UN BUEN LIBRO PARA LEER: El dios de las pequeñas cosas   (1997) 

Eldiosdelapequeñascosas

 

  Arundhati Roy  (India) 

  

  Editorial: ANAGRAMA  Panorama de narrativas 

  Traducción: Cecilia Ceriani y Txaro Santoro

 

   

Fragmentos.

 

En cualquier caso, ahora piensa en Estha y en ella como ésos,  porque, al haberse separado, ninguno de los dos es ya lo que  fueron o un día pensaron que  serían.

Y nunca lo serán.

Ahora sus vidas tienen tamaño y forma. Estha tiene la suya y ella también.

Contornos, Bordes, Fronteras, Orillas y Límites han surgido como un equipo de gnomos en sushorizontes separados. Criaturas de corta estatura y largas sombras que patrullan el Borroso Confín. Se les han formado suaves medias lunas bajo los ojos y ya tienen la misma edad que Ammu cuando murió. Treinta y un años.

No son viejos. 

Ni jóvenes.

Pero tienen ya una edad en que la muerte es un hecho posible.

 

Después del entierro, Ammu se dirigió a la comisaría de Kottayam con los gemelos. Ya conocían el lugar. Habían pasado gran parte del día anterior allí. Previendo el tufo acre y penetrante a orín reconcentrado que impregnaba paredes y muebles, se taparon la nariz mucho antes de que comenzara el hedor.

Ammu preguntó por el jefe de policía, y cuando pasó a su despacho le dijo que había habido un terrible error y que quería hacer una declaración. Pidió ver a Velutha. Los bigotes del inspector Thomas Mathew se agitaron como los del simpático maharajá de la propaganda de Air India, pero en sus ojos había avidez y malicia. 

-Ya es un poco tarde para eso, ¿no le parece? -dijo en malayalam. En el vulgar dialecto de Kottayam. Mientras se dirigía a Ammu no apartaba los ojos de sus pechos. Dijo que la policía sabía todo lo que necesitaba saber y que la policía de Kottayam no aceptaba declaraciones de veshyas ni de sus hijos ilegítimos. Ammu contestó que eso ya se vería. El inspector Thomas Mathew dio la vuelta al escritorio, se acercó a Ammu empuñando su bastón de mando y añadió -: Yo, en su lugar, me iría a casa sin chistar. Después le dio unos golpecitos en los pechos con su bastón de mando. Suavemente. Tras, tras. Como si estuviera escogiendo mangos de una canasta. Señalando los que quería que le envolviesen y le mandasen a casa. El inspector Thomas Mathew parecía saber con quién podíameterse y con quién no. La policía tiene ese instinto. Detrás de él había un letrero azul y rojo que decía:

Pulcritud

Obediencia

Lealtad

Integridad

Cortesía

Imparcialidad

Abnegación

Cuando salieron de la comisaría, Ammu lloraba, así que Estha y Rahel no le preguntaron qué quería decir veshya. Ni tampoco ilegítimos. Era la primera vez que veían llorar a su madre.

veshya Dance of the Yogini:  Images of Aggression inTantric Buddhism 

Y ahora, veintitrés años después, su padre había re-Devuelto a Estha. Lo había enviado de regreso a Ayemenem con una maleta y una carta. La maleta estaba llena de ropa nueva y elegante. Bebé Kochamma le enseño la carta a Rahel. Estaba escrita con letra de colegio de monjas, inclinada y femenina, pero la firma que había al pie era la de su padre. O, por lo menos, era su nombre. Rahel no habría podido reconocer la firma. En la carta su padre decía que había dejado su trabajo en la fábrica de negro de humo, que iba a emigrar a Australia, donde había conseguido un empleo como jefe de seguridad en una fábrica de cerámica, y que no podía llevarse a Estha con él. Enviaba sus mejores deseos para todos los de Ayemenem y decía que, si alguna vez regresaba a la India, cosa que creía improbable, pasaría a ver a Estha.

Bebé Kochamma le dijo a Rahel que, si quería, podía quedarse con la carta. Rahel volvió a guardarla en el sobre. El papel se había reblandecido y parecía una tela al doblarlo.

Había olvidado lo húmedo que podría llegar a ser el aire del monzón en Ayemenem. Los aparadores se hinchaban y crujían. Las ventanas cerradas se abrían de golpe. Los libros se ablandaban y ondulaban entre sus tapas. Extraños insectos aparecían como quimeras durante la noche y morían abrasados sobre las pálidas bombillas de cuarenta vatios de Bebé Kochamma. Durante el día sus crujientes cadáveres incinerados cubrían suelo y alféizares y, hasta que Kochu Maria los barría y amontonaba en su recogedor de plástico, en el aire flotaba un olor a algo-se-está-quemando.

Ahora que Estha había sido Re-Devuelto, Estha caminaba por todo Ayemenm.

Algunos días recorría la orilla del rñio, que olía a excrementos y a pesticidas comprados con préstamos del Banco Mundial. La mayor parte de los peces habían muerto. Los supervivientes tenían las aletas podridas y estaban llenos de forúnculos.

Se exasperaba porque no sabía qué significaba aquella mirada. La situaba a medio camino entre la indiferencia y la desesperación. No sabía que en algunos lugares, como en el país del que procedía Rahel, había diferentes clases de desesperación que pugnaban por la primacía. Y que la desesperación personal nunca llegaba a ser lo suficientemente desesperada.

Tal vez Ammu, Estha y ella fueron los peores transgresores. Pero no los únicos. Los otros no se quedaron cortos. Todos infringieron las normas. Todos entraron en el territorio prohibido. Todos alteraron las leyes que establecían a quién debía quererse y cómo. Y cuánto. Las leyes que convertían a las abuelas en abuelas, a los tíos en tíos, a las madres en madres, a los primos en primos, a la mermelada en mermelada y a la jalea en jalea.

Hubo una época en la que los tíos se convirtieron en padres, las madres en amantes, y los primos murieron y fueron enterrados.

Hubo una época en que lo inconcebible se hizo concebible y ocurrió lo imposible.

 

De igual modo, podría afirmarse que, en realidad, comenzó hace miles de años. Mucho antes de que llegaran los comunistas. Antes de que los británicos tomaran Malabar, antes de la supremacía holandesa, antes de que llegara Vasco da Gama, antes de la conquista de Kalikutt por parte del primer zamorín. antes de que tres obispos sirios con túnicas púrpuras, asesinados por los portugueses, fueses encontrados flotando en el mar, con serpientes marinas enroscadas sobre los pechos y ostras enredadas en las enmarañadas barbas. Podría afirmarse que comenzó mucho antes de que el cristianismo llegase en un barco y se extendiese por Kerala igual que rezuma el té de una bolsita.

Que, en realidad, comenzo en los días en que se establecieron las Leyes del Amor. Las leyes que determinan a quién debe querese, y cómo.

Y cuánto.

 

Ammu estaba embarazada de ocho meses cuando estalló la guerra con China. Fue en octubre de 1962. Las mujeres y los niños de los plantadores fueron evacuados de Assam. Ammu no pudo viajar porque su embarazo estaba demasiado avanzado, así que se quedó en la plantación. En noviembre, tras el traqueteo de un viaje espeluznante en autobús hasta Shillong, en medio de los rumores de una ocupación china y de una derrota inminente de la India, nacieron Estha y Rahel. A la luz de las velas. En un hospital con las ventanas tapadas para no atraer a los aviones enemigos. Nacieron sin demasiadas complicaciones, el uno dieciocho minutos después que el otro. Dos pequeñines en lugar de uno solo grande. Dos foquitas gemelas, lustrosas de jugos maternos. Arrugadas por el esfuerzo de nacer. Ammu comprobó que no tenían ninguna deformidad antes de cerrar los ojos y quedarse dormida.

Contó cuatro ojos, cuatro orejas, dos bocas, dos narices, veinte dedos en las manos y veinte uñitas perfectas en los pies.

No se dio cuenta de que había una única alma siamesa. Estaba contenta de tenerlos. Su padre, tumbado sobre un duro banco en el corredor del hospital, estaba borracho.

 

Ammu observó cómo se movía la boca de su marido mientras iba formando las palabras. No dijo nada. Él se sintió cada vez más incómodo y furioso por su silencio. De pronto, arremetió contra ella, la agarró por el pelo, le dio un puñetazo y se desmayó a causa del esfuerzo. Ammu cogió el libro más pesado que encontró en la estantería -El Atlas Mundial del Reader's Digest- y lo go lpeó con él con todas sus fuerzas. En la cabeza. En las piernas. En la espalda y los hombros. Cuando recobró la conciencia, se quedó asombrado de tener tantas moraduras. Aunque se disculpó humildemente por su agresión, inmediatamente empezó a mortificarla para que le ayudara a conseguir el traslado. Aquello se convirtió en una rutina. Agresiones durante las borracheras y súplicas tras ellas. A Ammu le repugnaban el olor medicinal a alcohol rancio que desprendía la piel de su marido y los restos de vómito endurecido y seco incrustados en su boca, como un pastel, todas las mañanas. Cuando sus ataques de violencia comenzaron a incluir a los niños y estalló la guerra con el Paquistán, abandonó a su marido y regresó a casa de sus padres, donde no fue bien recibida. Volvió a Ayemenem, a todo aquello de lo que había huido hacía apenas unos años. Sólo que ahora tenía dos hijos pequeños. Y se habían acabado los sueños para ella.

 

En el entierro de Pappachi, Mammachi lloró tanto que se le corrieron las lentes de contacto. Ammu les explicó a los gemelos que Mammachi lloraba más por estar acostumbrada a él que porque lo amara. Estaba acostumbrada a verlo paseándose por la fábrica de conservas y a que le pegase de vez en cuando. Les dijo que los seres humanos eran animales de costumbres y que era increíble las cosas a las que podían llegar a acostumbrarse. Les bastaba con mirar a su alrededor, añadió Ammu, para darse cuenta de que las palizas con jarrones de latón eran lo que menos importancia tenía.  

 

La casa llevaba muchos años vacía. Muy poca gente la había visto por dentro. Pero los gemelos se imaginaban cómo era.

 La Casa de la Historia.

Con frescos suelos de piedra, paredes oscuras y sombras en forma de barco con las velas hinchadas. Detrás de los viejos cuadros vivían lagartijas regordetas y translúcidas, y unos antepasados cerúleos y quebradizos, con las uñas de los pies duras y un aliento que olía a mapas amarillentos, hablaban de cosas entrañables con voces bajas y sibilantes que recordaban el crujido del papel.

  -Pero no podemos entrar -les explicó Chaco-, porque han cerrado con llave y nos han dejado fuera. Y cuando miramos por las ventanas, no vemos más que sombras. Y cuando intentamos escuchar, no oímos más que susurros. Y no podemos entender los susurros porque nuestras cabezas han sido invadidas por una guerra. Una guerra que hemos ganado y hemos perdido a la vez. La peor clase de guerra. Una guerra que captura los sueños y los vuelve a soñar. Una guerra que nos ha hecho adorar a nuestros conquistadores y despreciarnos.

`

La ventanilla de Estha daba al lado de la carretera donde estaba la casucha en la que se vendía té y galletitas de glucosa rancias, guardadas en recipientes de vidrio opaco llenos de moscas. También tenían limonada en gruesas botellas con tapones rematados en una bola azul, para que no perdiera el gas. Y una nevera portátil roja en la que ponía, muy seriamente, TODO VA MEJOR CON COCA-COLA.

  Murlidharan, el loco del paso a nivel, se sentó con las piernas cruzadas y en perfecto equilibrio sobre el mojón. Los testículos y el pene le colgaban oscilantes y señalaban el cartel que decía:

  COCHÍN 23

  Murlidharan iba totalmente desnudo. No llevaba nada, excepto una bolsa de plástico que alguien le había puesto en la cabeza, como si se tratase de un gorro de chef transparente a través del cual seguía viéndose el paisaje, turbio y con forma de gorro de chef, pero sin solución de continuidad. Aunque hubiese querido, no habría podido quitarse el gorro, porque no tenía brazos. Se los había arrancado en el 42 una bomba en Singapur, en la semana que siguió a su fuga de casa para unirse a las filas del Ejército Nacional Indio, que luchó contra los británicos al lado de los japoneses. Tras la independencia fue reconoci do como Combatiente por la Libertad de Primer Grado y se le concedió un pase vitalicio para viajar gratis en primera clase en tren. Esto también lo había perdido (además de la cabeza), así que ya no podía seguir viviendo en los trenes, ni en las salas de espera de las estaciones. Murlidharan no tenía casa, ni puertas que cerrar con llave, pero llevaba sus viejas llaves bien atadas alrededor de la cintura. En un brillante manojo. Su cabeza estaba llena de armarios atiborrados de placeres secretos.

  Un despertador. Un coche rojo con bocina musical. Un vaso rojo para el cuarto de baño. Una esposa con un diamante. Un portafolios con papeles importantes. Una vuelta a casa de la oficina. Un Lo siento, coronel Sabhapathy, pero ésa es mi opinión. Y crujientes trocitos de plátano frito para los niños.

Veía llegar y partir los trenes. Contaba sus llaves.

Veía ascensiones y caídas de gobiernos. Contaba sus llaves.

Veía niños borrosos tras las ventanillas de los coches con anhelantes naricillas aplastadas como flores de malvavisco.

Los sin hogar, los desvalidos, los enfermos, los pobres y los perdidos, todos desfilaban ante su ventana. Y seguía contando sus llaves.

No podía saber qué armario tendría que abrir, ni cuándo. Se sentaba sobre el mojón recalentado, con el pelo enmarañado y los ojos como ventanas, y se alegraba de poder apartar la mirada de vez en cuando. De tener sus llaves para contarlas y recontarlas.

 

 

La memoria era como aquella mujer del tren. Loca, porque se dedicaba a examinar cuidadosamente cosas oscuras, guardadas en un armario, para luego emerger con las más insólitas: una mirada fugaz, un sentimiento, el olor del humo, un limpiaparabrisas, los ojos marmóreos de una madre. Y, a la vez, bastante cuerda, porque dejaba enormes extensiones de oscuridad sin desvelar. Sin recordar.

 

 

Una tenue capa de polvillo de carbón bajó flotando como una bendición sucia y se posó suavemente sobre el tráfico.

Chacko puso el Plymouth en marcha. Bebé Kochamma intentó mostrarse alegre. Comenzó a cantar.

    El reloj del vestíbulo

    suena tristemente

    y también las campanas

    del campanario, talán, talán

    y en el cuarto de los niños

    un absurdo pajarito

    se asoma para decir…

 Miró a Estha y a Rahel, esperando que contestaran cucú.

 Pero no lo hicieron.

Se levantó una brisa automovilística. Árboles verdes y postes telefónicos pasaron velozmente por las ventanillas. Sobre los cables que pasaban se deslizaban pájaros inmóviles como si fueran maletas que nadie recogiera en la cinta transportadora de un aeropuerto.

  Una pálida luna diurna colgaba enorme del cielo e iba en la misma dirección que ellos. Era tan grande como la panza de un bebedor de cerveza.

 

-Hay cosas que traen su propio castigo —dijo Bebé Kochamma, como si le estuviera explicando a Rahel un problema aritmético que no entendiera.

Hay cosas que traen su propio castigo. Son como los dormitorios que tienen armarios empotrados. Pronto todos ellos aprenderían más cosas sobre los castigos. Que los hay de diferentes tamaños. Que algunos son tan grandes como armarios que tuvieran dormitorios empotrados. Se podría pasar toda una vida dentro de ellos, vagando por sus estantes a oscuras.

 

La tienda del aeropuerto, que dirigía la Corporación para el Desarrollo del Turismo en Kerala, estaba a rebosar de maharajás de Air India (tamaño pequeño, mediano y grande), elefantes de madera de sándalo (tamaño pequeño, mediano y grande) y máscaras de bailarines de kathakali en papel maché (tamaño pequeño, mediano y grande). Un olor dulzón a madera de sándalo y a axilas cubiertas con camisetas de algodón (tamaño pequeño, mediano y grande) flotaba en el aire.

En la sala de espera de llegadas había cuatro canguros de cemento de tamaño natural con bolsas de cemento donde ponía UTILÍZAME. En las bolsas, en vez de canguritos de cemento, había colillas de cigarrillos, cerillas usadas, chapas de botella, cáscaras de cacahuete, vasos de papel arrugados y cucarachas.

Las rojas manchas de los escupitajos de betel salpicaban los vientres de los canguros como si fueran heridas recientes.

Los canguros del aeropuerto tenían sonrientes bocas rojas.

Y orejas con ribetes de color rosa.

Parecía que, si se les apretaba la panza, dirían «Ma-má» con ese tono de los juguetes que se están quedando sin pilas

 

En el estudio de Pappachi la colección de mariposas diurnas y mariposas nocturnas se había desintegrado hasta convertirse en montoncitos de polvo iridiscente que cubría la parte de abajo de los expositores de cristal, y los alfileres que las atravesaban habían quedado desnudos. Algo cruel. Los hongos y el abandono habían invadido la habitación. Un viejo hula-hoop de color verde neón colgaba de un gancho de madera que había en la pared como un enorme halo de santo desechado. Una hilera de hormigas negras relucientes cruzaba el antepecho de la ventana con los traseros levantados como una fila de chicas de revista, todas acompasadas, en un musical de Busby Berkeley. Sus siluetas se recortaban contra el sol. Lustrosas y bellas.

 BaileEnKerala

Theyyam baile en Kerala.Fotografía: Frederic Soltan / Sygma / Corbi

De niña, había aprendido rápidamente a hacer caso omiso a los cuentos de Papá Oso y Mamá Osa que le daban a leer. En su versión, Papá Oso pegaba a Mamá Osa con floreros de latón y Mamá Osa aguantaba aquellas palizas con muda resignación.

A medida que iba creciendo, Ammu había visto cómo su padre tejía su espantosa tela de araña. Era encantador y cortés con los invitados, cortesía que rayaba casi en la adulación si resultaban ser blancos. Donaba dinero a orfanatos y leproserías. Se esforzaba por que su imagen pública fuera la de un hombre generoso, refinado y de principios elevados. Pero cuando estaba a solas con su mujer y sus hijos se convertía en un tirano desconfiado y monstruoso con una veta de astucia retorcida. Les pegaba, los humillaba y después les hacía sufrir la envidia de familiares y amigos por tener un marido y un padre tan maravilloso.

Ammu y su madre habían soportado frías noches de invierno en Delhi escondidas en el seto que había alrededor de su casa (para que la gente de Buena Familia no las viera) porque Pappachi había vuelto de mal humor del trabajo y les había pegado a Mammachi y a ella y después las había echado de casa.

Una de esas noches, Ammu, que tenía nueve años, estaba escondida con su madre en el seto y observaba en las ventanas iluminadas la atildada silueta de Pappachi, que iba de una habitación a otra. No contento con haber pegado a su mujer y a su hija (Chacko estaba fuera, en un colegio), arrancó cortinas, dio patadas a los muebles y destrozó una lámpara de mesa. Una hora después de que se apagaran las luces, la pequeña Ammu, desoyendo los atemorizados ruegos de Mammachi, entró sigilosamente en la casa por un hueco de ventilación para rescatar sus botas de goma nuevas, que eran lo que más le gustaba del mundo. Las metió en una bolsa de papel y, cuando cruzaba el salón de puntillas, de pronto, se encendieron las luces.

Pappachi había estado todo el tiempo sentado en su mecedora de caoba, meciéndose silenciosamente en la oscuridad. Cuando la atrapó, no dijo ni una sola palabra. Le pegó con su fusta con el mango de marfil (la misma que sostenía sobre las rodillas en aquella fotografía de estudio). Ammu no lloró. Cuando acabó de azotarla, le hizo traer las tijeras dentadas que Mammachi guardaba en su armario de costura. Mientras Ammu observaba, el Entomólogo Imperial cortó a tiras sus botas de goma nuevas con las tijeras dentadas de su madre. Las tiras de goma negra caían al suelo. Las tijeras tijereteaban. Ammu hizo caso omiso del rostro demacrado y muerto de miedo de su madre, que apareció al otro lado de la ventana. La destrucción total de las botas que tanto le gustaban duró diez minutos. Cuando la última tira de goma hubo caído, rizada, al suelo, su padre la miró con ojos fríos e inexpresivos y siguió meciéndose, meciéndose y meciéndose. Rodeado de un mar de retorcidas serpientes de goma.

 

El primer tercio del río era amigo suyo. Antes de que empezara a ser realmente profundo. Conocían bien los resbaladizos escalones de piedra (trece) antes de que comenzara el barro viscoso. Conocían bien la maleza que entraba flotando por las tardes desde las marismas de Komarakom. Conocían a los pequeños peces. Los pallathi planos y tontos, los paral plateados, los koori bigotudos y astutos, los karimeeriy que aparecían de vez en cuando.

Allí Chacko les había enseñado a nadar (chapoteando alrededor del amplio estómago de su tío sin ninguna ayuda). Allí habían descubierto solos las incoherentes delicias de tirarse pedos debajo del agua.

Allí habían aprendido a pescar. A ensartar lombrices de tierra púrpuras y retorcidas en los anzuelos de las canas de pescar que Velutha les había hecho con finas cañas de bambú amarillo.

Allí habían estudiado el Silencio (como los hijos de los Pescadores) y habían aprendido el brillante idioma de las libélulas.

Allí aprendieron a Esperar. A Observar. A pensar y a no expresar sus pensamientos. A moverse rápidos como un rayo cuando el cimbreante bambú amarillo se arqueaba hacia abajo.

Así que aquel tercio lo conocían bien. Los siguientes dos tercios, menos.

El segundo tercio era donde empezaba a ser Realmente Profundo. Donde la corriente era rápida y constante (río abajo cuando la marea estaba baja, río arriba, subiendo desde las marismas, cuando la marea estaba alta).

El tercer tercio era otra vez llano. Allí el agua era parda y turbia. Llena de maleza, de anguilas rapidísimas y de barro lento que se colaba entre los dedos de los pies como pasta de dientes.

Los gemelos podían nadar como focas y, bajo la vigilancia de Chacko, habían cruzado muchas veces el río, y regresaban jadeando y bizcos por el esfuerzo, con una piedrita, una ramita o una hoja del Otro Lado como testimonios de su hazaña. Pero la mitad de un río respetable, o el Otro Lado, no eran sitios para que los niños se Quedaran un Rato Largo, ni se Entretuvieran, ni Aprendieran Cosas. Estha y Rahel les tenían al segundo y al tercer tercio del Meenachal el respeto que se merecían. De todos modos, cruzar el río nadando no era ningún problema. El llevar la barca con Cosas dentro (para poder b) Prepararse a prepararse para estar preparados), sí.

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En Ettumanoor decidieron cremar in situ al elefante electrocutado (que no era Kochu Thomban). Hicieron una pira gigante en la carretera. Los técnicos del municipio correspondiente le cortaron los colmillos y los distribuyeron de forma extraoficial. Y desigual. Sobre el elefante se vertieron ochenta latas de grasa de búfalo para alimentar el fuego. El humo ascendió en densas volutas que formaron complicados dibujos sobre el cielo. La gente, que se apiñaba alrededor del elefante guardando una distancia prudencial, trataba de descubrir el significado de aquellos dibujos.

Había montones de moscas.

 

Dentro todo eran paredes blancas, cubiertas de musgo y bañadas por la luz de la luna. Todo olía a lluvia reciente. El delgado sacerdote estaba dormido sobre una estera en la galería de piedra, algo más alta que el nivel del patio. Junto a la almohada tenía una bandeja de bronce con monedas que parecía la representación de sus sueños en la viñeta de un cómic. El recinto tenía lunas desparramadas por todo el suelo, reflejadas en pequeños charquitos de agua de lluvia. Kochu Thomban ya había terminado sus rondas ceremoniales y estaba tumbado junto a un poste de madera, al que estaba atado, y al lado de un montón humeante de sus excrementos. Estaba dormido. Ya había cumplido con su tarea Y había vaciado los intestinos. Tenía un colmillo apoyado sobre el suelo y el otro apuntando hacia las estrellas. Rahel se acercó en silencio. Vio que el elefante tenía la piel más floja de lo que recordaba. Ya no era Kochu Thomban. Le habían crecido los colmillos. Ahora era Vellya Thomban. El de los Colmillos Grandes. Puso el coco en el suelo, junto a él. Un párpado de cuero se abrió y dejó al descubierto el brillo líquido de un ojo de elefante. Después se cerró y las pestañas largas y espesas reanudaron el sueño. Un colmillo hacia las estrellas.

EsthaElefante 

No importaba que la historia ya hubiese empezado, porque hacía tiempo que el kathakali había descubierto que el secreto de las Grandes Historias es que no tienen secretos. Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quiere oír otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive. O el olor de la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin embargo, las escuchamos como si no lo supiéramos. Del mismo modo que, aun sabiendo que un día moriremos, vivimos como si fuéramos inmortales. En las Grandes Historias sabemos quién vive, quién muere, quién encuentra el amor y quién no. Y, aun así, queremos volver a saberlo.

Ahí radica su misterio y su magia.

Para el Danzarín de Kathakali esas historias son sus hijos y su infancia. Ha crecido dentro de ellas. Son la casa donde se crió y las praderas en las que jugó. Son sus ventanas y su forma de ver. Así que, cuando cuenta una historia, la trata como si fuese una hija suya. Se burla de ella. La castiga. La lanza al aire como una pelota. Forcejea con ella, caen al suelo y luego la deja escapar otra vez. Se ríe de ella porque la ama…

 

Haber tomado aquella decisión la atormentó el resto de su vida.

La imagen del cuerpo sin vida de su hijita en la chaise longue del salón de la casa de Ayemenem la acompañó hasta la tumba. Ya de lejos resultaba obvio que estaba muerta. No parecía enferma ni dormida. Lo delataba algo en su forma de yacer, en la postura de sus miembros. Algo que tema que ver con la autoridad de la Muerte. Con su terrible rigidez.

Tenía su precioso pelo castaño rojizo entretejido con hierbajos verdes y suciedad del río. Los párpados hundidos, mordisqueados por los peces. (Ah, sí, se los habían mordisqueado esos peces que nadan por el fondo. Lo prueban todo.) En el peto de su pantalón de pana malva ponía ¡VACACIONES! en letra cursiva. Estaba tan arrugada como el pulgar de un dhobi, por haber estado tanto tiempo en el agua.

Una sirena esponjosa que se había olvidado de nadar.

Con un dedal de plata en su puñito cerrado, para que le diera buena suerte.

Que bebía de un dedal.

Que daba volteretas en su ataúd.

Margaret Kochamma nunca se perdonó haber llevado a Sophie Mol a Ayemenem. Haberla dejado sola el fin de semana mientras se iba con Chacko a Cochín para confirmar el vuelo de regreso.

 

 

El Dios de la Pérdida.

El Dios de las Pequeñas Cosas.

No dejó huellas en la arena, ni ondas en el agua, ni imágenes en los espejos.

Después de todo, Margaret Kochamma no iba con el pelotón de policías Tocables cuando cruzaron el río crecido. Con sus shorts caqui rígidos por el almidón.

El sonido metálico de las esposas tintineaba en el bolsillo de uno de ellos.

No sería razonable pensar que alguien pueda recordar lo que no sabe que ocurrió.

 

 

Estha consiguió agarrarse a una rama baja que se arqueaba hasta meterse en el agua. Escudriñó río abajo a través de la oscuridad para ver si podía distinguirla.

-No veo nada. Ha desaparecido.

 Rahel, cubierta de fango, gateó hasta la orilla y extendió la mano para ayudar a Estha a salir del agua. Les llevó unos minutos recuperar la respiración y darse cuenta de que se habían quedado sin barca. Y lamentar su pérdida.

-Y toda la comida se habrá echado a perder -le dijo Rahel a Sophie Mol, pero se encontró con el silencio por respuesta. Un silencio de agua que corre, que gira, de peces que nadan—. ¡Sophie Mol! —susurró al río que corría—. ¡Estamos aquí! ¡Aquí! ¡Junto al árbol gordo!

Nada.

Sobre el corazón de Rahel la mariposa de Pappachi extendió de pronto sus alas sombrías.

Para afuera.

Para adentro.

Y alzó sus patitas.

Para arriba

Para abajo.

Corrieron a lo largo de la orilla llamándola. Pero se había ido. Arrastrada por la autopista amortiguada. Verde grisácea. Con peces dentro. Con el cielo y los árboles dentro. Y, por la noche, con la titilante luna amarilla dentro.

No había música de tormenta. Ningún remolino surgió desde las profundidades de tinta del Meenachal. Ningún tiburón supervisó la tragedia.

Fue, simplemente, una silenciosa ceremonia de entrega. Una barca que derrama su carga. Un río que acepta la ofrenda. Una vida pequeñita. Un rayo de sol muy breve. Con un dedal de plata para que le diera buena suerte apretado en su puñito.

 

 

Un hombre sentado sobre una balanza roja se quitó la pierna artificial (de rodilla para abajo) que tenía pintada una bota negra y un calcetín blanco. La pantorrilla hueca y abombada era de color rosado, como deben ser las pantorrillas que se precien (¿por qué repetir los errores de Dios al recrear la imagen humana?). Dentro de ella guardaba su billete. Su toalla. Su vaso de acero inoxidable. Sus olores. Sus secretos. Su amor. Su locura. Su esperanza. Su júbilo infinito. El pie de verdad estaba descalzo.

Compró un poco de té para llenar su vaso.

Una señora anciana vomitó. Un charco lleno de grumos. Y siguió su vida.

El mundo de la estación. El circo social. Donde la desesperación, con la locura del comercio, se iba volviendo en contra y, poco a poco, se convertía en resignación-

 

 

En la galería trasera de la Casa de la Historia, mientras rompían y aplastaban al hombre al que ellas querían, la señora Eapen y la señora Rajagopalan, Embajadoras Gemelas de Dios-sabe-qué, aprendieron dos lecciones nuevas.

Lección Número Uno:

La sangre apenas se ve en un Hombre Negro. (Pim-pim.)

Y

Lección Número Dos:

Pero huele.

Un olor empalagoso.

Como el de rosas marchitas traídas por la brisa. (Pim-pim.)

-Madiyo?-preguntó uno de los Agentes de la Historia.

-Madi aayirikkum —respondió otro.

¿Suficiente?

Suficiente.

Retrocedieron unos pasos. Artesanos enjuiciando su obra. A una distancia estética.

Su Obra, abandonada por Dios y por la Historia, por Marx, por el Hombre, por la Mujer y (en las horas que habían de venir) por los Niños, yacía doblada en el suelo. Estaba semiconsciente, pero no se movía.

Tenía el cráneo fracturado por tres sitios. La nariz y los pómulos aplastados, lo cual daba a su rostro un aspecto carnoso indefinido. El golpe en la boca le había roto el labio superior y le había partido seis dientes, tres de los cuales se le habían clavado en el labio inferior, lo que había transformado su maravillosa sonrisa convirtiéndola en algo horrible. Tenía cuatro costillas astilladas. Una le había perforado el pulmón izquierdo, que era lo que le hacía sangrar por la boca. Sangre roja brillante en el aliento. Fresca. Espumosa. En la parte inferior del intestino se le había producido una hemorragia que le llenaba de sangre la cavidad abdominal. La espina dorsal estaba lesionada en dos puntos, con parálisis del brazo derecho y pérdida de control de vejiga y recto. Las dos rótulas estaban hechas añicos.

Aun así, sacaron las esposas.

Frías.

 

 

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