FRAGMENTOS DE LIBROS:  La Náusea (1931)

LaNáusea

 

 Juan-Paul Sartre  (Francia) 

 Editorial: Seix Barral 

 (Obras Maestra de la Literatura Contemporánea nº 19)

  Traducción: Aurora Bernández

 

 

 Fragmentos:

 

   P12

   - Se lo agradezco, pero creo que he viajado bastante; ahora tengo que volver a Francia.

    A los dos días tomaba el barco para Marsella.

   Si no me equivoco, si todos los signos que se acumulan son precursores de una nueva conmoción en mi vida, bueno, tengo miedo. No es que mi vida sea rica, ni densa, ni preciosa. Pero tengo miedo de lo que va a nacer, de lo que va a apoderarse de mí, y llevarme a no sé dónde. ¿Será necesario una vez más que me vaya, que deje todo lo proyectado, mis investigaciones, mi libro? ¿Me despertaré dentro de algunos meses dentro de algunos años, roto, decepcionado, en medio de nuevas ruinas?

 

 

  P25

    .... Bostezo. Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá su claridad pueda combatir la del día. Pero no: la lámpara forma alrededor de su pie un charco lastimoso. Apago; me levanto. En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme,

Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los demás tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es hermoso o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran hermoso o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.

 

 P29

… Después Madaleine les llevó los naipes, el tapete y las fichas en una escudilla. Son tres o cinco, no sé, me falta valor para mirarles. Tengo un resorte roto: puedo mover los ojos, pero no la cabeza. La cabeza está blanda, elástica; parece puesta justo sobre el cuello; si la muevo se me caerá. A pesar de todo, oigo un aliento corto, y de vez en cuando veo, con el rabillo del ojo, como un relámpago, una cosa colorada, cubierta de pelos blancos. Es una mano.

Cuando la patrona se va a algún recado, su primo la reemplaza en el mostrador. Se llama Adolphe. Al sentarme, comencé a mirarlo, y seguí haciéndolo porque no podía volver la cabeza. Está en mangas de camisa, con tirantes malva; se arremangó hasta encima del codo. Los tirantes apenas se ven sobre la camisa azul; están borrados, hundidos en el azul, pero es una falsa humildad; en realidad no permiten el olvido, me irritan con su terquedad de carneros como si, dirigiéndose al violeta, se hubieran detenido en el camino sin abandonar sus pretensiones. Dan ganas de decirles: «Vamos,volveos violeta, y no se hable más.» Pero no, permanecen en suspenso, obstinados en su esfuerzo inconcluso. A veces el azul que los rodea se desliza sobre ellos y los cubre del todo; me estoy un instante sin verlos. Pero es una ola; pronto el azul palidece por partes y veo reaparecer islotes de un malva vacilante, que se agrandan, se juntan y reconstruyen los tirantes. El primo Adolphe no tiene ojos; sus párpados hinchados y recogidos se abren apenas un poco sobre el blanco. Sonríe con aire dormido; de ven en cuando resopla, gañe y se debate débilmente, como un perro soñando.

Su camisa de algodón azul se destaca gozosamente sobre una pared chocolate. También eso da la Náusea. O más bienes la Náusea. La Náusea está en mí; la siento allí en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo quien está en ella. 

 

 P37-38

… Dos días después del chaparrón, cuando toda la ciudad está mojada bajo el sol e irradia calor húmedo, aún siguen fríos, aún conservan el barro de los charcos. Hasta tienen charcos que nunca se secan, salvo un mes al año, en agosto. 

La Náusea se ha quedado allá, en la luz amarilla. Soy feliz, este frío es tan puro, tan pura la noche; ¿no soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo canal hacia aquella palidez. Ser sólo frío. 

P44

Me arranco de la ventana y recorro el cuarto vacilando, me quedo pegado al espejo, me miro, me asqueo: otra eternidad. Finalmente, escapo de mi imagen y me desplomo sobre la cala. Miro el techo, quisiera dormir. 

Calma. Calma. Ya no siento el deslizamiento, los roces del tiempo. Veo imágenes en el techo. Primero redondeles de luz, luego cruces. Mariposean. Y después de forma otra imagen; ésta en el fondo de mis ojos. Es un animal grande, arrodillado. Veo sus patas delanteras y su albarda. El resto es borroso. Sin embargo, lo reconozco: es un camello que vi en Marruecos, atado a una piedra… 

… Ese sol y ese cielo azul eran un engaño. Es la centésima vez que me dijo atrapar. Mis recuerdos son como las monedas en la bolsa del diablo: cuando uno la abre, sólo encuentra hojas muertas. 

 

 P53

He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que sucede, y trata de vivir su vida como si la contara.

Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero esta metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San PauliErna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: «La tercera noche, al entrar en un baile llamado La Gruta Azul, vi una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodearla mi cuello con sus brazos» Entonces sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.

Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona.

 

StaMaMayorP69 

Pocos gestos; todavía algunos sombrerazos, pero sin amplitud, sin la alegría nerviosa de la mañana. Todos se dejaban ir un poco hacia atrás, con la cabeza levantada, mirando la lejanía, abandonados al viento que los empujaba hinchando sus abrigos. De vez en cuando una risa seca, pronto sofocada, el grito de una madre: JeannotJeannot, ven. Y después, el silencio. Ligero olor a tabaco rubio: son los empleados que fuman. Salammbó, Aicha, cigarrillos de domingo. En algunos rostros más descuidados, creí leer un poco de tristeza; pero no, esas gentes no estaba ni tristes ni alegres, descansaban. Sus ojos muy abiertos y fijo reflejaban pasivamente el mar y el cielo. Dentro de un rato, de regreso, beberían una taza de té en familia, en la mesa del comerdor. Por el momento querían vivir con el mínimo de gasto, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día. Sentían que los minutos se les deslizaban entre los dedos; ¿tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana? Respiraban a pleno pulmón porque el aire del mar vivifica; solo su aliento, regular y profundo como el de las personas dormidas, demostraba que vivían. Yo andaba con tiento, no sabia qué hacer con mi cuerpo duro y fresco, en medio de es multitud trágica en reposo. 

P71

Estoy solo, la mayoría de los paseantes han regresado a sus casas, leen el diario de la noche mientras escuchan la radio. El domingo declinante les ha dejado un gusto a ceniza y piensan ya en el lunes. Pero para mí no hay lunes ni domingo; hay días que se empujan en desorden, y de pronto, relámpagos como éste.

 Nada ha cambiado y, sin embargo, todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la Náusea y, sin embargo, es precisamente lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que yo soy y que estoy aquí; soy yo quien hiende la noche; me siento feliz como un héroe de novela… Hoy ya no espero nada, vuelvo a mi casa, el final de un domingo vacío: ahí está.

Echo a andar. El viento me trae el grito de una sirena. Estoy solo, pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad. En este momento hay navíos resonantes de música en el mar; se encienden luces en todas las ciudades de Europa; nazis y comunistas se tirotean en las calles de Berlín; obreros sin trabajo callejean en Nueva York; mujeres delante del espejo, en habitaciones caldeadas, se ponen cosmético en las pestañas. Yo estoy aquí, en esta calle desierta, y cada tiro que parte de una ventana de Neukölinm cada vómito de sangre de los heridos, cada ademán preciso y menudo de las mujeres que se engalanan, responde a cada uno de mis pasos, a cada latido de mi corazón…

 … La sala está abarrotada. El aire es azul por el humo de los cigarrillos y el vapor que desprenden las ropas húmedas. La cajera está en el mostrador. La conozco bien; es pelirroja como yo; tiene una enfermedad en el vientre. Se pudre dulcemente bajo las faldas, con una sonrisa melancólica, semejante al olor a violetas que exhalan a veces los cuerpos en descomposición…

 

P107

Sobre la entrada del gran salón —o salón Bordurin-Renaudas—, habían colgado, sin duda desde hacía poco, una tela grande desconocida para mí. Estaba firmada por Richard Séverand y se llamaba La muerte del célibe. Era una donación del Estado.

  Desnudo hasta la cintura, el torso un poco verde como corresponde a los muertos, el célibe yacía en una cama deshecha. Las sábanas y colchas en desorden probaban una larga agonía. Sonrío pensando en Fasquelle. Él no estaba solo; lo cuidaba su hija. En la tela, el ama de llaves, de facciones marcadas por el vicio, había abierto ya el cajón de la cómoda, y contaba los escudos. Por una puerta abierta se veía, en la penumbra, un hombre de gorra aguardando con un cigarrillo pegado al labio inferior. Cerca de la pared, un gato indiferente bebía leche. 

  Ese hombre había vivido para sí. Como castigo severo y merecido, nadie había ido a cerrarle los ojos en su lecho de muerte. El cuadro me hacía una última advertencia; aún era tiempo, podía volver sobre mis pasos. Pero si seguía adelante, que supiera esto: en el gran salón donde iba a entrar, había más de ciento cincuenta retratos colgados en las paredes; exceptuando algunos jóvenes arrebatados demasiado pronto a sus familias, y la Madre Superiora de un orfanato, ninguno de los allí representados había muerto célibe, ninguno había muerto sin hijos ni intestado, ninguno sin los últimos sacramentos. En regla, ese día como todos los otros, con Dios y con el mundo, esos hombres habían pasado dulcemente a la muerte, para reclamar la parte de vida eterna a la cual tenían derecho.

   Pues habían tenido derecho a todo: a la vida, al trabajo, a la riqueza, al mando, al respeto y, para terminar, a la inmortalidad.

 

p114

... Regresé a Jean Parrottin.

  Este hombre tenía la simplicidad de una idea. Sólo le quedaban huesos, carne muerta y Derecho Puro. Un verdadero caso de poseso, pensé. Cuando el Derecho se apodera de un hombre, no hay exorcismo que pueda expulsarlo; Jean Parrottin había consagrado toda su vida a pensar en el Derecho, nada más. En lugar del incipiente dolor de cabeza que yo sentía, como siempre que visito un museo, él hubiera sentido en sus sienes el derecho doloroso a que lo cuidaran. Era preciso no hacerle pensar demasiado, no llamar su atención sobre realidades desagradables, sobre su muerte posible, sobre los sufrimientos de los demás. Sin duda, en su lecho de muerte, en la hora en que, desde Sócrates, es de rigor pronunciar algunas palabras rituales, dijo a su mujer, como uno de mis tíos a la suya que lo había velado doce noches: «A ti, Terérèse, no te doy las gracias; no has hecho más que cumplir con tu deber». Cuando un hombre llega a esto, hay que quitarse el sombrero.

Sus ojos, que yo miraba embobado, me despedían. No me fui; estuve resueltamente indiscreto. Sabía, por haber contemplado mucho tiempo en la biblioteca del Escorial cierto retrato de Felipe II, que cuando se mira a la cara un rostro resplandeciente de Derecho, al cabo de un momento ese brillo se apaga y queda un residuo ceniciento; ese residuo era el que me interesaba.

 Parrottin ofrecía una hermosa resistencia. Pero de golpe se apagó su mirada; el cuadro se empañó. ¿Qué quedaba? Ojos ciegos, la boca delgada como una serpiente, muerte y mejillas. Mejillas pálidas y redondeadas, de niño; se desplegaban en la tela. Los empleados de la S.A.B. nunca las habían visto; no se demoraban demasiado en el despacho Parrottin. Al entrar encontraban esa terrible mirada como un muro. Detrás, estaban a cubierto las mejillas, blancas y blandas. ¿Al cabo de cuántos años las había notado su mujer? ¿Dos? ¿Cinco? Me imagino que un día, mientras el marido dormía a su lado y un rayo de luna le acariciaba la nariz, o mientras digería penosamente, a la hora del calor, recostado en un sillón, con los ojos entrecerrados y un charco de sol en la barbilla, se había atrevido a mirarlo de frente: toda esa carne se le apareció sin defensa, abotagada, babosa, vagamente obscena. Sin duda a partir de entonces la señora Parrottin asumió el mando.

 

p127

Yo Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave. Tengo la boca llena de agua espumosa. La trago, se desliza por mi garganta, me acaricia y renace en mi boca. Hay permanentemente en mi boca un charquito de agua blancuzca –discreta- que me roza la lengua. Y ese charco también soy yo. Y la lengua. Y la garganta soy yo.

Veo mi mano que se extiende sobre la mesa. Vive, soy yo. Se abre, los dedos se despliegan y apuntan. Está apoyada sobre el dorso. Me muestra su vientre gordo. Parece un animal boca arriba. Los dedos son las patas. Me divierto haciéndolos mover muy rápidamente, como las patas de un cangrejo caído de espaldas. El cangrejo está muerto, las patas se encogen, se doblan sobre el vientre de mi mano. Veo las uñas, la única cosa mía que no vive. Y de nuevo. Mi mano se vuelve, se extiende boca abajo, me ofrece ahora el dorso. Un dorso plateado, un poco brillante, como un pez, si no fuera por los pelos rojos en el nacimiento de las falanges. Siento mi mano. Yo soy esos dos animales que se agitan en el extremo de mis brazos. Mi mano rasca una de sus patas con la uña de otra pata; siento su peso sobre la mesa, que no es yo. Esta impresión de peso es larga, larga, no termina nunca. No hay razón para que termine. Al final es insoportable… Retiro la mano, la meto en el bolsillo...

 

P138

… ¡Poetas! Si cogiera a uno por las solapas del abrigo, si le dijera «ven en mi ayuda», pensaría «¿Qué es este cangrejo?» y huiría dejándome el abrigo entre las manos.

Les vuelvo la espalda, me apoyo con las dos manos en la balaustrada. El verdadero mar es frío y negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada película verde hecha para engañar a las gentes. Los majaderos que me rodean cayeron en el lazo; solo ven la delgada película; ella prueba la existencia de Dios. ¡Yo veo lo que está debajo! Los barnices se derriten, los brillantes pellejitos aterciopelados, los pellejitos de durazno del buen Dios estallan por todas partes bajo mi mirada, se hienden y entreabren…

…. Apoyo la mano en el asiento, pero la retiro precipitadamente: eso existe. Esta cosa en la cual estoy sentado, en la cual apoyaba mi mano se llama banqueta. Está hecha a propósito para sentarse; alguien tomó cuero, resortes, estopa y se puso a la tarea con la idea de hacer un asiento, y al terminar, esto era lo que había hecho. Lo trajeron aquí, a este coche, y ahora el coche rueda y traquetea con sus cristales temblorosos, y lleva en sus flancos esta cosa roja…

p140

Veo con sorpresa, que saca del bolsillo una libreta de cuero negra. La hojea un instante: muchas páginas en blanco, y de trecho en trecho, algunas líneas trazadas con tinta roja. Se ha puesto muy pálido. Deja la libreta sobre el mantel y apoya su gran mano en la página abierta. Tose turbado:

-A veces se me ocurren… no me atrevo a decir pensamientos Es muy curioso: estoy así, leyendo y de golpe no sé qué pasa, me siento como iluminado. Al principioo no hice caso, después me decidí a comprar una libreta.

Se detiene y me mira: está esperando.

 -¡Ah! ¡Ah! —digo.

 -Señor, estas máximas son, naturalmente, provisionales: mi instrucción no ha terminado aún.

 Toma la libreta en sus manos trémulas; está muy conmovido:

 -Aquí hay, justamente, algo sobre pintura. Sería feliz si usted me permitiera leerlo.

 -Con mucho gusto —digo.

 Lee:

 «Nadie cree ya en lo que el siglo XVIII consideraba verdadero. ¿Por qué hemos de deleitarnos aún con las obras que consideraba bellas?»

 Me mira con aire suplicante:

 -¿Qué cabe pensar de esto, señor? ¿Es quizá un poco paradójico? Creí poder dar a mi idea la forma de una humorada.

 -Bueno… me parece muy interesante.

 -¿Lo ha leído ya en alguna parte?

 -Por supuesto que no.

 -¿De veras, nunca, en ninguna parte? Entonces, señor —dice, entristecido—, es que no es verdad. Si fuera verdad, alguien lo hubiera pensado ya.

 -Espere —le digo—, ahora que lo pienso, creo que he leído algo así.

 Le brillan los ojos: saca el lápiz.

 -¿En qué autor? —me pregunta con tono preciso

 -En… en Renan.

 Está extasiado.

 -¿Tendría usted la bondad de citarme el pasaje exacto? —dice chupando la punta del lápiz.

 -¿Sabe? lo he leído hace mucho tiempo.

 -Oh, no importa, no importa.

 Escribe el nombre de Renan en la libreta, bajo la frase.

 -¡He coincidido con Renan! Escribí el nombre con lápiz —explica con semblante arrebatado— pero esta noche lo repasaré en tinta roja.

 Mira un momento su libreta, arrobado; yo espero que me lea otras máximas. Pero la cierra con cuidado y se la mete en el bolsillo. Sin duda juzga que es bastante felicidad para una sola vez.

 

P198

 Toda mi vida está detrás de mí. La veo entera, veo su forma, veo los lentos movimientos que me han traído hasta aquí. Hay pocas cosas que decir de ella; una partida perdida, eso es todo. Hace tres años que entré en Bouville, solemnemente. Habría perdido la primera vuelta. Quise jugar la segunda y también perdí; perdí la partida. Al mismo tiempo, supe que siempre se pierde. Solo los cerdos creen ganar. Ahora voy a hacer como Anny, me sobreviviré. Comer, dormir. Dormir, comer. Existir lentamente, dulcemente, como esos árboles, como un charco de agua, como el asiento rojo del tranvía... 

 


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