UN BUEN LIBRO PARA LEER: El viajero de Agartha  (1989)

ElViajeroAgartha

 

  Abel Posse    (Argertina)

  Editorial Plaza y Janés

   

 

 

 

Fragmentos de libros:

 

Del Capítulo I.  Desde Singapur en el camino de los iniciados.

 

   No tomo riesgo: mediante un simple truco químico todas estas palabras se tornarán en nada. Pura nada (que es lo que espera a toda nuestra cultura. Incluidos Dante, Nietzsche y mi querido Hölderlin).

    He guardado minuciosamente los mapas. Están disfrazados de cartas inglesas, que son las usuales para estas regiones que nuestro enemigo siempre dominó imperialmente.

Primero viajaban los exploradores y cartógrafos, después la tropa de ocupación, por último los repulsivos misioneros Biblia en mano, y la legión de mercachifles, traficantes  y administradores. Era un ciclo perfecto, repetido en todo el globo.

   Dijo:

   -Las siniestras fuerzas inferiores han logrado detener nuestra marcha hacia Asia Central. Con la derrota de África hemos perdido el dominio de Mediterráneo… No hemos sido más que una etapa. Nuestros esfuerzos para imponer los poderes del fuego sobre los de la glaciación serán seguidos por otros, en otro ritmo histórico futuro… Por ahora lo más probable es que la raza blanca haya perdido su guerra en Stalingrado.

   Había cierta desolación en la mirada del Führer

   Luego sintetizó los objetivos de mi misión, tal vez la más extraña e improbable que pudiera haberse confiado a alguien.

  

Solo esas fuerzas superiores del espíritu podrán salvarnos y ayudarnos a vecer. Por otra parte, muchos hombres, nuestros mejores científicos, se aproximan a la posibilidad de desencadenar las fuerzas secretas de la materia…

   Extrajo el desarrollo del mapa de Ahnenerbe y la síntesis de las crónicas de los viajeros que me habían precedido. Fue en ese momento, evocando al desaparecido Dietrich Eckart, cuando pronunció por única vez la palabra Agartha.

 

P29

    Me acodé en la proa. Vi cómo la India venía a nuestro encentro con ese Ganges como un ariete corrupto y no violento, pero capaz de penetrar el mar hasta muchas millas de la costa. Es el río fundamental de los arios. Nacido como un fuerte torrente de deshielo en esas altas cumbres hacia las cuales yo me dirigía. Cruza selvas y planicies como viniendo desde la eternidad hacia cada día, hacia la móvil cotidianidad del hormiguero humano. Se va engrosando de vida, de frutas, de árboles, de llagas de leprosos, que se bañaron en sus escalinatas creyendo más en la salvación espiritual que en la curación, hasta que por fin desemboca en ese enorme delta donde bulle una vida miserable e intensa que los ingleses, nuestros bastardos enemigos, nunca comprenderán.

 

Del Capítulo II.  Calcuta, 1943: La máscara enfrenta a los enemigos.  (p30)

P39

   Calcuta. Kalikutt. La ciudad de la diosa Kali que engendra vida de la muerte. Decenas de miles de seres arrojados en el vivir, un mero vivir para la muerte, para el placer o el dolor que traerá cada día. Al atardecer, esos millones de desamparados se echarán en algún rincón roñoso y agradecerán a Kali y a Shiva «haber durado un día más». Eso es todo. Estar aquí y no ya en los silenciosos territorios de la muerte o reencarnados en algún animal o alimaña de vida aún más dura. Hacen reverencia en la oscuridad y levantan sus murmullos de alabanza y celebración.

   Mercados llenos de color bajo una luz enceguecedora. Azafrán, violeta, rojo, rosa, de los saris de las mujeres gordas con un punto escarlata pintado en el centro de la frente: el ojo cósmico, la puerta del conocimiento.

 

P54

   - Además mi querido señor Wood, el nombre del caballo era Malibú. El inolvidable

Malibú, imbatido, imbatible, entre 1935 y 1937. Una verdadera vedette a quien su padre homenajeó bautizando con su nombre esa caballeriza, de Aberporth por supuesto…

   Esos descuidos suyos, que en algún momento tomé como delicadeza para un viejo olvidadizo, me llevaron a ciertas averiguaciones… Me telegrafiaron que Wood no está

aquí sino en Francia, luchando contra los alemanes en la guerrilla…

   Mi misión estaba abortando por mi suficiencia. Estaba ingresando rápidamente en la  categoría de hombre perdido. Tenía que reaccionar rápidamente.

   - ¡Maldito espía! –murmuró innecesariamente Dexter mordiendo las palabras con verdadera rabia.

    La vejez se demuestra en hechos concretos. Dexter se permitía gozar durante unos momentos más su triunfo. Los pescadores viejos suelen perder las truchas al recoger la línea por demorarse en los detalles de su captura.

    Entreví ese débil resquicio por el cual todavía podría salvar mi misión, mi vida quizá.

 El llamador de emergencia estaba un metro más allá del alcance de Dexter. El viejo coronel le había echado una mirada rápida, pero para poder alcanzarlo debía desplazarse o cambiar el revólver a la mano izquierda. Movió su cuerpo lateralmente pero no se animó a extender la mano sin antes echar otra mirada a la argolla plateada…

 

Del Capítulo III.  Tradum: El salto hacia la ruta de los alucinados.  (p59)

P62

    Avanzábamos por las cuencas del Tamur y del Sunkosi. Los días se sucedían sin novedad. Puede valorar la eficacia y el buen humor de esos extraños nómadas eternos que gozan con la visión de los páramos. Viven noches intensas, junto al fuego del campamento, contándose historias, riendo. Seres cercanos a un primigenio orden cósmico que hemos perdido los llamados seres civilizados. En ellos todo parecía claro, simple, puro. Se dormían cobijados entre gruesas mantas con la mirada perdida en un cielo donde los astros brillan como lámparas.

      Por fin alcanzamos el río Kali y viramos hacia el norte iniciando el laborioso ascenso hacia la meseta tibetana.

      Enhebramos valles perdidos. Dejamos al este los macizos del Annapurna y por fin, después de doce días difíciles, alcanzamos la desolada frontera del Tíbet que nos saludó con una tormenta de viento que parecía capaz de hacer volar los yaks…

 

P64

     Auchnaiter me explicó las tareas geodésicas, geológicas y cosmológicas a que estaba dedicado con su gente. Estuvieron haciendo estudios sobre el campo magnético y en particular sobre el monte Kailas, el monte sagrado del Tíbet occidental. Es un cono de piedra y hielo separado de la cadena de montañas próximas. Los tibetanos le llaman «el trono de los dioses». Merece adoración no solo de los budistas. Hay peregrinos que llegan hasta su pie desde la India, Malasia, China y Birmania.

MonteKalias     - Para los antiguos lamas, el Kailas era el polo positivo del Axis Mundi. El polo negativo tenía que salir en sus antípodas, en la isla de Pascua cuyas grandes estatuas que miran hacia el mar no tienen otro fin que el de cumplir un exorcismo y convocar a los «fundadores ausentes». EL hemisferio sur es el contrapeso del mundo, su negativo.

     - El monte Kailas tiene 6.700 metros y su cumbre es perfectamente inaccesible…

     Eran trabajos de «ciencia nueva» para la nueva cosmogonía que debían alimentar el Reich que duraría un milenio…

     Estos hombres habían trabajado durante una año a veces en condiciones heroicas. Habían mandado por telegramas cifrados un enorme caudal de información técnica. Habían emprendido iniciativas científicas y arqueológicas admirables.

     -Hay una nueva cosmología que nace con este tipo de comprobaciones. En torno a ese eje energético del mundo se concentra el polo positivo de las «tierras madres» que se extienden desde el Cáucaso y el Monte Elbruz hasta el Turkestan, la meseta del Pamir, el Gobi

 

p69

     Los viajes de Gurdjieff por el Asia Central fueron varios entre 1897 y la Primera Guerra, pero su entrada en el Gobi en 1898 es tal vez lo más válido.

     Leo las frases del relato de Gurdjieff correspondiente a este periplo:

     «El secreto está guardado mucho mejor y más profundamente que todo lo que podía preverse…»

     «Muchas veces se aludió a una región del desierto de Gobi donde hay una gran ciudad subterránea. Era un secreto que se transmitía por herencia y cualquiera que lo violara debía sufrir un castigo proporcional a la gravedad de tamaña traición»

     «No seguir nunca caminos trillados»

 

p72

     Lo cierto es que en 1921 el elegido por la Sociedad de Thule será Adolfo Hitler. Él es quien recibirá los poderes. La doctrina secreta de «Los Superiores»…

     Minutos antes de expirar, Eckart confió la famosa «piedra negra», el betilo de los Fundadores, a los hombre de Thule y les dice la famosa frase que escuché por primera vez en Ahnenerbe: «Singan a Hitler. Él es. Danzará. Yo no he sido más que su profeta, su anunciador. No hice más que transmitirle la música de la danza. El ya tiene los poderes de los Superiores»

 

Del Capítulo IV.  Rumbo a los desiertos finales.  (p79)

P81

     La altura produce sopor. A veces debo cuidarme de no dormirme. Los hombres se animan a gritos; el silencio es terrible. Un silencio absoluto, agobiante, extraterrestre.

 

p83

     Consigo vivir esa marcha por la zona más solitaria del mundo como una fiesta. La fiesta de mi retorno.

     Aprendo a admirar a estos hombres pobrísimos (un cargador gana un promedio de dos libras mensuales), que se proporcionan el supremo lujo del coraje, del desafío generoso sin otra recompensa que el propio orgullo. Por salvar un carnero son capaces de avanzar hacia el precipicio. Luego se ríen de los elogios de los compañeros, descansan dos minutos y se agregan a la marcha.

     Su premio es saber que se mereció sobrevivir.

     Aprendo a distinguir el lenguaje de sus miradas. Sus silencios y gruñidos. Su relación cósmicamente fraternal con las bestias.

     Aprendo a soportar el ritmo de gente sin tiempo. Si se aleja o pierde un carnero pueden emplear media mañana en su búsqueda.

     Las jornadas invernales terminan dos horas después del mediodía. Los animales husmean hierbas perdidas bajo el hielo y escarban con las pezuñas.

     La palabra «llegar» y los plazos temporales carecen de todo significado. Sólo Tchang comprende que los viajeros occidentales podamos tener urgencias.

     Releo la frase de von Hagen: «Mientras uno avanza por la realidad los terrores y las dificultades son los obvios y previsibles. Las cosas se complican cuando se empieza a pasar de la llamada realidad a la transrealidad. Cuendo lo invisible, como una niebla, envuelve y confunde lo visible. Cuando hay que aferrarse a símbolos y ambiguas señales para poder continuar. Es entonces cuando nos sentimos como niños perdidos en la casona a oscuras. Y este es el verdadero hábitar del hombre, que el hombre pretende ignorar.»

 

Del Capítulo V.  De Tatelang al monasterio de las Danzantes.  (p101)

     Por cierro que en Ahnenerbe no eran desconocidos los guerreros de la secta Sarmung. En el mismo informe sobre Gurdjieff se dice que uno de los objetivos de su viaje de 1897 fue entrar en contacto con ellos.

     Por otra parte, en el alucinante relato de Teodoro von Hagen, el abad de Lambach, en una anotación de 1863 afirma que «estando perdido en el último desierto, fue salbado por una tribu de caníbales rituales»

     Los sarmung, secta orgullosa y sombría, respetada en los desiertos como todo aquello que tiene vecindad y tráfico con la muerte.

     Se sabe que ya existían en Babilonia mil años antes de Cristo. Entonces eran panteístas y adoradores solares, seguramente una secta del mazdeísmo. Vivían en comunidades nómadas, los ernós.

     Fueron expulsados de la Mesopotamia-paraíso (como Adán) hacia los desiertos donde hicieron su hábitar. Poco a poco, viraron hacia el culto de las fuerzas negras. A partir de la influencia musulmana se transforman en los terribles yezidas: seguidores del califa Yezid que mató al nieto de Mahoma.

     Los sarmung-yezidas son adoradores del Demonio. Consideran que el diablo es una divinidad descuidada. Sostienen que el mal integra el mundo tanto como el bien.

     Sus ritos mágicos tienden a amenguar la soledad y el resentimiento de ese dios despechado que es el Demonio. Él les indica la víctima mediante un susurro interior que el ejecutante sabe escuchar. Matan con cuchillos rituales (como los gurkas nepaleses) o por estrangulamiento, con una cuerda de seda trenzada que usan como collar de sus amuletos.

     En algún momento Soloviev, experto en medicina tibetana, se alejó del campamento y fue atacado por los camellos salvajes, uno de los cuales lo desnucó de una dentellada. Luego agrega esta plegaria persa que suena como un irreverente sarcasmo hacia el camarada fallecido:

«Mata, Señor, a aquel que sin saber nada osa enseñar a los demás el camino de tu Reino»

 

 Del Capítulo VI.  El monasterio secreto: Las Danzantes.  (p117)

     La casa es de piedra. El declive de la ladera está emparejado por el piso de tablas. Tiene una puerta de granito en forma de cono truncado. Hay una tarima de listones más flexibles donde está la estera para dormir. Encuentro un termo de latón con té caliente y un plato de granos de cereal e higos secos.

     El agua de la montaña, casi helada, purísima, llega por un ingenioso sistema de cañas de bambú hasta un piletón de piedra. Me bañé en el agua helada, al sol. Mis cabellos quedaron libre de la arena del largo camino.

     Instalo mis cosas. Extiendo mis pertenencias. Controlo el reloj y el sextante. Tengo que soplar la arena de la página de este libro de notas.

     Con mi largavistas observo el barrio del templo y las huertas. No hay mucho movimiento humano.

     Anoto de memoria la indicación de von Hagen que recordé al observar el bonete de Li Lisang:

«Agartha puede situarse en la confluencia del budismo y del taoísmo y en un  tiempo detenido al margen del tiempo»

     Cuando me acercaba, creyendo que todos habían partido, encontré dos que llevaban un increíble objeto; un estandarte con trenzas de cerda, campanillas metálicas y una figura central de metal que representaba un águila. ¡Era un águila romana! El estandarte-símbolo de las legiones. Orgullo supremo de los ejércitos, que cuando caía en manos de enemigos daba origen a expediciones y guerras de represalias hasta ser reconquistado. Seguramente esos hombres lo conservaban de generación en generación desde el siglo II, cuando fueron expulsado de Judea después del triunfo de las legiones de Floro y de Tito.

     Tuve una sensación de vértigo por todo lo que aquello significaba. El pasado se hacía copresente y yo, un agente de las SS, me encontraba ante la obstinada pervivencia de estos judios que habían sido aparentemente vencidos por aquellos gloriosos paganos de Roma.

     Desde los tiempos de Qumram y de Engedi, a orillas del Mar Muerto, vendrían salvando sus secretos, esa sabiduría que había producido a Cristo, el gran subversivo solar vencido por la traición de Saulo.

     Estoy en un lugar donde la palabra realidad empieza a carecer de contenidos.

     Se me ocurre pensar que el Monasterio de las Danzantes es un extraño punto de confluencias, una especie de resumidero metafísico, donde pueden tener espacio los esenios y los taoístas de la secta Lungmen. Un reservorio de múltiples sabidurías.

     Me arriesgo en suposiciones. Debo controlarme y no atender a las inexplicables cosas que suceden en este lugar.

     ¡Hasta se me ocurrió que el esenio de cabello blanco bien podría ser el príncipe Liubovedski, el amigo que Gurdjieff encontró en 1898 y que creía muerto desde mucho antes!

    Ante lo extraño la razón naufraga. Debo rehuir la tentación, el vértigo de abocarme a estos misterios. Mi misión es otra.

     Amanece, pero siento que no podré conciliar el sueño.

 

Del Capítulo VII.  El penúltimo umbral

     Hace tres días que voy, el agua sulfurosa y caliente corre como torrente en las partes estrechas. Allí me acomodo y recibo un benéfico masaje. Grité dos veces: «Walther, Walther» y escuché ecos que se repetían como cayendo en un remoto abismo sin final.

     Esto me serena, ablanda la tensión de la espera.

    

     Consideré: mi desgaste proviene de la incertidumbre y de la espera; del riego del absurdo.

     Recibo el placer del masaje de la corriente tibia. Mis músculos se abandonan. Se tornan lacios como algas.

     Veo a mis camaradas muertos en África, sepultados en la arena con sus condecoraciones. Kart, Schuster, Nicolai, Scheler. Más impresionantes son los que yacen con los ojos abiertos, inmóviles, bajo el hielo de Stalingrado y de las planicies del lago de Leningrado. Mi querido Mangold, Joachim, Martin Bullman, Otto Schaluwitz. Bajo el cristal. «El hielo nunca vencerá al espíritu del fuego, el impulso solar» decía el profesor Hielscher en sus clases… Veo sus rostros en una mañana clara, de primavera en Berlin cuando iniciábamos la aventura del renacimiento. ¿Quiénes quedaron? Los veo pasar en mi recuerdo, algunos ya son fantasmas.

     Otros son ángeles exterminadores, apresados entre las membranas viscosas del vampiro de la muerte para siempre.

 

Capítulo VIII.  Asalto al misterio

«Entonces vienen las nieves y

 los vientos furiosos, pues los

 dioses están condenados, y el

 final es muerte»

                              VOLUSPA

1º de abril. 1945

     En las hojas en blanco de la agenda…

 

 

 
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