UN BUEN LIBRO PARA LEER:Matadero Cinco o La Cruzada de los niños (1969)

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   SlaughterhouseFive

 

 Kurt Vonnegut. USA

 Editorial     Anagrama. 

 Traducción:  Margarita García de Miró   

 

 

 

Fragmentos:

  

Busqué una historia de destrucción entre las páginas de la Biblia que había en la habitación del motel. Leí: Al tiempo que el sol salía sobre la tierra, llegó Lot a Segor. Entonces, Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde su cielo. Y destruyó estas ciudades y toda la llanura, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo.

Eso es.

Como ya es sabido, ambas ciudades estaban llenas de gente vil. El mundo seguiría mejor sin ellos.

Y desde luego, a la esposa de Lot le dijeron que no mirara hacia atrás, donde habían estado todas esas gentes y sus hogares. Pero ella se volvió para mirar, y eso fue lo que me gustó. ¡Es tan humano!

EstatuaDeSal DaliComo castigo quedó convertida en estatua de sal. Eso es. La gente no debe mirar hacia atrás. Ciertamente, yo no volveré a hacerlo. Ahora que he terminado mi libro de guerra, prometo que el próximo que escriba será divertido.

Porque éste será un fracaso. Y tiene que serlo a la fuerza, ya que está escrito por una estatua de sal, empieza así:

Oíd:

Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo... 

y termina así:

¿Pío-pío-pi?

 

Billy se había detenido en el bosque. Estaba apoyado contra un árbol con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y las aletas de la nariz dilatadas. Parecía un poeta en el Partenón.

Esta fue la primera vez que Billy se alejó del tiempo. Primero su atención empezó a recorrer el arco iris completo de su vida y llegó hasta la muerte, que era una luz violeta. No había nadie ni nada, sólo aquella luz violeta y un zumbido.

Después Billy volvió a sumergirse en la vida retrocediendo hasta el momento antes de nacer, donde todo era luz roja y sonido de burbujas. Luego regresó nuevamente a la vida y se detuvo. Se vio de jovencito, tomando una ducha en compañía de su peludo padre, en el YMCA de Ilium. Olía el cloro de la piscina que había en la sala contigua y oía el ruido de las palancas del trampolín.

El jovencito Billy estaba aterrorizado, porque su padre le había dicho que iba a aprender a nadar por el método de hundirse-o-nadar. Le echaría a las profundidades, le explicaba, y Billy nadaría perfectamente. Aquello sería como una ejecución. Billy se sentía entumecido mientras su padre le llevaba desde las duchas hasta la piscina. Tenía los ojos cerrados. Cuando los abrió se encontró en el fondo de la piscina, oyendo por todas partes una música maravillosa. Perdió el conocimiento, pero la música continuó. Casi no se dio cuenta de que alguien lo rescataba. Y Billy lo lamentó.

 

Los alemanes y el perro estaban llevando a cabo una operación militar que tenía un divertido nombre. Se trataba de una empresa humana que raras veces ha sido descrita detalladamente, la sola mención de cuyo nombre en las noticias o en la historia todavía llena a los entusiastas de la guerra de una especie de satisfacción postcoital. Y, en la imaginación de los apasionados de los combates, su realización era como el indolente juego amoroso que sigue al orgasmo de la victoria. Se trataba de la «Operación Limpieza».

El perro, que tan feroz había parecido en las distancias invernales, no era más que una hembra de pastor alemán. Tenía la cola entre las patas y temblaba ostensiblemente. Los soldados se la habían pedido prestada a un granjero aquella misma mañana. Nunca había estado en la guerra hasta entonces; y por lo tanto no tenía idea de cuál era el juego. Se llamaba «Princesa».

Dos de los soldados alemanes eran muchachos que no llegaban a los veinte años. Los otros dos, en cambio, eran tan viejos que apenas se mantenían en pie y estaban tan desdentados como carpas. Y los cuatro iban equipados de una forma fragmentaria, con armas y ropas pertenecientes a soldados que acababan de morir. Al menos, así lo parecía. Eran granjeros de la misma frontera alemana, no muy lejana de allí.

Su comandante era un cabo de mediana edad, de ojos enrojecidos, huesudo y duro como un buey, que estaba harto de guerra. Había sido herido en cuatro ocasiones y cada vez lo remendaban y lo mandaban de nuevo al frente. Era un buen soldado, siempre dispuesto a desertar o encontrar a alguien a quien rendirse. Y llevaba los pies embutidos en unas doradas botas de caballería que había tomado de un coronel húngaro muerto en el frente ruso. Así fue.

Aquellas botas eran casi lo único que poseía en el mundo. Constituían su verdadero hogar. Una anécdota: en cierta ocasión, un recluta se quedó observando cómo limpiaba y enceraba las botas doradas, entonces el cabo levantó una hacia el recluta y le dijo: «Si miras intensamente, verás a Adán y Eva

Billy Pilgrim no había oído la anécdota. Pero, echado de espaldas sobre el hielo, miró fijamente el barniz de las botas del cabo... y vio a Adán y Eva en sus doradas profundidades. Estaban desnudos. Y parecían tan inocentes, tan vulnerables, tan ansiosos de comportarse decentemente, que Billy los amó inmediatamente.

  

En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a ellos también les ayudaba a vivir. Decía así:

CONCÉDEME, SEÑOR

SERENIDAD PARA ACEPTAR

LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR,

VALOR PARA CAMBIAR

LAS QUE SI PUEDO

Y SABIDURÍA PARA

DISTINGUIR LAS UNAS DE LAS OTRAS 

Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban el pasado, el presente y el futuro.

 

 

Entonces, tras haberse aislado ligeramente del tiempo, vio la última película, primero al revés, de fin a principio, y luego otra vez en sentido normal. Era una película sobre la actuación de los bombarderos americanos durante la Segunda Guerra Mundial y sobre los valientes hombres que los tripulaban. Vista hacia atrás la historia era así: Aviones americanos llenos de agujeros, de hombres heridos y de cadáveres, despegaban de espaldas en un aeródromo de Inglaterra. Al sobrevolar Francia se encontraban con aviones alemanes de combate que volaban hacia atrás, aspirando balas y trozos de metralla de algunos aviones y dotaciones. Lo mismo se repitió con algunos aviones americanos destrozados en tierra, que alzaron el vuelo hacia atrás y se unieron a la formación.

 

La formación volaba de espaldas hacia una ciudad alemana que era presa de las llamas. Cuando llegaron, los bombarderos abrieron sus portillones y merced a un milagroso magnetismo redujeron el fuego, concentrándolo en unos cilindros de acero que aspiraron hasta hacerlos entrar en sus entrañas. Los containers fueron almacenados con todo cuidado en hileras. Pero allí abajo, los alemanes también tenían sus propios inventos milagrosos, consistentes en largos tubos de acero que utilizaron para succionar más balas y trozos de metralla de los aviones y de sus tripulantes. Pero todavía quedaban algunos heridos americanos, y algunos de los aviones estaban en mal estado. A pesar de ello, al sobrevolar Francia aparecieron nuevos aviones alemanes que solucionaron el conflicto. Y todo el mundo estuvo de nuevo sano y salvo. Cuando los bombarderos volvieron a sus bases, los cilindros de acero fueron sacados de sus estuches y devueltos en barcos a los Estados Unidos de América. Allí las fábricas funcionaban de día y de noche extrayendo el peligroso contenido de los recipientes. Lo conmovedor de la escena era que el trabajo lo realizaban, en su mayor parte, mujeres. Los minerales peligrosos eran enviados a especialistas que se encontraban en regiones lejanas. Su tarea consistía en enterrarlos y esconderlos bien para que así no volvieran a hacer daño a nadie. Los pilotos americanos mudaron sus uniformes para convertirse en muchachos que asistían a las escuelas superiores. Y Hitler se transformó en niño, según dedujo Billy Pilgrim. En la película no estaba. Porque Billy extrapolaba. Y se imaginó que todos se volvían niños, que toda la humanidad, sin excepción, conspiraba biológicamente para producir dos criaturas perfectas llamadas Adán y Eva. Billy vio después la película en sentido normal, y cuando acabó ya era tiempo de acudir al patio posterior de su casa para encontrarse con el platillo volante.

 

En el interior de la cámara donde se encontraba Billy había dos mirillas, por cuyas estrechas rendijas se asomaban unos ojos amarillos. Y colgado en la pared, un altavoz. Los tralfamadorianos no tenían cuerdas vocales. Se comunicaban telepáticamente y únicamente podían hablar con él por medio de un computador y de una especie de órgano electrónico que producía todos los sonidos del habla terrestre.

HormigaAmbar−Bien venido a bordo, señor Pilgrim −dijo el altavoz−. ¿Alguna pregunta?

Billy se pasó la lengua por los labios, se quedó pensando un momento y al final preguntó:

− ¿Por qué yo? −Esa es una pregunta muy terrenal, señor Pilgrim. ¿Por qué usted? ¿Por qué nosotros?, podríamos decir. ¿Por qué cualquier cosa? Porque este momento, sencillamente, es. ¿Ha visto usted alguna vez insectos atrapados en ámbar?

−Sí −repuso Billy, que recordó el pisapapeles que tenía en su oficina: era un bloque de ámbar pulido, con tres mariquitas aprisionadas dentro.

−Bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de este momento. No hay ningún porqué.

 

 

La respuesta fue El Evangelio del Espacio, de Kilgore Trout, donde se narraba la historia de un visitante del espacio −por cierto muy parecido a los tralfamadorianos, según la descripción− que había hecho un profundo estudio del Cristianismo para comprender, en lo posible, por qué los cristianos encontraban tan fácil la crueldad. Llegó a la conclusión de que, por lo menos en parte, el problema era debido a un desliz existente en el Nuevo Testamento. El suponía que la intención del Evangelio era enseñar a la gente, entre otras cosas, a ser compasiva, incluso con las personas más bajas y ruines.

Pero lo que el Evangelio enseñaba en realidad era esto:

Antes de matar a alguien, asegúrate de que no está bien relacionado. Así es.

El defecto de las historias de Cristo, decía el visitante del espacio, estaba en que era en realidad el Hijo del Ser más Poderoso del Universo, aunque pareciera un don nadie. Y los lectores así lo veían, de manera que cuando llegaban al momento de la crucifixión pensaban (y Rosewater leyó en voz alta nuevamente) :

¡Esta vez han metido la pata al escoger a ese tío para lincharle!

Y ese pensamiento engendraba otro: Hay que saber escoger a las personas a las que se puede linchar. ¿Quiénes son? Las personas que no están bien relacionadas. Eso es. 

 

La mujer resultaba aburrida, pero su persona era una deliciosa invitación a la procreación. Los hombres que la miraban deseaban al instante cargarla con bebés. Sin embargo, todavía no había tenido ninguno. Hacía uso del control de natalidad.

 

−¿Ha puesto alguna vez un espejo en el suelo y un perro encima de él? −preguntó Trout a Billy.

−No.

−El perro mirará hacia abajo, y de pronto se dará cuenta de que nada existe debajo de sus patas. Creerá que se mantiene en el aire y dará un enorme salto.

−¿De veras?

−Sí. Y ése es el aspecto que tiene usted ahora... Como si de pronto se hubiera dado cuenta de que se mantiene en el aire.

 

 

 

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