UN BUEN LIBRO PARA LEER: La muerte de Iván Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

 

 

 León Tolstoi. Rusia

 Editorial     Salvat. Biblioteca básica             IconoFraLib ... algo decimos de este libro.

 Traducción:  ¿? 

 

 

 

Fragmentos:

 

… Como sucede siempre en ocasiones semejantes, Pyotr Ivánovich entró sin saber a punto fijo lo que tenía que hacer. Lo único que sabía era que en tales circunstancias no estaría de más santiguarse. Acerca de si debía hacer una inclinación, no estaba seguro, y por eso optó por un término medio, Al entrar en la habitación hizo varias veces la señal de la cruz y se inclinó ligeramente. 

… El criado Guerásim, cruzó con suaves pasos por delante de Pyotr Ivánovich espolvoreando algo por el suelo. Al ver tal cosa, Pyotr Ivánovich sintió un ligero hedor, que se desprendía del cadáver… Pyotr Ivánovich siguió santiguándose y haciendo inclinaciones hacia un lugar intermedio entre el féretro, el sacristán y los iconos expuestos en un rincón, sobre la mesa… Luego cuando este movimiento de hacer la señal de la cruz le pareció que duraba demasiado, se detuvo y se quedó mirando al muerto. 

… Schwartz estaba por encima de todo aquello y no se dejaba dominar por las malas impresiones… El incidente del funeral de Iván Ilich no podía ser motivo suficiente como para alterar el orden del día, o, dicho de otro modo, nada podrá impedir que nos reunamos esta tarde y rompamos el precinto de la baraja… no había razones para suponer que este incidente nos impida pasar hoy agradablemente la velada…

… «¡Tres días de horribles sufrimientos y luego la muerte! ¡Pero si eso puede también ocurrirme a mí en cualquier momento!» -pensó, y por un instante sintió miedo. Pero en seguida, sin que él mismo se diera cuenta, acudió en su ayuda la común idea de que eso le había pasado a Iván Ilich y no a él mismo, que algo semejante no podía ocurrirle a él mismo… y se tranquilizó y pasó a preguntar detalles del fallecimiento de Iván Ilich como si la muerte fuese algo que hubiese sido un accidente propio sólo de Iván Ilích, pero en ningún caso de él.

La vida de Iván Ilich era una historia que no podía ser más vulgar y más corriente.

Iván Ilich, muerto a los cuarenta y cinco años como miembro de la Cámara Judicial era hijo de un funcionario que había hecho en Petersburgo, en diversos ministerios y negociados la carrera que lleva a los hombres a una situación en que, a pesar de mostrar su completa incapacidad para ejercer unas funciones realmente útiles, atendido su puesto en el escalafón y sus dignidades no pueden ser despedidos, y por eso ocupan cargos imaginarios y ficticios…

En la Escuela de Jurisprudencia hizo cosas que en un principio le habían parecido sumamente reprobables y que le producían asco de sí mismo en el momento de realizarlas; pero más tarde, al ver que esas cosas eran también realizadas por personas muy encumbradas sin que las tuvieran por malas, no llegó precisamente a darlas por buenas, pero sí las olvidó por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo.

Así transcurrieron cinco años de la vida de Iván Ilich cinco años hasta que apareció la hora del cambio. se crearon nuevas instituciones judiciales para las que se requerían hombres nuevos.

E Iván Ilich fue uno de esos hombres nuevos.

Le fue ofrecido el cargo de juez de instrucción y lo aceptó…

Como juez de instrucción, Iván Ilich fue en todo comme il faut, buen guardador del decoro, sabía marcar la diferencia entre las obligaciones del cargo y la vida privada y se ganó el respeto general, lo mismo que había sido como agregado al gobernador de la otra provincia. El propio cargo de juez de instrucción ofrecía a Iván Ilich un campo de acción mucho más interesante y atractivo. En ese puesto anterior resultaba agradable pasar con desenvoltura, vestido con su uniforme de la sastrería Schármer, por delante de las visitas que esperaban la hora de ser recibidas y le envidiaban por entrar directamente en el despacho de éste y tomar el té y fumarse un cigarrillo con él, pero los que dependían de su arbitrio eran pocos. Eran solo comisarios y disidentes religiosos cuando se les encomendaba una misión; y le agradaba tratar afablemente, casi en pie de igualdad, a las personas que dependían de él, le agradaba dar a entender que él, capaz de aplastarlas, las trataba amistosamente, con sencillez. Pero estas personas no eran entonces muchas. Ahora, en cambio, como juez de instrucción, Iván Ilich  sentía que todos, todos sin excepción, hasta las más importantes y engreídas, estaban en sus manos, y que con sólo escribir ciertas palabras en papel timbrado, bastaba para que ese hombre grave y satisfecho de sí mismo compareciese ante él en calidad de acusado o de testigo; y que, si no le invitaba a tomar asiento, el otro permanecería de pie ante él y debería contestas a sus preguntas. Iván Ilich no abusaba nunca de sus atribuciones, al contrario, trató de suavizarlas; pero la conciencia de ese poder y la posibilidad de suavizarlo constituían para él el interés cardinal y el atractivo de su nuevo cargo.

Praskovya Fyodorovna, además de ser vien parecida, pertenecía a una buena familia de la nobleza y poseía un pequeño patrimonio. Iván Ilich hubiera podido aspirar a un partido más brillante, pero éste tampoco era malo. Él contaba con su sueldo y esperaba que ella aportaría otro tanto. Emparentaría con un buen linaje y ella era una mujer agradable, bonita y de excelentes costumbres. Decir que Iván Ilich se casó porque se había enamorado de ella y que había encontrado en ella la misma visión que él tenía de la vida, sería tan injusto como decir que se casó porque su círculo social aprobaban su elección. Iván Ilich se casó por ambas razones: eligiendo esta esposa, hizo algo que le resultaba agradable y, al mismo tiempo, lo que las personas más encumbradas consideraban acertado.

E Iván Ilich se casó.

… Pero luego, con los primeros meses del embarazo de su esposa, apareció algo nuevo, inesperado, desagradable, duro e indecoroso, algo que no se podía esperar y de lo que de ninguna manera podía apartarse.

Su esposa, sin motivo alguno, según le parecía a Iván Ilich, de gaieté de coeur, se él mismo se decía, empezó a turbar su agradable y decorosa vida: sin razón alguna, se mostraba celosa, exigía de él constantes atenciones, protestaba por todo y le hacía escenas desagradables y groseras.

… A medida que aumentaba la irritación y las exigencias de su esposa, Iván Ilich trasladaba más y más el centro de gravedad de su vida a los asuntos del servicio. Cobró más cariño a su profesión y se hizo más ambicioso.

… Así lo hizo Iván Ilich. De la vida familiar exigía únicamente las comodidades relacionadas con la comida, la dueña de la casa y la cama, cosas que dicha vida podía proporcionarle… En todo lo demás buscaba lo agradable, y si lo encontraba, quedaba muy reconocido; pero si tropezaba con resistencia y gruñidos, al instante se retiraba del mundo de las obligaciones de su cargo, que él se había reservado, y en cual encontraba esa sensación de agrado.

Iván Ilich era muy estimado por sus superiores y a los tres años ascendió a fiscal adjunto.

La conciencia de su poder, la posibilidad de hundir a quien quisiera, la importancia, más aún, la gravedad externa con que entraba en la sala del tribunal o en las reuniones de sus subordinados, su éxito con sus superiores e inferiores y, sobre todo, la destreza con que encauzaba los procesos, y de la que él se daba cuenta, le produción honda satisfación, y junto con las charlas con los compañeros, las comidas y el whist, Así pues, la vida de Iván Ilich seguía siendo agradable y decorosa, como él juzgaba que debía ser.

Así vivió siete años más.

El propio Iván Ilich se encargó de preparar la casa, eligió el papel, compró muebles, sobre todo de estilo antiguo, que él consideraba muy comme il faut, y todo fue creciendo hasta plasmarse en el ideal que él había imaginado… elegante y nada vulgar... Incluso cuando la instalación iba sólo por la mitad superaba ya sus expectativas. Veía ya el carácter comme il faut, elegante y refinado que todo tendría cuando estuviera concluido… En las cartas a los suyos, lo describía todo inferior a la realidad, para que luego la sorpresa fuese más agradable… Durante las reuniones se quedaba a veces distraído pensando en las cortinas, sobre si convendría hacerlas rectas o recogidas. Le absorbían tanto estas cuestiones que a menudo intervenía él mismo en los trabajos, ayudando a colocar los muebles y a poner las cortinas. En una ocasión se subió a una escalera para hacer ver al empapelador, que no acababa de comprenderle, cómo quería que quedase una habitación y se cayó, pero como era un hombre fuerte y ágil, tuvo tiempo para agarrarse, sin otras consecuencias que un golpe en el costado contra la falleba de una ventana. El dolor producido pasó prongo…

En esencia, se trataba de lo mismo que podemos ver en todas las casas de las personas no muy ricas, pero que quieren aparentarlo, y por eso lo único que logran es parecerse entre sí… En ella resultaba todo tan parecido, que era imposible que no llamase la atención; pero a Iván Ilich le parecía algo muy particular. Cuando recibió a los suyos… al oir que ellos lanzaban exclamaciones de placer, Iván Ilich se sintió muy feliz.

… Todo marchaba a la perfección. Después de la comida, si no había invitados, Iván Ilich en ocasiones, tomaba un libro del que se hablase mucho, y a la caída de la tarde se dedicaba a sus asuntos, es decir, leía documentos, consultaba los códigos, comparaba declaraciones y las colocaba en el marco de la ley. Esto no era ni tedioso ni divertido. Le resultaba tedioso cuando hubiera podido jugar al vint; pero si no había vint, siempre resultaba preferible a quedase solo o a hacer compañía a su mujer.

… Una vez llegaron a dar un baile, Iván Ilich se sintió contento y todo resultó bien, salvo que tuvo una áspera disputa con su mujer con motivo de las tartas y los dulces. Praskovya Fyodorovna había hecho sus propios preparativos, pero Iván Ilich insistió en pedirlo todo a una pastelería de lujo y había encargado demasiadas tartas; y la trifulca se debió a que sobraron tartas y la cuenta del confitero ascendió a cuarenta y cinco rublos. La querella fue violenta y desagradable, tanto así que Praskovya Fyodorovna le llamó «imbécil y bilioso». Él se llevó las manos a la cabeza  en un arranque de cólera hizo alusión al divorcio. Pero la fiesta en sí resultó muy bien. Había asistido la flor y nata de la sociedad e Iván Ilich bailó con la princesa Trufonova, hermana de la fundadora de la conocida sociedad «Llévate mi dolor» («Comparte mi aflicción», en otras traducciones). Las alegrías dentro de la vida oficial eran alegrías del amor propio; las alegrías sociales eran alegrías de la vanidad. Pero las auténticas alegrías de Iván Ilich eran las que le producía jugar al vint

Así vivían, pues. Y todo iba como una seda, agradablemente y sin cambios.

IV

De la salud no se podían quejar. Carecía de importancia el hecho de que Iván Ilich dijese a veces que sentía un extraño sabor de boca y que notaba ciertas molestias en la parte izquierda del vientre.

Pero resultó que estas molestias fueron en aumetno y, aunque no llegaba todavía al dolor, le producían una constante pesadez en el costado y una mala disposición de ánimo…

Y Praskovya Fyodorovna decía, y ahora con razón que su marido tenía muy mal carácter. Con su costumbre de exagerar, afirmaba que siempre había sido así, que solo gracias a su bondad había podido soportarlo durante veinte años. Bien es verdad que ahora era él el que daba pie a las disputas… Praskovya Fyodorovna consideraba un gran mérito suyo estas muestras de mansedumbre. Llegó a la conclusión de que su marido tenía un carácter horrible y que la había hecho desgraciada, lo que le produjo un sentimiento de conmiseración hacia sí misma. Y conforme la conmiseración iba en aumento, más aborrecía al marido. Llegó a desear su muerte, pero esto era cosa que no podía ni desearse siquiera, porque entonces se habría quedado sin el sueldo.

El doctor decía: “Esto y esto indica que dentro de usted hay esto y esto; pero si esto no se ve confirmado por los análisis de lo otro y lo otro, entonces habrá que suponer que usted padece esto y esto, etc.”  Para Iván Ilich había una sola pregunta importante, ¿Era o no era grave lo suyo? Ahora bien, el doctor no quería detenerse en una pregunta tan fuera de propósito. Desde su punto de vista, era superflua y no debía ser tomada en consideración; lo único que existía era un cálculo de probabilidades: el riñón flotante, el catarro crónico o el intestino ciego (apendicitis, en otras traducciones). No existía el problema de la vida de Iván Ilich… Y este conflicto lo resolvió brillantemente el doctor, ante Iván Ilich, a favor del intestino ciego, con la reserva de que el análisis de orina podía ofrecer nuevas pruebas, y entonces habría que revisar el asunto. Lo mismo, punto por punto, que Iván Ilich había realizado mil veces con los procesados y con idéntica brillantez… Iván Ilich dedujo que su asunto presentaba mal cariz y, por mucho que dijese el doctor y todos, la cosa era grave. Esta conclusión produjo en Iván Ilich gran lástima hacia su propia persona y gran cólera hacia el doctor, que tal indiferencia mostraba en tan trascendental problema.

Pero no dijo nada de esto, sino que se levantó, puso el dinero sobre la mesa y, exhalando un suspiro, se interesó una vez más:

-Nosotros, los enfermos, les hacemos muy a menudo preguntas inoportunas. En general ¿es peligroso lo mío?...

El doctor se le quedó mirando severamente con un ojo a través de las gafas como si dijera: «Procesado, si no se ciñe a contestar las preguntas que se le hacen, me veré obligado a que lo saquen de la sala».

… Al llegar a casa empezó a contar a su mujer lo ocurrido. Ella le oía, pero en plena explicación entró la hija con el sombrero puesto, ambas se habían hecho el propósito de salir. Haciendo un esfuerzo, la hija se sentó a escuchar aquella lata, pero no aguantó mucho. Tampoco la madre resistió hasta el final.

- Lo celebro mucho –dijo-; ahora lo que debes hacer es tomar a su hora la medicina…

El dolor no disminuía, pero Iván Ilich se esforzaba por creer que estaba mejor. Y podía engañarse mientras no había algo que lo alterase. Pero en cuanto tenía un disgusto con su mujer, o sufría un revés en la Audiencia, o malas cartas en el vint, al instante sentía toda la fuerza de su enfermedad…. Se decía: «En cuanto empezaba a restablecerme y la medicina producía su efecto, ha venido esta maldita desgracia o este disgusto…»

… El dolor del costado le seguía molestando, parecía ir en aumento, no cesaba ni un solo instante; el sabor de boca se le hacía cada vez más extraño; le parecía que el aliento le olía a algo repugnante, y el apetito y las energías no cesaban de disminuir. Era imposible engañarse; algo terrible, nuevo y tan importante como nunca le había ocurrido en su vida, se estaba produciendo en él. Y únicamente él lo sabía; todos cuantos le rodeaban no comprendían o no querían comprender y pensaban que las cosas seguían como antes. Era lo que más atormentaba a Iván Ilich. La gente de casa, sobre todo su mujer y su hija, que estaban en plena temporada de visitas, él lo veía, no comprendían nada: se enfadaban de que él se mostrase tan adusto y exigente, como si tuviese la culpa. Aunque trataban de ocultarlo, él veía que para ellas significaba un estorbo…

En la Audiencia, Iván Ilich observaba, o pensaba que observaba, en los que le rodeaban, esa misma extraña actitud hacia su persona: le parecía que lo miraban como a un hombre que sin tardar mucho iba a dejar vacante su cargo… y fuese el objeto más agradable de sus bromas. Schwarz, con su jovialidad, vitalidad y espíritu comme il faut, que le recordaban a Iván Ilich a él mismo diez años atrás, le irritaba muy particularmente.

«Sí, así es, efectivamente -se dijo-. Lo único que hace falta es ayudar a la naturaleza.» Se acordó de su medicina, se incorporó, la tomó, y se echó de espaldas, atento a la acción benéfica del medicamento y a cómo acababa con el dolor. «Hay que tomarlo a sus horas y evitar influencias perjudiciales; ya me siento algo mejor, mucho mejor» Empezó a palparse el costado sin sentir dolor alguno. «Sí, no lo siento; es verdad, estoy mucho mejor.»  Apagó la luz y se quedó quieto… «El intestino ciego se arregla, se reabsorbe» De pronto sintió el viejo dolor sordo tan conocido, siempre lo mismo, silencioso, serio. Le vino a la boca el desagradable sabor de siempre. El corazón se le oprimió. La cabeza empezó a darle vueltas. «Dios mío, Dios mío! -articuló-. Otra vez, otra vez; y esto no acabará nunca. » Y de súbito la cosa se le apareció en un plano totalmente distinto. «¡El intestino ciego, el riñón! –se dijo-. El asunto no reside en el intestino ciego ni en el riñón, sino en la vida y… la muerte…

…“¿Qué me ocurrirá cuando no exista? No pasará nada. ¿Dónde estaré cuando no exista? ¿La muerte? No, no la quiero” Se puso en pie de un salto, quiso encender la luz, buscó con manos temblorosas, tiró al suelo la vela con el candelabro y de nuevo se dejó caer hacía atrás, sobre la almohada. “¿Para qué? Es lo mismo –se dijo, mirando con los ojos abiertos a la oscuridad-. Sí, la muerte. Y ninguno de ellos lo sabe ni quiere saberlo; no les inspiro lástima. Están cantando (Se oían, lejanos, las voces y los retornelos.) Les da lo mismo. ¡Imbéciles! Yo antes y ellos después; también les llegará la vez. Y se divierten. ¡Animales! La cólera le sofocaba. Le invadió una insoportable sensación de sufrimiento. No podía ser que todos estuvieses condenados siempre a este horroroso miedo. Se levantó.

…Él sonrió mordazmente y dijo que no. Ella se quedó un rato, se acercó y le dio un beso en la frente.

La aborrecía con todas las potencias de su alma en el momento que le besaba y tuvo que hacer un esfuerzo para no rechazarla.

- ¡Adiós! Dios querrá que puedas dormir.

- Sí.

El ejemplo de silogismo que había estudiado en Lógica de Kizevérter: «Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal», le pareció toda su vida correcto con relación a Cayo, pero no con relación a sí mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto le agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presumir una reunión como él lo hacía? 

Cayo era mortal, en efecto, le correspondía morir, pero en lo que a mí se refiere, a Vania, a Iván Ilich, con todos los sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Esto sería demasiado horroroso. » Tal era su estado de ánimo. «Si tuviera que morir como Cayo, lo sabría me lo diría una voz interior; pero no ha ocurrido nada de eso; todos mis amigos, lo mismo que yo, comprendíamos que lo de Cayo era algo completamente distinto. ¡Y ahora salimos con éstas! –se decía-. No puede ser, no puede ser, pero es. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hay que entenderlo?»

También le construyeron un dispositivo especial para hacer sus necesidades, y cada vez esto representaba para él un suplicio. El suplicio de la suciedad, la inconveniencia y el mal olor, de la conciencia de que otra persona debía hallarse presente y ayudarle.

Pero en este asunto, el más desagradable de todos, Iván Ilich encontró un consuelo. Siempre acudía a ayudarle el criado Guerásim.

El mayor tormento de Iván Ilich era la mentira: la mentira por todos admitida, de que estaba simplemente enfermo, pero no se moría, y de que lo único que necesitaba era permanecer tranquilo y tomar los medicamentos, y así todo iría bien. Él sabía, sin embargo, que, hicieran lo que hiciesen, no resultaría nada más que unos sufrimientos aún más dolorosos y la muerte. Le atormentaba esta mentira, le atormentaba el hecho de que no quisieran reconocer lo que todos sabían y sabía él mismo, sino que quisieran mentirle acerca de su espantosa situación, obligándole a tomar él mismo parte en la mentira.

Era preciso salir de aquella situación pero resultaba imposible. Había que cortar de cualquier modo de silencio. Nadie se decidía y todos se sintieron violentísimos ante la perspectiva de que de pronto se turbase la decorosa mentira y todos viesen claramente lo que estaba ocurriendo. Lisa fue la primera en decidirse a romperlo. Quería disimular lo que todos sentían, pero se le escapó:

-Sin embargo si hay que ir, ya es hora –dijo mirando el reloj, regalo del padre, y mientras dirigía al joven una sonrisa apenas perceptible, pero significativa, cuyo sentido nadie podía conocer, se puso en pie haciendo crujir el vestido.

Todos se levantaron, se despidieron y fuéronse al teatro.

Cuando hubieron salido, Iván Ilich tuvo la sensación de que se sentía mejor: la mentira no estaba allí, se había ido con ellos, pero el dolor había quedado. El dolor de siempre y el miedo de siempre hacían que nada pudiese ser peor ni mejor. Todo era peor.

… Lloraba pensando en su impotencia, en su horrible soledad, en la crueldad de los hombres, en la crueldad de Dios, en la ausencia de Dios.

¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has conducido hasta aquí? ¿Por qué, por qué me atormentas tan espantosamente?...

No esperaba respuesta y, lloraba porque no podía haberla. El dolor se acentuó de nuevo, pero él no se movió, no llamó a nadie. Se decía: “¡Aprieta más, más! Pero ¿por qué? ¿Qué te he hecho? ¿Por qué?

-¿Qué necesitas? -fue el primer concepto claro capaz de ser traducido a palabras que escuchó- ¿Qué necesitas? ¿Qué te hace falta? -se repitió-. No sufrir; vivir –contestó el mismo.

Y de nuevo se entregó por completo a una atención tan tensa, que ni siquiera el dolor era capaz de disipar.

-¿Vivir? ¿Vivir, cómo? -preguntó la voz del alma.

-Sí, vivir como vivía antes: bien y agradablemente.

-¿Como vivías antes?, bien, de manera agradable? -preguntó la voz. Y él empezó a repasar en los mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa extraña, los mejores moentos de su vida agradable le parecían ahora completamente distintos a como entonces los imaginara. Todo, menos los primeros recuerdos de la infancia. Allí, en su infancia, había habido algo realmente agradable que, en caos de volver, podría proporcionar un sentido a la vida. Pero el ser que había experimentado esta sensación agradable ya no existía: era como el recuerdo de otra persona.

«Me deslizaba cuesta abajo y me imaginaba que iba cuesta arriba. Así fue. En la medida en que, en opinión de la gente, iba en ascenso. la vida se escapaba bajo mis pes. Y ahora estoy listo ¡puedo morirme!»

¿Qué quieres ahora? ¿Vivir? ¿Vivir cómo? ¿Vivir cómo? ¿Vivir como ahora vives en la Audiencia, cuando el ujier anuncia: «¡En pie, entra el tribunal!...» «Entra el tribunal, entra el tribunal» repitió, pensando en él ismo. ¡Aquí está el tribunal! «¡Pero yo no tengo la culpa!» exclamó colérico. «¿Por qué? » Y cesó de llorar, se volvió de cara a la pared y se puso a pensar en lo mismo:  «Para qué, por qué todo este horror?»

Más por mucho que pensase, no encontró respuesta. Y cuando le venía a la cabeza, como con frecuencia ocurría, la idea de que todo era debido a que había encauzado mal su vida, rememoraba la rectitud de su vida entera y rechazaba esta extraña idea.

Al día siguiente Praskovya Fyodorovna entró en la habitación del marido pensando en la manera de anunciárselo, pero aquella misma noche Iván Ilich se había sentido peor.  Praskovya Fyodorovna lo encontró en el diván de siempre, pero ya en una nueva posición. Yacía boca arriba, sin cesar de gemir y con la mirada fija.

Empezó a hablarle de medicinas. Él desvió la mirada hacia ella, que no pudo acabar la frase: tar era el recor que aquella mirada expresaba.

-¡Por Cristo te lo pido,  déjame morir tranquilo! -dijo.

Ella quiso retirarse, pero en aquel momento entró la hija, que se acercó a saludarle. La miró lo mismo que había mirado a la madre, y a sus pregunta de cómo se encontraba contestó secamente que no tardaría en librar a todos de su presencia. Ambas callaron, estuvieron unos instantes sentadas y se fueron.

-¿Qué culpa tenemos tú y yo? -dijo Liza a su madre-. ¡Como si lo hibiésemos hecho nosotras! Me da lástima  por papá, ¿pero por qué nos atormenta?

 

 

Estando en las últimas páginas del libro, es evidente que el texto que podríamos añadir pertenecería claramente a su final. Pese a haber dejado aquí tantos fragmentos como para llegar a ofrecen una línea casi completa de la trama… el final pertenece, digamos, a otro “negociado”, y aunque, le anticipemos que sus últimos párrafos son algo sorprendentes y reflejan una reflexión final de Tolstoi, lo sentimos, aquí no podemos revelarlo. 

 

 

 

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