UN BUEN LIBRO PARA LEER :   La séptima cruz (1942) 


LaSéptimaCruz

 

 Anna Seghers                    IconoFraLib  ... algo decimos de este libro

  Editorial Alfaguara, 1983

  Traducción de Manuel Olasagasti 

 

   Fragmentos:

 

 P20

      No se divisaba el Rin, porque distaba casi una hora de tren, pero aquellas laderas con sus campos, sus frutales y más abajo sus viñas, el humo de las fábricas, cuyo olor era perceptible a aquella altura, la curva del sudoeste del ferrocarril y de las carreteras, los puntos luminosos en la niebla, el mismo pastor con bufanda de color rojo chillón, una mano apoyada en la cadera y una pierna adelantada, como si no observara ovejas, sino un ejército…, todo aquello anunciaba ya el Rin.

       Este es el paisaje donde, según es fama, los proyectiles de la última guerra desentierran siempre los proyectiles de la anterior. Estas colinas no llegan a montes, Cualquier niño puede trasladarse un domingo a un pueblo de la otra vertiente para tomar café y pastas con sus parientes y estar de regreso al toque vespertino. Pero esta cadena de colinas fue en tiempo la larga frontera del mundo; más allá comenzaba el despoblado, la tierra ignota. A lo largo de estas colinas trazaron los romanos el limes del imperio. Sacrificaron tantas generaciones desde el día en que incendiaran en estas colinas los altares de los celtas consagrados al Sol, libraron tantas batallas, que pudieron hacerse la ilusión de haber acotado definitivamente el mundo habitable. Pero la ciudad que se levanta allá abajo no retuvo en su escudo el águila ni la cruz, sino el disco solar de los celtas, el sol que hace madurar las manzanas de Marnet. Aquí acamparon las legiones, y con ellos todos los dioses del mundo, dioses urbanos y campesinos, el dios de los judíos y el dios de los  cristianos. Astarte e Isis, Mitras y Orfeo. Aquí inició su historia la tierra inhóspita, en ese punto donde Ernst de Schmiedtheim mira a las ovejas, una pierna adelantada, un brazo en la cadera y una punta de su bufanda flotando como si soplara siempre el viento.     

 

Friso

  

 P32

        Fahrenberg, comandante del campo de concentración, quiso pensar que aquella realidad intolerable era puro sueño del que debía despertar cuanto antes, que toda la pesadilla no fue siquiera un mal sueño, sino el recuerdo de un mal sueño. Mucho después de habérsele comunicado la noticia se debatía aún con esta sensación. Tomó todas las medidas necesarias con aparente sangre fría; pero en realidad no las tomó él, Fahrenberg, pues los sueños, por pavorosos que sean, no requieren medidas; fue algún otro el que ls tomó por él para poner remedio a unos sucesos que nunca debían haberse producido.

         Cuando la sirena comenzó a bramar por orden suya, Fahrenberg evitó pisar un cable eléctrico –un obstáculo para los sueños- y fue a asomarse a la ventana. ¿Por qué sonaba la sirena? Desde la ventana no se veía nada: el panorama adecuado para un tiempo inexistente. Pero esa nada tenía un nombre: densa niebla.

   

 P116

         Al hombre esperado, aunque no mucho, un tal Heinrich Kübler, le había conocido por un azar: El azar, cuando se le deja hacer, no es ciego, como suelen decir, sino astuto y con sentido el humor. Hay que abandonarse a él sin reservas. Si intentamos manejarlo, se convierte en chapuza y se le hace culpable sin razón. Cuando se le respeta y se le obedece fielmente, da casi siempre en el blanco, y lo hace con rapidez, directamente y sin rodeos.

         Un día, una amiga de la oficina invitó a Elli a un baile. En seguida le pesó haber ido. Detrás de ella, a un camarero se le cayó un vaso de la mano. Ella se volvió, coincidiendo con este Kübler, que acababa de entrar en la sala. Era un hombre alto, de pelo negro y fuerte dentadura; su vaga semejanza con Georg en la actitud y en la sonrisa fascinó a Elli, por lo que Kübler puso sus ojos en ella y se aproximó, un tanto azorado. Bailaron hasta la madrugada. De cerca no se parecía nada a Georg. Era un joven formal. La invitaban a menudo a bailar y los domingos la llevaba al Taunus. Se besaban y vivían contentos.

  

 P206

       De la cocina de éstos trasciende un olor de asado a la vinagreta. La Eugenie sale al campo llevando una cazuela. Ernst levanta la tapa y los dos miran dentro: Ernst y Nelly (su perra).

       -  Es curioso –dice Ernst a su perra- que un cocido de guisante huela a asado a la vinagreta.

       Eugenie dio media vuelta. Es un término medio entre una prima de los Messer y una ama de llaves.

        En casa se comen también la sobras, amigo.

       -  Pero nosotros, Nelly y yo, no somos cubos de basura.

       La mujer le mira y se ríe.

        No me coja manía, Ernst. En casa hay dos principios. Cuando termine, deje el plato en la ventana de la cocina.

        Vuelve presurosa: no es muy joven, pero su andar es bello y flexible. Y Ernst tenía oído que su pelo fue en tiempo tan negro y brillante como las alas de un mirlo. Era hija de buena familia; quizá hubiera podido casarse con los Messer; pero todo se torció cuando el general Mangin, de la Comisión Interaliada, tuvo la idea el año 1920 de hacer acampar allí dos regimientos. Una nube azul grisácea, que subió de la carretera para distribuirse luego en valles, pueblos y colinas, en un punto o en otro; y una música estridente que perforaba los tímpanos. Extraña chaqueta militar en el colgador del pasillo de la casa, extraño olor en las escaleras del portal, extraño vino que te escancia una extraña mano, extrañas palabras de amor, hasta que el extranjero se te hace familiar y lo familiar se te vuelve extraño.  Cuando al fin, casi ocho años después, la nube azul grisácea se alejó carretera abajo y aquella lancinante música militar dejó de sonar en el aire, aunque siguiera resonando en los oídos. Eugenie se asomó a la ventana de la buhardilla de los Messer. Allí fue acogida después que falleciera el ama de casa a las cinco semanas de caer enferma. Los padres de Eugenie ya habían fallecido; la habían expulsado de su casa. Su hijo francés, el niño de la guarnición, va a la escuela de Kronberg. El padre de la criatura hace tiempo que toma su aperitivo en el boulevard Sebastopol. Nadie habla ya de ese tema. La gente se ha acostumbrado. También Eugenie se ha acostumbrado. Su rostro está pálido, aunque sigue siendo bello. Dijo en una ocasión, en un tono seco, que el azul grisáceo que ella contemplaba no era el ejército de ocupación, sino simple niebla. Des esto hace también muchos años.

         Ernst piensa que Eugenie es un regalo inmerecido para el viejo y gordo Messer.

        «Me gustaría saber si eso de los dos principios lo tenía preparado o lo ha inventado después.»

 

 P286

       De pronto uno, dos, tres bocinazos; todo se relegaron a derecha e izquierda: llegaba el SS motorizado, el primo de Antón Greiner.

        -    Este nos contó anoche una estupidez –dijo Antón-; me preguntó hasta por ti.

       Franz sintió pánico.

        -   A ver si estabas de buen humor; a ver si te reías a tus anchas.

        -   ¿Por qué he de estar de buen humor?

        -   Esto es lo que le pregunté yo también. Estaba medio bebido. Esos medio bebidos se le pegan a uno, son peores que el bebido del todo. Esa moto es suya; ha terminado de pagarla. Dijo que todos ellos estaban en servicio con sus motos para inspeccionar la ciudad. Han acordonado calles enteras.

        -   ¿Por qué?

        -   Por los fugitivos.

        -  Con ese control –dijo Franz- no será difícil encontrar a un individuo.

        -  Eso le dije yo también a mi primo, pero me contestó que el control tenía una pega.

        -  ¿Cuál?

        -  Eso le pregunté yo. Y me dijo que ese control tan espectacular era difícilmente controlable. Por lo demás, se va a casar muy pronto. ¿Sabes con quién?

        -  Antón, tú me pides demasiado; ¿cómo voy a saber yo con quién se casa tu primo? 

 

 P343

      Liesel cortó sus pensamientos. También cesó en sus lágrimas. Tuvo la sensación de que le estaba prohibido seguir pensando. Nada podría ser ya como fue antes. Liesel se concentró en su propia vida. Ella, que nada entendía de la sombra que está más allá de la frontera de la realidad y mucho menos de los extraños acontecimientos que se producen en la linea fronteriza, cuando la realidad está abocada a la nada para no volver o las sombras quieren regresar para hacerse pasar una vez más por la realidad.

        Pero en aquel momento comprendió también Liesel lo que puede ser un mundo ficticio, un Paul de regreso que ya no es Paul, una familia que tampoco puede ser ya familia, una vida en común prolongada durante años que en una noche de octubre, dejó de ser vida por unas palabras de delación pronunciadas en el calabozo de la Gestapo.

         Liesel sacudió la cabeza y se retiró de la ventana. Sentóse en el diván junto a los niños. Al hijo mayor le hizo cambiar las medias sucias por otras limpias que se habían secado en la barra del hogar. Sentó a la niña sobre sus rodillas y le cosió un botón.

 

 P355

       Ella se inclinó sobre él y le dijo en tono de desesperación:

       -   Yo soy la Lotte.

    Franz iba a exclamar: «imposible.» Pero se contuvo a tiempo.

    Ella debió de adivinarle el pensamiento y le miró a los ojos como esperando un signo de reconocimiento, siquiera un pálido reflejo de lo que ella había sido: una chica llena de alegría, de grácil, bruñido cuerpo tostado por el sol, el cabello lustroso y fuerte como la melena de un animal sano.

    Cuando la señora advirtió que Franz empezaba al fin a reconocerla, afloró un atisbo de sonrisa en su rostro, y sólo entonces, en aquel atisbo de sonrisa, llegó él a reconocerla de verdad. Recordó como distribuía la comida en el campamento sobre unas tablas extendidas entre dos troncos de árbol. Cómo volvía de remar en uniforme azul. Cómo se sentaba en la tierra doblando las rodillas. Cómo llevaba la bandera, cansada y sonriente, como copos de nieve sobre el cabello espeso. «Una chica tan bella y valiente, que resultaba como un símbolo, como el mascarón de proa de nuestro barco veloz.» Recordó también cómo se casó muy pronto con un hombre alto, de color pálido, un ferroviario oriundo del Norte de Alemania, que se apellidaba Herbert. Franz nunca más olvidó a pensar en aquel hombre, como no se suele pensar en lo que no ha dejado huella alguna.

    -  ¿Dónde anda metido Herbert?- preguntó, arrepintiéndose acto seguido de la pregunta.

    -  Dónde va a andar. Ahí –señaló con el índice la tierra parda del jardín, donde se veían algunas hojas de nogal y algunas cáscaras de nuez punzantes y secas. El gesto fue tan exacto, tan sereno, que Franz creyó ver a Herbert, al que él perdiera de vista sin buscarle más, presente ante sí, en aquel jardín donde él había recalado al azar, entre las hojas marchitas, las botas altas de los SS y lo SA y las botitas de sus esposas, pues el jardín se fue llevando de gente. Gente de uniforme con sus novias bellas y jóvenes; pero Franz los detestaba a todos.

    -   Siéntate, Lotte- dijo. Encargó sidra para la señora y limonada para la niña.

    -   En eso tuve suerte –recaló Lotte, volviendo al tono seco-. Herbert se había marchado ya a Colonia, donde fue denunciado. También a mí me quisieron llevar. Había ocurrido un accidente en nuestra sección: rotura de tuberías. Yo estuve en el hospital entre la vida y la muerte; del niño, que era aún muy pequeño, se hizo cargo un pariente, que lo llevó consigo al campo. Cuando pude tenerme en pie, el niño había aprendido a andar y Herbert…, bueno, Herbert había muerto. Después no me ha pasado ya nada; estoy para el arrastre.

    -    No tienes que soplar, sino aspirar por la pajita- dijo a la niña, para disculparse a continuación con Franz-. Es la primera vez que toma eso.

   La señora enderezó el gorrito y dijo:

    -    A veces es mejor morir, pero la niña… ¿Puedo dejarles mi niña a esos? No hace falta que me reconvengas, Franz, ni que me consueles. A veces una se siente sola. Entonces piensa: «Vosotros os habéis olvidado de todos».

    -   ¿Quiénes son «vosotros»?

    -  Vosotros, vosotros. Tú también, Franz. ¿No tenías olvidado a Herbert? ¿Crees acaso que no lo he leído en tu rostro? Y si tú ya le olvidas… Así se aprovechan ésos… -y señaló con el hombro la mesa vecina, que estaba ocupada por los SA y sus acompañantes-. No digas que no; tú has olvidado muchas cosas. Ya es malo que uno se insensibilice y olvide el mal que ésos nos hicieron. Pero que olvide lo óptimo en medio de tantas cosas atroces, eso es aún peor. ¿No recuerdas lo unidos que estábamos todos?

    -   Pero yo…, yo no he olvidado nada.

    Franz le tendió la mano antes de lo que hubiera deseado. Con un leve movimiento separó aquellos absurdos rizos y le pasó la mano por el ojo dañado, por toda la cara, que bajo sus dedos se volvió aún más pálida y más fría. Ella bajó los ojos. Así su rostro se asemejó más al de otros tiempos. Sí, Franz pensó que debía volver a acariciarla, y luego curarle la herida; entonces reaparecería el antiguo brillo, la perdida belleza de aquel rostro. Pero retiró la mano prematuramente. Ella le miró con su ojo sano, tan negro en aquel momento que desaparecía la pupila y por eso resultaba demasiado grande. Sacó un espejito, lo apoyó en el vaso y volvió a arreglarse el pelo.

   -    Ver Lotte – le dijo Franz; aún es temprano; ven a hablar un poco con mi familia.

   -    ¿Te casaste, Franz? ¿Vives con tus padres?

   -    Ninguna de las dos cosas; vivo con parientes. Estoy prácticamente solo.

    Caminaron en silencio, carretera arriba, casi una hora. La niña no los estorbaba; iba por delante, llevada del deseo de subir cada vez más alto, pues salía rara vez de Höchst. A los pocos minutos se paraba un poco para ver el espacio recorrido, el campo que se extendía a sus pies y también el cielo. La niña pensaba que subiendo a suficiente altura se vería, en lugar de pueblos y campos, alguna otra cosa completamente distinta, el fin de todo, donde asomarían las nubes y el viento, que era algo asó como la luz amarilla de la tarde, algo que no se podía extender ni recorre. 

Franz divisó la casa de los Mangold. Aún no había cruzado una palabra con Lotte; pero tampoco era necesario hablar, sino un estorbo. Compró para la niña un barquillo en la case de agua de Seltz y para Lotte una tabla de chocolate. Cuando llegaron a la cocina de los Marnet, Auguste quedó con la boca abierta.  Todos miraron desconcertados a Franz, a Lotte y a la niña. Lotte los saludó con gran naturalidad. Se puso inmediatamente a ayudar en la limpieza de la vajilla. De la gran tarta de manzanas, casi tan grande como la mesa, sólo quedaba un trocito duro del borde. Dieron este trocito a la niña y la dejaron ir a contemplar la campiña azul del cuadro de amelos. Volvieron a sentarse todos en la cocina, alrededor de la mesa vacía, recién lavada. Ernst, que contemplaba fijamente a Lotte, aunque no le gustó mucho, llevó a mal que Franz, el apático Franz, tuviera una mujer en la trastienda de su vida. La señora Marnet sacó poco después su botella de licor de ciruelas. Todos los hombres tomaron su copia; de las mujeres, bebieron Lotte y Eugenie.

Manzana

La niña ya había abierto la puerta del jardín para salir al prado. Hizo un alto debajo del primer manzano. Era la hija de Lotte y de Herbert, el asesinado.

La niña miró primero el tronco. Pasó su dedo por las estrías. Luego alzó la cabeza. Las ramas giran y se cimbrean, y taladran con fuerza el aire; y sin embargo, el árbol está quieto. También la niña permanece quieta. Las hojas, que parecen negras desde abajo, se mecen incesantemente, y entre los huecos aparece el cielo vespertino. Un rayo oblicuo de sol penetra en el árbol y da exactamente en algo dorado y redondo.

-    Ahí cuelga una- grita la niña.

Todos se levantan en la cocina, pensando que algún prodigio ha ocurrido. Salen corriendo y todos miran hacia arriba. Luego van por la pértiga de la fruta. Como la niña es aún demasiado débil, le refuerzan la mano que sostiene la pértiga como un lápiz gigantesco. Ya está enganchada, y la manzana cae; buenas tardes, manzana.

-  Puede llevártela- dijo la señora Marnet, muy espléndida. 

   

VOLVER A Fragmentos de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a finales de libros por autores