UN BUEN LIBRO PARA LEER:  El Gatopardo     (1958) 

ElGatopardo

 

  G.Tomasi di Lampedusa (Italia)

  Editorial:Madrid : Unidad Editorial, 1999

  Colección MILLENIUM (El Mundo)

  Traducción de Ricardo Pochtar 

 

 

  

Fragmentos:

         … pensaba el príncipe mientras ante sus ojos surgía la mansión de los Falconeri a la que una enorme buganvilla –cuyas cascadas de seda episcopal se derramaban por encima de la verja- confería en la oscuridad una apariencia de esplendor…

…Ahora la calle descendía en una ligera pendiente y se divisaba Palermo sumida en la oscuridad. Las casas bajas y apretadas, oprimidas por la desmesurada mole de los conventos; éstos era decenas, todos gigantescos, a menudo agrupados en conjuntos de dos o de tres, conventos de hombres y de mujeres, conventos ricos y conventos pobres, conventos nobles y conventos plebeyos, conventos de jesuitas, de benedictinos, de franciscanos, de capuchinos, de carmelitas, de redentoristas, de agustinos… Desmedradas cúpulas de curvas imprecisas, semejantes a senos ya sin leche, se alzaban aún más alto, pero eran ellos, los conventos, los que conferían a la ciudad su aspecto sombrío, su carácter, su decoro y al mismo tiempo ese tono fúnebre que ni la frenética luz siciliana conseguía disipar…

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                               Castello di Donnafugata   Querceta

…Desde las blancas paredes se reflejaba en el piso encerado los enormes cuadros que representaban los feudos de la Casa de los Salina; destacados en colores vivos dentro de los marcos negros y dorados, se veían: Salina, la isla de las montañas gemelas, rodeada por un mar todo encaje de espumas donde caracoleaban empavesadas galeras; Querceta con sus bajas casas alrededor de la Iglesia Mayor hacia la que avanzaban grupos de peregrinos azulencos; Ragattisi oprimido entre las gargantas de los montes; Argivocale diminuto en la inmensidad de los trigales salpicada de laboriosos campesino; Donnafugata con su palacio barroco al que se dirigían coches escarlata, coches verdes, coches dorados, repletos, como podía apreciarse, de mujeres, botellas y violines; y muchos otros aún, todos protegidos bajo el cielo límpido y tranquilizador por un Gatopardo que sonreía entre sus largos bigotes. Todos de fiesta, todos deseosos de exaltar el luminoso imperio –a la vez «mixto»  y «mero»- de la Casa de los Salina. Ingenuas obras maestras del arte rústico del siglo anterior; sin embargo, eran inútiles para deslindar confines, determinar superficies, valorar beneficios; sobre los que de hecho nada se sabía. A lo largo de los siglos la riqueza se había convertido en ornamento, en lujo, en placeres; solo en eso; la abolición de los derechos feudales había decapitado las obligaciones junto con los privilegios; como un vino añejo, la riqueza había ido depositando en el fondo de las cubas las heces de la codicia, los afanes y la prudencia, de modo que solo quedaba el entusiasmo y el color. Había acabado, pues, anulándose a sí misma: aquella riqueza que ya había consumado el propio fin solo se componía de aceites esenciales y como los aceites esenciales se volatilizaba velozmente.

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Una vez a solas don Fabrizio demoró la zambullida en las nebulosas. Se sentía irritado no ya por los acontecimientos que estaban por producirse sino por la estupidez de Ferrara en el que de golpe había reconocido a un típico representante de las clases que accederían al poder. «Este individuo es precisamente lo opuesto a la verdad. Compadece la cantidad de chicos inocentes que la palmarán y en cambio serán muy poco, si no me engaño acerca del carácter de ambos adversarios; el número exacto que se necesite para redactar un parte de victoria en Nápoles o en Turín, lo mismo da. En cambio cree en los “gloriosos tiempos para nuestra Sicilia” según sus palabras; eso mismo se nos prometió en cada uno de los cien desembarcos que ha habido, desde Nicia en adelante, pero jamás se ha realizado. Por lo demás, ¿por qué habría de cumplirse la promesa? ¿Qué sucederá entonces? Habrá negociaciones, algunos intercambios de disparos prácticamente inocuos y, después, todo seguirá como antes pese a que todo habrá cambiado.» Aquellas habían sido las ambiguas palabras de Tancredi, solo que ahora comprendía todo su significado. Se tranquilizó y dejó de hojear la revista. Contempló las chamuscadas laderas del monte Pellegrino, descarnadas y eternas como la miseria…

…-Supongo que Vuestra Excelencia estará inquieto por la partida del señorito Tancredi; pero su ausencia no durará mucho, estoy seguro, y todo acabará bien.

Una vez más el príncipe se topó con uno de los enigmas sicilianos. En esta isla secreta donde se atrancan puertas y ventanas y los campesinos dicen que no conocen el camino que va al pueblo donde viven, pese a que puede verse allí en la colina a solo diez minutos de marcha, en esta isla que tanto presume de misteriosa, la discreción es un mito.

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… Luego don Fabrizio se acercó a la mesa del padre, se sentó y se puso a dibujar puntiagudas lises borbónicas con el lápiz bien afilado que en su ira el jesuita había dejado caer. Su expresión era grave pero tan serena uqe la inquietud del padre Pirrone se disipó de inmediato.

- No somos ciegos, querido padre, solo somos hombres, Vivimos en una realidad cambiante a la que intentamos adaptarnos como se mecen las algas ante el empuje del mar. A la santa Iglesia le ha sido prometida explícitamente la eternidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que prometa durar cien años equivale a la eternidad. Podremos preocuparnos acaso por nuestros hijos, por nuestros nietos quizá; pero lo que ya no podremos acariciar con nuestras manos no nos incumbe; no puede preocuparme por lo que serán mi eventuales descendiente en el año 1960. La Iglesia sí, debe inquietarse por ellos, porque está destinada a no morir. En su desesperación va implícito el consuelo. ¿Y creéis que si ahora o en el futuro pudiera salvarse sacrificándonos a nosotros, dejaría de hacerlo? Claro que lo haría, y estaría bien… Sostenidos, guiados, al parecer, por los números y aunque invisibles en aquellas horas, siempre presentes, los astros surcaban el éter recorriendo sus precisas trayectorias. Fieles a las citas, los cometas se habían habituado a presentarse puntualmente, en el segundo exacto: solo había que observarlos. Y no anunciaban catástrofes como creía Stella: por el contrario, al aparecer en el momento previsto, marcaban el triunfo de la razón humana, que de ese modo se proyectaba y compartía la sublime normalidad de los cielos. «Que allí abajo los Bendicò sigan persiguiendo sus rústicas presas y que el cuchillo del cocinero continúe picando la carne de inocentes animalillos. Desde la altura de este observatorio las fanfarronadas de uno y la crueldad del otro se funden en una tranquila armonía. El verdadero, el único problema consiste en descubrir el modo de seguir viviendo esta vida del espíritu en sus momentos más abastractos, los que más se parecen a la muerte.»

Así razonaba el príncipe, olvidando sus prejuicios de siempre, sus caprichos carnales de ayer…

p45

…El viaje, que duró tres días, fue espantoso. Los caminos, los famosos caminos de Sicilia que le habían costado la lugartenencia al príncipe de Satriano, solo eran huellas imprecisas y estaban llenos de baches y de polvo. La primera noche, pasada en Marineo, en casa de un notario amigo, aún había podido soportarse; pero la segunda, en una posada de Prizzi, había sido realmente dura: de tres por cama, acosado por toda clase de animales repelentes. La tercera, en Bisacquino. Chinches no había, pero en compensación, don Fabrizio encontró trece moscas en el vaso de granizado; tanto de las calles como del «cuarto de las vasijas» contiguo emanaba un fuerte olor a heces que había convertido en pesadillas los sueños del príncipe; se había despertado al rayar el alba y, entre el sudor y el hedor, no había podido dejar de comparar aquel asqueroso viaje con su propia vida, que primero había discurrido por llanuras risueñas, luego había escalado abruptas montañas y se había escurrido por gargantas amenazadoras para desembocar finalmente en un paisaje ondulado e interminable, monótono y desierto como la desesperación. Despertarse con ese tipo de fantasías era lo peor que podía sucederle a un hombre de mediana edad; y aunque don Fabrizio estuviese seguro de que la actividad diurna acabaría disipándolas, no por ello el sufrimiento que le provocaban era menos intenso, porque sabía por experiencia que dejaban un sedimento de pena en el fondo del alma, cuya lenta acumulación acabaría sinedo la verdadera causa de su muerte.

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… El amor. Claro, el amor. Un año de ardor y llamas y luego treinta de cenizas. Ya sabía muy bien él qué era el amor…

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…Desde la vecina Iglesia Mayor llegaban la lúgubres campanadas de un funeral. Alguien había muerto en Donnafugata, algún cuerpo fatigado que no había podido sobrellevar el gran duelo del verano siciliano, que no había tenido fuerza suficiente para esperar la lluvia. «Dichoso él –pensó el príncipe mientras se pasaba la loción por las patillas-. Dichoso él, que ahora se ríe olímpicamente de hijas, dotes y carreras políticas» Esta efímera identificación con un difunto desconocido bastó para que se calmara. «Mientras hay muerte hay esperanza», pensó.

p76

…El término «campo» evoca la tierra transformada por el trabajo: aquellos matorrales, en cambio, agarrados a las faldas de las colina, se encontraban en el mismo estado de aromática confusión en que los habían hallado los fenicios, los dorios y los jonios cuando desembarcaron en Sicilia, esa América de la antigüedad. Don Fabrizio y Tumeo subían, bajaban, resbalaban, eran arañados por las espinas, como cualquier Arquídamo o Filóstrato se había cansado y arañado veinticinco siglos antes; veían las mismas plantas, un sudor igualmente pegajoso empapaba sus ropas, el mismo viento marino indiferente agitaba sin cesar los mirtos y las retamas y esparcía la fragancia del tomillo. La inmovilidad meditativa en que de pronto se sumían los perros, la patética tensión con que aguardaban la presa, eran las mismas de las épocas en que no se salía a cazar sin antes haber invocado a Artemisa… minutos después un culito cubierto de pelos grises se deslizó entre la hierba, dos disparos simultáneos pusieron fin a la silenciosa espera; Arguto depositó a los pies del príncipe un animalillo agonizante. Era un conejo salvaje: la modesta casaca color de greda no había conseguido salvarlo. Horribles heridas le habían desgarrado el hocico y el pecho. Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosas esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podía superar el trance, cuando ya estaba condenado; mientras los piadosos dedos acariciaban al pobre hociquillo, un último estremecimiento sacudió el cuerpo del animal; el conejo murió pero don Fabrizio y Tumeo se habían entretenido; el primero incluso había experimentado además del placer de matar, el goce tranquilizador de compadecer.

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Noviembre de 1860.

            Al multiplicarse los contactos tras el compromiso nupcial, don Fabrizio comenzó a sentir una singular admiración por los méritos de Sedàra. Acabó habituándose a las mejillas mal afeitadas, al acento plebeyo, a los trajes extravagantes y al persistente aroma de sudor, y estuvo en condiciones de apreciar la rara inteligencia de aquel hombre; muchos problemas que al príncipe le parecía insolubles don Calogero los resolvía en en abrir y cerrar de ojos; liberado de las mil trabas que la honestidad, la decencia e incluso la buena educación suelen imponer a las acciones de muchos otros hombres, el alcalde avanzaba por el bosque de la vida con la seguridad de un elefante que, arrancando árboles y aplastando madrigueras, camina en línea recta sin advertir ni siquiera los arañazos de las espinas y los gemidos de sus víctimas. En cambio el príncipe, educado en pequeños y amenos valles recorridos por los céfiros corteses de los «por favor», «tea agradecería», «me harías la merced», «has sido muy amable», las charlas con don Calogero lo transportaban a un páramo barrido por vientos estériles y, aunque en el fondo de su corazón seguí prefiriendo las quebradas de los montes, no podía dejar de admirar el ímpetu de aquellas corrientes de aire que de las encinas y cedros de Donnafugata conseguían arrancar arpegios hasta entonces nunca oídos.

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…Quizá entre las verdes paredes de su cuarto esos anhelos adquiriesen una forma más concreta; lo cierto es que en la escenografía galante de aquel otoño de Donnafugata él solo bosquejaba nubes y horizontes esfumados, sin llegar a concebir conjuntos arquitectónicos. En cambio, las otras muchachas, Carolina y Caterina, tocaban bastante bien su parte en la sinfonía de deseos que en aquellos días de noviembre resonaba por todo el palacio confundiéndose con el murmullo de las fuentes, con el cocear de los caballos enardecidos en las cuadras y con el ruido persistente de las carcomas que excavaban sus nidos nupciales en los viejos muebles. Eran todo gracia y juventud y aunque nadie en particular se hubiera prendado de ellas, igual acababan atrapadas en la red de estímulos que envolvía a los otros; y a menudo el beso que Concetta le negaba a Cabriaghi, el abrazo de Angélica que dejaba insatisfecho a Tancredi, reverberaban en ellas, rozaban sus cuerpos virginales, y los sueños afluían hacia ellas, y ellas mismas a veces soñaban y sus cabellos se empapaban de un extraño sudor y sus labios dejaban escapar gemidos entrecortados. Hasta la pobe mademoiselle Dombreuil, a fuerza de oficiar de pararrayos, fue atraído por aquel tumultuosos torbellino de entusiasmo, como cuando el psiquiatra se contagia y sucumbe al delirio de sus paciente; después de un día dedicado a perseguirlos, a espiarlos, siempre en aras de la moral y la decencia, la infeliz, echada al fin sobre su lecho solitario, se palpaba los marchitos senos y su murmullo era un confusa, común invocación a Trancredi, a Carlo, a Fabrizio

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… Las lisonjas resbalaban por la personalidad del príncipe como el agua sobre las hojas de los nenúfares: es una de las ventajas de que gozan los hombres que no solo son orgullosos sino que están acostumbrados a serlo.

«Ahora, éste se cree que ha venido a hacerme un gran honor –pensaba-, ¡a mí, que soy quien soy, que, entre otras cosas, soy par del reino de Sicilia, título que debe de equivaler al de senador! Es cierto que los regalos hay que valorarlos según el origen: el campesino que me ofrece su queso de oveja me hace un reglo más grande que Giulio Làscari invitándome a comer. La pensa es que a mí el queso de oveja me da asco; de modo que solo queda el agradecimiento, que no se ve, y la nariz funcida por la repugnancia, que se ve demasiado.»

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… - Y bien, caballero, explíqueme un poco en qué consiste el ser senador…

- ¡Pero, príncipe, el senado es la cámara alta del reino! En él la flor de los hombre políticos de nuestro país, escogidos por la sabiduría del soberano, examinan, debaten, aprueba o rechazan las leyes que el gobierno o ellos mismo proponen para el progreso del país; funciona al mismo tiempo como espolón y como brida, incita a actuar bien e impide que se cometan excesos. Cuando acepte formar parte de él, usted representará a Sicilia junto con los diputados electos, hará que se escuche la voz de esta bellísima tierra suya que ahora se asoma al horizonte del mundo moderno, y que tiene tantas heridas que curar, tantas aspiraciones justas que satisfacer…

- Escuche, Chevalley: si se hubiera tratado de un nombramiento honorífico, un mero título para poner en la tarjeta de visita, lo había aceptado con todo gusto; considero que en esta etapa decisiva para el futuro del estado italiano todos tenemos el deber de manifestar nuestra adhesión…

- Pero entonces, príncipe ¿por qué no aceptar?

isola-salina

- Tenga un poco de paciencia, Chevalley, ahora le diré por qué: durante tanto tiempo, los sicilianos hemos tenido gobernantes que no eran de nuestra religión ni hablaban nuestro idioma, que por fuerza tuvimos que aprender a hilar delgado. De otro modo no hubiésemos podido librarnos de los recaudadores bizantinos, los emires berberiscos, los virreyes españoles. ahora lo llevamos dentro, forma parte de nuestra naturaleza. He hablado de «adhesión», no de «participación.» En los pocos meses transcurridos desde que vuestro Garibaldi puso un pie en Marsala se han hecho demasiadas cosas sin consultarnos como para que ahora pueda pedírsele a un miembro de la vieja clase… En Sicilia no importa obrar mal o bien: el pecado que los sicilianos jamás perdonamos es sencillamente el de «obrar». Somos viejos, Chevalley, viejísimos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de unas civilizaciones tan magníficas como heterogéneas: todas ellas llegaron de fuera, ya completas y perfeccionadas, ninguna germinó entre nosotros… hace dos mil quinientos años que somos colonia…

…- Pero en todo caso ahora eso ha terminado; ahora Sicilia ya no es una tierra de conquista sino parte libre de un estado libre.

- La intención es buena, Chevalley, pero tardía,… me hablaba usted de una joven Sicilia que se asoma a las maravillas del mundo moderno; a mi, en cambio, me parece más bien un centenaria a quien pasean en silla de ruedas por la Exposición Universal de Londres y no comprende nada ni le importan un comino las acerías de Sheffield y las hilanderías de Manchester; solo anhela que la dejen dormitar de nuevo con la cabeza hundida en sus almohadas húmedas de baja y el orinal debajo de la cama.

No había elevado el tono de voz, pero su mano apretaba cada vez con más fuerza la cúpula de San Pedro; al día siguiente se vio que la diminuta cruz de la cúspide estaba echa trizas.

-Es sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que más desean los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles mejores regalos… Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deso de olvido, nuestros escopetazos y nuestras cuchilladas son deseo de muerte; deseo de voluptuosa inmovilidad, o sea también de muerte, son nuestra pereza… el famoso siglo de retraso en las manifestaciones artística e intelectuales en Sicilia: las novedades solo nos atraen cuando sentimos que están muertas…

-¿No le parece que exagera un poco, príncipe?...

-… veo que no he sabido explicarme: he dicho «los sicilianos», pero hubiese debido añadir «Sicilia, el ambiente, el clima, el paisaje». Estas son fuerzas que junto con las dominaciones extranjeras, y quizá en mayor medida que ellas, y las violaciones de toda clase a que ha estado sometida, han configurado el alma siciliana: este paisaje que no conoce un término medio entre la delicadeza lasciva y el rigor infernal; que jamás es un poco avaro, mediocre, manso, clemente, como convendría a toda tierra que ha de albergar a seres racionles… este clima que nos inflige seis meses de fiebre de cuarenta grados; cuéntelos, Chevalley, cuéntelos: mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre; seis veces treinta días de sol a plomo sobre las cabezas; este verano nuestro, largo y funesto como el invierno ruso, pero más difícil aún de combatir; usted todavía no lo sabe, pero aquí puede decirse que nieva fuego, como sobre las ciudades malditas de la Biblia… Pertenezco a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y lo nuevos, que no se encuentra a gusto en éstos ni en aquellos. Además como ya lo habrá advertido usted, no tengo ilusiones ¿qué haría conmigo el senado, con un legislador inexperto e incapaz de engañarse a sí mismo, facultad imprescindible para cualquiera que se proponga guiar a los demás?...

… Sin embargo, Chevalley era honesto pero no tonto; aunque le faltara esa rapidez mental que en Sicilia se hace llamar inteligencia, su capacidad de comprensión era lenta pero segura; además, no tenía esa insensibilidad de los meridionales ante la aflicción ajena. Comprendió la amargura y el desaliento de don Fabrizio, volvió a contemplar por un instante el espectáculo de miseria, de abyección y de insondable apatía que había presenciado durante aquel mes; en las últimas horas había envidiado la opulencia, el señoría de los Salina; ahora en cambio recordaba con ternura su pequeño viñedo en Monterzuolo, cerca de Casale, feo, mediocre, pero lleno de vida y serenidad; tuvo piedad tanto del príncipe sin esperanza como de los niños descalzos, las mujeres enfermas de paludismo, las víctimas inocentes cuyos nombres llegaban continuamente a su despacho; en el fondo todos eran iguales, todos eran compañeros de desgracia arrojados al mismo hoyo.

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Febrero de 1861

El padre Pirrone era de origen campesino: de hecho, había nacido en San Cono, un pequeño pueblecillo que ahora, gracias a los autobuses, es prácticamente uno de los tantos asteroides repletos de gente que gravitan alrededor de Palermo, pero hace un siglo, cuando cuatro o cinco horas de carro aún lo separaban del sol palermitano, pertenecía, por así decirlo, a un sistema planetario autónomo.

El padre de nuestro jesuita había sido «encargado» de dos feudos que la abadía de San Eleuterio se jactaba de poseer en la región de San Cono. Oficio a la sazón bastante peligroso para la salud del alma y también para el cuerpo, porque obligaba a tener trato con gente rara y a enterarse de toda clase de anécdotas cuya acumulación acababa  provocando un extraño mal que «de golpe y porrazo» (ya lo dice la expresión) dejaba tieso al enfermo al pie de un murete, con todas sus historietas encerradas en la barriga, inaccesibles ya a la curiosidad de los holgazanes. Sin embargo, don Gaetano, el padre del sacerdote, había conseguido salvarse de esa enfermedad profesional gracias a una higiene rigurosa basada en la discreción y en el uso oportuno de remedios preventivos; de modo que había muerte de una pacífica pulmonía cierto domingo soleado de febrero en que le viento zarandeaba los almendros en flor…

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- Ya veréis –concluyó sin mayor alarde de originalidad-: no nos dejaran ni ojos con que llorar.

Estas palabras alternaron con el  tradicional coro de lamentaciones campesinas. Los hermanos Schirò y el herbolario ya empezaban a sentir lo voracidad del fisco; en un caso habían sido contribuciones extraordinarias y aumentos en los impuestos, en el otro, un golpe por sorpresa: el anciano había tenido que presentarse en el ayuntamiento donde le habían comunicado que, si no pagaba veinte liras cada año, no le permitirían seguir vendiendo sus hierbas.

-¡Pero este sen, este estramonio, estas hierbas santas que ha creado el Señor, la recojo yo mismo, con mis propis manos, en las montañas, ya llueva o haga buen tiempo, en los días y noches indicadas! ¡Las seco al sol, que es de todos, y las pulverizo yo mismo en el mortero que perteneció a mi abuelo! ¿Qué pinta en todo esto el ayuntamiento? ¿Por qué tendría yo que pagaros veinte liras? ¿Por vuestra cara bonita?

Su boca sin dientes apenas podía con las palabras, pero sus ojos expresaban auténtico furor.

-¿Tengo razón o no, padre? ¡Dímelo tú!

- Pero, padre, tú que vives entre las «nobleza», dime qué piensan los «señores» de todo este jaleo. ¿Qué dice el príncipe de Salina, que es tan fuerte, tan irascible, tan altivo?

La pregunta no era nueva para el padre Pirrone porque varias veces se la había hecho a sí mismo… pero no encontraba la manera de traducirlas para que pudiera entender don Pietrino, pues aunque éste no tuviera un pelo de tonto se manejaba mucho mejor con las propiedades anticatarrales, carminativas y quizás afrodisíacas de sus hierbas que con aquella clase de abstracciones.

- Mire usted, don Pietrino, a los «señores», como usted los llama, no es fácil entenderlos. Viven en un mundo propio, que no ha creado Dios directamente, sino ellos mismos a lo largo de muchos siglos de experiencias singulares, entre penas y alegrías muy distintas de las nuestras; tienen una memoria colectiva tan privilegiada que se inquietan o se alegran por cosas que a cantaridausted y a mí nos importan un comino pero que para ellos son fundamentales porque están relacionadas con ese patrimonio de recuerdos, esperanzas y temores propios de su clase… usted se encuentra en el otro extremo de la escala, no digo el más bajo sino el más distante. Cuando descubre una vigorosa mata de orégano o un nido bien provisto de cantáridas (que también las busca usted, don Pietrino, lo sé bien), se comunica directamente con la naturaleza que el Señor ha creado sin separar lo bueno de lo malo, para que el hombre pueda escoger en ella libremente; y cuando alguna vieja maligna, o alguna jovencita consumida por el deseo, le consulta, se hunde usted en el abismo de los siglos hasta esas épocas oscuras que precedieron a la luz del Gólgota.

El viejo lo miraba asombrado: él quería saber si el príncipe de Salina aceptaba o no el nuevo estado de las cosas, y el otro le hablaba de cantáridas y de luces del Gólgota. «Pobrecillo, de tanto leer, se ha vuelto loco.»

-Los «señores» no son así, claro que no; viven de cosas ya manipuladas. Los sacerdotes les servimos para tranquilizarlos acerca de la vida eterna, así como ustedes, los herbolarios, les sirven para obtener emolientes o excitantes. Con esto no quiero decir que sean malos: al contrario. Son distintos; quizá nos parezcan tan extraños porque han conquistado algo que todos buscan salvo los santos: poder despreciar los bienes terrenales a fuerza de poseerlos. Quizá por eso no les preocupan ciertas cosas que a nosotros, en cambio, nos importan mucho; el que está en la montaña no se inquieta por los mosquitos de la llanura, el que vive en Egipto ni piensa en el paraguas. En cambio, uno teme a las avalanchas y el otro  a los cocodrilos, mientas que a nosotros todo eso nos tiene sin cuidado. Ahora les ha entrado miedo por cosas que nosotros ni siquiera percibimos: he visto a don Fabrizio, hombre tan serio y sensato, enfadarse por un cuello de camisa mal planchado; y sé de buena fuente que el príncipe de Lascari no pudo cerrar los ojos toda una noche porque estaba furiosos de que un banquete servido en la lugartenencia no  le hubieran asignado el puesto que le correspondía. Pues bien, ¿no le parece a usted que esa humanidad que solo se preocupa por las camisas o por el protocolo es una humanidad feliz y, por tanto superior?

Don Pietrino ya no entendía nada; aquello resultaba cada vez más delirante: ahora salían a relucir los cuellos de camisa y los cocodrilos. Sin embargo, su sentido común de hombre de campo aún no le abandonaba.

-¡Pero entonces, padre, se irán todos al infierno!

-¿Por qué? Algunos se perderán, otros podrán salvarse, según como hayan vivido en ese mundo de ellos, tan formal. Yo diría que Salina, por ejemplo, tiene bastantes posibilidades de salir airoso: juega bien su juego, respeta las reglas, no hace trampas; Dios Nuestro Señor castiga al que viola voluntariamente las leyes divinas que conoce, al que voluntariamente se mete por el mal camino; pero quien va por el suyo propio, siempre y cuando no se le ocurra hacer porquerías durante el trayecto, ése siempre puede estar tranquilo. Si usted, don Pietrino, vende cicuta en lugar de poleo, y lo hace a sabiendas, está perdido; pero si obra de buena fe, doña Fulana tendrá una muerte tan noble como la de Sócrates y usted se irá derechito al cielo, con la túnica y las alitas, todo de blanco.

La muerte de Sócrates ya fue demasiado para el herbolarios; se dio por vencido y prefirió dormirse. Cuando el padre Pirrone lo advirtió, se alegró porque entonces ya podría hablar con toda libertad sin temor a posibles equívocos…

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… No andaba muy errado: en aquellos años, la frecuencia de los matrimonios entre primos, producto de la pereza sexual y el interés por preservar la propiedad de las tierras, la escasez de proteínas en los alimentos, agravada por el exceso de almidones, la falta total de aire fresco y ejercicio, habían llenado los salones de una tuba de muchachitas increíblemente bajas, inverosímilmente cetrinas, insoportablemente chillonas; pasaban el tiempo en dulce montón. y lo único que hacían…

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… Ninguno de los dos era bueno, ambos tenían sus intereses, tanto ella como él alimentaban secretas aspiraciones; pero resultaba agradable y enternecedor verlos bailar mientras sus turbias pero ingénuas ambiciones se iban esfumando entre las cariñosas, alegres palabras que él le musitaba al oído, el perfume que envolvía la cabellera de la joven, y el abrazo en que acababan fundiéndose sus cuerpos destinados a morir.

Los dos jóvenes ya se alejaban dejando paso a otras parejas, menos hermosas, pero tan enternecedoras como ellos, cada una sumergida en su propia y efímera ceguera. Don Fabrizio sintió que se le ablandaba el corazón: el desagrado se había transformado en compasión por aquellos seres fugaces que trataban de gozar del exiguo rayo de luz cuya gracia les había sido concedida entre las dos tinieblas: la que había precedido a la cuna y la que los arrebataría tras los últimos estertores. ¿Cómo podía uno ensañarse contra quienes, sin duda, iban a morir? Quería decir, ser tan ruin como las pescaderas que sesenta años atrás insultaban a los condenados en la Piazza del Mercato. También las macacas instaladas en los poufs, y sus amigos, esos viejos bobos, eran seres desvalidos, condenados, entrañables como los animales que braman en la noche por las calles de la ciudad, mientras los conducen al matadero; tarde o temprano sonaría en sus oídos el tintineo que tres horas antes había escuchado al pasar por detrás de San Dominico. Solo tenemos derecho a odiar lo que es eterno…

 

 

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