UN BUEN LIBRO PARA LEER:  La gaznápira     (1984) 

La Gaznapira

 

  Andrés Berlanga  (España)

  Editorial: NOGUER       Galería literaria

   

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  Fragmentos de libros:                

 

       SEGUNDA RELATORIA.

El chinguetazo

(San Isido 1956)

La escuela de Monchel fue cerrada para siempre el domingo 8 de junio de 1955 tras un grave incidente con la inspectora, sucedido en medio de la plaza, a la vista de todo el pueblo. El lunes 9 de junio eras enviada a la capital (para que ayudaras en la lechería de tu tía Leoncia, te dijo tu padre) y cuando vuelves, al cabo de casi un año, nadie te habla de aquel infausto domingo, de aquel pronto tuyo, de aquel soponcio; todos te preguntan por la capital, por tu salud, por la de tus tíos y demás familia. Pero estás segura de que desde antes de aparecer por las Siete Revueltas todos sabían que venías y que andarían comentando, como si hubiera ocurrido ayer mismo, que hace falta cuajo para hacer lo que hiciste con la inspectora, en mitad de la plaza y a la vista de todos.

El campo mayea reverdecido y oliendo a tierra que abre sus carnes cuando bajas del coche de Marranchán. Tu padre te coge la maleta, la Abuela está más acelerada que de costumbre y Quico también anda nerviosote. Mientras coméis, llegan unos y otros; saludos, preguntan, contestas y, como es de cumplido en estos casos, se sientan a un lado, silenciosos y sin perder detalle, mientras vais comiendo alrededor de las trébedes. Niegan uno, dos, tres veces que quieran echar un trago, pero cuando la ronda del porrón les llega, apuran un lamparillazo de vino tinto para que no se diga que no son educados y atentos. Tú cuentas que lo has pasado estupendamente, la capital es muy grande, llena de alboroto y ahora parece que te has quedado sorda, tan sin un ruido en el pueblo.

Tu padre había escrito a su hermana reclamándote con la excusa de que estuvieras en las fiestas de san Isidro; aunque vienes a arrancar lentejas, escardar, faenar, segar, acarrear, trillar, aventar, traer agua, lavar, barrer, fregar; ¡qué gusto volver a leer en le peral, esta con Juliana, ir al monte, a los aguaceros, reponerte! Y en el otoño quieres regresar a la capital, se lo pides a tu padre temerosa, y te callas que te aplana la losa de Monchel, siempre sintiéndote seguida, escrutada, murmurada, tasada, asfixiada, hasta el resto de tus días, por el qué dirán…

 

       TERCERA RELATORIA

La Liboria festeja.

(La Candelaria, 1962)

Cuando don Dimas descubre que la Liboria engorda, del ombligo hacia fuera, el buen hombre no duerme la siesta, ni deja de dar vueltas en la cama durante la noche. Malo sería que se casara y dejara de ser casera, causará baja en el curato y por tanto cesara la buena vida del cura amoldado ya a esta simplona tan servicial; otra vez solo a sus sesenta y dos años, ¿quién mete ahora otra nueva en casa; vuelta a enseñarle modos, hábitos y manías? Pero peor sería –le confiesa al sacristán- que el desconocido padre fuera un casado o un pájaro que dejó el huevo en el nido y voló -¡hay tantos segadores, charlatanes, quincalleros, lañadores, tratantes y gentes de mal vivir que a su paso por Monchel han podido engatusar a esta alma de cántaro!-, o quien sabe si no habrá sido un tonto, o un impedido, o un pobre de solemnidad, venido de Dios sabe dónde, que no pueda mantenerla. ¿Y si estuviera endemoniada y tienen que acudir del obispado para echárselo fuera del cuerpo por la puerta del amor? Mejor, ni mentarlo en esta santa casa.

Aunque nada sería comparable a que no apareciera el padre, o un padre. Habrá que encontrar a alguien, deprisa, deprisa; echa las amonestaciones, llevarla al altar, deprisa, deprisa; que nazca una vez estén unidos sus padres en santo matrimonio. O habrá que fabricarlo, engendrar un padre cuando ya existe el hijo; un espíritu bueno que se avenga a razones y diga sí quiero, sí me otrogo, hasta que la muerte nos separe.

De quien primero malicia el sacristán es del Caguetas, algo furo y cantamañanas, pero un jaquetón sin muchas luces, a quien se le vio in illo tempore, engolosinado con la Liboria; aunque ahora anda detrás de la del Ramiro, por más que ella le da capote, que esa Sara es má dura de desollar que un jabalín, dice de ti. Al Caguetas también le habían sorprendido una noche husmeando con otros cuantos desde el ventisquero para ver si, dentro de la alcoba, la luz parpadeante del candil no se apagaba antes que la Liboria se quedara in púribus: una sombra que se alarga, manga derecha que se saca, la cabeza al ras del ventano mientras se descalza el bulto opaco, sin vislumbrarse ni pechos ni formas.

- Ella no va a decir palabra, y está en su derecho –razona don Dimas-. Lo que importa es que festeje y se case pronto. Todavía es una moza de buen ver y no es justo que se pase toda la vida encerrada aquí, entre estas cuatro paredes. Tú, ¿cómo la ves?.

- No creo que tenga mucho partido, tan así.

- Entonces… ¿tú…?

- ¡Yo no digo nada, yo no sé nada! Algún otro quizás sea más propicio.

- Piénsatelo y me das respuesta en dos dias…

 

          CUARTA RELATORIA

Desenlace matrimonial

(Las Ánimas, 1967)

Nadie se ha extrañado grandemente en Monchel al escuchar los aullidos que desgarran la noche de bodas poco después de que los novios hayan conseguido escabullirse del jolgorio y, sobre todo, del acoso de los mozos; vigilantes toda la tarde-noche para no dejarles escapar. Por lo cálculos, no han pasado ni tres minutos desde que los novios se han cerrado con tranco y doble vuelta de llave en su casa del Caño, la que Francisco el Alcalde les ha regalado y hermoseado. A los aullidos, como de loba atrapada en el cepo, les han acompañado unos berridos estentóreos de cerda traspasada a cuchillo por donde más sangra, entreverados de retumbantes blasfemias de Cristóbal el Caguetas invocando el copón, la patena, la biblia en verso y toda la hostia consagrá (sic).

Salvo alguna lechuza sobresaltada o algún asustadizo chorlito lejano (que han respondido chillandres (sic) y ululantes), cualquiera diría que le pueblo duerme plácidamente, sin una luz que se encienda, ni una puerta que se abra, ni una voz que ofrezca ayuda; aunque todos saben que los demás también se han levantado a tientas, han entornado las contraventanas y ahora aguzan la mirada y el oído por la rendija abierta, fisgando hacia la vieja casa recién estrenada. Del hijo del alcalde se puede esperar cualquier fanfarronada, no va a ser menos que nadie, ya se ha visto que la boda ha sido de postín, ¡más quisieran en la capital!, con tres curas y convite generoso, además de un cabrito de balde para los mozos. Y si los padres no lo han querido celebrar en el hostal de Molina de los Condes no ha sido por no rascarse la faltriquera, que cuartos les sobra, sino por no hacerles a los invitados el feo de tener que llevarles y traerles nada más que por la manduca, habiéndose casado en Monchel.

Los gritos lastimeros se alargan y Francisco el Alcalde despierta de un codazo a su mujer para que escuche, que “esto me huele a chamusquina”. Cencerrada no ha de ser porque no son viudos y además el hermano pequeño de Cristóbal ha estado perén (sic) todo el día vigilando ante la puerta por si algún mostrenco se le ocurría entrar a ponerles en la cama virutas de madera, sal gorda o una palangana hasta el borde, ahormada entre sábana y colchón.

-Por la trazas, algo de cuidao (sic) ha de ser cuando arman este estropalicio (razona el Alcalde).

Las dos sombras, arropadas de la cabeza a los pies con una manta, aprietan el paso, escurridizas y pegadas a la pared. Cuando el Francisco y su mujer consiguen desatrancar la puerta, entrando en casa de su Cristóbal y suben hasta la alcoba alumbrándose con un candil: allí se encuentran con que todo ha ocurrido en plena función como se temían. Ella sigue aplastada sobre el jergón desfondado, con el camisón arremangado hasta la cintura; el Cristóbal pataleando, aferrado a los barrotes tintineantes del cabecero; los dos, anudados como dos perros; la sangre escandalosa pregonándose por cuerpos y ropas, y el cable de la luz chisporroteando sobre sus cabezas después de que el Caguetas haya arrancado la perilla al querer encender apresuradamente para tratar de evitar el desaguisado…

 

 QUINTA RELATORIA

Desaparición de la veraneante

(San Roque, 1971)

La Abuela anda zarceando por la casa de un lado para otro haciendo que hace, refunfuñando su comezón cuando el reloj de la saleta da los tres cuarto para la medianoche y tu amiga Gabriela sigue sin aparecer: “no son horas”, te repite la Abuela. Y tú continúas “con esa melsa que Dios te ha dado” (como ella te masculla) mirando lejana el chisporroteo de los tizones, aguardando el milagro de que Gabriela no se haya perdido por el monte, no se haya caído al pozo de la Balsa Grande, no haya sido secuestrada, no haya hecho cualquier locura; ¿o un infarto, o envenenada, o detenida a escondidas y llevada a Dios sabe dónde?

Todo cabe y más con el revoleo que sacude Monchel desde que no pasa fecha, en las última semanas, sin que suban los Civiles; todos dicen que a cuenta de la canalera que arrasa el país, una especie de peste que han contagiado los moros; pero tú sabes que es Gabriela quien los trae a maltraer, eso se ha visto palpablemente.

Quizás sean suposiciones tuyas y de un momento a otro oiréis descorrerse el cerrojo del portal y aparecerá Gabriela contando, quien sabe, que se le ha hecho tarde paseando hasta la Cabeza del Cid o más allá. Prometes a la Abuela que, si dan las doce y ni rastro, irás a dar aviso para que salga todo el pueblo en su busca; o quizás debas averiguar, antes de armar un escandalera, quién fue el último en ver a tu amiga; lo hablarás primero con Juliana o le preguntarás al tío Jotero, que siempre está al tanto de todo y con Gabriela parecen uña y carne. La Abuela no quiere acostarse aún. Porque tu amiga también es como algo suyo: está viviendo en su casa y además eso: es amiga tuya. Por más que ella todo sea un misterio: Gabriela misma, sus maneras y su pelaje, qué ha ido a hacer en el pueblo, y el que precisamente seas amiga de una muchacha como esa.

Pero no te preguntará nada de nada: ¿es amiga tuya?, pues santo y bueno, “por muchos años. Esta es su alcoba; el orinal, debajo de la cama; la perilla, para apagar la luz así; y si necesita algo, me da con los nudillos en el tabique que me levanto a escape, me conozgo (sic) bien las andás (sic)” le dijo a Gabriela cuando aparecisteis hace tres semanas. Os había recibido a la puerta, temerosa de que se helara tu amiga, tan en cueros. Gabry dijo: “Me llamo Clara Gabriela, pero también me llaman Gabry. Abuela, mucho gusto”, saludó sin atreverse a besarla, tendiendo la mano. La Abuela se la cogió sin más y tiró de Gabriela hacia el zaguán, luesgo escaleras arriba y no soltó su mano hasta colocar a tu amiga entre los crepitantes aldones (sic) de carrasca que ardían en la lumbre:

-Aquí sentadica (sic). Y no se acerque mucho, no se le vaya a caer un chustazo en esa blusa tan… tan…

 

SEXTA RELATORIA

Los cuervos desmantelan la iglesia

(Mayos, 1974)

En el último repecho de la Séptima Revuelta os adelante un furgoneto (sic) con escudo episcopal en la portezuela –bamboleando a su paso tu “dos caballos”- mientras te demoras en el retrovisor viendo cómo se desvanece la única bombilla callejera que parpadea allá abajo, en Monchel. Te gustaría ir resumiendo ya tus idas y venidas por la iglesia, la asamblea de la Casa Lugar, las zorrerías del Obispo, el asalto de los Civiles; te gustaría ir ordenando el caos de tus ocho horas de husmeo por Monchel para preparar el reportaje que te propusiste escribir en cuanto supiste que los curas iban a desmantelar la parroquia. El recuadro que metiste ayer en la primera página de tu periódico anuncia: Si expolian la iglesia, un pueblo se subleva. Y debajo del antetítulo: Marcharán sobre la capital en señal de protesta. La amenaza, falsa como una mula de alquiler, te la sugirió el tío Jotero cuando te mandó razón urgente con el chico del Royo, a quien dijo que te dijese que te despidieras del retablo, del sanisidro, de las cruces procesionales y de todos los cuadros de la sacristía si no despabilabais y hacíais fuerza para impedir que se los llevaran.

Olvidas ahora copones y tablas flamencas que nunca te dijeron nada, “ese tesoro artístico creado en el curso de los siglos y digno de ser conservado cuidadosamente en el Museo Diocesano, legándolo a la continuidad perenne de la Iglesia”, como les ha sermoneado el Obispo; olvidas el susto de los Civiles cuando han entrado en la Casa Lugar metiéndoos a todos el canguelo en el cuerpo con sus vozarrones desenfundados; olvidas los lloros del Alcalde; olvidas el aire zarrapastroso del Moisés y hasta las tretas del anticuario acorralando al tío Jotero para que le vendiera el historiado candil; pero no puedes apartar del recuerdo los ojos tristes de este guitarrero-barbero-electricista-carpintero-carnicero-albañil-y-ya-casi-nada de todo eso cuando te ha despedido en la plaza besándote la mano, cogida con las suyas.

- Hala, animaos, que lleguéis con bien y que os cunda. Sara, mándame lo que escribas en cuanto salga en los papeles, no me vaya a coger criando malvas si te retrasas.

Quizás tardes otros tres años en volver, o mucho más, y para entonces el tío Jotero puede que sea un recuerdo; el Moisés tenga ya un hijo o se haya esfumado; Francisco deje al Adolfo de alcalde y hasta hagan concejal al Royo, cuando ya Monchel sea un barrio de otro pueblo, cerrado para siempre su Ayuntamiento; don Salustio haya perdido por completo la memoria, y tú no sabrás a quien dar las fotos que en este día agitado no ha parado de hacer el pelambreras que en el asiento trasero de tu coche ahora desencaja objetivos, etiqueta rollos y te dice tímidamente:

-Reportaje si que hay, ¿no?, aunque no sea de portado: por lo menos he sacado tres o cuatro pero que muy potables. (Silencio.) ¡Buen tinglado se han mangado sus paisanos con lo de la iglesia! (Más baches, más silencio.) Tíos sanos, en especial el tío Jotero ese: ¡cachondo oiga!...

 

SÉPTIMA Y PENÚLTIMA RELATORIA

Monchel os saluda, ¡viva Monchel!

(Las Fiestas, 1981)

Alguien debería escribir: Francisco el Alcalde cultiva geranios, cena yogur batido con Nescafé, y los viernes firma edictos y bandos; Monchel tiene 55 casas puestas, con agua corriente y cuarto de baño; y por las chimeneas baja un aire machacón de fiesta, con la música de unos pajaritos por aquí, pajaritos por allá. O alguien debería escribir que el Alcalde sigue creyéndose Alcalde cuando su hijo Adolfo le llena la mesa de papeles para que los firme, aunque el Ayuntamiento se esfumó hace tres años y ahora Monchel es un barrio de Castillejo; anoche se cerraron ya 20 de las 55 casas, y de hoy lunes a fines de agosto se irán yendo el resto de los monchelinos venidos de veraneo, hasta que solamente queden las 10 casas abiertas de todo el año; los rockeros de Molina recogerán mañana los altavoces que han prestado y después desaparecerán las músicas hasta las fiestas del 82, igual que las majorettes, la vaquilla o la charanga.

Ese alguien que afile lápices y también recuerdos, que olvide cuánto supondrá decir sí en la cita de la 1 para convertirse en subdirectora del primer periódico del país, ese alguien que haga balance de un pueblo que cambia su piel, sus huesos, su sangre y sus tuétanos al cabo de tantos siglos; esa filmadora de la película jamás contada deberías ser tú: baja de la cámara y enciérrate en la saleta, rebobina la maraña que rueda tu cabeza desde ayer domingo por la mañana –al volver a la casa polvorienta, tras la caminata por la Atalaya, mientras el campanillo de la ermita llamaba a misa solemne- y termina el montaje de la cinta sinfín que otra vez se puso en marcha el sábado, cuando regresabas a Monchel al cabo de siete años del desmantele de la iglesia, siete años de tu vida tan distintos a todos.

MONCHEL OS SALUDA decía la pancarta; colgaban cadenetas y farolillos en la plaza, atronaban las guitarras eléctricas del cuarteto subido al remolque del tractor, camisetas chillonas anunciaban, de lado a lado del pecho, “Fiestas de Monchel 1981”; y se habían repartido trofeos de cuarenta duros para premiar al campeón de frontenis y al de guiñote, al más viejo y a la reina de las Fiestas, una minifaldera renegrida de tanto tomar el sol en el Castillo: “¡y pensar que en tiempos de su madre –suspiraba la Pitona- nos tapábamos la cara con un pañuelo cuando íbamos a segar, para parecernos a las paliduchas de la capital”. Todos querían que se notara que era fiesta, para algo se la habían inventado copiando la de Castillejo, el Pedernal o alguna de las miles parecidas; poco tenían que ver con las del domingo del Rosario…

 

 

Y un episodio de la sexta relatoria:

… En “Informaciones” fue la primera noche: aún no te habías habituado al sillón, a la mesa con tantos teléfonos, a los redactores que miraban hacia tu pecera para ver cómo se estrenaba la primera redactora-jefa del periódico, “alguna enchufada del dire, cualquier amiguita de Dios sabe qué consejero”.

Boqueaba julio. Las tiras del teletipo desbordando tu papelera, las aspas lentorras del ventilador mareando el techo, las cristaleras que separaban las secciones como celdillas, los pasos cansinos del ordenanza volviendo de la fotocopiadora, de talleres o del archivo, convertían la gran sala en algo pegajoso y estancado. Eras un bicho ensartado y expuesto, una rareza y una raraza auscultada por veinte zánganos que te miraban con lupa, te merodeaban por los ventanales, te señalaban con disimulo entre risitas y codazos, despedazándote con miradas de macho a hembra, aguantando malamente el fastidio de que les mandara una mujer; el más levantisco, Torío, el jefe de Deportes. “Para domar a una Redacción se necesita palpito y sentido común, te había comentado el directo cuando quiso conocerte porque había leído un serial sobre precios agrarios y no se creía, cuando se lo dijeron en tu antiguo periódico, que ese Ramón Luján era un seudónimo tuyo. Le parecías ideal para el puesto: le habían contado que tenías mucha vocación, una memoria fotográfica, eras capaz de seguir simultáneamente dos y hasta tres conversaciones, parecías sensata, calmosa y a la vez con carácter; y, en fin, tenías la cabeza bien amueblada. El buen hombre –con la cara hundida tras los mostachos y unas ojeras que solamente cultivan quienes trabajan de noche- apostaba por ti y quería que fuera su redactora-jefa. Su periódico era modesto, no podía competir con las grandes tiradas de los nacionales, el sueldo raquítico, la jornada elástica, pero la oportunidad que te iba a dar valía lo que valía y más aún no procediendo tú de la Redacción y, encima, siendo mujer.

- En periodismo, ser mujer te da ventajas a la hora de entrevistar, pero no para mandar. Tendrás que demostrar diez veces que eres diez veces mejor que el mejor de los diez mejores periodistas. A la undécima te harán caso.

Dijiste: “será a la primera”. Y aquella noche de estreno –pronto se cumplirá un año-, cuando llamaste a  Torío a tu despacho para hablarle de los dos folios que te había escrito, sabías que era la prueba de fuego; la prueba a la que –estabas segura viéndolo avanzar contoneándose entre las recomendaciones de doble sentido y los “buenasuerte” de sus compañeros- se dirigía regodeándose en el triunfo que le aguardaba. No saliste al sofá, ni te pusiste de pie; aguantaste parapetada tras la mesa y le dijiste que se sentara. Tamborileaste sobre su original comentando, muy suavemente, que no querías refritos, que cuando te apeteciera saber su opinión sobre la calidad del nuevo oriundo, ya se la pedirías; que hasta la cuarta línea no se enteraba uno de cuanto había pagado el Club por el fichaje; ni de, por ejemplo, cuantos años o siglos tendría que estar trabajando un auxiliar administrativo para ganar esos millones del traspaso; que faltaban datos: si estaba casado o la modelo rubia que le acompañaba era solo una amiga, si su especialidad en los tiros libres era con la pierna izquierda o con la derecha….

Torío se levantó incrédulo, se inclinó apoyando las palmas sobre tu mesa y, pasándose la lengua de una carrillo a otro empezó a decirte chulángano, tendiéndote la mano para recuperar sus hojas “¡Mira guapa…!”. Sí, te temblaban las rodillas tanto o más que esta tarde ante el Civil en la Casa Lugar, pero toda la fuerza de un grito en la alcantarilla, de una compuerta estallando en tromba hacia adentro o de un rayo negro, se agolpó en tus ojos cuando te incorporaste lentamente, no dejaste de mirarlo mientras ibas haciendo pedacitos su original, rás-rás y casi escupiste:

- ¡Lo de guapa lo dejas para las páginas del Diez Minutos! Quiero una crónica potable del fichaje y en media hora, ¿estamos?

Por encima de tu espalda lanzaste a la papelera de detrás los papelillos de los que habían sido sus folios. Torío los veía llover como quien ve desaparecer la mano del náufrago: demudado, cerúleo, reseco, sobrecogido, impotente, alucinado. Te hubiera estrangulado allí mismo, aún sin haber caído todavía en la cuenta de que no tenía copia y de que ya se había deshecho de los apuntes. Le banderilleaste, brindando a la memoria de tu libro de pastas amarillas, cuando le recomendaste con precisión, “porque la barrera que rebasa ese tuercebotas, con su muy especial tiro directo no se pone a unos nueve pasos, como tú has escrito, sino a 9 metros 15 centímetros. Repásate la Regla XIII”. Y ya se había dado Torío media vuelta sin rechistar, sus pisadas titubeantes acercándole a la salida, cuando un silbido puntiagudo le estoqueó en la nuca: dudó un instante antes de arrimarse a las tablas de la puerta y al volverse –incrédulo de lo que había oído y de donde le había llegado- tú ya te habías sacado los dos dedos de la boca, la lengua en lengüetilla como te había enseñado Elías el Herrero si verdaderamente querías chiflar mejor que le mejor pastor. Cogiste del cartapacio la escondida fotocopia que su crónica –que te había hecho el ordenanza antes de que Torío llegara- y, al dársela, dulcificaste la voz y la mirada.

-   En media hora. Titulada y con ladillos.

 

 

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