LIBRO:  EL HOMBRE DEL TOQUE MÁGICO  (1994)

ElHombreDelToqueMagico

                       

   Stephen Vizinczey (Hungría) 

    SEIX BARRAL

 

    Traducción: ANA Mª DE LA FUENTE

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 Fragmentos de libros

El número de suicidios aumenta en época de vacaciones. Es un hecho curioso, que tiene su explicación. Durante el resto del año, la gente anda atareada, agobiada, muy cansada para pensar las cosas despacio. Peor, cuando está lejos de casa y del trabajo, el individuo tiene tiempo para cavilar sobre sus penas y abandonarse a la desesperación. Solo entonces encuentra la energía necesaria para sacudirse la inercia y hacer algo fuera de lo corriente.

 

… Seguía trabajando de firme, pero solo de nueve a cinco, y con lo que ganaba pudo alquilar y amueblar un pequeño apartamento en el piso 27 de un nuevo BachJSCelloSuite5rascacielos, con vistas lejanas al lago Michigan. Por las tardes y los fines de semana, se sentaba frente al gran ventanal y contemplaba el reflejo del sol en el agua mientras tocaba una de las suites para chelo de Bach. Se sabía de memoria las seis suites –solía tocarlas para su madre-, pero no hacia grandes progresos. El chelo, el segundo que tenía, regalo de su madre en su decimosexto cumpleaños, salía del estuche cada vez menos. Poco a poco, cedió paso a un equipo estéreo, discos y chicas.

Así es como los jóvenes traicionan los sueños de su niñez. Un antiguo condiscípulo al que Jim encontró por casualidad le preguntó por qué había dejado los estudios de Medicina. «Quiero disfrutar de la vida antes de ser demasiado viejo para hacerlo», le respondió.

 

... afrenta que Ross castigó con un mandato judicial que facultaba al departamento de Servicios Sociales a ejercer la tutela de los dos niños. En virtud de la ley antilibelo, el periodico solo pudo informar del caso haciendo constar qeu esto era lo que el matrimonio afirmaba que había ocurrido. Mr. Ross aseguró que él nunca prestaba atención a lo que decía la gente cueando estaba enojada. No negaba que aquel matrimonio fueran unos padres solícitos y cariñosos (el médico, el párroco y lo vecinos así lo atestiguaban), pero declaró que «el departamento había intervenido porque los padres  no podían brindar a sus hijos un ambiente intelectualmente estimulante».

¡Cuidado con las personas refractarias a utilizar el pronombre «yo»! Cualquiera y dondequiera que intervenía Terry Ross, con el estropicio consiguiente, quien actuaba era «nosotros» o  «el departamento». Y lo peor es que era verdad: él era el departamento. Las reuniones que se mantenían para revisar el tratamiento de cada caso y corregir errores de apreciación personal, resultaban infructuosos a causa de la desgana de los colegas a estorbarse unos a otros y al toma y daca del trabajo de comité («Yo apruebo tu propuesta y tú apruebas la mía»). La política de despacho, la inercia, la indiferencia hacía las víctimas y la solidaridad del funcionario, magistrados incluidos, hacían que, en la práctica, Ross pudiera separar a dos niños, de tres y cinco años, de unos padres solícitos y cariñosos, en bien de su desarrollo intelectual.

 

Si los tiempos eran malos, Quantum tenía el presidente y director general idóneo para hacerlos peores. Quiso la fatalidad que el declive de la empresa HipertrofiaEgocoincidiera con la hipertrofia del ego de Jeremy Norton. Su propia sospecha de que se había casado por dinero y la altanería implacable de su esposa minaron su propia estimación y, al igual que tantos hombres y mujeres que se enfangan el alma para alcanzar la cima, tenía la imperiosa necesidad de verse a sí mismo como un ser superior, para el que no regían las normas. En resumen, la desastrosa combinación de duda de sí mismo y poder alteró su personalidad: empezó a darse mucha importancia y, con gran ayuda de sus subordinados, descubrió que era un gran hombre. El descubrimiento no pareció hacerle más feliz…

 

Durante los siete meses que precedieron a su propio despido, Jim dio el cese a novecientas cincuenta y ocho personas. Los exterminadores, que confeccionaban las listas de las víctimas para su aprobación, trabajaban en los dos despachos de la planta de Dirección contiguos al suyo. Eran catorce, todos ellos jóvenes, como los médicos de las salas de cáncer de los hospitales. Despedir a gente es tarea de jóvenes. Jim no tenía su temple y le resultaba difícil circular por la torre Quantum…

¿Era responsable del suicidio de Colin Beckford?

Beckford dispuso de toda una tarde para vaciar su mesa. Nadie lo azuzó ni le metió prisa; Jim había conseguido evitar a la gente la humillación de ser escoltados hasta la calle. Beckford fue tratado con la misma consideración que todos los que llevaban más de cinco años en la empresa. Jim habló con él durante más de media hora, le enseñó lo gráficos del descenso de las ventas y del precio de las acciones, la exigua cartera de pedidos y el libro balance, y le prometió ayudarle a conseguir la mejor combinación posible de medidas de compensación. Le dio la carta de recomendación que había redactado, y llamó a Ellie para que la rectificara, cuando Beckford pidió que se hiciera constar que él nunca fue un empleado de los de «nueve a cinco», sino que se quedaba a trabajar hasta tarde cuando era necesario sin que se lo pidieran. «Por favor, ponga también que no bebo ni fumo», dijo aquel muchacho pálido mirando a Jim con unos ojos azul intenso.

A pesar de que disponía de un presupuesto limitado para ello, Jim le ofreció a Beckford una asesoría de reciclaje… En realidad, Jim se mostró más amable con él que con otros muchos, después de ver en el expediente que Beckford era padre de una niña de cinco años y que su esposa ambicionaba mucho para él… Jim no vio a la esposa y la hija de Beckford hasta el día del entierro.

 

Uno de los inconvenientes de la riqueza es que deja al individuo inerme ante su propia estupidez. El idiota pobre que tiene que trabajar no dispone de tiempo, energía ni dinero para hacer tonterías. La fatigosa lucha por la subsistencia le impide hacerse excesivo daño a sí mismo; los únicos medios de autodestrucción que están a su alcance son la bebida y las drogas baratas. Pero un millonario, que puede hacer lo que se le antoje, encontrará mil y una maneras de destrozarse. Los que viven del subsidio, con poco dinero y mucho tiempo, conocen los inconveniente de los ricos y los de los pobres, desde luego, pero ésta es otra historia.

 

… diversos y minuciosos estudios revelaron que el único denominador común, salvo unas cuantas excepciones desconcertantes, era que se trataba de individuos que ya eran repelentes antes de empezar a oler. Fue ganando el terreno la opinión de la revista satírica: el mal olor salía de la mala gente. A pesar de todo, la clase médica seguía mostrándose contraria a la hipótesis. Las publicaciones científicas señalaban que, si bien se sabía que el rencor, la codicia, la envidia y el odio figuran entre los factores que contribuyen a la hipertensión y la trombosis coronaria, nunca se había dado ni un solo caso en el que el carácter de un individuo afectara al olor corporal…

OlerMal2

… No obstante, los órganos legislativos de todo el mundo asignaron miles de millones de dólares a la búsqueda de un remedio menos oneroso y de más fácil aplicación. Urgía encontrar una terapia simple para la enfermedad, según dijo un senador de los Estados Unidos, si se quería que la vida en la Tierra volviera a ser tolerable.

El primer objetivo de los investigadores debía ser la identificación del origen de la plaga. ¿Cómo podía una cosa tan intangible –para no decir insondable- como el carácter de una persona empezar de repente a generar un hedor? ¿Qué virus, qué bacteria, qué gen asociaba el mal carácter con el mal olor?...

 

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