UN BUEN LIBRO PARA LEER:   EL VIAJE A LA FELICIDAD (2005)                                                     

ElViajealaFelicidad      

    Eduardo Punset.  España

    Editorial:   Ediciones DESTINO.

     

    

 

Fragmentos

De la introducción.

Hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad: lo justo para aprender a sobrevivir, con suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. Era una cuestión que se aparcaba para después de la muerte y dependía de los dioses.

        La revolución científica ha desatado el cambio más importante de toda la historia de la evolución: la prolongación de la esperanza de vida en los países desarrollados, que ha generado más de cuarenta años redundantes —en términos evolutivos— … Por primera vez la humanidad tiene futuro y se plantea, lógicamente, cómo ser feliz aquí y ahora. La gente se ha sumergido en estas aguas desconocidas prácticamente sin la ayuda de nadie. Con la excepción singular del preámbulo de la Constitución de Estados Unidos de América, que establece el derecho de los ciudadanos a buscar su felicidad, no existe nada encaminado a este fin en la práctica del pensamiento científico heredado. Ahora la comunidad científica intenta, por vez primera, iluminar el camino.

 

Del Capítulo I: La felicidad es un gasto de mantenimiento.

La felicidad es un estado emocional activado por el sistema límbico en el que, al contrario de lo que cree mucha gente, el cerebro consciente tiene poco que decir.

Todos los organismos vivos se enfrentan a una alternativa trascendental: deben asumir qué parte de sus recursos limitados dedican a las inversiones que garanticen la perpetuación de su especie, y qué parte de sus esfuerzos se destinan al puro mantenimiento del organismo. Cualquier equivocación al resolver este dilema se paga —a través de la selección natural— con la desaparición de la especie.

En algunos casos esta inversión implica unos costes extraordinarios. Así ocurre con la rata marsupial australiana Antechinus stuarti. Su vida es una batalla entre los machos para conseguir hembras con las que copular durante doce horas seguidas. En esta batalla consumen la salud de sus órganos principales y su vida, que se apaga en el curso de un solo período de apareamiento. En el caso de las longevas tortugas, la evolución hizo compatible lo aparentemente contradictorio: la apreciable inversión en reproducción que supone encontrar pareja para un animal que necesita mucho tiempo para recorrer su habitat, se contrapone a un gasto de mantenimiento todavía más cuantioso —mantener vivo el organismo durante muchos años— gracias a la reducción drástica de costes de mantenimiento gracias a la hibernación. La longevidad de las tortugas, auspiciada por el sofisticado caparazón protector y necesaria, dada la clamorosa lentitud de sus ademanes, no hubiera podido financiarse sin los respiros que da el gasto cero en mantenimiento durante la hibernación. 

Si se pregunta a la comunidad científica inmersa en sus investigaciones, o a la gente de la calle, por el acontecimiento más singular y trascendente de toda la historia de la evolución desde el origen de la vida, pocos atinarán a apuntar la triplicación de la esperanza de vida en los países desarrollados en menos de doscientos años. Súbitamente, la especie humana, las mujeres y los hombres —algo más las mujeres—, disponen de cuarenta años adicionales de vida después de haber cumplido con las tareas reproductoras. Nunca había ocurrido nada parecido en ninguna especie; y mucho menos en tan poco tiempo —sin necesidad de ninguna mutación aleatoria o más bien a pesar de las numerosas mutaciones con que carga cada generación—. El fenómeno no tiene precedentes, y el descubrimiento revolucionario de que no estamos programados para morir está muy lejos de calar en la conciencia humana y, todavía menos, en la programación y los mecanismos decisorios de las instituciones sociales y políticas.

     El futuro ha dejado de ser monopolio de la juventud. En numerosos países, incluido España, ya son mayoría las personas maduras y no los jóvenes. Los descendientes de aquellos moradores de Atapuerca de hace medio millón de años, a los que delataban como viejos sus ojos empequeñecidos y la nariz agrandada por el retraimiento de la epidermis al consumirse la vida a los treinta años, disponen ahora de otros cincuenta inéditos. Por primera vez en la historia de la evolución, los descendientes de aquellos moradores tienen futuro aquí y ahora.

 

Del Capítulo 2: La felicidad en las amebas, los reptiles y los mamíferos humanos.

LO QUE NOS UNE

Pista Número 1: La felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad.


PerroExpectante     Al darle de comer a mi perra Pastora, siempre ocurría algo que nunca acababa de entender. En cuanto me dirigía a la terraza a la hora de la comida para recoger su plato, Pastora iniciaba una danza alucinante fruto de la alegría y la felicidad que la embargaban súbitamente. No sólo movía la cola sin parar, sino que saltaba, literalmente, a mi alrededor, interponiéndose en el camino a la cocina
donde guardaba los cereales. No servía de nada decirle, cariñosamente: «¡Cálmate, Pastorita, que no me dejas andar!». Cuando conseguía llegar a la cocina para sacar de la bolsa dos puñados de cereales con algo de jamón de York se tranquilizaba momentáneamente, contemplando la operación sentada junto a la puerta. Si para hacerla rabiar un poco tardaba más de la cuenta, soltaba un solo ladrido de advertencia.

En cuanto iniciaba, con el plato lleno en la mano, el camino de regreso a la terraza donde comía, recomenzaba el festival de saltos y vueltas a mi alrededor. Pero en cuanto yo depositaba el plato en el suelo se transformaba en otro animal: dejaba de saltar, casi pausadamente ponía el hocico en el plato para constatar que no me había olvidado el trozo de jamón entre tanto pienso; dejaba de mover la cola y, sorprendentemente, al margen de si terminaba o no su comida, había perdido la emoción que la invadía unos instantes antes. ¿Cómo era posible que le emocionara más la inminencia de la comida que la propia comida?

… En la búsqueda, en la expectativa, radica la mayor parte de la felicidad… por qué la expectativa de un encuentro sexual o de un nuevo trabajo muy deseado supera con creces la felicidad del propio acontecimiento. En todo caso, no parece arriesgado sugerir que las personas condicionadas por el refrán popular de «aquí te pillo y aquí te mato» pierden gran parte de la felicidad, que mora en el circuito de la búsqueda. En suma, la felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad.

 

Pista Número 2: El conocimiento se adquiere observando a los demás

AlexParrot

Alex, el loro gris africano más famoso del mundo por ser capaz de definir, generalizando, conceptos tan abstractos como el color de las cosas o su forma geométrica… Alex logró manejar categorías abstractas percatándose de que el color gris podía ser tanto su color como el de un lápiz, algo totalmente increíble en un pájaro —por lo menos hasta ese momento—. El método de Irene Pepperberg ha sido revolucionario: en lugar de preguntarle directamente al loro por el color de un objeto seductor y recompensarlo entregándoselo si acertaba, decidió formular las preguntas a su ayudante en presencia de Alex. En lugar de fiarse sólo de la relación maestro-alumno, Alex aprendió, literalmente, observando cómo aprendía su contrincante en aquel trío singular; asimiló el concepto del color gris observando a un tercero que hacía lo mismo.

 

Pista Número 3: Lo peor que se le puede hacer a un animal y a los humanos es aterrorizarlos

El problema del miedo necesario para sobrevivir radica en que ni nosotros ni el resto de los animales, con algunas excepciones que se verán a continuación, calibramos con precisión la respuesta emocional que correspondería, lógicamente, al grado de amenaza.

Las ratas tienen dos sistemas olfativos: uno les permite oler la presencia cercana de un gato, y el otro barruntarlo a distancia. El sistema olfativo conectado directamente a la emoción del miedo es equivalente a un zoom fotográfico. La rata es consciente de que a cierta distancia merodean otros gatos, pero no le producen miedo por la sencilla razón de que la vida sería insoportable bajo el trauma emocional provocado por todos los gatos, tanto por los que representan una amenaza real por su proximidad, como la mitigada de los que están lejos. Las personas hipocondríacas sufren un desarreglo que las ratas evitan con su doble sistema olfativo: el sistema perceptor único de los humanos es de tal naturaleza que cualquier estímulo, sea real o imaginado, cercano o lejano, está conectado con la emoción del miedo. Es un vivir sin vivir, como dijo la poetisa mística.

Esta tercera pista es crucial, es quizá la más importante de todas. En realidad, la he escondido en medio del capítulo para que el lector tenga que buscarla y leer las demás pistas. Pero con la mano en el corazón, debo confesar que lo único verdaderamente importante es que la felicidad es la ausencia de miedo, de la misma manera que la belleza —como se explica más adelante— es la ausencia de mutaciones lesivas que delaten la mala salud de la persona. El estado de alerta no debe llegar hasta la frontera del terror.

 

Pista Número 4: Todos los reptiles y mamíferos compartimos la resistencia al cambio y a la novedad

Sin cierta curiosidad, los reptiles y los mamíferos no sobreviviríamos. Nadie encontraría alimentos, ni pareja, ni cobijo. Pero todas las demás pruebas parecen indicar que la novedad no es bienvenida.

El llamado prejuicio de la causalidad es una de estas convicciones. Los humanos y el resto de los animales tienden a creer que cuando una cosa ocurre después de otra, no es producto de un accidente, sino que existe una relación de causalidad entre los dos acontecimientos.

… la última característica emocional vinculada a la felicidad que nos une al resto de los animales: el poder del rito y la liturgia:  …Temple Grandin cuenta una anécdota aterradora fruto de los excesos de la industrialización.. fue requerida en varias granjas donde los gallos, inexplicablemente, descuartizaban a las gallinas en el transcurso del apareamiento. Le costó muy pocos días descubrir la clave del hecho. La manipulación genética orientada a la producción de gallos cada vez más grandes y musculosos había provocado, en algunos de ellos, una mutación que les inhibía de efectuar la danza ritual previa al acto sexual para seducir a la gallina. Ahora bien, la genética propia de la gallina le impone no adoptar la postura de entrega y sumisión al seductor sin el aviso previo de su danza ritual. El trágico resultado del desencuentro consistía en convertir a la sumisa gallina en una rebelde que prefería la muerte a claudicar, y al bello galán en un asesino. En otros animales como los humanos, la inhibición del rito no siempre es el resultado de una mutación genética, sino ideológica o, simplemente, de prácticas o costumbres que se alteran abruptamente pero, tanto en un caso como en otro, aleja de la felicidad y causa la desdicha. 

LO QUE NOS DISTINGUE

sino de las sorprendentes e inexplicables diferencias. Empecemos por la más importante: la desatención ciega.

En una ocasión, en la época de la Unión Soviética, un grupo de científicos rusos visitó el laboratorio del biólogo evolucionista John T. Bonner en Estados Unidos. Como era de esperar, el catedrático de Princeton explicó a los soviéticos, tiza en mano, la vida y milagros del moho mucilaginoso, la gran obsesión de su vida, con la que iniciamos este capítulo. A pesar de la bonhomía y la amabilidad que le caracterizan, Bonner no conseguía despertar el interés de los biólogos extranjeros hasta que aludió, de pasada, a que «incluso a los organismos unicelulares les gusta formar colectivos». De repente, los soviéticos se mostraron encantados y prestaron atención: los mohos mucilaginosos justificaban a la perfección el marxismo. Para ellos sólo existían las teorías de Marx, nada más. Es el principio de la desatención ciega que caracteriza a los humanos, a diferencia del resto de los animales.

No se trata, únicamente, del rasgo de obcecación vinculado al dogmatismo ideológico. Estamos hablando de algo mucho más profundo que entronca con la fisiología: nuestro sistema de percepción visual, al contrario del del resto de los animales, sólo se activa con lo que está acostumbrado a ver.

(Otro ejemplo: El experimento del gorila)

La mayoría de personas, a diferencia de los autistas y de los animales no humanos, no ven los detalles; sólo les importa el conjunto, el esquema o la idea que se tiene de las cosas… Se trata de un comportamiento que puede resultar muy productivo para determinados fines, pero que es nefasto en el viaje a la felicidad.

… Cualquier búsqueda de la felicidad que dependa exclusivamente de las consabidas interacciones con el dinero, el trabajo, la etnia o la salud está condenada a fracasar estrepitosamente. La felicidad depende de la interacción con puntos que no están en el mapa inicial.

Por último, cuando Sapolsky se vanagloriaba de poder diagnosticar on line el estado anímico de un desconocido a partir de sus constantes hormonales, hacía una excepción: el amor y el odio son tan afines, que en el caso de dos amantes no podría dictaminar si estaban haciendo el amor o acuchillándose. A diferencia del resto de animales, los humanos tenemos emociones mezcladas. Podemos odiar y amar al mismo tiempo. Por eso los humanos no podemos hacer gala de la lealtad de un perro. Un perro es leal, básicamente, porque es incapaz de mezclar emociones distintas. En la lealtad a su dueño no hay ni rastro de odio.

 

Del Capítulo 3: La felicidad es una emoción transitoria.

 

La ubicación de la felicidad en el cerebro primordial

… La sede oficial de las emociones está en el barrio primitivo del cerebro. Se llama el cerebro reptiliano porque ya estaba bien configurado en los precursores de los primeros mamíferos: es un conjunto de estructuras nerviosas conocido como sistema límbico, que incluye el hipocampo, la circunvalación del cuerpo calloso, el tálamo anterior y una zona en forma de almendra llamada amígdala.

amigdala

La amígdala también desempeña otras funciones pero, sin lugar a dudas, es el principal intermediario de las emociones. Cada vez que alguien reacciona ante una expresión facial hostil, la amígdala está instrumentando las primeras voces de alarma. Lesionar la amígdala es la manera más segura de conseguir que una persona se quede sin capacidad emocional —es tan malo no saber controlar las propias emociones como no tener ninguna—.

Cómo interpretamos los recuerdos

Cuando no hay tiempo ni información disponible, ¿en qué se basa la amígdala para tomar una decisión? La memoria desempeña un papel determinante. Pero, ¡ojo!, cuando se rescata un recuerdo casi siempre es el fruto de una elucubración a partir de un dato real o inventado; rara vez es la transcripción de un hecho real conservado intacto.

Durante el tiempo que el lector ha tardado en leer los dos capítulos anteriores —algo menos de lo que tardó el autor en escribirlos—, cada molécula de su cuerpo habrá recorrido muchos cientos de miles, muchos millones de kilómetros, y no sólo las sinapsis o las neuronas, algunas moléculas se habrán roto y resintetizado cientos de veces en un segundo, y sin embargo seguimos siendo la misma persona.

De forma que la conservación de la memoria no sólo depende del cerebro, a pesar de los cambios estructurales, sino de todo el cuerpo. En términos moleculares, el lector de este libro no es la misma persona que cuando lo empezó y, sin embargo, vive con la impresión de ser el mismo. Es fascinante el problema que se plantea en términos biológicos al mantener una unidad de estructura modulada por un proceso dinámico, aunque las moléculas estén cambiando constantemente. ¿Qué sentido tiene recuperar los recuerdos de infancia, por ejemplo, en la edad adulta, si prácticamente somos otra criatura? Tal vez lo hagamos simplemente porque aquellos recuerdos —inconscientes hasta los tres años— no se borran nunca.

… Pero tuvieron que transcurrir casi sesenta años antes de que aquel recuerdo inexpugnable se tambaleara y yo intuyera que mi recuerdo era, muy probablemente, inventado…. Era un recuerdo preciso e indiscutible al que se había referido en distintos análisis sobre la memoria, aunque en realidad era falso. Cuando se recuerda algo, ¿no se está volviendo a recordar? La mayor parte de los recuerdos de infancia son de este tipo…

…En un año, la mente sufre una transformación considerable porque la memoria no es igual que la memoria de un ordenador; no se almacenan bits de información; la mente se relaciona con el significado, no con la información. Es decir, que aportamos significado a nuestras experiencias. Aunque podemos demostrar bioquímicamente que cuando se forma un recuerdo se producen unos modelos de sinapsis, que determinadas moléculas se adhieren entre sí, cuando se crea un recuerdo y luego se vuelve a recordar, nuevamente se activan los procesos bioquímicos, de forma que, en cierto modo, cada vez que se recuerda algo se vuelve a revivir lo recordado. Cada vez que se reaviva un recuerdo se reconstruye biológicamente.

Éste es el tipo de material, o más bien de quimera, de que se alimenta la amígdala. A la hora de tomar una decisión emocional, ¿de qué otros recursos echa mano la amígdala, además de la memoria?

… Abocados, pues, a pensar en la base genética de la felicidad en primer lugar —dada su naturaleza y ubicación fisiológica—, parecería lógico definirla no tanto como un comportamiento descriptible, derivado de una tipología particular, sino como la ausencia, literalmente, de deformaciones genéticas graves. Y esto no es otra cosa que un equilibrio mutacional. La felicidad viene definida, en primer término, por la ausencia, en mayor grado que en el promedio de la población, de efectos mutacionales lesivos para la salud física y mental del individuo. La felicidad se fragua en la ausencia biológica del mal. Nada que ver con la conciencia, el pensamiento o las ideologías, por lo menos en sus comienzos.

Al comienzo y al final siempre hay una emoción.

… Desde entonces he podido constatar, una y otra vez, el fracaso invariable de todos los proyectos que se ciñen al cumplimiento estricto de los intereses materiales y personales a corto plazo. Cuando falta el elemento trascendente, por pequeño que sea, están condenados al fracaso…  «sin emoción no hay proyecto que valga» (Antonio Damasio).

Todo empieza con una emoción. Ya lo intuyeron algunos grandes hombres de acción hace medio siglo y lo corrobora ahora la ciencia. Pero el descubrimiento más reciente y revolucionario… al demostrar que las decisiones —todas las decisiones— son emocionales. ¿Cuál es la trama normal de cualquier planteamiento? En el inicio —si lo que acabamos de decir es correcto— hay una emoción. A continuación, se lleva a cabo un proceso de cálculo racional en el que se va ponderando toda la información disponible. A diferencia de la primera fase, en la que todo ocurre a velocidad de vértigo, la segunda etapa es lenta y tediosa: hay tal proliferación de argumentos a favor y en contra que, a fuerza de ponderar y sopesar datos, la lógica de la razón no acaba de imponerse. Afortunadamente, al final reaparecen, como una tabla de salvación, las emociones. Si antes no sabíamos para qué servían las emociones, ahora constatamos que sin ellas no tomaríamos nunca decisiones… dada la complejidad casi infinita que supone evaluar correctamente la selva de datos disponibles.

 

Del Capítulo 4: Los factores internos de la felicidad. La tristeza maligna.

… porque la depresión sea el único factor interno de la infelicidad, sino porque es, posiblemente, el más destructor y el menos controlado de todos los factores que germinan dentro de la propia persona.

… Sabemos que el cerebro procesa las emociones de forma similar a la que utiliza para procesar la visión o los movimientos voluntarios, es decir, a través de circuitos neuronales. También sabemos que las emociones y la parte cognitiva del cerebro funcionan con circuitos separados, aunque interdependientes, e incluso relativamente especializados respecto a determinadas emociones, como por ejemplo el miedo y la repugnancia.

    El miedo depende de circuitos muy complejos relacionados con la amígdala, el cerebro primordial. Las distintas partes de la amígdala se comunican entre sí. Una vez se establecen estos circuitos como respuesta al miedo, la reacción tiende a perpetuarse automáticamente… Ahora sabemos, por ejemplo, que el cerebro procesa información relativa a amenazas y al miedo incluso cuando una persona no se concentra en ello, aunque ni siquiera recuerde haber visto una señal de peligro.

Esto significa que se puede ser fácilmente presa de condicionamientos y reacciones inconscientes al miedo, contaminando así multitud de comportamientos aparentemente racionales.

Por otra parte, existe otra razón que explica la dificultad de desprogramar los circuitos del miedo. Existen muchos más circuitos celulares que van desde la amígdala, gestora de las emociones, hacia el córtex prefrontal —responsable en mayor medida de las capacidades de razonar y planificar—, que al revés. Según Joseph Ledoux, las conexiones neuronales que van del córtex hacia la parte inferior de la amígdala están menos desarrolladas que en sentido contrario. De manera que las pasiones ejercen una influencia mayor sobre la morada de la razón que viceversa. Una vez se ha enchufado la emoción, resulta muy difícil desenchufarla mediante el pensamiento lógico. Por eso es tan complejo controlar nuestras emociones. Las admoniciones de «no fumes», «no te drogues», «no bebas demasiado» recorren un camino vecinal y tortuoso, mientras que los impulsos en busca de tabaco, bebida u otras drogas circulan por autopistas muy bien señalizadas.

… Las emociones son parte integrante de la mente cognitiva, ya que participan en la toma de decisiones de forma integral. De hecho, se ha comprobado que los casos de daños cerebrales que afectan a la componente emocional del cerebro provocan comportamientos irracionales. La imposibilidad de evitar las emociones, la dificultad para controlarlas y, sobre todo, para reprogramarlas conscientemente parecen dar la razón a Albert Schwaitzer, médico y pacifista, premio Nobel de la Paz en 1954, que dijo: «La felicidad no es más que una mala memoria y una buena salud».

…¿Qué otras causas de la infelicidad conocemos?

Al definir la felicidad como una emoción se está sugiriendo que, como todas las emociones, es efímera y que, por lo tanto, el primero en llegar a la meta de la infelicidad será el que haya pretendido ser feliz continuamente.

… La búsqueda de la felicidad —como la búsqueda del éxito— implica siempre un compromiso y rendir homenaje a la naturaleza ambigua de los humanos. El solo hecho de reconocer físicamente las emociones que acompañan el estado emocional ya posee cierto valor terapéutico. El miedo, por ejemplo, suele ir acompañado de una sensación de ardor en el estómago y de rigidez en los músculos; la rabia, en cambio, se caracteriza por un subidón de energía agresiva y una temperatura corporal más elevada. Cuando un individuo es consciente del tipo de emoción que experimenta, sus lóbulos prefrontales pueden moderar su respuesta emocional. Es más importante concentrarse en los cambios fisiológicos que acaecen que ensimismarse en los pensamientos que los han desencadenado.

Las limitaciones del cerebro.

    Otra de las razones internas y consustanciales de la infelicidad obedece no sólo a los procesos neurológicos analizados anteriormente, sino también a las limitaciones evidentes del cerebro. Hemos sobrestimado repetidamente —tal vez inmersos en el afán ridículo y prepotente de diferenciarnos del resto de los animales— la singularidad de nuestro cerebro… El cerebro tiene serias limitaciones, perfectamente comprensibles si se piensa en su situación… El cerebro, como dice el neurólogo norteamericano de origen colombiano Rodolfo Llinás, catedrático de Neurociencia de la Universidad de Nueva York, está absolutamente a oscuras. Su única manera de elucubrar qué ocurre en el exterior es interpretando, mal que bien, los mensajes codificados que le llegan a través de los ojos —muchos aquejados de conjuntivitis y de defectos oculares—, los oídos —plagados de otitis— y las células gustativas deterioradas y forzadas a recurrir a las células olfativas, más sofisticadas que ellas, para definir el sabor de las cosas. No es extraño, en tales condiciones, que las elucubraciones del cerebro magnifiquen o subestimen la realidad exterior, con el consiguiente impacto negativo sobre las emociones y las conductas del individuo. Los físicos acostumbran a decir que un noventa por ciento de la realidad es invisible; los grandes neurólogos como Richard Gregory, profesor emérito de Neuropsicología de la Universidad de Bristol, que «el cerebro no busca la verdad, sino que elucubra para sobrevivir», y los fisiólogos que los circuitos de las percepciones cerebrales son extremadamente complejos y, por lo tanto, vulnerables…//… ante la imposibilidad de gestionar toda la información disponible y necesaria para calibrar un hecho, un personaje o un proceso, el cerebro opta por conceptualizarlos en modelos abstractos. Frente a una realidad inabarcable en toda su extensión —dice el neurocientífico Semir Zeki, catedrático de Neurobiología del University College de Londres—, el cerebro crea modelos abstractos y casi perfectos —de la casa, el hombre, la mujer o el coche ideales— que contrastan con la trivialidad de la vida cotidiana. Como es de esperar, la comparación rara vez resulta halagadora para la cosa, el individuo o el proceso individual en cuestión, ya que nunca llega a aproximarse del todo al modelo abstracto e idealizado. El resultado es un estado de insatisfacción constante que estaría en la base de la depresión generalizada.

   … Cada persona tiene una forma propia de pensar, de estructurar las experiencias acumuladas y algunos lo hacen siempre con un prejuicio sistemático contra sí mismos.

  Precisamente porque está a oscuras, el cerebro necesita tener constantemente la sensación de que controla la situación, de que todo tiene una explicación, de que no se le van de la mano los acontecimientos… Pero a veces lo pierde. De ahí nace, con toda probabilidad, la razón última de la infelicidad y la depresión.

 

Los flujos hormonales. 

… Se trata de un mensajero químico que va de una célula o de un grupo de células a otras. Todos los organismos multicelulares segregan hormonas que llegan a la célula objetivo en forma de señal de alarma, que desencadena acciones determinadas por la naturaleza de la hormona segregada y por la interpretación de la señal por parte del tejido receptor. Sin ánimo de resquebrajar la convicción de los que creen que la capacidad de comunicación diferencia a los homínidos de las demás especies, es doblemente fascinante pensar, a este respecto, que las bacterias también segregan moléculas señalizadoras que captan otras bacterias.

LasCebrasNoTieneUlcera … Sin embargo, seguimos sin entender por qué a los homínidos, a diferencia de los otros animales, les basta con imaginar que lo van a pasar mal para pasarlo mal y desencadenar idénticos impactos a los provocados por una amenaza real. Como explica el propio Sapolsky en su libro ¿Porqué las cebras no tienen úlcera?. 

 …Ahora bien, los flujos hormonales no sólo son responsables del estrés. Recientemente, se ha descubierto que situaciones repetidas de estrés pueden lesionar la región cerebral del hipocampo, especialmente implicada en los procesos de la memoria y el aprendizaje.

    … parece que el poder de las hormonas es también determinante en campos insospechados, como los que tienen que ver con la diferenciación e incluso la orientación sexual marcadas por descargas hormonales en la etapa prenatal.

     Al hablar de las causas internas de la felicidad, cada día resulta más difícil aceptar la desfasada concepción, otrora considerada progresista, según la cual los factores determinantes son de orden externo y están modulados por la voluntad social.

     Hasta aquí, hemos revisado el impacto de emociones básicas, como el miedo, como causas internas que pueden desbaratar la felicidad; las interferencias innecesarias de los procesos conscientes en la toma de decisiones; el empeño en no aceptar el carácter efímero de la felicidad; los límites cerebrales en el tratamiento de la información que conlleva la idealización de objetos y personas; los prejuicios enraizados contra uno mismo que distorsionan la realidad; la pérdida de control y los flujos hormonales. Pero más allá de la enumeración de los factores internos de la infelicidad, el dilema básico que despierta la curiosidad de los científicos y del público en general es el siguiente: ¿las descargas de testosterona generan situaciones de violencia o bien esas situaciones provocan las descargas hormonales? ¿Los entornos adversos provocan grados elevados de inestabilidad temperamental o bien la inestabilidad temperamental heredada genera entornos violentos?

 

Del Capítulo 5: Los factores externos de la felicidad.

       Si la felicidad es una tormenta de genes, cerebro y corazón —como sugieren los capítulos anteriores—, ¿por qué los buscadores de la felicidad se lanzan a esta carrera incesante tras señuelos externos como el dinero, el trabajo, la salud o la educación? Ya resulta sospechoso, de entrada, que siendo la depresión el símbolo más emblemático de la infelicidad o, aún peor, el subproducto de analizar los propios intestinos hasta enredarse en ellos —según Susan Greenfield, profesora de Farmacología en la Universidad de Oxford—, la antítesis de la depresión, la felicidad, en cambio, se deba a factores externos. No tiene demasiado sentido.

       … Lo que se resume aquí en pocas líneas tardó miles de años en cuajar. Es decir, que la reflexión sobre el impacto de los acontecimientos interiores como los flujos hormonales que se han descrito en el capítulo anterior, o la destrucción de determinados tipos de valores en el contexto de la felicidad, es muy posterior a la búsqueda desesperada de factores externos.

       … El sistema emocional instrumentado para lidiar con los organismos vivos chocará con una diversidad desconcertante. Nos asustan una araña o una serpiente, pero un átomo radiactivo o una seta venenosa nos dejan indiferentes porque no vemos al primero y porque la segunda es bella. ¿Cómo iba el sistema emocional a desconfiar de la belleza si la evolución le inculcó exactamente lo contrario?

 

Cuando la vida dejó de ser lo que era. 

Poco después, en el planeta Tierra empezó a configurarse un fascinante espectáculo de colaboración. Los primeros organismos, probablemente unas células todavía desprovistas de núcleo genético en su interior —similares a las bacterias de hoy—, campaban cada una por su cuenta en aquel medio ardiente. Gracias al proceso de fotosíntesis, captaban el CO2 del aire, la energía del sol y las sales minerales de la tierra, como hoy las plantas al sintetizar materia orgánica nueva. Pero existe una gran diferencia: la fotosíntesis de las plantas es oxigénica, rompe una molécula de dióxido de carbono y libera oxígeno, mientras que en los tiempos iniciales la fotosíntesis era anoxigénica porque se rompía el sulfuro de hidrógeno y no el agua. Ahora bien, los procesos de alimentación de los primeros protagonistas del planeta —¿por qué se tiene tan olvidada la etapa primordial de la vida?— no exigían ejercer la violencia para depredar a los demás. Aquellas comunidades pacíficas ya se regían por criterios de eficacia que las llevó a la cooperación continuada entre ellas. El objetivo de la supervivencia, y por lo tanto de la felicidad, pasaba por un sofisticado ejercicio de colaboración entre los organismos primordiales.

Yo colaboro, tú colaboras.

Si Lynn Margulis tiene razón —pocos se la discuten hoy, pese al revuelo despectivo que levantaron sus primeros hallazgos—, el marco exterior de la búsqueda de sosiego y felicidad de los primeros organismos se desarrolló en una sociedad cooperativa; un escenario que estaba muy lejos de la etapa en la que el metabolismo de otros seres vivos les forzó, millones de años después, a la violencia y la depredación. «Cuando la primera ameba se tragó a una bacteria viva para alimentarse —dice Ken Nealson, el mundo ya nunca fue el mismo.» Como los humanos, aquella ameba desconocía el proceso de fotosíntesis…


     Si se define la endosimbiosis como la colaboración y la interdependencia constructiva, se puede establecer un paralelismo entre los seres humanos y su organización social, recurriendo a la llamada
teoría del juego. En la vida corriente, la gente suele pensar que el resultado obtenido es fruto del esfuerzo individual y, como mucho, de la suerte. Pero la historia de la evolución muestra que tanto
prisoners dilemmanosotros como el resto de los animales estamos inmersos en un «juego» en el que, por más que nos empeñemos en lo contrario, el resultado está supeditado al comportamiento de los demás. El premio
anhelado puede ser codiciado por otro con el mismo ahínco pero más suerte. El final del proceso no sólo depende de uno mismo, sino también de lo que haga el otro y, para complicar más las cosas —ésa suele ser una de las constricciones de la vida—, no se pueden controlar las decisiones del socio o adversario. A los participantes en un juego se les pueden plantear varias alternativas que dependerán de las decisiones que tome el otro jugador, y el resultado final puede variar en el abanico que abarca desde ser óptimo para los dos hasta catastrófico para ambos. La teoría del juego se ha aplicado tanto en la guerra como en la paz, en la biología y las empresas, pero ampara igualmente decisiones individuales directamente relacionadas con la búsqueda de la felicidad.

De hecho, existe un modelo clásico que se estudia en todas las escuelas de administración y dirección de empresas que se ha aplicado a diversas disciplinas, el famoso «dilema del prisionero». A veces, en la vida se dan situaciones en las que un empeño absoluto para ganar al otro sin concesiones conduce al desastre para los dos. Es el caso del «dilema del prisionero»…

De una sociedad competitiva a otra de cooperación.

El modelo competitivo es un modelo que no requiere empatía con las necesidades o las emociones de los demás. No existe una escala de valores sino una escala de resultados. Otro problema del sistema competitivo es que para ganar deprisa y repetidas veces no se piensa a largo plazo. Se forman jugadores a corto plazo. Se persiguen pequeños objetivos para mañana o pasado mañana, generando, finalmente, frustración a la larga. El sistema educativo actual refleja los valores y los criterios organizativos de nuestra sociedad pero, en realidad, ¿es útil para la sociedad crear un modelo así?

Este modelo cerrado crea, inevitablemente, condiciones competitivas extremas. Los niños se comparan constantemente unos con otros. No aprenden a apoyarse, a colaborar ni a dividirse las tareas. Todos sirven para lo mismo, llevan a cabo tareas idénticas; no aportan nada específico al grupo, ni desarrollan sus cualidades personales, ni valoran las diferencias, ni se responsabilizan de su entorno, sus compañeros o su propio aprendizaje, y compiten por la atención del mismo profesor. Si se pretende formar adultos que sepan colaborar, éste es el peor sistema posible.

Los niños extraen de las comparaciones sus conceptos de normalidad y de éxito. Y, sin embargo, de entrada se sabe que en el mundo adulto uno de los grandes escollos para ser feliz es la manía de compararse con los demás, que genera frustración e inseguridad.

Si Lynn Margulis está en lo cierto al definir el concepto de endosimbiosis, la misión fundamental del sistema educativo debería ser, pues, sentar las bases psicológicas de la colaboración, ya que ninguna sociedad podrá dar cauce a la lógica cooperativa si su sistema educativo no enseña a pensarlo. En esa contradicción entre lo instintivo y lo lógico por una parte, y los modelos impuestos desde fuera en los años de formación, por otra, se fraguan, con toda probabilidad, gran parte de las tensiones emocionales que más tarde se encontrarán en el viaje a la felicidad.

No es indiferente, pues, lo que ocurre fuera de uno mismo. La inercia de las decisiones implícitas en el dilema del prisionero, o los esquemas contrarios a la colaboración impuestos por los sistemas educativos, harán mella en el tinglado emocional. Pero con vistas a que el lector no olvide la trascendencia —ni siquiera inmediatamente después de haber comprobado la importancia de algunos factores externos— de los mecanismos interiores que configuran la felicidad, recordaremos otros resultados específicos de experimentos realizados por el grupo de psicólogos que más tiempo e inteligencia ha dedicado al estudio de la felicidad —con la salvedad, tal vez, de Martin Seligman—. Se trata de Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard; el premio Nobel de Economía y psicólogo Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton; el psicólogo Tim Wilson, de la Universidad de Virginia, y el economista George Loewenstein, de la Universidad Carnegie-Mellon. Sus investigaciones han puesto de manifiesto la existencia de dos brechas o déficit en los llamados pronósticos afectivos. Por una parte, al pronosticar la intensidad de la felicidad que aportará un determinado bien o acontecimiento futuro, siempre se sobrestima. De la misma manera, se suele exagerar el grado de infelicidad que provocará una desgracia anticipada. Por otra parte, la segunda hipótesis explica que también somos un desastre a la hora de desembarazarnos del acoso de una carga emocional. No sabemos cómo transportarnos mentalmente a otro estado anímico menos violentado, más frío, que nos permita tomar otras decisiones.

LOS GRANDES MITOS

Ha llegado la hora de abordar los condicionantes externos de la felicidad, infinitamente más populares y comprensibles que los imperativos de cooperación que se desprenden de la historia de la evolución a los que se ha hecho referencia antes. Sin embargo, estos factores no son necesariamente más relevantes. De hecho, como entenderá perfectamente el lector, en contra del parecer mayoritario, muchos de estos factores —que agrupamos bajo el epígrafe de grandes mitos— se podrían calificar de neutros. La novedad, en este caso, no es su importancia sino su neutralidad en la búsqueda de la felicidad. Los mitos, claro está, son el trabajo, la salud, la familia, la educación y el grupo étnico.

El primer mito: El trabajo

Primera: de las grandes encuestas realizadas en todo el mundo, no se puede inferir que el trabajo tenga un impacto superior en los niveles de felicidad que el promedio de otros factores externos. Es más, ninguna de las pruebas en torno a los factores externos de la felicidad da resultados tan ambiguos y contradictorios como los del trabajo.

Segunda: la progresiva automatización de los procesos de producción, la creciente separación entre las zonas residenciales y los centros de trabajo, la deslocalización y la creciente burocratización de las tareas productivas o, simplemente, el recuerdo de la maldición bíblica o el peso de la historia del pensamiento sobre el trabajo por cuenta ajena, le han restado el atractivo necesario para convertirlo en el centro donde ejercer el impulso competitivo de supervivencia que había caracterizado siempre a los homínidos.

    Tercera: …, el efecto sobre el sistema inmunitario y emocional de una situación en la que no se controlan en absoluto los acontecimientos es sencillamente catastrófico. Si en el puesto de trabajo impera la convicción de que, hagas lo que hagas, no tiene ninguna relevancia para tu futuro individual y colectivo, los niveles de felicidad se verán afectados.

Por último, el único descubrimiento positivo reciente sobre la relación entre el trabajo y el nivel de felicidad es la constatación de los beneficios innegables que dimanan de aplicar al trabajo las propias virtudes o habilidades. 

 El segundo mito: La salud

Un clamor general le atribuye, equivocadamente, una influencia decisiva…

Pero la verdad es que todos los experimentos y encuestas realizados demuestran que sólo las enfermedades particularmente graves tienen un impacto negativo en las tasas de felicidad. Las condiciones objetivas de salud no influyen demasiado sobre la felicidad, a diferencia de la salud mental y los sentimientos. Mucha gente da por sentada su buena salud y no se siente más feliz por ello, mientras que la gran mayoría de enfermos suele soportar con entereza sus problemas sanitarios —incluso, un porcentaje elevado de tetrapléjicos consiguen, con el tiempo, recuperar un estado anímico compatible con su difícil entorno—. En cambio, los hipocondríacos se aferran a la miseria de su infelicidad aunque gocen de buena salud.

Cuando una manada de antílopes huye de la persecución de una leona, el principal adversario del más rezagado no es la leona, sino el antílope que corre más deprisa. Ahora bien, los antílopes no están preocupados por su salud, sino por salvar la vida. Cuando nuestros antepasados se quedaban paralizados y con los pelos de punta ante el ataque de una hiena —era la postura óptima para tener alguna posibilidad de no entrar en el campo visual de la fiera—, no pensaban en su salud, sino en su supervivencia.

… . En nuestro sistema emocional no tenemos construidos los resortes para proteger la salud, sino la vida. Incluso el instinto de repugnancia ante la ingestión de sustancias podridas está más encaminado a preservar la vida que la salud. Es lógico que, en una especie con una esperanza de vida de tan sólo treinta años hasta hace muy poco, ni la salud ni la búsqueda de la felicidad fueran objetivos suficientemente necesarios para destinarles los escasos recursos que absorbían, casi exclusivamente, la salvaguardia de la vida y la perpetuación de la especie. El cuidado de la salud es una tarea que empieza justamente ahora, con la súbita triplicación de la esperanza de vida, que aún no ha dejado rastro en nuestro sistema emocional. Por tanto, que nadie busque, por ahora, huellas o pruebas de las relaciones entre la salud y la felicidad.

       Todo lo anterior no es óbice para que las enfermedades sean el indicador óptimo de las desigualdades sociales…

       El tercer mito: La familia

    En la escala de preferencias de Kahnemann, educar a los hijos figura detrás de llevar una vida social, comer, ver la televisión o echar la siesta, entre otros… Tal vez los niños, como el sexo, representen ideales que inspiran y movilizan al ser humano, pero que a menudo no cumplen las expectativas generadas, o sólo las cumplen de forma ocasional o parcial.

     Pero sigamos con otros temas polémicos que forman parte del tercer mito familiar: el divorcio. Curiosamente, de las mayores crisis pueden esperarse los cambios más positivos. Así, el ochenta por ciento de la facción más descontenta del grupo en crisis superó sus diferencias cinco años más tarde, alcanzando el porcentaje más elevado del conjunto. El estudio también concluye que el divorcio no reduce los síntomas de depresión, ni mejora la autoestima en comparación con los que siguen casados.

      El cuarto mito: El dinero

Todas las investigaciones realizadas hasta la fecha apuntan al mismo resultado: por debajo de los niveles medios de subsistencia, es decir, cuando los niveles de renta no alcanzan el mínimo imprescindible para sobrevivir, el dinero da la felicidad. Aparentemente, esta forma de alcanzar la felicidad es muy atractiva ya que supone que la felicidad es un bien que se puede comprar. Sin embargo, existen dos limitaciones que cuestionan la capacidad del consumismo de dar felicidad. Por una parte, resulta que a medida que aumenta el nivel de la renta, también crece el nivel considerado necesario para volver a sentir placer. Y, por otra parte, la tendencia a compararnos socialmente con los demás genera grandes dosis de frustración que la escalada del dinero no puede apaciguar.

De ahí que a partir de los niveles de renta situados en el promedio social resulte imposible establecer una correlación positiva entre el aumento de renta y el de la felicidad…

 Quinto mito: La educación

 La educación puede determinar la estabilidad emocional y la capacidad innovadora del grupo al que se transmite el conocimiento. En un capítulo anterior se analizaron los defectos de un sistema educativo centrado exclusivamente en el impulso innato de la competitividad, en detrimento de la práctica de colaborar heredada de la historia de la evolución. Pero cuando se trata de correlacionar los niveles individuales de educación y los niveles de felicidad, los datos, de nuevo, no dan la razón a nadie. Los investigadores de la escala de bienestar aseguran que la capacidad de disfrute de los encuestados no sólo no está demasiado condicionada por su nivel educativo, sino que otros factores como el temperamento o la calidad del sueño son mucho más determinantes…

 «Desgraciadamente, para aprender y tomar decisiones sólo contamos con el conocimiento genético, el revelado, el aprendido y el científico. No existen otros.»

 … El conocimiento aprendido, el que nos han enseñado en la escuela es, en su mayor parte, infundado. Basten algunos ejemplos a título de recordatorio: «estamos programados para morir» —reza el conocimiento aprendido—, pero los genetistas todavía no han encontrado el gen diseñado para producir la muerte del organismo. El envejecimiento y la muerte se desencadenan cuando en la lucha entre las agresiones a nuestro entramado celular y los esfuerzos reparadores y regeneradores prevalecen las primeras. Ningún gen determina que esta contienda deba tener un fin tan acelerado.

 Último mito: El grupo étnico

… su tío Dominique Lapièrre, y la hija de éste, todos ellos escritores implicados de alguna manera con la fundación para leprosos patrocinada por el patriarca (En India). En más de una ocasión les he oído decir que, a pesar de su extrema pobreza, los indios son más felices que la mayoría de europeos. No es la primera vez que oigo esta opinión. ¿Determina la pertenencia a un grupo étnico las relaciones específicas de este grupo con la felicidad?

… El resultado de lo anterior es que si la ciencia todavía está muy lejos de poder asignar marcadores informativos ancestrales al origen de determinadas enfermedades diferenciadas por continentes, aún resulta más remota la posibilidad de identificar las causas genéticas de comportamientos distintos durante el viaje a la felicidad de etnias dispares. Sencillamente, la ciencia ni siquiera tiene un argumento o dato al respecto. Hasta que no se demuestre lo contrario, el escritor Dominique Lapièrre, como muchos lectores de vuelta de un viaje a la India, puede seguir manteniendo, sin que nadie pueda rebatir científicamente sus argumentos, que la vida en aquel subcontinente, o más probablemente la influencia del budismo y el yoga en la búsqueda de la paz interior, sí muestra una relación superior al promedio mundial entre la felicidad y el grupo étnico, más allá de las catástrofes naturales o la pobreza.

    En otras palabras, le estoy sugiriendo al lector que no debe desanimarse al contemplar el balance más bien parco de haber investigado la incidencia de los factores externos como el trabajo o la salud en los niveles de felicidad. La falta de soluciones concretas no se debe en absoluto a que el autor haya escatimado esfuerzos, lecturas o reflexiones. Podría ocurrir que el desorden no estuviera en el Universo, sino que la ignorancia nos impidiera aquilatar todavía de qué manera se fragua el orden… ¿no será la felicidad una emoción transitoria que se rige por los principios de los sistemas complejos, también llamados caóticos… El preciso instante en el que todas las mariposas de Tailandia emiten destellos a la vez; el día que las mujeres desperdigadas por todo el mundo pero que forman parte de una misma red de feromonas coinciden en su ciclo menstrual; el instante en el que seis moléculas de agua deciden no seguir agarradas de la mano y forman un cristal maravilloso, o el tiempo efímero en el que sentimos el gozo de la felicidad, ¿acaso no serán fruto de mecanismos idénticos, característicos de procesos llamados caóticos o complejos? ¡Qué falta de humildad pretender que podemos culpar a un único factor externo de la ausencia de felicidad, sin saber todavía ni por qué ni cuándo un granito más de arena añadido al montón apilado en la playa por mi nieta hará que éste se derrumbe estrepitosamente!

 

Del Capítulo 6: Las causas de la infelicidad en las sociedades complejas.

El ejercicio abyecto del poder político

… Se podría alegar que, lejos de gestionar sociedades del conocimiento, todavía estamos gestionando la ignorancia. Sobran ejemplos de hasta qué punto los dirigentes políticos y los líderes sociales se limitan a gestionar la ignorancia de los demás.

… en las sociedades complejas se dan tres factores que nutren el descontento y la infelicidad: el ejercicio abyecto del poder político, la disparidad entre los índices de crecimiento económico y de la felicidad, y lo que yo llamo la sociedad de las averías.

Charles Darwin describía así los signos físicos del miedo: los ojos y la boca abiertos, ceño fruncido, músculos paralizados, respiración sostenida, aceleración del pulso, postura agazapada, extrema palidez, transpiración fría, pelos de punta, irregularidades de la glándula salival que provocan sequedad de boca, temblores, fallos de la voz, pupilas dilatadas y la contracción de los músculos del cuello. Son las señales inequívocas de esta emoción básica, el miedo, que, con toda probabilidad, subyace en el origen del arte, la religión y la política desde hace unos treinta mil años.

La tesis de este capítulo es que la felicidad es, ni más ni menos, la ausencia de miedo. Punto.

… alertando a los políticos de que no sigan ignorando el tsunami milenario de la búsqueda y la consecución de la felicidad. Tiene razón, porque las técnicas modernas para auscultar el sentimiento de la opinión pública han permitido extraer una conclusión irrefutable: una reducción de dos tercios de los ingresos provoca un declive del índice de felicidad de sólo dos puntos en una escala de diez a cien; pero la degradación de las libertades políticas acarrea un cataclismo en los niveles de felicidad individual idéntico al de un divorcio, el paro o el deterioro de la salud.

… Los índices de felicidad aumentan en función del mayor grado de participación individual de los ciudadanos en las tareas políticas. De hecho, no todos los cantones suizos ofrecen los mismos márgenes de libertad. En términos monetarios, un aumento determinado en el grado de participación equivalía, en una de las encuestas, a ganar más del triple del sueldo. Se trata de un hecho sorprendente y totalmente incomprensible para los que nunca se ocuparon de velar por la felicidad de sus ciudadanos.

Un encuentro con Sapolsky

… Antes de los experimentos de Sapolsky, nadie entendía la razón por la que los pobres sufren una mayor incidencia de accidentes cardiovasculares y de reuma, entre otras enfermedades, que los ricos, y todavía menos que la diferencia se mantenga entre los pobres que se han enriquecido. A base de descartar hipótesis, Sapolsky llegó a la siguiente conclusión: el colectivo más desamparado de la población transmite durante varias generaciones la marca de los estragos fisiológicos sufridos por el ejercicio abyecto del poder político.

Tanto los estudios sobre el funcionamiento de la democracia participativa en los cantones suizos y sus relaciones con los índices de felicidad, como las conclusiones de Sapolsky, son aldabonazos que pregonan cambios inaplazables en el poder político. No obstante, nadie parece haberlos escuchado.

 

Los ciudadanos frente al poder

A los ciudadanos que dan por sentado el privilegio de vivir en sociedades donde se controla al poder político, les cuesta imaginar la brutalidad con que se ejerció el poder desde sus albores hace quince mil años.

    …Que nadie crea que el ejercicio abyecto del poder político no cuenta con las complicidades de los estragos emocionales marcados en las conciencias a lo largo de miles de años. Especialistas en lenguaje no verbal han puesto de manifiesto las semejanzas residuales en las actitudes de la población femenina de países poco sospechosos de ejercer un programa cultural explícitamente sexista que recordaban, en realidad, las de sus compañeras de género asiáticas… Era Navidad, y el prestigioso periódico mostraba la fotografía de tres niños vestidos de reyes magos en un belén. El texto describía a los niños como «un musulmán, un hindú y un cristiano». Se suponía que era enternecedor que los tres pequeños pudiesen representar, unidos, la natividad. La fotografía mereció la siguiente respuesta de Dawkins: «Lo que no resulta nada enternecedor es que estos niños tienen cuatro años. ¿Cómo se nos puede ocurrir describir a un niño de cuatro años como un musulmán, un cristiano, un hindú o un judío? ¿A alguien se le ocurriría hablar de un neoaislacionista de cuatro años, o de un republicano de cuatro años? Las religiones son opiniones acerca del cosmos y del mundo que los niños, cuando crezcan, presumiblemente estarán en condiciones de juzgar por sí mismos. La religión es el único campo de nuestra cultura en el que se acepta incondicionalmente —sin ni siquiera darse cuenta de lo raro que resulta la situación— que los padres tengan un poder de decisión absoluto acerca de lo que sus hijos van a ser, cómo se les va a educar y qué opiniones tendrán acerca del cosmos, de la vida y de la existencia. A eso me refiero cuando hablo del abuso mental a los niños».

… El parecido entre un enjambre y un colectivo humano resulta inquietante. Ahora se sabe que no sólo la reina del enjambre está capacitada para poner huevos. Algunas abejas trabajadoras pueden ser fecundadas y tener descendientes. Como descubrió el entomólogo autodidacta Raymond Lane hace muy pocos años, al desaparecer la reina todas recuperan su fertilidad de manera que «el estatus vinculado a la infertilidad es el subproducto de la represión y cuando el poder opresor desaparece las trabajadoras recuperan su fertilidad».

La conclusión es muy clara: si se transmite un mensaje de insolidaridad, la población reaccionará, mayoritariamente, adoptando criterios insolidarios. En cambio, es posible extender entre los habitantes del planeta una conciencia global solidaria, a condición de crear condiciones que favorezcan la confianza y la sensación de que el juego es limpio.

La responsabilidad de los políticos es, por tanto, enorme. La sociedad haría bien en exigirles tajantemente una pureza de espíritu y de obra exquisita como reclama Vaclav Hável, dramaturgo y ex-presidente de Checoslovaquia, para la vocación política: «La política es una actividad humana que requiere, más que otras, sensibilidad moral; reflexionar críticamente sobre uno mismo; asumir sin subterfugios las responsabilidades que incumben a los políticos; desplegar elegancia y tacto; ponerse en el lugar de los demás; ser humilde y moderado. Ser responsable ante algo que está por encima de mi familia, de mi país, de mi empresa, de mi propio éxito».

¿Crecimiento económico sin aumento de la felicidad?

…la convicción generalizada de que en las sociedades complejas aumenta sin cesar el bienestar económico, sin que mejoren los índices de felicidad.

… Por ejemplo, uno de los componentes del sentimiento de felicidad plena es el ansia de reconocimiento por parte de terceros y, particularmente, del propio gremio. Si el punto de sintonización de una persona está muy por encima del promedio, ninguna alabanza o premio saciará su sed de reconocimiento. La búsqueda constante de señales en los demás de su propia existencia y valores le mantendrá en un estado de ansiedad e insatisfacción reñido con la felicidad.

En contra de la opinión generalizada, salvo para un porcentaje reducido de la población, impera una cierta estabilidad o equilibrio emocional más allá de los estímulos ocasionales o cotidianos —aunque bastan un dos por ciento de psicópatas para sembrar la infelicidad en grandes sectores—. De ahí cierta decepción al constatar, una vez tras otra, que determinados factores externos como la salud o el dinero no inciden significativamente en los niveles de felicidad. Pero se trata de una apariencia engañosa. Se pasa por alto que una serie de factores psicológicos y sociales poco conocidos neutralizan o compensan el aumento esperado en los niveles de felicidad. Veamos el caso del aumento continuado de la prosperidad y de la riqueza económica medidas por la subida de los ingresos por habitante en los últimos cincuenta años.

… Estaba claro que con el aumento del nivel de bienestar económico, el cerebro se las arregla para adecuar, inmediatamente, lo que considera el nivel de ingresos necesario para mantener el nivel de felicidad.

Como dice Richard Layard, que llegó a la misma conclusión desde la London School of Economics, «la subida de un dólar en mis ingresos empuja hacia arriba en cuarenta centavos mi ingreso deseable de manera que si gano un dólar extra ese año, me hace más feliz, pero al año siguiente compararé mi ingreso con una meta que es cuarenta centavos superior. En este sentido, por lo menos el cuarenta por ciento de la ganancia de este año desaparece al año siguiente». Los ingresos que se estiman necesarios para ser feliz aumentan con los ingresos reales. Ése es, pues, el primer matiz que modifica sustancialmente la convicción generalizada de que el índice de crecimiento económico aumenta al tiempo que el de la felicidad sigue estancado. Pero existen otros matices psicológicos no menos importantes que apuntan en el mismo sentido.

… Por último, existe un tercer matiz psicológico que también distorsiona seriamente la supuesta insensibilidad de los índices de felicidad frente al crecimiento económico. Tiene que ver con la capacidad de adaptación del ser humano a la novedad y a situaciones consolidadas.

 

Del Capítulo 7: La felicidad programada: la comida, el sexo, las drogas, el alcohol, la música y el arte.

Los paraísos artificiales. Motivación y recompensa.

     Por supuesto, los animales también sueñan. Gran parte de los sueños de los humanos tienen que ver, además, con el origen remoto y primordial de los sueños en el primer organismo que sirvió de puente entre los últimos reptiles y los primeros mamíferos… Las imágenes de persecuciones y lucha por la supervivencia siguen siendo las más comunes en los sueños multitudinarios de las ciudades dormitorio de las grandes urbes modernas… La búsqueda de protección transcurre por los mares de la religión, el poder, las drogas, el alcohol, la música y el arte. Son respuestas extraordinarias en el sentido literal de la palabra.

 PrismaNewton     …: nuestra percepción visual del universo tiene una componente imaginada casi exclusiva —algo o alguien construye la imagen final a partir de unos puntos desperdigados—. De hecho, casi todo el proceso podría ser perfectamente inconsciente. En realidad, no más de un 5 por ciento de la actividad mental se desarrolla de manera consciente.


La ciencia está contestando a la vieja pregunta de Newton a la que me refería al principio del libro aduciendo que se trata de representaciones de imágenes ideadas: «¿Cómo puede una masa informe cerebral —exclama Newton— acabar pensando y sintiendo la gloria de los colores?» «El mundo que vemos —le contesta J. Allan Hobson, psiquiatra y neurocientífico del Instituto de Salud Mental de Massachusetts— no es más que una secuencia de estructuras de activación de neuronas que representan imágenes. Se acabó el juego

La felicidad programada: las representaciones mentales de los placeres vinculados a la comida y el sexo, o fruto de las drogas, el alcohol, la música y el arte, son las protagonistas de este mundo de imágenes medio real y medio imaginado. En el caso de las drogas se trata de un mundo descubierto en un momento dado pero varias veces milenario.

¿Cuáles son los riesgos…? De entrada, todo abuso del placer de comer, hacer el amor, drogarse o abstraerse en el arte y la música comporta disfunciones más tolerables unas que otras. En el caso de la comida y el sexo, está clarísimo que sin los mecanismos neuronales del sistema de recompensa y motivación, si no se saboreara y disfrutara de la comida y el sexo, la especie habría muerto de inanición y no se habría perpetuado… Los circuitos neuronales del mecanismo de motivación y recompensa están presentes en todos los organismos vivos desde la mosca de la fruta Drosofila melanogaster hasta los humanos, pasando por las ratas. Hay quien sólo puede explicar determinados comportamientos de las bacterias recurriendo también a un mecanismo de motivación y recompensa.

… El sentimiento de placer es muy poderoso. Si algo es placentero, queremos repetirlo. Actividades vitales como comer o copular, o las expresiones artísticas, activan un circuito especializado de neuronas que producen y regulan la sensación de placer. Estas neuronas están situadas encima del tronco encefálico en el área ventral tegmental. Desde allí, utilizando sus axones, las neuronas transmiten sus mensajes a las células nerviosas situadas en el núcleo accumbens. Ésa es la anatomía del circuito neuronal del llamado sistema motivacional y de recompensa. Pero lo interesante —al recordar el sentimiento de incredulidad que suscitaba constatar el papel trascendental de la expectativa del placer en mi perra Pastora, o en la fórmula de la felicidad que desarrollamos en el capítulo siguiente— es que la hormona dopamina, considerada esencial en los mecanismos del placer, fluye en estos circuitos anticipándose a los hechos.

Los flujos de dopamina se ponen en marcha con la simple expectativa de placer, aunque luego no se materialice. En otras palabras, tienen que ver más con el deseo que con el propio placer… un buen día los humanos descubrieron medios artificiales, externos, para activar esos mecanismos de placer que eran competencia de los circuitos de motivación y recompensa del sistema nervioso… Los últimos descubrimientos revelan que mediante la droga no sólo se pueden construir atajos a la felicidad, sino alterar el concepto de la felicidad misma y sus mecanismos de búsqueda-recompensa.

Las artes plástica y la música. 

Todos los humanos compartimos —y los esquizofrénicos y los deprimidos bipolares en mayor grado— un rasgo biológico cognitivo de nuestra personalidad que es la desinhibición. A mayor desinhibición, mayor creatividad y, por lo tanto, más expedito queda el camino para la creatividad artística y musical. Las artes plásticas y la música generan, como la buena comida, el sexo y las drogas, un sentimiento de bienestar.

En el Centro de Investigación de la Adicción de Stanford, el farmacólogo y neurobiólogo Avram Goldstein comprobó que la mitad de las personas estudiadas experimentaban euforia mientras escuchaban música. Las sustancias químicas sanadoras generadas por la alegría y la riqueza emocional de la música capacitan al cuerpo para producir sus propios anestésicos y mejorar la actividad inmunitaria. Goldstein formuló la teoría de que las «emociones musicales», es decir, la euforia que produce escuchar cierta música, eran consecuencia de la liberación de endorfinas por la glándula pituitaria, es decir, fruto de la actividad eléctrica que se propaga en una región del cerebro conectada con los centros de control de los sistemas límbico y autónomo.

El efecto de cambio máximo.

de la que quisiera destacar una en particular: el fenómeno psicológico del peak shift effect o efecto de cambio máximo. En resumen, se trata de una exageración de los rasgos que actúa poderosamente sobre la mente, contribuyendo a que la percepción se intensifique. Basta citar, como ejemplos, las formas anatómicas exageradas de las mujeres en el arte indio, los cómics o los juegos de ordenadores —por no referirse a una marca de muñecas que sigue batiendo récords de popularidad en el transcurso de los decenios y las modas—. El sistema visual reconoce de inmediato estos rasgos, y, con la exageración, reacciona de forma más intensa de lo habitual.

    El «efecto de cambio máximo» es un conocido principio que rige el proceso de discriminación en el aprendizaje de los animales.

   A Francis Crick la búsqueda de la conciencia le llevó al estudio de los sueños y al descubrimiento del aprendizaje invertido. En la fase REM de los sueños, aunque no sólo en ella, se produce un espectáculo fascinante. El hipotálamo ha almacenado las experiencias acumuladas durante el día y se dispone a transferirlas al sistema que gestiona las emociones para que les dé su sello inconfundible, antes de comunicarlas al cerebro consciente y más evolucionado en forma de memoria. En este tráfico, el cerebro aprovecha para depurar la información. Sólo se puede conservar lo realmente importante, pero para ello hay que ser capaz de tirar por la borda todo lo que no tiene sentido. Desprenderse tanto de lo irrisorio como de lo que es producto de asociaciones infundadas garantiza que sólo se archivará lo indispensable para el futuro. Es el aprendizaje invertido que el cerebro realiza gratis y por su cuenta todas las noches. Y ahí termina todo, desgraciadamente.

¿Por qué desgraciadamente? Porque cuando estamos despiertos nada ni nadie completa estas tareas de desaprendizaje. En la vida consciente los individuos y las instituciones sólo se atiborran el cerebro aprendiendo. Ni en los hogares, ni en las escuelas, ni en las universidades se enseña a desaprender el cúmulo incalculable de asociaciones infundadas y de versiones sin sentido de lo que está aconteciendo. De manera que una visión objetiva del quehacer cotidiano lleva a la conclusión de que lo que sería necesario aprender es insignificante, comparado con todo lo que debería olvidarse y borrarse de la memoria. Esta labor ingente se encomienda, únicamente, a la fase REM de los sueños. Pero el hipotálamo, la amígdala y el neocórtex ya tienen suficiente trabajo como para gestionar la basura del vecino, que podría ser amenazante, o, por el contrario, archivar otra basura llena de deseos de quién podría ser la pareja adecuada para reproducirse y perpetuarse.

Espontáneamente, por sí mismo, es muy difícil que el cerebro eche a la basura las prédicas repletas de asociaciones infundadas entre la miseria de unos y la riqueza de los demás; paraíso con ochenta vírgenes y violencia asesina; lugar de residencia y grado de inteligencia; estrella fugaz y acción divina.

 

Del Capítulo 8: La fórmula de la felicidad.

Separar lo esencial de lo importante.

 

Los distintos factores de la felicidad.

FACTORES RECUDTORES DEL BIENESTAR (R)

1.— Desaprender la mayor parte de las cosas que nos han enseñado es mucho más importante que aprender. No tiene ningún sentido dejar en manos de la fase inconsciente de los sueños la depuración de la experiencia cotidiana de todo lo infundado o irrisorio.

2.— Deben filtrarse escrupulosamente todas las instrucciones inspiradas en la memoria grupal.

3.— No hace falta coordinar lo que ya se coordina por sí solo… Es totalmente absurdo pretender que los recursos asignados a la gestión de los procesos conscientes y discrecionales —sólo un 5 por ciento del total— deban utilizarse también interfiriendo en la gestión de los procesos automatizados o que podrían automatizarse.

4.— De la misma manera que la belleza es la ausencia de dolor, la felicidad es, primordialmente, la ausencia de miedo.

LA CARGA HEREDADA EN LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD (C)

1.— Todos somos mutantes, aunque algunos más que otros. Cada embrión genera entre tres y cuatro mutaciones exclusivas que van en detrimento de su salud.

2.— El desgaste de los materiales —al igual que en la industria de bienes de equipo— es inevitable.

3.— Una variedad no programada del desgaste de materiales es el envejecimiento. No estamos programados para morir, en el sentido de que ningún gen ni mecanismo genético tiene la función de interrumpir en un momento dado los procesos vitales.

4.— El ejercicio abyecto del poder político es, a todos los efectos, una carga heredada, puesto que se trata de un hecho cultural y los ritmos de los cambios culturales son extremadamente lentos respecto a otros cambios como los técnicos e incluso los sociales.

5.— La diferencia entre los humanos y el resto de los animales es que a los primeros les basta con imaginar una situación de estrés para desencadenar sus emociones básicas y su secuela de flujos hormonales.

FACTORES SIGNIFICATIVOS EN LOS ÍNDICES DE FELICIDAD (S)

Primero. El factor fundamental es canalizar hacia la vida cotidiana la misma emoción que G. H. Hardy encontraba en su profesión. La E de emoción multiplicará a los demás factores en la fórmula; si es cero, nada de todo lo restante tendrá valor.

Segundo. Es necesario dedicar más recursos al mantenimiento y menos a la inversión.

Tercero. Sólo vemos e imaginamos lo que estamos acostumbrados a ver. Cuando la Luna aparece en el horizonte pegada a la Tierra por encima de una montaña, la vemos más grande que cuando está en nuestra vertical. Y, sin embargo, es la misma luna, con el mismo tamaño y situada a igual distancia. Pero el cerebro, que siempre intenta tranquilizarnos, desfigura el tamaño de la Luna para aproximarla a las proporciones a las que estamos acostumbrados aquí en la Tierra, cuando hay una montaña detrás. Por eso la B de búsqueda constante de lo que no ven los demás es el tercer factor de la fórmula. En la búsqueda y la expectativa radica la felicidad.

Cuarto. El placer, el bienestar y la felicidad residen en el proceso de búsqueda y no tanto en la consecución del bien deseado.

Quinto… existe un consenso generalizado sobre el impacto modesto en los niveles de felicidad de lo que llamábamos los factores externos o los grandes mitos. Con una excepción marcada, la de las relaciones interpersonales.

 

             Factores que inciden en el nivel de felicidad

_________________________________________________

Factores reductores (R)

_________________________________________________

Ausencia de desaprendizaje

Recurso a la memoria grupal

Interferencia con los procesos automatizados

Predominio del miedo

_________________________________________________

La carga heredada (C)

_________________________________________________

Mutaciones lesivas

Desgaste y envejecimiento

Ejercicio abyecto del poder político

Estrés imaginado

_________________________________________________

Factores significativos (S)

_________________________________________________

Emoción al comienzo y final de proyecto (E)

Mantenimiento y atención al detalle (M)

Disfrute de la búsqueda y la expectativa (B)

Relaciones personales (P)

 

La fórmula de la felicidad.

                                          E(M + B + P)

                 Felicidad =   __________________

                                         R + C

 

Londres, agosto de 2005

 

 

 

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