FRAGMENTOS DE LIBROS: EL JARDÍN DE LA PÓLVORA   (2005)

ElJardindelaPolvora

                         Libro nº 13 (1999) del Salón de los Pasos Perdidos

 

 Andrés Trapiello 

 Editorial. Pre-textos 

 

 

 

 

 Fragmentos de libros:

                Nos han convocado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando como tribunal de admisión de candidatos para la Academia de España en Roma.

                Es una sala grande. Tal vez la de Juntas de sus sesiones académicas. Hay una mesa larga y estrecha, con un micrófono delante, y enfrente otra mesa más, presidencial, corta e historiada, con patas tan sólidas como la institución. Los miembros del tribunal, unas veinte personas representantes de las diversas disciplinas artísticas, que van de la restauración de monumentos y arquitectura a la historiografía, la pintura y la literatura, se sientan en la mesa larga y estrecha. La que está enfrente se deja desocupada. Entre ambas han colocado un pupitre, donde se abanquilla al aspirante, que ha de sentirse en verdad como un culpado.

                Han empezado a desfilar los candidatos, previamente seleccionados entre abultados expedientes. Escribo en este papel con el propósito de pasarlo luego al cuaderno. Hago, pues, una vez más, trabajo de corresponsal de guerra. Es este de formar parte de tan alto tribunal una de las atribuciones de los miembros del  patronato de la Academia de España en Roma, adonde uno ha llegado de manera difusa. Un diplomático, amigo de la hermana de M., acordándose de que esa tenía un cuñado que entendía algo de letras, me llamó en el último momento para cubrir la vacante de la persona que en el patronato se ocupa de las becas que llevan del nombre de don Ramón María del Valle-Inclán que fue, como es sabido, director de esa academia nombrado por su amigo don Manuel Azaña, cuando a este, llegada la República, le solicitó empleo público el ilustre manco. Desde hace un tiempo se acordó que a los tradicionales becarios de una academia que lleva funcionando ciento cincuenta años, se sumase una beca literaria. El cargo de patrono no comporta más cargas al Estado ni otras retribuciones que las palmadas preceptivas que, a modo de castañetas, le propinan a uno en la espalda cada vez que el patronato se reúne, cosa que ocurre una o dos veces al año, una de ellas en sesión ordinaria y otra, extraordinaria y maratoniana, en la que se deciden los aspirantes que la nación española enviará a Roma, para que allí ensanchen conocimientos y templen, cual acero, entre las brasas de la Antigüedad, sus ardiente temperamentos artísticos, proporcionándole a la susodicha nación lustre inmarcesible. La jornada se rompe a mediodía, momento en que llevan en triunfal procesión al patronato al completo, desde la calle de Alcalá a un al parecer magnífico comedor de cierto palacio propincuo al de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio de Asuntos Exteriores, de quien la academia depende, con el objeto de obsequiar a tan conspicuos jueces con un muy cuidado y protocolario almuerzo, al que asiste, ya que no el ministro del ramo, ocupado en cosas más importantes, sí alguno de los secretarios de Estado, que, aunque no de manera vinculante, sino con carácter discrecional, irá sumando en las espaldas de los patronos otras dos palmaditas, con el fin de que estos den por bien empleados el tiempo y los esfuerzos que el cometido de sus funciones fuesen dispensando. He dicho.

Nos han convocado a las nueve de la mañana, pues se sabe que el jubileo de los candidatos podrá alargase hasta la puesta del sol. Cuando llegué estaba ya formado el tribunal, y cada cual ocupaba su asiento. Advertí de un vistazo que todos, profesores, músicos, pintores, arquitectos y autoridades políticas, habían venido muy trajeados, con corbata y camisas de cuello duro, pese a que el calor era ya abusivo desde las ocho de la mañana.  Yo estoy ahora muerto de vergüenza, y querría meter los codos por las mangas cortas y tapar mis brazos al aire. Si hubiera venido vestido con una de esas camisas caribeñas floreadas y exuberantes no hubiese llamado menos la atención, porque cuando me lancé al único lugar de la mesa que quedaba libre noté flechándome las miradas reprobatorias de la mitad del tribunal, señores, a quienes les parece una frivolidad eso de venir a un tribunal tan serio de la misma manera que si fuéramos a la playa. Estoy por levantarme, decir, ahora vuelvo, marcharme a casa, cambiarme de ropa, y volver con corbata. Pero el remedio es acaso peor que la enfermedad. Por lo menos una chaqueta… Mi reino por una chaqueta. Pero ¿cómo vamos a aguantar aquí metidos doce horas a cuarenta grados?

Los candidatos, en cambio, parecen que trabajan todos en orquestillas de salsa, salvo cuando son muy modernos, que vienen vestidos de negro existencialista, aunque ninguna se ha puesto una chaqueta ni corbata. Las chicas vienen en cambio muy compuestas y maquilladas, incluso aquellas que en su fuero interno han calculado que para obtener la beca sería mejor pasar por discretas, causándole al jurado una buena impresión de aplicación, decoro y seriedad. Resulta entretenido adivinar las razones por las cuales todos y cada uno de los candidatos se vestido de la manera en que van, con muchos y pequeños indicios que delatan su forma de ser y sus composiciones de lugar. Los hay muy horteras (los más) o con ropas de marca, pero se ve que todos han extremado lo que son de una manera concienzuda, queriendo anunciar lo mejor de sí mismos como si aún viviésemos en la España del Siglo de Oro.

Cierto que algunos de los candidatos han venido también en manga corta, como con manga corta viene la totalidad de las chicas, para las que el problema principal ha sido saber con precisión cuánta cantidad de carne exhibir a un jurado íntegramente compuesto por hombres. Ni siquiera me atrevo a adelantar la cabeza y mirar a uno y otro lado, por si descubro a una mujer sentada entre tantos varones. No me lo ha parecido al entrar. No, no hay ninguna mujer; si la hay su aspecto es enteramente el de una virago, o se habrá mimetizado con el medio.

Van hablando los primeros aspirantes. Escribo en este papel para que mis colegas vean mi aplicación. Quizá, si lo advierten, se tomen mi laboriosidad por celo profesional, y logre hacerme perdonar el hecho de estan en esta sagrada junta de la academia como un tarambana. Es tristísimo sentirse un inadaptado. Querría uno asomarse, siquiera por curiosidad al CAS (Club de las Almendritas Saladas); al fin le franquean la entrada, y lo hace vestido como un macarra. Estoy por escribir en dos trocitos de papel la marca de mi camisa, de mis pantalones y de mis zapatos, incluso de los calzoncillos, y pasarlos a uno y otro lado a la voz de “pásalo” para que los honorables compañeros adviertan que todos ellos, pese a su carácter sportivo e informal, son de las mejores casas del ramo y fueron adquiridos en comercios muy solventes y contrastados de los barrios más respetables.

Retrato del Rey de Álvaro Delgado RamosEnfrente, tras la mesa vacía donde debe sentarse la junta directiva de la academia, y justo encima de los sillonazos de talla frailuna que recuerda la de los confesonarios, hay sendos retratos de Álvaro Delgado, académico de esta casa.  Son dos retratos del rey y de la reina, él parece un vendedor de coches y ella se diría que está en camisón. Son dos castañas de pinturas risibles y dan ganas de traer huevos y tirárselos, no tanto por hacer el surrealista, como por mejorarlos algo, aunque desde un punto de vista práctico, yo los encuentro muy oportunos y deberían difundirse, porque no se encontrarían dos retratos mejores para reclutar adeptos republicanos.

 Comprendo que estoy escribiendo de este modo movido por el resentimiento, por la mala suerte de haber venido vestido como un plebeyo descamisado, y lo del retrato del rey no debería haberlo escrito, pues, sinceramente, nada me gustaría en este momento tanto como tener incluso la chaqueta que él lleva en la pintura.

Yo oigo a los candidatos como el que oye llover. Estaría bien que lloviera aquí dentro, para que refrescara un poco. No atiendo sus exposiciones porque no son del negociado de uno, y supongo que daría igual lo que uno dijera. Entran y se sientan en el pupitre, y empiezan a hablar. En un rincón de esta sala espaciosa se han habilitado dos espaciosas mesas. En una han puesto tazas de café, platos con pastas, vasos de cristal, botellitas de agua y jarras con zumo de un amarillo químico. En la otra mesa hay un rimero con las memorias y documentaciones presentadas por los candidatos. A mí se me va la vista a las pastas, y miro reiteradamente el reloj, para calcular lo que falta todavía para el recreo. En un folio escrito que había en mi sitio, junto a otros en blanco y un bolígrafo, que se han mostrado muy útiles para escribir estas líneas, pues aquí me presenté no solo en manga corta y con un pantalón blanco, sino con las manos en los bolsillo, en ese folio, decía, figura el orden del día, y según éste, para el receso falta aún más de tres horas. Sigo escribiendo.

Hablan los candidatos, los oye uno como el traqueteo de un tren. Son artistas pintores. Las cosas que cuentan son increíbles. Uno de los académicos ha propuesto que para hacernos una idea de lo que dicen, se ponga en circulación la memoria y las fotografías de sus trabajos, presentados con otra documentación. Alguien se levanta y trae a la mesa un rimero de expedientes. Empiezan a circular en uno y otro sentido esos dosieres. Yo aprovecho y pienso que podría meter entre las hojas los papelitos declarando la marca de mi camisa de manga corta. Los cuadro que vemos son todos como para morirse del susto. No se entiende para qué quieren ir a Roma pintando eso, aunque no hay que precipitarse en los juicios, porque tal vez esperen de Roma un milagro como cuando los tullidos, enfermos y tarados van a Lourdes a buscar un arreglo definitivo al dengue, al paralís, al zaratán. Quizá en Roma se curarán de todo la tontería, pero no creo, porque se ve que en ellos esa modernidad que llevan es terminal. Los responsables de darles la beca les hacen a veces algunas pregunta inauditas e improvisadas. A alguno de estos había que mandarlo a Roma o a Lourdes también. Yo sigo, pues, de reportero de mí mismo, en la trinchera.

Como los candidatos son muy modernos y provocadores, a juzgar por sus atuendos y tocados, espera uno al Duchamp de turno, o a Bretón, y que en un movimiento impensado, se saque del pecho un par de cócteles molotov y los arroje contra los retratos del señor Delgado. O que empiece a insultarnos y a llamarnos mierdas académicas y cosas que hoy en día se ponderan mucho en los libros de texto y en los museos de arte contemporáneo. Estaría bonito, es lo que se dice matar dos pájaros de un tiro, se saldarían las cuentas con la monarquía y con el arte, con la modernidad y con la academia. Ninguno de mis apacibles colegas, viéndole a uno tan aplicado, puede pensar que le consume el ardor revolucionario y las ansias de las reparaciones artísticas, espoleadas por las ganas de empezar ya con las pastas, 

- Ahora utilizo materiales nuevos –oigo que está diciendo un bendito, de quien hace un rato desfilaron por delante de nuestros ojos sus delictivas ocurrencias plásticas.

Uno piensa piadoso por dentro que tenía que gritar: “Si le gustan tanto los derribos y los materiales nuevos, mandémosle a hacer carreteras”. Con lo de los materiales nuevos se refiere a que mete pedruscos en unas cajas de madera antiguas, de las que se usaban hace cincuenta años para los repartos de las botellas de cocacola. En las fotografía se veía el anagrama de esa marca, pero en vez de botellas, los pedruscos. Eso me ha despertado una sed rabiosa de cocacola, que no veo en el servicio del bufé. Pensándolo bien, podríamos darle también una beca al camarero, porque ha hecho de esa mesa una verdadera instalación. Las tazas y los vasos están todos bocabajo, para que no los manoseen las moscas, pero él podía decir que la intencionalidad es otra, como el sujeto de la caja de cocacola, y decorarse aduciendo que hay en ella un significado simbólico.

Este aspirante ha salido, y ha entrado otro.

- A mi la pintura le falta una ciudad como Roma –asegura intempestivo, y se calla, como si fuese un argumento definitivo.

Hemos visto las fotos: unos monigotes indignos, como amebas informes y unos como gatos, que parecen muertos o muy desasistidos. Alguien debería responderle que si sólo le hiciese falta Roma, se le podría enviar. Pero nadie dice nada. Cuando sale, y antes de que pase el siguiente, los señores académicos y demás responsables ponderan a este candidato. Hay algo en él que les ha caído en gracia. Dan ganas de correr detrás de él y soplarle al oído que ha causado una gran sensación. Debe de tener algún apoyo que desconozco, porque tres o cuatro se han apresurado a mostrarle su favor, pese a que la porquería que presentaba como obra era exactamente igual a la que presenta el siguiente, que balbucea unas explicaciones que causan una gran compasión. Viéndolo tan débil, uno de los cabrones del tribunal le pregunta a bocajarro. Digo lo de cabrones de una manera artística, sin acritud, que decía Felipe González, por espíritu lúdico, para homenajear a los surrealistas, que hablaban siempre de ese modo, porque por lo demás ese señor académico tiene un aspecto de lo más burgués y honorable. Fue él quien preguntó a un desconcertado pintor:

-¿Para usted qué es el arte?

Creo que si yo hubiese sido el candidato, le habría dicho, eso no me lo pregunta usted en la calle. Habráse visto, un sujeto que acababa de decir que los gatos muertos eran “muy interesantes”. ¿Qué derecho tiene él a preguntar a nadie qué es el arte?

Pero me he contenido, porque ni siquiera he levantado la cabeza para saber quién ha formulado la pregunta. Los que entran y salen no sé si por instinto o porque han circulado entre ellos fotografías del tribunal, saben a quién dirigirse, como si supieran que son ellos los que decidirán su suerte. A los que estamos en el extremo de la mesa ni se molestan en mirarnos.

El desgraciado que ha preguntado ¿qué es el arte? Parecía querer dárselas de Ortega y Gasset, y en vista de la buena acogida que ha tenido una pregunta tan inteligente entre los de su corporación, ha insistido con una pobre chica:

-¿Qué piensa usted del dibujo, de su importancias?

La candidata sabe que tiene un minuto para responder, y que va a depender de lo que diga el que la enviemos o no a Roma. Podía dibujar como Rafael, pero si tartamudeara, lo tendría difícil. Sab, sin embargo, que aquella pregunta y toda esa ceremonia es una humillación continua para ellos y en cierto modo para quienes asistimos a preguntas formuladas por un pobre desgraciado que como académico será una eminencia, pero como pintor, que es por lo que en la academia figura, es una porquería, aunque en su fuero interno se considere con derecho a decidir quién habrá de ocupar las habitaciones que en su día ocupó Eduardo Rosales.

-A mí el arte me ha interesado desde chiquiyiyo –dice otro, convencido de que tal confesión es suficiente mérito para aspirar a una beca.

Este en cambio sí le ha hecho a uno levantar la vista de este folio. Le he observado. Es un tipo entre risueño y triste. Su acento granadino le ha delatado como un hombre con buenas intenciones, Yo a ese le mandaba a Roma sin ponderar ni siquiera su currículum y su trabajo, y digo sin ponderar, porque lo probable es que de ponderarlos, tendría que preguntarle por qué razón si le gusta el arte desde chiquiyiyo, no le ha cundido algo más.

-¿Conoce usted Roma? –pregunta uno de esos tontos solemnes que deben pensar que de la respuesta a esa pregunta podría inferirse algo.

-Oh –responde el candidato con súbita alegría, como si hubiese acertado a responder una pregunta dificilísima-. Es una ciudad fascinante.

-¿Cuánto tiempo estuvo usted en ella? –insiste la autoridad.

- Bueno, en realidad no la conozco –y notamos todos en ese momento algo impreciso de calificar. No sabemos si es alegría o tristeza por no haber estado en Roma, porque vemos que el hombre en un segundo ha tenido que escogen entre decir la verdad o la mentira, como si pensara: “Si digo que sí, pensarán que puesto que ya la conozco, es mejor dejarme aquí, y en cambio si les digo que no, me admitirán, aunque también si digo que no, puede que lo encuentren una falta de interés absoluta, porque hoy en día el viajar a Roma está al alcance de cualquiera, si hay ganas”.

No tienen malicia los pobres. Si me la hubieran hecho a mí, hubiera dicho sin dudar; sí, señores, he vivido en Roma doce años, mi padre er abogado y mi madre sobrina nieta de Pascoli. Y ya verías tú como a los de la mesa se les hubieran quitado las ganas de preguntar más tonterías. Si habrían quedado corridos, y sin más me hubiesen dado la beca. Pero esto pobres chicos, aparte de ser un desastre como artistas, no saben mentir. Quizá sean tan malos en los suyo porque aún no han aprendido a ser buenos filoneístas como ellos, buenos fingidores y cuentistas.

Una de las chicas que ha entrado me ha mirado al  salir de la sala. La verdad es que fue mirando uno a uno a todo el mundo. Yo pensaba, va a abrir la boca, se va a humedecer los labios con la punta de la lengua y va a empezar a moverla con frenesí. Se veía que era una descarriada. Se ha ido lentamente, mirando a los ojos a sus jueces y contoneando las caderas. Su artimaña ha surtido efecto, porque todos la han encontrado muy simpática, y van a darle la beca, acaso con el secreto propósito de volver a encontrarla en Roma, cuando vayan allí por alguna razón.

- Yo busco un dinamismo matriz entre el surrealismo y el realismo –acaba de decir un chico temible, corto de cuello, con unas patillazas de carnicero que asustan y el entrecejo poblado.

Uno de los catedráticos, indiferente a las inconcordancia que acaba de oír, le pregunta:

- ¿Qué es lo que usted quiere transmitir en su obra?

Y el pobre hombre, allá se las ve y se las desea para contar algo convincente.

Pasa el tiempo, pero no muy deprisa. Han transcurrido ya tres horas. No veo el modo de que el reloj avance. Leo para entretenerme la lista de los jurados. Viene, junto a nuestro nombre, el cargo que ocupa cada día cual en la sociedad. Únicamente junto al mío figura lo que sou, escritor; junto al de los demás figura lo que han llegado a ser, académicos, catedráticos, directores generales, secretarios de la academia…

Según tengo entendido, el  año que viene me echarán, aunque parece que esto dura tres años.

No he hecho todavía ninguna pregunta a ninguno de los candidatos. A los pintores yo les hubiera preguntado cosas sencillas, de respuesta inmediata. Una, dígame usted qué clase de pájaros cantan en junio, y, dos, enumere cinco pintores del Trecento. Y los que no pudieran satisfacerlas, a Vallecas, a experimentar con nuevos materiales.

(…)

Llegó y pasó la hora del recreo. Las pastas eran de esas que llevan en el centro una guinda en almíbar, partida por la mitad, como un gran rubí en la corona de un rey godo. Parecía una guinda de atrezo. Los académicos, sobre todo los prostáticos, corrieron en desbandada al cuarto de baño. Los demás nos aliviamos al estirar las piernas, aunque había que refrenarlas un poco, porque se hubieran puesto a correr en dirección al refrigerio.

Yo no conocía más que a dos o tres de mis colegas, a los que saludé, porque al llegar con retraso no había tenido ocasión. Otros que no me conocían se acercaron a hacerlo, cosa que agradecía sinceramente. Ya casi me había olvidado de las mangas de mi camisa, cuando uno, que no conocía de nada, se me acercó y me digo: “oye, creo que has venido, en fin… demasiado ligerito. EL año que viene será mejor que te pongas un traje”.

Tuvo el santo cuajo de decirlo delante de todo el mundo. Se hizo un gran silenciO, y muchos, viendo que me atacaba un golpe de erubescencia y que me ponía colorado hasta las orejas, debieron de sentir por mí grandísima lástima. Yo estaba un poco perplejo, y por poco tiro al suelo la taza, que sostenía hasta es momento con británica flema tratando de hacer pasar inadvertidas mis mangas cortas. Me temblaron las manos y la taza catañueleó un poco el plato. Fueron dos o tres segundos. Comprendía que tenía que improvisar una frase, en cierto modo todos esperaban que sucediera algo, porque lo normal es que si viene un tipo y te arrima una coz entre las piernas, uno haga o diga algo. Pero sabido es que raramente alguien, no siendo ingenioso, acierta con la respuesta adecuada, que o no llega a tiempo, o llega de una manera insuficiente y desdichada. Esbocé una sonrisa que debió de salir como un churro y en vez de decirle que era una indecencia decir a nadie cómo ha de vestir, si no se es un rastacueros, le respondí que era natural que él llevara traje y corbata, porque era un gran catedrático y un académico, y si lo habían llamado a ese jurado había sido por catedrático y académico, pero que si había leído la lista donde venían nuestros nombres, vería que junto al mío solo ponía que era “escritor”, y que los escritores y demás artistas, desde Mick Jagger a Juanito Valderrama, se nos permitía vestir como nos salga de los güevos, ya que los artistas tienen ese salero de pasarse la etiqueta por los mismos cojones también, extravagancia y exotismo que la sociedad agradece en sus artistas, dando algo de colorido a las reuniones que apestan a rancio. Las palabras “cojones” y “güevos”, pronunciadas con inconfundible resentimiento social y contumacia, hicieron castañuelar a su vez a todas las demás tazas de la reunión, incluidas las que aún seguían bocabajo sobe la mesa que se estremeció con la zambra. Dos o tres de los presentes, se lanzaron sobre mí y empezaron a palmearme la espalda con gran camaradería, como si me dieran la bienvenida a un club de mafiosos, tranquilizándome y asegurando que naturalmente yo podía ir como quisiera, y que no era tan importante ponerse de ese modo por el largo de las mangas de una camisa. Entonces me di cuenta de que el que se había ruborizado, pero de ira, era el otro tipejo, que se dio media vuelta y me dejó allí mirándolo con odio.

(…)

Ahora que ya ha pasado todo, me dan ganas de levantarme de la silla, donde seguimos la inquisición, y decirle a ese hombre que mucha mierda de vanguardia, mucho arte nuevo y mucha trasgresión, y al final lo único que le importa es que si en la academia se lleva o no redingote o si uno tiene colgando del pescuezo una corbata, “Sapo cabrón”, que diría Gutiérrez-Solana.

Únicamente queda terminar con esto. Si el tiempo corría lentamente antes del incidente, ahora parece detenido como una losa. Y algo a lo que en un primer momento parecía encontrar cierta gracia, en este momento le pone a uno el semblante sombrío. Los candidatos de la mañana le movían a cierta compasión, y en cambio ahora reacciona uno con resentimiento, y declararía todas las becas desiertas. El tipo que preguntaba por la mañana a un candidato qué significaba el arte tiene unos sesenta años, es pintor y académico, y nunca ha estado en Roma. Sí en cambio, según ha confesado en el almuerzo, alegremente, sin alcanzársele el escándalo, en Nueva York, París, Viena, Londres, Berlín y no sé cuantas ciudades más. “En cambio”, repetía candoroso, “en Roma nunca, ”No ha coincidido”, decía con extrema perplejidad, como si de ese modo quedara explicado un fenómeno que tampoco considera anómalo.

 
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