS

«Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto», escribía Ignatius en una hoja de sus cuadernos Gran Jefe.

Tras el periodo en el que el mundo occidental había gozado de orden, tranquilidad, unidad y unicidad con su Dios Verdadero y su Trinidad, aparecieron vientos de cambio que presagiaban malos tiempos. Un mal viento no trae nada bueno. Los años luminosos de Abelardo, Thomas Beckett y Everyman se convirtieron en escoria; la rueda de la Fortuna había atropellado a la Humanidad, aplastándole la clavícula, destrozándole el cráneo, retorciéndole el torso, taladrándole la pelvis, afligiendo su alma. Y la Humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio.

—Esto es magnífico —se dijo Ignatius, y prosiguió escribiendo apresuradamente.

Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio «La Ilustración». El día de la plaga estaba próximo; pero de las cenizas de la humanidad no surgió ningún fénix. El campesino humilde y piadoso, Pedro Labrador, se fue a la ciudad a vender a sus hijos a los señores del Nuevo Sistema para empresas que podemos BigChiefcalificar, en el mejor de los casos, de dudosas. (Ver Reilly, Ignatius, J. Sangre en sus manos: El gran crimen, un estudio de ciertos abusos que se cometieron en la Europa del siglo XVI, monografía, dos páginas, 1950, sección de libros raros, pasillo izquierdo, tercer piso, Biblioteca en Memoria de Howard Tilton, Universidad de Tulane, Nueva Orleans 18, Lousiana.) (Nota: Envié esta monografía singular a la Biblioteca como un regalo. Sin embargo, no estoy totalmente seguro de que la hayan aceptado. Muy bien pudieron tirarla a la papelera, porque estaba escrita a lápiz en una hoja de cuaderno.) El giroscopio se había ampliado. La Gran Cadena del Sur se había roto como si fuera una serie de clips unidos por algún pobre imbécil; el nuevo destino de Pedro Labrador sería muerte, destrucción, anarquía, progreso, ambición y auto, superación. Iba a ser un destino malévolo: ahora se enfrentaba a la perversión de tener que IR A TRABAJAR.

Ignatius, desvanecida momentáneamente su visión de la historia garrapateó un nudo corredizo abajo de la página. Dibujó luego un revólver y una cajita sobre la que escribió
pulcramente CÁMARA DE GAS. Raspó de lado con el lapicero sobre el papel y tituló el resultado APOCALIPSIS. Cuando terminó de decorar la página, tiró el cuaderno al suelo entre muchos otros que había por allí esparcidos. Había sido una mañana muy productiva, pensó. Hacía semanas que no conseguía escribir tanto. Contemplando las docenas de cuadernos Gran Jefe que formaban como una alfombra de cabezales indios alrededor de la cama, Ignatius pensó presuntuosamente que en sus páginas amarillentas y en su amplio rayado se encontraban las semillas de un majestuoso estudio de historia comparada. Muy desordenado, por supuesto. Pero un día iniciaría la tarea de ordenar aquellos fragmentos de su ideología en el rompecabezas de un esquema grandioso; el rompecabezas terminado mostraría a la gente ilustrada el desastroso curso que había seguido la historia en los últimos cuatro siglos. Había producido una media de seis párrafos al mes, en los cinco años que había dedicado a aquel trabajo. Ni siquiera podía recordar lo escrito en algunos de los cuadernos, y tenía clara conciencia de que algunos estaban prácticamente llenos de garabatos. Mas, pensó plácidamente, no se construyó Roma en un día.

Ignatius alzó su camisón de franela y contempló su vientre hinchado. Solía hincharse cuando estaba tumbado en la cama por la mañana, considerando el giro desdichado que habían tomado los acontecimientos desde la Reforma. Doris Day y los autobuses Grey-hound, siempre que acudían a su pensamiento, creaban una expansión aún más rápida de su región central.
IgnatiusEscribePero desde la tentativa de detención y el accidente, había estado hinchándose casi sin motivo, la válvula pilórica se le cerraba de pronto indiscriminadamente y se le llenaba el estómago de gas atrapado, un gas que tenía personalidad y entidad y que no soportaba el confinamiento. Ignatius se preguntó si la válvula pilórica no estaría intentando decirle algo, casandrescamente. El, como medievalista, creía en la roía Fortunae, o rueda de la Fortuna, un concepto básico de De Consolatione Philo
sophiae, la obra filosófica que había sentado las bases del pensamiento medieval. Boecio, el último romano, que había escrito la Consolatione  mientras padecía una prisión injusta por orden del emperador, había dicho que una diosa ciega nos hace girar en una rueda, que nuestra suerte se presenta en ciclos. ¿Significaba acaso un mal ciclo aquella ridícula tentativa de detenerle?  ¿Giraba acaso rápidamente hacia abajo su rueda? El accidente también era un mal signo. Ignatius estaba preocupado. Pese a toda su filosofía, Boecio había sido torturado y ejecutado. Y, de repente, la válvula de Ignatius volvió a cerrarse, e Ignatius se echó sobre el costado izquierdo para presionarla y abrirla.

 —Oh, Fortuna, oh, deidad ciega y desatenta, atado estoy a tu rueda —Ignatius eructó—: No me aplastes bajo tus radios. Elévame e impúlsame hacia arriba, oh diosa.

—¿Qué andas murmurando ahí dentro, chico? —preguntó su madre al otro lado de la puerta cerrada.

—Rezo, madre, rezo —contestó, furioso, Ignatius. —El patrullero Mancuso viene hoy a vernos por lo del accidente. Será mejor que reces una plegaria por mí, cariño. —Oh, Dios mío —murmuró Ignatius.

—Creo que es maravilloso que reces, niño. No sabía qué podías hacer tanto tiempo ahí encerrado.

—¡Lárgate, por favor! —gritó Ignatius—. Me estás estropeando el éxtasis religioso.

Saltando vigorosamente de costado, Ignatius percibió que ascendía por su garganta un eructo, pero cuando abrió esperanzado la boca, sólo emitió un leve soplido. Aun así, los saltos tuvieron ciertos efectos fisiológicos. Ignatius acarició la modesta erección que apuntaba en las sábanas, la atrapó con la mano y se quedó quieto intentando decidir qué hacer. En esta posición, con el camisón rojo de franela alrededor del pecho y el vientre inmenso hundiéndose en el colchón, pensó con cierta tristeza que, tras dieciocho años con aquella afición, ésta se había convertido en sólo un acto físico mecánico y repetitivo, desprovisto de los vuelos de la imaginación y de la fantasía que había sido capaz de conjurar en otros tiempos. En una ocasión, consiguió convertirlo casi en una forma artística, practicando su afición con la habilidad y el fervor de un artista y un filósofo, un erudito y un caballero. Aún había ocultos por la habitación varios accesorios que utilizara en otros tiempos: un guante de goma, un trozo de tela de un paraguas de seda, un tarro de Noxema. El guardarlos de nuevo una vez concluido todo, había empezado ya a resultar demasiado deprimente.

Ignatius manipuló y se concentró. Al final, apareció una visión, la imagen familiar de un gran perro pastor escocés al que tenía gran cariño y que había sido suyo cuando estudiaba en el liceo. «¡Buf!» Ignatius casi oyó a Rex ladrar de nuevo. «¡Buf! ¡Buf! ¡Aaggr!» Rex parecía tan vivo. Se le cayó una oreja. Ignatius jadeó. La aparición saltó una valla y cazó un palo que alguien lanzó en medio de L colcha de Ignatius. Cuando la piel blanca y tostada se aproximó más, los ojos desorbitados de Ignatius bizquearon y se cerraron y se desplomó lánguidamente entre sus cuatro almohadas, deseando que hubiera algún pañuelo de papel en la habitación...

 

45

 

PatrulleroMancusoEl patrullero Mancuso disfrutaba subiendo con aquella moto por la Avenida St. Charles. Había cogido en la comisaría una moto grande y ruidosa, todo cromo y azul celeste, y sólo con tocar un mando podía convertirse en una especie de máquina del millón llena de luces chispeantes, parpadeantes, cegadoras, blancas y rojas. La sirena, una cacofonía de doce gatos monteses enloquecidos, bastaba para que los personajes sospechosos de un kilómetro a la redonda defecasen de pánico y corriesen a esconderse. El patrullero Mancuso sentía un amor platónicamente profundo por aquella moto.

 

Pero las fuerzas del mal engendradas por la personalidad odiosa(y aparentemente imposible de desenmascarar) de personajes sospechosos le parecían remotas aquella tarde…

71

El señor González encendió las luces de la pequeña oficina y también la estufa de gas que había junto a su escritorio. En los veinte años que llevaba trabajando para Levy Pants, siempre había sido el primero en llegar por la mañana.

 — Cuando llegué aquí esta mañana, aún no había amanecido —solía decirle al señor Levy en las raras ocasiones en que el señor Levy se veía obligado a visitar Levy Pants.

—Debe salir usted de casa demasiado temprano —comentaba el señor Levy.

—Esta mañana estuve hablando con el lechero en las escaleras de la oficina.

—Bueno, bueno, señor González, ya está bien. ¿Me consiguió el billete de avión para Chicago para ir a ver el partido entre los Bears y los Packers?

—Cuando llegaron los otros a trabajar, yo ya tenía toda la oficina caliente.

—O sea que se dedica a gastar mi gas. Aguante el frío, hombre. Es mucho más sano.

—Esta mañana, en el tiempo que pasé aquí solo, antes de que llegaran los demás, hice dos páginas del libro de contabilidad. Mire, cacé una rata, además, junto al refrigerador. Debió pensar que aún no había nadie en la oficina y le aticé con un pisapapeles.

—Quíteme de delante esa maldita rata. Este lugar ya es bastante deprimente. Coja ese teléfono y resérveme ahora mismo hotel para el Derby.

No se era muy exigente en Levy Pants. La puntualidad era motivo suficiente para el ascenso. El señor González se convirtió en jefe administrativo y pasó a controlar a los pocos y Mrs Trixiealicaídos oficinistas que quedaban a sus órdenes. Nunca lograba, en realidad, recordar los nombres de sus administrativos y mecanógrafas. A veces, parecían renovarse casi a diario, con la excepción de la señorita Trixie, la octogenaria ayudante de contabilidad que llevaba casi medio siglo copiando deficientemente números en los libros de contabilidad de Levy. Llevaba incluso puesta la visera verde de celuloide en el camino de ida y vuelta al trabajo, gesto que el señor González interpretaba como símbolo de lealtad a Levy Pants. Los domingos llevaba a veces la visera a la iglesia, confundiéndola con un sombrero. La había llevado puesta incluso en el funeral de su hermano, donde se la arrancó de la cabeza su cuñada, más alerta y algo más joven. Pero la señora Levy había dado orden de que se retuviese a la señorita Trixie, pasara lo que pasara…

87

Componían Levy Pants dos edificios fundidos en una sola y macabra unidad. La parte delantera de la fábrica era un edificio comercial de ladrillo, del siglo xix, con un tejado de mansarda que sobresalía en varias ventanas rococó de gablete, la mayoría de cuyos vidrios estaban agrietados. Dentro de esta sección, la oficina ocupaba la planta tercera, una zona de almacenaje la segunda y la zona de desecho la primera. La fábrica, a la que el señor González le gustaba llamar «el centro cerebral», estaba unida a este edificio y era una especie de cruce de granja y de hangar aeronáutico…

Dentro del centro cerebral reinaba un ritmo de actividad superior al habitual. Ignatius estaba fijando con chinchetas a una columna próxima a sus archivos un gran letrero de cartón que decía en azules letras góticas:

DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN Y REFERENCIA I. J. REILLY, CUSTODIO

Había aplazado el trabajo de archivo aquella mañana para hacer el cartel, tumbándose en el suelo con el cartón y pintura azul y consagrando más de una hora a escribir meticulosamente. La señorita Trixie había pisado el cartel durante uno de sus esporádicos paseos sin rumbo por la oficina, pero el daño se limitó a una pequeña huella de playero en una esquina del cartón. De todos modos, a Ignatius la pequeña huella le pareció ofensiva y pintó sobre ella una versión dramática y estilizada de una flor de lis.

—Qué bonito —dijo el señor González, cuando Ignatius dejó de dar martillazos—. Le da cierto tono a la oficina.

—¿Qué significa? —preguntó la señorita Trixie, plantándose bajo el cartel y examinándolo frenéticamente

 —Es sólo un cartel —dijo orgulloso Ignatius.

SDigestivoIgnatius—No entiendo todo esto —dijo la señorita Trixie—. ¿Qué es lo que pasa aquí? —se volvió a Ignatius—. Gómez, ¿quién es este individuo?

Señorita Trixie, y A conoce usted al señor Reilly. Lleva ya una semana trabajando con nosotros.

—¿Reilly? Creí que era Gloria.

—Ande, vuelva con sus cuentas —le dijo el señor González—. Tenemos que enviar esa declaración al banco antes de mediodía.

—Sí, sí, claro, tenemos que enviar esa declaración —convino la señorita Trixie, y se alejó camino del lavabo de señoras.

Señor Reilly, no quiero presionarle —dijo cautelosamente el señor González—. Pero he visto que tiene en la mesa mucho material por archivar.

—Ah, eso. Sí. Bueno, esta mañana, cuando abrí el primer cajón, apareció allí una rata de respetable tamaño que parecía estar devorando el expediente de Mercancías General Abelman. Me pareció que lo más razonable era esperar a que se saciase. No tengo deseo alguno de contraer la peste bubónica y que la responsabilidad recaiga sobre Levy Pants.

—Ha hecho usted muy bien —dijo nervioso el señor González, temblando ante la perspectiva de un accidente laboral.

—Además, mi válvula ha estado portándose mal y me ha impedido agacharme para examinar los cajones de más abajo.

—Tengo exactamente lo que usted necesita para eso —dijo el señor González, y entró en el pequeño almacén de la oficina en busca…

 

 

98

 

El hogar de los Levy se alzaba entre pinos en una pequeña elevación que dominaba las aguas grises de la Bahía de San Luis. El exterior era un ejemplo de elegancia rústica; el interior, una tentativa, coronada por el éxito, de eliminar por completo lo rústico; un claustro con temperatura constante, conectado a un aparato de aire acondicionado que funcionaba todo el año por una red de ventiladores y tuberías que llenaban silenciosamente las habitaciones con brisas del Golfo de México filtradas y reconstruidas, y exhalaba el dióxido de carbono, el humo de cigarrillos y el tedio de los Levy. La maquinaria central de la gran unidad vivificadora palpitaba en un punto indeterminado de las entrañas acústicamente embaldosadas de la casa, como un instructor de la Cruz Roja que marcase el ritmo en una clase de respiración artificial, «inspiración de aire sano, espiración de aire nocivo, inspiración de aire sano».

 

La casa era tan sensualmente confortable como lo es teóricamente el claustro materno. Todos los asientos se hundían varios centímetros al más leve contacto, la gomaespuma y la pelusa se sometían abyectamente a la menor presión. Los mechones de las alfombras de nylon acrílico cosquilleaban los tobillos de todo el que fuese tan amable como para caminar sobre ellos. Junto al bar, lo que parecía un regulador de radio permitía, con un leve giro, suavizar o intensificar las luces de toda la casa, según el humor de sus habitantes. Localizadas por toda la casa a una distancia cómoda a pie entre ellos, había sillones anatómicos, una mesa de masajes y un tablero de ejercicios cuyas numerosas secciones estimulaban el cuerpo con un movimiento suave e incitante a un tiempo. La Mansión Levy (eso decía el cartel de la carretera de la costa) era un xanadú de los sentidos. Tras sus paredes acolchadas todo era gratificante.

 

LosLevi

El señor y la señora Levy, que se consideraban mutuamente los únicos objetos no gratificantes de la casa, estaban sentados ante el televisor viendo cómo se fundían los colores en la pantalla…

 

124 

Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color, porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana. Mi exilio es voluntario, por supuesto. Es evidente, sin embargo, que muchos negros desean convertirse en miembros activos de la clase media norteamericana. La verdad es que no puedo entender por qué. He de admitir que este deseo suyo me lleva a poner en entredicho sus juicios de valor. Pero si quieren integrarse en la burguesía, no es asunto mío, en realidad. Pueden ratificar si quieren su propia condenación. Yo, personalmente, protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intentaba auparme a la clase media. Lucharía contra el individuo descarriado que intentase auparme,desde luego. La lucha tomaría la forma de manifestaciones de protesta con los carteles y pancartas tradicionales, que, en este caso, dirían: «Muera la clase IgnatiusReilllymedia», «Abajo la clase media». No me importaría tampoco lanzar uno o dos cócteles molotov. Además, evitaría meticulosamente sentarme junto a miembros de la clase media en restaurantes y en transportes públicos, manteniendo incólumes la honradez y la grandeza intrínsecas de mi ser. Si un blanco de clase media fuera lo bastante suicida como para sentarse a mi lado, imagino que le golpearía sonoramente en la cabeza y en los hombros con una manaza, arrojando, con suma destreza, uno de mis cócteles molotov a un autobús en marcha atiborrado de blancos de clase media con la otra. Aunque el asedio durase un mes o un año, estoy seguro de que al final me dejarían todos en paz, una vez evaluado el total de carnicería y de destrucción de propiedad.

 

Admiro el terror que son capaces de inspirar los negros en los corazones de algunos miembros del proletariado blanco y sólo desearía (ésta es una confesión muy personal) poseer la misma capacidad de aterrar. El que es negro aterra simplemente por serlo; yo, sin embargo, tengo que esforzarme un poco para lograr el mismo fin. Quizá debería haber sido negro. Sospecho que habría sido un negro muy grande y muy aterrador, un negro que apretase continuamente su muslo monumental contra los muslos marchitos de las viejecitas blancas en los transportes públicos y provocase más de un grito de pánico. Además, si fuera negro, mi madre no me presionaría para que encontrara un trabajo bueno, pues no habría ningún trabajo bueno a mi disposición. Y además mi madre, una vieja negra agotada, estaría demasiado abatida por años de duro trabajo como doméstica para salir a jugar a los bolos de noche. Ella y yo viviríamos muy agradablemente en alguna choza mohosa de los suburbios, en un estado de paz sin ambiciones, comprendiendo satisfechos que no se nos quería, y que luchar y esforzarse no tenía sentido.

 

Sin embargo, no quiero presenciar el asqueroso espectáculo de la ascensión de los negros al seno de la clase media. Considero este movimiento una gran ofensa a su integridad como pueblo.

 

132

—Muy bien, hombre, sí. Yo no fui a la escuela más que dos años en toa mi vida. Mi mamá andaba por ahí lavando la ropa de otra gente, nadie hablaba de escuela. Yo me pasaba el día en la calle, gastando suela. Yo gastando suela, mamá lavando, nadie aprendía nada. ¡Una mierda, sí, señó! ¿Quién busca gastasuelas para dales trabajo? Acabo consiguiéndome un trabajo remunerao con un pájaro, con una jefa que probablemente esté vendiendo marranas a los huérfanos. ¡Sí, señó, juá!

—Bueno, si las condiciones son tan malas...

jones2—¿Tan malas? ¡Vamos, hombre! Esto es la esclavitú moderna. Si lo dejo, me denuncian por vagabundo. Sí me quedo, tengo un empleo remunerao con un sueldo que ni siquiera se aproxima al salario mínimo.

—Te diré lo que puedes hacer —dijo el señor Watson confidencialmente, apoyándose en la barra y entregándole a Jones la cerveza.

El otro hombre que había en la barra se inclinó hacia ellos para escuchar; llevaba varios minutos siguiendo su conversación en silencio.

—Puedes probar a hacer un sabotaje, un sabotaje pequeño. Es la única forma de luchar contra esa clase de trampas.

—¿Pero qué quieres decí tú con eso de «sabotaje»?

—Tú sabes, hombre —cuchicheó el señor Watson—. Es como la criada mal pagada que echa demasiada pimienta en la sopa sin darse cuenta; como el empleado del aparcamiento que un día seharta ya de tanta mierda y echa un poco de aceite en el suelo y el coche patina y se va contra la valla.

—¡Juáaa! —dijo Jones—. Como el chico del supermercao que de repente se le ponen resbalosos los dedos y se le cae al suelo una docena de huevos, porque no quieren pagarle las horas extras, ¿eh?

—Ves, ya lo entendiste.

—Nosotros estamos planeando un gran sabotaje —dijo el otro hombre de la barra, rompiendo su silencio—. Tenemos una gran manifestación donde yo trabajo.

—¿Sí?  —preguntó Jones—. Y dime,  ¿dónde?

—En Levy Pants. Tenemos allá un blanquito grande que vino a la fábrica a decirnos que le gustaría mucho tira una bomba atómica y vola la empresa.

—Me parece que vosotros tenéis algo más que sabotaje —dijo Jones—. A mí me parece que vosotros tenéis una guerra.

—Hay que ser bueno, hay que respetar —dijo el señor Watson al desconocido.

El hombre rompió a reír hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Ese hombre —dijo— dice que él reza por las mulatas y las ratas de tó el mundo.

—¿Ratas? ¡Ahí va! Ustés tienen a un chiflao cien por cien.

—Es muy listo —dijo el hombre, a la defensiva—. Y además muy religioso. Se hizo allí mismo en la oficina una cruz grandota.

—¡Juáaa!

—Y dice: «Tos vosotros seríais más felices en la Edad Media. Deberíais conseguiros un cañón y flechas, tira una bomba nucular encima de este sitio.»

El hombre rompió a reír otra vez.

—No tenemos nada mejor qué hace en ésa fábrica. Siempre dice cosas interesantes cuando mueve ese gran bigote que tiene. Va a llevarnos a tos a una gran manifestación que dice que va a convertí todas las demás manifestaciones del mundo en reuniones sociales de señoras.

—Sí, pues a mí me parece que va a llevaros a tos derechitos a la cárcel —dijo Jones, cubriendo la barra con un .poco más de humo—. A mí me parece un blanco desgraciao que está como una cabra.

—Es un poco raro, sí —admitió el hombre—. Pero trabaja en aquella oficina, y el jefe de allí, el señor Gonzala, le considera un tipo muy listo. Le deja hace tó lo que quiere. Le deja incluso bajá a la fábrica cuando le da la gana. Hay mucha gente que está dispuesta a hacé la manifestación con él. Nos dijo que había conseguido permiso del propio señor Levy para hace una manifestación, nos dijo que el señor Levy quiere que nos manifestemos y nos libremos de Gonzala. Quién sabe. Quizá nos suban el sueldo. Ese señó Gonzala ya le tiene miedo.

—Y dime, hombre, ¿qué pinta tiene ese salvado blanco que os ha salió? —preguntó con interés Jones.

IgnatiusGorra—Pues es grande y gordo, y lleva una gorra de cazador que no se quita nunca.

A Jones se le desorbitaron los ojos detrás de las gafas.

—¿Tiene una gorra verde, dices? ¿Una gorra de cazado?

—Pues sí que la tiene. ¿Y tú cómo lo sabes?

—¡Juáaa! —dijo Jones—. Estáis metíos en un buen lío. Hay un policía que anda ya detrás de ese tipo. Vino una noche al Noche de Alegría y empezó a contarle a Darlene, a esa chica, no sé qué de un autobús.

—Vava, sabe usté —dijo el hombre—. Es que a nosotros también nos contó cosas de un autobús, nos contó que una vez fue en un autobús por la oscuridá de la noche...

—Es el mismito. Ya podéis anda con ojo. Anda buscándole un poli. Vosotros los pobres de coló vais a ir tos a la cárcel. ¡Juá!

—Bueno, pues tengo que preguntárselo a él —dijo el hombre—. Yo no quiero í a una manifestación dirigía por un presidiario, no, señó.

 

134

            El señor González llegó a Levy Pants temprano, como siempre. Encendió simbólicamente su pequeña estufa y un cigarrillo con filtro con la misma cerilla: dos antorchas que señalaban el principio de otra jornada de trabajo. Luego, aplicó su-ingenio a las meditaciones de primera hora de la mañana. El día anterior, el señor Reilly había añadido un nuevo detalle a la oficina: banderolas de papel riendo, malvas y grises y tostadas, se enlazaban de bombilla a bombilla cruzando el techo. La cruz y los letreros y las banderolas de la oficina recordaban al jefe administrativo los adornos de Navidad y le hacían sentirse algo sentimental. Mirando feliz al sector del señor Reilly, advirtió que las judías crecían tan lozanamente que habían empezado a enredarse ya en las manillas de los cajones del archivador. El señor González se preguntó cómo podría el archivero realizar su tarea sin molestar a aquellos tiernos brotes. Mientras cavilaba sobre este enigma oficinesco…   

           El señor González intentó reponerse, pero su tentativa se vio alterada por lo que parecía un vitoreo, un rumor que llegaba de la fábrica. Quizá, pensó, uno de los obreros ha tenido un hijo o ha ganado algo en una rifa. Con tal de que los obreros le dejaran en paz, él estaba dispuesto a concederles la misma cortesía. Para él, eran simplemente parte de la estructura física de Levy Pants, no relacionada con «el centro cerebral». No eran suyos, y no tenía por qué preocuparse por ellos; estaban bajo el control beodo del señor Palermo….

Cuatro de los obreros varones abrazaban a Ignatius por los descomunales jamones que tenía por muslos, y, con considerable esfuerzo, estaban subiéndole a una de las mesas de cortar. Sobre los hombros de sus porteadores, Ignatius aullaba instrucciones como si supervisase el cargamento de la mercancía más rara y valiosa.

—¡Arriba y a la derecha, ahí! —gritaba a los de abajo—. Arriba, arriba, cuidado. Despacio. ¿Me tiene bien cogido? —Sí —contestó uno de los porteadores.

—Da la sensación de que no. ¡Por favor! Estoy hundiéndome en un estado de angustia profunda.

Los obreros observaban con interés cómo los cargadores se tambaleaban bajo su carga…

Ignatius estaba al fin vertical sobre la larga mesa, sujetando la sábana enrollada sobre la pelvis, para ocultar a su público el hecho de que, durante el proceso de carga y descarga, se había sentido un tanto estimulado.

IgnatiusArenga—¡Amigos! —dijo grandilocuente, y alzó el brazo que no sujetaba la sábana—. Nuestro día ha llegado al fin. Espero que os hayáis acordado todos de traer vuestros ingenios de guerra.

Del grupo que rodeaba la mesa de cortar no surgió ni una confirmación ni un desmentido.

—Me refiero a los palos y cadenas y garrotes y demás.

Riéndose a coro, los obreros esgrimieron postes de vallas, palos de escoba, cadenas de bicicleta y ladrillos.

—¡Dios santo! No hay duda de que habéis reunido un temible y muy diverso armamento. La violencia de nuestro ataque quizá sobrepase mis previsiones. Sin embargo, cuanto más definitivo sea el golpe, más definitivos serán los resultados. Mi protocolaria inspección de vuestras armas confirma, en consecuencia, mi fe en el triunfo final de vuestra cruzada de hoy. Dejaremos tras nosotros una fábrica saqueada y destruida, hemos de responder al fuego con el fuego.

—¿Qué dice? —preguntó un obrero a otro.

—Arrasaremos la oficina en seguida, sorprendiendo así al enemigo cuando sus sentidos están aún envueltos en las nieblas psíquicas de primera hora de la mañana.

—Oiga, señor R, perdóneme usté —dijo un hombre—. Una persona me dijo que usté tenía problemas con un policía. ¿Es verdá eso?...

—¡Esto es lo que llevaremos con nosotros en vanguardia! —gritó Ignatius ahogando el último aplauso desparramado. Y sacó teatralmente de encima de su pelvis la sábana, abriéndola de golpe. Entre las manchas amarillas estaba escrito en letras grandes de molde, con tiza roja, ADELANTE. Bajo esto, escrito con una complicada caligrafía azul: Cruzada por la Dignidad Mora.

—Dios sabe quién habrá estado durmiendo en esa sábana vieja —dijo la mujer apasionada y aficionada a los espirituales que iba a ser la directora del coro—. ¡Señor!

Hubo más presuntos sublevados que expresaron la misma curiosidad en una terminología más explícitamente física.

—Silencio —dijo Ignatius, pateando estruendosamente en la mesa—. ¡Por favor! Dos de las mujeres más esbeltas llevarán esta enseña entre las dos cuando avancemos en manifestación hacia la oficina.

—Yo no pongo la mano en eso, no señora, ni hablar —contestó una mujer.

—¡Silencio! ¡Cállense todos! —dijo furioso Ignatius—. Empiezo a sospechar que ustedes no se merecen verdaderamente esta causa. Al parecer, no están dispuestos a hacer ninguno de los sacrificios imprescindibles.

—¿Para qué vamos a llevar esa sábana vieja? —preguntó alguien—. Yo creí que esto iba a ser una manifestación por los salarios.

—¿Sábana? ¡Qué sábana! —replicó Ignatius—. Estoy extendiendo ante vosotros la más orgullosa de todas las banderas, una identificación de nuestro objetivo, una visualización de todo lo que buscamos —los obreros estudiaron con más atención las manchas—. Si sólo deseáis irrumpir en la oficina como ganado, no habréis participado más que en un motín. Esta bandera por sí sola da forma y crédito a la sublevación. Hay cierta geometría ligada a estas cosas, cierto ritual que hay que observar. Bien, ustedes dos, señoras, ésas de allí, cojan esto entre las dos, una de cada lado, y llévenlo así con honor y orgullo, con las manos bien alzadas, etcétera.

Las dos mujeres a las que Ignatius señaló avanzaron muy despacio hacia la mesa de cortar y tomaron cautelosamente la bandera con el pulgar y el índice, sosteniéndola entre ellas como si fuera la mortaja de un leproso.

—Tiene un aspecto aún más impresionante de lo que yo suponía —dijo Ignatius.

—No me menees esa cosa delante, chica —dijo alguien a las mujeres, creando otra marejada de risas.

Ignatius puso su cámara en acción y la enfocó hacia la pancarta y los trabajadores.

—¿Querrán todos ustedes por favor alzar las piedras y los palos otra vez?

Los obreros obedecieron jovialmente. A Myrna se le atragantaría el exprés cuando viera aquello.

—Ahora con un poco más de violencia. Blandid las armas con fiereza. Haced gestos y muecas. Chillad. Quizás alguno podría dar saltos, si no es molestia.

Todos siguieron sus instrucciones con júbilo. Es decir, todos salvo las dos mujeres que sostenían hoscamente la bandera.

En la oficina, el señor González estaba observando cómo la señorita Trixie chocaba con el marco de la puerta al entrar en la oficina. Al mismo tiempo, se preguntaba qué significaría aquel nuevo y violento griterío que llegaba de la fábrica. Ignatius filmó durante un minuto o más la escena que tenía ante él. Luego, siguió por una columna, hasta el techo, para lo que consideró una especie de metáfora cinematográfica interesante y algo rebuscada que indicaba anhelos y aspiraciones. La envidia roería las almizcleñas entrañas de Myrna. En la cúspide de la columna, la cámara fijó para la posteridad varios metros cuadrados del oxidado interior del techo de la fábrica. Luego, Ignatius entregó la cámara a un obrero y pidió que le fotografiase. Mientras el obrero dirigía las lentes hacia él, Ignatius frunció el ceño y agitó un puño, divirtiendo muchísimo a los trabajadores.

—Bien, se acabó —dijo benevolente, tras recuperar la cámara de un zarpazo y cerrarla—. Controlemos de momento nuestros impulsos rebeldes y planeemos nuestras estratagemas. Primero, estas dos damas nos precederán con la bandera. Directamente detrás de la bandera irá el coro, cantando una melodía popular o religiosa adecuada. La dama encargada del coro es quien puede elegir la melodía. Como no sé nada de vuestra música popular, os dejaré a vosotros la selección, aunque ojalá hubiera habido tiempo bastante para enseñaros a todos las maravillas de un madrigal. Sugeriré tan sólo que elijáis una melodía más bien vigorosa. Los demás formarán el batallón de guerreros. Yo seguiré a todo el grupo con mi cámara, a fin de registrar este hecho memorable. En alguna fecha futura, podremos conseguir todos algunos ingresos adicionales alquilando esta película a organizaciones estudiantiles o a otras pasmosas asociaciones similares.

»Por favor, recordad esto: nuestro primer paso será pacífico v racional. Cuando entremos en la oficina, las dos damas llevarán la bandera hasta el jefe administrativo. El coro se colocará junto a la cruz. El batallón permanecerá en segundo plano hasta que sea necesario. Como vamos a tratar con el propio González, supongo que habrá que llamar en seguida al batallón. Si González no reacciona ante este espectáculo emocionante, yo gritaré: '"¡Al ataque". Esa será la señal para empuñar las armas y atacar. ¿Alguna pregunta?

Alguien dijo: «Todo esto es pura mierda», pero Ignatius ignoró la voz. Hubo un silencio feliz en la fábrica, la mayoría de los trabajadores estaban ávidos de alguna ruptura con la rutina. El señor Palermo, el capataz, apareció beodamente entre dos de los hornos un momento y desapareció luego.

—Parece ser que el plan de combate está claro —dijo Ignatius al ver que no surgían preguntas—. ¿Querrán las dos damas de la bandera, por favor, tomar posiciones allí junto a la puerta? Ahora, por favor, que se coloque el coro detrás y luego el batallón.

Los obreros formaron rápidamente, sonriendo y espoleándose unos a otros con sus ingenios de guerra.

—¡Magnífico! El coro puede empezar ya a cantar.

La dama afecta a los espirituales sopló una flauta y los integrantes del coro comenzaron a cantar vigorosamente: «Oh, Jesús, camina a mi lado/Así siempre, siempre estaré satisfecho».

—Es una canción muy conmovedora, realmente —comentó Ignatius. Luego gritó—: ¡Adelante!

La formación obedeció tan de prisa, que, antes de que Ignatius pudiera añadir nada más, ya había salido la enseña de la fábrica y subía las escaleras hacia la oficina.

—¡Alto! —gritó Ignatius—. Alguien tiene que ayudarme a bajar de la mesa.

 

Oh, Jesús, sé mi amigo

Hasta el fin, hasta el fin, sí.

Coge mi mano

Y seré dichoso

Sabiendo que Tú caminas

Oyendo mi voz.

No me quejo

Aunque llueva

Cuando estoy con Jesús.

 

—¡Alto! —gritó Ignatius frenéticamente, viendo cómo la última fila del batallón cruzaba la puerta—. ¡Volved inmediatamente aquí!

Pero la puerta se cerró. Ignatius se agachó y se colocó a cuatro patas y fue gateando hasta el borde de la mesa. Luego, girose y, tras maniobrar largo rato con sus extremidades, logró sentarse al borde. Comprobado que sus pies se columpiaban a sólo unos centímetros del suelo, decidió arriesgarse al salto. Al apartarse de la mesa y aterrizar en el suelo, deslizósele la cámara del hombro, y golpeó el cemento con un estruendo quebrado v sordo. Destripada, derramáronse por el suelo sus fílmicas entrañas. Recogióla Ignatius y accionó el pulsador destinado a ponerla en marcha, pero nada pasó.

 

Tú, Jesús, me pagas la fianza

Cuando me meten en la cárcel.

Oh, sí, Tú me das siempre

Una razón para vivir.

 

—¿Pero qué cantan esos dementes? —preguntó Ignatius a la vacía fábrica, mientras iba embutiendo metros y metros de película en el bolso.

 

Tú nunca me haces daño,

Tú nunca, nunca, nunca me abandonas.

Yo nunca peco

Y gano siempre

Ahora que tengo a Jesús.

 

Ignatius, con una estela de película desenrollada, se lanzó hacia la puerta y entró en la oficina. Las dos mujeres desplegaban estólidas la parte posterior de la manchada sábana ante el señor González, que estaba confundidísimo. Los miembros del coro, con los ojos cerrados, cantaban compulsivos, perdidos en su mundo melódico. Ignatius atravesó el batallón que remoloneaba benigno en los márgenes de la escena, hacia el escritorio del jefe administrativo.

 

La señorita Trixie le vio y preguntó:

—¿Qué pasa, Gloria?  ¿Qué hace aquí la gente de la fábrica?

—Corra ahora que puede, señorita Trixie —dijo Ignatius muy serio.

 

Oh, Jesús, Tú me das paz,

Tú alejas a la policía.

 

—No puedo oírte, Gloria —gritó la señorita Trixie, agarrándole del brazo—. ¿Esto es una comedia de negros?

—¡Vaya a colgar sus carnes flácidas en el retrete! —gritó brutal Ignatius.

La señorita Trixie desapareció.

—¿Bien? —preguntó Ignatius al señor González, resituando a las dos damas, para que el jefe administrativo pudiera ver la inscripción de la sábana.

—¿Qué significa esto? —preguntó el señor González, leyendo la pancarta.

—¿Se niega usted a ayudar a estas personas?

—¿Ayudarles? —preguntó acongojado el jefe administrativo—. ¿De qué habla usted, señor Reilly?

—Hablo de ese pecado contra la sociedad del que es usted culpable.

—¿Qué? —al señor González le temblaban los labios.

—¡Al ataque! —gritó Ignatius al batallón—. Este hombre no sabe lo que es la caridad.

—No le ha dado usted oportunidad de hablar —comentó una de las mujeres descontentas que sujetaban la sábana—. Deje usted hablar al señor González.

—¡Al ataque! ¡Al ataque! —gritó de nuevo Ignatius, con mayor furia aún, los ojos amarillos y azules relampagueando desorbitados.

Alguien dio un cadenazo más bien protocolario en los archivadores, tirando las plantas al suelo.

—¿Pero qué has hecho, desgraciado? —dijo Ignatius—. ¿Quién te mandó tirar esas plantas?

—Usted dijo «al ataque» —contestó el portador de la cadena.

—Deje eso inmediatamente —gritó Ignatius a un hombre que acuchillaba apático el letrero DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN Y REFERENCIA. — I. REILLY, CUSTODIO con un cortaplumas—. ¿Pero qué se han creído ustedes?

—Bueno, usté dijo «al ataque» —contestaron varias voces.

 

En este yermo

Me das la gracia

De tu luz

Que ilumina la larga noche.

Oh, Jesús, oye mis cuitas

Y nunca, nunca, nunca te dejaré.

 

—Basta ya de esa canción horrible —gritó Ignatius al coro—. Nunca he oído mayor blasfemia.

El coro dejó de cantar y los cantores parecieron ofenderse muchísimo.

—No entiendo lo que hace, señor Reilly —dijo el jefe administrativo a Ignatius.

—Cierre esa boquita, subnormal.

—Nosotros volvemos a la fábrica —dijo furiosa a Ignatius la portavoz del coro, la dama apasionada—. Es usté un hombre malo. Yo sí creo que hay un policía buscándole.

—Sí —confirmaron otras voces.

—Un momento, un momento —suplicó Ignatius—. Alguien tiene que atacar a González —pasó revista el batallón de guerreros—. El del ladrillo, venga aquí ahora mismo y pegúele un poco en la cabeza.

—Yo no voy a pegarle a nadie con esto —dijo el hombre del ladrillo—. Usted debe tener unos antecedentes de un kilómetro en la policía.

Las dos mujeres dejaron caer al suelo con manifiesta repugnancia la sábana y siguieron al coro, que ya empezaba a salir por la puerta.

—¿Pero dónde se van? —gritó Ignatius, la voz ahogada de saliva y furia.

Los guerreros no contestaron y empezaron a seguir al coro y a las dos portaestandartes por la puerta de la oficina. Ignatius se lanzó raudo tras los últimos guerreros y agarró por el brazo a uno, pero el guerrero se lo quitó de encima como si fuera un mosquito y dijo:

—Ya tenemos bastantes problemas sin necesidad de que nos metan en la cárcel.

—¡Vuelvan aquí! No han terminado. Pueden coger a la señorita Trixie si quieren —gritó Ignatius frenético al batallón en retirada, pero la procesión siguió silenciosa y resuelta escaleras abajo hacia la fábrica. Y cerróse por último la puerta tras el último cruzado de la dignidad mora.

 

III

El patrullero Mancuso miró el reloj. Llevaba ya ocho horas en la estación de autobuses. Era tiempo ya de entregar el disfraz en la comisaría y regresar a casa. No había detenido a nadie en todo el día y, además, parecía haber cogido un catarro. Allí hacía mucho frío y había mucha humedad. Estornudó e intentó abrir la puerta; pero no se abría. Sacudió la manilla, forcejeó en la cerradura, que parecía trabada. Tras más o menos un minuto de esfuerzos y empujones, gritó: «¡Socorro!».

 

 

IV

—¡Ignatius!  ¡Por fin lograste que te echaran! —Por favor, madre, que estoy al borde del derrumbe. Ignatius se embutió la botella de Dr. Nut bajo el bigote y bebió ruidosamente, con gorgoteos sonoros.

 —Si piensas portarte ahora como una arpía, piensa que me empujarás al abismo.

—Un trabajito de nada en una oficina y no es capaz de conservarlo. Con todos tus estudios.

mrs reilly—Me odiaban, me envidiaban —dijo Ignatius, mirando con cara compungida a las paredes oscuras de la cocina.

Luego, apartó la lengua de la boca de la botella con un zump y eructó un poco de Dr. Nut.

—En realidad, todo ha sido culpa de Myrna Minkoff. Tú ya sabes los líos que arma.

—¿Myrna Minkoff? No digas tonterías, Ignatius. Esa chica está en Nueva York. Te conozco, hijo mío. Debes haber soltado en Levy Pants alguna patochada de las tuyas.

—Mi magnificencia les turbaba.

—Dame ese periódico, Ignatius. Vamos a echar un vistazo a las ofertas de trabajo.

 —¿Es cierto lo que oigo? —atronó Ignatius—. ¿Voy a verme arrojado de nuevo al abismo? ¿Es que no tienes caridad? Necesito una semana al menos en la cama, con servicio, para recuperarme.

—Hablando de la cama, ¿qué ha sido de tu sábana, hijo mío?

—Pues no tengo ni idea. Puede que la robaran. ¡No te previne yo contra los intrusos 

—¿Quieres decir que entró alguien en casa sólo para llevarse una de tus sábanas asquerosas?...

 

 

Jones pasaba despreocupadamente una esponja por la barra. Lana Lee había salido de compras, por primera vez en mucho tiempo, cerrando la caja registradora ruidosa y previsoramente antes de irse. Después de humedecer un poco la barra, Jones volvió a echar la esponja en el cubo, se sentó en un reservado y se puso a hojear el último Life que le había dejado Darlene. Encendió un cigarrillo, pero la nube de humo hacía aún más invisible la revista. La única luz del Noche de Alegría que casi permitía la lectura era la pequeña de la caja registradora, así que Jones se acercó a la barra y la encendió. Cuando empezaba a estudiar en profundidad una escena de cóctel de un anuncio de V. O. Seagram, entró en el bar Lana Lee.

—Ya decía yo que no podía dejarle aquí solo —dijo, abriendo el bolso y sacando una caja de tizas que guardó en el armarito de debajo la barra—. ¿Qué demonios hace ahí junto a la caja? Siga limpiando.

—Ya he acabao con su suelo. Estoy convirtiéndome en especialista en suelos. Creo que la gente de coló lleva en la sangre lo de barré y limpia el polvo. Para la gente de coló es ya como come y respira. Estoy seguro de que si le das a un niñito de coló de un año una escoba empezará a barré hasta romperse el culo. ¡Sí, señó, seguro!

Jones volvió al anuncio mientras Lana cerraba de nuevo el armarito. Examinó luego los largos rastros de polvo del suelo que hacían que pareciese que Jones lo hubiera arado en vez de limpiarlo. Había tiras lineales de suelo limpio que se correspondían con surcos y tiras de polvo, como si Jones hubiese arado más que barrido. Aunque Lana no lo sabía, Jones intentaba con esto un sutil sabotaje. Tenía ciertos planes muy ambiciosos para el futuro.

—Oiga, venga. Échele un vistazo a este maldito suelo.

jonesJones miró a regañadientes a través de las gafas de sol y no vio nada.

—¿Qué pasa? El suelo está impecable. Sí, señó. En el Noche de Alegría tó es de primera calida.

—Pero, es que no ve toda esa mierda?

—Por veinte dólares a la semana, es natural que haya un poquito mierda. La mierda empieza a desaparece cuando el salario llega a los cincuenta o los sesenta dólares.

—Yo, cuando pago, quiero que se me sirva —dijo furiosa Lana.

—Escuche, ¿por qué no intenta alguna vez viví con mi salario? ¿Es que se cree que a la gente de coló le dan la comida y la ropa a un precio especial? ¿En qué piensa usté la mitad del tiempo que está ahí sentá jugando con sus monedas? ¡Juá! Donde yo vivo, ¿sabe usté cómo compra la gente los pitillos? Pues la gente no puede compra paquetes y se compra los pitillos sueltos, a dos centavos pieza. ¿Cree usté que un tipo de coló lo tiene fácil, eh? Mierda. Yo no miento. Estoy ya muy cansao de sé un vagabundo y de intenta seguí arrastrando el culo con este salario de mierda.

—¿Quién le sacó de la calle y le dio un trabajo cuando los polis estaban a punto de enchironarle por vagancia? Podría pensar en eso alguna vez cuando anda holgazaneando detrás de esas malditas gafas.

—¿Holgazaneando? Una mierda, holgazaneando. Limpiando este jodio prostíbulo. A ver si no quién barre y limpia aquí toda la mierda* que tiran al suelo sus pobres y estúpidos clientes. Lo siento por ellos, pobre gente que entra aquí pensando que se va a divertí, y resulta que les echan polvos en la bebida, agarran purgaciones con el hielo. ¡Juá! Y, hablando de soltá pasta, creo que debería usté soltá un poquito más ahora que su amigo el huérfano ha dejao de aparece por aquí. Si ya no hace caridá, podría darme un poco de la pasta que se ahorra.

Lana no dijo nada. Metió el recibo de la caja de tiza en el libro de contabilidad para poder incluirlo en la lista de deducciones que acompañaba* siempre a sus declaraciones a Hacienda…

 

231

Ignatius se sentía cada vez peor. La válvula parecía soldada; por mucho que saltase, no se abría. De las grandes bolsas de gas que tenía en el estómago salían descomunales eructos que iban abriéndose paso a través del tracto digestivo. Algunos, escapaban ruidosos. Otros, nuevos cachorrillos quedaban alojados en el pecho y producían un ardor muy intenso

La causa material de su mala salud era, estaba convencido, el consumo excesivo de Productos Paraíso. Pero había otras razones, más sutiles. Su madre se mostraba cada día más audaz y más abiertamente hostil; empezaba a resultarle imposible controlarla. Quizás hubiese ingresado en un grupo terrorista de extrema derecha y eso la hacía ser beligerante y agresiva. De hecho había realizado recientemente una caza de brujas en la cocina, haciéndole toda clase de preguntas sobre su filosofía política. Era muy raro. Su madre siempre había sido claramente apolítica, sólo votaba a candidatos que pareciesen buenos con sus madres. Había apoyado con toda firmeza a Franklin Roosevelt en cuatro elecciones, no por el New Deal, sino porque su madre, la señora Sara Roosevelt parecía bien tratada y respetada por su hijo. La señora Reilly había votado también por la señora Truman de pie ante su casa victoriana de Independence, Missouri, y no concretamente por Harry Truman. Para la señora Reilly, Nixon y Kennedy habían significado Hannah y Rose. Los candidatos sin madre la desconcertaban, y cuando en la elección no había madre, se quedaba en casa. Ignatius no podía comprender aquel torpe y repentino interés por proteger el Sistema Norteamericano frente a su hijo…

IgnatiusReilly2 

294

Mientras Dorian abría los grilletes con una llave que sacó de encima de la puerta, Ignatius dijo:

—Sabéis, los grillos y las cadenas tienen funciones en la vida moderna que jamás debieron imaginar sus febriles inventores en una época más simple y antigua. Si yo fuera un constructor de casas lujosas, instalaría por lo menos un equipo de cadenas, fijadas en las paredes de todas las nuevas casas amarillas de ladrillo tipo rancho y de todos los chalets dúplex de Cabo Cod. Cuando los residentes se cansasen de la televisión y del ping pong o de lo que hiciesen en sus casitas, podrían encadenarse unos a otros un rato. Les encantaría a todos. Las esposas dirían: «Mi marido me encadenó anoche. Fue maravilloso. ¿Te lo ha hecho a ti tu marido, últimamente?» Los niños volverían corriendo del colegio a casa, a sus madres, que estarían esperándoles para encadenarles. Esto ayudaría a los niños a cultivar la imaginación, cosa que la televisión les veta. Y habría una reducción apreciable en el índice de delincuencia juvenil. Cuando el padre volviera del trabajo, la familia unida podría agarrarle y encadenarle por ser tan imbécil como para estar trabajando todo el día para mantenerles. A los parientes viejos y revoltosos podría encadenárseles a la puerta del coche. Sólo se les soltarían las manos una vez al mes para que pudieran firmar los cheques de la seguridad social. Las cadenas y los grilletes podrían asegurar una vida mejor para todos. Tengo que conceder un espacio a esto en mis notas y apuntes…

 

327

Jones soltó una nube oscura, aviso de tormenta, y luego dijo: —Después del trabajo que he hecho por menos del salario mínimo, me merezco unas vacaciones pagas. Sí, señó. ¿Dónde Darlenevoy a encontrá otro trabajo? Ya hay demasiaos tipos de coló arrastrando el culo por la calle. Sí, señó. ¡Juá! Es muy difícil conseguí un trabajo remunerao. Yo no soy el único tipo que tiene ese problema. Esa Darlene lo va a teñe muy difícil, le va a costa mucho encontrá trabajo para ella y para esa águila bailarina. La gente no olvidará lo que pasó la primera vez que metió el culo en un escenario y le echarán agua a la cara si va a pedí trabajo. ¿Comprendes? Usas a un tipo como ese gordo desgraciao pa hace sabotaje y resulta que luego hay mucha gente inocente como Darlene que acaba jodia. Como decía siempre la señorita Lee, aquel gordo chiflao es capaz de arruina la inversión de tós. Darlene y su águila voladora probablemente deben está mirándose ahora y diciendo: «¡Juá! Qué fracaso de noche de estreno!» ¡Sí, señó! ¡Vaya noche de estreno! Siento muchísimo que el sabotaje perjudicara a Darlene, pero cuando vi a aquel gordo desgraciao, no pude remedíalo. Sabía que organizaría una explosión en el Noche de Alegría. Sí, señó. Y explotó de verdá. ¡Sí, señó!

—Suerte tuviste de que los policías no te detuvieran también a ti por trabajar en aquel bar.

—Aquel patrullero Mancuso dijo que agradecía que le hubiese enseñado el armarito. Dijo: «Nosotros los policías necesitamos gente como usté, que nos ayude.» Me dice: «Gente como usté es la que rne ayuda a mí a hace mi trabajo.» Y yo voy y le digo: «¡Juáaa! No se olvide de decile a su amigo de la comisaría que no empiecen a perseguime por vagabundo.» Y va él y me dice: «Pues sí, claro que sí que lo haré. En comisaría sabrán tos lo que has hecho, sí, hombre». Ahora ellos los policías me aprecian. ¡Sí, señó! A lo mejó hasta me dan una especie de premio. ¿Por qué no?

Jones dirigió una bocanada de humo hasta la cabeza tostada del señor Watson.

—Y aquella cabrona de la Lee que tenía una foto suya metía en aquel armarito. El patrullero Mancuso se quedó mirando las fotos y casi se le caen los ojos al suelo. Decía: «¡Juáaa! ¡Eh! ¡Ahí va!», decía: «Muchacho, ahora sí que lo he conseguío, ahora sí que me ascenderán.» Y yo me dije entonces: «Bueno, pué que algunos asciendan. Y que otros vuelvan otra vez de vagabundos. Después de esta noche, algunos no van a teñe ya su empleo remunerao por debajo del salario mínimo. Algunos van a teñe que arrastra el culo otra vez por ahí por la ciudá. Y otros se pondrán aire acondicionao y televisión en coló.» Mierda. Primero soy barredó especializao y ahora soy vagabundo.

—Las cosas siempre pueden ponerse todavía peor.

—Sí. Dices bien, amigo. Tú tienes tu negocito, tienes tu hijo que está enseñando en la escuela y que debe teñe su aire acondicionao y su Buick y su televisión en coló. ¡Juá! Yo ni siquiera tengo un transiste. Él salario del Noche de Alegría mantenía a la gente por debajo del nivel del acondicionado de aire —Jones formó una nube filosófica—. Pero tú tienes razón en parte, Watson. Las cosas pueden empeora todavía má. Yo podría sé, por ejemplo, aquel gordo desgraciao. ¡Puaf! A un tipo así, pué pasarle cualquier cosa. ¡Sí, señó!


LaConjura

 

—Me temo que Ignatius está metido en un lío que es mucho peor que una simple foto en el periódico —cuchicheó la señora Reilly—. No puedo hablar por teléfono. Tenías toda la razón, Santa. Hay que meter a Ignatius en el Hospital de Caridad.

—Vaya, por fin. Te lo he estado diciendo hasta quedarme ronca. Claude llamó hace un momento. Dice que Ignatius hizo una gran escena en el hospital cuando se encontraron. Dice que Ignatius le da miedo, que es muy grande.

—Qué horror, mujer. Lo del hospital fue horroroso. Ya te expliqué que Ignatius se puso a chillar. Con todas las enfermeras allí y los enfermos. Yo me moría de vergüenza. Claude no está muy enfadado, ¿verdad?

—No está enfadado, no, pero no le gusta que estés sola en esa casa. Me pregunto si no sería mejor que fuésemos él y yo ahí a estar contigo.

—No lo hagáis, mujer, no —se apresuró a decir la señora Reilly.

—¿Pero en qué lío se ha metido Ignatius ahora?

—Ya te contaré luego. Ahora sólo puedo decirte que he estado todo el día pensando en lo del Hospital de Caridad y que por fin he tomado una decisión. Ahora es el momento. Es mi hijo, pero tenemos que hacer que le traten, por su propio bien —la señora Reilly intentó recordar la frase que se utilizaba siempre en los dramas con juicio de la tele—: Tenemos que conseguir declararle temporalmente loco.

—¿Temporalmente? —refunfuñó Santa.

—Tenemos que ayudarle antes de que se lo lleven.

—¿Pero quién va a llevárselo?

—Al parecer, hizo una patochada cuando trabajaba en Levy Pants.

—¡Oh, Señor! No esperes más. ¡Irene! Cuelga y llama a esa gente del Hospital de Caridad ahora mismo, querida.

—No, escucha. No quiero estar aquí cuando vengan.  En fin, Ignatius es muy grandote. Podría armar un lío. Yo no podría soportarlo. Ya tengo los nervios bastante destrozados.

—Grandote sí que es, sí. Sería como capturar a un elefante salvaje. Esa gente haría mejor llevando una red bien grande —dijo ávidamente Santa—. Irene, es la mejor decisión que podías haber tomado. Te diré algo. Voy a llamar ahora mismo al Hospital de Caridad. Tú vente a casa. Le diré a Claude que venga también. Estoy segura de que se alegrará. ¡Puf! En una semana, estarás enviando las invitaciones de boda. Y antes de que termine el año, vas a tener propiedades, ya verás, querida. Y tendrás una pensión del ferrocarril.

Todo esto le sonaba muy bien a la señora Reilly, pero aun así, preguntó, un tanto vacilante:

—¿Y de los comunistas qué?

—Tú no te preocupes por eso, mujer. Ya nos libraremos de ellos. Claude estará muy ocupado preparando la casa. Le dará mucho trabajo convertir la habitación de Ignatius en un cuartito decente.

Santa rompió en un jocoso repiqueteo de barítono.

—La señorita Annie se morirá de envidia cuando vea la casa arreglada. Lo que tienes que decirle es esto, mujer: «Salga usted también por ahí y muévase un poco. Verá cómo también le arreglan la casa —Santa soltó una risotada—. Bueno, chica, cuelga el teléfono y vente para acá. Ahora mismo llamaré al Hospital de Caridad. ¡Sal inmediatamente de esa casa!

Santa colgó violentamente el teléfono en el oído de la señora Reilly.

La señora Reilly miró por las persianas de la fachada. Ya estaba oscuro, y eso era bueno. Los vecinos no verían gran cosa si se llevaban a Ignatius durante la noche. Entró corriendo en el baño y se empolvó la cara y la parte delantera del vestido, dibujó una versión surrealista de boca bajo la nariz y entró en el dormitorio a buscar un abrigo. Cuando llegó a la puerta de la calle, se detuvo. No podía despedirse así de Ignatius. Era su hijo.

Se acercó a la puerta del dormitorio y escuchó los vibrantes muelles del colchón que alcanzaban un crescendo en aquel instante, camino de un final digno de En la mansión del Rey de la Montaña de Grieg. Llamó, pero no hubo respuesta.

Ignatius —dijo con tristeza.

—¿Qué quieres? —contestó al fin una voz ahogada.

—Me voy, Ignatius. Quería decirte adiós…

...

 

 

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