UN BUEN LIBRO PARA LEER:  EL MAESTRO Y MARGARITA  (1967)

ElMaestroYMargarita

               

 

   Mijaíl Bulgákov     (URSS -Ucrania-)  

   Editorial: ALIANZA EDITORIAL  

  

             

                     

 

Fragmentos de libros 

 

    De      2   Poncio Pilatos.

Poncio

Una convulsión desfiguró la cara del procurador. Dijo en voz baja:

—Que traigan al acusado.

Dos legionarios condujeron de la glorieta del jardín al balcón y colocaron ante el procurador a un hombre de unos veintisiete años. El hombre vestía una túnica vieja y rota, azul pálida. Le cubría la cabeza una banda blanca, sujeta por un trozo de cuero que le atravesaba la frente. Llevaba las manos atadas a la espalda. Bajo el ojo izquierdo el hombre tenía una gran moradura, y junto a la boca un arañazo con la sangre ya seca. Miraba al procurador con inquieta curiosidad.

Éste permaneció callado un instante y luego dijo en arameo:

— ¿Tú has incitado al pueblo a que destruya el templo de Jershalaím?

El procurador parecía de piedra, y al hablar apenas se movían sus labios. El procurador estaba como de piedra, porque temía hacer algún movimiento con la cabeza, que le ardía produciéndole un dolor infernal.

El hombre de las manos atadas dio un paso adelante y empezó a hablar:

— ¡Buen hombre! Créeme...

El procurador le interrumpió, sin moverse y sin levantar la voz:

— ¿Me llamas a mí buen hombre? Te equivocas. En todo Jershalaím se dice que soy un monstruo espantoso y es la pura verdad —y añadió con voz monótona—: Que venga el centurión Matarratas.

El balcón pareció oscurecerse de repente cuando se presentó ante el procurador el centurión de la primera centuria Marco, apodado Matarratas. Matarratas medía una cabeza más que el soldado más alto de la legión, y era tan ancho de hombros que tapaba por completo el sol todavía bajo.

El procurador se dirigió al centurión en latín:

—El reo me ha llamado «buen hombre». Llévatelo de aquí un momento y explícale cómo hay que hablar conmigo. Pero sin mutilarle.

 Y todos, excepto el procurador, siguieron con la mirada a Marco Matarratas, que hizo al arrestado una seña con la mano para indicarle que le siguiera. A Matarratas, siempre que aparecía, le seguían todos con la mirada por su estatura, y también los que le veían por primera vez, porque su cara estaba desfigurada: el golpe de una maza germana le había roto la nariz.

Sonaron las botas pesadas de Marco en el mosaico, el hombre atado le siguió sin hacer ruido; en la columnata se hizo el silencio, y se oía el arrullo de las palomas en la glorieta del jardín y la canción complicada y agradable del agua de la fuente.

El procurador hubiera querido levantarse, poner la sien bajo el chorro y permanecer así un buen rato. Pero sabía que tampoco eso le serviría de nada.

Después de conducir al detenido al jardín, fuera de la columnata, Matarratas cogió el látigo de un legionario que estaba al pie de una estatua de bronce y le dio un golpe al arrestado en los hombros. El movimiento del centurión pareció ligero e indolente, pero el hombre atado se derrumbó al suelo como si le hubieran cortado las piernas; pareció ahogarse con el aire, su rostro perdió el color y los ojos la expresión.

Marco, con la mano izquierda, levantó sin esfuerzo, como si se tratara de un saco vacío, al que acababa de caer; lo puso en pie y habló con voz gangosa, articulando con esfuerzo las palabras arameas:

—Al procurador romano se le llama hegémono. Otras palabras no se dicen. Se está firme. ¿Me has comprendido o te pego otra vez?

El detenido se tambaleó, pero pudo dominarse, le volvió el color, recobró la respiración y respondió con voz ronca:

—Te he comprendido. No me pegues.

En seguida volvió ante el procurador.

Se oyó una voz apagada y enferma:

—¿Nombre?

—¿El mío? —preguntó de prisa el detenido, descubriendo con su expresión que estaba dispuesto a contestar sin provocar la ira.

El procurador dijo por lo bajo:

—Sé mi nombre. No quieras hacerte más tonto de lo que eres. El tuyo.

Joshuá —respondió el arrestado rápidamente.

— ¿Tienes apodo?

Ga-Nozri.

 IvanNikol

De      11   La doble personalidad de Iván

 

El bosque del otro lado del río, que una hora antes estuviera iluminado por el sol de mayo, era ahora una masa turbia y borrosa, medio disuelta.

Detrás de la ventana había una pared de agua, el cielo se encendía a cada momento con hilos luminosos y la habitación del enfermo se llenaba de luz centelleante, empavorecedora.

 Iván, sollozando, miraba al río lleno de burbujas. Gemía a cada trueno y se tapaba la cara con las manos. Las hojas que había escrito estaban tiradas en desorden por el suelo, las había dispersado el golpe de viento que invadiera la habitación antes de la tormenta.

La tentativa de redactar un informe sobre el endemoniado consejero había sido un fracaso. Cuando aquella gordezuela enfermera, que se llamaba Prascovia Fedorovna, le entregó lápiz y papel, Iván se frotó las manos con aire muy resuelto y se apresuró a instalarse junto a la mesilla de noche. Las primeras líneas le salieron con bastante facilidad.

«A las milicias. Iván Nikoláyevich Desamparado, miembro de MASSOLIT, declara que ayer tarde, cuando llegó con el difunto Berlioz a “Los Estanques del Patriarca”»...

Y el poeta se encontró indeciso de repente, sobre todo ante el término «difunto». Desde que empezara a escribir tuvo la sensación de que aquello resultaba un poco absurdo. ¿Cómo iba a ser eso posible: llegó con el difunto? Los muertos no andan. Sí, evidentemente le podían tomar por loco.

Iván Nikoláyevich se puso a corregir lo escrito: «... con M. A. Berlioz, más tarde difunto...». Esto tampoco satisfizo al autor. Intentó una tercera redacción, que resultó mucho peor que las dos primeras:«... con Berlioz, que fue atropellado por un tranvía...». Además, la complicación era mayor, porque el compositor también se llamaba así y al otro parecía no conocerle nadie; tuvo que añadir: «No el compositor».

El problema de los dos Berlioz le dejó agotado. Tachó todo lo escrito y decidió empezar con algo fuerte que llamara de entrada la atención del lector; escribió que el gato había subido al tranvía y luego volvió a la escena de la cabeza cortada. Aquello y las profecías del consejero le trajeron a la memoria a Poncio Pilatos y, para que el documento resultara más convincente, decidió incluir todo el relato sobre el procurador, empezando por su aparición en la columnata del Palacio de Herodes con un manto blanco forrado de rojo sangre.

Iván trabajaba con auténtica dedicación, tachaba lo escrito, incluía palabras nuevas; incluso trató de dibujar a Poncio Pilatos y al gato, caminando este último sobre sus patas traseras. Pero los dibujos no servían para nada, y cuanto más se esforzaba el poeta, más confuso e incomprensible resultaba el informe.

Se divisó a lo lejos una horrible nube con bordes de humo que se aproximaba hasta cubrir el bosque, y empezó a soplar el viento. Iván sintió que se había quedado sin fuerzas, incapaz de hacer el informe, y se echó a llorar amargamente...

 

De      16 La ejecución.

LaEjecucion

El sol descendía sobre el monte Calvario, que estaba cerrado por un doble cerco.

El ala de caballería que había cortado el camino al procurador cerca del mediodía, salió al trote hacia la Puerta de Hebrón. El camino ya estaba preparado. Los soldados de infantería de la cohorte de Capadocia empujaron hacia los lados a la muchedumbre, mulas y camellos, y el ala, levantando remolinos blancos de polvo, que llegaban hasta el cielo, trotó hasta el cruce de dos caminos: el del sur, que conducía a Bethphage, y el del noroeste, que llevaba a Jaffa. El ala siguió cabalgando por el camino del noroeste. Después de haber desviado las caravanas que se precipitaban a Jershalaím para la fiesta, los mismos soldados de Capadocia se habían dispersado por los bordes del camino. Detrás de los capadocios se agrupaban los peregrinos que habían abandonado sus provisionales tiendas de campaña a rayas, instaladas directamente en la hierba. El ala recorrió cerca de un kilómetro, adelantó a la segunda cohorte de la legión Fulminante y, después de otro kilómetro de marcha, se acercó a la primera, que se hallaba al pie del monte Calvario. Aquí se bajaron de los caballos. El comandante dividió el ala en pelotones que rodearon toda la falda del pequeño monte, dejando libre sólo una subida, la del camino de Jaffa.

Al poco rato se acercó al monte la segunda cohorte y formó un segundo círculo.

Por fin llegó la centuria dirigida por Marco Matarratas. Avanzaba por el camino formando dos largas cadenas, y, entre las cuales, bajo la escolta de la guardia secreta, iban en carro los tres condenados, cada uno con una tabla blanca en el cuello, donde se leía «bandido y rebelde» en dos idiomas, arameo y griego.

El carro de los condenados iba seguido por otros, cargados con tablones recién cepillados, con travesaños, cuerdas, palas, cubos y hachas. En estos carros iban seis verdugos. Les seguían, montados a caballo, el centurión Marco, el jefe de la guardia del templo de Jershalaím y ese mismo hombre de capuchón con el que Pilatos había tenido una entrevista muy breve en la habitación ensombrecida del palacio.

Cerraba la procesión una cadena de soldados seguida por unos dos mil curiosos que no se habían asustado del calor agobiante, que deseaban presenciar el interesante espectáculo. A los curiosos de la ciudad se habían unido los curiosos peregrinos, a los que dejaban colocarse en la cola de la procesión libremente. La procesión empezó a ascender al monte Calvario, acompañada por los gritos agudos de los heraldos, que seguían la columna y repetían lo que Pilatos proclamara cerca del mediodía.

PerdonalosEl ala de caballería dejó pasar a todos, pero la segunda centuria sólo a los que tenían relación directa con la ejecución, y luego, con rápidas maniobras, dispersó alrededor del monte a toda la muchedumbre de tal manera, que ésta se encontró entre el cerco de infantería, arriba, y el de la caballería abajo. Ahora podía ver la ejecución a través de la cadena suelta de los soldados de infantería.

Habían pasado tres horas desde que la procesión iniciara la marcha hacia el monte, y el sol descendía ya sobre el Calvario, pero el calor todavía era insoportable, y los soldados de ambos cercos sufrían del bochorno, se aburrían y maldecían con el alma a los tres condenados, deseándoles sinceramente una muerte rápida.

El pequeño comandante del ala de caballería, que se encontraba al pie del monte, junto al único paso abierto de subida, con la frente mojada y la espalda de la camisa oscurecida por el sudor, no hacía más que acercarse a un cubo de cuero, coger agua con las manos, beber y mojarse el turbante. Después sentía cierto alivio, se apartaba y empezaba a recorrer de arriba abajo el camino polvoriento que conducía a la cumbre. Su larga espada golpeaba el trenzado de cuero de sus botas. El comandante quería dar a sus soldados ejemplo de resistencia, pero sentía pena de ellos y les permitió que, con sus lanzas hincadas en tierra, formaran pirámides y las cubrieran con sus capas blancas. Los sirios se escondían bajo estas improvisadas cabañas del implacable sol. Los cubos se vaciaban uno tras otro, y los soldados de distintos pelotones se turnaban para ir por agua a un despeñadero al pie del monte donde, a la escasa sombra de unos escuálidos morales, acababa sus días en medio de aquel calor infernal un turbio riachuelo. Allí mismo, siguiendo el movimiento de la sombra, se aburrían los palafreneros, sujetando a los cansados caballos.

El agobio de los soldados y las maldiciones que dirigían a los condenados eran comprensibles. Afortunadamente, no se habían confirmado los temores del procurador de que en su odiado Jershalaím se organizaran disturbios durante la ejecución, y, cuando llegó la cuarta hora del suplicio, entre la cadena superior de infantería y la inferior, de caballería, contra todo lo supuesto no quedaba nadie. El sol, quemando a la muchedumbre, la había arrojado a Jershalaím. Detrás de las dos cadenas de las centurias romanas sólo quedaban dos perros, que no se sabía a quién pertenecían ni a qué se debía su aparición en el monte. Pero también a ellos les venció el calor y se tumbaron con la lengua fuera, sin hacer ningún caso de las lagartijas verdes, únicos seres que, sin temor al sol, corrían entre las piedras caldeadas y las plantas trepadoras con grandes pinchos.

 Nadie intentó llevarse a los condenados ni en Jershalaím, invadido por las tropas, ni allí, en el monte cercado; y la gente volvió a la ciudad, porque en la ejecución no había habido nada interesante. Mientras tanto, en la ciudad seguían los preparativos para la gran fiesta de Pascua, que empezaba aquella misma tarde.

La infantería romana lo estaba pasando peor aún que los soldados de caballería. El centurión Matarratas sólo permitió a sus soldados quitarse los yelmos y cubrirse la cabeza con bandas blancas mojadas en agua, pero les obligaba a permanecer de pie, con las lanzas en mano. Él mismo, con una banda seca en la cabeza, se movía junto al grupo de verdugos sin quitarse el peto con cabezas doradas de león, las espinilleras, la espada y el cuchillo. El sol caía sobre el centurión sin hacerle ningún daño, y no se podía mirar a las cabezas de león que hervían al sol y quemaban los ojos con su reflejo.

El rostro desfigurado de Matarratas no expresaba cansancio ni descontento, y daba la impresión que el centurión gigante era capaz de seguir caminando durante todo el día, la noche y el día siguiente, todo el tiempo que fuera necesario. Seguía andando de la misma manera, con las manos en el pesado cinturón con chapas de cobre, dirigiendo severas miradas a los postes de los ejecutados o a los soldados en cadena, dando patadas con la misma indiferencia, con su calzado de cuero, a los huesos humanos blanqueados por el tiempo y a los pequeños sílices que encontraba a su paso.

El hombre del capuchón se había situado cerca de los maderos, en una banqueta de tres patas, permanecía inmóvil, apacible, aunque de vez en cuando revolvía aburrido la arena con una ramita…

Quien subía por el monte cuando transcurría la quinta hora del suplicio de los condenados, era el comandante de la cohorte que había llegado de Jershalaím, acompañado por un asistente. Obedeciendo a una indicación de Matarratas, la cadena de soldados se abrió y el centurión saludó al tribuno. Éste se apartó con Matarratas y le dijo algo en voz baja. El centurión saludó de nuevo y se dirigió hacia el grupo de verdugos, que estaban sentados en unas piedras junto a los maderos. Mientras tanto, el tribuno dirigió sus pasos hacia el que estaba sentado en un banco de tres patas; el hombre se incorporó y amablemente salió al encuentro del tribuno; también a éste le dijo algo en voz baja y se dirigieron hacia los maderos. Se unió a ellos el jefe de la guardia del templo.

Matarratas miró con asco el montón de trapos sucios que yacían en tierra, junto a los postes, trapos que habían sido la ropa de los condenados y que los verdugos se negaron a coger. Llamó a dos de ellos y les ordenó:

—¡Seguidme!

CrucesDel madero más próximo llegaba una canción ronca y sin sentido. Agotado por el sol y las moscas, Gestás se había vuelto loco cuando corría la tercera hora de la ejecución, y ahora cantaba por lo bajo una canción sobre la uva. De cuando en cuando movía la cabeza cubierta con un turbante; entonces las moscas se levantaban y luego volvían a posarse.

En el segundo madero, Dismás sufría más que los otros dos, porque no perdía el conocimiento; movía la cabeza con un ritmo fijo, ya a la izquierda, ya a la derecha, tocándose el hombro con la oreja.

El más feliz era Joshuá. Durante la primera hora habían empezado a darle desmayos, luego perdió el conocimiento y dejó caer la cabeza con el turbante deshecho. Las moscas y los tábanos le habían cubierto de tal manera que su cara había desaparecido bajo una masa viva. Tábanos grasientos chupaban su cuerpo desnudo y amarillo, posándose en las ingles, el vientre y las axilas…

Luego se callaba, bajaba la cabeza y, después de beber agua templada de una calabaza, parecía revivir. Agarraba el cuchillo escondido en el pecho bajo el taled o un trozo de pergamino, que tenía enfrente en una piedra, con un frasco de tinta y un palito.

En el pergamino había ya varias cosas escritas.

«Corren los minutos y yo, Leví Mateo, estoy en el Calvario, ¡pero la muerte no llega!»

Y después:

«Desciende el sol, pero la muerte no llega.»

Ahora Leví Mateo apuntó, desesperado, con el palito:

«¡Dios! ¿Por qué te enojas con él? Mándale la muerte.»

Al escribirlo, sollozó sin lágrimas y de nuevo se arañó el pecho con las uñas.

Leví estaba desesperado a causa de la trágica mala suerte que habían tenido Joshuá y él, y además, por la grave equivocación que había cometido Leví, según él mismo pensaba. Anteayer Joshuá y Leví se hallaban en Bethphage, cerca de Jershalaím, donde habían sido invitados por un hortelano al que gustaron sobremanera las predicaciones de Joshuá. Los dos huéspedes habían estado trabajando toda la mañana en la huerta para ayudar al dueño y pensaban marchar a Jershalaím hacia la noche, cuando refrescara. Pero Joshuá tenía prisa, explicó que le esperaba un asunto inaplazable en Jershalaím y marchó solo, hacia el mediodía. Ésta fue la primera equivocación que cometió Leví Mateo. ¿Por qué? ¿Por qué le había dejado marchar solo?...

 

De          17 Un día agitado.

A las diez y pico irrumpió en el Varietés madame Rimski. Sollozaba, se retorcía las manos. Vasili Stepánovich, apuradísimo, no sabía qué aconsejarle. A las diez y medía aparecieron las milicias. Y la primera pregunta —muy razonable fue:

—¿Qué ocurre, ciudadanos? ¿Qué ha pasado?

El grupo se apartó, dejando a Vasili Stepánovich, pálido y nervioso, frente a los milicianos. Se vio obligado a contar francamente lo ocurrido, es decir, que el consejo de administración del Varietés, representado por el director general, el director de finanzas y el administrador había desaparecido en pleno y no se sabía dónde estaba, que el presentador del programa había sido llevado a un manicomio después de la sesión de noche del día anterior, y que, en resumen, la sesión había sido un verdadero escándalo.

A la esposa de Rimski, que seguía sollozando, procuraron calmarla en lo posible y la mandaron a casa. Les interesó mucho lo que contaba la mujer de la limpieza del estado en el que encontró el despacho de Rimski.

...

Tenía la barbilla manchada de rojo de labios, y de las pestañas salían ríos de pintura negra que corrían por sus mejillas de melocotón.

Al ver que alguien entraba, Ana Richárdovna se levantó bruscamente, se lanzó hacia el contable, le agarró por las solapas de la chaqueta y empezó a sacudirle, gritando:

—¡Gracias a Dios! ¡Por fin, uno que es valiente! ¡Todos han escapado, todos me han traicionado! Vamos, vamos a verle, que no sé qué hacer —y arrastró al contable hasta el despacho sin dejar de sollozar.

Una vez dentro del despacho, el contable empezó por perder la cartera y en la cabeza se le embarullaron todas las ideas. Hay que reconocer que era muy natural, que había motivos para ello.

Detrás de una mesa enorme, sobre la que se veía un voluminoso tintero, estaba sentado un traje vacío, escribiendo en un papel con una pluma que no mojaba en tinta. Llevaba corbata y del bolsillo del traje asomaba una pluma estilográfica, pero de la camisa no emergía ni cabeza ni cuello, ni asomaban las manos por las mangas. El traje estaba concentrado en el trabajo y parecía no darse cuenta del barullo que le rodeaba. Al oír que alguien entraba, el traje se apoyó en el respaldo del sillón y por encima del cuello sonó la voz de Prójor Petróvich que tan bien conocía el contable:

—¿Qué sucede? ¿No ha visto el cartel de la puerta? No recibo a nadie.

 

De          18   Visitas desafortunadas.

    Mientras el diligente contable corría en un taxi para llegar al despacho del traje que escribía, del convoy número 9, de primera clase, del tren de Kíev que acababa de llegar a Moscú, descendía un pasajero de aspecto respetable, con un maletín de fibra en la mano. Era Maximiliano Andréyevich Poplavski, economista de planificación, residente en Kíev, en la calle que antiguamente se llamaba Calle del Instituto. Era el tío del difunto Berlioz, que se había trasladado a Moscú porque la noche anterior había recibido un telegrama en los siguientes términos:

     «Me acaba atropellar tranvía estanques del patriarca entierro viernes tres tarde no faltes Berlioz

Maximiliano Andréyevich estaba considerado como uno de los hombres más inteligentes de Kíev. La consideración era muy justa. Pero un telegrama así podría desconcertar a cualquiera, por muy inteligente que fuera. Si un hombre telegrafía diciendo que le ha atropellado un tranvía, quiere decir que está vivo. Entonces, ¿a qué viene el entierro? O está muy mal y siente que su muerte está próxima. Es posible, pero tanta precisión es muy extraña: ¿cómo sabe que le van a enterrar el viernes a las tres de la tarde? Desde luego, el telegrama era muy raro.

Pero las personas inteligentes son inteligentes precisamente para resolver problemas difíciles. Era muy sencillo. La palabra «me» pertenecía a otro telegrama, sin duda alguna debería decir «a Berlioz», que es por error la palabra que figura al final. Con esta corrección el telegrama tenía sentido, aunque, naturalmente, un sentido trágico…

 

De      22   A la luz de las velas.

     

Koroviev—No, no —contestó Margarita—, lo que más sorprende es cómo han hecho para meter todo esto —hizo un gesto con la mano, indicando la amplitud del salón.

Koróviev sonrió con cierta dulzura y unas sombras se movieron en las arrugas de su nariz.

—¿Esto? ¡Sencillísimo! —contestó—. Quien conozca bien la quinta dimensión puede ampliar cualquier local todo lo que quiera y sin ningún esfuerzo, y además, le diré, estimada señora, que hasta unos límites incalculables. Yo, personalmente —siguió Koróviev—, he conocido a gente que no tenía ni la menor idea sobre la quinta dimensión, ni sobre nada, y que hacía verdaderos milagros en eso de agrandar sus viviendas. Por ejemplo, me han hablado de un ciudadano que recibió un piso de tres habitaciones y, sin conocer la quinta dimensión ni demás trucos, la convirtió en un piso de cuatro, dividiendo con un tabique una de las habitaciones. Después cambió este piso por dos separados en distintos barrios de Moscú: uno de tres y otro de dos habitaciones. Convendrá usted conmigo en que ya eran cinco habitaciones. Uno de ellos lo cambió por dos pisos de dos y, como fácilmente comprenderá, se hizo dueño de seis habitaciones, aunque completamente dispersas en Moscú. Cuando se disponía a efectuar el último canje, y el más brillante, insertando un anuncio para cambiar seis habitaciones en distintos barrios por un piso de cinco, sus actividades, y por razones ajenas a su voluntad, quedaron paralizadas. Puede que ahora tenga alguna habitación, pero me atrevo a asegurar que no será en Moscú. Ya ve usted, ¡qué lagarto, y luego me habla de la quinta dimensión!

Aunque Margarita no había dicho ni una palabra sobre la quinta dimensión y el que lo decía todo era Koróviev, se echó a reír con desenfado por la historia sobre las andanzas del industrioso adquirente de pisos. Koróviev siguió hablando…

 

 De      23   El gran baile de Satanás.

ElGranBaile

—Faltan diez segundos para medianoche —dijo Koróviev—; ya va a empezar.

Aquellos diez segundos le parecieron a Margarita interminables. Por lo visto, ya habían transcurrido, pero no pasó nada. De pronto algo explotó en la chimenea y de allí salió una horca de la que colgaba un cadáver medio descompuesto. El cadáver se soltó de la cuerda, chocó contra el suelo y apareció un hombre guapísimo, moreno, vestido de frac y con zapatos de charol. De la chimenea salió un ataúd casi desarmado, se despegó la tapadera y cayó otro cadáver. El apuesto varón se acercó de un salto al cadáver y, doblando el brazo, lo ofreció muy galantemente. El segundo cadáver era una mujer muy nerviosa, con zapatos negros y plumas negras en la cabeza. Los dos, el hombre y la mujer, empezaron a subir apresuradamente las escaleras.

—¡Los primeros! —exclamó Koróviev—. El señor Jaques con su esposa. Majestad, le voy a presentar a uno de los hombres más interesantes. Un conocido falsificador de moneda, traidor al Estado, pero bastante buen alquimista. Se hizo famoso —le susurró Koróviev al oído— envenenando a la amante del rey. ¡Y eso no lo hace cualquiera! ¡Fíjese qué guapo es!

Margarita, pálida, con la boca abierta, vio cómo desaparecían abajo, por una salida del portal, la horca y el ataúd.

 

 De      24   La liberación del maestro.

—¿No quiere decirme algo de despedida?

—Nada, messere —respondió Margarita con dignidad—, sólo que siempre que lo necesiten estoy dispuesta a hacer todo lo que deseen. No me he cansado nada y lo he pasado muy bien en el baile. Si hubiera durado más tiempo, estaría dispuesta a ofrecer mi rodilla a miles de ahorcados y asesinos para que la besaran —Margarita veía a Voland como a través de una nube; los ojos se le estaban llenando de lágrimas.

—¡Tiene razón! ¡Así se hace! —gritó Voland con voz sonora y terrible—. ¡Así se hace!

—¡Así se hace! —repitió como el eco su séquito.

—La hemos puesto a prueba —dijo Voland—. ¡Nunca pida nada a nadie! Nunca y, sobre todo, nada a los que son más fuertes que usted. Ya se lo propondrán y se lo darán. Siéntese, mujer orgullosa —Voland le quitó de un tirón la pesada bata y Margarita se encontró de nuevo sentada en la cama junto a él—. Bien, Margot —dijo Voland, suavizando su voz—, ¿qué quiere por haber sido hoy la dama de mi baile? ¿Qué quiere por haber estado desnuda toda la noche?

De      26   El entierro.

   Quizá fuera el crepúsculo la razón del cambio repentino que había experimentado el físico del procurador. En un momento había envejecido, estaba más encorvado y parecía intranquilo. Una vez se volvió y, mirando el sillón vacío con el manto echado sobre el respaldo, se estremeció. La noche de fiesta se acercaba. Las sombras nocturnas empezaban su juego y, seguramente, al cansado procurador le Poncio1pareció ver a alguien sentado en el sillón. Cedió a su miedo, revolvió el manto, lo dejó donde estaba y empezó a dar pasos rápidos por el balcón frotándose las manos. Se acercó a la mesa para coger el cáliz y se detuvo contemplando con mirada inexpresiva el suelo de mosaico, como si tratara de leer algo escrito... Era la segunda vez en el día que le aquejaba una fuerte depresión. Con las manos en la
sien, en la que sólo quedaba un recuerdo vago y molesto de aquel tremendo dolor que sintiera por la mañana, el procurador se esforzaba en comprender el porqué de su sufrimiento. Y lo entendió en seguida, pero trató de engañarse a sí mismo. Estaba claro que por la mañana había dejado escapar algo irrevocablemente y ahora trataba de arreglarlo con actos insignificantes, y sobre todo, demasiado tardíos. El procurador trataba de convencerse de que lo que estaba haciendo ahora, esta noche, no tenía menos importancia que la sentencia de la mañana. Pero la realidad es que le costaba mucho creérselo. Se volvió bruscamente y silbó. Le respondió un ladrido sordo que resonó en el atardecer, y un perrazo gris, con las orejas de punta, saltó del jardín al balcón. El perro llevaba un collar con remaches de chapa dorados.

Bangá, Bangá —gritó el procurador casi sin voz.

El perro se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en los hombros de su amo. Faltó muy poco para que le tirara al suelo; le lamió un carrillo. El procurador se sentó en un sillón. Bangá, jadeante y con la lengua fuera, se echó a sus pies. Sus ojos estaban llenos de alegría, la tormenta había terminado y eso era lo único que temía el intrépido perro. Se encontraba, además, con el hombre al que quería, respetaba y veía como al más fuerte del mundo, el dueño de todos los hombres, gracias al cual se creía un ser privilegiado, superior y especial. Pero tumbado a sus pies, sin mirarle siquiera, con os ojos puestos en el jardín semi a oscuras, el perro se dio cuenta en seguida de la apurada situación en que se encontraba su amo. Por eso cambió de postura. Se levantó, se acercó al procurador y le puso la cabeza y las patas en las rodillas, ensuciándole el manto con arena mojada. Seguramente quería demostrar así su deseo de consuelo y su disposición a enfrentarse con la desgracia al lado de su señor. Trataba de expresar esta actitud en su modo de mirar al procurador y con sus orejas, levantadas y alertas. Así recibieron la noche de fiesta en el balcón, el hombre y el perro, dos seres que se querían…

… El procurador se acostó en el triclinio, pero no tenía sueño. La luna desnuda colgaba en lo alto del cielo limpio, y el procurador no dejó de mirarla durante varias horas.

Por fin, el sueño se apoderó del hegémono cuando era casi medianoche. El procurador bostezó, se desabrochó y se quitó la toga; se liberó del cinturón que llevaba sobre la camisa, con un cuchillo ancho, de acero, envainado, y lo dejó en el sillón junto al lecho; luego se quitó las sandalias y se tumbó.

Bangá escaló en seguida el triclinio y se acostó junto a él, cabeza con cabeza, y el procurador, pasándole una mano al perro por el cuello, cerró los ojos. Sólo entonces durmió el perro.

El lecho estaba en la oscuridad, guardado de la luna por una columna, pero de los peldaños de la entrada hasta la cama se extendía un haz de luna. Cuando el procurador perdió el contacto con la realidad que le rodeaba, empezó a andar por el camino de luz, hacia la luna.

Se echó a reír feliz por lo extraordinario que todo resultaba en el camino azul y transparente. Le acompañaban Bangá y el filósofo errante. Discutían de algo importante y complicado y ninguno de los dos era capaz de convencer al otro. No estaban de acuerdo en nada, lo que hacía que la discusión fuera interminable, pero mucho más interesante. Por supuesto, la ejecución no había sido más que un malentendido, el filósofo que inventara aquella absurda teoría de que todos los hombres eran buenos estaba a su lado, luego estaba vivo. Y, naturalmente, daba horror pensar que se podía ejecutar a un hombre así. ¡No hubo tal ejecución! ¡No la hubo! Ahí radicaba el encanto del viaje hacia arriba, subiendo a la luna.

Tenía mucho tiempo por delante, la tormenta no empezaría hasta la noche, y la cobardía, sin duda alguna, era uno de los mayores defectos del hombre. Así decía Joshuá Ga-Nozri. No, filósofo, no estoy de acuerdo. ¡Es el mayor defecto!

Poncio2El que hoy era procurador de Judea, el antiguo tribuno de la legión, no fue cobarde, por ejemplo, cuando a los furiosos germanos les faltó poco para devorar al gigante Matarratas, en el Valle de las Doncellas. Pero, ¡por favor, filósofo!, ¿cómo puede pensar usted, que es inteligente, que el procurador de Judea iba a perder su puesto por un hombre que ha cometido un delito contra el César?

—Sí, sí... —gemía y sollozaba Pilatos en sueños.

Claro que lo perdería. Por la mañana no lo hubiera hecho así; pero, ahora, por la noche, después de haberlo meditado bien, estaba dispuesto a ello. Haría lo que fuera necesario para librar de la ejecución al médico demente y soñador que no era culpable de nada.

—Así siempre estaremos juntos —decía el harapiento filósofo, el vagabundo, que no se sabía por qué había aparecido en el camino del jinete de la Lanza de Oro— ¡cuando salga uno, saldrá el otro! ¡Cuando se acuerden de mí, te recordarán a ti! A mí, hijo de padres desconocidos y a ti, hijo del rey astrólogo y de la hermosa Pila, hija de un molinero.

—Sí, por favor, no me olvides. Recuérdame a mí, al hijo del astrólogo —pedía Pilatos. Y como viera el consentimiento del mendigo de En Sarid, que asentía con la cabeza, caminando a su lado, el cruel procurador de Judea reía y lloraba de alegría, en sueños.

Esto era muy bonito, pero hizo que el despertar del procurador fuera angustioso. Bangá lanzó un gruñido a la luna y el camino resbaladizo, como untado de aceite, se hundió bajo el procurador. Abrió los ojos, recordó que la ejecución había existido, y después, con gesto acostumbrado, agarró el collar de Bangá. Buscó la luna con sus ojos enfermos y la vio, plateada, que se había desplazado. Un resplandor desagradable y alarmante interrumpía la luz de la luna y jugaba en el balcón ante sus propios ojos.

 

 De      29   El destino del maestro y Margarita está resuelto.

  Se ponía el sol. En la terraza de piedra de uno de los edificios más bonitos de Moscú, construido hace unos ciento cincuenta años, en lo alto, dominando toda la ciudad, estaban Voland y Asaselo. No se veían desde la calle, porque permanecían ocultos a las miradas innecesarias por unos jarrones de yeso con flores, también de yeso. Pero ellos veían la ciudad casi hasta sus límites.

  Voland se sentaba en un taburete plegable, iba vestido con su hábito negro. Su espada, ancha y larga, estaba clavada verticalmente entre dos losas de la terraza, haciendo de reloj de sol. La sombra de la espada se alargaba lenta pero firme, acercándose a los zapatos negros de Satanás. Con su barbilla azulada apoyada en el puño, encorvado en el taburete, sentado sobre su pierna.

Voland miraba, sin desviar la vista del enorme conjunto de palacios, edificios gigantescos y pequeñas casuchas destinadas al derribo.

Asaselo había abandonado su atuendo moderno: chaqueta, sombrero hongo, zapatos de charol y, como Voland, vestía de negro; estaba inmóvil junto a su señor y al igual que él, no apartaba la vista de la ciudad.

Voland habló:

—Qué ciudad más interesante, ¿verdad?

Asaselo se movió y contestó con respeto:

—Messere, me gusta más Roma.

—Bueno, eso es cuestión de gustos —dijo Voland.

Al poco rato se oyó de nuevo su voz:

—¿Y ese fuego en el bulevar?

—Está ardiendo Griboyédov —contestó Asaselo.

—Es de suponer que la pareja inseparable de Koróviev y Popota haya estado allí.

—No cabe la menor duda, messere.

De nuevo reinó el silencio y los dos que estaban en la terraza vieron cómo en las ventanas que daban al occidente, en los pisos altos de las casas, se encendía un sol cegador. El ojo de Voland despedía el mismo fuego que aquellas ventanas, aunque él estuviera de espaldas al poniente.

De pronto algo llamó la atención de Voland en la torre redonda del tejado, a sus espaldas. Un hombre de barba negra, sombrío, vestido con túnica y sandalias hechas por él, harapiento y manchado de arcilla, surgió de la pared.

—¡Vaya! —exclamó Voland mirándole con cierta burla—. ¡Lo que menos me esperaba es verte aquí! ¿Qué te trae, huésped inesperado?

—He venido a verte, espíritu del mal y dueño de las sombras —contestó el recién llegado, mirando a Voland de reojo, con aire hostil.

—Si has venido a verme, ¿por qué, entonces, no me saludas, ex recaudador de contribuciones? —habló Voland con severidad.

—Porque no quiero que sigas con salud —contestó insolente el recién llegado.

—Pues tendrás que conformarte con ello —repuso Voland y una sonrisa desfiguró su boca—, casi no has tenido tiempo de aparecer en el tejado y ya has dicho una necedad, y te diré en qué consiste: en tu tono. Has pronunciado las palabras como si no reconocieras la existencia del mal y de las sombras. Porqué no eres un poco amable y te detienes a pensar en lo siguiente: ¿qué haría tu bien si no existiera el mal y qué aspecto tendría la tierra si desaparecieran las sombras? Los hombres y los objetos producen sombras. Ésta es la sombra de mi espada. También hay sombras de árboles y seres vivos. ¿No querrás raspar toda la tierra, arrancar los árboles y todo lo vivo para gozar de la luz desnuda? Eres un necio.

No quiero discutir contigo, viejo sofista —respondió Leví Mateo.

  —Es que no puedes discutir conmigo por la razón que ya he mencionado: eres necio —dijo Voland, y preguntó—: Bueno, dime rápido, no me canses, ¿para qué has venido?

—Él me ha mandado.

—¿Y qué recado traes, esclavo?

—No soy esclavo —contestó Leví Mateo, cada vez más enfurecido—, soy su discípulo.

—Como siempre, hablamos en idiomas distintos —respondió Voland—, pero las cosas de que hablamos no cambian por eso. ¿Bueno?

—Ha leído la obra del maestro —habló Leví Mateo—, pide que te lleves al maestro y le des la paz. ¿Te cuesta trabajo hacerlo, espíritu del mal?

—A mí no me cuesta trabajo hacer nada —contestó Voland— y tú lo sabes muy bien —permaneció callado y luego añadió—: ¿Y por qué no os lo lleváis vosotros al mundo?

—No se merece el mundo, se merece la tranquilidad —dijo Leví con voz triste.

—Puedes decir que todo será hecho —contestó Voland, se le encendió el ojo y añadió—: y déjame inmediatamente.

—Pide que también se lleven a la que le quería y sufrió tanto por él —Leví por primera vez habló a Voland con voz suplicante.

   

    De      32    El perdón y el amparo eterno.

¡Dioses, dioses míos! ¡Qué triste es la tierra al atardecer! ¡Qué misteriosa la niebla sobre los pantanos! El que haya errado mucho entre estas nieblas, el que haya volado por encima de esta tierra, llevando un peso superior a sus fuerzas, lo sabe muy bien. Lo sabe el cansado. Y sin ninguna pena abandona las nieblas de la tierra, sus pantanos y ríos, y se entrega con el corazón aliviado en manos de la muerte, sabiendo que sólo ella puede tranquilizarle.

 
  Los mágicos caballos negros llevaban despacio a sus jinetes; y la noche, inevitable, les iba alcanzando. Al sentirla a sus espaldas, incluso el incansable Popota permanecía en silencio, volaba serio y callado, con la cola erizada, agarrando la silla con sus patas.

La noche cubría con su pañuelo negro los bosques y los prados, la noche encendía luces tristes abajo, en la lejanía, pero eran luces que ya no interesaban y no importaban al maestro y a Margarita, eran luces ajenas. La noche adelantaba la cabalgata, chorreaba desde arriba, vertiendo repentinamente unas manchas blancas de estrellas en el cielo entristecido.

CabalgandoLa noche se espesaba, volaba junto a ellos, les tiraba de las capas, y arrancándolas de sus hombros, descubría los engaños. Cuando Margarita, bañada por el viento fresco, abrió los ojos, vio cómo cambiaba el aspecto de los que volaban hacia su fin. Y cuando desde el bosque surgió a su encuentro una luna llena y roja, todos los engaños desaparecieron, cayendo a los pantanos, y las vestiduras pasajeras de sortilegio se hundieron en la niebla.

En el que volaba junto a Voland, a la derecha de Margarita, sería difícil reconocer ahora a Koróviev Fagot, el intérprete impostor del consejero misterioso que nunca había necesitado traducción. En lugar de aquél, que vestido con ropa destrozada de circo había abandonado los montes bajo el nombre de Koróviev Fagot, cabalgaba, haciendo sonar las cadenas de oro de las riendas, un caballero color violeta oscuro, con cara lúgubre y taciturna. Con la barbilla hincada en el pecho, no miraba la luna, no se fijaba en la tierra, pensaba en algo suyo, avanzando junto a Voland.

—¿Por qué ha cambiado tanto? —preguntó Margarita a Voland con una voz tan baja, que se confundía con el silbido del viento.

—Una vez este caballero gastó una broma poco feliz —contestó Voland volviendo hacia Margarita su rostro con el ojo lleno de luz suave—. Compuso un juego de palabras, hablando de la luz y las tinieblas, que no era muy apropiado. Por eso tuvo que seguir gastando bromas mucho más tiempo de lo que esperaba. Pero esta noche se liquidan todas las cuentas. El caballero ha pagado y saldado la suya.

La noche arrancó la bonita cola de Popota y los mechones de su piel sembraban los pantanos. El gato que entretenía al príncipe de las tinieblas resultó ser un adolescente delgado, un demonio paje, el mejor bufón que nunca existiera en el mundo. Ahora se había apaciguado y volaba en silencio, con su rostro joven iluminado por la luz de la luna.

El último de la fila era Asaselo. Brillaba el acero de su armadura. La luna también había transformado su cara. Desapareció por completo el colmillo absurdo y espantoso, y los ojos torcidos se volvieron iguales, vacíos y negros; la cara blanca y fría. Ahora ofrecía su verdadero aspecto de demonio del desierto, demonio asesino.

Margarita no se veía a sí misma, pero pudo observar cómo había cambiado el maestro. A la luz de la luna su cabello era blanco, formando en la nuca una trenza que flotaba en el aire. Cuando el viento levantaba la capa descubriendo las piernas del maestro, Margarita veía cómo se encendían y apagaban las estrellas de sus espuelas. Igual que el joven demonio, el maestro volaba sin apartar la mirada de la luna, sonriéndole, como si fuera algo conocido y querido, y murmuraba entre dientes, según la costumbre que adquiriera en la habitación número 118.

El mismo Voland también había recobrado su aspecto verdadero. Margarita no podría decir de qué estaban hechas las riendas del caballo; pensaba que podrían ser cadenas de luna, y el caballo, simplemente una masa de tinieblas; su crin, una nube, y las espuelas del jinete, manchas blancas de estrellas.

Así volaron en silencio largo rato, hasta que empezó a transformarse el paisaje bajo sus pies.

Los bosques tristes se hundieron en la oscuridad de la tierra, tragándose las cuchillas opacas de los ríos. Abajo aparecieron grandes piedras iluminadas, y entre ellas, huecos negros, donde no penetraba la luz de la luna.

Voland detuvo el caballo en una cumbre pedregosa, plana y triste, y los jinetes avanzaron a paso lento, escuchando cómo las herraduras de los caballos aplastaban el sílice y las rocas. La luna bañaba la planicie con luz fuerte y verdosa. Margarita descubrió un sillón y la figura blanca de un hombre sentado. El hombre parecía sordo o demasiado absorto en sus pensamientos. No oía el temblor de la tierra bajo el peso de los caballos, y los jinetes se le fueron acercando sin atraer su atención.

La luna ayudaba a Margarita, alumbrando mejor que cualquier luz eléctrica, y la mujer pudo ver cómo aquel hombre sentado extendía sus brazos y clavaba sus ojos ciegos en el disco de la luna. Ahora Margarita veía que junto al pesado sillón de piedra yacía un perro oscuro, enorme, con las orejas afiladas, que miraba con inquietud a la luna igual que su dueño. A los pies del hombre había un jarrón hecho pedazos y un charco rojo oscuro, que nunca se secaba.

Poncio3Los jinetes detuvieron los caballos.

—Su novela ha sido leída —habló Voland, volviéndose hacia el maestro—, y solamente han dicho que por desgracia no está terminada. Yo quería enseñarle a su héroe. Lleva cerca de dos mil años sentado en esta plazoleta, durmiendo, pero cuando hay luna llena, como puede ver, sufre terribles insomnios. También sufre su fiel guardián, el perro. Si es verdad que la cobardía es el peor vicio, el perro no es culpable. Lo único que temía este valiente perro era la tormenta. Pero el que ama, tiene que compartir el destino de aquel a quien ama.

—¿Qué dice? —preguntó Margarita, y una sombra de compasión cubrió su rostro tranquilo.

—Dice siempre lo mismo —respondió Voland—. Dice que ni siquiera con la luna descansa y que no le gusta su trabajo. Eso dice siempre que no está dormido, y cuando duerme ve lo mismo: un camino de luna por el que quiere irse para hablar con el detenido Ga-Nozri, porque, según dice, no acabó de hablar con él entonces, hace mucho tiempo, el día catorce del mes primaveral Nisán. Pero nunca consigue salir a ese camino y nadie se le acerca. Entonces, ¿qué puede hacer? Habla consigo mismo. Bueno, naturalmente, a veces necesita alguna variante y muchas veces añade a sus palabras sobre la luna que lo que más odia en este mundo es su inmortalidad y su fama inaudita. Asegura que cambiaría encantado su suerte por la del vagabundo harapiento Leví Mateo.

Doce mil lunas por una, hace tanto tiempo, ¿no es demasiado? —preguntó Margarita.

—¿Qué? ¿Se repite la historia de Frida? —dijo Voland—. No, Margarita, esta vez no se moleste. Todo será como tiene que ser, así está hecho el mundo…

 

 

   Leer comienzo:   ElMaestroYMargarita


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