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Artículo del mes: Septiembre

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FRAGMENTOS DE LIBROS.  EL PENTATEUCO DE ISAAC  (1998)   

ElPentateucoDeIsaac

             (Петокнижие Исааково)

   «Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias»

      Ángel Wagenstein    (Bulgaria)  

          

         Editorial      :   Libros del Asteroide http://www.librosdelasteroide.com/ 

        Traducción  :  Liliana Tabakova 

     

 Fragmentos de libros  

 

PRIMER LIBRO DE ISAAC

O cómo fui a la guerra para conseguir la victoria.

    2

     ... Te decía, pues, que la sinagoga no era así: estaba prohibido tener imágenes y esculturas dentro. Cada cual tenía que imaginarse a Jehová y entablar con él un diálogo tranquilo y sincero, presentándole sus quejas. ¿Acaso has visto a algún judío que no se queje de su destino? El propio Yahvé («El que es») también podía quejarse, pongamos, de que la vida era demasiado cara, de que el pan ya costaba tanto como antes un celemín de trigo y que en los cielos el pienso para los caballos tampoco era de balde. También podía informar de que tenía una hipoteca, porque la Creación la realizó con materiales a crédito, etcétera. Como buen judío que es, Yahvé trataba de agobiar a su contrincante con sus propios pesares, evitando que el otro le pidiera un préstamo. No tiene un pelo de tonto Yahvé, conoce como están las cosas en este mundo desde hace miles y miles de años o quizás más. Lo importante es quejarse, que eso alivia. Pero me ido otra vez por las ramas, lo mismo que Salomón y Aarón, quienes empezaron a quejarse por miedo a que el uno le pidiera dinero prestado al otro, y así, sin darse cuenta, llegaron a Varsovia en vez de a Viena.

DetallePortadaA propósito, parecido es el caso de nuestro gran profeta Moisés, quien al sacarnos de Egipto con la promesa de llevarnos a la tierra prometida de Canaán, le dio conversación a Dios, se pusieron a intercambiar ideas, y nos hizo deambular cuarenta años por el desierto. Es sabido, además, que Moisés era gago, algo que estaba lejos de facilitar el diálogo. Cuentan que una vez,, cuando todavía era un adolescente, el faraón le preguntó si tartamudeaba siempre.

-N-n-no, s-s-s-sólo al hablar.

No sé exactamente sobre qué hablaron, pero sin duda alguna se dedicaron a quejarse el uno al otro. Cuentan también que un ave del desierto sobrevoló a Moisés e hizo, por decirlo así, sus necesidades en su cabeza. Él se tocó y con los dedos embadurnados se quejó con amargura: «¡M-m-mira tí! ¡M-m-mientras que a los á-á-rabes los p-p-pájaros les s-s-suelen cantar!». 

Pero hablábamos de cuando entré a la sinagoga…

- O moriremos juntos -dijo el rabino, que añadió enseguida-: Estoy bromeando, por supuesto. La guerra se está acercando a su fin y pronto llegará la paz. 

- Y, a tu modo de ver, ¿quién va ganar? -pregunté-, ¿Los nuestros o los otros? 

- ¿Cuáles son los nuestros? -dijo pensativo Samuel-. ¿Y cuáles son los otros? Al final da igual quién triunfe, porque la victoria será como una manta corta: si decides abrigarte los pies, queda al descubierto el pecho. Cuanto más dure la guerra, más corta se hará la manta y la victoria no llegará a calentar a nadie. 

- No entiendo bien lo que dices -reconocí, 

- Ya llegará el día en que acabes entendiéndolo. Tanto los vencedores como los vencidos tendrán que pagar los platos rotos. Como dice el profeta Ezequiel: «Los padres comieron las uvas agrias y a los hijos les dio dentera». Te voy a contar una historia sobre el papa y el rabino principal de Roma. 

CaratulaBulgaro2Era increíble nuestro rabino Bendavid: guardaba en las gavetas de su memoria una historia para cada caso. Llamábamos a estas anécdotas, que eran una especie de parábolas sabias, hojmas.

- Acababa de morir el papa y el candidato a sucederlo era gran amigo del rabino de Roma. Así que un día el futuro papa le dijo: «Querido amigo, últimamente he estado consultando los archivos papales de varios siglos atrás y he reparado en que desde siempre se ha ido repitiendo el mismo rito: el nuevo papa ha de recibir una sarta interminable de embajadores y enviados reales de todos los rincones del mundo, que le traen regalos y buenos deseos. Sin embargo, el que aparece el último siempre ha sido el rabino, acompañado por diez venerables ancianos de la sinagoga. Entonces el rabino dice lo que tiene que decir, uno de los ancianos le alcanza un viejo sobre de pergamino amarillento y se lo entrega al papa. Este lo revisa por fuera y lo devuelve al rabino con cierto desprecio. Los judíos hacen una reverencia y se van. Y esto se repite desde que el mundo es mundo y ha de repetirse esta vez también. Dime, mi buen amigo y consejero, ¿qué es lo que contiene el sobre?». 

» -No lo sé -contestó el rabino-. Yo lo heredé de mi antecesor, que en paz descanse; él, del suyo y así desde el principio de los siglos. Pero te juro por Dios que no sé qué es lo que hay en el sobre.

» -Hagamos, entonces, lo siguiente -propaso el futuro pontífice-. Al pasar vosotros,  los judíos,  que  siempre  pasáis  los  últimos,  yo  me retiraré a  la  biblioteca. Uno de mis cardenales te alcanzará y te invitará a mi presencia. Trae el sobre y ¡veamos por fin qué contiene! ¿Qué te parece? A fin de cuentas, las Sagradas Escrituras no dicen nada al respecto. No ha de ser ningún pecado.

» -De acuerdo -accedió el rabino, que tenía fama de librepensador.

»Dicho y hecho. Cuando se quedaron a solas en la biblioteca papal, abrieron el sobre antiquísimo y ¿que creéis que había dentro? 

- ¿Qué? -preguntamos Sara y yo al mismo tiempo. 

- Pues eso: la cuenta pendiente de la Última Cena. ¿Entiendes ahora qué quise decir sobre los platos rotos que tarde o temprano alguien sin falta tiene que pagar? 

Afirme con la cabeza, como si entendiera algo…

 

4

El vagón de tercera se mecía monótonamente. Mi tío Jaimle miraba pensativo por la ventanilla los hilos telegráficos trenzados. Yo dormitaba, echaba una mirada y volvía a dormitar. El compartimento estaba lleno de soldados: unos con muletas, otros con la cabeza vendada. Por lo visto, todos estaban de permiso. Uno de ellos preguntó a mi tío a qué hora llegaríamos a Viena y él, solícito como siempre, quiso sacar su reloj. Lo buscó un momento, luego cayó en que no lo encontraría y me miró de reojo. Yo me hice el dormido. «A eso de las cinco», contestó.

Me acordé de aquel rabino que viajaba en tren a Varsovía. Frente a él estaba sentado otro judío que le preguntó la hora. El rabino lo miró sin decir nada, se arrebujó en su gabardina y se quedó dormido. A la mañana siguiente, poco antes de que el tren llegara a la estación, el rabino dijo:

- Me preguntó usted, joven, por la hora. Son las ocho y veinte, ya estamos llegando.

- Estimado rabí, ¿por qué no quiso usted contestarme anoche?

- El camino es largo, hijo. Sí te hubiera contestado, habrías trabado conversación conmigo. Te informarías de si vivo en Varsovia y apuntarías mis señas. De palabra en palabra, te enterarías de que tengo una hija. Y un buen díaT como si tal cosa, me vendrías a visitar. Finalmente pedirías la mano de mi hija y, créeme, no estoy dispuesto a casarla con un hombre que ni siquiera tiene reloj…

5

KaiserFcoJoseQué quieres que te cuente, hermano, sobre esta ciudad prodigiosa! ¿Con qué podría compararla? Había visto ya otras ciudades, había ido a Truskavez, Strij y Drogobich, pero aquello era como comparar a nuestro guardia pan Woilek con Su Majestad Carlos I o con el gran kaiser Francisco José. ¡Adonde iba a parar!

Seguro que conoces la anécdota de cómo Aarón, de puro distraído, entró a la sinagoga sin su kipá. E1 rabino le regañó y exigió que abandonara enseguida la casa de Dios- Porque entrar en la sinagoga con la cabeza descubierta es como acostarte con la mujer de tu mejor amigo, adujo, ¡Un gran pecado! «¡Anda ya, rabí! ¡Eso también lo he hecho y anda que no hay diferencia!». Lo mismo, más o menos, se puede decir sobre la diferencia entre Víena y Truskavez.

 

7

Un día estábamos sentados en círculo unos diez chicos judíos de nuestra compañía y en el centro, con la Tora en la mano, se encontraba nuestro rabí Samuel Bendavid. Nos reuníamos en un rincón alejado, detrás de la cocina, junto a la misma cerca, donde quedaban dos palmos de césped que nadie pisaba. Al rabino se le veía un poco raro en su uniforme militar. Se diferenciaba de nosotros por la falta de charreteras. En el pecho llevaba la estrella de David, con la que se designaba a los rabinos militares y ésta se consideraba un gran privilegio en el ejército. Todavía no sabíamos que un día el mismo privilegio lo tendríamos casi todos los judíos de Europa, pero esto vendría más tarde, en el luminoso porvenir, como suelen llamarlo los escritores.

Estábamos sentados en el césped, algunos soldados se lavaban en la fuente, resonaban las cacerolas para la sopa,

- ¡Todo es una tontería inmensa! -dijo el rabí Samuel- ¡Tontería de las tonterías! ¡Una soberana tontería! ¿Para qué estoy aquí?, os pregunto. Para ser vuestro guía espiritual, para que podáis, al morir en combate, presentaros sin problema ante nuestro Dios Jehová, santificado sea su nombre. Lo mismo tienen que hacer mis colegas -católicos, adventistas, protestantes, los del Séptimo Día, ortodoxos y musulmanes- por el honor del emperador y la gloria de su respectivo Dios, Pero decidme que sentido tiene, cuando yo se que al otro lado de la trinchera hay un colega mío, un rabino, que se empeña en guiar espiritualmente a nuestros muchachos -pero ¿quién es capaz de aclararme si son nuestros o no lo son?- para que luchen contra vosotros, para que os maten en nombre de su emperador y de Jehova, santificado sea su nombre. Y cuando termine la guerra y los labriegos vuelvan a arrastrar sus arados, en el campo relucirán los huesos, los nuestros Jumáshrevueltos con los «no nuestros», y nadie sabrá en nombre de qué emperador ni de que Dios habréis perecido. Dicen que a estas alturas nuestra querida patria austrohúngara ha dado más de un millón y medio de víctimas. Son un millón y medio de muchachos que no regresarán a sus casas; un millón y medio de madres que no volverán a ver entrar a sus hijos por la puerta; un millón y medio de novias que jamás se acostarán al lado de ellos para concebir y dar a luz en paz y bienestar. Os pregunto: ¿acaso Jehová no ve nada de esto? ¿O se pasa el tiempo dormitando y hurgándose las narices? ¿Es entonces Jehová -santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén- un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales. El rabí cerró con saña el devocionario y añadió:

- Con esto termino la lectura del Jumash, y cerramos el Pentateuco, Sabbat shalom a todos. Amen.

Me pareció, palabra, que los ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca antes en nuestra sinagoga de Kodoletz le había oído pronunciar un sermón con tanta emoción.

 

SEGUNDO LIBRO DE ISAAC

El final de la guerra o cómo me hice polaco. 

1

Yo creía que el final de una guerra se parecía al final del bachillérato: le dan a uno el título y ¡hale!  a arrojar el sombrero al aire, a emborracharse como un cosaco con los compañeros, y después de vomitar en el baño, a tirarse de cabeza al proceloso mar de la vida. Al menos eso creía ya. Resultó que era parecido pero sólo en parte. Uno le da la espalda a la guerra, normalmente con malas notas en historia y geografía y enseguida le inculcan la idea de que tiene que mejorarlas en el próximo conflicto bélico que ya está asomando a la vuelta de la esquina. La esperada tregua está lejos de ser el inicio de una paz duradera. ¡Oh, no! Se trata solo de unas breves vacaciones entre dos alegres y emotivos ejercicios de ensartar a los enemigos por las tripas con las bayonetas, de excavar trincheras, de hacer volar por los aires a personas y objetos; de atacar y contraatacar; de incendiar pueblos ajenas y de ahorcar a espías y desertores, mientras los chicos de la otra clase realizan las mismas hazañas, pero en sentido contrario.

2

… Por esa razón nuestro grupito de judíos estaba sentado en los montones de leña de la cocina, mientras el rabino sostenía la Torá. Esperábamos que leyera el derashá de turno, un fragmento elegido del Pentateuco. Sin embargo, en aquella ocasión Sin embargo, en aquella ocasión Bendavid hizo la exégesis de la historia de las siete vacas escuálidas que engulleron a las siete vacas gordas, pero que se quedaron, sin embargo, igual de flacas; fábula que sin duda es muy aleccionadora pero de la que ya estábamos hasta la coronilla. El rabí pasó directamente a la predicación del sabbat:

I Austrohungaro Paises- Tengo noticias para vosotros. Haré como si leyera la Ley de Moisés y vosotros debéis mantener la calma. Ya no existe Austrohungría, a ver si entendéis lo que quiere decir esto. Este otoño los maestros de escuela no podrán contar con fluidez la historia de nuestro gran imperio, sino que van a tartamudear  cada   vez  que   tengan   que  enseñar  a   los  alumnos   por  dónde exactamente pasan las fronteras entre Hungría y Checoslovaquia, o explicarles la razón secreta o si, de hecho, ha habido razón alguna para que Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Croacia y Montenegro hayan pasado del puñetero imperio de los Habsburgo al de los Karageorgevich. Los maestros rusos de geografía tendrán que perder la costumbre de hablar de Polonia como de «nuestros territorios occidentales». En los países del Báltico van a bajar las banderas de Rusia, porque hasta los propios rusos están embrollados en largas discusiones sobre si su bandera ha de ser roja o tricolor. Los viejos profesores se estrujarán la sesera cuando les pregunten a que estado pertenecen el Tirol meridional, Dobrudzha, Siebenbürgen o Galitzia, o en qué país viven los moldavos y los finlandeses. La historia, cual hábil croupier, ha barajado los naipes y los ha repartido una vez más. Todo empieza de nuevo, se reinicia el juego, las apuestas se han hecho y está por ver quién tiene escondido el as en la manga, a quién le tocará un póquer de damas y a quién un triste siete. Es una ley natural: los fuertes se comen a los débiles, pero su apetito suele ser demasiado grande para su capacidad digestiva, por eso les dan diarreas y ardores que se curan con revoluciones. Estas últimas crean el caos y del caos nacen mundos nuevos; ojalá el mundo de mañana nos salga menos cagado que el de ahora. Así, hasta el próximo reparto de los naipes, o sea, hasta la próxima guerra. Ésta no va a tardar, los dientes del dragón de la revancha ya están sembrados en el fértil sucio de Europa y darán una buena cosecha, creedme. Sabbat shalom, muchachos, ¡idos en paz a vuestras casas!

 

3

Así pues, llegó el día en que se cumplió, por así decirlo, mi siguiente gran sueño histórico. Un nuevo episodio de mi particular idiosincrasia nacional se hizo realidad: ya era ciudadano de Polonia. Te desternillarás de la risa, pero me fui a la guerra como austro húngaro y regresé a casa como polaco. No es que hubiera emigrado a otro estado, ni que me hubiera refugiado en tierras lejanas. No, simplemente regresé a mi viejo y querido Kolodetz, cerca de Drogobich, por el que mimoso y coqueto pasaba el riachuelo de siempre, con la iglesita católica en una orilla y el templo ortodoxo en la otra, con la misma sinagoga blanca y diminuta, que parecía todo menos un santuario de Yahvé, y la invariable cafetería de David Leibowitz, donde Liova WeiGmann mostraba sus trozos de emocionantes películas.
Borscht
Pero todo esto se encontraba ya en la Sacra e Indivisible Tierra de Polonia, Parte Ancestral de la Madre Patria. Perdona que esté abusando de las mayúsculas -sé que esto es como echar demasiado pimentón en el borsch-, pero no dispongo de otro medio para expresar la emoción del momento histórico en que los alemanes nos mandaron por correo certificado al nuevo diligente polaco, Josef Pilsudski, ojalá Jehová lo recoja junto a su rodilla derecha.

Aquí, mi hermano, comienza a dificultárseme la narración. Mi relato perderá sus cabriolas, viñetas y pizzicatos característicos para extenderse como los caminos polvorientos y uniformes de nuestros Precárpatos: un poco para arriba y un poco para abajo, otra vez para arriba y de nuevo para abajo; y así, hasta el horizonte, sin precipicios ni cumbres vertiginosas. Es como cuando el rabí Ben Zwí alquiló un carro para que lo llevara al pueblo vecino. Se puso de acuerdo con el cochero sobre el precio y se pusieron en marcha. En la primera pendiente, el cochero le pidió al rabino que bajara a empujar el coche, porque el caballito era débil y flacucho. Cuando llegaron arriba, el cochero le pidió que sujetara el carro por detrás para que no se despeñara. Ben Zwi estuvo empujando cuesta arriba y sujetando cuesta abajo hasta que llegaron a su destino. Ante la sinagoga el rabino pagó al cochero diciéndole: .«Es obvio  , querido amigo, cuál ha sido el motivo de mi viaje hasta aquí: tengo que predicar en la sinagoga local. Tampoco hay duda de por qué has venido tú: tienes que ganarte el pan. Lo único que no entiendo es por qué tuvimos que traer con nosotros a este pobre rocín»…

   ...

   ... No quiero decir nada malo contra los judíos -¡Dios me guarde!, tú bien sabes que soy uno de ellos-, pero seguro que a ti tampoco se le ha escapado aquella pasión -yo diría incluso obsesión-, con la que se lanzan a hacer preguntas, sin que la respuesta les interese en absoluto, porque la conocen de antemano o por lo menos eso creen. Y pobre de ti si la respuesta no es la que ellos esperan, entonces te envuelven en un alud de argumentos, te aplastan bajo icebergs de pruebas y te rematan, pegándote cual papel en la pared, con alguna cita de la Biblia o de Karl Marx. Por si alguna vez te enfrentas a una situación similar, Le daré el siguiente consejo: sí unos judíos te acosan a preguntas, estúchalos con calma y retírale al cuarto de al lado a fumar un cigarrillo. No notarán tu ausencia, sino que se pelearán entre ellos. Hay otra solución también: concédeles la razón al instante; por nada del mundo cometas el error fatal de contradecirles. Esta salida me parece, quizá, la más sabia. Como cuando le preguntaron a un rabino: «Rabí, ¿cuál es la forma de la tierra?», «Redonda», dijo el rabino. «¿Por qué ha de ser redonda? ¿Lo puedes probar?». «Vale, digamos que es cuadrada. No tengo ningunas ganas de discutir»…

 4

 CaratulaBulgaroSara y yo nos encontramos a la mañana siguiente. Por pura casualidad decidí acompañar a Bendavid a la sinagoga. O fue al revés: el rabí me dijo por causalidad que le acompañara a la sinagoga. Después me propuso distraídamente:

- ¿Por qué no entras a casa a tomar una taza de té?

Levanté los hombros aceptando y entonces la vi: llevaba a un costado la cesta de la colada, iba en chancletas, los pies descalzos, tenía la blusa mojada, arremangada y desabrochada y por allí asomaba un poquitín lo que no se le habría escapado al rey Salomón.

Nos quedamos mirándonos como dos imbéciles mientras el rabino (al menos eso me pareció) disfrutaba con nuestra turbación. Finalmente ella se secó la mano en la falda y me la tendió:

- Hola, ¿qué tal?

- Muy bien, gracias –contesté-. ¿Y tú?

-Bien... Entra, pasa.,.

-Vale -mascullé.

Se me olvidaron las avecitas, las peonías en flor y las alegrías del sabbat. No sé por qué la gente se avergüenza de mostrar ante los demás su atracción por otro ser humano, la atracción natural más tierna y más potente. Se muestran orgullosos o indiferentes y no se les ocurre -sobre todo, si son jóvenes- que Dios ha medido escrupulosamente cada uno de los granos de arena en el reloj de nuestras vidas y que cada segundo de amor desaprovechado se hunde irremisiblemente en la nada, ¡Acaso no se dan cuenta ellos, los jóvenes, de que en la voz del corazón se esconde la gran fuerza de la humanidad, todo el sentido  sublime de la existencia, todas las pirámides, los Homeros y Shakespeares, las Novenas Sinfonías y Rapsodias en Azul, toda la belleza de los versos dedicados a las Sulamit y las Julietas, a las Nefertitís, Mona Lisas y Madonnas!

De modo que estábamos sentados en torno a la mesa en la salita de estar de los Bendavid, sin atrevernos a mirarnos a los ojos. Mientras el buen rabino sirve el té, te voy a mostrar lo que dura exactamente un ciclo bíblico: justo nueve meses y diez días después del momento en que metí la cucharita en la taza, para revolver el azúcar, le hacíamos la circuncisión a nuestro primer hijo, quien a partir de aquel momento llevaría con orgullo el nombre de mi padre: Jacob o Yasha Blumenfeld, Como se suele decir: «Nació un niño y la bendición de Dios descendió sobre la tierra».

MusicosJudios

TERCER LIBRO DE ISAAC

El frente rojo o la realización anticipada del plan quinquenal

 

Perdona que empiece con una hojmá, o sea, una parábola hasídica, que ni siquiera es divertida, pero quizá esforzándote un poco llegues a entender la moraleja. Trata del ciego Iosel, a quien hasta los niños, que tienden a burlarse de todo infeliz, le tenían respeto y le ayudaban a cruzar la talle. Un buen día Iosel, ayudándose con su bastoncito, fue a visitar al rabino y le preguntó:

-Rabí, ¿qué estás haciendo ahora?

-Estoy tomando leche.

-¿Cómo es la leche, rabí?

-Es un líquido blanco.

-¿Qué quiere decir «blanco»?

-Blanco, pues... es el color de los cisnes.

-¿Y qué es un «cisne»?

-Un ave que tiene el cuello curvo.

-¿Qué es «curvo»?

El rabino dobló su brazo por el codo,

-Anda, tiéntalo y sabrás.

El ciego losel palpó atentamente el brazo del rabino y dijo agradecido:

-Gracias, rabí. ¡Ahora ya sé cómo es la leche!

 De este mismo modo también tú, mi querido y paciente lector, no debes dejarte engañar ni por el codo doblado de la mano que escribe estas líneas, ni por mis humildes intentos de explicarte las cosas porque, lo mismo que al ciego losel, te va a ser fácil entender cómo es la leche o cómo era mi nueva patria soviética. Nunca supe si lo que pasaba en nuestro Kolodetz, cerca de Drogobich, se parecía en algo a lo de Tambov o Novosibirsk, y si la noción de «soviético» era la misma en Karakumestas tierras y en el desierto de Karakum. Hasta el día de hoy me molesta cuando un periodista extranjero pasa por Moscú tres días escasos y, según sus convicciones políticas, se dedica a explicarle en tono de experto al mundo ciego e ignorante cómo es la leche, sin darse cuenta de que ha palpado nada más que el codo doblado de Moscú, y que lo bueno puede resultar engañoso, mientras que lo que en apariencia es malo y por eso no tardamos en descartarlo, puede revelarse en realidad como un auténtico bien, que en vano ha sido despreciado. Mucho mas si uno se imagina lo grande que era esta patria mía recién adquirida, en la que a veces para comprar medio kilo de carne le queda a uno más cerca Japón que la ciudad soviética más próxima.

Además, el problema de la carne no proviene sólo de la cercanía de Japón, porque precisamente de aquellas lejanas tierras de Siberia llegó a Kolodetz un ciudadano que preguntó en la carnicería; «¿Me podría pesar medio kilo de carne?». «Por supuesto», le contestaron amablemente, «siempre que nos la traiga».

Por todo lo arriba expuesto, no esperes de mí generalizaciones de gran envergadura. Por un lado no se me dan bien las consideraciones de este tipo - ¿te acuerdas de que el rabino dijo que era un poco lerdo?-, y por otro, no lograba entender mucho de lo que pasaba y por eso sigo devanándome los sesos, a pesar de haber llegado a esta edad venerable. Tampoco esperes de mí que arremeta contra la tercera de mis patrias (a pesar de que últimamente se ha puesto en boga hacerlo). Tampoco he injuriado ni hablado mal de las dos primeras, aunque puede que se me haya escapado alguna que otra crítica, cosa que siento. No creas que siendo ciudadano soviético y respectivamente un combatiente de vanguardia de las fuerzas mundiales del progreso, iba a llegar a cambiar tanto que no pudieras reconocerme. No seas como el tonto de Mendel, que creyó encontrar a un conocido en la calle:

-¡Cuánto has cambiado, Moisés, al quitarte la barba y los bigotes!

-No soy Moisés sino Aarón.

-Pues, mira tú: ¡hasta de nombre has cambiado!

Mi nombre siguió siendo el mismo, sólo que a la rusa me llamaba ciudadano Isaac Jacóvovich Blumenfeld, hecho que a mí ni me afectó en absoluto.

Sin embargo, en todo lo demás se produjeron cambios importantes. Dicho en oyros términos, la transición de Austrohungría a Polonia fue menos brusca. David Leíbowilz simplemente bajó el retrato de Francisco José de una de las paredes de su cafetería y poco después, cuando las circunstancias se aclararon, puso en su lugar un retrato de Pilsudski, mientras que pan Woitek cambió de guardia a alcalde. Para mayor claridad puedo añadir que un día mi padre, Jacob Blumenfeld, introdujo la aguja en un abrigo viviendo en Austrohungría, y al sacar el hilo por el otro lado ya se había hecho polaco. Hubo ciertas conmociones, como el asesínato del presidente Narutowicz o también el levantamiento de Cracovia, pero pasamos la convalecencia en pie como si no fuera más que un catarro de primavera.

Narutowicz1Sin embargo, con los soviets las cosas cambiaron radicalmente, yo diría incluso que de modo revolucionario…

2

Y si me dejas continuar con mí relato, te diré que el ex rabino venía muy a menudo acompañado por la camarada Ester Katz, que tímidamente pedía disculpas por no haber anunciado su visita. Yo veía con gran cariño a estas dos personas ya maduras, que habían dedicado sus mejores años y lo mejor de si mismos a los demás, que desperdiciaron su juventud buscando con abnegación mesiánica las grandes verdades por los caminos laberínticos de los cielos y de la tierra, cuando estas verdades eran, en la mayoría de los casos, espejismos efímeros en el desierto o falsas monedas de oro que precisaban un solo invierno húmedo para oxidarse. Probablemente la providencia divina radique precisamente en buscar y no tanto en encontrar. A lo mejor la juventud de ellos dos no transcurrió en vano sino que la sembraron con generosidad en los campos del futuro y un buen día habían de dar abundantes cosechas- No lo sé. Los observaba y me parecía que estos buscadores de la justicia -ella, completamente entregada a una religión incipiente y él tratando decorosamente de casar su vieja religión con El capital- por fin habían llegado a conocer la felicidad; si no la felicidad  general para todos los seres humanos, por lo menos su pequeña felicidad privada, puesto que no eran indiferentes el uno para el otro e incluso quizá hubiera algo más. Pero no fue dado que estas dos almas que se fueron acercando desde direcciones contrarias llegaran a fundirse en una sola. Te hablaré de esto, pero más tarde…

5

AW CondenadoA pan Woitek no lo pusieron en libertad ni al día siguiente, ni al mes, pero gracias a Dios se ahorró los cinco rublos de multa, porque lo condenaron a quince años de destierro en Siberia, con la correspondiente privación de sus derechos civiles. Awramczyk y el cura católico, que no eran más que cómplices -nunca se supo de qué- se libraron con sólo cinco años cada uno. Del pobre Liova WeiBmann nunca se supo nada más: se diluyó, esfumándose en el diré como la neblina matutina. Simplemente desapareció.

Hasta el día de hoy no he dejado de arrepentirme por haber llegado a ser, aunque fuera momentáneamente, un sirviente en el banquete de otros, como decía nuestro rabí Bendavid. Sólo por suponer que los dos polacos pudieran tener alguna culpa, siento que me deje llevar a las tinieblas por los viles fuegos fatuos que conducen al espacio cómodo y calentito de la complicidad con el poder. La complicidad o el colaboracionismo inconsciente empiezan siempre con la convicción de que las personas conocidas han sido víctimas de un malentendido o de una calumnia, mientras que los demás... Y uno cree que los demás -sobre todo los que se encuentran lejos y a los que se conoce menos- con toda probabilidad han de ser malhechores o agentes de fuerzas extranjeras enemigas, ya que, dígase lo que se diga, no hay humo sin fuego. Es que no me daba cuenta -pedazo de imbécil que era-, que las mismas personas cercanas y conocidas, por cuya inocencia yo pondría la mano en el fuego, serían ajenos para otros que los considerarían enemigos. Este es el mecanismo del que nacen la desconfianza de uno en los demás y la desconfianza de los demás en uno.

Ni en aquel momento, en medio de las oleadas de revelaciones, procesos y juicios, ni ahora, ni jamás iba a acabar de entender el sentido recóndito de esta pasión frenética, demente, irreal -diría «mística»-, por la autodestrucción colectiva. A las insaciables fauces de fuego de un Moloch voraz y sanguinario se precipitaban sumisas multitudes, como posesas por el humo de misteriosas hierbas chamánicas. Algunos hasta entonaban salmos y alabanzas, aceptando ser los corderos sacrificados en el altar del provenir.

MolochHabía, por supuesto, quienes se resistían; no reconocían sus culpas, blasfemaban y maldecían, mientras que otros gemían temerosos o querían escribirle al propio Stalin: según ellos él ni siquiera sospechaba lo que estaban haciendo a sus espaldas. Pero las filas que marchaban tras ellos los empujaban con fuerza implacable a las profundas fauces ígneas. Los que cumplían la misión de ir empujando por detrás tenían de antemano la lucidez de que también estaban condenados, que lo mismo iban a ser empujados con fuerza, pero seguían adelante con la abnegación de los fanáticos medievales, de los católicos obsesos que se flagelaban hasta sangrar. O tal vez cada uno albergara un ápice de esperanza de que el cáliz amargo se apartaría de él. No lo sé. Tal vez…

 

7

Estábamos a mediados de junio, un verano seco y caluroso, los trigales de los alrededores de Kolodetz se llenaban de oro y el viento los ponía en suave movimiento. Sara tuvo dolores en la cintura, algo que no le sucedía por primera vez. Era un problema de riñones. Fui bastante brusco y me opuse rotundamente a que siguiera sufriendo en silencio, como solía, para no dejar de cuidar de los abuelos, preparar la comida anuestros hijos y regar las dalias del jardín. En el hospital regional en Drogobich consideraron que la ciudadana Sara Davídovna Blumenfeld debía recibir atenciones médicas en un sanatorio y le expidieron un documento para poder viajar a un balneario que se encontraba al norte, cerca de Rovno. Ella no quería ir, quizá porque pocas veces se había ausentado de Kolodetz. Malos presentimientos le oprimían el corazón. Mientras que yo -¡pobre imbécil!- me molestaba e insistía en que fuera. Finalmente Sara aceptó con desgana puesto que nuestros hijos se ofrecieron a acompañarla. Como he dicho, estábamos a mediados de junio. En nuestras tierras las vacaciones escolares empezaban temprano a causa de la siega y otras razones por el estilo, de modo que Shura y Susana decidieron llevarla al sanatorio. Te equivocas si crees que lo hacían desinteresadamente Lviv Leopolispues, aunque querían mucho a su madre, en el camino de regreso planeaban hacer una visita a su tía Clara y a su marido Sabatéi Kranz para sumergirse en la gran vida de Leópolis, con sus teatros y salas de conciertos. No te habrás olvidado de que mi cuñado era ayudante de boticario y como tal, máxima autoridad familiar en materia de salud. Sabatéi era idéntico a los famosos y caros médicos judíos, quienes, en caso de que estuvieran en Austria, prescribían unas medicinas por las que tenías que hipotecar toda la herencia de tu abuela, con el anillo de bodas incluido, y si se encontraban en Rusia, te recetaban un extracto de musgo irlandés sobre el que finalmente te enterabas -no sin antes haber recorrido todas las farmacias de la región- que no había sido importado desde los tiempos del zar Nicolás II y que más bien era una reminiscencia nostálgica de aquella época remota. Lo que quiero decir es que el farmacéutico de nuestra familia Sabatéi Kranz insistía con fervor en que los baños de aguas termales tenían que ser sustituidos por zumos de limón fresco (fruta que llevábamos siglos sin ver en Kolodetz) con aceite de oliva virgen de Grecia. El único ingrediente de esta receta mágica que estaba a nuestro alcance era el atlas soviético en que podíamos consultar el emplazamiento exacto de Grecia. Este hecho sin duda fue el que inclinó la balanza a favor del sanatorio de aguas termales. En la estación, los ojos de Sara se llenaron de lágrimas y nuestros dos militantes de las Juventudes Comunistas, con las cabezas apretadasa la de ella en el marco de la ventanilla del vagón, la consolaban con ternura, aunque sin disimular su autosuficiencia de representantes de la nueva vanguardia del pueblo trabajador. Se empeñaban en explicarle que pronto el hombre llegaría a la Luna, mientras que Rovno quedaba muchísimo más cerca. Desde el andén traté de distender el ambiente, contando el chiste patéticamente viejo de cuando Rosa Schwartz y sus hijos se fueron a un balneario y Salomón Schwartz, el esposo, que los acompañaba a la estación, sugirió:-Si empiezan las lluvias regresad enseguida.-¿Por qué hemos de regresar? -se extrañó Rosa Schwartz-. Si se pone a llover allí, lloverá aquí también.-Sí, ¡pero aquí las lluvias nos salen más baratas! Los chicos intercambiaron unas miradas. Sara apenas sonrió. Por lo visto mi chiste se deslizó al lado de sus oídos y se estrelló en la pared de enfrente del compartimento. Transcurrieron tres minutos -lo que tarda en partir el tren rápido a Leópolis- y los vagones se alejaron en silencio. Agité el brazo, ellos me saludaron también. Encontré la mirada verde-grisácea de Sara, en la que traslucía una preocupación inexplicable.

 

CUARTO LIBRO DE ISAAC

«A cada cual lo que le corresponde» o desde los campos de concentración con amor.

3

... La señora llenó en silencio los dos vasos, tragó de una vez el contenido del suyo e hizo un gesto imperioso con su gracioso dedo en dirección al mío:

-¡Tómatelo!

Me lo tomé, ¡qué iba a hacer!: yo era un recluso y ella alemana. Volvió a servirme y me lo volví a tomar. Ya te he comentado que soy víctima fácil del rey Alcohol -hay una novela con este título-; al cabo de pocos minutos mis ojos brillaban y sentía un desfallecimiento agradable. La mujer se levantó y rió brevemente en voz baja sin motivo alguno. Sólo un tonto no hubiera podido captar las notas recónditas cuyo sentido fue codificado hace miles y miles de años.-¡Ven! -me ordenó ella con una insistencia casi tierna. No me atreví a hacerlo antes de echar una mirada hacia atrás para convencerme de que la orden no iba dirigida a otro. Pero a mis espaldas no había nadie excepto el retrato del Führer y dudo que en aquel momento histórico concreto le fuera dado precisamente a él convertirse en el arma del desquite de aquella mujer.¡Dios mío!, ¡la vida no deja de sorprendernos con sus rarezas! Yo le era fiel a Sara, lo juro por lo que más quieras. Mas, para serte franco, añadiré que tal vez le fui tan fiel por falta de una ocasión que confirmara o desmintiera lo dicho. Te recomiendo que no le creas al que insiste en que jamás comería langosta con salsa tártara si no has averiguado de antemano que nunca nadie se la ha ofrecido. Sabía que lo que seguiría era inevitable como la ley de la gravitación y también que estaba prohibido y era pecaminoso. Sabía que oscuras fuerzas satánicas me empujaban a ello, pero espero que comprendas a un hombre relativamente normal -aunque en cierto sentido también a un pobre espantapájaros que no veía una falda casi desde los tiempos bíblicos-. ¡Espero que me comprendas y me perdones el desliz! En pocas palabras, a mí mismo me cuesta entender cómo llegué a encontrarme con la valkiria rubia en aquella cama de hierro que representaba el favor más grande concedido por el oberleutenant Brückner. Ahora se me concedía también el privilegio de consolar a su esposa,¡muchísimas jozef-pilsudskigracias por el honor! Mi naturaleza es de hombre tímido, por eso omitiremos los detalles para llegar al momento en que Brunilda se vistió, restauró la gruesa capa de pintura de sus labios y mientras fumaba el segundo cigarrillo me volvió a mirar. -Qué raro -musitó-. Yo creía que los polacos eran hombres realmente guapos pero que «esto» no se les daba muy bien. ¡Ahora descubro que también estáis bastante bien dotados!

En mi alma se lo agradecí en nombre de la República de Polonia y de su símbolo inmortal Josef Pilsudski.

 

5

Es una ley natural, confirmada tanto por los científicos como por los videntes, que el mal universal no tiene día de descanso. Dicho en otras palabras, cuando sobreviene una desgracia uno debe saber que ésta nunca viene sola y que, como una parva de patitos detrás de su madre, seguirá toda una hilera de males. En nuestro caso parece que el desplome del prestigio de la Base Especial A-17 como elemento fundamental de la seguridad nacional, sostenido en la doctrina del secreto estrictamente observado, nos jugó una mala pasada. También desempeñó cierto papel una bomba solitaria que no se sabe si fue tirada adrede o por azar por un piloto norteamericano despistado, que cayó a veinte metros escasos del taller mecánico rompiendo los cristales de las barracas contiguas. Su efecto fue tan inútil como el de abrir un hoyo en el mar. Sin embargo, las correspondientes autoridades vieron en esto una mala señal, una traición que hacía urgente la depuración en nuestro colectivo de toda mala hierba.

Así llegó el momento en que en la plaza frente a la comandancia tuvieron que formar filas los representantes de la etnia polaca, que suponían la mitad del personal, mientras la otra mitad, la soviética, quedaba en los talleres para mantener el proceso productivo. Puesto que yo -por lo menos sobre el papel- era un polaco de pura cepa, me encontré entre los formados. Para mi gran sorpresa el propio oberleutenant Brückner desconocía el sentido y la finalidad de la orden que acababa de recibir por teléfono.

Permanecíamos en la plaza. El Nabillo nos observaba desde el porche delante de su oficina, como si fuera a presidir una gran parada militar celebrando la victoria. A menudo miraba su reloj de pulsera, preocupado por el retraso del desfile, pero fingía estar informado y seguro de símismo, exigiéndonos de vez en cuando silencio. Por supuesto que la agencia de información chismográfica -de la que dispone todo campamento que se precie- se había puesto en funcionamiento en seguida y entre las filas de los interesados corrió el rumor de que probablemente íbamos a ser puestos en libertad. No podía haber nada más alejado de la realidad porque, después de esperar media hora nuestra liberación merecida por el trabajo abnegado en nombre del Reich, fuimos testigos de la irrupción de dos jefes de las SS enfurecidos que, con una brusquedad poco apropiada para su rango, le entregaron a nuestro comandante una orden escrita. Ofendido en lo más profundo de su alma sensible, ordenó que nos numeráramos. Lo hicimos y los dos presumidos oficiales de las SS recorrieron nuestras filas, obligando a cada décimo a dar un paso adelante. Te partirás de la risa, pero yo también resulté décimo. Como se suele decir: si Jehová -bendito sea su nombre- ha decidido que te vaya mal, no hay manera de evitarlo.

Oberleutnat-Gallonen1

Resulta que un gran jefe de las SS había sido asesinado en una calle de Varsovia y por ello necesitaban cien personas en calidad de rehenes. ¿Te das cuenta? Si los asesinos no se entregaban a tal hora en punto de tal fecha los cien polacos iban a ser fusilados en reparación legítima y muy comprensible. Desde el punto de vista de la nueva circunstancia, ¿qué era lo más razonable?: ¿seguir siendo polaco o reconocerme judío? La pregunta no tenía respuesta, porque en ambos casos me iba al diablo. Por lo que a mí se refiere preferiría ser un judíopolaco, barrendero en el metro de Nueva York. Hay que reconocer que mi jefe, el oberleutenant Immanuel Johannes Brückner, trató sin resultado de salvarme aduciendo que yo era imprescindible en la oficina y otras cosas por el estilo. Y el metro de Nueva York se quedó en eso, en un cristalino sueño juvenil ajeno a la realidad de Brandeburgo.

Las cien personas nos encontramos como sardinas en lata en los calabozos de una cárcel -un edificio funesto en alguna parte del centro de Berlín- que de por sí estaba atestada de gente. Había judíos y gitanos, unos montenegrinos entonaban melodías tristes, había homosexuales y otros seres dañinos para el Reich. Puesto que en la cocina no nos tenían previstos nos dejaron sin comer, posiblemente con la esperanza de que pronto no lo necesitáramos. Agotado por el largo día lleno de incertidumbres, martirizado por el viaje en los camiones en los que íbamos tan apretados que no podíamos sentarnos, pronto me quedé dormido en el suelo (no había esteras, ¡ni hablar de aquella bendita cama de hierro de la oficina!)…

6

... Es suficiente que sepas que el tifus había adquirido las dimensiones de una pandemia y las autoridades del campo las pasaban moradas porque éste no estaba técnicamente acondicionado para enterrar a tantos muertos, aunque estaba lejos de parecerse a las grandes fábricas de muerte de Polonia. Fue imprescindible hacer unas hogueras con los cuerpos humanos que le habrían dado envidia hasta al Santo Oficio en el periodo más brillante de su historia. La gasolina, mezclada con lubricantes usados, hacía su trabajo. Las columnas de humo llegaban a los mundos del más allá para comunicar a sus habitantes hasta qué grado de evolución había llegado aquel anfibio que un día llegó arrastrándose a una cueva y salió de allí andando sobre dos pies para pintar el retrato de Mona Lisa y  componer la Novena Sinfonía. Unas excavadoras empujaban los restos mortales hasta los hoyos enormes y la tierra arenosa absorbía con discreción y para siempre destinos, risas, ambiciones, el lumbago, «te amo», «qué nota te pusieron en geografía», «qué dice la tante Lisa en su carta...». ¡Adiós, hermanos, descansad en paz!

Tres judíos de Zagreb y yo empujábamos un carrito con cadáveres convertidos en montoncitos de huesos. Del carrito, como ramas rotas, asomaban piernas y brazos. Lo más patético era que pronto acabé convirtiéndome en un cargador embrutecido que dejó de experimentar horror. Realizaba mi trabajo como mis antiguos compañeros de la Base Especial A-17 empujaban las vagonetas con moldes de hierro fundido…

LaVenganza Cain… - La venganza -dijo una vez Bendavid, dejando a un hombre que acababa de morir en sus brazos- es ajena a la fe en el Bien y tiene que ser arrancada del corazón de la Humanidad. No obstante, ahora ha llegado su momento irrevocable. Ojalá Jehová dé a nuestras almas siete días, sólo siete, para que vivos y muertos alcancen por fin la paz. Siete días funestos, siete jinetes de la venganza y ¡a cada cual, lo que le corresponde! Rogaré a Dios que bendiga y que redima a todos los que pidan ojo por ojo y diente por diente, vida por vida y muerte por muerte. Pero ¡siete días nada más! Luego, que todo se cubra de cenizas y que entre las cenizas crezca la hierba. Volverán a nacer los niños, han de nacer en bonanza y paz, y los agricultores volverán a esparcir las semillas para el pan de la gente. Pero antes, que se cumpla lo dicho: ¡a cada cual, lo que lec orresponde! ¡Amén!

Eso dijo el antiguo presidente del Club de Ateos de Kolodetz, cerca de Drogobich, el rabino Bendavid. Sus buenos ojos estaban dilatados ysu mirada se había vuelto feroz y terrible. En sus brazos yacía exánime algo parecido a un ser humano; sus palabras tal vez fueran un juramento ouna oración por la paz de su alma.

 

8

 … Entonces sobreviene un nuevo ataque y la malaria, con el nombre exótico de «terciana», se pone a toda marcha, torturando con altas fiebres al enfermo, en la palma de cuya mano se puede freír un huevo. Esto es lo que quería decir sobre la terquedad del alma, aunque volveré sobre el tema más adelante.

Abrí los ojos y miré a mi alrededor sin mover la cabeza. Me encontraba en una nube amarilla, la luz brotaba literalmente de todas partes hiriéndome los globos oculares. Me dolía todo, cada fibra, cada átomo del cuerpo. Traté de protegerme de aquella aura amarilla levantando el brazo, pero éste permanecía inmóvil, como si fuera de plomo.

Luego me vi. No te lo vas a creer, pero te juro que fue así: me vi desde la altura de la torre de ladrillo cuadrada en que seguía columpiándose el cable en que antes (¿cuánto antes?, ¿el día anterior, hacía un año, hacía un siglo?) colgaba el cuerpo del sturmführer Zuckerl. Me vi acostado en un catre, en una enorme carpa amarilla con dos cruces rojas. No sé cómo era posible estar al mismo tiempo allá arriba, en la torre, observándome dentro de la carpa desde el punto de vista de Zuckerl, pero era cierto: veía mi brazo inmóvil y pesado, amarrado con una cuerda al catre. Por un tubo transparente fluía a mis venas un líquido brillante y amarillento, tal vez a causa de la luz amarilla que lo inundaba todo. O quizá aquél fuera el color de la vida. No lo sé.

Sólo cuando las cosas recobraron su apariencia habitual pude mover la cabeza y bajar de la torre a la cama. El rabí Bendavid, sentado en una sillita de tijera, me miraba preocupado.

-¿Cómo estás? -preguntó.

Entreabrí mis labios secos y agrietados en señal de que le había oído, de que estaba allí, con vida, pero no conseguí emitir ningún sonido. El rabí introdujo un pañuelo en una escudilla de aluminio para mojarme los labios y la frente ardiente. Extendí la mano libre y la puse en su rodilla buscando seguridad y apoyo y él, mi rabino, la acarició. Después volví a la oscuridad insondable y eterna.

El tiempo se diluyó una vez más; no recuerdo cuántas veces me observé desde la torre y cuántas bajé a la carpa, a mi cuerpo. Las ideas, como jirones desprendidos, se deslizaban por mi conciencia como por un iceberg pulido sin encontrar ni la más mínima rugosidad a la que agarrarse para evitar que me hundiera de nuevo en la oscuridad. No obstante, lograba retener una sola pregunta cuya respuesta me era imprescindible: ¿estaba vivo o no?...

 

 

QUINTO LIBRO DE ISAAC

«Shnat shmitá», todo de nuevo.

Sobre el sol negro y las noches blancas.

7

… Especialmente incorpóreas eran las divisas que, envueltas en el misterio más absoluto, tenían siempre un cambio mucho más favorable que el oficial. Si alguien lograba endosarle a otro libras esterlinas falsas, no tardaba en descubrir que los dólares que había recibido a cambio también habían sido impresos en Turquía. Cuentan incluso de dos judíos rumanos que vestían la ropa usada por algún difunto que medía medio metro más o los sobrepasaba en cincuenta kilos de peso, pero que eran muy duchos en el cambio de divisas. Por las mañanas se cruzaban y el primero preguntaba, para informarse, en voz baja:

PlacaPlaza-¿Cuánto?

-Cinco.

Con las manos impasiblemente metidas en los bolsillos de sus pantalones rotos, cada uno llegaba a un extremo de la plaza y de regreso, al cruzarse de nuevo como dos barcos en alta mar, el primero inquiría con discreción:

-¿Cinco para qué?

-¿Cuánto de qué?

PlacaPlazaAuxA causa de la pasión desenfrenada de comprar, vender y antes que nada intercambiar cualquier cosa que se había apoderado de Mexicoplatz, alguien le dio el nombre de la «Pequeña Odesa». Era un acierto, porque también aquí se daba aquel conglomerado de etnias y lenguas con una notoria presencia judía que era típica de Odesa antes de la invasión nazi. Cuentan incluso lo que ocurrió con un tren que hizo unalarga parada a medianoche en una estación. Uno de los viajeros bajó la ventanilla y preguntó:

- ¿Dónde estamos?

-En Odesa -le contestaron.

- ¿Y por qué tardamos tanto en salir?

- Porque están cambiando la locomotora.

- ¿Por qué?

El ferroviario le miró sorprendido:

- Por otra locomotora, ¿por qué va a ser?

- Entonces no estamos en Odesa -concluyó el viajero y cerró la ventanilla.

Creo haberte dejado lo suficientemente claro qué era la Mexicoplatz: el escenario de mis primeros intentos, en un principio muy tímidos e inseguros, de introducirme en el movimiento cíclico «dinero-mercancía-dinero» analizado por Karl Marx. Sin embargo, muchas veces se trataba solo de «dinero», una pausa y al día siguiente: «¿dónde diablos se ha metido aquel croata?», lo que significaba que la fase final - «dinero» -se había esfumado.

Por supuesto que Frau Kubicek no sospechaba de mi actividad y creía que sacaba algo de dinero cantando en la sinagoga…

 Siberia

9

Y ahora, hermano, has de extender el mapa de Eurasia y encontrar los montes Urales, que son la frontera entre los dos continentes. Luego desplázate al este y cruza el río Obi, el primero de los tres grandes ríos de Siberia. Sigue al noreste y trata de cruzar el segundo río, el majestuoso Yeniséi y después, aún más al este, el río Lena. No dejes de acompañarme en el camino más allá del río Indigirka, lleno de oro, hasta que te detengas en la orilla del impetuoso río Kolimá. Baja por sus rápidos hacia el Océano Glacial Ártico hasta alcanzar Nizhnekolymsk, en las faldas de las crestas salvajes de Kolimá que podemos decir que está casi al final de la geografía soviética. Al otro lado de las crestas están sólo Ust-Chaun y Chukotka, en el estrecho de Bering. No se te ocurra continuar porque entrarás en aguas territoriales de Estados Unidos. Por aquí pasa el paralelo setenta y si tienes la curiosidad de seguirlo en dirección contraria a las agujas del reloj realizarás una circunvalación polar al Planeta pasando primero por el mar de Barents y la isla de Terranova en el mar de Kara. Más tarde tocarás el cabo Norte -el punto más septentrional de Escandinavia-, cortarás por el medio la helada Groenlandia y, siguiendo el legendario itinerario de Amundsen, pasarás de largo por el puerto del Yukón, que sigue soñando con los buscadores de oro de Jack London. Por el mar de Chukotka regresarás a casa, donde justo enfrente de la Isla del Oso resplandece la constelación de campos de reeducación. Al decir «constelación» me refiero a las estrellas rojas de cinco puntas sobre las entradas severamente vigiladas y rodeadas de miradores hechos de troncos de pino sin desbastar. Aquel pobre diablo que está en lasrocas desnudas, barridas por el viento helado, que mira la inmensidad nivea del norte, soy yo, ZEK 003-476 B, o dicho de otra manera, el recluso Blumenfeld, Isaac Jacóbovich, traidor a su patria soviética y al mismo tiempo un nazi criminal de guerra…

PatriaSovietica

… Uno se convertía en testigo de virulentas disputas teóricas entre trotskistas y estalinistas; se podía ver cómo en el mismo catre dormían, hombro con hombro, ingenieros que habían realizado las grandes construcciones de los primeros quinquenios y los que hacían sabotajes en las mismas, anticomunistas acérrimos y bolcheviques profesionales, colaboracionistas de los nazis que no consiguieron ganarse una bala por sus servicios, militantes de la resistencia en los territorios soviéticos ocupados y también de la guerra civil española que llegaron aparar aquí por razones que ellos mismos no se explicaban.

- No trates de dilucidar el esquema o la lógica secreta de todo esto -dijo Mark Semiónovich Lebedev, mi primer amigo y compañero de catre, sentado en una roca pulida por los vientos helados. Era un hombre joven de cabello totalmente blanco. Yo había visto sus comedias musicales en el cine de Kolodetz-, No existe ningún esquema; aunque a lo mejor el lío mismo representa un esquema congénito al régimen. No hablo sólo del gulag, sino en general. A diferencia de los campos de concentración alemanes, en los nuestros no existen reglas de juego; tampoco existen fuera de aquí, en la sociedad. Los nazis hicieron público con antelación su programa ideológico y lo fueron cumpliendo estrictamente hasta el último segundo: qué pueblos estarían sujetos a una solución final, convirtiéndose en estiércol para la raza aria, o cuáles iban a ser sus socios más adecuados. Criterios exactos y transparentes, fijados de antemano. Es cierto que éstos fueron bárbaros, inhumanos eidiotas, pero eran criterios a fin de cuentas. Mientras que nosotros anunciamos que crearíamos una sociedad de la justicia, el humanismo y la fraternidad y cantábamos en nuestro himno que no hay otro país donde el hombre pudiera respirar tan libremente. Luego, siguiendo el postulado de Karl Marx sobre la libertad como una necesidad conscientemente asumida, admitimos la necesidad de crear campos de concentración, de alentar las delaciones y alimentar el miedo universal. Ya te he dicho que no hay reglas en este juego. A lo mejor esto mismo es una de las reglas, incluso me parece que puede ser la regla que llegue a salvar a nuestro pueblo. ¿Lo captas?

- No -reconocí con franqueza…

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