FRAGMENTOS DE LIBROS:     EL GATO Y EL RATÓN (1961)                                                                       

ElGatoYelRaton      

    Günter Grass.  Alemania

    Editorial:   Alfaguara.  1999.

    Traducción de Carlos Gerhard 

    

 

 

Fragmentos:

… En la pista de ceniza, los corredores de cien metros practicaban la salida o estaban nerviosos. El gato zigzaguaba. Lento y sonoro cruzaba el cielo un trimotor, pero sin lograr ahogar con su ruido el aullido de mi diente. Entre los tallos de hierba, el gato negro del encargado de campo mostraba un babero blanco. Mahlke dormía… El gato se entrenaba a su manera. Mahlke dormía o eso parecía. A su lado, a mí me dolía el diente. Entrenándose, entre arranques y paradas bruscas, el gato se nos fue acercando. La nuez de Mahlke hubo de llamarle la atención, porque era grande, se movía sin cesar y proyectaba una sombra. Entre Mahlke y yo, el gato negro del encargado del campo se arqueó para el brinco. Formábamos un triángulo. Mi diente optó por abstenerse, porque la nuez de Mahlke se convirtió para el gato en raón. ¡Era tan joven el gato, y tan móvil el cartílago de Mahlke! En todo caso, el gato saltó a la garganta de Mahlke; o tal vez fue uno de nosotros quien agarró el gato y se lo puso a Mahlke en el pescuezo…

 Y ahora yo, que mostré tu nuez al gato y a todos los gatos del mundo, me veo obligado a escribir. Y aunque yo quisiera que tú y yo fuéramos inventados los dos, tendría que hacerlo, porque aquél que por razón de su oficio nos creó a ambos me obliga una y otra vez a tomar tu nuez en las manos y a llevarla a todos los lugares que la vieron triunfar o fracasar…

katz-und-maus 

 Pero no era un empollón, sino que estudiaba moderadamente, dejaba que quien quisiera copiara las tareas de sus cuadernos, no acusaba nunca a nadie y, excepto en la clase gimnasia, no mostraba ambición particular en cosa alguna. Sentía además una aversión manifiesta por las porquerías habituales de los del tercer curso, e intervino, por ejemplo, cuando Hotten Sonntag, que en una ocasión había encontrado entre los bancos del Parque Steffen un preservativo, lo levantó con una ramita, lo llevó a la escuela y lo puso en el picaporte de la puerta de nuestra clase. Tratábase de jugarle una broma pesada al profesor Treuge, pobre pedante medio ciego al que en realidad habrían debido jubilar hacía ya varios años. -¡Ahí viene!- anunciaban ya algunas voces en el corredor. En esto salió Mahlke de su banco, se dirigió sin prisa a la puerta, y cogiendo el preservativo con un papel usado lo quitó del picaporte.

 

… Pese a que había hundido doscienta cincuenta mil toneladas brutas de registro, un crucero ligero de la clase Despatch y un cazatorpedero de la clase Tribal, aquel teniente comandante llenó más su disertación con verbosas descripciones de la naturaleza que con los detalles de sus éxitos, extendiéndose al propio tiempo en metáforas atrevidas como, por ejemplo: «… con la popa hirviendo en un mar de blanquísima espuma deslumbrante, una preciosa cola de ondulante en caje sigue al barco, que cual novia ricamente ataviada avanza al encuentro de la muerte».

Risas sofocadas, y no solo entre las muchachas de trenzas, cuando otra figura vino acto seguido a borrar por completo a la novia: «El submarino es como una ballena con joroba, cuyo mar de popa se parece a la barba profusamente rizada de un húsar».

 Por otra parte, el teniente comandante era único dando a las escuetas indicaciones técnicas una entonación como de narración fabulosa. Es propable que su disertación se dirigiera más a Papá Bruñes, su antiguo profesor de alemán, conocido como entusiasta de Eichendorff, que a nosotros –como que la riqueza de léxico de sus composiciones escolares había sido reiteradamente mencionada por Klohse-, y así, palabras como las de «bomba de popa» o «timonel» era pronunciadas por él con un dejo misterioso. Creía probablemente que al hablar de «radiogoniómetro» y de «aguja giroscópica» nos contaba algo nuevo, siendo así que, en realidad, todas aquellas monsergas no las sabíamos de memoria. Pero él adoptaba aires de abuela contando cuentos de hadas, y pronunciaba todo eso de «turno de guardia» o «mamparo hermético», o inclusive una expresión tan corriente como la de «mar de oleaje cruzado», con el mismo susurro misterioso con que el bueno de Andersen o los hermanos Grimm hablaron en su día de los «impulsos de Asdic».

LaCruzdeHierroLa cosa subió de punto cuando empezó a pintar las puestas de sol: «Y antes de que la noche atlántica descienda sobre nosotros como un velo hecho por arte de magia de cuervos negros, amontónanse colores cuales nunca los vemos en la tiera firme: inflámase un anaranjado carnoso y antinatural, y luego vaporoso e ingrávido, iluminado en los bordes como los cuadros de los antiguos maestros, en cuyo medio flotan nubes de delicado plumaje: ¡qué peregrina luz sobre el oleaje sanguinolento!».

Con la tiesa golosina colgándole del cuello, hizo también retumbar y susurrar un órgano de colores, pasando del azul acuoso y el vidrioso amarillo limón hasta el pardo purpúreo. Se le encendían las amapolas en el cielo, y entre ellas flotaban nubes plateadas que luego se empañaban de rojo: «¡Como si pájaros y ángeles se desangraran!», digo textualmente con su boca de orador. Y luego, de repente, dejó que de ese cielo tan audazmente descrito y de esas nubecillas bucólicas saliera zumbando un hidroavión del tipo Sunderland en dirección del submarino. Pero no le hizo nada. Y luego abrió con la misma boca de orador, pero sin metáforas, la segunda parte de su conferencia. Concisa, seca, convencional: «Estoy sentado en la silla de periscopio. Atacamos. Probablemente un barco frigorífico: se hunde por la popa. Nos sumergimos a ciento diez. Destroyer a la vista, en los ciento setenta. Babor diez. nuevo curso a ciento veinte…»

 

No cabe duda de que cualquier mañana, mientras el primer teniente atendía a su estómago sobre el sofá y mi madre le preparaba en la cocina una de aquellas papillas sin sal, yo había roto a puñetazos, con un puño sustraído a mi voluntad, la foto, las esquelas e inclusive, tal vez, el violín; pero en esto llegó el día de mi incorporación al Servicio de Trabajo, escamoteándome una entrada en escena que aún hoy y por muchos años se dejaría representar: a tal punto la muerte en el Suban, mi madre y yo, el eterno indeciso, la teníamos estudiada. Partí con mi maleta de cuero de imitación, fui en tren a Konitz pasando por Berent, y tuve la ocasión, po espacio de tres meses, de conocer la Landa de Tuchel, entre Iscge y Reetz, Viento y arena constantes. Era una primavera hecha ex profeso para los amigos de los insectos. Florecían en el enebro y todos los matorrales, y todo se convertía en objetivo: había que tirar a los dos soldados de cartón que estaban detrás del cuarto pino de la izquierda. Sin embargo las nubes eran hermosas sobre los abedules y las mariposas, que no sabían adónde ir. Redondos estanques claroscuros en el tremedal, en los que con granadas de mano se podían pescar percas y unas carpas cubiertas de musgo. Naturaleza a mansalva. El cine estaba en Tuchel.

 

Y sin embargo, estoy seguro de que Mahlke no se proponía bromear. Porque es lo cierto que Mahlke no sabía bromear. Lo intentaba a veces, pero todo lo que hacía, tocaba o decía se convertía indefectiblemente en algo serio, significativo y monumental. Y así también aquella escritura cuneiforme en la madera de pino de una letrina del Servicio de Trabajo entre Iscge y Reetz, sección Tuchel-Norte. Había allí aforismos digestivos, versos pornográficos, anatomía burda y detallada, pero el texto (Stabat Mater dolorosa…) triunfaba de todas las demás obscenidades formuladas con mayor o menor agudeza, y que, talladas o garrapateadas, cubrían de arriba abajo la valla protectora de la letrina y conferían voz sonora a la pared de madera…

 

… Varias veces nos detuvimos en los puentes que cruzan el Striessbach, arroyuelo lleno de sanguijuelas. Daba  gusto reclinarse sobre el prtil y esperar a que salieran las ratas. Cada puente hacía pasar la conversación desde lo banal, tal como la consabida erudición escolar acerca de los buques de guerra, su blindaje, dotación y velocidad en nudos, hasta la religión ya las llamadas últimas preguntas. Sobre el pequeño puente de Nueschottland contemplamos primero un buen rato el cielo estrellado de junio, y luego, cada cual por su parte, dejamos vagar la mirada por el arroyo. Y dijo Mahlke, a media voz, en tanto que abajo, arrastrando consigo los vapones de levadura de la cervecería de Aktien, del desagüe superficial del estanque de ésta se rompía contra las latas vacías de conservas allí amontonadas: -Por supuesto, no creo en Dios. La clásica patraña para idiotizar a la gente. La única en quien creo es en la Virgen María. Por eso no me casaré nunca…

 

Misereatur vestir omnipotens Deus, et, dimissis peccatis vestris…Las palabras salieron ligeras como burbujas de jabón de los labios fruncidos del reverendo Gusewski, tomaron todos los colores del arcoiris, se balancearon un momento en el aire, indecisas al desprenderse de la caña invisible, subieron finalmente, reflejaron las ventanas, el altar y la Virgen, te reflejaron a ti a mí a todo, y explotaron sin dolor así que la Bendición empezó a su vez a desprender burbujas: Indulgentiam, alsolutionem e remissionem peccatorum vestrorum… Pero en cuanto el Amén de los siete u ocho feligreses hubo hecho estallar también estas nuevas bolas aladas. Gusewski levantó la Hostia, infló los labios perfectamente en círculo la mayor de las burbujas, que tembló por un momento como asustada en la correitne de aire, y la desprendió con la punta de su lengua carmesí: fue subiendo, subiendo y finalmente cayó cerca del segundo banco frente al altar de la Virgen y se desvaneció sin ruido: Ecce Agnus Dei

 

El Gran Mahlke ni siquiera sacudió la cabeza; seguí encorvado en su asiento, agarrándose con fuerza al abrelatas envuelto y mirando a través de mi, pues estábamos sentado el uno frente al otro.

Aunque desde entonces no he vuelto jamás a poner los lies en un bote de remos, aún seguimos así sentados uno frente a otro: y sus dedos se agitan nerviosos. El cuello sin nada alrededor, pero la gorra bien derecha. De los pliegues de su uniforme se escurre algo de arena. No llueve, pero le perlea la frente. Todos y cada uno de sus músculos, rígidos. Los ojos como para vaciárselos con una cuchara. ¿Con quién ha cambiado la nariz? Le tiemblan las rodillas. No hay gato alguno en el mar, y sin embargo el ratón está asustado…

Danzig 

Así, pues, nada se movía en el bote. Se veían claramente dos botas vacías. Y revoloteando sobre la herrumbre algunas gaviotas que de vez en cuando se posaban y llenaban de polvo la cubierta y los zapatos, pero, ¿qué más dan las gaviotas? En la rada se veían los mismos buques de la víspera, pero no había ningún sueco entre ellos, ni tampoco ningún neutral. La draga apenas había cambiado de lugar. El tiempo prometía mejorar. Me fui de nuevo, y como suele decirse, para casa. Mi madre me ayudó a hacer la maleta de cartón.

Así, pues, hice la maleta: la foto apaisada la había sacado del marco y, como tú no la reclamaste, la puse debajo de todo. Sobre tu padre, el señor Labuda y la locomotora de tu padres, que no estaba bajo presión, apilé mi ropa interior, las baratijas usuales y mi diario, que luego se me perdió en Cottbus juntamente con la foto y las cartas.

 

    ¿Quién me escribiría ahora un buen final?. Porque lo que empezó con el gato y el ratón me atormenta hoy en forma de garza moñuda en charcos rodeados de juncos. Y si rehuyo  la naturaleza, son las películas documentales las que me muestran esas hábiles aves acuáticas… 

 


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