UN BUEN LIBRO PARA LEER:  Hijos de la medianoche     (1980) 

HijosDeLaMedianoche

    (Midnight's Children)

  

  Salman Rushdie  (India)

  Editorial: DEBOLSILLO       Contemporánea

   
   Traducción de MIGUEL SÁENZ
            

 

 

  Fragmentos de libros:             

    p22 … Y Aziz seguía sentado a sus pies hasta que una voz lo llamaba a la casa para sermonearlo sobre la suciedad de Tai y ponerlo en guardia contra los devastadores ejércitos de gérmenes que su madre imaginaba saltando de aquel viejo cuerpo hospitalario al amplio pijama almidonado y blanco de su hijo. Pero Aadam volvía siempre a la orilla del agua para escudriñar la niebla en busca del cuerpo encorvado de aquel réprobo andrajoso que gobernaba su mágica embarcación a través de las aguas encantadas de la mañana.

     p34   En el centro mismo de la sábana había un agujero de siete pulgadas de diámetro.

    - Cierra la puerta, ayah –ordenó Ghani a la primera de las luchadoras, y luego, volviéndose hacia Aziz, se puso confidencial-. En este pueblo hay muchos gandules que, en alguna ocasión, han tratado de trepar hasta la habitación de mi hija. Necesita –señaló con la cabeza a las tres agarrotadas mujeres- quien la proteja.

     Aziz seguía mirando la sábana perforada. Ghani dijo: -Muy bien, vamos, examine ahora a mi Naseem. Pronto.

     Mi abuelo contempló con curiosidad la habitación.

     - Pero ¿dónde está, Ghani Sahib? –soltó por fin. Las luchadoras adoptaron una expresión desdeñosa y, según le pareció, tensaron la musculatura, por si intentaba algo raro.

   - Ah, comprendo su desconcierto –dijo Ghani, mientras su sonrisa torcida se ensanchaba-. Los mozalbetes que volvéis de Europa olvidáis algunas cosas. Doctor Sahib, mi hija es una muchacha decente, no hace falta decirlo. No exhibe su cuerpo ante las narices de extraños. Comprenderá que no se le puede permitir a usted que la vea, de ningún modo, en ninguna circunstancia; en consecuencia, le he pedido a ella que se ponga tras la sábana. Y ahí está, como una buena chica.

    En la voz del doctor Aziz había aparecido una nota de desesperación: -Ghani Shib, ¿cómo pueda examinarla sin verla? –Ghani siguió sonriendo.

    - Usted especificará la parte de mi hija que sea necesario inspeccionar. Entonces, yo le daré a ella instrucciones para que sitúe el segmento necesario delante del agujero que ve. Y así, de ese modo se podrá hacer.

   - Pero, en fin de cuentas, ¿de qué se queja la señora?- mi abuelo, desesperadamente. Y entonces el señor Ghani, revolviendo los ojos en sus cuencas y retorciendo su sonrisa en una mueca de pesar, contestó: -¡Pobre niña! Le duele el vientre horrible, espantosamente. 

- En ese caso –dijo el doctor Aziz con cierta compostura-, que me enseñe el vientre, por favor.

JallianwalaBaghMassacrep56   … El 13 de abril, muchos miles de indios se amontonan en ese callejón. –Es una protesta pacífica- le dice alguien al doctor Aziz. Arrastrado por la multitud, él llega a la entrada del callejón. Lleva un maletín de Hiedelberg en la mano derecha… Alguien está pronunciando un discurso apasionado. Los vendedores ambulantes se mueven entre la multitud vendiendo chana y dulces. El aire está cargado de polvo. No parece haber goondas, alborotadores, por lo que mi abuelo puede ver. Un grupo de sikhs ha extendido un mantel en el suelo y come, sentado alrededor. Hay todavía un olor a basura en el aire. Aziz se mete en medio de la multitud, mientras el Brigadier R.E.Dyer llega a la entrada del callejón, seguido de cincuenta soldados blancos. Es el Comandante de Amritsar según la Ley Marcial: un hombre importante, después de todo; las puntas enceradas de su bigote están rígidas de importancia. Cuando los cincuenta y un hombres penetran en los terrenos y toman posiciones, veinticinco a la derecha de Dyer y veinticinco a su izquierda; y Aadam Azaz deja de concentrarse en los acontecimientos que lo rodean… Él se arrastra furiosamente a los pies de la gente, tratando de salvar su equipo antes de que lo aplasten. Se oye un ruido como de dientes que castañean en invierno y alguien cae sobre él. Algo rojo le mancha la camisa. Ahora hay gritos y sollozos y el extraño casteñeo continúa… Tiene la nariz aplastada contra un frasco de píldoras rojas. El castañeo se interrumpe y es sustituido por ruidos de personas y de pájaros. Parece no haber ningún ruido de tráfico. Los cincuenta hombres del Brigadier Dyer desmontan sus ametralladoras y se van. Han disparado en total mil seiscientos cincuenta tiros contra la multitud desarmada. De ellos, quinientos dieciséis han dado en el blanco, matando o hiriendo a alguien. –Muy bien disparado –les dice Dyer a sus hombres-. Lo hemos hecho especialmente bien.

 

 p62  … después de todo, con mis garrapateos nocturnos: de día entre mis cubas de encurtidos, de noche entre estas sábanas, me paso la vida dedicado a la gran obra de la conservación. El recuerdo, lo mismo que los frutos, debe ser salvado de la corrupción de los relojes.

Pero aquí está Padma junto a mi codo, forzándome a volver al mundo de la narrativa lineal, al universo del y-qué-pasó-entonces: -A ese ritmo –se queja Padma –tendrás doscientos años para cuando consigas contar tu nacimiento…

 

   p66  … personaje formidable que sería siempre y que siempre sería conocido por el curioso título de Reverenda Madre.

Se había convertido en una mujer prematuramente vieja y ancha, con dos enormes lunares como pezones de bruja en el rostro; y vivía dentro de una fortaleza invisible de su propia creación, una ciudadela acorazada de tradiciones y certidumbres. A principios de aquel año, Aadam Aziz había encargado fotografías ampliadas, de tamaño natural, para colgarlas en la pared del salón; las tres chicas y los dos chicos habían posado como era debido, pero la Reverenda Madre se había rebelado cuando le llegó la vez. Finalmente, el fotógrafo había intentado cogerla desprevenida, pero ella le quitó la cámara y se la rompió en el cráneo. Afortunadamente le fotógrafo sobrevivió; pero no hay fotografías de mi abuela en ningún lugar del mundo. No era una persona a la que se pudiera atrapar en la cajita negra de nadie. Ya era bastante que tuviera que vivir sin velo, con la cara desvergonzadamente desnuda… pero no iba a permitir que el hecho quedara registrado.

 

p78  … En la pared de la oficina había un cartel que expresaba el sentimiento favorito de Abdullah contrario a la partición, una cita del poeta Iqbal: «¿Dónde encontraríamos un país que no conociera a Dios?» Y entonces los asesinos llegaron al recinto universitario.

Hechos: Abdullah tenía enemigos en abundancia. La actitud británica hacia él fue siempre ambigua. El Brigadier Dodson no lo quería en la ciudad. Llamaron a la puerta y Nadir contestó. Seis luna nuevas entraron en el cuarto, seis cuchillos de media luna esgrimidos por hombres totalmente vestidos de negro, con el rostro tapado. Dos hombres sujetaron a Nadir mientras los otros avanzaban hacia el Colibrí.

MascadorDeBetel«En ese momento», dicen los masticadores de betel, «el zumbido del Colibrí se hizo más agudo. Más y más agudo, yara, y los ojos de los asesinos se abrieron mientras sus miembros formaban tiendas de campaña bajo sus ropas. Y entonces -¡entonces, por Alá!- los cuchillos comenzaron a cantar y Abdullah cantó más fuerte, zumbando alto-muy alto, como nunca había zumbado. Su cuerpo era recio, y las largas hojas curvadas tuvieron dificultades para matarlo; una se rompió contra una costilla, pero las otras se tiñeron rápidamente de rojo. Pero entonces -¡escuchad!- el zumbido de Abdullah subió más allá del alcance de nuestros oídos humanos, y fue oído por los perros de la ciudad. En Agra habrá unos ocho mil cuatrocientos veinte perros sin dueño. Esa noche, es seguro que algunos estaban comiendo, otros muriéndose; algunos fornicaban y otros no oyeron la llamada. Pongamos unos dos mil de ellos; quedan seis mil cuatrocientos veinte chuchos, y todos ellos dieron la vuelta y fueron hacia la universidad, muchos de ellos cruzando los raíles del ferrocarril desde el lado malo de la ciudad. Sabido es que esto es cierto. Todo el mundo lo vio en la ciudad, salvo los que estaban durmiendo. Avanzaron ruidosamente como un ejército, y su rastro quedó después sembrado de huesos y excrementos y pelos… y Abdullahji no dejaba de zumbar,  zumbarzumbar, y los cuchillos cantaban. Y sabed esto: de pronto, el ojo de uno de los asesinos se quebró y cayó de su cuenca. ¡Más tarde se encontraron los fragmentos de cristal, triturados en la alfombra!»

Dicen: «Cuando llegaron los perros, Abdullah estaba casi muerto y los cuchillos embotados... llegaron como salvajes, saltando por la ventana, que no tenía cristal porque el zumbido de Abdullah lo había hecho añicos… se lanzaron pesadamente contra la puerta hasta que la madera se rompió… ¡y entonces estuvieron en todas partes, haba! … a algunos les faltaban patas, a otros el pelo, pero la mayoría de ellos tenían algunos dientes al menos, y algunos de esos dientes eran afilados… Y ahora mirad: los asesinos no temían ser interrumpidos, porque no habían puesto centinelas; de modo que los perros los cogieron por sorpresa… los dos hombres que sujetaban a Nadir Khan, aquel hombre sin carácter, cayeron al suelo bajo el peso de las bestias, quizá con sesenta y ocho perros al cuello… los asesinos estaban después tan destrizados que nadie pudo decir quienes eran.»

«En algún momento», dicen «Nadir se tiró por la ventana y huyó. Los perros y los asesinos estaban demasiado ocupados para seguirlo».

¿Perros? ¿Asesinos…? Si no me creéis, comprobadlo. Investigad lo que pasó con Mian Abdullah y sus asambleas. Descubrid como barrimos su historia metiéndola bajo la alfombra…

 

MumtazMahalp96  Mumtaz Aziz comenzó a llevar una doble vida. De día era una chica soltera, que vivía castamente con sus padres, estudiaba mediocremente en la universidad y cultivaba las dotes de diligencia, nobleza y paciencia que la distinguirían durante toda su vida, hasta el momento (incluido) en que fue asaltada por las cestas de colada parlantes de su pasado y aplastada como una tortita de arroz; pero de noche, bajando por una trampilla, penetraba en una apartada cámara nupcial, iluminada por lámparas, que su secreto marido había empezado a llamar su Taj Mahal, porque Taj Bibi era el nombre que la gente había dado a otra Mumtaz anterior: Mumtaz Mahal, la esposa del Emperador Shah Jehan, cuyo nombre significaba «rey del mundo». Cundo ella murió, él le construyó ese mausoleo que ha quedado inmortalizado en postales y cajas de bombones y cuyos pasillos exteriores aprestan a orina y cuyas paredes están cubiertas de pintadas y cuyos ecos son puestos a prueba por los guías, en beneficio de los visitantes, aunque hay letreros en tres idiomas que ruegan silencio…

 

p133 Uno de los viajes comenzó en un fuerte; el otro debía haber terminado en un fuerte, pero no lo hizo. Uno predijo el futuro; el otro determinó su posición geográfica. Durante uno de los viajes, los monos bailaron de una forma divertida; mientras que, en el otro lugar, también bailó un mono, pero con resultados desastrosos. En ambas aventuras, los buitres desempeñaron un papel. Y monstruos policéfalos acechaban al final de ambos caminos…

 

p135 … y cuando ella entra en esas callejas donde la pobreza corroe el alquitrán como una sequía, donde la gente vive sus vidas invisibles (porque comparten con Lifafa Das la maldición de la invisibilidad, y no todos tiene sonrisas hermosas), algo nuevo empieza a invadirla. Bajo la presión de esas calles que se hacen más estrechas a cada minuto, mas abarrotadas a cada pulgada, pierde sus «ojos de ciudad». Cuando se tienen ojos de ciudad no se ve a la gente invisible, no os chocan los hombres con elefantiasis en los huevos ni los mendigos en carritos de inválido, y los tramos de hormigón de futuras alcantarillas nos os parecen dormitorios. Mi madre perdió sus ojos de ciudad y la novedad de lo que veía la hizo enrojecer, mientras la novedad le pinchaba en las mejillas como una tormenta de granizo. Mirad, Dios santo ‘esos chicos tan guapos tienen los dientes negros! ¡No es posible… niñas que llevan al aire los pezones! ¡Realmente, qué h orror! Y, Allah-tobah, no lo quiera el Cielo, barrenderas con -¡no! ¡qué espanto!- la columna dorsal rota, y manojos de ramas y sin marcas de casta; ‘intocables, Alá bienamado…! y tullidos por todas partes, mutilados por padres amorosos para garantizarles unos ingresos vitalicios de la mendicidad… sí, mendigos en carritos, hombres adultos con piernas de niño, en cajones sobre ruedas, hechos de patines desechados y viejas cajas de mango; mi madre exclama: ‘Vamos a volver, Lifafa Das!-,,, pero él sonríe con su sonrisa hermosa…

 

p172  … porque aquí, en la catedral de Santo Tomás, la señorita Mary Pereira está enterándose de cuál es el color de Dios.

   —Azul —dijo seriamente el joven sacerdote—. Todas las pruebas existentes, hija mía, indican que Nuestro Señor Jesucristo era del más bello tono cristalino de un pálido azul celeste.               La mujercita que se encontraba tras la ventana con rejilla de madera del confesionario se quedó callada un momento. Un silencio inquieto, meditabundo. Y luego: —Pero ¿cómo es posible, padre? La gente no es azul. ¡No hay nadie azul en todo el ancho mundo!

   El desconcierto de la mujercita es igualado por la perplejidad del sacerdote… porque no es así como se supone que debiera reaccionar ella. El obispo había dicho: «Hay problemas con los conversos recientes… cuando preguntan por el color casi siempre lo son… es importante tender puentes, hijo mío. Recuérdalo», y dijo así el obispo: «Dios es amor; y a Krishna, el dios hindú del amor, se le representa siempre con la piel azul. Diles que azul; será una especie de puente entre las dos confesiones; con amabilidad se consigue todo, me sigues; y además el azul es un color neutral, evita los problemas habituales del color, lo libra a uno del blanco y el negro: sí, en resumidas cuentas, estoy seguro de que es el color que hay que elegir.» Hasta los obispos pueden equivocarse, piensa el joven padre, pero entretanto está en un buen apuro, porque la mujercita, evidentemente, se está poniendo nerviosa, y ha empezado a lanzar su severa reprimenda a través de la reja de madera:— ¿Qué clase de respuesta es ésa, padre, azul? ¿Cómo voy a creerme una cosa así? Debería escribir al Santo Padre Papa de Roma y estoy segura de que le rectificaría; ¡pero no hace falta ser Papa para saber que los hombres no son azules! —El joven padre cierra los ojos; respira profundamente; contraataca—. Hay gente que se tiñe la piel de azul —balbucea—. Los pictos, los nómadas árabes azules; si contaras con los beneficios de la educación, hija mía, verías que… —Pero ahora un violento resoplido resuena en el confesionario—. ¿Cómo, padre? ¿Vas a comparar a Nuestro Señor con los salvajes de la jungla? ¡Ay Dios, tengo que taparme los oídos de vergüenza! —… Y luego viene más, mucho más, mientras el joven padre, al que el estómago se las está haciendo pasar moradas, tiene de pronto la inspiración de que hay algo más importante escondido tras ese asunto del azul, y le hace la pregunta; con lo que la diatriba deja paso a las lágrimas, y el joven padre dice presa del pánico—: Vamos, vamos, ¿no creerás que el Divino Resplandor de Nuestro Señor es sólo cuestión de pigmentación.

   p234  … A finales de febrero, el veneno de serpiente penetró en nuestras vidas.

BungarusFasciatusEl doctor Schaapsteker era un hombre que engendraba historias delirantes. Los enfermeros más supersticiosos de su Instituto juraban que tenía la facultad de soñar todas las noches que le mordían las serpientes, y de esa forma permanecía inmune a sus mordeduras. Otros susurraban que era medio serpiente él mismo, hijo de la unión antinatural de una mujer y una cobra. Su obsesión por el veneno de la krait listada —bungarus fasciatus— se estaba haciendo legendaria. No hay contraveneno conocido para la mordedura del bungarus; pero Schaapsteker había dedicado su vida a encontrarlo. Compraba caballos decrépitos de las cuadras de Catrack (entre otras) y les inyectaba pequeñas dosis de veneno; pero los caballos, poco serviciales, rehusaban fabricar anticuerpos, echaban espumarajos por la boca y se morían de pie, y tenían que ser transformados en cola de pegar. Se decía que el doctor Schaapsteker —«Sharpsticker sahib», el sahib matarife— había adquirido ahora el poder de matar a los caballos simplemente acercándose a ellos con una jeringuilla hipodérmica…

     p298  Aunque la congelación de sus posesiones había terminado muchos años antes, la zona situada por debajo de la cintura de Ahmed Sinai había permanecido fría como el hielo. Desde el día en que exclamó: «¡Esos cabrones me han metido las pelotas en un cubo de hielo!» y Amina las había tomado en sus manos para calentarlas, quedándosele los dedos pegados a ellas a causa del frío, el sexo de mi padre había permanecido en estado letárgico, un elefante lanudo en un iceberg, como el que encontraron en Rusia en el 56. Mi madre Amina, que se había casado para tener hijos, sentía cómo las vidas no creadas se le pudrían en las entrañas, y se culpaba a sí misma de volverse poco atractiva para él, con sus callos y demás. Discutió su infelicidad con Mary Pereira, pero el ayah sólo le dijo que de «los hombres», no se podía conseguir la felicidad; las dos preparaban encurtidos mientras hablaban, y Amina mezclaba sus decepciones con chutney picante de lima que nunca dejaba de hacer que se le llenasen los ojos de lágrimas.

      p308  Antes de meterme en mi primer par de pantalones largos, me enamoré de Evie; pero aquel año el amor era algo curioso, de reacción en cadena. Para ahorrar tiempo nos colocaré a todos en la misma fila del Metro cinema; Robert Taylor se refleja en nuestros ojos mientras estamos en un estado de éxtasis parpadeante… y también en un orden simbólico: Saleem Sinai se sienta-junto-a-y-enamorado-de Evie Burns, que se sienta-junto-a-y-enamorada-de Sonny Ibrahim, que se sienta-junto-a-y-enamorado-del Mono de Latón, que se sienta junto al pasillo y está muerta de hambre… Amé a Evie quizá durante seis meses de mi vida; dos años más tarde, ella volvió a América, apuñaló a una vieja y fue enviada a un reformatorio…

     … Para empezar por el principio: ella tenía el pelo de paja de espantapájaros, la piel salpimentada de pecas y los dientes encerrados en una jaula de metal. Esos dientes eran, al parecer, la única cosa en el mundo sobre la que no tenía poder: crecían desordenadamente, en malévolas superposiciones de loca pavimentación, y le daban horribles punzadas cuando comía helado. (Me permitiré esta generalización: los americanos se han hecho los amos del universo, pero no tienen dominio sobre sus bocas; por el contrario, la India es impotente, pero sus hijos suelen tener una excelente dentadura.)

     Atormentada por los dolores de muelas, mi Evie se crecía espléndidamente ante el dolor. Negándose a ser gobernada por huesos y encías, comía pasteles y bebía coca siempre que los tenía a mano; y nunca se quejaba. Evie Burns: una chica dura de pelar: su conquista del dolor confirmaba su soberanía sobre todos nosotros. Se ha observado que todos los americanos necesitan una frontera: el dolor era la suya, y estaba decidida a conquistarla.

India-Mapp321  Es un hecho histórico que la Comisión de Reorganización de los Estados presentó su informe al señor Nehru ya en octubre de 1955; un año más tarde, sus recomendaciones se habían ejecutado. La India había sido nuevamente dividida, en catorce Estados y seis «territorios» de administración centralizada. Pero las fronteras de esos Estados no estaban formadas por ríos, ni montañas ni otros accidentes naturales del terreno; eran, en lugar de ello, muros de palabras. El lenguaje nos dividía: Kerala era para los que hablaban malayalam, la única lengua de nombre palíndromo del mundo…

 

p333  … Pero ya he perdido una semana; de modo que, con fiebre o sin fiebre, tengo que apresurarme; porque habiendo agotado (por el momento) esa vena de fabulación antigua, estoy llegando al corazón fantástico de mi propia historia, y tengo que escribir de forma sencilla y sin velos acerca de los hijos de la medianoche. 

   Entendedme lo que digo: en la primera hora del 15 de agosto de 1947 —entre medianoche y la una de la madrugada— nacieron nada menos que mil y un niños dentro de las fronteras del recién nacido Estado soberano de la India. En sí mismo, no es un hecho insólito (aunque las resonancias del número sean extrañamente literarias)… en esa época, los nacimientos en nuestra parte del mundo superaban a los fallecimientos en unos seiscientos ochenta y siete por hora. Lo que hacía el acontecimiento notable (¡notable! Qué palabra más desapasionada, ¿no os parece?) era la naturaleza de esos niños, cada uno de los cuales estaba, por algún fenómeno biológico, o quizá a causa de algún poder preternatural del momento, o simplemente, de forma concebible, por pura coincidencia (aunque una sincronicidad a esa escala haría vacilar hasta a C. G. Jung), dotado de características, talentos o facultades que sólo pueden describirse como milagrosas. Fue como si —si se me permite un minuto de fantasía en lo que, por lo demás será, lo prometo, el relato más sobrio que pueda hacer— como si la Historia, al llegar a un punto de las más altas significación y promesas, hubiera decidido sembrar, en ese instante, las semillas de un futuro auténticamente distinto de todo lo que el mundo había visto hasta entonces.

  Si se produjo un milagro análogo al otro lado de la frontera, en el recientemente separado Pakistán, no tengo conocimiento de ello; mis percepciones, mientras duraron, estuvieron limitadas por el mar Arábigo, el golfo de Bengala y la cordillera del Himalaya, pero también por las fronteras artificiales que atravesaban el Punjab y Bengala.

  Inevitablemente, algunos de esos niños no sobrevivieron. La desnutrición, la enfermedad y las desgracias de la vida cotidiana habían dado cuenta de nada menos que cuatrocientos veinte de ellos para cuando tuve conciencia de su existencia; aunque es posible formular la hipótesis de que esas muertes tenían también su finalidad, porque 420 ha sido, desde tiempo inmemorial, el número asociado con el fraude, el engaño y la superchería. ¿Podría ser, pues, que los niños que faltaban hubieran sido eliminados porque se habían vuelto en cierto modo inapropiados, y no eran auténticos hijos de esa hora de la medianoche? Bueno, en primer lugar, ésa es otra divagación de mi fantasía; y en segundo, se basa en un concepto de la vida que es a un tiempo excesivamente teológico y bárbaramente cruel. Se trata también de una pregunta sin respuesta; todo examen ulterior resulta, por lo tanto, improductivo.

  Para 1957, los quinientos ochenta y un niños supervivientes se estaban acercando todos a su décimo cumpleaños, totalmente ignorantes, en su mayor parte, de su mutua existencia… aunque sin duda había excepciones. En la ciudad de Baud, junto al río Mahanadi, en Orissa, había un par de hermanas gemelas que eran ya leyenda en la región, porque, a pesar de su impresionante fealdad, ambas tenían la facultad de hacer que todos los hombres que las veían se enamorasen desesperada y, a veces, suicidamente de ellas, de forma que sus perplejos padres se veían interminablemente acosados por un torrente de hombres que les ofrecían su mano para casarse con cualquiera de las dos y hasta con las dos desconcertantes niñas; ancianos que habían renunciado a la sabiduría de sus barbas y jóvenes que hubieran debido estar chiflándose por las actrices del cine ambulante que venía a Baud una vez al mes; y había otra procesión, más perturbadora, de familias desconsoladas que maldecían a las gemelas por haber embrujado a sus hijos para que cometieran actos de violencia contra sí mismos, mutilaciones y flagelaciones fatales e incluso (en un caso) una autoinmolación. Con excepción de esos raros casos, sin embargo, los hijos de la medianoche habían crecido completamente ignorantes de quiénes eran sus verdaderos hermanos, sus compañeros-elegidos a lo largo y lo ancho del diamante tosco y mal proporcionado de la India.

 Y entonces, como consecuencia de una sacudida recibida en un accidente de bicicleta, yo, Saleem Sinai, tuve conciencia de todos ellos.

A todo aquel cuya mentalidad sea demasiado inflexible para aceptar estos hechos, tengo que decirle lo siguiente: así es como fue; no es posible renunciar a la verdad. Sencillamente, Tagoretendré que soportar la carga de la incredulidad de quien lo dude. Pero ninguna persona que sepa leer en esta India nuestra puede ser totalmente inmune al tipo de información que estoy revelando… ningún lector de nuestra prensa nacional puede haber dejado de tropezarse con una serie —desde luego menor— de niños mágicos y monstruos variados. Sólo la semana pasada fue ese chico bengalí que anunció que era la reencarnación de Rabindranath Tagore y comenzó a improvisar versos de notable calidad, para asombro de sus padres; y yo mismo puedo recordar niños de dos cabezas (a veces una humana y otra animal), y con otras características curiosas, como cuernos de toro.

  Debo decir enseguida que no todos los dones de los niños eran deseables, ni siquiera deseados por los propios niños; y, en algunos casos, los niños habían sobrevivido pero se habían visto privados de las cualidades regaladas por la medianoche. Por ejemplo (para emparejar la historia de las gemelas de Baud), permitidme mencionar a una niña mendiga llamada Sundari, que nació en una calle situada tras la Oficina General de Correos, no lejos de la terraza en donde Amina Sinai escuchó a Ramram Seth, una niña cuya belleza era tan intensa que, a los pocos momentos de su nacimiento, había conseguido cegar a su madre y a las vecinas que la habían estado ayudando en el parto; su padre, que se precipitó en la habitación al oír los chillidos de las mujeres, fue avisado por ellas justamente a tiempo; pero su única ojeada fugaz a su hija le dañó tanto la vista que, a partir de ent onces, fue incapaz de distinguir entre los indios y los turistas extranjeros, lo que afectó grandemente a su capacidad para obtener ingresos como mendigo. Durante algún tiempo después de eso, Sundari fue obligada a llevar un trapo que le tapaba la cara; hasta que una tía abuela vieja y despiadada la cogió en sus brazos huesudos y le dio nueve tajos en el rostro con un cuchillo de cocina. En la época en que tuve conciencia de ella, Sundari se ganaba muy bien la vida, porque nadie que la mirase podía dejar de apiadarse de una chica que en otro tiempo había sido evidentemente tan bella y estaba ahora tan cruelmente desfigurada; le daban más limosnas que a cualquier otro miembro de su familia.

  Como ninguno de los niños sospechaba que el momento de su nacimiento tuviera nada que ver con lo que eran, tardé algún tiempo en descubrirlo. Al principio, después del accidente de bicicleta (y, especialmente, una vez que los manifestantes por el idioma me hubieron purgado de Evie Burns), me contenté con descubrir; uno por uno, los secretos de los seres fabulosos que habían llegado repentinamente a mi campo de visión mental, coleccionándolos vorazmente, como algunos chicos coleccionan insectos y otros reconocen trenes; perdiendo interés por los álbumes de autógrafos y todas las demás manifestaciones del instinto de acopio, me zambullía siempre que podía en la realidad distinta y absolutamente más brillante de los quinientos ochenta y uno. (Doscientos sesenta y seis de nosotros éramos chicos; y nuestras colegas femeninas nos superaban en número: eran trescientas quince, incluida la-bruja-Parvati.)

  ¡Los hijos de la medianoche…! De Kerala, un chico que tenía la facultad de penetrar en los espejos y volver a salir por cualquier superficie reflectante terrestre… por los lagos y (con mayor dificultad) por las pulidas carrocerías de los automóviles… y una chica goanesa con el don de multiplicar los peces… y niños con poderes de transformación: un hombre-lobo de las montañas Nilgiri, y de la gran cuenca de las Vindhyas, un muchacho que podía aumentar o reducir su tamaño a voluntad, y había sido ya (juguetonamente) causa de un pánico desatado y de rumores sobre el regreso de los Gigantes… de Cachemira había una criatura de ojos azules, de cuyo sexo original nunca estuve seguro, porque, metiéndose en el agua, él (o ella) lo podía cambiar como ella (o él) quisiera. Algunos de nosotros llamábamos a esa criatura Narada, otros Markandaya, según qué antiguo cuento fantástico sobre cambios de sexo hubiéramos oído… cerca de Jalna, en el corazón del reseco Deccan, encontré a un joven zahorí, y en Budge-Budge, en las afueras de Calcuta, a una muchacha de lengua afilada cuyas palabras tenían ya el poder de causar heridas físicas, de forma que, después de que algunos adultos se vieron sangrando abundantemente como consecuencia de algún dardo salido indiferentemente de sus labios, decidieron encerrarla en una jaula de bambú y hacerla bajar flotando por el Ganges hasta las selvas de los Sundarbans (que son el verdadero hogar de monstruos y de fantasmas); pero nadie se atrevía a acercarse a ella, y se desplazaba por la ciudad rodeada por un vacío de miedo; nadie tenía valor para negarle comida. Había un muchacho que podía comer metales y una chica cuyos dedos eran tan lozanos que podía cultivar berenjenas de concurso en el desierto de Thar; y más y más y más… abrumado por su número y por la exótica multiplicidad de sus dones, prestaba poca atención, en esos primeros tiempos, a sus envolturas ordinarias; pero inevitablemente nuestros problemas, cuando surgieron, fueron los problemas cotidianos y humanos que surgen del carácter-y-el-medio; en nuestras peleas, éramos sólo un puñado de chicos.

 MidnightsChildrenUn hecho notable: cuanto más próximo a la medianoche estaba el momento de nuestro nacimiento, tanto mayores eran nuestros dones. Los niños nacidos en los últimos segundos de la hora eran (para ser franco) poco más que fenómenos de circo: chicas barbudas, un muchacho con las agallas en perfecto funcionamiento de una trucha mahaseer de agua dulce, hermanos siameses con dos cuerpos que colgaban de una sola cabeza y un solo cuello: la cabeza podía hablar con dos voces, una masculina y una femenina, en todos los idiomas y dialectos del subcontinente; pero, a pesar de todas esas cosas maravillosas, eran los desgraciados, las víctimas vivas de aquella hora sobrenatural. Hacia la media hora venían las facultades más interesantes y útiles: en la selva de Gir vivía una muchacha-bruja que tenía el poder de sanar imponiendo las manos, y el hijo de un acaudalado plantador de té de Shillong tenía la bendición (o, posiblemente, la maldición) de ser incapaz de olvidar nada que hubiera visto u oído. Pero los niños nacidos en el primer minuto de todos… para esos niños la hora había reservado los más altos talentos que el hombre había soñado. Si tú, Padma, tuvieras un registro de los nacimientos en que estuvieran anotadas las horas al segundo exacto, también tú sabrías qué vástago de una gran familia de Lucknow (nacido veintiún segundos después de la medianoche) dominaba totalmente, a los diez años, las perdidas artes de la alquimia, con las que rehízo la fortuna de su antigua pero derrochadora casa; y qué hija de un dhobi de Madrás (a las doce y diecisiete segundos) podía volar más alto que cualquier pájaro simplemente cerrando los ojos; y a qué hijo de un platero benarsi (doce segundos después de la medianoche) se le concedió el don de viajar en el tiempo, profetizando así el futuro y aclarando también el pasado… un don en el que, niños como éramos, confiábamos implícitamente cuando se refería a cosas pasadas y olvidadas, pero del que nos burlábamos cuando nos advertía de nuestro propio fin… afortunadamente, no existen tales datos; y, por mi parte, no revelaré —o bien, pareciendo revelarlos, falsificaré— sus nombres y hasta su ubicación; porque, aunque esos datos serían una prueba absoluta de mis afirmaciones, los hijos de la medianoche merecen ahora, después de todo lo ocurrido, que se los deje tranquilos; quizá para olvidar; pero espero (contra toda esperanza) que para recordar…

  La bruja-Parvati nació en el Viejo Delhi en un barrio miserable que se arracimaba en torno a las escaleras de la mezquita del viernes. No era un barrio ordinario aquél, aunque las chozas construidas con viejas cajas de embalaje y trozos de chapa ondulada y jirones de sacos de yute que se alzaban a la buena de Dios a la sombra de la mezquita no parecían diferentes de las de cualquier otro barrio de chabolas… porque ése era el gueto de los magos, sí, el mismísimo lugar que en otro tiempo engendró un Colibrí al que los cuchillos atravesaron y los perros callejeros no pudieron salvar… el barrio de los nigromantes, al que acudían en tropel continuamente los mayores faquires y prestidigitadores e ilusionistas del país, para buscar fortuna en la capital. Encontraban chozas de lata, malos tratos policíacos y ratas… El padre de Parvati había sido en otro tiempo el mayor nigromante de Oudh; ella había crecido entre ventrílocuos que podían hacer que las piedras contasen chistes y contorsionistas capaces de tragarse sus propias piernas y tragafuegos que echaban llamas por el ojo del culo y payasos trágicos que se podían sacar lágrimas de vidrio del rabillo del ojo; había permanecido plácidamente en medio de muchedumbres boquiabiertas mientras su padre se atravesaba el cuello con pinchos; todo el tiempo había guardado su propio secreto, que era mayor que cualquiera de las pamplinas de ilusionista que la rodeaban; porque a la-bruja-Parvati, nacida sólo siete segundos después de la medianoche el 15 de agosto, se le habían dado los poderes del verdadero adepto, del iluminado, los auténticos dones del conjuro y la hechicería, el arte que no necesitaba artificios.

  Así pues, entre los hijos de la medianoche había niños con poderes de transmutación, vuelo, profecía y hechicería… pero dos de nosotros habíamos nacido al dar la medianoche. Saleem y Shiva, Shiva y Saleem, nariz y rodillas y rodillas y nariz… a Shiva, la hora le había dado los dones de la guerra (de Rama, que podía tensar el arco intensable; de Arjuna y Bhima; ¡el antiguo valor de kurus y pandavas reunidos, incontenible, estaba en él!)… y a mí, el mayor talento de todos: la capacidad de ver en los corazones y las mentes de los hombres.

  Pero es Kali-Yuga; los hijos de la hora de la oscuridad nacieron, me temo, en plena edad de la oscuridad; de forma que, aunque encontrábamos fácil ser geniales, nos sentíamos siempre desconcertados cuando se trataba de ser buenos.

  Ya está; ya lo he dicho. Eso es lo que era… lo que éramos

 

p346   … Pero todavía faltaba lo peor. Unos días más tarde yo estaba sentado con Alice en la escalera de caracol de hierro de los criados cuando me dijo: —Baba, no sé lo que le pasa hoy a tu papá. ¡Se ha pasado todo el día maldiciendo maldiciones contra el perro!

     La perra mestiza que llamábamos Sherri había subido tan tranquila a nuestro altozano de dos pisos a principios de aquel año y nos había adoptado simplemente, sin saber que la vida era asunto peligroso para los animales en la Hacienda de Methwold; y, en sus cogorzas, Ahmed Sinai la convirtió en conejillo de Indias para sus experimentos con la maldición familiar.

     Era la misma maldición ficticia que se había inventado para impresionar a William Methwold, pero ahora, en las licuescentes cámaras de su mente, los djinns lo persuadieron de que no era una ficción y de que sólo había olvidado las palabras; de manera que se pasaba largas horas en su oficina insensatamente solitaria, experimentando distintas fórmulas… —¡Le echa al pobre bicho cada maldición! —decía Alice—. ¡Me maravilla que no se caiga muerto al instante!

     Pero Sherri se limitaba a quedarse en un rincón mirándolo estúpidamente con una mueca, y rehusaba ponerse purpúrea o criar furúnculos, hasta que una tarde él salió bruscamente de la oficina y ordenó a Amina que nos llevara a todos en coche a Hornby Vellard. Sherri vino también. Nos paseamos, con expresión de perplejidad, de un lado a otro por Vellard, y entonces mi padre dijo: —Entrad en el coche, todos. —Pero no dejó subir a Sherri… cuando el Rover aceleró con mi padre al volante, ella empezó a perseguirnos, mientras el Mono gritaba Papápapá y Amina suplicaba Janum por favor y yo permanecía sentado, mudo de horror, tuvimos que recorrer millas, casi todo el camino hasta el aeropuerto de Santa Cruz, antes de que mi padre consiguiera vengarse de la perra, por haberse negado a sucumbir a sus hechicerías… se le rompió una arteria mientras corría y murió echando sangre por la boca y el trasero, bajo la mirada fija de una vaca hambrienta…

 

p353    EN EL PIONEER CAFÉ

 GreenAndBlack2No hay colores salvo verde y negro las paredes son verdes el cielo es negro (no hay techo) las estrellas son verdes la Viuda es verde pero tiene el pelo negro negrísimo. La Viuda está sentada en una silla alta muy alta la silla es verde el asiento es negro el pelo de la Viuda tiene una raya en medio a la izquierda es verde y a la derecha negro. Alta como el cielo la silla es verde el asiento es negro el brazo de la Viuda es largo como la muerte su piel es verde las uñas son largas y afiladas y negras. Entre las paredes los niños verdes las paredes son verdes el brazo de la Viuda baja serpenteando la serpiente es verde los niños gritan las uñas son negras arañan el brazo de la Viuda está cazando mirad cómo corren y gritan los niños la mano de la Viuda zigzaguea a su alrededor verde y negra. Ahora uno por uno los niños mmff son sofocados la mano de la Viuda levanta uno por uno a los niños verdes su sangre es negra liberada por unas uñas que cortan salpica de negro las paredes (de verde) a medida que uno por uno la mano zigzagueante levanta los niños tan altos como el cielo el cielo es negro no hay estrellas la Viuda ríe tiene la lengua verde pero mirad sus dientes son negros. Y los niños son partidos en dos en las manos de la Viuda que enrolla enrolla mitades de niño las enrolla formando bolitas las bolas son verdes la noche es negra. Y las bolitas vuelan a la noche entre las paredes los niños chillan cuando uno por uno la mano de la Viuda. Y en un rincón el Mono y yo (las paredes son verdes las sombras negras) agachándonos arrastrándonos anchas altas paredes verdes disolviéndose en negro no hay techo y la mano de la Viuda llega unoporuno los niños gritan y mmff y bolitas y mano y grito y mmff y manchas que salpican de negro. Ahora sólo ella y yo y no hay más gritos la mano de la Viuda llega cazando cazando la piel es verde las uñas son negras hacia el rincón cazando cazando mientras nosotros nos encogemos más en el rincón nuestra piel es verde nuestro miedo es negro y ahora la Mano llega acercándose acercándose y ella mi hermana me empuja fuera fuera del rincón mientras ella se queda agachándose mirando fijamente la mano las uñas zigzaguean grito y mmff y salpicadura de negro y hacia arriba tan alto como el cielo y riéndose la Viuda desgarrando los enrollo en bolitas las bolas son verdes y a la noche la noche es negra…

 

p362  Érase una vez una madre que, para convertirse en madre, accedió a cambiar de nombre; que se impuso a sí misma la tarea de enamorarse de su marido pedazo a pedazo, pero nunca logró amar una parte, aquella parte, por extraño que parezca, que hizo posible su maternidad; cuyos pies cojeaban por las verrugas y cuyas espaldas se doblaban bajo las culpas acumuladas del mundo; cuyo marido tenía un órgano imposible de amar que no pudo recuperarse de los efectos de una congelación; y que, como su marido, sucumbió finalmente a los misterios de los teléfonos, pasándose largos minutos escuchando las palabras de personas que se equivocaban de número… poco después de mi décimo cumpleaños (cuando me había recuperado de la fiebre que, recientemente, ha vuelto a atormentarme tras un intervalo de casi veintiún años), Amina Sinai reanudó su reciente costumbre de salir de forma repentina, y siempre inmediatamente después de una llamada equivocada, para hacer compras urgentes. Pero ahora, escondido en el maletero del Rover, viajaba con ella un polizón, que permanecía echado y protegido por cojines robados, agarrando una delgada tira de plástico rosa…

 

p441   Mi veneno era lento; pero tres semanas más tarde, hizo su efecto.

 Se supo luego que, después de recibir mi anónimo, el Comandante Sabarmati había contratado los servicios del ilustre Dom Minto, el más conocido de los detectives privados de Bombay (Minto, viejo y casi lisiado, había rebajado para entonces sus tarifas). Esperó a recibir el informe de Minto. Y entonces:

 Aquel domingo por la mañana había seis niños sentados en una fila del Club de Cachorros de la Metro, viendo Mi Mula Francis y La Casa Encantada. Ya veis, tenía mi coartada; no estaba nada cerca del escenario del crimen. Como Sin, la luna creciente, actuaba desde lejos sobre las mareas del mundo… mientras una mula hablaba en la pantalla, el Comandante Sabarmati visitaba el arsenal naval. Sacaba un buen revólver, de nariz larga; munición también. Sostenía, en la mano izquierda, un pedazo de papel en el que había escrita una dirección con la clara letra del detective; con la mano derecha agarraba el revólver sin funda. En un taxi, el Comandante llegó a Colaba Causeway. Pagó el coche, caminó con la pistola en la mano por un estrecho callejón, pasando por delante de puestos de camisas y tiendas de juguetes, y subió las escaleras de un bloque de apartamentos apartado del callejón, en la parte de atrás de un patio de cemento. Llamó al timbre del apartamento 18 C; en el 18 B se oía a un profesor angloindio que daba clases privadas de latín. Cuando Lila, la mujer del Comandante Sabarmati, abrió la puerta, él le disparó dos tiros en el estómago, a bocajarro. Ella cayó hacia atrás; él pasó por delante de ella y se encontró al señor Homi Catrack levantándose del retrete, con el trasero sucio, subiéndose frenéticamente los pantalones. El Comandante Vinoo Sabarmati le disparó un tiro en los genitales, un tiro en el corazón y un tiro que le atravesó el ojo derecho. La pistola no llevaba silenciador; pero, cuando terminó de hablar, se produjo un silencio enorme en el apartamento. El señor Catrack se quedó sentado en el retrete, después de los disparos, y parecía sonreír.

El Comandante Sabarmati salió del bloque de apartamentos con la pistola humeante en la mano (fue visto, por una rendija de la puerta, por un profesor de latín aterrorizado); caminó lentamente por Colaba Causeway hasta que vio a un policía de tráfico en su pequeña plataforma. El Comandante Sabarmati le dijo al policía: —Acabo de matar a mi mujer y a su amante con esta pistola; me entrego a su… —Pero al decirlo agitaba la pistola ante las narices del policía; el agente se asustó tanto que dejó caer su porra de dirigir el tráfico y huyó. El Comandante Sabarmati, solo en el pedestal del policía, en medio de la repentina confusión del tráfico, comenzó a dirigir los coches, utilizando la pistola humeante como porra. Así fue como lo encontró el pelotón de doce policías que llegó diez minutos más tarde, los cuales saltaron valerosamente sobre él y lo ataron de pies y manos, quitándole la insólita porra con la que, durante diez minutos, había dirigido el tráfico de forma experta…

 

p482   … Estábamos anclados frente al Rann de Kutch en una tarde empapada de calor. El calor me zumbaba en el oído izquierdo malo; pero preferí quedarme en cubierta, mirando cómo unas embarcaciones de remos pequeñas y vagamente siniestras y unos dhows de pescador hacían su servicio de trasbordo entre nuestro barco y el Rann, transportando objetos tapados con lonas, yendo y viniendo, yendo y viniendo. Bajo cubierta, los adultos jugaban a la lotería de cartones; yo no tenía ni idea de dónde estaba el Mono. Era la primera vez que estaba en un verdadero barco (las visitas ocasionales a buques de guerra americanos en el puerto de Bombay no contaban, porque eran sólo turismo; y además estaba la molestia de encontrarse en compañía de docenas de señoras en estado avanzado de embarazo, que iban siempre a esas visitas en grupo con la esperanza de ponerse de parto y dar a luz hijos que, por razón de su nacimiento embarcado, tendrían derecho a la nacionalidad americana). Miraba fijamente, a través de la neblina de calor…

 

p516  Nuestros nombres encierran nuestros destinos; viviendo como vivimos en un lugar donde los nombres no han adquirido la falta de significado del Occidente y son todavía algo más que simples sonidos, somos también víctimas de nuestros títulos. Sinai contiene a Ibn Sina[Avicena], Maestro de Magos, adepto sufí; y también Sin la luna, el antiguo dios de Hadhramaut, con su propio modo de conexión y sus poderes para actuar-a-distancia sobre las mareas del mundo. Pero Sin es también la letra S, sinuosa como una serpiente; hay serpientes enroscadas dentro de ese nombre. Y está también el accidente de la transliteración: Sinai, en la escritura latina, aunque no en la nastaliq, es también el nombre del lugar-de-la-revelación, del quítate-las-sandalias, de los mandamientos y los becerros de oro; pero cuando todo eso se ha dicho y hecho; cuando se olvida a Ibn Sina y se ha puesto la luna; cuando las serpientes están escondidas y las revelaciones terminan, es el nombre del desierto: de la aridez, la infecundidad, el polvo; el nombre del fin.

En ArabiaArabia Deserta— en la época del profeta Mahoma, predicaron también otros profetas: Maslama, de la tribu de los Banu Hanifa, en la Yamama, el corazón mismo de Arabia; y Hanzala ibn Safwan; y Khalid ibn Sinan. El Dios de Maslama era ar-Rahman, «el Misericordioso»; hoy los musulmanes rezan a Alá, ar-Rahman. Khalid ibn Sinan fue enviado a la tribu de los Abs; durante cierto tiempo, lo siguieron, pero luego se perdió. Los profetas no son siempre falsos simplemente porque hayan sido sobrepasados, y tragados, por la Historia. Siempre ha habido hombres de valor vagando por el desierto…

 

p521     LA CANTANTE JAMILA

 KarachiPort Resultó ser un sentido tan agudo como para ser capaz de distinguir el pegajoso vaho de hipocresía tras la sonrisa de bienvenida con que Alia, mi tía solterona, nos saludó en los muelles de Karachi. Irremediablemente amargada por la defección de mi padre, muchos años antes, a los brazos de su hermana, mi directora tía había adquirido la corpulencia patosa de unos celos no apagados; los gruesos pelos oscuros del resentimiento le brotaban por la mayoría de los poros de la piel. Y quizá consiguió engañar a mis padres y a Jamila con sus brazos abiertos, su anadeante carrerita hacia nosotros, su grito de «¡Ahmed bhai, por fin! ¡Más vale tarde que nunca!», y sus ofertas de hospitalidad —inevitablemente aceptadas— al estilo arácnido; pero yo, que me había pasado una gran parte de mi infancia llevando los amargos mitones y los agrios gorritos con pompón de su envidia, que, sin saberlo, me había contagiado de fracaso por las cositas de niño de aspecto inocente que ella había tejido con su odio, y que, además, podía recordar claramente lo que era estar dominado por el deseo de venganza, yo, Saleem-el-drenado, podía oler los olores de venganza que segregaban las glándulas de Alia. Sin embargo, no podía protestar; nos vimos arrastrados a su Datsun vengativo y llevados por Bunder Road hasta su casa de Guru Mandir… como moscas, sólo que más tontas, porque celebrábamos nuestra cautividad…  

… era mi libertad nasal para inhalar mucho más que los perfumes de origen puramente físico con los que el resto de la raza humana ha decidido contentarse. Así, desde los primeros días de mi adolescencia pakistaní, comencé a aprender los aromas secretos del mundo, el perfume embriagador pero rápidamente disipado del amor nuevo, y también la acritud profunda y de mayor duración del odio. (No pasó mucho tiempo desde mi llegada al «País de los Puros» sin que descubriera en mí mismo la impureza máxima del amor a mi hermana; y los rescoldos de mi tía me llenaron las narices desde el principio.) Una nariz puede daros conocimiento, pero no poder-sobre-los-acontecimientos; mi invasión del Pakistán, armado sólo (si es ésa la palabra apropiada) con una nueva manifestación de mi herencia nasal, me dio la facultad de olfatear-la-verdad, de oler lo-que-había-en-el-aire, de seguir pistas; pero no el único poder que necesita un invasor: la fortaleza para vencer a sus enemigos.

  No lo negaré: nunca perdoné a Karachi que no fuera Bombay. Situada entre el desierto y tristes riachuelos salinos cuyas orillas estaban cubiertas de atrofiados mangles, mi nueva ciudad parecía poseer una fealdad que eclipsaba incluso a la mía; al haber crecido demasiado deprisa —su población se había cuadruplicado desde 1947—, había adquirido la hinchazón deforme de un enano gigante…

 

p539   … Sólo cuando estuve seguro de dominar los olores físicos pasé a esos otros aromas que sólo yo podía oler: los perfumes de las emociones y de los mil y un impulsos que nos hacen humanos: amor y muerte, codicia y humildad, tener y no tener fueron etiquetados y colocados en ordenados compartimientos de mi mente.

Primeros intentos de ordenación: traté de clasificar los olores por su color: la ropa interior hirviendo y la tinta de imprenta del Daily Jang compartían una calidad azulada, mientras que la teca antigua y los pedos frescos eran de un castaño oscuro. A los automóviles y los cementerios los clasifiqué juntos como grises… también había una clasificación-por-pesos: olores peso mosca (el papel), olores peso gallo (cuerpos recién jabonados, hierba), pesos medios (sudor, reina de la noche); el shahi-korma y la grasa de bicicleta eran los semipesados de mi sistema, en tanto que la có era, el pachulí, la traición y el estiércol figuraban entre los hedores peso pesado de la tierra. Y tenía también un sistema geométrico: la redondez de la alegría y la angulosidad
PECHSde la ambición; tenía olores elípticos, y también ovales y cuadrados… lexicógrafo de la nariz, recorría Bunder Road y las P.E.C.H.S. [Pakistán Employess Cooperative Housing Society; vivinadas construidas por esa cooperativa N.del T.]; botánico, cazaba bocanadas como mariposas en la red de mis pelos nasales. ¡Oh viajes maravillosos antes del nacimiento de la filosofía…! Porque pronto comprendí que, para tener algún valor, mi trabajo tenía que cobrar una dimensión moral; que las únicas divisiones importantes eran las gradaciones infinitamente sutiles de los olores del bien y del mal. Habiendo comprendido la naturaleza decisiva de la moralidad, habiendo olfateado que los olores podían ser sacros o profanos, inventé, en el aislamiento de mis excursiones en scooter, la ciencia de la ética nasal.

  Sagrados: velos purdah, carne halal, torres de almuédano, esterillas de rezar; profanos: discos occidentales, carne de cerdo, alcohol. Ahora comprendía por qué los mullahs (sagrados) se negaban a entrar en aeroplanos (profanos) la noche antes de Eid-ul-Fitr, y ni siquiera estaban dispuestos a entrar en vehículos cuyo olor secreto era la antítesis de la santidad, a fin de estar seguros de ver la luna nueva. Aprendí la incompatibilidad olfatoria entre el Islam y el socialismo, y la inalienable oposición existente entre el after-shave de los socios del Sind Club y el tufo de la pobreza de los mendigos que duermen en la calle a las puertas del Club… cada vez más, sin embargo, me convencí de una desagradable verdad: a saber, que lo sagrado, o lo bueno, tenía poco interés para mí, aunque esos aromas rodeasen a mi hermana mientras cantaba; en tanto que la acritud de la alcantarilla parecía atraerme de una forma fatalmente irresistible. Además, yo tenía dieciséis años ¡había cosas que se agitaban bajo mi cinturón, dentro de mis pantalones blancos de dril; y ninguna ciudad que encierra a sus mujeres anda nunca escasa de putas. Mientras Jamila cantaba la santidad y el amor-a-la-patria, yo exploraba lo profano y la lujuria. (Tenía dinero para tirar; mi padre se había vuelto generoso al mismo tiempo que amante.)

p568  Desde la Partición, el Rann había sido «territorio controvertido», aunque, en la práctica, ninguno de los dos bandos había puesto mucho entusiasmo en la controversia. En las colinas situadas a lo largo del paralelo 23, la frontera oficiosa, el Gobierno del Pakistán había construido una línea de puestos fronterizos, cada uno de ellos con su solitaria guarnición de seis hombres y un faro. Varios de esos puestos fueron ocupados el 9 de abril de 1965 por tropas del Ejército indio; una fuerza pakistaní, incluido mi primo Zafar, que estaba en la zona de maniobras, entabló un combate de ochenta y dos días para restablecer la frontera. La guerra del Rann duró hasta el 1.º de julio. Hasta ahí se trata de hechos; pero todo lo demás está escondido bajo el aire doblemente brumoso de la irrealidad y la simulación que afectaban a todos los tejemanejes de aquellos días, y especialmente a todos los acontecimientos en el fantasmagórico Rann… de forma que la historia que voy a contar, que es sustancialmente la que contó mi primo Zafar, tiene tantas probabilidades de ser cierta como cualquier otra; es decir, como cualquier otra salvo la que nos contaron oficialmente.

  … Cuando los jóvenes soldados pakistaníes penetraron en el pantanoso terreno del Rann, un sudor frío y pegajoso cubrió sus frentes, y se sintieron desconcertados por la verdosa calidad de fondo marino de la luz; se contaron historias que los asustaron más todavía, leyendas de cosas horribles que ocurrían en esa zona anfibia, de bestias marinas demoníacas de ojos encendidos, de mujeres-peces que permanecían echadas con sus cabezas de pez bajo el agua, respirando, mientras sus mitades inferiores humanas, perfectamente formadas y desnudas, reposaban en la playa, tentando a los incautos a realizar fatales actos sexuales, porque sabido es que nadie puede amar a una mujer-pez y vivir… de forma que, para cuando llegaron a los puestos fronterizos y fueron a la guerra, eran una chusma asustada de chicos de diecisiete años, y sin duda hubieran sido aniquilados, a no ser porque los indios de enfrente habían estado expuestos al aire verde del Rann por más tiempo aún que ellos; de forma que, en aquel mundo de hechiceros, se libró una guerra demencial en la que cada bando creía ver apariciones de diablos que luchaban junto a sus enemigos; pero al final las tropas indias cedieron; muchos de los soldados se derrumbaron hechos un mar de lágrimas y sollozaron, Gracias a Dios que ha terminado; hablaron de grandes cosas gelatinosas que se deslizaban en torno a los puestos fronterizos de noche, y de los espíritus que-flotaban-en-el-aire de ahogados con guirnaldas de algas y conchas en el ombligo.

Lo que dijeron los soldados indios, al alcance del oído de mi primo: «En cualquier caso, en esos puestos fronterizos no había nadie; vimos que estaban vacíos y entramos.»

El misterio de los puestos fronterizos abandonados no pareció al principio un rompecabezas a los jóvenes soldados pakistaníes, a los que se dijo que los ocupasen hasta que enviasen otros guardias fronterizos; mi primo el Teniente Zafar se encontró con que su vejiga y sus intestinos se vaciaban con histérica frecuencia durante las siete noches que pasó ocupando uno de los puestos con sólo cinco jawans por compañía. Durante noches llenas de alaridos de brujas y resbaladizos deslizamientos sin nombre en la oscuridad, los seis jovenzuelos quedaron reducidos a un estado tan abyecto que nadie se reía ya de mi primo: todos estaban demasiado ocupados mojando sus propios pantalones. Uno de los jawans susurró aterrorizado durante el horror espectral de su penúltima noche: —Muchachos, aunque tuviera que quedarme aquí para seguir con vida, ¡me iría de una maldita vez!

RannOfKutch

 

Imagen: Camels crossing the Rann of catch: The Universal Geography, the Earth and its inhabitants, by Elisee Reclus,

En un estado de total derrumbamiento gelatinoso, los soldados sudaban en el Rann; y entonces, la última noche, sus peores temores se confirmaron, y vieron a un ejército fantasma que salía de la oscuridad y venía hacia ellos; estaban en el puesto fronterizo más próximo a la costa y, a la luz verdosa de la luna, pudieron ver las velas de barcos espectrales, de dhows fantasmas; y un ejército de fantasmas se acercó, implacablemente, a pesar de los gritos de los soldados, espectros con el pecho cubierto de musgo y extrañas camillas amortajadas llenas hasta arriba de cosas nunca vistas; y cuando el ejército fantasma entró por la puerta, mi primo Zafar cayó a sus pies comenzando a farfullar horriblemente.

  El primer fantasma que entró en el puesto avanzado tenía varios dientes ausentes y un cuchillo curvo metido en el cinturón; cuando vio a los soldados en la cabaña, sus ojos relampaguearon con una furia bermeja. —¡Por el amor de Dios! —dijo el fantasma en jefe—. ¿Qué hacéis aquí, cabrones? ¿Es que no os han pagado bien?

  No eran fantasmas sino contrabandistas. Los seis jóvenes soldados se encontraron en absurdas posturas de terror abyecto y, aunque trataron de redimirse, su vergüenza fue tragadoramente completa… y ahora llegamos a lo que importa. ¿En nombre de quién actuaban los contrabandistas? ¿Qué nombre pronunciaron los labios del contrabandista en jefe, haciendo que los ojos de mi primo se abrieran de horror? ¿Qué fortuna, levantada originalmente sobre la desgracia de las familias hindúes en fuga en 1947, se veía ahora aumentada por aquellos convoyes de primavera-y-verano a través del Rann no guardado y desde allí hasta las ciudades del Pakistán? ¿Qué General de cara de polichinela, con una voz tan fina como una hoja de navaja, mandaba las tropas fantasmas?… Pero me concentraré en los hechos. En julio de 1965, mi primo Zafar volvió de permiso a la casa de su padre en Rawalpindi; y una mañana comenzó a andar lentamente hacia la alcoba de su padre, llevando sobre sus hombros no sólo el recuerdo de las mil humillaciones y golpes de su infancia; no sólo la vergüenza de su enuresis de siempre; sino también la conciencia de que su propio padre había sido el responsable de lo-que-ocurrió-en-el Rann, cuando Zafar Zulfikar se vio reducido a una cosa que farfullaba en el suelo. Mi primo encontró a su padre en el baño situado junto a la cama, y le cortó el cuello con un cuchillo de contrabandista, largo y curvo…

 

p588  … Rastros frescos de caracoles en las mejillas de Padma. Obligado a intentar alguna especie de «Vamos, vamos», recurro a los avances cinematográficos. (¡Cómo me gustaban en el viejo Club de Cachorros de la Metro! ¡Qué relamerse los labios a la vista del título PRÓXIMAMENTE, superimpuesto sobre un ondulante terciopelo azul! ¡Qué hacerse la boca agua anticipadamente, ante una pantalla que anunciaba a son de trompeta MUY PRONTO!… Porque la promesa de futuros exóticos ha sido siempre, a mi modo de ver, el antídoto perfecto para las decepciones del presente.) —Basta, basta —le exhorto a mi plañidero público en cuclillas—. ¡Todavía no he terminado! ¡Habrá electrocuciones y una selva tropical; una pirámide de cabezas en un campo impregnado por huesos que chorreen tuétano; vendrán escapatorias por un pelo y un minarete que gritaba! Padma, todavía hay muchas cosas que vale la pena contar; mis nuevas tribulaciones, en el cesto de la invisibilidad y a la sombra de otra mezquita; ¡aguarda las premoniciones de Resham Bibi y el morrito de la-bruja-Parvati! También la paternidad y la traición, y desde luego esa inevitable Viuda, que añadió a mi historia del drenaje-por-arriba la ignominia final del vaciado-por-abajo… en pocas palabras, todavía hay próximamentes y muy prontos a barullo; un capítulo termina cuando los padres de uno mueren, pero también empieza una nueva clase de capítulos.

  Un tanto consolada por mis ofertas de novedades, mi Padma sorbe por la nariz; se limpia la baba de los moluscos, se seca los ojos; aspira profundamente… y, para el tipo con la cabeza abierta por la escupidera que encontramos últimamente en su cama de hospital, pasan unos cinco años antes de que mi loto del estiércol exhale…

 

MuktiBahinip608  Futilidad de la estadística: en 1971, diez millones de refugiados huyeron por la frontera del Pakistán Oriental-Bangladesh a la India… pero diez millones (como todas las cifras superiores a mil y uno) se niegan a ser comprendidos. Las comparaciones no sirven: «la mayor emigración de la Historia de la raza humana»… no tiene sentido. Mayor que el Éxodo, más numeroso que las multitudes de la Partición, el monstruo policéfalo penetraba a raudales en la India. En la frontera, los soldados indios entrenaban a los guerrilleros llamados Mukti Bahini; en Dacca, el Tigre Niazi dirigía el cotarro…

 

 p611  … Y ahora el-tanque-Ayooba saca la pistola de su funda. Ayooba que apunta: con las dos manos delante, tratando de no temblar, Ayooba que aprieta: una guadaña describe una curva en el aire. Y lenta muy lentamente los brazos de un campesino se levantan como si rezara; las rodillas se arrodillan en el agua del arrozal; un rostro se sumerge bajo la superficie del agua y su frente toca el suelo. En la zanja, una mujer gime. Y Ayooba le dice al buda—: La próxima vez dispararé contra ti. —El-tanque-Ayooba tiembla como una hoja. Y el Tiempo yace muerto en un arrozal.

 Pero todavía está la persecución sin sentido, el enemigo al que nunca se ve, y el buda: —Por ahí —y los cuatro hombres siguen remando, al sur sur sur, han asesinado las horas y olvidado la fecha, ya no saben si persiguen a o si huyen de, pero sea lo que fuere lo que los empuja, los está llevando más cerca más cerca de la inverosímil pared verde—: Por ahí —insiste el buda, y entonces están dentro, una jungla tan espesa que la Historia rara vez se ha abierto paso en ella. Los Sundarbans: que se los tragan.

            

p613   EN LOS SUNDARBANS

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 …Aun cuando me doy perfecta cuenta de que estoy proporcionando a cualesquiera comentaristas futuros o críticos de pluma venenosa (a los que les digo: en dos ocasiones he estado expuesto antes al veneno de serpiente; en ambas he resultado más fuerte que los venenos) más municiones todavía —con mi admisión-de-culpabilidad, revelación-de-bajeza-moral prueba-de-cobardía— tengo que decir que él, el buda, incapaz finalmente de seguir cumpliendo sumisamente su obligación, puso pies en polvorosa y huyó. Infectado por los gusanos comedores-de-almas del pesimismo futilidad vergüenza, desertó al anonimato sin Historia de las selvas tropicales, arrastrando consigo a tres niños. Lo que confío en inmortalizar tanto en encurtidos como con palabras: ese estado de ánimo en que no se podían negar las consecuencias de la aceptación, en que una dosis excesiva de realidad dio origen a un deseo miasmático de huir a la seguridad de los sueños… Pero la jungla, como todos los refugios, era totalmente distinta —a un tiempo más y menos— de lo que había esperado… 

 La jungla se cerró tras ellos como una tumba, y después de horas de un remar cada vez más fatigado pero también más frenético a través de canales de agua salada incomprensiblemente laberínticos, dominados por árboles como arcos de catedral, Ayooba Shaheed Farooq estaban perdidos sin esperanza; se volvían una y otra vez al buda, que les indicaba: —Por allí —y luego—: Por allí abajo —pero aunque remaban febrilmente, haciendo caso omiso de la fatiga, parecía como si la posibilidad de dejar jamás aquel lugar retrocediera ante ellos como la linterna de un fantasma; hasta que, finalmente, se volvieron contra su rastreador, supuestamente infalible, y quizá vieron una lucecita de vergüenza o de alivio ardiendo en sus ojos habitualmente de azul lechoso; y entonces Farook susurró, en el verdor sepulcral de la selva—: No lo sabes. Estás diciendo cualquier cosa. —El buda permaneció silencioso, pero en su silencio leyeron su destino, y ahora que estaba convencido de que la jungla se los había tragado como se engulle un sapo a un mosquito, ahora que estaba seguro de que nunca volvería a ver el sol…

 Al principio estaban tan ocupados achicando la embarcación que no se dieron cuenta; además, el nivel del agua subía, lo que pudo confundirlos, pero con las últimas luces no se pudo dudar de que la jungla estaba aumentando de tamaño, poder y ferocidad; se podía ver a las enormes raíces de apoyo de los inmensos y antiguos mangles serpenteando sedientamente en el crepúsculo, chupando la lluvia y haciéndose más gruesas que trompas de elefante, mientras los propios mangles se ha cían tan altos que, como dijo luego Shaheed Dar, los pájaros de su copa debían de estar en condiciones de cantarle a Dios. Las hojas de las alturas de las grandes nipas comenzaron a extenderse como inmensas manos verdes ahuecadas, hinchándose en el aguacero nocturno hasta que la selva entera pareció tener un techo de hojas; y entonces comenzaron a caer frutos de nipa, que eran mayores que ningún coco del mundo y adquirían velocidad de forma alarmante al caer desde alturas de vértigo para explotar como bombas contra el agua. El agua de lluvia llenaba su embarcación; sólo tenían para achicar sus gorras verdes y blandas y una vieja lata de ghee; y cuando cayó la noche y los frutos de nipa los bombardearon desde el aire, Shaheed Dar dijo: —No podemos hacer otra cosa… tenemos que desembarcar —pero sus pensamientos estaban llenos de su sueño de la granada y le pasó por la mente que podía ser aquí donde se realizase, aunque los frutos fueran diferentes…

 NypaUn fruto de nipa erró el bote por pulgada y media, causando tal turbulencia en el agua que zozobraron; lucharon por llegar a tierra en la oscuridad, sosteniendo fusiles telas impermeables lata de ghee sobre sus cabezas, remolcaron la embarcación tras ellos y, dejando de preocuparse de las nipas que bombardeaban y los mangles que serpenteaban, cayeron dentro de su empapada embarcación y se durmieron.

 Cuando despertaron, remojados-estremecidos a pesar del calor, la lluvia se había convertido en una espesa llovizna. Vieron que tenían el cuerpo cubierto de sanguijuelas de tres pulgadas que eran casi totalmente incoloras por la falta de luz del sol directa, pero que ahora se habían vuelto de un rojo vivo porque estaban llenas de sangre, y que, una a una, explotaban en los cuerpos de los cuatro seres humanos, al ser demasiado ansiosas para dejar de chupar cuando estaban llenas. La sangre les corría por las piernas cayendo al suelo de la selva; la jungla la chupó, y supo a qué sabían.

  Cuando los frutos de nipa que caían se estrellaban contra el suelo de la jungla, también ellos exudaban un líquido del color de la sangre, una leche roja que se cubría inmediatamente de millones de insectos, incluidas moscas gigantes tan transparentes como las sanguijuelas. También las moscas se enrojecían a medida que se llenaban de la leche del fruto… durante toda la noche, al parecer, los Sundarbans habían seguido creciendo. Los más altos de todos eran los sundris, que daban su nombre a la jungla; árboles suficientemente altos para excluir hasta la esperanza más débil de sol. Nosotros, ellos cuatro, salimos, salieron del bote; y sólo cuando pusieron pie en un suelo duro desnudo que pululaba de escorpiones pálidos rosados y en una masa hirviente de lombrices de color pardo, recordaron su hambre y su sed. El agua de la lluvia caía a raudales de las hojas a su alrededor, y volvieron la boca hacia el techo de la jungla y bebieron; pero quizá porque el agua les llegaba por las hojas de sundri y las ramas de mangle y las frondas de nipa, adquiría en su recorrido algo de la locura de la jungla, de forma que, mientras bebían, se hundían más y más profundamente en la esclavitud de aquel mundo verde plomizo en donde los pájaros tenían voz de madera crujiente y todas las serpientes eran ciegas. En el estado mental turbio y miasmático provocado por la jungla, prepararon su primera comida, una combinación de frutos de nipa y lombrices machacadas, que les infligió una diarrea tan violenta que tuvieron que examinar sus excrementos por miedo a que se les hubieran salido los intestinos con la porquería.

 Farooq dijo: —Vamos a morir. —Pero Shaheed estaba dominado por un poderoso deseo de supervivencia; porque, habiéndose recuperado de las dudas de la noche, se había convencido de que no era así como se suponía que habría de desaparecer.

Sunderbans

 Perdidos en la selva tropical, y conscientes de que la disminución del monzón era sólo un respiro momentáneo, Shaheed decidió que no tenía sentido tratar de encontrar una salida cuando, en cualquier momento, el monzón, volviendo, podía hundir su inadecuada embarcación; siguiendo sus instrucciones, construyeron un refugio con impermeables y hojas de palma; Shaheed dijo—: Si nos limitamos a la fruta, podemos sobrevivir. —Todos habían olvidado hacía tiempo la finalidad de su viaje; la persecución, que había comenzado muy lejos en el mundo real, adquiría a la luz alterada de los Sundarbans una calidad de fantasía absurda que les permitió desecharla de una vez para siempre.

 Y así fue como Ayooba Shaheed Farooq y el buda se rindieron a los terribles fantasmas de la selva soñada…

 p645   Recuerdos de la invisibilidad: en el cesto, aprendí lo que era, lo que será, estar muerto. ¡Había adquirido las características de los fantasmas! Presente, pero insustancial; real, pero sin ser ni peso… Descubrí, en el cesto, cómo ven los fantasmas el mundo. Borrosa vaga pálidamente… estaba a mi alrededor, pero sólo apenas; yo flotaba en una esfera de ausencia en cuyos bordes, como pálidos reflejos, se podían ver los espectros del mimbre. Los muertos mueren, y son gradualmente olvidados, el tiempo hace su labor curadora, y se van desvaneciendo… pero en el cesto de Parvati aprendí que lo contrario es igualmente cierto; que también los fantasmas comienzan a olvidar; que los muertos pierden el recuerdo de los vivos, y por fin, cuando se separan de sus vidas, se desvanecen… que el morir, en pocas palabras, continúa largo tiempo después de la muerte…

 p652   … no deseo ya ser nada salvo lo que soy. ¿Quién qué soy? Mi respuesta: soy la suma total de todo lo que ocurrió antes que yo, de todo lo que he sido visto hecho, de todo lo-que-me-han-hecho. Soy todo el que todo lo que cuyo ser-en-el-mundo me afectó fue afectado por mí. Soy todo lo que sucede cuando me he ido que no hubiera sucedido si no hubiera venido. Y tampoco soy especialmente excepcional al respecto; cada «yo», cada uno de los hoy-seis-cientos-millones-y-pico de nosotros, contiene una multitud similar. Lo repito por última vez: para entenderme, tendréis que tragaros un mundo

 p697   … Mientras esos infortunados estaban fuera, el Mayor visitaba sus hogares para robarles sus más preciadas posesiones: las mujeres caían en sus brazos. Es posible (he dividido por dos las cifras del propio Mayor) que, en el punto culminante de sus galanteos, hubiera más de diez mil mujeres enamoradas de él.

   Y desde luego hubo niños. El fruto de medianoches ilícitas. Niños hermosos y robustos, seguros en las cunas de los ricos. Sembrando bastardos por el mapa de la India, el héroe de guerra siguió su camino; pero (y esto, también, es lo que le dijo a Parvati), tenía el curioso defecto de perder el interés por cualquiera que se quedase embarazada; por bellas sensuales amorosas que fueran, abandonaba las alcobas de todas las que llevaban sus hijos; y las encantadoras señoras de ojos ribeteados de rojo tenían que persuadir a sus engañados maridos de que sí, claro que es hijo tuyo, cariño, vida mía, a que es igual que tú, y claro que no estoy triste, por qué iba a estarlo, son lágrimas de alegría.

 Una de esas madres abandonadas era Roshanara, la mujer-niña del magnate del acero S. P. Shetty, y en el hipódromo de Mahalaxmi, ella pinchó el globo poderoso del orgullo del Mayor. Él había estado paseándose por el paddock, inclinándose cada tantas yardas para devolver chales y sombrillas de señora, que parecían cobrar vida propia y saltar de manos de sus propietarias cuando él pasaba; Roshanara Shetty se enfrentó con él allí, cortándole francamente el paso y negándose a moverse, con sus ojos de diecisiete años llenos del feroz resentimiento de la infancia. Él la saludó fríamente, tocándose la gorra militar, e intentó seguir; pero ella le clavó sus uñas puntiagudas como agujas en el brazo, sonriendo tan peligrosamente como el hielo, y caminó lentamente a su lado. Mientras andaban, ella le vertió en el oído su veneno infantil, y su odio y rencor hacia su antiguo amante le dieron la habilidad necesaria para hacer que él la creyera. Fríamente le susurró que era tan divertido, Dios santo, verlo pavoneándose por la alta sociedad como una especie de gallo, cuando las señoras no paraban de reírse de él a sus espaldas. Oh sí, Mayor Sahib, no se engañe, a las mujeres de las clases altas siempre nos ha gustado usted, Dios santo, es repugnante sólo verlo comer, con la salsa cayéndole por la barbilla, cree que no vemos cómo jamás sujeta las tazas por el asa, se imagina que no oímos sus eructos y ventosidades, usted es sólo nuestro mono favorito, Mayor Sahib, muy útil, pero básicamente un payaso.

 Después del violento ataque de Roshanara Shetty, el joven héroe de guerra comenzó a ver su mundo de forma diferente…

 p707  … Aquella noche los magos organizaron una representación tan maravillosa que los rumores se esparcieron por toda la Ciudad Vieja, y se congregaron muchedumbres para verla, hombres de negocios de una muhalla próxima en la que, en otro tiempo, se hizo una declaración pública, y plateros y vendedores de batidos de leche de Chandni Chowk, paseantes nocturnos y turistas japoneses que (en aquella ocasión) llevaban todos, por cortesía, máscaras quirúrgicas, a fin de no contagiarnos los gérmenes que exhalaban; y había europeos rosas que discutían sobre lentes de cámara con los japoneses, había disparadores que hacían clic y lámparas de flash que hacían pop, y uno de los turistas me dijo que la India era en verdad un país auténticamente maravilloso con muchas tradiciones notables, y que sería estupendo y perfecto si no hubiera que comer constantemente comida india…

midnights children poster

 p725  … Está bien: tengo que contentarme con jirones y trozos: como escribí hace siglos, el truco está en llenar los huecos, guiado por las pocas claves que se dan. La mayor parte de lo que importa en nuestras vidas ocurre en nuestra ausencia; yo tengo que guiarme por el recuerdo de un expediente visto-una-vez con iniciales significativas; y por los otros, los restantes vidrios rotos del pasado, que persisten en las saqueadas criptas de mi memoria como botellas rotas en una playa… Como trozos de recuerdos, las hojas de periódico solían rodar por la colina de los magos en el viento silencioso de la medianoche.

 p756  … Para mí, sin embargo, ese cambio de mis antiguos compañeros me pareció por lo menos obsceno. Saleem había pasado por la amnesia y había conocido el alcance de su inmoralidad; en su mente, el pasado se hacía cada día más vívido, mientras el presente (del que los bisturíes lo habían desconectado para siempre) le parecía incoloro, confuso, algo sin importancia; yo, que podía recordar cada pelo de la cabeza de mis carceleros y cirujanos, me sentía profundamente escandalizado por la falta de ganas de los magos para mirar hacia atrás. —Las personas son como los gatos —le dije a mi hijo—, no se les puede enseñar nada. —Él me miró de forma apropiadamente seria, pero guardó silencio.

 p771  Fuimos conducidos por una lujuriante alfombra negra —negra de medianoche, negra como la mentira, negra de cuervo, negra de ira, el negro de «¡Eh tú, negro!»; en pocas palabras, una alfombra oscura— por una empleada de arrebatadores encantos sexuales, que llevaba el sari eróticamente bajo sobre las caderas y un jazmín en el ombligo; pero cuando descendimos a la oscuridad, se volvió hacia nosotros con una mirada tranquilizadora, y vi que tenía los ojos cerrados; le habían pintado en los párpados unos ojos sobrenaturalmente luminosos. No pude evitar preguntarle: —¿Por qué…? —A lo que ella, simplemente—: Soy ciega; y además, ninguno de los que vienen aquí quiere ser visto. Aquí estáis en un mundo sin rostros ni nombres; aquí la gente no tiene recuerdos, familia ni pasado; esto es para ahora, nada más que para ahora mismo...

 

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