UN BUEN LIBRO PARA LEER: LOS ANILLOS DE SATURNO   (1990)

Los Anillos De Saturno (Fragmentos)

                         

 

 W.G. Sebald  (Alemania)

 Editorial. Anagrama 

 Traducción: Carmen Gómez García y Georg Pichter

 

 

 

 

Fragmentos:

P16

           Janine afirmaba que los escrúpulos de Flaubert habían de ser atribuidos al embrutecimiento progresivo e incontenible que había observado y que, según creía, ya se estaba propagando por su propia cabeza. Era, supuestamente dijo una vez, como hundirse en la arena. Es posible que por ese motivo, pensaba Janine, la arena desempeñara un papel tan importante en todas su obras. La arena lo conquistaba todo. Constantemente, según Janine, pasaban ingentes nubes de polvo a través de sus sueños diurnos y nocturnos y, arremolinadas sobre las áridas llanuras del continente africano, corrían hacia el norte, sobre el Mediterráneo y sobre la península Ibérica, hasta que en algún momento, como cenizas de fuego, caían sobre el jardín de las Tullerías, sobre un arrabal de Ruán o sobre un pequeño pueblo de Normandía, penetrando en los intersticios más diminutos. Flaubert veía en el dobladillo de un vestido de invierno de Emma Bovary, y, según él, cada átomo pesaba tanto como la cordillera del Atlas. A menudo, al finalizar el día, conversábamos sobre la visión del mundo de Flaubert en el despacho de Janine, donde había tal cantidad de apuntes de clase, cartas y escritos de todo tipo, que uno podía imaginarse en medio de un aluvión de papel. Con el paso del tiempo, encima del escritorio, originariamente punto de partida o, lo que es lo mismo, punto de convergencia de la asombrosa proliferación de papel, había surgido un verdadero paisaje con montañas y valles, que, entretanto, como un glaciar cuando alcanza el mar, se rompía por los bordes, formando sobre el suelo en derredor nuevos sedimentos que a su vez se deslizaban imperceptiblemente hacia el centro de la habitación. Ya hacía años, las masas de papel en constante crecimiento habían obligado a Janine a buscar refugio en otras mesas. Éstas, sobre las que sucesivamente habían ido consumándose procesos semejantes de acumulación, representaban, por así decirlo, épocas tardías en el desarrollo del universo papelero de Janine. También la alfombra había desaparecido desde hacía mucho tiempo bajo unas cuantas capas de papel que incluso desde el suelo, al que descendía desde una media altura, había comenzado a escalar paredes, cubiertas hasta el marco superior de la puerta con folios y documentos aislados, sujetos por una esquina con una chincheta y en parte unos sobre otros sin apenas espacio entre sí. Sobre los libros de las estanterías, en todo lugar donde fuera posible, había montañas de papeles, y en todo este papel, a la hora del crepúsculo, se reunía el reflejo de la luz que se disipaba…

ElAngelMelancoliaDurero

En una ocasión cuando le dije que entre sus papeles se parecía al ángel de la Melancolía de Durero resistiendo inmóvil entre los instrumentos de de la destrucción, me contestó que el aparente caos de sus cosas representaba en realidad algo así como un orden perfecto o que aspiraba a la perfección. Y, en efecto, por lo general podía encontrar al instante cualquier cosa que buscara en sus papeles, en sus libros o en su cabeza.

P20

En enero de 1632 (Thomas Browne), durante su estancia en Holanda, y por consiguiente en una época en la que Browne se había enfrascado más que nunca en los secretos del cuerpo humano, en el Waaggebouw de Amsterdan se practicó una autopsia pública en el cuerpo del maleante de la ciudad Adriaan Adiannszoon, alias Aris Kindt, ahorcado pocas horas antes por robo. Peso a no haber documento alguno que lo justifique claramente, es más que probable que Browne no se hubiera sustraído a la notificación de la autopsia y que presenciara el espectacular acontecimiento preservado por Rembrandt en su retrato del gremio de los cirujanos, sobre todo cuando la clase de anatomía del doctor Nicollaas Tulp, que se realizaba anualmente en pleno invierno, era del mayor interés no sólo para un médico principiante, sino que también constituía una fecha significativa en el calendario de la sociedad de aquel tiempo, convencida de estar saliendo de la oscuridad a la luz.             

    Sin duda alguna, en el espectáculo ofrecido ante un público de pago procedente de las clases favorecidas se trataba, por un lado, de una demostración de un intrépido afán investigador de la ciencia moderna, pero, por otro, aunque seguramente habría rechazado esta afirmación con rotundidad, de un ritual arcaico de desmembración de un ser humano, de la mortificación de la carne del malhechor hasta más allá de la muerte que, como antaño, seguía formando parte del registro de los castigos habituales que se inflingían. El solemne carácter que se infiere de la representación de Rembrant del despedazamiento del muerto –los cirujanos lucen sus mejores galas, y el doctor Tulp incluso lleva puesto un sombrero-, así como el hecho de que tras la consumación del procedimiento se celebró un banquete ceremonioso, simbólico en cierto sentido, habla a favor de que en la clase de anatomía de Ámsterdam se trataba de algo más que de un conocimiento más hondo de los órganos internos del ser humano. Cuando hoy en día estamos en el Mauritshuis ante el cuadro de anatomía de Rembrandt, de más de dos metros por uno y medio, nos encontramos justo en el lugar de aquellos que en el Waaggebouw de entonces siguieron el proceso de disección, creyendo ver lo The Anatomy Lessonque ellos vieron: el cuerpo verdoso de Aris Kindt tendido en primer plano, con el cuello partido, el pecho horriblemente abombado hacia fuera y con la rigidez de la muerte. Y sin embargo es cuestionable que alguien viera ese cuerpo, ya que el por aquel tiempo nuevo y próspero arte de la anatomización tenía como una de sus principales misiones la de ocultar el cuerpo culpable. Es significativo que las miradas de los colegas del doctor Tulp no se fijen en ese cuerpo como tal, sino que, casi rozándolo, lo pasen por alto para dirigirse hacia el atlas abierto de anatomía en el que la espantosa corporalidad queda reducida a un diagrama, a un esquema del ser humano, tal como se imaginaba René Descartes, apasionado anatomista amateur, al parecer también presente en el Waaggebouw aquella mañana de enero. Como es sabido, Descartes, en uno de los capítulos principales de la historia de la sumisión, explica que se ha de prescindir de la carne incomprensible y dedicarse a la máquina que ya está esbozada en nuestro interior, a aquello que pueda entenderse en su totalidad, aprovecharse íntegramente para el trabajo y, en caso de defecto, repararse o desecharse. Con el extraño aislamiento del cuerpo expuesto al público se corresponde que la muy alabada aproximación a la realidad del cuadro de Rembrandt resulta no ser más que aparente cuando se observa con mayor exactitud. Esto es, en contrata de toda costumbre, la autopsia que aquí se representa no comienza con la disección del abdomen y con extracción de las vísceras que con mayor celeridad entran en estado de descomposición, sino (y es posible que también esto remita a un acto de penitencia) con la disección de la mano que había incurrido en el delito. Y esta mano tiene una característica peculiar. No sólo es grotescamente desproporcionada en comparación con la que está más próxima a la persona que ve el cuadro, sino que también desde el punto de vista anatómico se halla a la inversa. Los tendones abiertos que, según la posición del pulgar, deberían pertenecer a la palma de la mano izquierda, son del dorso de la derecha. De modo que se trata de un colocación puramente educativa, sacada sin más de una atlas anatómico… Es casi imposible que Rembrandt se equivocara. La ruptura de la composición me parece aún más premeditada, si cabe. La mano informe es la señal de la violencia practicada en Aris Kindt. El artista se equipara con él, con la víctima, y no con el gremio que le había hecho en encargo. Él es el único que no tiene la mirada absorta, cartesiana, es el único que percibe el cuerpo extinguido, verdoso, y ve la sombra en la boca entreabierta y sobre el ojo del muerto.

P26

    Recuerdo claramente cómo mi propia conciencia estuvo cubierta de semejantes velos nebulosos cuando, después de la operación que se me practicó a últimas horas de la tarde, yacía de nuevo en mi habitación del octavo piso del hospital. Bajo la influencia prodigiosa de los sedantes que giraban en mi interior, en la cama de barrotes de hierro me sentía como un viajero en globo que, ingrávido, se deslizaba a través de las montañas de nubes que se amontonaban a su alrededor. De ven en cuando se separaban las telas ondeantes y miraba hacía las anchuras de tonos índigos y sobre el abismo, inextricable y negro, donde presentía la tierra. Arriba, sin embargo, en la cúspide celeste, las estrellas, diminutos puntos dorados, estaban dispersas en el yermo. A través del espacio fragoroso penetraban en mi oído las voces de las dos enfermeras que me tomaban el pulso y que, a veces me humedecían los labios con una pequeña esponja rosácea, sujeta a una varilla, que me recordaba a los caramelos de miel turca, con forma de dado, que antaño podía comprarse en la feria anual. Los seres que pululaban a mi alrededor se llamaban Katy y Lizzie, y creo que pocas veces he sido tan feliz como aquella noche bajo su custodia. No entendía ni una palabra de los asuntos cotidianos de los que hablaban entre ellas. Solamente oía subir y bajar las voces, sonidos naturales como los que articular las gargantas de los pájaros, un sonido acabado de flauta y campanillas, entre música de ángeles y canto de sirenas. Lo único que se me ha grabado en la memoria de todo cuanto Katy dijo a Lizzie y Lizzie a Katy es un fragmento extremadamente singular. Pertenecía al relato de unas vacaciones en la isla de Malta y Katy, o Lizie, afirmaba que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían por la derecha ni por la izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra.  

P30

… por sus leyes; sin embargo, por otra, nuestra atención se fija preferentemente en las criaturas que destacan del resto por su figura insólita o por su comportamiento estrambótico. En consecuencia, ya en Vida Animal, de Brehm, los puestos de honor correspondían al cocodrilo y al canguro, al oso hormiguero, el armadillo, el caballito de mar y al pelícano, y hoy día de lo que aparece en televisión es, por ejemplo, una multitud de pingüinos, inmóvil a lo largo de toda la oscuridad del invierno, en las tormentas de hielo de la Antártica, con el huevo que han puesto en la estación más cálida entre sus patas. Sin ninguna duda, en semejantes programas titulados Neture Watch o Survival, que suelen tenerse por especialmente instuctivos, es mucho más fácil ver un monstruo cualquiera apareándose en los abismos del lago Baikal que un mirlo corriente.

P47

            Cuando aquella tarde de agosto atravesé Somerleyton may junto con la manada de visitantes que se demoraba un poco por aquí y por allá, no pude por menos que pensar en una institución de préstamo. Pero precisamente lo superfluo, pendiente ya en cierta medida del día de la subasta de las cosas acumuladas a lo largo de las generaciones, ha sido lo que ha granjeado mi benevolencia hacia esta posesión integrada, en definitiva, de cosas puramente absurdas. Qué poco acogedor debió de ser Somerleyton en tiempos del gran empresario y diputado parlamentario Morton Peto, pensaba, cuando todo, desde el sótano hasta el tejado, desde la vajilla hasta los retretes, era enteramente nuevo, todo sintonizado entre sí hasta en los detalles más insignificantes, y de un buen gusto sin tregua. Y qué hermosa me parecía ahora la casa señorial aproximándose inapreciablemente al borde de la disolución y a la ruina silenciosa. Pero por otra parte, cuando después de la visita salí de nuevo al aire libre, me deprimió ver en una de las pajareras, en su mayoría abandonadas, una codorniz china que –en evidente estado de demencia- corría una y otra vez, de un lado a otro, junto a la reja lateral de la derecha de su jaula, y siempre, antes de darse la vuelta, agitaba la cabeza como si no comprendiese cómo había llegado a esa situación desesperada.

P64

… a todos les conmuevan los mismos sentimiento inexplicables, cada uno de ellos está completamente solo y no confía más que en sí mismo y en sus pocos aparejos, en su pequeña navaja, por ejemplo, en su termo o en su pequeño transistor, del que escapa un sonido áspero apenas audible, como si las piedras que ruedan hacia atrás con las olas hablaran entre ellas. No creo que estos hombres estén sentados a la orilla del mar durante días y noches enteras para, como afirman, no perderse el momento en que pasen las bacaladillas, suban las platijas o el bacalao nade en dirección hacia la cosa, lo que creo es que sencillamente les gusta demorarse en un lugar en el que tiene el mundo tras de sí y ante ellos nada más que el vacío.

... Sobre los arenques...Arenque

P82

         Mientras dominaba la sensación de mareo que se levantaba en mi interior espirando con calma y dando un paso atrás, me pareció ver que en la orilla se movía algo de un color extraño. Me puse en cuclillas y miré sobre el borde hacia abajo, presa de un pánico repentino. Pensé que era una pareja lo que había ahí abajo, sobre el fondo de la fosa: un hombre estirado sobre el cuerpo de otro ser del que no había nada visible sino las piernas en ángulo, vueltas hacia fuera. Y en la eternidad de una décima de segundo, en la que me atravesó esta imagen, me pareció que un espasmo sacudió los pies del hombre como los de un recién ahorcado. En cualquier caso, ahora estaba quieto, y quieta e inmóvil estaba también la mujer. Deformes, semejantes a un gran molusco de un solo cuerpo, un monstruo marino bicéfalo, polimorfo, empujado desde muy lejos tierra adentro, como el último ejemplar de una especie monstruosa que exhausto aguarda su final respirando exánime por las fosas nasales. Profundamente consternado, me incorporé de nuevo con tanta inseguridad como si me levantara por primera vez y me alejé de aquel lugar que ahora se me antojaba inquietante, descendiendo desde los acantilados por el camino que con suavidad bajaba a la playa, cada vez más ancha hacia el sur.

P97 

Vista de Haarlem con los campos de batán de Jacob Van Ruisdael. OleoHarlem

… Pese a haber venido a La Haya exclusivamente por este cuadro (en el MauritshuisLección de anatomía…) al que aún me dedicaría los años siguientes, en mi estado de trasnochado no lograba en modo alguno concebir ningún tipo de pensamiento frente al sujeto de prosección que yacía bajo las miradas del gremio de los cirujanos. Sin saber exactamente por qué, me sentí tan agredido por la representación que después necesité casi una hora hasta que volví a tranquilizarme delante de la Vista de Haarlem… La llanura que se extiende hasta Haarlem se ve desde lo alto, desde las dunas, como generalmente se suele afirmar; sin embargo la impresión del panorama desde una vista de pájaro es tan poderosa, que estas dunas marinas habrían tenido que ser un verdadero país montañoso cuando no un pequeño macizo escarpado. Van Ruisdael, en realidad, no estuvo pintando sobre dunas, sino en un punto artificial, imaginario, por encima del mundo. Sólo así se podía ver todo al mismo tiempo, el enorme cielo nublado que invade dos tercios del cuadro, la ciudad, la cual, excepto la catedral de San Bavon, que descuella sobre todos los edificios, apenas es más que una especie de deshilachado del horizonte, los oscuros arbustos y los pequeños bosques, la propiedad en primer plano y el campo diáfano en el que se despliegan los lienzos brillantes para que se blanqueen al sol y donde pude contar siete u ocho figuras trabajando, de apenas medio centímetro

P106

     Un tractor se arrastraba trabajosamente, tan recto como si siguiera un tendel, atravesando perpendicular un campo ya cosechado que dividía en una mitad clara y una mitad oscura. Sin embargo en ninguna parte se veía una sola persona. Da igual si se sobrevuela Terranova o el hervidero de luces que se extiende de Boston a Filadelfia al caer la noche, los desiertos de Arabia relumbrantes como nácar, la cuenca del Ruhr o los alrededores de Frankfurt, siempre es como si no hubiera personas, como si únicamente existiese lo que han creado y el lugar donde se ocultan. Se ven los lugares donde vienen y los caminos que los unen, se ve el humo que asciende de sus casas y de sus lugares de producción, se ven lo vehículos en los que se sientan, pero a los propios seres humanos nunca se les ve. Y sin embargo están presentes por doquier sobre la faz de la tieerra, continúan multiplicándose a cada hora, se mueven entre los panales de su torres que se elevan hacia lo alto y en una proporción creciente están presos en redes de una compejidad que supera como mucha la fantasió de cualquier persona, como antiguamente las minas de diamantes de Sudáfrica entre miles de cabestrantes y grúas, o bien como los vestíbulos de oficinas de las bolsas y agencias de la época actual, inmersos en la corriente de información constante que brota a borbotones de todo el globo terráqueo. Cuando nos contemplamos desde tal altura es horrible lo poco que sabemos de nosotros mismos, de nuestra finalidad y de nuestro fin, pensaba para mí mientras dejábamos atrás la costa y volábamos sobre el mar verde gelatinoso.

P109.

    De modo que la Reading Room casi siempre está vacía a excepción de los pocos pescadores o navegantes aún vivos que, sin pronunciar palabra, se sientan en una de las sillas con respaldo y dejan pasar el tiempo. Por las tardes juegan en la parte trasera, de cuando en cuando, una partida de billar. Entonces se percibe el tintineo de las bolas acompañando al murmullo del mar que penetra suave desde fuera, y a veces, cuando está especialmente calmo, se oye cómo uno de los jugadores frota la tiza contra la punta de los tacos y sopla el polvo.

P112.

      … en mi lectura más bien distraída del dominical de Independent, me topé con un largo artículo directamente relacionado con las imágenes de los Balcanes que había estado mirando por la mañana en la Reading Room. El artículo, que trataba de las denominadas limpiezas étnicas que los croatas habían llevado a cabo hace cincuenta años en Bosnia, con el consentimiento de alemanes y austriacos, comenzaba con la descripción de una fotografía sacada por uno de los milicianos de la ustachá croata evidentemente para la posteridad, en la que los camaradas, de un humor excelente y en parte adoptando poses heróicas, cortan la cabeza a un serbio llamado Branco Jungic con un serrucho. Una segunda fotografía, tomada Ustachacomo en broma, muestra el cuerpo ya separado de la cabeza con un cigarrillo entre los labios medio abiertos del último grito de dolor. El lugar de este hecho era Jasenovac, el campamento emplazado junto al Sava en el que setecientos mil hombres, mujeres y niños fueron asesinados con métodos que a los expertos del gran imperio alemán, como se comentaba en un círculo más íntimo, les habrían puesto los pelos de punta. Serruchos y sables, hachas, martillos y correas de piel que se ceñían en el antebrazo con hojas fijas fabricadas en Solingen exclusivamente para cortar cuellos, eran sus instrumentos de ejecución preferidos, además de un tipo de patíbulo transversal en el que, como si fueran cornejas o urracas, ahorcaban en fila a quienes no pertenecían al pueblo croata, ya fueran serbios, judíos, bosnios que habían acorralado. No muy lejos, a no más de quince kilómetros, existían los campos de… donde la milicia croata, con las espaldas cubiertas por las fuerzas armadas alemanas y con la bendición de la Iglesia católica, terminaba su jornada diaria de una forma similar. La historia de la masacre de varios años est´ña documentada en cincuenta mil actas que alemanes y croatas dejaron tras de si… que se conservan en el archivo… que está o estuvo instalado en un antiguo cuartel de imperio austrohúngaro, donde la central de información del grupo E del ejército tenía su cuartel general en 1942… Sin ninguna duda, allí estaban informados de lo que entonces pasaba en los campos de los ustachá asi como de los hechos inauditos que acaecían, por ejemplo, en el transcurso de la campaña de Kozara fue trasladada a Alemania y una vez allí aniquilada en su mayor parte mediante el sistema de trabajos forzados que se hacía extensivo a toda la zona del Reich. De los niños que habían quedado, de una cifra inicial de 23.000, la milicia asesinó inmediatamente a la mitad, la otra fue deportada a Croacia, a diferentes puntos de reunión, y de ellos no fueron pocos los que, antes de que los vagones de ganado alcanzaran la capital croata, perecían de tifus, agotamiento y terror. Muchos de aquellos que todavía seguían vivos destrozaron con los dientes, de pura hambre, la pequeña placa de cartón que llevaban al cuello con sus datos personales, borrando así, en la desesperación más absoluta, su propio nombre. Más tarde fueron educados en el catolicismo en el seno de familias croatas, se les envió a confesar y a tomar la primera comunión. Como todos los demás, aprendieron en la escuela la tabla de multiplicar socialista, eligieron una profesión, y se convirtieron en trabajadores del ferrocarril, vendedoras, constructores de herramientas o libreros. Pero hasta el día de hoy nadie sabe qué clase de sombras merodean en su interior. Por lo demás, en este punto hay que añadir que en aquel tiempo, entre los oficiales del servicio de información del grupo E del ejército, había un joven jurista vienés que era el máximo responsable de redactar los memorandos concernientes a los desplazamientos de la población, que por razones humanitarias habían de ser organizados con la mayor urgencia posible. Por estos trabajo meritorios de escritura le fue otorgada de manos del jefe del Estado croata, Ante Pavelic , la medalla de plata con hojas de roble de la corona del rey Zvonomir. En los años posteriores a la guerra, parece que el oficial, tan prometedor ya al comienzo de la administración, fue ascendido a diversos cargos, entre otros incluso al de secretario general de las Naciones Unidas. En esta última función fue supuestamente él quien, para posibles habitantes extraterrestres del universo, dejó grabado un mensaje de salutación en una cinta magnetofónica que ahora, junto con otros hechos representativos de la humanidad, navega a borde de la sonda espacial Voyager II por el extrarradio de nuestro sistema solar.

(Las indagaciones realizadas por fragmentos de libros, ese "joven jurista vienés" era KURT WALDHEIM (1972-1981). Ex minstro de Exteriores, el austríaco Waldheim (Sankt Andra-Wodern, 1918) puso en práctica numerosas iniciativas de mediación en conflictos como los de Chipre en India-Pakistán. Sus críticas a los bombardeos de Washington a Vietnam del Norte le acarrearon la denuncia pública del entonces presidente estadounidense, Richard Nixon. Durante su mandato los países del Tercer Mundo aumentaron su influencia sobre todo en la Asamblea General. Las revelaciones de su colaboración con los nazis durante la II Guerra Mundial desdibujaron sus logros)

P121

   La sentencia, después de un rápido procedimiento ante el juzgado militar, le condenaba al destierro en Vologda, un lugar abandonado en alguna parte de un paraje desértico más allá de Nizhni Novgorod. Todo Vologda, escribe Apollo Korzeniowski a su primo en el verano de 1863, es un agujero pantanoso aislado cuyas calles y caminos consisten en troncos de árboles tendidos en el suelo. Las casa, y también los palacios de la nobleza de provincias que se construían en tablas pintadas de colores, se erigen sobre postes colocados en medio del lodo. Todo se hunde alrededor, todo se pude y se descompone. Solamente ha dos estaciones, un invierno blanco y un invierno verde. Durante nueve meses desciende el aire glacial desde el Ártico. El termómetro se hunde hasta profundidades inverosímiles. Todo está rodeado de una oscuridad inagotable. En el invierno verde llueve sin inteerrupción. El fango se cuela por las puertas. La rigidez mortal se convierte en un marasmo cruento. En el invierno blanco todo esta muerto, en el invierno verde todo está a punto de morir.

 

CAPÍTULO VII

   Había una oscuridad y un bochorno inusuales cuando al mediodia, después de un descanso en la playa, ascendí hasta la pradera solitaria de Dunwich, situada sobre el mar. La historia de los origenes de esta triste comarca está estrechamente vinculada no sólo a la topografía y a los influjos del clima oceánico, sino también, en una medida mucho más determinante, al progresivo retroceso y destrucción de los espesos bosques que se habían expandido por todas las islas británicas durante siglos, incluso milenios, a partir del último periodo glacial. En Norfolk y Suffolk eran principalmente encinas y olmos los que sobre llanuras y suaves colina, se propagaban entre las hondonadas, en olas ininterrumpidas, hasta la orilla del mar. El desarrollo inverso se inició con la aparición de los primeros pobladores que prendieron fuego a las tierras costeras orientales, pobres en lluvias, donde querían asentarse. Del mismo modo que antaño los bosques habían colonizado el suelo trazando formas irregulares e iban creciendo poco a poco unos junto a otros, penetraban ahora los campos de ceniza en el verde follaje, cada vez más lejos, devorándolo con análoga irregularidad. Cuando hoy en día se sobrevuela la Amazonia o Borneo y se ven las enormes montañas de humo aparentemente inmóviles sobre el techo de la selva, desde lo alto parecido a un fondo suave de musgo, es posible hacerse inmediatamente una idea de las posibles consecuencias de tales incendios, que a veces perduran a lo largo de varios meses. Lo que en la Europa de la prehistoria quedó a salvo del fuego fue talado más adelante para la construcción de casas y barcos así como para la extracción del carbón vegetal que la fundición del hierro precisa en cantidades ingentes. Ya en el siglo XVII, en todo el imperio insular sólo  quedan restos de antiguos bosques, abandonados en su mayoría a su deterioro. Ahora los grandes fuegos se prenden al otro lado del océano. No en vano Brasil, ese país apenas conmensurable, agradece su nombre a la palabra francesa que designa al carbón vegetal. La carbonización de las especies de plantas más altas, la quema incesante de todas las sustancias combustibles, es la fuerza de propulsión de nuestra propagación por la tierra. Desde la primera antorcha hasta los reverberos del siglo XVIII, y desde el brillo de los reverberos hasta el resplandor maliciento de las farolas de arco sobre las autopistas belgas, todo es combustión, y combustión es el principio inherente a cada uno de los objetos que producimos. La confección de un anzuelo, la manufactura de una taza de porcelana y la producción de un programa televisivo se basan, en definitiva, en el mismo proceso de combustión. Las máquinas que hemos inventado tienen, al igual que nuestro cuerpo y nuestra nostalgia, un corazón que se consume con lentitud. Toda la civilización de la humanidad, desde sus comienzos, no ha sido más que un ascua que con el paso de las horas se torna más intensa, y de la que nadie sabe hasta qué punto se va a avivar y cuándo se va a extinguir. Por lo pronto nuestras ciudades continúan propagando fuego en derredor.

P258

    Hacía ya algunos años que el Ministerio de Defensa había cesado las investigaciones secretas, y uno de los hombres sin trabajo que se sentaban junto al muro del puerto me ofreció sin más a llevarme al otro lado por un par de libras y después, cuando hubiese terminado de dar mi paseo y le hiciera señas, traerme de vuelta. Mientras cruzábamos el río en su cúter diésel azul, me contaba que Orfordness se seguía evitando. Incluso los pescadores de la playa que, como es sabido, con lo que más familiarizados están es con la soledad, después de un par de intentos dejaron de echar sus cañas ahí fuera, durante la noche, dicen que porque no merecía la pena, pero la verdad es que era imposible soportar el abandono de este puesto confinado a la nada y que en algunos casos había ocasionado prolongadas melancolías depresivas. En cuanto llegamos al otro lado de la orilla me despedí de mi barquero y, después de haberme encaramado al terraplén, anduve a lo largo de una camino de asfalto parcialmente recubierto de hierba a través de un campo desolorido que se extendía alrededor. Era un día turbio y sofocante, y tan calmo que ni siquiera se movían las espigas de la delgada hierba del páramo. Al cabo de unos pocos minutos ya me parecía estar caminando por un país ignoto, y aún ahora recuerdo que, al mismo tiempo, me sentía completamente liberado e ilimitadamente oprimido. Ni siquiera había un solo pensamiento en mi cabeza. Con cada paso se hacía
Orfordnessmayor el vacío en mí y a mi alrededor, y el silencio más profundo. Supongo que por eso me llevé un susto casi mortal cuando, justo delante, a mis pies, una liebre, que había permanecido oculta entre los matojos junto al borde del camino, echó a correr, primero a lo largo de la carretera desquebrajada, y después de hacer uno, dos regates otra vez hacia el interior del campo. Mientras me estaba acercando, debió de permanecer acurrucada en su guarida, con el corazón latiéndole a toda velocidad, hasta que casi era demasiado tarde para salvar la vida. En el escaso instante en que la parálisis que había hecho presa en ella se transformó en el movimiento pánico de su huída, me transcendió su miedo. Con una claridad sin menoscabo, incluso con una claridad que traspasa mi capacidad de entendimiento, veo todavía lo que sucedió en este momento de sobresalto apenas decidido en una fracción de segundo. Veo el borde del asfalta grisáceo, cada uno de los tallos de hierba, veo cómo la liebre sale de un salto de su escondrijo, con las orejas agachadas y con una cara extrañamente humana, inmóvil por el miedo, descompuesta, de alguna forma y, en sus ojos, dirigidos hacia atrás, casi desorbitados por el terror durante la huida, me veo a mí mismo, fundido en uno con ella. Hasta que no pasó media hora…

Sobre Orfordness... 

P275

            … Corre el año 1795. En los meses de verano acostumbra a visitarle un joven noble francés, huido a Inglaterra de los horrores de la Revolución. La mayoría de las veces charlan de los poemas épicos de Homero, de la aritmética de Newton y de sus sendos viajes a América. De las extensiones que atravesaron y de los bosque con árboles cuyos troncos sobresalían por encima de los pilares de las catedrales más grandes. Y las masas de agua del Niágara precipitándose a las profundidades, lo que suponía un eterno estruendo, cuando no había ningún ser humano apostado a la arilla de las cataratas consciente de su desvalimiento en este mundo. Charlotte, la hija de quince años del rector, escuchaba estas conversaciones con un fervor creciente, en especial cuando el distinguido invitado relataba historias fantásticas en las que aparecían guerreros adornados con plumas y muchachas indias cuya piel oscura mostraba un halo de palidez moral. Incluso un vez, de pura emoción, tuvo que salir corriendo al jardín cuando se estaba contando que el valiente perro de un eremita escoltó a una de esas muchachas, en su alma ya propensa al cristianismo, a través de la selva llena de peligros. Cuando más tarde el narrador le preguntó qué era lo que le había conmovido tanto de su relato. Charlotte explicó que había sido sobre todo la imagen del perro, la manera en que llevando en sus fauces el farol prendido a una estaca había precedido a Atala, la muchacha llena de miedo, iluminando su camino a través de la noche. Siempre era pequeñeces de este tipo las que la conmovían mucho más que pensamientos elevados. Así que estaba seguramente ligado al devenir de los acontecimientos que el vizconde, desterrado de su patria, a los ojos de Charlotte sin duda alguna rodeado de un aura romántica, al cabo de unas semana se hiciera cargo paulatinamente de las tareas de preceptor y de confidente. Era lógico que practicaran el francés, hicieran dictados y conversación. Mas Charlotte también pidió a su amigo que desarrollara planes de estudio más elevados sobre la Edad Antigua, la topografía de Tierra Santa y la literatura italiana. Durante largas horas de la tarde leían juntos Jerusalén liberada de Tasso y la Vida nueva, y no era extraño que el cuello de la joven exhibiera manchas escarlatas y que al vizconde le latiera el corazón hasta el corbatín. El día solía terminar con una hora de música. Cuando ya en el interior de la casa comenzaba levemente a oscurecer, fuera, la luz occidental continuaba iluminando el jardín, Charlotte tocaba esta o aquella pieza de su repertorio y el vizcondeappuyé au bout du piano, la escuchaba en silencio. Era consciente de que mediante el estudio común se acercaban cada día más, intentaba imponerse la mayor contención, estaba convencido de que no se atrevería a recoger el guante del suelo para devolvérselo, y, sin embargo, se sentía irresistiblemente atraído hacia ella. Con alguna consternación, escribe más tarde en sus Memorias de ultratumba, presentía cercano el momento en que habría de retirarme. La cena de despedida fue una ocasión hondamente triste en la que nadie supo decir nada apropiado y en la que a su término, parasorpresa del vizconde, no fue la madre, sino el padre quien se fue con Charlotte a la habitación de al lado, a la drawing room. Pero la madre, apunta el vizconde, quien ahora, en el cometido excepcional que debía desempeñar en menoscabo de todas las normas establecidas, causaba un efecto sumamente seductor, solicitó la mano del vizconde que, por así decirlo, estaba a punto de partir, para su hija, cuyo afecto, decía, ya le pertenecía por completo.Vos ya no tenéis patria, continuó, vuestros bienes se han vendido, vuestros padres ya no viven, qué habría entonces que pudiera haceros retornar a Francia. Quedaos con nosotros y aceptad vuestra herencia como si fuerais nuestro hijo adoptivo.A causa de la intervención evidentemente consentida del reverendo Ivés, el vizconde, que a duras penas era capaz de asimilar la generosidad de la oferta brindada a un emigrante sin medios, se vio abocado a la mayor perturbación interior imaginable. Pues por un lado, escribe, no había nada que anhelase tanto como poder pasar el resto de su vida en el seno de esta familia solitaria, ignorado por el mundo, y por otro había llegado el melodramático momento en que tenía que hacer la declaración de que ya estaba desposado.Bien es cierto que el matrimonio que había contraído en Francia, dispuesto por sus hermanas sin haber tenido en cuenta su parecer, se había quedado en una especie de formalidad, pero eso no cambiaba lo más mínimo la imposibilidad de la situación embarazosa en que había concurrido por sí mismo. Cuando, con los ojos medio cerrados, rehúsa la oferta expuesta por la señora Ives con el grito de desesperación Arrêtez! Je suis marié!, ella cae desmayada, y no le queda más remedio que abandonar en el acto el hogar benefactor con el propósito de no regresar nunca. Más adelante, cuando estaba escribiendo el recuerdo del malhadado día,se pregunta qué es lo que hubiera sucedido de haberse transformado y llevado una vida deg entleman chasseur en el apartado condado inglés. Probablemente nunca hubiera escrito una sola palabra, probablemente hubiera acabado por olvidar incluso mi lengua. ¿Cuánto, se pregunta, habría perdido Francia si yo me hubiese desvanecido de esta forma?Y a fin de cuentas, ¿no hubiese sido una vida mejor? ¿Acaso no es injusto desperdiciar la dicha propia por el ejercicio de un talento? ¿Mis escritos sobrepasarán mi tumba? ¿Habrá cuando menos alguien que pueda entenderlos aun en un mundo radicalmente transformado? El vizconde escribe estas líneas en el año 1822. Ahora es embajador del rey de Francia en la corte de Jorge IV

 

P298

“la correspondencia en hebreo entre Molinea de Sedan y Maria Shurman de Utrecht, las dos mujeres más eruditas del siglo XVII”.

 

P300

Sobre el gusano de seda...

… aquella caña de bambú que servía de bordón de viaje, en cuyo interior, en tiempos de Justiiano, el emperador bizantino, dos monjes persas, que habían permanecido largo tiempo en China para profundizar en los secretos de la sericicultura, atravesaron felizmente las fronteras del imperio trayendo consigo los primeros huevos de los gusanos de seda a Occidente.

… El denominado gusano de seda, Bombyx mori,…

 

 
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