FRAGMENTOS DE LIBROS:     ORLANDO (1928)     (Una biografía)                                                  

 

Orlando

 

  Virgina Woolf.  Inglaterra 

 Editorial:   SALVAT.     Grandes Éxitos / Grandes escritoras  

  Traducción: Enrique Ortenbach

 

 

 

 

Fragmentos:

 

   p18

Tal vez Orlando tenía la culpa; pero, al fin y al cabo, ¿podemos censurar a Orlando? Era la época elisabetiana; su moral no es la nuestra; ni sus poetas; ni su clima; ni tan siquiera sus vegatales. Todo era diferente. El timpo mismo, el calor y el frío de verano e invierno era, podemos creerlo, de otro temple en conjunto. El día de amoroso resplandor estaba tan claramente separado de la noche como la tierra del mal. Los ocasos eran más rojos y más intensos; los amaneceres más blancos y más aurorales. Nada sabían de nuestras medias luces crepusculares y de nuestros prolongados anocheceres. La lluvia o caía con vehemencia o no caía. Deslumbraba el sol o reinaba la oscuridad. Traduciendo esto, como es su costumbre, a las regiones espirituales, los poetas cantaban bellamente cómo se marchitan las rosas y caen los pétalos. El instante es breve, cantaban; el instante ha pasado; ahora ha llegado una larga noche para que todos duerman. Porque no les correspondía valerse de los artificios del invernadero o del umbráculo para prolongar o para preservar aquellos frescos claveles y rosas, porque ése no era su estilo. Las mustias complejidades y ambigüedades de nuestra más matizada y vacilante época les eran desconocidas. La violencia lo era todo. La flor brotaba y se marchitaba. EL sol salía y se ocultaba. El amante amaba y se iba. Y lo que los poetas decían rimando, los jóvenes lo ponían en práctica. Las muchachas eran rosas y su sazón breve como la de las flores. Había que cortarlas antes de que cayera la noche; porque el día era corto, y el día lo era todo…

CarasSuperpuestas

p53

… El gusto por los libros fue muy temprano. De niño fue a veces sorprendido a medianoche por un paje leyendo todavía. Le quitaban las velas y él criaba luciérnagas para lograr sus propósitos. Le quitaron las luciérnagas y casi prendió fuego a la casa con yesca. Para decirlo en una palabra, dejando al novelista alisar la arrugada seda y todas sus implicaciones, era un noble aquejado de amor a la literatura. Mucha gente de su tiempo, y aún más de su rango, escapaba a esa enfermedad y así se veía libre para correr, cabalgar o hacer el amor a sus anchas. Pero había algunos que caían contaminados muy tempranamente por un virus que, decían, se nutría del polen de la flor del asfódelo y que llegaba con los vientos de Grecia y de Italia y cuya naturaleza era tan mortal que prendía en la mano alzada para golpearle, nublaba los ojos que buscaban apresarlo y hacía balbucir a la lengua que iba a declararle su amor. Lo fatal de la naturaleza de esta enfermedad era que sustituía la realidad por un fantasma, de tal modo que Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones –plata, lencería, casas, servidores, alfombras y camas en profusión-, solo tenía que abrir un libro para que toda aquella enorme acumulación se convirtiera en humo. Los nueve acres de piedra de su casa se desvanecían; el centenar y medio de criados que contenía aquélla, desaparecían; los ochenta caballos de carreras se hacían invisibles; sería demasiado largo enumerar las alfombras, los sofás, los paramentos, porcelanas, plata, vinagreras, calientaplatos y otros bienes muebles, con frecuencia de oro batido, que se avaporaban como niebla marina bajo aquel miasma. Pero así era, y Orlando, cuando se ponía a leer, se convertía en un hombre indefenso.

Un caballero tan apuesto como él, decían, no necesitaba libros. Que dejara los libros, decían, a los tullidos y a los moribundos. Pero faltaba lo peor. Porque una vez que la enfermedad de la lectura se ha apoderado del organismo, lo debilita de tal modo que lo convierte en fácil presa de otro azote que habita dentro del tintero y que emponzoña la pluma. El infeliz comienza a escribir. Y si esto es más que malo en un hombre pobre, cuyas únicas propiedades son una silla y una mesa bajo un tejado con goteas –de modo que, mirándolo bien, no tiene mucho que perder-, la situación de un hombre rico que posee casas y ganado, criadas, asnos y lencería y encima escribe libros, es en extremo penosa. Pierde el gusto por todo aquello; hierros calientes lo hostigan; los gusanos le roen. Daría hasta el último centavo (tal es la malignidad del virus) por escribir un pequeños libro y hacerse famoso; y en cambio, ni todo el oro del Perú podría comprarle el tesoro de una frase bien escrita. Así que cae en la consunción y enferma, se sorbe los sesos, y se vuelve cara a la pared. No importa en qué actitud le hayan encontrado. Ha atravesado las puertas de la Muerte y ha conocido las llamas del Infierno.

p59

De pie, en la soledad de su cuarto, juró que sería el primer poeta de su raza y que brindaría inmortal fulgor a su linaje. Dijo (recitando los nombres y las hazañas de sus antepasados) que Sir Boris había vencido y dado muerte al infiel; Sir Gawin, al turco; Sir Miles, al pocalo; Sir Andrew, al franco; y Sir Herbert, al español. Pero, de todas aquellas matanzas y campañas, de aquellas borracheras y amoríos, de aquellos derroches, cacerías, cabalgadas y banquetes, ¿qué quedaba? Una calavera, un dedo. En cambio, se dijo mirando la página de Sir Thomas Browne, abierta la mesa…

p70

De este modo, a la edad de treinta años, o poco menos, este joven noble, no solo había pasado por todas las experiencias que puede ofrecer la vida, sino que había comprendido además la inutilidad de todas ellas. Amor y ambiciones, mujeres y poetas, todo era igualmente vano. La literatura era una farsa. A la noche siguiente de haber leído Visita a un Noble en el Campo, de Greene, quemó, en una gran hoguera, cincuenta y siete obras poéticas, salvando solo «El Roble», que era un sueño de adolescencia, y muy corta. Dos cosas le quedaban en qué confiar: los perros y la naturaleza; un perro cazador noruego y un roble. El mundo, con toda su variedad, y la vida, con toda su complejidad, se habían reducido a eso. Perros y un arbusto, nada más. Así, renunciando a todo un cúmulo de ilusiones, y en consecuencia completamente desnudo, llamó a los perros y paseó por el parque.

p74

Orlando siguió pensando. Continuó mirando la hierba y el cielo y tratando de recordar lo que diría de ellos un verdadero poeta, uno cuyos versos se hubieran publicado en Londres. Mientras, la Memoria /cuyos hábitos ya hemos descrito) mantenía ante sus ojos el rostro de Nicholas Greene, como si aquel hombre sardónico de labios colgantes, traidor como solo él podía serlo, fuera la Musa en persona y Orlando tuviera que rendirle homenaje. Así, aquella mañana de verano, Orlando le ofreció un repertorio de frases, algunas sencillas, otras simbólicas, y Nick Greene sacudía la cabeza y las desdeñaba y murmuraba algo sobre la Gluar y Cicerón y la muerte de la poesía en nuestros días. Al fin, poniéndose en pie de un salto (era invierno ahora y hacía mucho frío), Orlando pronunció uno de los más notorios juramentos de su vida, porque lo ligó a la más estricta servidumbre. «Que me maten», dijo, «si vuelvo a escribir otra palabra, o intento escribir otra palabra, para complacer a Nick Greene o a la Musa. Bien, mal o mediocremente, de hoy en adelante solo escribiré para complacerme a mí mismo»…

p96

Y ahora descienden de nuevo las tinieblas, y ¡ojlá fueran más profundas! ¡Ojalá, exclamaríamos casi dentro de nuestros corazones, fueran tan profundas que no pudiéramos ver nada a través de su oscuridad! ¡Ojalá pudiéramos coger la pluma y poner Finis a nuestra obra! Ojalá pudiéramos ahorrarle al lector  lo que está por venir y decirle en muy pocas palabras: Orlando murió y fue enterrado. Pero aquí, ay, la Verdad, la Sinceridad y Honestidad, severas diosas que vigilan y defienden el tintero del biógrafo, gritan: ¡No! Llevándose a los labios sendas trompetas de plata gritan, todas a una: ¡la Verdad! Y vuelven a gritar: ¡la Verdad!... Y llamando aún una tercera vez a coro, repiten su toque: ¡la Verdad y nada más que la Verdad!

Ante locuaz –¡el cielo sea loado!, porque eso nos proporciona un momento de respiro-, las puertas se abren suavemente, como si el aliento del más gentil y sagrado de los céfiros las apartara a uno y otro lado, y entran tres figuras. Primero avanza Nuestra Señora de la Pureza; cuyas sienes están ceñidas con tiras de lana del más blanco de los corderos; cuyo cabello es como un alud de nieve pura; y en cuya mano reposa la blanca pluma de una oca virgen. Tras ella, pero con andares más firmes, entra Nuestra Señora de la Castidad; en cuyas sienes se asienta, como una especie de torre de fuego ardiente pero inextinguible, una diadema de carámbanos; sus ojos son estrellas puras y sus dedos, si te tocan, te hielan hasta los huesos. Inmediatamente detrás de ella, a la sombra en realidad de sus más decididas hermanas, viene Nuestra Señora de la Modestia, la más frágil y la más bella de las tres; su cara solo se ve al igual que se ve la de la luna nueva cuando, delgada y en forma de hoz, medio se esconde entre las nubes. Las tres avanzan hasta el centro de la habitación donde Orlando yace aún dormido; y con gestos a la vez suplicantes y exigentes, Nuestra Señora de la Pureza habla la primera:

pureza

«Yo soy la guardiana del sueño del cervato; me gusta la nieve; y la luna que asoma; y el mar plateado. Con mis ropas cubro los huevos de gallina y las rayadas conchas marinas; cubro el vicio y la pobreza. Mi velo desciende sobre todo aquello que es frágil y oscuro o dudoso. Por tanto, no hables, no reveles nada. ¡Perdona, oh, perdona!»

Aquí las trompetas repitieron su toque:

«¡Atrás, Pureza! ¡Pureza, vete!»

 

Entonces, habló Nuestra Señora de la Castidad:

Castidad«Yo soy aquella cuyo tacto hiela y cuya mirada petrifica. Yo he detenido a las estrellas en su danza y a las olas en su caída. Los Alpes más altos son mi hogar y, cuando paseo, el relámpago refulge en mis cabellos; en aquello que se posan mi ojos, aquello muere. Antes que permitir que Orñlando despierte, he de helarlo hasta los huesos. ¡Perdona, oh, perdona!»

Aquí las trompetas repitieron su toque:

«¡Atrás, Castidad! ¡Castidad, vete!»

 

Entonces habló Nuestra Señora de la Modestia, tan bajo que apenas era posible oírla:

Modestia«Yo soy aquella a quien los humanos llaman Modestia, Virgen soy y siempre lo seré. Los campos feraces y las viñas fértiles no son para mí. La proliferación me es odiosa; y, cuando brotan las manzanas y los ganados se multiplican, yo huyo, huyo; pierdo mi manto. Mi cabello cubre mis ojos. No veo. . ¡Perdona, oh, perdona!»

Otra vez repitieron su toque las trompetas:

«¡Atrás, Modestia! ¡Modestia, vete!»

...

Se retiran con precipitación, agitando sus velos por encima de sus cabezas, como para ocultar algo que no se atreven a mirar, y cierran la puerta a sus espaldas.

Por tanto, ahora estamos completamente solos en la habitación, con el dormido Orlando y las portadoras de las trompetas. Estas, puestas en fila a uno y otro lado, tocan de forma terrorífica:

«¡LA VERDAD!»

Ante lo cual, Orlando se despertó.

Se desperezó. Se levantó, Permaneció de pie completamente desnudo frente a nosotros, y mientas las trompetas pregonan: «¡la Verdad! ¡la Verdad! », a nosotros no nos cabe otra elección que confesar que… él era una mujer.

p132

«¿Qué tiene de bueno», se preguntó, «ser una bella joven en la flor de la vida, si he de pasarme las mañanas enteras observando moscas azules con el Archiduque

Comenzó a detestar la vista del azúcar; las moscas le daban vértigo. Algún medio tenía que haber para salir de aquella dificultad, suponía ella, pero como todavía era tan poco experta en las artes de su sexo y como no podía atizarle al Archiduque un golpe en la cabeza o atravesarle el cuerpo con un espadín, no encontró otro método mejor que éste. Cazó una mosca azul, la estrujó hasta matarla (ya estaba medio muerta o su amabilidad para con los animales no se lo hubiera permitido) y la pegó con una gota de goma arábiga a un terrón de azúcar. Mientras el Archiduque estaba observando el techo, ella sustituyó diestramente por este terrón aquel por el que ella había apostado su dinero y, exclamando «¡Posada! ‘¡Posada!», declará que había ganado aquel envite. Calculaba que el Archiduque, con toda su experiencia en la caza y en las carreras de caballos, descubriría el engaño y que, dado que hacer trampas en el juego de la Mosca Posada es el más nefando de los crímenes y que había hombres que, a causa de ello, habían sido arrojados para siempre de la sociedad humana a la de los simios, en lo trópicos, calculaba, pues, que él sería lo bastante hombre como para negarse a tener que ver con ella nunca más. Pero juzgaba mal la simplicidad del amable aristócrata. No era un juez experimentado en materia de moscas. Una mosca muerta se le antojaba muy parecida a una viva. Ella repitió el truco unas veinte veces y él le pago 17.250 libras (que viene a ser unas 40.885 libras, 6 chelines y 8 peniques de la moneda actual) hasta que Orlando hizo el truco tan burdamente que incluso él no pudo seguir ignorándolo. Cuando al fin se dio cuenta de la verdad, tuvo lugar una lamentable escena. El Archiduque se puso en pie cuan alto era. Estaba rojo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas de una en una. Que ella le hubiera ganado una fortuna, no tenía importancia… ¡mejor para ella!; que le hubiera engañado era algo que… le dolía pensar que ella fuera capaz de hacer; pero que hubiera hecho trampas en el juego de la Mosca Posada era otra cosa. Amar a una mujer que hace trampas en el juego, dijo, era imposible. Aquí se desmoronó del todo. Felizmente, dijo, recuperándose algo, no había testigos. Orlando, al fin y al cabo, solo era una mujer, añadió. Resumiendo, gracias a la caballerosidad de su corazón él estaba dispuesto a olvidarla, y a punto estaba de pedirle perdón por la dureza de su lenguaje, cuando ella cortó en seco, deslizándole mientras él inclinaba su orgullosa cabeza, entre el pecho y la camisa, un pequeño sapo…

p135

Orlando ABiography… todo parece indicar que cuanto se ha dicho no hace mucho respecto a que no había cambios entre Orlando hombre y Orlando mujer, comienza a no ser verdad en conjunto. Se estaba volviendo algo más modesta, como son las mujeres, en cuanto a su cerebro y un poco más vanidosa, como las mujeres los son, en cuanto a su físico. Determinadas delicadezas se reafirmaban por sí solas, y otras disminuían. El cambio de ropas, lo han dicho algunos filósofos, tenía mucho que ver con todo esto. Aunque parecen vanas frivolidades, las ropas tienen, dicen aquellos, funciones más importantes que la de preservarnos del frío y nada más. Cambian nuestra imagen del mundo y la imagen que el mundo tiene de nosotros. Por ejemplo, cuando el Capitán Bartolus vio la falda de Orlando, hizo que de inmediato le instalaran un todo, la forzó a comer otra rodaja de corned beef y la invitó a ir a tierra con él en la chalupa. Por descontado, estas gentilezas no le hubieran sido dedicadas, si sus faldas, en lugar de ondear, se hubieran ajustado a sus piernas como unos pantalones. Y cuando nos dedican galanterías, a nosotras nos corresponde devolverlas de algún modo. Orlando consentía; contemporizaba; halagaba a aquel buen hombre como nunca lo hubiera hecho si, en lugar de pantalones, él hubiera llevado faldas de mujer, y en vez de la casaca con galones, hubiese lucido un corpiño de raso. Esto viene a confirmar la idea de que son las ropas las que nos llevan y no nosotros a ellas; nosotros podemos hacer que se amolden a un brazo, a un pecho; pero ellas moldean nuestros corazones, nuestros cerebros; nuestras lenguas a su gusto. Así que, habiendo llevado faldas ya durante un tiempo considerable, en Orlando se hacían visibles determinados cambios….

p142

…El perro le tendió la pata en señal de compasión. El perro lamió a Orlando con su lengua. Orlando acarició al perro con su mano. Orlando besó al perro con sus labios. En resumen, entre ellos existía la más sincera simpatía que pueda existir entre un perro y su ama, y con todo no es posible negar que el mutismo de los animales es un gran impedimento frente a los refinamientos de la conversación. Mueven la cola; agacha la parte delantera del cuerpo y alzan la trasera; dan vueltas, saltan, escarban, gimen, ladran, babean y ejecutan toda clase de zalemas y maniobras muy suya, pero nada de eso sirve, porque no pueden hablar. Aquél era precisamente el defecto, pensó Orlando, dejando el perro suavemente en el suelo, de las importantes personas de Arlington House. También ellas mueven la cola, saludan, dan vueltas, saltan, escarban y babean; pero tampoco pueden hablar. «En todos los meses que llevo de vida mundana», dijo Orlando, arrojando una media al otro extremos de la habitación, «no he oído nada que Pippin no pudiera decir. Tengo fío. Soy feliz. Siento hambre. He cazado una rata. He enterrado un hueso. Por favor, bésame la nariz.» Y no era suficiente.

p197

…El amor es dejar que las enaguas caigan y… Pero todos sabemos qué es el amor. ¿Lo había hecho Orlando? La verdad nos impulsa a decir que no, no lo había hecho. En tal caso, si el protagonista de una biografía no ha amado ni ha matado, sino que tan solo ha pensado e imaginado, podemos llegar a la conclusión de que él, o ella, no es sino un cadáver, y así abandonarlo.

El único recurso que nos queda es mirar por la ventana hacia fuera. Había gorriones; había estorninos; había cantidad de palomas, y uno o dos grajos, entregados todos a sus cosas. Uno encontró un gusano; otro, un caracol. Uno aletea hasta una rama, otra da una carrerita por el césped. Entonces, un criado con mandil de bayeta verde cruza el patio. Es de presumir que anda enredado en alguna intriga con una de las criadas de la despensa, pero, como no se nos brinda ninguna prueba visible, solo podemos desearle que lo pase bien y dejarlo. Pasan nubes, densas o tenues, con la consiguiente alteración del color del césped. El reloj de sol señala la hora con su habitual estilo críptico. La mente comienza a barajar una o dos preguntas, perezosamente, vanamente, sobre la vida misma. Vida, canta o, más bien, canturrea, como un marmita puesta al fuego. Vida ¿qué representas? ¿Luz y oscuridad, el mandil de bayeta del lacayo subalterno o la sombra del estornino sobre el césped?

 


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