FRAGMENTOS DE LIBROS:  La guerra del fútbol y otros reportajes

 

La guerra del futbol

 

 Ryzard Kapuscinski  (Polonia) 

 Editorial: Anagrama (2008) 

 Traducción: Agata Orzeszek


 

 

 

Reportajes incluidos en este libro:

Hotel Metropol.  Sin techo en Harlem.  Plan del libro que podría empezar en este lugar (o mis peripecias nunca escritas).  Lumumba.  Los presidentes. La ofensiva.  Continuación del plan del libros que podría empezar (etc)La boda y la libertad.  El parlamento de Tanganica debate pensiones alimentarias.  Vamos a ahogar los caballos en sangre.  Argelia se cubre el rostro. Nombramiento de un juez que provoca la caída del gobierno. Barreras de fuego. Nigeria, verano del 66.  Continuación del plan del libro nunca escrito que podría (etc.).  Último aviso para que me ponga a escribir otro libro nunca escrito. La guerra del fútbol.  Victoriano Gómez ante las cámaras de televisión. Continuación del último aviso, es decir, del plan del segundo libro nunca escrito que (etc.). No habrá paraíso. Ogaden, otoño del 76. Continuación del último aviso, es decir, del plan del segundo libro nunca escrito que (etc.).

En esta selección de fragmentos de libros, transcribimos un amplio extracto de “La guerra del fútbol” y el texto completo de “Victoriano Gómez ante las cámaras de televisión”.

 

 

LA GUERRA DEL FÚTBOL

   Luis Suárez dijo que habría guerra, y yo siempre creía a pies juntillas todo lo que él decía. Vivíamos juntos en Ciudad de México, y Luis me daba clases sobre América Latina. Me enseñaba lo que es y cómo comprenderla. Tenía un olfato especial para ver venir los acontecimientos. En su tiempo, predijo certeramente la caída de Goulart en Brasil, la de Bosch en la República Dominicana y la de Jiménez en Venezuela. Mucho antes del regreso de Perón, creía firmemente que el viejo caudillo volvería a ser presidente de Argentina, como también vaticinó la muerte inminente del dictador de Haití, François Duvalier, cuando todo el mundo le auguraba muchos años de vida. Luis sabía moverse por las arenas movedizas de la política de este continente, en las que aficionados como yo cometíamos error tras error y acabábamos hundiéndonos sin remisión.

En esta ocasión, Luis expresó su opinión sobre la guerra que se nos avecinaba, después de doblar el periódico en el que acababa de leer una crónica deportiva dedicada al partido de fútbol que habían jugado las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador. Los dos equipos luchaban por clasificarse para el Mundial que, según lo anunciado, se celebraría en México en 1970.

Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.

Periodico1El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctima de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.

Al día siguiente, Honduras venció al equipo de El Salvador, muerto de sueño, por 1 a 0.

Cuando el delantero centro del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador, una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, que estaba viendo el partido sentada frente al televisor, se levantó de un salto y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola. Se suicidó de un disparo en el corazón. «Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria», publicó al día siguiente el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional marchaba el presidente de la república acompañado de sus ministros. Tras el gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que es misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, les llenaran de vituperios, les escupieran en la cara, los ridiculizaran y vilipendiaran.

Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel para, a continuación, arrojar al interior de las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto, enarbolando los retratos de la heroína nacional, Amelia Bolaños.

Las afueras del estadio estaban tomadas por el ejército. Alrededor del campo mismo, cordones de soldados del regimiento de élite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el homno nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos, que no cesaron hasta la última nota. A continuación, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores, locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que, dadas las circunstancias, los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Solo pensaban en si iban a salir de allí con vida. «Menos mal que hemos perdido este partido», dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.

El Salvador ganó por 3 a 0.

Directamente del campo de fútbol, el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que los habían traído. Pero suerte corrieron sus hinchas, que, golpeados y pateados sin piedad, huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas tuvieron que ser hospitalizadas. Ciento cincuenta coches hondureños fueron incendiados. Pocas horas después, la frontera entre ambos países quedaba cerrada.

Todo esto lo leyó Luis en el periódico y dijo que habría guerra. En sus tiempos había sido un gran reportero y conocía a la perfección el terreno.

En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares solo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: «La derecha militar», dijo, «tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie la importune». En su camino hacia el título de campeón, Brasil ganó a Inglaterra. El diario Jornal dos Sportes, que se publican en Río de Janeiro, explica la causa de la victoria en el artículo titulado «Jesús defiende a Brasil» con estas palabras: «Cada vez que el balón se acercaba a nuestra portería y parecía que nada podría salvarnos del gol, Jesús bajaba un pie de entre las nubes y despedía la pelota fuera del campo». El artículo se publicó acompañado de dibujos que ilustraban ese fenómeno sobre natural.

El que va al campo del fútbol puede perder la vida. Tomemos como ejemplo un partido en el que México pierde con Perú por 1 a 2. Desesperado, un hincha mexicano exclama en tono sarcástico: «¡Viva México!» Instantes después muere masacrado por la multitud. No obstante, también hay veces que estas fuertes emociones acumuladas se descargan de otra forma. Después del partido en el que México ganó a Bélgica por 1 a 0, borracho de tanta felicidad, Augusto Mariaga, alcalde de la cárcel de Chilpancingo (estado de Guerrero), que alberga exclusivamente a presos condenados a cadena perpetua, recorre los pasillos pistola en mano, dispara al aire y, al grito de «¡Viva México!», abre una a una todas las celdas, dejando en libertad a 142 criminales peligrosos. El tribunar absuelve a Mariaga, «porque, según se puede leer en la motivación de la sentencia, actuaba llevado por un arrebato de patriotismo».

- ¿Crees que merece la pena ir a Honduras? –le pregunté a Luis, que en aquella época era redactor de Siempre, un semanario serio e influyente.

- Creo que sí –me contestó-, seguro que pasará algo.

A la mañana siguiente aterricé en Tegucigalpa.

Al anochecer un avión sobrevoló la ciudad y arrojó una bomba…

laopinionpopularimagen: http://www.laopinionpopular.com.ar/noticia/16134-la-guerra-del-futbol-una-historia-de-pelota-y-metralla.html 

 

La guerra del fútbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas.

Las hostilidades cesaron gracias a la intervención de los países de América Latina, si bien la frontera entre Honduras y El Salvador sigue siendo, hasta la fecha, escenario de muchas escaramuzas armadas en el curse de las cuales mueren personas y las aldeas se convierten en cenizas.

La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano (más de 160 personas por kilómetro cuadrado). La gente se agolpa en un espacio tremendamente reducido, máxima cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de catorce poderosos clanes de terratenientes. Incluso se dice que «El Salvador es la propiedad particular de catorce familias». Mil latifundistas poseen exactamente diez veces más extensión de tierra que la que poseen cien mil campesinos juntos. Dos tercios de la población rural no tienen ni un acre. En unas migraciones que se han prolongado durante años, una buena parte de este campesinado ha emigrado a Honduras, donde había grandes extensiones de tierra sin dueño. Honduras (112.000 kilómetros cuadrados) es casi seis veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población dos veces menor (alrededor de dos millones y medio de habitantes). Se trataba de una emigración bajo cuerda, ilegal, pero tolerada por el gobierno de Honduras durante años.

Mapa Hon ElSalLos campesinos de El Salvador se establecían en Honduras, fundaban sus aldeas y llevaban una vida algo mejor que la que dejaban atrás. Su número alcanzó los trescientos mil.

En los años sesenta se manifestaron los primeros síntomas de malestar entre los campesinos hondureños, que reclamaban tierras en propiedad. El gobierno proclamó un decreto de reforma agraria. Al ser un gobierno al servicio la oligarquía terrateniente y ejecutor de la voluntad de Estados Unidos, el decreto no preveía ni la fragmentación de los latifundios ni el reparto de las tierras pertenecientes al trust estadounidense United Fruit, que posee grandes plantaciones bananeras en el territorio de Honduras. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significaba que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su ves, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina.

El gobierno de Honduras insistía y el gobierno de El Salvador se negaba. Las relaciones entre los dos países se volvieron muy tensas. A ambos lados de la frontera, los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos. Mutuamente se tachaban de nazis, enanos, borrachos, sádicos, sabandijas, agresores, ladrones, etc. Organizaban pogromos e incendiaban comercios.

En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de fútbol de Honduras y El Salvador. El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México (ganó El Salvador por 3 a 2). Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, sentándose en medio cinco mil policías mexicanos armados con imponentes porras.

El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países.

El Salvador fue el primero en atacar. Tenía un ejército mucho más fuerte y contaba con una victoria fácil.

La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Es un frontera trazada a ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países.

Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras.

Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés solo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.

                                                                                                    1969

 

 

Victoriano Gómez ante las cámaras de televisión.

El guerrillero Victoriano Gómez murió el 8 de febrero en San Miguel, una pequeña ciudad de El Salvador. Fue fusilado en el estadio, en una soleada tarde. La gente ocupaba las gradas desde la mañana. Después llegaron unidades móviles de la radio y la televisión. Los operadores colocaron sus cámaras. En el césped, junto a la portería, se hallaba un grupo de reporteros gráficos. Estaba preparado todo de tal maneraque daba la impresión de que de un momento a otro iba a dar comienzo un partido de fútbol.

Primero trajeron a su madre. La mujer, prematuramente envejecida y ataviada con ropas modestas, se sentó frente al lugar en el que iba a morir su hijo. Durante unos instantes las gradas se sumieron en silencio. Pero al cabo de breves momentos la gente se puso a hablar, a cambiar impresiones, a comprar helados y refrescos. Los que más bulla metían eran los niños, que, al no caber en las gradas, se encaramaron a los árboles colindantes, desde donde tenían una buena vista del estadio.

Después apareció en el campo un camión militar del que primero bajaron los soldados del pelotón de fusilamiento. Tras de ellos, apareció en el césped Victoriano Gómez. Se apeó de un salto, recorrió con la vista las gradas y dijo en voz alta que pudo oírlo mucha gente:

- Soy inocente, amigos.

El ruido del estadio amainó, aunque no por mucho tiempo, pues enseguida se oyeron unos silbidos procedentes del palco de honor que ocupaban dignatarios locales.

Las cámaras se pusieron en marcha; la retransmisión había empezado. Aquel día en El Salvador, todo el mundo pudo ver por televisión la ejecución de Victoriano Gómez.

Primero Victoriano se colocó frente a las gradas, junto a la pista. Pero los operadores lo conminaron a gritos para que se situase en el centro del estadio: buscaban mejor iluminación para así obtener mejores tomas. Él comprendió sus intenciones; obedeció, retrocedió hacia el centro del campo y allí –alto, moreno, veinticuatroañero- se puso en posición de firmes. Ahora desde las gradas sólo se veía una pequeña silueta, que era de lo que se trataba: a esa distancia, la muerte perdía su peso, su tangibilidad, su concreción; dejaba de ser muerte para convertirse en el espectáculo de la muerte. Tan solo los cámaras poseían el primer plano, ofrecían el rostro de Victoriano llenando la pantalla, gracias a lo cual la gente que lo seguía por televisión vio mucho más que la multitud congregada en el estadio.

Los disparos del pelotón de fusilamiento abatieron a Victoriano, y las cámaras mostraron cómo los soldados rodeaban el cuerpo inerte y contaban los orificios de bala. Llegaron a contar trece. El comandante del pelotón movió la cabeza en un gesto de aprobación y enfundó la pistola.

En realidad todo había acabado. Las gradas empezaron a vaciarse. La retransmisión también llegaba a su fin; los presentadores se despedían de los telespectadores. Los soldados se llevaron a Victoriano en el camión. Solo su madre se quedó allí, de pie, un rato más, inmóvil, rodeada por un grupo de curiosos que la contemplaban en silencio.

No sé qué más puedo añadir. Fue el Janosik(1) salvadoreño. Exhortaba a los campesinos a que ocupasen las tierras. Todo El Salvador es propiedad de catorce familias de latifundistas. Un país en el que vive un millón de campesinos sin tierra. Victoriano Gómez preparaba emboscadas a las patrullas de la Guardia Rural, todo un ejército privado al servicio de los terratenientes, reclutado entre los más peligrosos criminales. El terror de todas las aldeas. A esas gentes había declarado la guerra Victoriano.

La policía le dio caza una noche, cuando vino a San Miguel para visitar a su madre. La noticia de su captura fue celebrada por todo lo alto en las haciendas. Se organizaron interminables festejos. El jefe de la policía fue ascendido y felicitado por el mismo presidente.

Victoriano fue condenado a muerte.

El gobierno decidió vender cara esa muerte. Lo guiaban razones didácticas. En El Salvador hay mucho descontento, son muchos los que se rebelan. Los campesinos reclaman tierra, los estudiantes exigen justicia. El poder no podía desperdiciar la ocasión de montar un espectáculo que fuese una lección para la oposición. Así surgió la idea de transmitir la ejecución por televisión. Para todo el mundo, para que todo el mundo viera la muerte en primeros planos. Que la viera toda la nación. Que viera y que le diera que pensar.

Que viera.
Que le diera que pensar.

                                                                                                                      1971

 

(1)         Héroe popular polaco. Como Guillermo Tell y Robin Hood, un bandido que robaba a los ricos para ayudar a los pobres (N.de la T.)

 


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