UN BUEN LIBRO PARA LEER: Velázquez pájaro solitario  (1969) 

VelazquezPSolitario

 

  Ramón Gaya   (Pintor - España)

  

  Editorial: TRIESTE  (ARTE    BIBLIOTECA DE LA CULTURA ANDALUZA) (1984)

  

 

   

Fragmentos.

 

PARTE 1. Biografía de Diego De Silva Velázquez.

Velazquez… Desde ese momento, o sea, desde diciembre de 1610, Velázquez comienza a aprender con Pacheco y también a intervenir en la numerosa producción pictórica que un público adinerado en este y aquella orilla del Atlántico demandaba. Como el maestro pertenecía a la categoría de pintor de imaginería –una de las cuatro que componían el gremio- Velásquez será denominado también así frecuentemente.

Consecuente con las ideas de su tiempo, Pacheco reivindica el ennoblecimiento de las Artes y, los mimo que Fernando de Herrara hacían en el terreno poético, el maestro pintor aboga por la alteza científica de la pintura y del oficio.

En el campo de la técnica, el maestro subordina el color al dibujo y se adscribe a la copia del natural aunque insistiendo, a la par que las disposiciones del Concilio de Trento, en que lo natural es la idea que del contenido debe darse a un público discente.

En este contexto, Velázquez ayudaría, sin duda, a pintar cuadros con la disposición o composición de lugar que Pacheco indicaba en sus libros del Arte de la Pintura.

 

 

VELAZQUEZ PÁJARO SOLITARIO.

 

Hace algún tiempo, el poeta y crítico de pintura J.X., entre burlas y veras, había ido componiendo una serie de poemillas dedicados a los viejos pintores en donde se adjudicaba a cada uno el color que, más o menos, le podía caracterizar o cuadrar. La colección, sin grandes tropiezos, avanzaba buenamente –el «carmín» para Tiziano, el «ocre de oro» para Rembrandt, el «gris» para Goya, cuando, de pronto, al llegar a la figura de Velázquez, mi buen amigo se atascó. No encontraba el color correspondiente; pasaba revista una y otra vez al iris extenso de la pintura y ninguno de los colores le parecía bastante significativo. Dada mi antigua y decidida inclinación por la obra singular del sevillano (mi primer escrito sobre Velázquez se publicaría hacía 1931, peor el pasmo mío inicial es muy anterior, es decir, de cuando entrara en el Prado por vez primera, hasta entonces, casi un niño aún, y guiándome tan solo por las láminas de los libros, no era en Velázquez en quien tenía puesta la atención, sino en el Greco y en Goya, infantilmente deslumbrado y embaucado por sus gesticulantes genios). J.X. decidió consultarme; a sus ojos, por lo visto, yo empezaba a tener una cierta autoridad de especialista. Le dije que no me sorprendían nada sus apuros, ya que Velázquez no tiene, propiamente, color, colores en su pintura, y que lo más justo sería dedicarle un soneto (creo que era el soneto la forma escogida por él), no descolorido, sino incoloro, vivamente incoloro, como el aire de la sierra madrileña…

 

Las condiciones del pájaro solitario son cinco: la primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente.

San Juan de la Cruz, «Dichos de Luz y Amor»

 

Velázquez desconfía del color, pero lo acoge, lo acoge caritativamente, es decir, sin debilidad, sin voluptuosidad.

Velázquez no cede a nada, pero lo acoge todo, y no para quedárselo, ni siquiera para dárnoslo, sino para salvarlo; por eso le ha ido quitando el veneno de los colores, lo que hay de tinta venenosa en cada uno de los colores, dejándolo, pues, inermes, sin dañosidad, sin hechizo. Lo prodigioso es que esa operación ha sido hecha sin sentir, o sea, sin violencia; Velázquez se ha librado del color, se ha librado de los colores, pero sin combatirlos –ni esquivarlos con la cobarde solución de la monocromía-, sin rebajarse a destruirlos, pues él no viene a luchar, a guerrear, ya que nada le parece verdaderamente contrario, enemigo suyo, enemigo nuestro y cuando se encuentra delante de un problema –el color no es más que eso: uno de tantos problemas técnicos de lo pictórico y no, como tontamente suele pensarse, el impulso mismo de la pintura-, cuando tropieza con un problema, con un conflicto, con una cuestión, no se afana, ni trata, como sería de esperar, de resolverlos, sino que los redime, los limpia, los eleva milagrosamente hasta fundirlos en el aire…

… Peor no hay más que un arte, ¡el Arte!; lo otro es… creación, no tanto creación, pura, como absolutamente completa, y no del espíritu, sino de la carne viva, nacida, nacida natural, con animalidad natural y sagrada.

Demasiado sé –por algunos comentarios a otros escritos míos- que esta manera de entrever las cosas disgusta fatalmente a los sinceros y románticos idólatras del arte y, más aún, a críticos y demás especialistas, pues esto últimos se sienten atacados, no ya en sus amores, sino en su profesiones, en sus muy honestas y honorables profesiones. Pero no se trata de ataque alguno. Además, en esta visión, el Arte, el arte tan idolatrado y exaltado, no cambia en absoluto de valor ni de lugar; sigue valiendo como siempre y se queda donde estuvo siempre, es decir, ahí mismo, delante de nosotros, fuera de nosotros, a un lado de la realidad viva, muy dispuesto a recibir todas nuestras admiraciones y valoraciones. No se trata de disminuir ese noble ejercicio que es el arte, sino de verlo en su verdadera condición de tránsito, de paso.

Un artista como Rafael, que es solo un artista, un gran artista nada más, es lógico que ponga todo su inspirado empeño en hacer obras de arte; como por otro lado le sucede a Góngora; como le sucede incluso a Flaubert –y es ese mamarracho de «Salambó» lo que viene a ser finalmente su obra maestra perfecta, y no la estupenda Emma Bovary, medio escapada, medio desligada ya de sus fanáticas manos de artista-; como le sucede a Wagner –que es lo que no le perdonará Nietzsche-; como le sucede a Mallarmé a Seurat, y a tantos otros, cada uno en su categoría y naturaleza propias.

Por el contrario, Velázquez, que no es un artista, que es lo más opuesto a un artista, es natural que no ponga demasiada atención en el arte, en la obra de arte…

Vemos, pues que el arte no es más que un hermoso lugar de paso, un estado –un estado de apasionada y débil adolescencia-, que el artista creador, el creador, siente muy bien que debe dejar atrás…


LasMeninasAl enfrentarse con Velázquez, lo que más desconcierta es, sin duda, verle desaparecer, no ya detrás de su obra, sino con su obra, o sea, verle irse, irse sin remedio, armoniosamente, musicalmente, hacia el enigma mismo de donde viniera, y, lo que es más escandaloso, sin dejarnos apenas nada… corpóreo, material, tangible, útil, disfrutable, gozable. «Pero ¿dónde está el
cuadro», parece que exclamó Gautier; y no es que Gautier fuera un lice, pero se dio cuenta, como cualquiera, de que el cuadro de «Las Meninas» se ha evaporado, o que en «Las Meninas» se ha evaporado el cuadro, se ha disuelto, se ha fundido, se ha consumido hacia dentro hasta desaparecer. No importa que Gautier pretendiera, con esas palabras, expresar muy otra cosa (él, sin duda, solo apuntaba a la extrema perfección del tan cacareado realismo velazqueño, tomándolo incluso por una especia de «trompe l’oeil» magistral); lo que importa, dada su decorosa medianía, no lo que Gautier quiere decir, sino lo que dice sin querer, ya que si los niños, los locos, los tontos y los mediocres no dicen nunca la verdad, muchas veces la tocan, la tropiezan, la… desperdician. Gautier, involuntariamente, y por medio de una frase que es una simpleza, denunció una verdad que ignoraba y que no comprendería nunca, una verdad muy verdadera pero difícil, extraña: que aquí no hay cuadro. Y en «Las Meninas» no hay cuadro porque todos aquellos valores que constituyen un cuadro, los consabidos valores plásticos de un cuadro, es decir, el dibujo, el color, la composición, y también el estilo, no están presentes en ese lienzo único, impar…

…Porque la luz de Velázquez no es, como suele ser la de otros muchos pintores, una luz… pictórica, es decir, ocupada en modelar, en resaltar las formas, las bellas formas del mundo; no es una luz estética, sino ética, buena, es, en fin, una luz que luce para todos, aunque es cierto también que de esta luz de Velázquez, no se puede decir nunca que luzca, que brille, que actúe; es, y nada más, con eso le basta; no es una luz intensa ya afanosa, que quiera con ahínco apoderarse de esto o de aquello –como le sucede a la luz de Rembrandt-, sino sosegada luz reparadora, consoladora. Es una luz que solo quiere claridad, poner armoniosamente en claro todo.

 

Pero esta luz igualatoria, que parecía en efecto lucer igual para todos y aclararlo todo, tropezará un buen día con una extraña criatura, «El niño de Vallecas», y quedará prendada de su rostro, de la divina bobería de su rostro, de su divino rostro; la luz entonces alterará, por esta vez, su natural y modosa condición, convirtiéndose en otra luz, en una luz más alta, más elevado. Es como si la luz, la simple luz del día al tropezarse con ese rostro lo encontrara ya iluminado…

 ElNiñodeVallecas

 

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