UN BUEN LIBRO PARA LEER:  SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR (1921)

SeisPersonajesEnBuscaDeAutor

 

 

 Luigi Pirandello.  Italia

 Unidad Editorial, S.A. Colección Millenium (El Mundo)

                                                  

 Traducción: Leonardo Valencia Assogna    

 

 

Tres Fragmentos.

 

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EL DIRECTOR. (Que comenzará, a interesarse en el asunto.) ¡Presten atención! ¡Presten atención!

Y diciendo esto bajará por una de las escalerillas a la sala y se quedará de pie delante del escenario, como si quisiera recoger las impresiones de la escena tal como lo haría un espectador.

EL HIJO. (Sin moverse de su lugar, frío, pausado, irónico.) ¡Escuchen ahora el discursito filosófico! Hablará el demonio de los experimentos.

EL PADRE. ¡Eres un cínico imbécil, te lo he dicho mil veces! (Al DIRECTOR, que ya está en la sala.) Se burla, señor, por las palabras que usé en defensa propia.

EL HIJO. (Despreciativo.) Palabras.

EL PADRE. ¡Palabras! ¡Palabras! ¡Como si no diera alivio a cualquiera frente a lo inexplicable, frente a un mal que nos consume, el dar con una palabra que nada dice pero que nos da calma!

LA HIJASTRA. ¡Calma sobre todo el remordimiento!

EL PADRE. ¿El remordimiento? Eso no es verdad. No lo he calmado en mí sólo con las  palabras.

LA HIJASTRA. También con algo de dinero. ¡Sí, sí, también con un poco de dinero! ¡Con la miseria que iba a ofrecerme de paga, señores!

Reacción de indignación de los ACTORES.

EL HIJO. (Con desprecio hacia su hermanastra.) ¡Eso es una canallada!

LA HIJASTRA. ¿Canallada? Si estaba allá, en un sobre azulado sobre la mesita de caoba, en la trastienda de Madama Paz. Usted sabe, una de esas señoras que con el pretexto de vender Robes et Manteaux atraen a sus atelliers a chicas pobres y de buena familia como una...

EL HIJO. Y se ha comprado el derecho a tiranizarnos a todos con ese dinero que él estaba a punto de pagar, y que por suerte —escúcheme bien— después ya no tuvo motivo para pagarlo.

LA HIJASTRA. ¡Estuvimos a punto, a punto, para que lo sepas! (Estalla en risas.)

LA MADRE. (Indignada.) ¡Es una vergüenza, hija! ¡Una vergüenza!

LA HIJASTRA. (Cortante.) ¿Vergüenza? ¡Si es mi venganza! ¡Me muero de ganas, señor, de revivir esa escena! La habitación... por acá la vitrina de los mantos; allá, el sofá cama; el tocador; un biombo; y delante de la ventana esa mesita de caoba con el sobre azulado del dinero. ¡Puedo verlo! ¡Hasta podría tomarlo! ¡Pero los señores deberían dar media vuelta porque estoy casi desnuda! No me sonrojo más porque ¡es él quien debe sonrojarse! (Señalará al PADRE.) ¡Pero les aseguro que estaba muy, muy pálido en ese momento! (Al DIRECTOR.) ¡Créame, señor!

EL DIRECTOR. ¡Yo no me entrometo más!

EL PADRE. ¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!

LA HIJASTRA. ¡Aquí nadie está inventando nada!

EL PADRE. ¡Yo tampoco, quiero decirte!

LA HIJASTRA. ¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!

El DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.

EL PADRE. ¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a la MADRE), ella la asume como la peor de las crueldades.

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LA HIJASTRA. ¡No reiré más, no reiré más! Ahora viene lo mejor para mí. ¡Se lo aseguro!

EL DIRECTOR. Entonces, cuando usted dice: «No haga caso, por favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá...» (Dirigiéndose al padre.) Es necesario que usted responda de inmediato: «Comprendo, comprendo...» y que de inmediato pregunte...

LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) ¡Qué!...

EL DIRECTOR. ¡La razón de su luto!

LA HIJASTRA. ¡No, señor! Mire: cuando yo le dije que no prestara atención a cómo vestía, ¿sabe lo que respondió? «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!»

EL DIRECTOR. ¡Magnífico! ¡Muy bien! ¿Quiere que todo el teatro se nos eche encima?

LA HIJASTRA. ¡Pero es la verdad!

EL DIRECTOR. ¡Y qué tiene que ver la verdad! ¡Estamos en el teatro! ¡La verdad sólo sirve hasta cierto punto!

LA HIJASTRA. ¿Y, entonces, qué quiere hacer ahora?

EL DIRECTOR. ¡Ya lo verá, ya lo verá! ¡Déjelo en mis manos!

LA HIJASTRA. ¡Eso sí que no, señor! De mi asco, de todos los motivos, a cuál más cruel e infame, por los que soy «ésta» y «así», ¿quiere hacer usted un pastiche romántico y sentimentaloide, en el que él me pregunta por las razones de mi luto y yo le respondo llorando que mi padre había muerto dos meses atrás? ¡Eso no, señor! Es necesario que él me diga lo que dijo: «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!» Y yo, con mi corazón enlutado, apenas dos meses atrás, me dirigí allá. ¿Lo ve? Allá, detrás del biombo, y con estas manos que se estremecen por la deshonra, por la repugnancia, me quité el vestido...

EL DIRECTOR. (Agarrándose los cabellos.) ¡Por favor! ¿Qué es lo que está diciendo?

LA HIJASTRA. (Gritando, frenética.) ¡La verdad! ¡La pura verdad, señor!

EL DIRECTOR. No lo dudo, será la verdad... Y comprendo todo su espanto, señorita. ¡Pero comprenda también que todo eso no es posible hacerlo sobre el escenario!

LA HIJASTRA. ¿No es posible? Entonces se lo agradezco, pero no cuente conmigo.

EL DIRECTOR. Un momento...

LA HIJASTRA. ¡No cuente conmigo! ¡En absoluto! ¡Lo que se va a representar en la escena lo han arreglado entre ustedes dos! ¡Ahora lo comprendo! Él quiere que se representen (enfatiza) ¡sus tormentos espirituales! ¡Pero yo quiero representar mi drama, el mío!

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LA HIJASTRA. No digo ni una palabra más. ¡Pero tenga en cuenta que desarrollar todo en el jardín, como quiere, no será posible!

EL DIRECTOR. Y ¿por qué no?

LA HIJASTRA. Porque él (señalará de nuevo alHlJO)está siempre encerrado en su habitación, ¡apartado! Luego, como le he dicho, habrá que desarrollar todo el papel de ese pobre muchacho confundido en casa.

EL DIRECTOR. ¡Sí, pero como comprenderán, no podemos colgar cartelitos o cambiar el escenario a cada momento!

EL PRIMER ACTOR. Antes sí se hacía...

EL DIRECTOR. ¡Cuándo el público era quizá como esa niña!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡E incluso era más fácil lograr la ilusión!

EL PADRE. (Levantándose de golpe.) ¿La ilusión? ¡Les suplico que no hablen de ilusión! No usen esa palabra. ¡Es demasiado cruel para nosotros!

EL DIRECTOR. (Sorprendido.) ¿Se puede saber por qué?

EL PADRE. ¡Es cruel, muy cruel! ¡Debería entenderlo!

EL DIRECTOR. Entonces, ¿Cómo deberíamos llamarla? ¿Cómo llamar a la ilusión de crear, aquí, a los espectadores...

ELPRIMER ACTOR. ... con nuestra representación...

ELDIRECTOR. ... la ilusión de una realidad!

EL PADRE. Comprendo, señor. Quizá sea usted quien no nos comprende. ¡Tiene que disculparme! Para usted y sus actores todo esto no es más que un juego, y no lo critico.

LA PRIMERA ACTRIZ. (Interrumpiendo ofendida.) ¡De qué juego habla! ¡No somos niños! ¡Aquí se actúa de verdad!

EL PADRE. ¡Sí, no lo niego, no! Y comprendo, justamente, que el juego de su arte tiene que lograr, como dice el señor, una perfecta ilusión de realidad.

EL DIRECTOR. ¡Eso es exactamente!

EL PADRE. ¡Pero también tiene que pensar que nosotros (se señalará a sí mismo y rápidamente a los otros cinco PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá de esta ilusión!

EL DIRECTOR. (Aturdido, mirando a sus actores también perplejos y desorientados.) ¿Y eso qué quiere decir?

EL PADRE. (Después de observarlos minuciosamente, con una leve sonrisa.) ¡Por supuesto que sí, señores! ¿Qué otra realidad? Lo que para ustedes es una ilusión a crear, para nosotros es la única realidad. (Breve pausa. Dará unos cuantos pasos en dirección al DIRECTOR y proseguirá.) ¡Y no solamente para nosotros, créame! Piénselo bien. (Lo mirará fijamente a los ojos.) ¿Podría decirme quién es usted? (Yse quedará apuntándolo con el dedo.)

EL DIRECTOR. (Turbado, sonriendo a medias.) ¿Cómo que quién soy?... ¡Soy yo!

EL PADRE. ¿Y si le dijera que no es verdad, porque usted es yo?

EL DIRECTOR. ¡Le diría simplemente que está loco!

(Los ACTORES reirán.) 

EL PADRE. Tienen razón para reírse: esto es un juego (al DIRECTOR) y usted, por lo tanto, puede objetarme que sólo por un juego ese señor, allá (señalará al PRIMER ACTOR), que es «él», tiene que ser «yo», que sin embargo soy yo, «éste» ¿Se da cuenta cómo ha caído en la trampa?

(Los ACTORES reirán de nuevo.)

EL DIRECTOR. (Cortante.) ¡Ya hemos hablado de esto! ¿Se lo repito de nuevo?

EL PADRE. No, no. No quería decir eso precisamente. Incluso lo invito a salir de este juego (mirando a la PRIMERA ACTRIZ, como anticipándose) —¡teatral, teatral!— que usted acostumbra hacer aquí con sus actores. Pero vuelvo a preguntarle en serio: ¿quién es usted?

EL DIRECTOR. (Dirigiéndose, maravillado y fastidiado, al mismo tiempo, hacia los ACTORES) ¡Vaya si se puede ser descarado! ¡Uno que se da ínfulas de personaje tiene el atrevimiento de preguntarme quién soy!

EL PADRE. (Con dignidad pero sin soberbia.) Un personaje, señor, siempre puede preguntar a un hombre quién es. Porque un personaje tiene realmente una vida, con sus propios atributos,por los que siempre es «alguien». Mientras que un hombre —y no estoy hablando de usted ahora— un hombre cualquiera puede que no sea «nadie».

EL DIRECTOR. ¡Claro! ¡Pero usted me lo pregunta a mí, que soy el Director! ¡El Director de la compañía! ¿Se da cuenta?

EL PADRE. (Casi susurrando, con una meliflua humildad.) Sólo lo hago para saber, señor, si verdaderamente usted puede verse cómo es ahora mismo... y como ve, por ejemplo, con la distancia del tiempo, a aquel que fue, con las ilusiones que tenía entonces; con todas las cosas, dentro y a su alrededor, de acuerdo a cómo las veía entonces —y que eran realmente así para usted—. Pues bien, señor. Recordando esas ilusiones que ya no se plantea, todas aquellas cosas que ahora ya no le «parecen» como «eran» hace un tiempo para usted, ¿no siente como si faltara, no digo estas tablas del escenario, sino un piso firme, el suelo bajo sus pies, sobre todo si piensa que de igual manera «esto» que siente ahora, toda su realidad actual, tal como es, también está destinada a parecerle una ilusión el día de mañana?

EL DIRECTOR. (Sin haber comprendido muy bien, aturdido por la densa argumentación.) ¿Y? ¿Adónde quiere llegar?

EL PADRE. A ningún sitio, señor. Tan sólo hacerle ver que si nosotros (se señalará a sí mismo otra vez, así como a los otros PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá que la ilusión, también sería bueno que usted desconfiase de su realidad, de la que usted hoy respira y toca, porque, como la de ayer, está destinada a revelársele el día de mañana como una ilusión.

EL DIRECTOR. (Volviendo a tomárselo en broma.) ¡Tiene toda la razón! ¡Ahora sólo falta que usted diga que con esta comedia que viene a representarme es más verdadero y real que yo!

EL PADRE. (Decididamente serio.) ¡No tengo la menor duda, señor!

EL DIRECTOR. ¿Ah, sí?

EL PADRE. Supuse que usted lo había comprendido desde un principio.

EL DIRECTOR. ¿Más real que yo?

EL PADRE. Si su realidad puede alterarse de un día para el otro...

EL DIRECTOR. ¡Pero claro que puede cambiar! ¡Y continuamente! ¡Cómo todos!

SeisPersonajesEnBuscaEL PADRE. (Dando un grito.) ¡Pero la nuestra no, señor! ¿Entiende? ¡Ésa es la diferencia! No cambia, no puede cambiar ni ser otra, jamás, porque ha sido fijada, así, «ésta», y para siempre. ¡Y eso es terrible, señor! ¡Es realmente inalterable! ¡Hasta deberían sentir un escalofrío cerca de nosotros!

EL DIRECTOR. (Tajante, colocándose delante por una idea que se le ocurrirá de improviso.) Yo quisiera saber, sin embargo, ¿cuándo se ha visto a un personaje salir de su papel para dedicarse a ponderar como lo hace usted, exponiendo y explicando sus ideas? ¿Me lo podría decir? ¡Jamás lo he visto en mi vida!

EL PADRE. No lo ha visto, señor, porque los autores esconden con mucha frecuencia las inquietudes de su creación. Cuando los personajes están vivos, verdaderamente vivos delante de su autor, éste no hace otra cosa que observar las palabras y los gestos que ellos proponen, y es necesario que él los acepte tal como son, porque ¡mucho cuidado si no es así! Cuando nace un personaje, éste adquiere de inmediato una independencia tal, incluso frente a su propio autor, que puede ser imaginado en muchísimas otras circunstancias que el autor ni siquiera imaginó. ¡Y, con eso, incluso adquiere, en ciertas ocasiones, un significado que el autor jamás soñó!

EL DIRECTOR. ¡Por supuesto que lo sé!

EL PADRE. Entonces, ¿por qué se asombra de nosotros? Imagine la desgracia que es para un personaje todo lo que le dicho, haber nacido vivo de la fantasía de un autor que luego quiso negarle la vida. Y luego dígame si este personaje, abandonado de esa manera, vivo y sin vida, no tiene razón para hacer lo que nosotros estamos haciendo, en este momento, frente a ustedes, luego de haberlo hecho muchas veces, créame, delante de nuestro autor, todo para animarlo, compareciendo unas veces yo, otras ella (señalará a la HIJASTRA), otras esa pobre madre...

LA HIJASTRA. (Adelantándose, ensimismada.) Es verdad. Yo también, señor, yo también lo tenté muchas veces en medio de la melancolía de su escritorio, al atardecer, cuando él, derrumbado en su sillón, no se animaba a encender la luz y dejaba que las sombras invadieran la habitación, y que nosotros pululáramos en ellas, tratando de persuadirlo... (Como si todavía se viera allá en ese escritorio y le fastidiara la presencia de todos los ACTORES) ¡Si todos se marcharan! ¡Si nos dejaran a solas! Esa madre, con ese hijo. Yo con esa niña. Ese muchacho siempre sólo. Y después yo con él. (Señalará apenas al PADRE) Y luego yo sola, sola... en esa sombra. (Se sobresaltará, como si quisiera agarrarse de la visión que tiene de sí misma, luminosa y viva en esa sombra.) ¡Ah, mi vida! ¡Qué escenas, qué escenas le sugeríamos! ¡Era yo, yo quien más lo provocaba!

EL PADRE. ¡Sí! ¡Pero quizá fue por tu culpa, por esas insistencias tuyas, por tu excesivo descontrol!

LA HIJASTRA. ¡No es cierto! ¡Si él mismo quiso que yo fuera así! (Irá hacia el DIRECTOR  para hablar en confidencia.) Yo, señor, creo que se debió al envilecimiento y al tedio debidos al tipo de teatro que al público le gusta y pide ver...

 

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