UN BUEN LIBRO PARA LEER :    Transatlántico (1953) 


Transatlantico0

 

   Witod Gombrowicz (Polonia)

   Editorial Seix Barral 

  
 

  

 

 

 Fragmentos:

 

Caí de rodillas. Después continuó el Ministro: 

- Por eso después del duelo, que concluirá, a Dios gracias, de la mejor manera, agasajaré al comandante Kobryck con una fastuosa comida en la Legación, a la que invitaré también a algunos extranjeros, mostraremos cómo podemos vencer a las potencias infernales. 

El Consejero inscribió en el Acta aquel discurso de su Excelencia el Ministro, y cuando terminó de escribir exclamó presa de entusiasmo.

      -   ¡Excelente idea, Excelentísimo Señor mío, excelente idea!

      Entonces exclamó el Coronel:

      -    La idea de su Ilustrísima Señoría no tiene parangón posible.

      Dijo entonces el ministro:

     -   ¿Así que no os parece nada mala mi idea?

     A lo que respondieron:

     -  ¡Excelente, óptima idea!- Y enseguida la inscribieron en el libro de Actas. Después de haberla inscrito, el Consejero volvió a ser presa de entusiasmo y exclamó:

     -  El enemigo no podrá ya pensar en vencer nuestra Fuerza, nuestro Valor, ya que en todo el mundo no existe un Valor comparable al nuestro. Excelencia ¿por qué no asiste al duelo también su Excelencia? En ese caso sugeriría que invitáramos a los Extranjeros no solo al almuerzo en los salones de la Legación, sino también al Duelo. ¡Que vean al Polaco con la pistola en la mano atacar al enemigo, que lo vea, vive Dios!

Bandera de Polonia     El Ministro y el Coronel gritaron entonces:

    -   ¡Que lo vean! ¡Que lo vean!

    Caí de rodillas.

    Pero su Excelencia el Ministro, después de haber gritado, hizo una meca, guiñó un ojo y bajando la voz le dijo al Consejero en un aparte:

    -  ¡Ah qué pazguato, qué pazguato es usted! ¿Cómo podría yo invitar a un duelo? Un duelo no es una Partida de Caza. Ha dicho usted una tontería ¿Y cómo salir ahora del paso después de haberla inscrito en el Acta?

    El Consejero, con el rostro purpúreo, miró al Ministro con ojos ponzoñosos. Sin embargo dijo en voz baja 

    -   Tal vez podamos borrar… 

    -   ¡Cómo vas a borrar si es el libro de actas! -respondió el Ministro.

    Entonces palidecieron. Los tres se quedaron un rato contemplando el Libro de Actas que yacía sobre la mesa. Yo caí de rodillas. Todos nos rompíamos la cabeza ¿Cómo salir del Paso, qué hacer?

      Hasta que finalmente dijo el Coronel:

-   Lo que ha ocurrido aquí ha sido una tontería, no podemos negarlo, pero yo tengo una manera de allanar el problema. Es verdad, Su Excelencia, que usted no puede presencia el Duelo, así como tampoco llevar a los Invitados a presenciarlo, porque como con tanta exactitud ha dicho Su Excelencia, un Duelo no es una Partida de Caza… Pero se podría precisamente organizar una Cacería con galgos e invitar a los Extranjeros… Y así, mientras ocurre el Duelo, nosotros, con el pretexto de perseguir a las Liebres pasaremos cerca, y así su Excelencia podrá hacer asistir al Duelo a los Extranjeros y nada le impedirá pronunciar una Pieza Oratoria sobre el Honor, la Dignidad y el Valor de un Polaco.

-   Pero, Señores –dijo el Ministro- ¿cómo podríamos organizar una Cacería con galgos si no tenemos Galgos ni tampoco Monturas?

     El Consejero respondió:

-  Los Galgos los podríamos hallar en la empresa del Barón, y en cuanto a los Caballos, también los podríamos obtener de la Academia de Equitación del Barón; él tiene allí bastantes animales.

Dijo el Coronel:

-   ¡Eso es, eso es! En la Empresa del Barón no sólo encontraremos los caballos y los perros, sino también Fustas, Botas y Espuelas. Se podrá organizar una Cabalgata de veinte o treinta caballos. No nos queda otro remedio, Su Excelencia, que aceptar o rechazar este proyecto ya que el Acta está esperando…

 Entonces se agitaron como condenados. Un momento después el Ministro exclamaba.

      -   ¡Por Dios! ¿Os habéis vuelto locos? ¡Pero si no hay liebres! ¿Quién va a darnos las liebres? ¿Os habéis vuelto locos? ¿Cómo salir a cazar liebres aquí en esta gran ciudad (Buenos Aires) donde ni con un cirio encontraríamos una liebre?

      -   Tal es el problema –musitó el Consejero- aquí no hay liebres.

     Yo caí de rodillas.

     -     Cierto es que aquí no se encuentra una liebre ni para uso médico –dijo el Coronel-, pero su Excelencia, Señor, el Acta, el Acta… Debemos encontrar una solución, el Acta, el Acta

    Volvieron a saltar alrededor del Acta como Locos. Yo caí nuevamente de rodillas. El Ministro exclamaba:

    -      ¡Dios mío! ¡Dios mío! Cómo organizar una Cacería de Liebres, y con galgos, mientras estamos en guerra, en guerra!.

    El Consejero gritaba:

    -      ¡El Acta!

    Y el Coronel.

    -      ¡El Acta!

    Su Excelencia, el Ministro, volvió a exclamar.

-   ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo es eso, cómo cazar liebres sin tener las liebres?

     Entonces gritaron:

     -    ¡El Acta!

     Consultaron entre ellos. Era un caso difícil. Se rompieron la cabeza, gimieron (y el Acta los electrizaba), hasta que al fin el Ministro gritó, pálido como un cadáver:

     - ¡Mierda, mierda, al Diablo, organicemos la Cacería, organicémosla, ya que no se puede proceder de otra manera…! ¡Pero cómo voy a invitar a una Cabalgata para cazar liebres cuando no hay libres! No me gusta nada esto, hay algo que no es como se debe, mal pan saldrá de esta harina. Volví a caer de rodillas.

Decidieron, pues, pedirle prestados sus perros y caballos al Barón, y luego con una traílla de galgos pasarían en Cabalgata, con las Damas, por el sitio donde tendría lugar el duelo; como si nada ocurriera, como si pasaran por allí solo casualmente, en persecución de las liebres. Allí después de hacer presenciar el Duelo a las Ilustrísimas Damas y a los Amigos Extranjeros, les mostraría también el Valor, el Honor, la Combatividad inaudita, el Ánimo infinito, la Santa Fe Inexpugnable, la Altísima Santa Potencia y el Santo Milagro de toda nuestra Nación. Caí de rodillas. Una vez decidido aquello e inscrito en el libro de Actas, el Ministro declaró concluida la Sesión, y con las cabezas bajas, todos gritamos al unísono:

     -   Gloria, gloria, honor, honor- Primero lo hizo el Ministro, luego el Coronel y al final el Consejero. Yo caí de rodillas y luego me retiré apresuradamente.

 

   Y el Tenedor de libros lloraba. Volvieron a salir a flote los Gobios y luego el Panecillo masticado… Y de nuevo un golpe de Espuela, de nuevo el dolor y el martirio. Eran cosas como para no creerse, no cabían en la cabeza, sobre todo de día, porque la puerta del sótano estaba cerrada solo con un gancho, y bastaba levantarse, dar dos pasos y salir al calorcito, a la libertad, ¡oh, Dios, Dios! ¿Qué estábamos haciendo, ¡oh Dios, Dios!, si todos queríamos marcharnos… y allá afuera estaba la libertad…? ¡Era algo que no cabía en ninguna cabeza! Hasta que llegó el día que pensé: 

     No es posible esto, todos queremos salir, y yo saldré. Saldré, claro, que saldré.” En efecto, me levanté y me dirigí hacia la puerta, y ellos, sin creer en sus propios ojos, contemplaban mi salida como se contempla una esperanza lejana… Me miraban petrificados… De pronto se movió Pickal; el Barón gritó y le clavó la Espuela; Pickal cayó al suelo entre chillidos y entonces quiso atacarme a mí, pero falló; fue la señorita Zofia quien me introdujo su punzón, y así volvimos a caer todos al suelo, convulsos, con Espuma en la Boca ¿para qué, Dios mío, con qué fin, a beneficio de quién, porqué? 

 

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