FRAGMENTOS DE LIBROS:  JAKOB VON GUNTEN  (1909)

JakobVonGunten

                       

   Robert Walser (Suiza) 

    EDICIONES ALFAGUARA

 

    Traducción: Juan José del Solar

                           IconoFraLib ... algo decimos de este libro

 

                    

 Fragmentos de libros

 

> Tampoco sería una desgracia. Carecer de algo también tiene un perfume, cierta energía. Nuestra casa señorial no tenía jardín, pero todo lo que nos rodeaba era un jardín precioso, impecable y dulce. Espero no ser víctima de la nostalgia. Sería absurdo. También esto es precioso.

Aunque, a decir verdad, no haya aún nada importante que raspar en mi cara, cada cierto tiempo paso por la peluquería, sólo por la excursión callejera que ello supone, y me hago afeitar. Que si soy sueco, me pregunta el ayudante del barbero. ¿Americano? Tampoco. ¿Ruso? ¿Entonces qué? A estas preguntas teñidas de nacionalismo me gusta contestar con un silencio férreo, dejando en la incertidumbre a quienes indagan sobre mis sentimientos patrióticos. O bien miento y digo que soy danés. Hay sinceridades que sólo sirven para herirnos y aburrirnos. El sol reluce a veces como enloquecido por esas animadas calles. O bien todo está lluvioso y velado, lo que también me agrada muchísimo. La gente es amable, pese a que yo a veces soy de una insolencia inaudita. Con frecuencia me paso los mediodías sentado en un banco, ocioso. Los árboles del parque están totalmente descoloridos. Sus hojas cuelgan artificiosamente, como si fueran de plomo. A ratos todo parece aquí de hierro endeble y hojalata. Luego cae otro aguacero y lo empapa todo. Se abren los paraguas, los coches ruedan sobre el asfalto, la gente se apresura, las muchachas alzan el borde de sus faldas. Ver brotar un par de piernas de una falda produce una sensación extrañamente familiar: una pierna femenina bajo una media bien estirada, nunca la vemos y de repente está ahí; los zapatos se amoldan primorosamente a la forma de los pies, bellos y delicados. Y otra vez sale el sol. Sopla algo de viento y uno piensa en su casa. Sí, pienso en mamá. Se pondrá a llorar. ¿Por qué nunca le escribo? No logro comprenderlo, me es totalmente inexplicable y, sin embargo, no puedo decidirme a escribirle. Ocurre que no me gusta dar noticias. Lo encuentro demasiado tonto. Lástima, no debería tener padres que me quieran. En general, no me gusta ser amado ni deseado. Tendrán que acostumbrarse a no ver más a su hijo. 

GatoLibro

> Peter no aprende absolutamente nada, aunque buena falta le haría; al parecer ha ingresado en el Instituto Benjamenta sólo por brillar en él con sus deliciosas boberías. Tal vez aquí llegue a alcanzar un grado mayor de estupidez, pues viéndolo bien, ¿por qué la suya no habría de prosperar? Yo, por ejemplo, estoy convencido de que Peter cosechará éxitos francamente escandalosos en la vida, y, cosa extraña: se los deseo. Más aún: tengo la sensación —una sensación muy confortable, punzante y placentera— de que algún día me tocará en suerte un amo, un patrón o un jefe igual a ese futuro Peter, pues los tontos como él están hechos para llegar lejos, para escalar, vivir bien y mandar, mientras que quienes, como yo, son en cierto sentido inteligentes, han de tolerar que sus propios talentos florezcan y se marchiten al servicio de otros. Yo, yo seré algo muy humilde y pequeño. La intuición que me lo dice tiene valor de hecho consumado e intangible. Dios mío, ¿cómo es que aún conservo tantísimo valor para vivir? ¿Qué me pasa? A menudo siento miedo de mí mismo, pero me dura poco. No, no; confío en mí. Aunque ¿no es esto francamente divertido?

 

> Yo lo entiendo, vuelvo a inclinarme y desaparezco. Es curioso el placer que siento al provocar estallidos de ira en los que ejercen el poder. ¿No desearé en el fondo ser castigado por este Herr Benjamenta? ¿Albergaré en mi interior instintos frívolos? Todo es posible, sí, todo, hasta la más abyecta indignidad. Pues bien, escribiré pronto mi curriculum. Encuentro a Herr Benjamenta decididamente hermoso. Una preciosa barba castaña... ¿Cómo? ¿Preciosa barba castaña? Soy un idiota. No, en el señor director no hay nada hermoso ni precioso, pero detrás de este hombre uno intuye duras vicisitudes y reveses de fortuna, y es ese componente humano, casi diría divino, lo que le embellece. Los verdaderos hombres, los seres humanos de verdad no son jamás visiblemente bellos. Un hombre que lleve una barba realmente hermosa es o un cantante de ópera o el jefe de sección, bien remunerado, de algún gran almacén. Los falsos hombres son, por regla general, hermosos. Aunque también pueden darse excepciones, también puede haber bellezas masculinas de gran capacidad y valía. La cara y las manos (cuyo contacto ya he sentido en carne propia) de Herr Benjamenta se asemejan a raíces nudosas, a raíces que sabe Dios en qué triste momento tuvieron que soportar más de un implacable hachazo. Si yo fuera una dama espiritual y noble, sabría tratar con distinción a hombres como este director de instituto, en apariencia tan humilde; pero, tal como me lo pensaba, Herr Benjamenta no frecuenta en absoluto a la gente que cuenta en sociedad. En "realidad está todo el tiempo en casa, vive en una especie de retiro oculto, refugiado “en la soledad”, y sospecho que la existencia de este hombre, sin duda noble e inteligente, ha de ser atrozmente solitaria. Oscuros sucesos deben de haber dejado en su carácter una profunda huella, destructiva quizá, pero ¿qué puede saberse? ¿Qué puede saber al respecto un alumno del Instituto Benjamenta? Yo, por lo menos, sigo investigando. Y sólo por afán de investigar, nada más, entro a menudo en su despacho y le pregunto cosas tan necias como: «¿Puedo salir, señor director?» Sí, este hombre me ha fascinado, me interesa. 

Benja2

> He vendido mi reloj para poder comprar tabaco. Sin reloj puedo vivir; sin tabaco, no; es vergonzoso, pero ineluctable. De algún modo he de ganarme unos reales, si no, pronto me quedaré sin ropa interior limpia. Y llevar cuellos limpios es para mí necesarísimo. La felicidad de un ser humano depende y no depende de estas cosas. ¿Felicidad? No. Pero hay que guardar el buen tono. La limpieza es ya de por sí una dicha. Estoy hablando sin ton ni son. ¡Cómo detesto las palabras pertinentes! Hoy ha llorado la señorita. ¿Por qué? De repente, a mitad de la clase, sus ojos se llenaron de lágrimas. Es algo que me conmovió extrañamente. En cualquier caso, quiero tener los ojos bien abiertos. Me divierte permanecer a la escucha de eso que se niega a ser oído. Mi atención embellece la vida, pues si no hay necesidad de estar atento, deja de haber vida. Es evidente: Fräulein Benjamenta tiene una preocupación, y debe ser grave, ya que, en general, nuestra maestra sabe dominarse bastante bien. Necesito dinero. Pasando a otra cosa, ya he escrito mi curriculum. Helo aquí:

Curriculum.

   El que suscribe, Jakob von Gunten, hijo de buena familia, nacido el día tal del año tal, educado en tal y tal lugar, ha ingresado como alumno en el Instituto Benjamenta a fin de adquirir los escasos conocimientos necesarios para entrar al servicio de alguien. El infrascrito no espera absolutamente nada de la vida. Desea ser tratado con severidad para saber qué significa tener que dominarse. Jakob von Gunten no hace grandes promesas, pero se propone comportarse de manera honesta y encomiable. Los von Gunten son un antiguo linaje. En otros tiempos fueron guerreros, pero al menguar su belicosidad se han convertido, hoy día, en altos consejeros y comerciantes. Y el último retoño de la estirpe, objeto del presente informe, ha decidido repudiar por completo cualquier tradición envirotada. Quiere ser educado por la vida y no por principios hereditarios o aristocráticos. Sin duda es orgulloso, ya que le es imposible renegar de su naturaleza innata, pero por orgullo entiende algo totalmente nuevo, algo que corresponde, en cierto modo, a la época en que vive. Confía en ser moderno y de alguna manera apto para prestar servicios, además de no demasiado tonto e inútil; pero miente, pues no sólo confía, sino que lo afirma y sabe. De carácter rebelde, en él perviven todavía ciertos rasgos del espíritu, indomable de sus antepasados; sin embargo, pide ser reconvenido si da muestras de obstinación, y si esto no surtiera efecto, ser castigado, pues cree que entonces sí resultaría. Sea como fuere, ya sabrán cómo tratarlo. El infrascrito cree poder adaptarse a cualquier situación, por eso le es indiferente lo que se le ordene hacer; está firmemente convencido de que cualquier trabajo hecho con cuidado le supondrá más honor que llevar una vida ociosa y angustiada junto a la estufa de su casa. Un von Gunten no puede permanecer junto a la estufa. Si los abuelos del que respetuosamente suscribe ciñeron la espada de caballeros, su descendiente prolonga la tradición al desear con toda el alma hacerse útil de algún modo. Su modestia no conoce límites cuando halagan su valor, y su celo por servir iguala a su ambición, que le ordena despreciar cualquier sentimiento de honor molesto y pernicioso. En su casa, el infrascrito ha vapuleado a su profesor de historia, el respetable doctor Merz, infamia de la cual se arrepiente. En la actualidad aspira a vencer el orgullo y la arrogancia que aún lo animan parcialmente, arrojándolos contra el inexorable roquedal de un trabajo duro. Es parco en palabras y jamás divulgará las confidencias que se le hagan. No cree en un reino de los cielos ni tampoco en un infierno. La satisfacción de quien lo emplee será su paraíso, y la triste reacción contraria, su infierno aniquilador; pero está convencido de que no habrá quejas contra él ni contra sus servicios. Esta firme certidumbre le da valor para ser lo que es.

JAKOB VON GUNTEN

                              AulaJvG 

> Los alumnos nos pasamos las horas de clase sentados, con la mirada fija ante nosotros, inmóviles. Ni siquiera está permitido, creo, sonarse la propia nariz. Nuestras manos reposan sobre las rodillas y no se dejan ver durante la lección. Las manos, con sus cinco dedos, constituyen otras tantas pruebas de la vanidad y la concupiscencia humanas, de ahí que permanezcan convenientemente ocultas bajo la mesa. Nuestras narices escolares ofrecen la máxima semejanza espiritual unas con otras; todas parecen, más o menos, aspirar a las alturas donde campea luminosamente la visión profunda en el caos de la vida. Las narices de los alumnos deberán ser romas y algo levantadas, así lo exigen los reglamentos, que todo lo prevén; y de hecho, nuestros instrumentos olfativos presentan en su totalidad una curvatura humilde y pudibunda, como si un cuchillo de gran filo los hubiera rebanado. Nuestros ojos contemplan siempre un vacío lleno de ideas, cosa que también prescribe el reglamento. A decir verdad, no deberíamos tener ojos, pues los ojos son curiosos y descarados, y el descaro y la curiosidad son condenables desde casi cualquier perspectiva sana. Bastante divertidas son nuestras orejas escolares. Apenas se atreven a escuchar, a fuerza de estar tensas y a la escucha. Siempre se contraen un poquito, como si temieran que bruscamente alguien tirase de ellas por detrás, zarandeándolas de un lado a otro. ¡Pobres orejas, víctimas perpetuas de semejante miedo! Cuando el sonido de una llamada o de una orden repercute en ellas, vibran y tiemblan como arpas que alguien hubiera perturbado al rozar. Y ocurre también que las orejas escolares tienden a dormitar un poco, AulaJvG2¡y cómo las despiertan entonces! Es un verdadero gozo. Lo más adiestrado en nosotros es, sin embargo, la boca, siempre dócil y devotamente fruncida. Hay una verdad indiscutible: una boca abierta constituye la bostezante prueba de que, las más de las veces, su poseedor deambula con dos o tres ideillas por zonas muy alejadas del ámbito paradisíaco de la atención. Una boca bien cerrada indica orejas abiertas y en tensión, de ahí que las puertas situadas bajo las ventanas de la nariz tengan que estar siempre cuidadosamente atrancadas. Una boca abierta es un hocico y nada más que un hocico, y cada uno de nosotros lo sabe muy bien. Los labios no deben brillar ni florecer lascivamente en su cómoda posición natural, sino que han de mantenerse fruncidos y apretados en señal de enérgica renuncia y expectativa. Y así lo hacemos todos los alumnos: según el reglamento en vigor, damos a nuestros labios un tratamiento sumamente cruel y duro, con el que adquirimos el feroz aspecto de un suboficial en jefe. Y, como es sabido, un suboficial quiere ver las caras de sus soldados tan ceñudas y enfurruñadas como la suya, lo cual le gusta porque en general tiene sentido del humor. Hablando en serio: los que obedecen suelen ser una copia exacta de los que mandan. Un criado no tiene más opción que adoptar las máscaras y modales de su amo para, digamos, perpetuarlas de buena fe. Cierto es que nuestra venerada señorita en nada puede compararse a uno de esos suboficiales; muy al contrario, sonríe frecuentemente y a veces hasta se permite burlarse de esas marmotas respetuosas del reglamento que somos nosotros; pero a la vez espera que la dejemos reír en paz, sin el menor pestañeo, cosa que por lo demás hacemos, fingiendo no oír el dulce y argentino sonido de su risa. Somos una auténtica partida de bichos raros. Llevamos siempre el pelo limpio, bien peinado y cepillado, y cada cual ha de trazar en ese mundo que corona su cabeza una raya bien recta, un canal que divida la tierra rubia o negro azabache de su cabellera. Es de rigor. Hasta las rayas tienen que ajustarse al reglamento. Lo cual explica que con nuestras rayas y peinados tan encantadores parezcamos todos realmente iguales, hecho que haría morir de risa a un escritor si, por ejemplo, nos visitase para estudiarnos en todo nuestro esplendor e insignificancia. Que este señor escritor se quede más bien en casa. Esos que no hacen sino estudiar, pintar y hacer observaciones son una tira de trápalas. Vivamos primero, que las observaciones vendrán luego por sí solas. Además, Fräulein Benjamenta trataría con un autoritarismo tal a cualquiera de esos escritorzuelos que se presentase aquí como llovido o nevado del cielo, que el tipo se desplomaría a tierra, espantado ante la mala acogida. Y tal vez la maestra, afecta a los tratamientos despóticos, nos diría entonces: «Rápido, ayudad al señor a levantarse.» Y nosotros, los alumnos del Instituto Benjamenta, le enseñaríamos la puerta al indeseable visitante y el exponente del chismoso mundo de las letras desaparecería por donde había venido. Pero no, todo esto son fantasías. A esta casa sólo vienen señorones que desean contratarnos, no tipos, con la pluma detrás de la oreja.

 Benja3

> He encontrado a mi hermano Johann en medio de una densa multitud. Nuestro reencuentro acabó tomando un giro muy cariñoso, espontáneo y cordial. Johann estuvo muy amable, y yo también, probablemente. Entramos en un restaurancito discreto y nos pusimos a hablar. «Sigue siendo el que eres, hermano», me dijo, «comienza desde muy abajo, es lo mejor. Si necesitaras ayuda...» Hice un ligero gesto negativo con la mano y él continuó: «Porque mira, una vez arriba apenas si vale la pena vivir. Es una manera de hablar. Entiéndeme bien, querido hermano.» Asentí con vivacidad, pues ya intuía lo que iba a decirme, pero le rogué que prosiguiera y él me dijo: «En las alturas se respira un aire... Predomina la sensación del haber hecho bastante, y eso oprime y paraliza. Espero que no me entiendas del todo, pues si me entendieras, hermano, serías realmente un ser monstruoso.» Nos echamos a reír. ¡Oh, poder reírse con un hermano es maravilloso! Luego dijo: «Por ahora, querido hermano, eres como quien dice un cero a la izquierda. Pero cuando se es joven hay que ser un cero a la izquierda, pues no existe nada más perjudicial que destacar pronto, prematuramente, en cualquier cosa. Cierto es que algo significas tú para ti mismo. Bravo. Estupendo. Pero para el mundo todavía no eres nada, y esto es casi igualmente estupendo. Sigo esperando que no me entiendas del todo, pues si me entendieras... » «Sería un ser monstruoso», dije completando su frase. Volvimos a reírnos. Era divertidísimo. Un extraño calor empezó a invadirme. Los ojos me ardían. Es algo que además me gusta mucho, sentir que me abraso por dentro. La cabeza entera se me pone roja, y me asaltan pensamientos llenos de pureza y magnanimidad. Johann continuó hablando: «Hermano, te ruego no interrumpirme a cada rato. Tu joven y tonta risa tiene algo que sofoca las ideas. ¡Escucha! Y pon mucha atención. Lo que voy a decirte quizá acabe siéndote útil algún día. Sobre todo: jamás te sientas marginado. La marginación, hermano, no existe, ya que en
JvGLibroeste mundo tal vez no haya nada, disolutamente nada digno de desearse. Y, no obstante, has de tener aspiraciones, y hasta diría que apasionadamente. Aunque para no consumirte de deseos, métete esto en la cabeza: no existe nada, nada a lo cual valga la pena aspirar. Todo está podrido. ¿Entiendes esto? Como ves, aún espero que no puedas entenderlo del todo. Me preocupa.» Yo le dije: «Por desgracia, soy demasiado inteligente para no entenderte bien, como lo esperas. Pero no te preocupes. Tus revelaciones no me asustan en absoluto.» Intercambiamos una sonrisa. Luego pedimos algo más de beber y Johann, que dicho sea de paso estaba elegantísimo, prosiguió diciendo: «Sí, sin duda existe en el mundo eso que llaman progreso, pero no es sino una de las numerosas mentiras divulgadas por los hombres de negocios para poderle exprimir dinero a la masa con mayor cinismo y desparpajo. La masa es el esclavo de nuestro tiempo, y el individuo, el esclavo de la grandiosa idea de masa. Ya no hay nada bello ni excelente. Lo bello, lo bueno y lo justo has de soñártelo tú mismo. Dime, ¿sabes soñar?» Me limité a asentir dos veces con la cabeza y dejé que Johann continuara hablando mientras yo escuchaba muy atento: «Trata de ingeniártelas para ganar mucho, mucho dinero. Sólo el dinero no se ha echado a perder, todo el resto sí. Todo, absolutamente todo está corrompido, demediado, desprovisto de gracia y esplendor. Nuestras ciudades desaparecen irrevocablemente de la corteza terrestre. Grandes moles ocupan el espacio reservado antes a casas y palacios principescos. ¡El piano, querido hermano, y el martilleo ligado a él...! Los conciertos y el teatro van bajando progresivamente a un nivel cada vez peor. Aún queda algo así como una sociedad que da el tono, sin duda, pero es incapaz de accionar los registros de la dignidad y del refinamiento. También hay libros... en una palabra, jamás te desalientes. Permanece pobre y despreciado, querido amigo. Aleja de ti incluso la idea del dinero. Lo más hermoso y triunfador es ser un auténtico pobre diablo. Los ricos, Jakob, son muy descontentos e infelices. La gente rica de hoy en día nada tiene: son ellos los verdaderos hambrientos.» Yo volví a asentir. Es verdad que a todo digo sí muy fácilmente. Por otra parte, lo que Johann estaba diciendo me gustaba y convenía. Había arrogancia en sus palabras. Y tristeza. Y la arrogancia y la tristeza armonizan siempre bien. Pedimos más cerveza, y mi interlocutor prosiguió: «Has de esperar sin esperar al mismo tiempo nada. Apunta hacia algún objetivo, pues siendo tan joven como eres, Jakob, tan escandalosamente joven, no cabe duda de que te conviene; pero no dejes de repetirte que desprecias aquello a lo cual apuntas respetuosamente. Pero, ¿ya estás diciéndome otra vez que sí? ¡Qué oyente tan comprensivo eres! Decididamente, eres un árbol cargado de comprensión. Sé feliz, querido hermano, proponte una meta, aprende y, de ser posible, haz algo bueno y hermoso en favor de alguien. Ven, tengo que ir. Dime, ¿cuándo volveremos a vernos? Sinceramente, me interesas.» Salimos, y una vez en la calle, nos despedimos. Seguí un buen rato a mi querido hermano con la mirada. Sí, es mi hermano. ¡Cómo me alegra que lo sea!

 

> Si fuera rico, ni en sueños se me ocurriría dar la vuelta al mundo. Cierto es que no estaría nada mal. Pero la perspectiva de conocer tan fugazmente otros países no me entusiasma en absoluto. En general, desdeñaría la idea de ampliar mis conocimientos, como suele decirse. Más que el espacio y las distancias me atraerían la profundidad, el alma. Indagar lo que tengo al lado me seduciría. Tampoco me compraría nada. Ni adquiriría propiedades. Trajes elegantes, ropa interior fina, un sombrero de copa, unos modestos gemelos de oro, zapatos de charol con LibroJvGpuntera: éste sería, más o menos, todo mi equipaje. Nada de casa, jardín, ni criados; bueno, sí, un criado, me conseguiría un tipo digno y valeroso como Kraus. Y con esto, en marcha. Deambularía por las calles, entre la niebla humeante. El melancólico frío invernal se avendría perfectamente con mis monedas de, oro. Llevaría los billetes en una simple cartera. Andaría a pie, como de costumbre, con la intención secreta e inconsciente de no poner muy en evidencia mis principescas riquezas. Quizás hasta estuviera nevando. Me daría lo mismo, o más bien me gustaría. Una suave nevada crepuscular entre las farolas encendidas. Aquello refulgiría fabulosamente. En la vida se me ocurriría subir a un carruaje. Eso lo hacen quienes tienen prisa o pretenden darse importancia. A mí, en cambio, no me atraería nada la idea de darme importancia, y menos aún la de ir con prisas. Me vendrían pensamientos al ir caminando. De repente saludaría a alguien muy cortésmente, y ¡hala!: sería un hombre. Yo entonces miraría con gran gentileza a ese hombre y vería que las cosas le van mal. Lo notaría, no lo vería, ese tipo de cosas se notan, apenas podrían verse, salvo por algún detalle revelador. Pues bien, ese hombre me preguntaría qué deseo, y su pregunta denotaría cierta cultura. Me haría la pregunta con una dulzura y sencillez totales, y esto me sobrecogería, pues yo hubiese esperado una auténtica grosería. «Este hombre debe tener una herida profunda”, me diría a mí mismo en el acto, “de lo contrario, se habría enfadado». Después ya no diría nada, absolutamente nada, y me limitaría a mirarlo más y más cada vez. No con miradas penetrantes, no, con la máxima simplicidad, tal vez hasta con cierta alegría. Y entonces sabría quién es. Abriría mi cartera, sacaría diez mil marcos en diez billetes de mil y le entregaría esa suma. Hecho lo cual me quitaría el sombrero con la misma cortesía que antes, le desearía buenas noches y me iría. Y la nieve seguiría cayendo. Al caminar no volvería a pensar en nada más; no podría, me sentiría demasiado bien para hacerlo. Le habría dado ese dinero —estaría totalmente seguro de ello— a un artista que vegetaba en la más penosa de las miserias. Si, estaría seguro, pues no hubiera podido equivocarme. Y en el mundo habría así una enorme, ardiente y sincera preocupación menos. Y a la noche siguiente, quizá se me ocurrieran cosas muy distintas. En cualquier caso, no daría la vuelta al mundo, sino cometería más bien unas cuantas locuras y desatinos. Así, por ejemplo, podría dar un festín desmesuradamente opíparo y divertido, y organizar orgías nunca vistas, aunque me costasen centenares de miles. El dinero, sin duda, tendría que gastarse en la forma más demencial, pues sólo el realmente despilfarrado hubiera sido... un buen dinero. Y un día me pondría a mendigar, y el sol brillaría y yo me sentiría tan dichoso... ¿de qué?, no tendría el menor deseo de saberlo. Y entonces vendría mamá y se me echaría al cuello... ¡Vaya fantasías tan agradables!

 

           > …Se pensará que estoy exagerando. Pues bien, debo confesar que esto no es, ni de lejos, lo más exagerado. No, ni el éxito, ni la fama ni el amor florecerán nunca para Kraus; y está bien que así sea, pues los éxitos tienen por única e inseparable compañía la dispersión y unas cuantas cosmovisiones baratas. Se nota en seguida: cuando los hombres empiezan a contabilizar éxitos y reconocimiento, se ponen casi gordos de autosatisfacción saturadora, y la fuerza de la vanidad los va inflando hasta convertirlos en un globo irreconocible. ¡Libre Dios a un hombre honrado del reconocimiento de la masa! Si no lo vuelve malo, sólo servirá para confundirlo y quitarle fuerzas. La gratitud, sí. La gratitud es algo totalmente distinto. Pero a un tipo como Kraus ni siquiera le agradecerían, lo cual tampoco es necesario. Quizá alguien le diga “Gracias, Kraus” una vez cada diez años, y él sonreirá con cara de necio, con una incurable cara de necio. Mi querido Kraus jamás se entregará al libertinaje, porque se lo impedirán grandes e inexorables dificultades. Yo, creo, soy uno de los poquísimos —tal vez el único, tal vez sean dos o tres personas— que saben lo que poseen, o han poseído, en la persona de Kraus. La señorita sí lo sabe. Quizá también el señor director. Sí, sin duda. Herr Benjamenta tiene la suficiente perspicacia para apreciar la valía de Kraus. Pero basta de escribir por hoy. Me pone demasiado eufórico. Y salvaje. Y las letras bailan y revolotean ante mis ojos.

Detrás de nuestra casa hay un viejo jardín abandonado. Por las mañanas, cuando miro hacia abajo desde la ventana del despacho (una mañana sí y otra no tenemos que arreglarlo yo y Kraus), me da lástima verlo tan descuidado, y cada vez me entran ganas de bajar y ocuparme de él. Son puros sentimentalismos, ya lo sé. ¡Al diablo con estos remilgos desorientadores! En nuestro Instituto Benjamenta hay otros jardines, muy distintos. Entrar en el jardín real está prohibido. A ningún alumno le permiten visitarlo, ¿por qué?, lo ignoro. Pero, como ya he dicho, tenemos otro jardín, quizá más hermoso que el verdadero. En nuestro manual ¿Qué objetivo persigue la escuela de muchachos Benjamenta?, página ocho, se lee: «La buena conducta es un jardín florido.» Y es en estos jardines, sensibles y espirituales, donde se nos permite retozar libremente a los alumnos. No está mal. Si alguno de nosotros observa mala conducta, se diría que, como por voluntad propia, sale a pasearse a través de un repugnante y lóbrego infierno. Si, en cambio, se porta bien, emprende —sin quererlo— un paseo por un vergel umbroso y tachonado de sol. ¡Qué tentador es todo esto! Y a mi juicio, el mísero juicio de un adolescente, hay algo de verdad en esta encantadora máxima. Si alguien se comporta neciamente, tendrá que avergonzarse y enojarse, y éste será el penoso infierno en el cual ha de sudar. Si, por el contrario, se muestra atento y dócil, una especie de genio familiar, un ser invisible lo cogerá de la mano, y éste es el jardín, el feliz encuentro, y el afortunado deambulará espontáneamente por campiñas acogedoras y verdeantes. Si a un alumno del Instituto Benjamenta le permiten estar
benja1contento consigo mismo —cosa muy rara, pues los reglamentos llueven, granizan, relampaguean y nievan sobre nosotros—, todo se perfuma a su alrededor con el dulce aroma del elogio modesto, pero audazmente conquistado. Si Fräulein Benjamenta nos elogia, el ambiente se perfuma, y si nos riñe, al aula se oscurece. ¡Qué mundo tan extraño, nuestra escuela! Cuando un alumno ha sido correcto y bien educado, sobre su cabeza se forma en seguida una especie de bóveda que viene a ser el cielo azul e insustituible, situado encima del jardín imaginario. Si hemos sido alumnos pacientes y damos pruebas de firmeza soportando valientemente el esfuerzo, si hemos logrado practicar aquello que reluce de pronto ante nuestros ojos, algo fatigados, y sabemos que se trata del sol celestial. El sol brilla para quien se siente honesta y legítimamente cansado. Y si no hemos necesitado sorprendernos accediendo a algún deseo impuro, cosa que siempre acongoja tanto, aguzamos el oído y ¿qué nos llega? ¡Cantos de pájaros! Pues sí, son esos felices pequeños cantores de hermoso plumaje que pueblan nuestro jardín y se han puesto a gorjear y armar tan delicioso ruido. Y ahora preguntémonos: ¿tenemos necesidad, los alumnos del Instituto Benjamenta, de otros jardines que los que nosotros mismos nos creamos? Cuando actuamos con decoro y educación, pasamos a ser propietarios ricos. Cuando, por ejemplo, me entran ganas de tener dinero —cosa bastante frecuente, por desgracia—, en seguida caigo en las profundas simas de una codicia desesperanzada y rabiosa, ¡oh, cómo sufro y languidezco y pierdo toda esperanza de salvarme! Pero si luego miro a Kraus, me invade una maravillosa sensación de bienestar, profunda y dulce como el murmullo de una fuente. Es la pacífica fuente de la modestia, cuyas aguas susurrantes recorren nuestro jardín de un extremo a otro. ¡Qué feliz soy entonces, qué bien dispuesto me siento, qué proclive a hacer el bien! ¡Ah!, ¿cómo no amar a Kraus? Si uno de nosotros fuera —o, mejor dicho, hubiese sido— un héroe que hubiera realizado alguna hazaña arriesgando su vida (así dice nuestro manual), tendría derecho a entrar en el pórtico de mármol, ornado de frescos, que yace oculto en la verde espesura de nuestro jardín, y allí lo besaría una boca. Qué boca, no lo dice el libro. Pero nosotros no somos héroes. ¿Con qué objeto, además? En primer lugar, nos faltan ocasiones para actuar heroicamente, y en segundo lugar, no sé muy bien si, por ejemplo, Schilinski o Peter el larguirucho estarían dispuestos a sacrificarse. Pero aun sin besos, héroes ni columnatas, nuestro jardín es, creo yo, una institución preciosa. Siento escalofríos cada vez que hablo de héroes. Será mejor que me calle.

 

> Nuestra manera de venerar a la señorita resulta francamente divertida. Pero es que yo, por ejemplo, soy muy partidario de la comicidad, que sin duda tiene cierta magia. Las lecciones empiezan siempre a las ocho. Diez minutos antes los alumnos ya estamos en nuestros puestos, cargados de tensión y expectativa, mirando fijamente la puerta por la que hará su aparición la directora. También tenemos normas muy precisas sobre esta manera de testimoniar anticipadamente nuestro respeto. Es una ley prestar oído y ver si está por llegar la que entrará tarde o temprano. Como auténticos tontucios, los alumnos tenemos que prepararnos, durante diez minutos, a levantarnos de nuestros asientos. Hay un punto de deshonor en todas estas exigencias menudas y ciertamente ridículas; pero nada debe importarnos nuestra honorabilidad personal, sino sólo la del Instituto Benjamenta, lo cual probablemente sea justísimo,
Froilainpues ¿puede un alumno tener honor? Ni hablar. Vivir bajo tutela y ser maltratados es el máximo honor al que podemos aspirar. El adiestramiento es algo honroso para los alumnos, esto es más claro que el agua. Aunque tampoco nos rebelamos. Jamás se nos ocurriría. ¡Sumamos tan pocas ideas entre todos! Tal vez sea yo el que más tenga, muy posible, pero en el fondo desprecio toda mi capacidad intelectual. Sólo valoro la experiencia, y ésta, por regla general, es totalmente independiente de cualquier pensamiento y comparación. Así, por ejemplo, valoro en mí la forma de abrir una puerta. En el hecho de abrir una puerta hay más vida oculta que en una pregunta. Es cierto que todo nos mueve a recordar, a hacer preguntas y comparaciones. También es preciso pensar, y mucho. Pero someterse es muchísimo más refinado que pensar. Quien piensa se subleva, y esto es siempre tan feo, tan nocivo... ¡Si los pensadores supieran cuántas cosas echan a perder! El que evita pensar por principio, está haciendo algo, y esto es mucho más necesario. Hay en el mundo decenas de miles de cabezas que realizan trabajos superfluos. Está claro, claro como la luz del sol. La humanidad pierde las ganas de vivir entre tanta ciencia, discusión y clasificación. Cuando un alumno del Instituto Benjamenta, por ejemplo, no sabe que es juicioso, lo es. Y si en cambio lo sabe, perderá toda su gracia y buen juicio, y acabará cometiendo alguna falta. Me encanta bajar corriendo las escaleras. ¡Qué verborrea!

 

      > Aquí, en el Instituto Benjamenta, se aprende a sentir y a soportar las pérdidas, y esto, en mi opinión, es una facultad, un ejercicio sin los cuales el hombre, por importante que sea, seguirá siendo siempre un niño grande, una especie de berreón quejumbroso. Nosotros, los alumnos, no esperamos nada; es más, nos está terminantemente prohibido albergar esperanzas en nuestro corazón, pese a lo cual vivimos muy alegres y tranquilos. ¿Cómo es esto posible? ¿Sentimos, quizá, aletear sobre nuestras cabezas, impecablemente peinadas, algo parecido a los ángeles custodios? No sabría decirlo. Tal vez seamos alegres y despreocupados por pura estrechez de espíritu. También es posible. Pero ¿valen por eso menos la jovialidad y frescura de nuestros corazones? ¿Seremos acaso estúpidos? Vibramos. Consciente o inconscientemente nos vamos haciendo cargo de muchas cosas, dejamos vagar nuestro espíritu de un lado a otro y enviamos nuestras sensaciones en todas las direcciones posibles, cosechando observaciones y experiencias. Nos consuelan tantas cosas porque somos, en general, gente muy afanosa y buscadora, y porque nos valoramos poco a nosotros mismos. Quien se autovalora en exceso nunca está a salvo de desalientos y degradaciones, pues el hombre consciente de sí mismo tropieza siempre con algo hostil a su conciencia. Y, sin embargo, los alumnos no carecemos de dignidad, aunque es una dignidad muy, muy movible, pequeña, dúctil, acomodaticia. Por lo demás, nos la ponemos y quitamos según lo exija el caso. ¿Somos productos de una civilización superior, o bien hijos de la naturaleza? Tampoco sabría decirlo. De una cosa estoy seguro: ¡esperamos! En esto radica nuestro valor. Sí, esperamos y prestamos, como quien dice, oído a la vida, prestamos oído a esa llanura que llaman mundo, al mar y a sus tempestades. Fuchs, dicho sea de paso, se ha retirado. Lo cual me alegra muchísimo. No sabía qué hacer con ese chico.

      >  … La señorita lo observa preocupada, pero sus propios problemas la absorben demasiado y no le permiten preocuparse mucho por Schacht. Además, no podría ayudarlo. Un dios debería y quizá podría hacerlo, pero no hay dioses, solo existe uno y es demasiado sublime para prestar ayuda. Ayudar y aliviar no le convendría en absoluto al Todopoderoso; al menos yo así lo siento.

         >      ¡Qué feliz soy de no poder descubrir nada digno de consideración o estima en mi persona! Ser humilde y seguir siéndolo. Y si alguna mano, una circunstancia, una ola me levantasen y llevasen hasta las alturas donde imperan el poder y la influencia, yo mismo destrozaría las circunstancias que me hubieran favorecido y me arrojaría a las tinieblas de lo bajo y lo insignificante. Solo puedo respirar en las regiones inferiores.

 

  Leer comienzo en:  JakobVonGunten

   VOLVER A Fragmentos de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a finales de libros por autores