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SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

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FRAGMENTOS DE LIBROS.   IMÁN  (1930)         

Imán

    

     Ramón J. Sénder      (España)  

        

        Editorial     :   CRÍTICA   -   CLÁSICOS Y MODERNOS. 

       Edición de :   Nil Santiáñez

 

 

  Fragmentos de libros

    

DE   EL CAMPAMENTO. EL RELEVO 

 

 De  DOS 

Viance vacila, se le encienden los ojos en una expresión de ira que lo transfigura. No es el mismo. Es el hombre que podría ser, quizá el que fue. Pero no. Viance no fue nunca así. Ahora se inquieta por las cosas nimias y próximas y esa es una de las razones por las cuales se desconoce a veces cuando piensa en años anteriores, serenos y audaces. Entonces, para hacerse una idea sobre algo circunstancial y pasajero, formaba imágenes generales que rozaban lo universal y lo eterno. Vivía la nimiedad sin verla ni sentirla. Los minutos no contaban en su vida. Podía medir el tiempo por siglos y la moral por leyes físicas. Ahora le impresiona el más pequeño escorzo de cada instante: la cara febril del palúdico le produce un dolor casi fisiológico. Blasfema y se limita a decir con acento medio indiferente, medio paternal:

- ¡Ánimo, muchacho! Es la mili.

Después se va, extrañado de que aquella tormenta no le haya cogido a él en medio. Palo que se pierde, ya se sabe que lo recoge él. En España, cuando trabajaba en su oficio de herrero, el amo le decía todos los días dos o tres veces:

- Pero, chico, ¿estás imantao? Caían unas tenazas y había de ser cuando él estaba debajo…

Viance

... Borracho, pues, debió acostarse junto a los muertos, confundiéndolos con su compañía. Sigue la unción, ya sin sorpresas. Cada vez que el cura hace una pausa el soldado lo mira dudando, y dice «amén» con un aire muy importante. «La finalidad de todos estos hombres era morir, para que yo ayudara al clérigo», parece pensar. Los cadáveres son casi todos de oficiales. Sus familias los reclamarán, y aunque así no sea, habrá que enterrarlos en el cementerio de la plaza con un ramo de laurel grabado en la lápida. Prescindiendo del horror de matar, de la aureola convencional del heroísmo, es limpio y bello morir joven y fuerte, sin agonías sucias, sin coro de viejas rezadoras. Nosotros, además, los que no somos oficiales, llevamos la ventaja de que se nos entierra habitualmente en el campo abierto, al margen de los campamentos, en esas sepulturas comunales señaladas por un rectángulo de piedras, cuyo único ornamento son dos viejos proyectiles de artillería de medio metro de altura, vacíos. En lo hondo conservan casi siempre un poco de agua de lluvia, muy poca, pero la suficiente para reflejar una estrella…

 

De TRES

TRES

El silencio y la oscuridad de fuera despierta luces y voces dentro de nosotros. Llegan las evocaciones en una procesión brillante. Los recuerdos tienen un lenguaje distinto. De hablar en presente a hablar en pasado hay la diferencia de la realidad forzosa a una realidad desaparecida ya y vuelta a crear, más en el sentimiento que en la imaginación. La vida del campamento por la noche tiene, pues, un acento más tierno.

Se sueña despierto o dormido. En el parapeto, con el fusil sobre los sacos o entre las piernas, también se sueña. Se recuerdan y analizan las palabras de la última carta que cruje bajo el correaje en el bolsillo y a veces se les encuentra un sentido inesperado. Pero donde las evocaciones tienen más fuerza es en la zahurda de la guardia principal, socavada junto al parapeto. Fuera de allí, el cielo, la noche serena, las tinieblas infinitas, nos atan a la realidad. Somos libres y nos concentramos temerosos de perdernos, de diluirnos. El cuerpo de guardia, en cambio, tiene algo de prisión y todo nos estimula a huir con el recuerdo ya que la esperanza está siempre cerrada por el riesgo de mañana. Una lata -el consabido quinqué- distribuye tímidamente su inquieta luz rojiza. Brillan los rostros bajo la máscara de tierra y sudor. En el suelo duermen veinte o treinta soldados. Los que acaban de despertar para entrar de puesto, los que regresan empaquetados en el burujo terroso del capote. Un mozo macilento, con gafas, habla, inclinándose para no dar con la cabeza en el techo:

- Te digo que comerse una rata o tragarse un par de moscas no tiene importancia para la salud. Todos los días, al tomar el café, llegan dos o tres moscas y se ponen pelmas revoloteando dentro del plato. Si al tercer manotazo no se van, les busco la vuelta y de pronto, ¡plaf!, cucharazo. Las capuzo dentro, se ahogan en el café y se joden. Todo es química. Nada tiene ningún bicho que no lo tengamos ya nosotros en los tejidos, en los huesos…

 

HosDocker

… Salimos. Sigue el palúdico recostado contra el cerco, doblado en ángulo, mal envuelto con la manta y el capote. Sus ojos vagan por el rincón blanquinoso del parapeto y reflejan unas piedras superpuestas, dos sacos de tierra destripados. Detrás, la noche indiferente. Ha pisado inconscientemente el plato de latón y la leche que contenía se le ha derramado por los pies. El busto le oscila levemente a cada palpitación. No hay manera de hacerlo entrar en la tienda. La fiebre le ha aumentado el terror, única noción clara de lo que le rodea. ¿Cómo no lo evacuan? Viance recobra su risa lejana:

- Los hospitales están llenos de emboscaos. No hay plazas. Las camas hacen falta pa los señoritos. El hijo del duque de mi pueblo está en el Docker como un príncipe, rasurándose tos los días y dándose agua de olor. ¡Maricas!

Acomodamos al enfermo en el suelo, con una manta arrollada bajo la cabeza y otra desplegada encima. Viance las examina y dice:

- En cuanto les dé el sol, al amanecer, se lo van a comer las pulgas.

El enfermo habla incoherentemente y los dientes le castañetean. Cada vez que voy a hablarle me interrumpe, haciendo un gran esfuerzo por incorporarse:

-¡Sinovedá!

Y lo repite dos o tres veces de manera confusa, poniendo todo el ímpetu en la «a» final. Debe estar helado. Tiembla, pero las manos le arden. No podemos hacer nada. Volvemos a la tienda en silencio. Viance cabecea lamentando algo para sus adentros.

- Ese la diña. Cuando se les hinchan los hocicos de esa manera y les salen llagas, ya están listos. Lo mejor es no beber agua…

En el sector de zapadores, detrás de una tienda, hay luz y alguien habla en voz baja. Dos soldados juegan al monte con una baraja mugrienta. Sobre la carta de la izquierda hay una rata muerta y colocan otra con el hocico en una punta del naipe.

- De ésta, ¿cuánto va?

- Tres perras, y la otra entera.

Hay amagos de peste bubónica, y se da un real por cada rata muerta que se presenta en el cuerpo de guardia, donde llevan una lista. Antes no había que presentar más que los rabos; pero los falsificaban, y ahora exigen la rata entera. Hay quien las recría, y ha surgido ya el terrible intermediario, el almacenista, que las paga a quince céntimos. Los soldados acuden a ellos, porque en el cuerpo de guardia no las pagan hasta cinco días después de presentarlas. Al verme, ocultan los naipes y recogen las ratas. Uno se levanta aturdido.

- ¿Qué hacíais? ¿Jugar?

- No, señor.

El otro, más decidido, confiesa:

- Pa qué mentir, si nos ha visto.

Están de pie, en posición de firmes. Llevan un regular manojo que ocultan a medias tras el pantalón. En el bolsillo de uno se denuncia por el bulto una mediana reserva. Muy lejanos siguen los ladridos, y si no fuera por ellos, la sensación de infinito que da la noche apenas se percibiría...

 ...

EscudoCeriñola

… Todas las operaciones se hacían a base de cuatro regimientos de línea, y muy especialmente del 42. Tenía cierto carácter de regimiento de choque, poco halagüeño, desde que tuvo compañías disciplinarias. Como destinaban allí a ciertos delincuentes -una pena de muerte disfrazada- había entonces el criterio de que las vidas de los "serionolos" valían menos que las de los demás. Aunque le quitaron luego esa misión correccional, todavía padeció mucho tiempo la mala fama, que trascendía naturalmente a las cantinas y a los prostíbulos, donde el 42 estaba muy mal visto, aunque no faltara alguna buena moza que al vernos el número en el cuello dijera:

- Cuando veo el 42 me dan siete gustos.

- Al marchar a R. -añade Viance - llevábamos ya bastante tiempo en Annual, y nos alegramos, porque el general S. era un tío flamenco que no dejaba parar a nadie. Cavilaba siempre la manera de armar follón, y después de una aguada difícil le gustaba organizar salidas por los aduares. No quedaba una gallina ni una funa. Arramblábamos con todo y quemábamos las casas; pero al día siguiente, otra vez los moros en la alambrá. Annual se parece mucho a este campamento, es casi lo mismo, hasta los almiares de intendencia estaban al parigual. Nos alegramos de ir a R. Una posición no es un campamento, hay menos servicio y no se sale fuera de la alambra. El agua no había que ir a buscarla, nos la traerían en convoy cada ocho días. Mejor que en una fonda, pensábamos; pero quiá, aún estamos aguardando la primera cuba. La noche del relevo la pasamos todos en el parapeto. Íbamos la tercera y la cuarta, el grupo de ametralladoras y una sección de policía indígena. La primera y la segunda, con otra sección de moros, no podían salir. Llegamos a media mañana, y a la tardada aún estaban allí. Una juelga. Pero, ¿cómo iban a volver a Annual si nosotros a mitad de camino tuvimos que desplegar y aguantar cuerpo a tierra, mientras los cañones sacaban a los moros de unas trincheras donde nos aguardaban? Aquel día me enteré de que los moros hacían las trincheras al revés, echando la tierra atrás. Buscan pa abrirlas terreno que parece llano; pero que hace una curva insignificante, lo mejor pa engañar al que tira. Les disparas un paquete, y aunque tires alto si estás tumbao siempre das en tierra. Hay que estar encima pa acertarles. Pero, además, los hijos de puta al cavar la trinchera echan la tierra atrás, y en lugar de aprovecharla como parapeto se quedan agazapados en la zanja, delante. Nosotros y las ametralladoras tiramos a lo alto del terreno y la artillería detrás de él. Claro, allí no hay na. Pero luego te acercas confiao y se cargan a la compañía.     

GralSilvestre

»El comandante B. lo advirtió antes de salir. Venía también de relevo. Un hombre valiente con el vino, con las mujeres y con los moros, ahora que demasiado ordenancista. Prohibía que los oficiales jugaran en el cuerpo de guardia al ajedrez porque, según parece, en ese juego se dicen expresiones contra el rey y la reina. No podía ver al comandante X., porque era más valiente que él. Los dos la diñaron casi el mismo día. Y también el general S. Los moros hicieron entonces buena cosecha de estrellas…

… Les hace callar el estrépito de una ametralladora que dispara como el escape de gas de una moto. Los moros se están moviendo en silencio. Saben que van a salir las fuerzas. En la raya de polvo que las ráfagas han levantado ve unas sombras que se corren hacia la derecha, alejándose de la posición. Van a buscarles la vuelta a los del relevo. Éstos, ya formados, esperan bajo el cargamento, hundidos los pechos, avanzada la cabeza con un aire cansado de mendigos nómadas. Hay algunos a quienes el sueño, la sed, dan unos ojos visionarios y un rictus como de catarro, de contener las lágrimas en la nariz. Los ordenanzas sacan tres caballos. Los oficiales van y vienen con papeles. Aún se pasa otra revista de no sé qué.

Viendo este silencio, estos pasos falsamente enérgicos con los cuales el oficial demuestra al capitán, al comandante, su espíritu militar, esa alineación correcta, se piensa que todo este ceremonial entre piojos, miseria, hambre, harapos, es una pesada broma de locos. Nadie se engaña en el fondo. No hay ya uno solo que crea en la necesidad de nada de esto. Todos saben, además, lo que aguarda fuera. Dan ganas de gritar: «¡Es más cómodo para todos romper filas y pegarnos un tiro!». Nuestro sargento de semana entrega los papeles a un oficial, y éste al comandante, que los extiende y sin mirarlos los firma con la estilográfica…

MaquetaIgueriben

  Maqueta de la posición Iguiriben, la posible posición R.     

… Desde el fondo de la noche y, sin embargo, muy próximos, llegan unos quejidos humanos leves, voluntariamente contenidos. Viance pregunta:

-¡Eh! ¿Quién va ahí?

- ¡No tiréis, compañeros! ¿Es Annual?

- ¿Quién va?

- ¡Auxilio! ¿Es Annual?

- ¡Cabo de cuarto! El cabo tarda. El soldado se cree abandonado y grita:

- ¡Por vuestra madre, compañeros! Soy de la primera del tercero de Ceriñola. Llevo dos tiros. Me han partido una pierna. ¿Es Annual?

- No. Es R.

Ahora es el cabo quien le contesta. El herido gime; luego, blasfema. No se ve nada. Sombras densas sobre las sombras claras, de red, de la alambrada. Un oficial se asoma:

- ¿Qué pasa?

El herido repite una vez más:

-Llevo dos tiros. Soy de la primera compañía que habéis relevado. ¡Y esto no es Annual! ¡Ah, la hostia divina! ¡Si no es Annual es que todos estamos dejaos de la mano de Dios!

- ¿Ha llegado el relevo a Annual?

- ¡Qué va a llegar! ¿No lo habéis visto? Yo soy de los mejor libraos.

- Muchacho -advierte el oficial-, hablas con el teniente ayudante.

- ¡A la orden! Pues no, señor. El comandante ha muerto, y…

- Bueno, bueno. No quiero saber más. ¿Conservas el fusil?

- Traigo tres.

- Has cumplido con tu deber. Saca los cerrojos y tíralo aquí. Procura que caigan dentro del parapeto.

Esa orden implica la seguridad de que los moros llegarán luego a la misma alambrada y pueden aprovechar los fusiles. Para el herido, es una sentencia de muerte. Viance farfullea amenazas sin sentido contra la mala sangre del oficial. «¿Que hay una embosca y al salir nos tiran? Con la cerrazón de la noche no es fácil que hagan mucha carne, y si la hacen, estando la alambra ya abierta, se puede entrar en la posición de nuevo».

El soldado reflexiona un instante y luego suplica con acento alterado por el pavor:

 - ¡Mi teniente! No es por nada; pero cumplo dentro de tres meses.

- ¿Qué tiene que ver eso?

- Si me curaran -dice el herido-, podría salvarme, mi teniente. Un silencio y añade, arrastrando las palabras con una especie de ronquera:

- No merezco morir como un perro, mi teniente.

- ¡Te prohibo que sigas hablando! El herido cambia de acento:

- ¡A la orden! Asoma la luna. Cae sobre el campo una claridad espectral, de estaño. El herido, tumbado en el suelo, arrastra una pierna rota, como de trapo, agarrado a los piquetes de la alambrada. ¿Cómo va a saltarla, si son cuatro metros de maraña espinosa? Al sentirse descubierto por la luz, quiere insistir con impaciencia de pánico, entre desesperado y humilde:

- ¡Mi ten…!

Tiros próximos. El soldado calla y se aplasta contra el suelo. Después de un silencio, añade bajando la voz:

- ¡Ahí van! En uno va atada la medalla de identidad para que la envíen al suboficial, con su permiso, y pueda escribir a casa…

 

DE   ANNUAL. LA CATÁSTROFE

ANNUAL1921

  

De SEIS

SEIS

Por la noche R. tiene una traza desconocida. Nadie conoce una posición hasta que se familiariza con las piedras, con los rincones. Unos días han bastado para llenarse los ojos de todo lo inerte de R., que es lo más vivo. Tiene una elocuencia desmoralizadora y es preciso escucharla durante mucho tiempo para no encontrarle, por la noche, acentos extraños, siniestros. La luna proyecta un blanco azulino y el campo, con los fuertes contrastes de sombra, parece un territorio inundado de mercurio. El aire es húmedo, con humedad de río, de ribera, no de mar.

Vigilan los centinelas, los de las ametralladoras, y están sentados al pie del parapeto, despiertos, los refuerzos. Unos treinta francos de servicio duermen vestidos un sueño letárgico de fiebre. Tres días de sed abrumadora, sin racionamientos, sin engaños. No hay agua, y lo declaran sencilla y tontamente, como las sentencias de muerte. ¿Tiene usted algo que alegar? Eso es en lo civil. En lo militar antes de alegar nada hay que obedecer. Muérase usted primero y luego da un parte «por escrito» protestando. Víveres aún quedan, pero resulta estúpido tragar y tragar cosas sólidas. Es el agua, el agua, el agua. Sin ella da lo mismo comer que no, dormir que velar. Hace tres días que dieron el último cuartillo. A medida que se bebía se sudaba, de modo que no quedó una gota en el estómago. Fue una corta delicia, sin embargo, sentir al mismo tiempo la humedad en la garganta y en la piel. Desde hoy se bebe orina. Viance no la quiere probar. Se delira con el fusil entre las piernas, la cabeza caída hacia atrás.

En Annual se oye a ratos el restallido seco de los fusiles. La posición está en una alarma constante a la cual se han acostumbrado ya todos. En la parte de la vaguada, aunque está a cubierto de las defensas de la artillería, no hay cuidado. Morder las alambradas allí es imposible. Habría que estar colgado de una cuerda. El verdadero riesgo está, pues, en los costados y en la parte que da a Annual, sobre todo en ésta, cruzada de trincheras. Tardan en comenzar esta noche. Hace diez o doce días que estamos sitiados y han aniquilado los moros un convoy de Annual, que sólo pudo andar un poco más de medio camino…

… En seguida se distribuyen granadas. Las ametralladoras evitarán que se retiren por la transversal, y si salen de la zanja los soldados los cazarán a tiros. Las ametralladoras comienzan a tirar desde la trinchera agrupando mucho los tiros, en busca de las aspilleras de nuestras máquinas. Con gestos de pelele se alzan brazos, soltando granadas. La ametralladora calla, y disparan por descargas contra el parapeto. De pronto vuelve a funcionar. Pero nuestros cañones no abarcan sino una parte de este frente, y los de Annual aunque van acercando las granadas no alcanzan aún la trinchera.

Una de las piezas nuestras se emplaza muy dificultosamente en el boquete abierto por las granadas de los moros. Más abajo, fuera ya de la curva de estas primeras colinas, se ven jinetes y grupos de rebeldes a pie, despreocupados. Las manadas de cuervos que de vez en cuando alzan el vuelo pesadamente denuncian los lugares donde fue aniquilado el convoy, donde perecieron también las dos compañías del relevo. Viance ve junto a la alambrada un armazón óseo recubierto a medias por la piel, con dos grandes zancas lívidas. El herido que regresó el día del relevo y que remataron y desnudaron los rebeldes.

La brisa trae, a veces, de la llanura lejana olores nauseabundos. Cuando viene de allá es una verdadera «bofetá de mierda», como dice Otazu, que cree que el hedor es precisamente de los moros muertos. «Un cristiano no pué ser que dé tanta peste».

 

De SIETE

… El comandante, desde un lugar estratégico, los pies juntos, los brazos pegados al cuerpo, las grises greñas al aire, da la voz de firmes, a la cual todos les soldados, menos los centinelas, se vuelven hacia adentro:

- ¡Soldados de España!

Su voz rebasa el parapeto y sale sobre el campo de oro del amanecer:

- ¡La Patria, os pide!…

Granadas y ráfagas de ametralladora ahogan su voz. El asalto se reanuda. El comandante grita tres veces epilépticamente: «¡Viva España!», con una embriaguez que lo transfigura. Bajo el tiroteo, entre los cañonazos, contestan a media voz aquí y allá, con afonía de catarro. El comandante arma su pistola y se asoma despreocupadamente al parapeto. Dispara apoyando el codo en los sacos terreros. Viance, viéndolo, siente un estorbo en el pecho, una ternura extraña. Una voz, desde lo más hondo, le infunde ánimo, llenándole de una confianza nueva. El sol brilla en el cerrojo, enciende estrellas al abrir y cerrar la recámara. El telegrafista se ha tirado al suelo boca abajo y muerde la tierra blasfemando. Los cañones tienen una voz más blanda en la mañana de julio que se alza desplegando sus fuertes colores. Todo en paz -en el cielo, en la tierra.

El telegrafista ha contado seis disparos de cañón. Tiran, tiran y no saben… ¡Otro! ¡Son siete ya! ¡Deteneos, compañeros! ¡Ah, si supierais! Se alza y coge un fusil, busca cartuchos, se va al parapeto. Otro cañonazo. Quedan cuatro. La posición forma parte ya de un mundo de recuerdos, fuera del momento que se proyecta sólo sobre la sed, la mugre, la desesperanza, convertida ya en un accidente también físico. Tira sobre las sombras que coronan unos terreros más cerca que las primeras trincheras.

Una lluvia de granadas precede al asalto. Hay en los moros una táctica desesperada. Una ola llega a la misma alambrada y se atrinchera en dos hoyos de granada, con un parapeto de cadáveres. Desde allí las granadas caen ya dentro de la posición y al telegrafista le parten un brazo. Con el otro sigue disparando y el dolor limpia de sombras la razón -el tópico del dolor moral que purifica es exacto en cuanto al dolor físico- y reflexiona. Si fuera una lucha entre ejércitos regulares, se entregarían y pasarían a la situación de prisioneros; pero aquí, después de lo que todos han visto -el martirio del oficial aviador -, no hay esperanza ninguna. Las granadas acaban de destruir la tienda de los heridos, derriban el parapeto por un lado y hieren a varios soldados. Viance tiene un balín clavado en la rodilla. Al alzarse los moros sobre las alambradas, las ametralladoras hacen un alarde vano y los cañones disparan un tiro, luego otro, muy espaciado. Vacilan los asaltantes y, por fin, avanzan decididos.

Viance mira a ambos lados. No hay granadas de mano; ve el suelo sembrado de nuevos heridos, de los que estaban en la tienda, que mueren con la nariz aplastada contra el suelo, sobre un charco de sangre viva y roja, y que han huido arrastrándose al ver que se les venía encima el cerco de piedras. Están demasiado cerca para no acertar. Ocho o diez han calado machete y aguardan en dos alas, a los costados de las puertas. Otros, dos pasos más atrás del parapeto, también con el machete. Uno ha tirado el fusil y corre en todas direcciones dando alaridos siniestros, y un herido asoma entre la lona de la tienda derruida y al ver que Viance le mira, saca una carta del pecho y grita:

-¡Haz favor! Si entra el convoy, dásela al cabo cartero.

Cree que todo ese estrépito es del convoy que llega ya. Viance recoge la carta del suelo y se la guarda. En el sobre, las iniciales tenían unos extraños adornos y una flor dibujada encima. El herido apoya la mejilla en tierra…

Viance, herido en una mano, no puede sacar el fusil con la otra de un extraño revoltijo de arpillera, tierra y chilaba. Entre el humo, la sangre, el ruido -los estampidos son densos y corpóreos y echan a uno atrás-, Viance salta, retrocede. Huye, no de los asaltantes, a los cuales no ve, sino del universo que afluye sobre la posición y salta en pedazos a ras de las cabezas. El aire llega a sus espaldas en olas violentas con cada explosión. Corre sin armas, con la sensación de que deserta, de que los abandona a todos en la catástrofe final y también de que se deja en R. una parte substancial de sí mismo. La sensación de los supervivientes es la que podrían tener los muertos si pudieran alcanzar la conciencia de que acaban de morir. Cae. Se levanta; vuelve a caer. ¿Y el fusil? ¿Dónde se dejó también el gorro?

Se encuentra poco después bajando la loma, sin armas, con las cartucheras vacías. Queda detrás, arriba, la posición esplendente y ensordecedora, con un cinturón de tierra inquieta y el ímpetu contenido de un volcán. Ahora se oyen mejor las baterías de Annual. ¿Y el comandante? Le ha visto pegarse un tiro. Han saltado por otros sitios un sargento y seis u ocho soldados; pero de éstos lo menos tres han caído en seguida. El sargento conservaba el fusil y era Armisén, el de la segunda. Otras baterías disparan fuera, y una granada cae a unos treinta metros…

Monte Arruit

Nota del Editor: Monte Arruit, poblado y campamento del ejército español durante el Protectorado. Lo que restaba de la columna Navarro llegó a Monte Arruit el 29 de julio; ese mismo día quedaron cercados los 3.017 hombres, incluyendo enfermos y heridos, que formaban la fuerza reunida en el campamento. El 9 de agosto, tras sufrir el constante castigo de la artillería rifeña, y sin reservas de agua, el general Navarro decidió pactar los términos de la rendición, que los rifeños no respetaron; al salir de la guarcición y entregar las armas, los soldados españoles fueron masacrados allí mismo por la guerrilla marroquí. Apenas hubo supervivientes de la matanza. Navarro y otros oficiales fueron hechos prisioneros.

De OCHO

... La altura del sol señala poco menos de media mañana. Ayer fue ayer, sobre medianoche. Se perdió en la llanura, cayó al barranco quizá al recibir el tiro. ¿Cómo ha andado tanto? ¡Ah, la sed; otra vez la sed! ¿Y los moros? ¿Dónde están, que esto parece abandonado hace un siglo? ¿Se habrán ido al interior con el botín? Allá está el teniente N. en cueros, con las insignias clavadas en el hueso del antebrazo. Y un poco a la derecha, hacia el camino, lo menos treinta cadáveres, tres mulos de ametralladoras despanzurrados, ocho o diez cajas de municiones vacías y abolladas y el armazón de un auto incendiado.

La llanura pertenece a un planeta que no es el nuestro. Un planeta muerto, aniquilado por las furias de un apocalipsis. Silencio y muerte infinitos, sin horizontes, prolongados en el tiempo y en el espacio hasta el origen y el fin más remotos. La tierra, blanca; los arbustos, escasos y secos; llanura cruzada por mil caminos invisibles de desolación. Moros muertos, españoles despedazados. La soledad grita al sol en mil destellos sin eco: «Tú irás por Occidente; yo por Oriente, y al final nos encontraremos en un lugar de desventura». Sin un rumor de brisa, sin un pájaro, en el silencio que ahonda la mañana hasta la lividez de la última mañana del universo.

-¿A dónde vas?

Con tres grandes piedras un soldado se ha hecho su apostadero y desde allí avizora en todas direcciones. Tiene el pelo completamente blanco. Un fusil recostado sobre el parapeto y tres cargadores, quince cartuchos.

-No te fíes. Aunque parece que se han largao, están por ahí cerca y cuando menos lo esperas te manejan las ametralladoras y te dan pa el pelo. Yo hago lo mío. ¿Ves ésos? Todos son moros que he matao yo esta noche. Si te asomas allá, a la vuelta, hay más de doscientos.

- ¿Quieres más cartuchos? -ofrece Viance sin comprender.

- ¿Para qué? Viance se lo queda mirando y le propone:

- Ven conmigo a Dríus. El otro suelta a reír con carcajadas opacas, sin abandonar su expresión de taciturnidad:

- ¿Yo? No puedo andar, voy pisando con los huesos. He venido de R. brincando por las vaguadas.

Tiene un pie deforme, inflamado, con la planta desgarrada.

- ¿Se gastan las alpargatas? Pues lo mismo pasa con los pies. Si vas tú a Dríus diles que no tengan miedo, que aquí estoy yo de protección de carretera…

… Muertos, muertos por todas partes. La estadística dará luego cifras: doce mil. (* No hay un acuerdo total en cuanto al número exacto de bajas sufridas por el ejército español en julio de 1921. En la actualidad, los historiadores estiman que perecieron alrededor de 9.000 militares españoles N.E.) No huelen tanto como los del barranco de Annual; pero hay que tener en cuenta que aquí el aire «se expansiona». Mira los cadáveres como si nada tuvieran que ver con él, como si Formaran parte de los accidentes naturales del terreno. El sol fustiga en las espaldas, y Viance anda, anda, usando el fusil como bastón, la cabeza descubierta. ¿Dónde perdió el gorro? Y una vejez, una senectud agobiadora en los huesos. La costumbre le hace tomar cautas medidas y no avanzar sin descifrar la menor sombra, el menor desnivel propicio.

La vista va despejando el camino con anticipación de un kilómetro. Y allá hay alguien que se ha sentado en una peña, junto a un arbusto de esos tan pegajosos. ¿Lleva armas? No. Y tiene la traza de un soldado. Su aire tranquilo confirma que no hay riesgo en este sector. Aquí el peligro ha agotado ya todas las posibilidades. Desde luego, el silencio es absoluto, no se oyen tiros por ningún lado. ¡Ah, Dar Dríus! ¡Si llega a Dar Dríus! ¡Caerá abrumado por la miseria, por la sangre perdida, por los piojos, tan inquietos como la fiebre y el sol, y para todo habrá un remedio al alcance de la mano!

Al llegar cerca del soldado éste se levanta; le muestra una pistola vacía. Tiene los ojos preñados de llanto y una alpargata ensangrentada. Le alarga una cantimplora casi llena de un líquido ocre que Viance apura con delicia.

- Esto no es orines.

- No. Cerveza.

Viance lo mira asombrado. Lleva una guerrera de soldado, sucia y descolorida a trechos; pero el pantalón es de corte irreprochable.

-¿De qué batallón eres?

-Soy oficial.

-¡A la orden de usté! Vengo de R. ¿Dónde debo presentarme? El oficial se encoge de hombros y luego balbucea:

-Búrlate si quieres. Ya da lo mismo.

Viance observa que lleva un pie destrozado. El oficial no debe pesar mucho.

-Lo llevaré a cuestas mientras pueda.

-¡De ningún modo! Tú también vas herido. Iré andando o esperaré que avancen de Dríus.

Viance se lo queda mirando con fijeza. El oficial, al hablar de Dríus, ha señalado en dirección opuesta. Viance advierte con súbito mal humor:

-Dríus no está allá, sino hacia este lao. ¡Pues sí que llegarás a Dríus por ahí!

Lo tutea deliberadamente, con esta fraternidad de la tragedia. Descubre ahora en el oficial la desesperación que apenas lograba contener y que desborda al sentirse tuteado. Suenan tiros lejanos y suelta a llorar en silencio. Viance, repuesto por la cerveza, se indigna:

-¿Un oficial? ¿Tú un oficial? ¡Una mierda eres! Te has quitao la guerrera pa que no te vean las insignias. ¡Confiésalo, hombre!

Raudo, inseguro, fantasma, un automóvil a velocidad increíble llega por el camino de herradura dando tumbos. De pronto frena y Viance corre a su encuentro. El oficial acude cojeando muy lentamente, con una luz de esperanza en los ojos. El vehículo para y Viance sube al estribo.

-¡A la orden, mi comandante!

Un jefe, joven aún, con una expresión taciturna, casi siniestra. Dos oficiales miran a su lado recelosos. El comandante pregunta con un gesto y Viance se aturde:

-Soy de la tercera del segundo y vengo de R.

Le ataja con un gesto. Se oyen tiros más próximos:

-¿Qué hay por aquí? ¿Dónde son esos tiros? ¿Y el general S.?

-Su Excelencia el general se ha matado.

El chófer está impaciente. El comandante y los oficiales llevan la pistola amartillada. Viance asegura sus manos en el borde de la carrocería y apenas logra balbucear informes arbitrarios. El comandante dice:

-¡Bueno, está bien! -y le empuja hacia afuera, mientras comienza a arrancar el coche.

Viance suplica, con los ojos balbucea:

-¡Hay una plaza junto al chófer; llevo tres tiros, mi comandante!

Pero éste sigue empujándole, y al ver que Viance continúa en el estribo con la culata de la pistola le golpea los dedos furiosamente. El oficial blasfema a sus espaldas. Viance, con un dedo roto, suelta las manos y cae junto al camino. El coche, otra vez raudo y desvencijado, corre dejando atrás el resuello acelerado del motor. El oficial, iracundo, desesperado, le quita el fusil a Viance y hace tres disparos contra el vehículo, que acelera más la velocidad. El oficial vomita injurias. Viance, intentando jugar los dedos, le pide el fusil, se encoge de hombros y se va pensando: «El comandante escapa y va a lo suyo. Tampoco yo debí entretenerme y perder el tiempo con este idiota»…

… La llanura sigue en una paz mucho más honda que la simple soledad, porque la paz absoluta, la soledad insondable e infinita, le salen al paso constantemente en los ojos de los muertos. A veces corre, y siente que, en el silencio, sus pasos y los graznidos de los cuervos son la expresión viva de la llanura. Se acerca a un blocao que preside este sector sobre el camino. Más cuervos arriba, en las alambradas, rotas; un cadáver sostenido de pie contra un poste de teléfono por un piquete de hierro que le atraviesa el pecho. Algo baja, rebota entre las piedras, cae por la pendiente. Dos cuervos lo persiguen a ras de tierra, y ese extraño objeto o animal cobra más ímpetu, bota sobre una piedra y queda inmóvil sobre el camino. Una cabeza humana segada a ras de mandíbula, tan porosa que no parece de carne. Los cuervos, con verdadera maestría, le hallan los ojos y salen con sendas piltrafas. Viance evita tropezar con ella y sigue su camino.

Al doblar la loma aparece, en la lejanía, Dar Dríus. La llanura poblada de arbustos se alza lejos, en un gran escalón, y encima, un poco a la izquierda, se ven blanquear los barracones, algunas tiendas. Hay algo inesperado y sorprendente, como si hubiera tenido que resistir la noche anterior uno de esos ciclones que arrancan las tiendas y levantan los techos de las barracas. Su ansiedad se señala ya un objeto, y su miseria una meta. ¡Qué dulce ver hechos materia viva los sueños! Pero la llanura, tan lívida bajo este sol filtrado, no se abarca bien. Hay demasiado matorral. Hay también protección de carretera. Pero los caballos llevan el rabo caudaloso y largo, hasta las corvas: son árabes. Ve muy cerca dos camiones incendiados en medio del camino, rodeados de sombras humanas tendidas. Aquí, allá, suenan tiros sueltos. Es imposible seguir avanzando; está todo poblado de moros, y en el aire se ventea, con las orejas, ese cierzo tan frío de las balas perdidas. Viance sale del camino, se ladea hacia unos accidentes donde negrea la tierra entre rocas, y, escondido, avizora. El tiroteo aumenta abajo. Algunas granadas salen de no se sabe dónde y abren globos y más globos grisáceos a ras de tierra.

AbdelkrimRejetant

  Abdelkrim rejetant les Espagnols, lors de la bataille d'Anoual, guerre du Rif.  

Los moros se hacen claramente visibles; van poblando la llanura. Los jinetes tiran sus fusiles al aire y los recogen galopando. Se oyen voces árabes cerca, y Viance, alarmado, contiene el aliento. Son dos moros de unos cuarenta años, con el fusil en bandolera, que andan presurosos cogidos de la mano. Van agarrados, no porque se estimen, sino para tranquilizarse sabiendo que ninguno de los dos será robado por el otro en un descuido. Viéndolos hablar, comedidos de modales, amables, sonriendo a menudo, difícilmente se advertiría qué felina crueldad ocultan. Uno se detiene, saca de la enorme cartera de cuero un tubo de pasta dentífrica, la extiende sobre un pedazo de pan y come con deleitosa voracidad. Viance, con el dedo anular en el gatillo, aguarda para disparar en caso de sentirse descubierto.

Desaparecen camino de la montaña. Dentro de una hora estarán a la vista del oficial, y poco después podrá el loco encañonarlos cómodamente. Viance no se atreve a salir. Una guerrera ensangrentada aparece sobre un romero. En el cuello sólo queda un número de metal: el 2; pero al lado se ve la huella del 4, no descolorida aún. Tiene la mañana tintes desvaídos. Es natural. Ha perdido tanta sangre, que no podrá ya curarse nunca esta anemia, recuperar una apariencia de salud.

Caballería

A la vuelta de una colina aparece inesperadamente el tropel. Jinetes doblados sobre al arzón, patas de acero redoblando y arrancando chispas de las piedras. Viance, cuerpo a tierra, no alcanza a averiguar quiénes son, de qué se trata. Al frente alguien alza el brazo, y resollando paran y siguen al paso. No hay nadie en la llanura. Sin duda esperaban cargar y llevarse por delante una multitud. Surgen como latigazos tiros de aquí, de allá. Un fardo cae a tierra con pesadez, y un caballo suelto corre en la oscuridad. El tropel reanuda la marcha al trote y cuando Viance quiere darse cuenta ha desaparecido y la llanura vuelve a su silencio. Arrastrándose se acerca a la sombra que yace en el suelo inquieta, balbuceando. Es uno del escuadrón de A., que habla:

- ¡El caballo! ¿Quién eres tú? Anda a buscar el caballo.

El caballo se ha perdido en las sombras. La cabeza, dura, maciza, engrasada por el sudor, se vuelve hacia Viance:

- ¿Aún quedan del 42? Sois como las lagartijas: os parten en tres pedazos y seguís coleando. Más de trescientos han quedado detrás de aquella loma.

Viance se entera de que Dríus está abandonado y de que el escuadrón vaga sin rumbo, haciendo lo que puede. Quedarán unos sesenta hombres, y llevan más de treinta horas en la silla. Los animales caen reventados, cubiertos de espuma. No quiere el teniente coronel retirarse; pero aunque quisiera, sería igual.

- Aquí ni Dios se entiende. Yo creo que se ha armao la revolución en España y que se han ido a hacer puñetas el rey, los duques y los obispos. A mí me da igual, porque esto se acabará al amanecer. ¿Cuánto dura un cristiano con un tiro en la tripa? En un hospital, quizá; pero aquí, seis horas -se palpa el vientre y frota el pulgar con los otros dedos-. No sale ni sangre ya.

Se arrastra hacia unos matojos y apoya en ellos la cabeza. Viance lo mira en silencio.

- Si te salvas busca a quien tenga la culpa y sacúdele. La vida ya ves tú lo que es. Sólo vale la pena cuando hay un poco de justicia encima de toda esta mierda. Si no la hacen ellos, la hacéis vosotros. Toma este cartucho tan limpio. Lo guardaba pa romperme la sesera; pero se está aquí bien. Guárdalo tú y hazme caso. Busca a quien tenga la culpa y sacúdele, que si hay un Dios ahí arriba Él te ayudará a tomar puntería.

Viance lo recoge y se lo guarda. No acierta a coordinar ideas. Le ha quedado fija la idea de la revolución. ¿También el duque de su pueblo se habrá ido a hacer puñetas? Ríe. El otro pregunta:

- ¿Qué te ríes? No es para reírse esto. ¿O es que estás majareta?

Viance se va refunfuñando y el otro lo llama:

- Soy Benito; de Torres del Guadiana.

Se encoge de hombros Viance:

- ¿Y qué?

-Si sales con vida, podías escribir esto al pueblo. ¿O es que vamos a morir sin que nadie se entere? Se hace un ovillo sobre sus rodillas, da un ronquido largo. Viance no sabe qué contestar:

- Si hubiera agua por aquí te traía una cantimplora.

-Pa encontrarla tienes que andar dos horas y otras dos para volver. ¡Vaya un remedio! Además, aquel agua está llena de sangre y sesos. Van a beber y los aguardan en una emboscada. A tres del 42 se lo he advertido; pero podía más la sed y allí han quedado, de hocicos en el charco. Han muerto bien hartos, eso sí.

Lo dice comparando su sed con la saciedad de los otros y envidiándoles esa última delicia. Añade, con una ira febril, con una exaltación momentánea de actor mediocre:

-Yo voy a reventar. ¿Oyes? Pero si creen que después nadie va a acordarse de nosotros, se van a llevar buena sorpresa. Te juro que sí. ¿Has venido de Annual? Desde más allá de las montañas todo está sembrao de hombres con las cabezas rotas, con las tripas al aire. Cada uno tiene su familia, sus amigos, y esa sangre traerá más sangre; acuérdate que te lo dice un veterano. Si vas hacia allá, de aquí a Dríus pues contar los muertos por docenas, y de Dríus abajo, por centenares. Tú y yo seremos pronto dos más, no te hagas ilusiones; pero no se va a acabar esto aquí, ni en Tistutin ni en Melilla. Eso querrían quienes yo sé. ¡Ah, la hostia, cómo se equivocan! Tengo veintitrés años. ¿Está bien morir como un perro a los veintitrés años, abandonado de toda esa gentuza? Mi teniente coronel, pa salvar la buena fama de los oficiales que se arrancan las insignias y salen corriendo, está con el escuadrón por ahí día y noche, cazando a los moros a sablazos, chorreando sangre. Los caballos están rabiosos, muerden y cocean, pero las sombras también muerden y te cogen bocaos en el cuello, en la tripa. Todos sangran en las rodillas, porque la silla del caballo muerde también, y caen del cielo pájaros que te pasan la cabeza de lao a lao con el pico. Te jodes Ceriñola. Si no hay agua es porque los camiones se han quedado en el camino. La gasolina es mala, y con todo se la beben en intendencia. Pégale fuego y verás. Allá hay tres cabrones soltando cohetes y divirtiéndose; pero no vayas, porque el alcalde te pondrá multa. ¿Qué haces ahí? ¡Tira hacia la derecha, que ahora llega la vieja con unas tenazas calientes!...

El miedo es ya un miedo metafísico, bajo el cual desaparece el hambre, la sed, el dolor físico de las heridas y caldea el cráneo y lo llena de vagas luces de alarma, de ruidos incomprensibles. Otro relámpago y tiros sueltos. Dos balas pasan altas, con un agudo silbido.

Viance teme a los relámpagos, se cree descubierto y aceleradamente retrocede, cambia de dirección y va a dar en una pequeña eminencia a cuyo pie se deja caer, ocultando el fusil bajo el vientre. El dorso de las manos, la mejilla, los pies desnudos -con una sola alpargata- dan en la tierra. En la inmovilidad, Viance siente feroces impaciencias. Los labios rozan una piedra y el aliento retrocede en ella y le quema la piel. Oye de nuevo un trueno, caen gotas y la llanura se puebla de rumores. Vuelven a oírse tiros próximos en sucesivas descargas. Son los moros, pero nadie les contesta. Las balas no se oyen pasar y la noche las recoge en su entraña de algodón. Una gota ha hecho un ruido metálico contra una lata, ahí al lado.

Al silencio del desierto sucede, con el agua, un rumor de selva. Las primeras gotas caen como proyectiles sobre Viance, que se encoge, tiembla, querría incrustarse en la tierra. Pero algo sustancial y, al mismo tiempo etéreo y fluido, se eleva sobre él y llama la atención de los mil ojos de la noche. Sobre el cuello le pesa un pie descarnado y una voz resuena contra la bóveda del cráneo: morir, morir, pasar a esa fría inercia de los muertos, formar luego en la caravana de los recuerdos que nadie recuerda y que vagan solos en hileras de nubes monstruosas. Y el tropel que llega de nuevo, velocísimo, en las sombras, con una resistencia mecánica, un impulso frenético, midiendo la profundidad y la soledad de la noche. Un relámpago vacilante ilumina los caballos de cuellos tensos, las siluetas rígidas de los jinetes, agrupados en un galope uniforme.

Más descargas. Caen algunos; sus huecos se vuelven a ocupar y el galope arrastra a los heridos y los remata bajo la polvareda…

 

 De  NUEVE

 NUEVE

Ha corrido tanto durante la noche que ha logrado rebasar Tistutin. Cuando vio el campamento sintió la alegría del animal acosado que alcanza la puerta de su guarida. Todo el camino corriendo, cayendo y levantándose, acuciado por los trallazos de un extraño domador de circo que cabalgaba sobre las nubes y cuyo látigo restallaba aquí, allá a ras de tierra. Las patrullas de moros son más frecuentes, y desde el Boquete hasta Tistutin el suelo está materialmente cubierto de cuerpos mutilados.

Contactos blandos bajo los pies, ronquidos siniestros. Y ningún cadáver en actitud de reposo, sino interrumpidos en un movimiento de avance, de lucha, de protesta.

Ha tardado mucho en darse cuenta de que también este campamento está en poder de los moros. Comenzaba a amanecer cuando vio junto al parapeto destrozado las alambradas retorcidas, levantadas entre piltrafas y miembros humanos; la paz de dentro, una paz de descanso bien ganado, sin precauciones, bajo las altas rocas que emergen como vigías cenicientos casi rozando el poblado, hacia la montaña. Aquí la catástrofe ofrecía más contrastes, no tenía la cruda y primaria monotonía de Annual, de Dríus. Aquí había un poblado, había cierta vida civil reflejada, aunque débilmente, por la actividad civilizada de San Juan de las Minas. Había también polvo rojizo, ferruginoso, en el suelo, en la cara y en las ropas, y merced a él algunos cadáveres de obreros españoles tenían buen color.

SanJuanDeLasMinas3

Viance sintió, a la vista de todo aquello, cierta alegría sádica. San Juan de las Minas, el ferrocarril con la espina dorsal levantada más arriba, atravesada de palitroques; aquella vía de juguete que se podía plegar y llevar a casa, y que de pronto, sin saber cómo, aparecía al volver una loma y se perdía entre los arbustos y volvía a aparecer. El polvo rojizo, ennegrecido por el agua, aumentaba un poco más abajo. Muelles de embarque en la plaza, operarios, cargadores y mineros casi de balde; dos trenes de mineral diarios hacia el puerto: todo gracias a nosotros. A ver dónde están ahora esos trenes cargados, esas vagonetas y esos hormigueros de «tíos en cueros». Todos los amaneceres estimulan el ánimo con cierto ímpetu de comienzo y punto de arranque, al revés que los atardeceres mohínos y cansados.

Viance llega a sentir cierta satisfacción maligna y vengativa. Se ha sentado en una piedra. Preside el paisaje la cresta de San Juan de las Minas. San Juan Bautista debe ser. Ahí está el anacoreta de los millones, el místico de la industria pregonando la virtud, la abstinencia, el ayuno y bautizando al indígena con el polvo rojizo del mineral. Bautismo de esclavitud, de vasallaje. Prostitución del trabajo impuesto y mal pagado. Nada de jornadas establecidas ni jornales mínimos. La procesión de encapuchados, cubiertos de polvo rojizo y de piedra manchada por la entraña sangrante de la montaña, hormigueaba de la mina al tren, del tren a la mina, silenciosa, aguardando la caída del sol y los seis reales.

Civilización de Occidente, trenes mineros, sociología de piedad cristiana y, detrás, el ejército, la vida joven y poderosa con tres palabras vacilantes en los labios: patria, heroísmo, sacrificio. Más abajo de la cresta minera, rocas blancas enhiestas, agrupadas, superpuestas: el hueso mondo de la montaña. Todavía más abajo, blancas losas calcáreas, donde la lluvia, la erosión constante, ha dibujado columnas y encasillados de arriba abajo. Una tabla de cotizaciones de Bolsa. Y al pie… Al pie se han refugiado algunos para morir. En este sector, la gran losa calcárea es un área feroz y primitiva…

… -¿Qué ha sido esto, viejo? ¿Usted sabe qué ha sido esto? Dos días y dos noches huyendo y tropezando con muertos por todas partes. Es lo que yo digo, aquí ha pasado algo y alguien tiene la culpa.

El anciano suspira y se rasca en un brazo.

- No tiene la culpa nadie ni ha pasado nada -y añade con los ojos perdidos en el horizonte-. La humanidad ha sido siempre así… ¿sabes por qué? Yo soy muy viejo. Vine el año 60 a la otra parte de la morería, a Tetuán. Muy viejo. Pero por eso… - vacila como si se convenciera de lo ocioso de sus palabras, y añade-: vosotros, los jóvenes, sois los únicos que aún no estáis envilecidos, que tenéis la conciencia sana y creéis en la justicia, en el bien; Dios os ha señalado la obligación de decir la verdad y de meterla, si es preciso a golpes, en la sesera de los viejos. La verdad es la vuestra, no la de ellos. La cabeza de los viejos que mandan allá y aquí, y en todo el mundo, no tiene más que vanidad y miedo. Ni una idea humanitaria, ni un sentimiento puro. Y los intereses sembrados alrededor, que son como barrotes de una cárcel. Los jóvenes podíais haber evitado esto defendiendo a su tiempo las ideas que sólo vosotros sentís sinceramente y que son la verdad del mundo aunque nadie quiera verlo. Pero habéis preferido someterlo todo a esta maldad y a esa vileza, y el cielo, que no perdona tan fácilmente como dicen, os castiga y aún os castigará más.

El viejo tiembla, enrojece. Luego se arrepiente. Viance piensa si estará loco, aunque en el fondo reconoce que tiene razón. ¡Pero hace falta estar un poco majareta para soltar ese discurso aquí en este momento! El viejo añade, después de un silencio:

- Nada. Esto, todo esto, no es nada. Ha sido así siempre y seguirá siéndolo. Yo no sé si soy español o no, pero estoy por los moros. Esto lo han hecho los jóvenes de acá porque los viejos hacen el saludo militar a los cabos españoles. En cambio vosotros, los jóvenes españoles, os sometéis, ofrecéis lo mejor de vosotros mismos a cosas caducas, inútiles y malvadas.

Siguen andando. La voz del viejo golpea a Viance monótonamente en la cabeza, llena de resonancias. Después de un silencio, el viejo añade:

- ¿Es hermosa España, verdad? Hace cincuenta años que no la veo…

...

… La voz se ha ido debilitando y Rivero pierde el conocimiento. Viance cree que ha muerto y sale otra vez cara a la llanura, reponiendo sus cartucheras con las del compañero. Pero la voz de Rivero se vuelve a oír y Viance se detiene, regresa a su lado, atraído por algo indefinible y molesto. El herido se incorpora y ruge:

- ¿No me matas? ¿Te duele matarme? Entonces, llévame contigo. No hace falta que me lleves a cuestas, sino que te acomodes a mi paso y me dejes apoyar.

No puede levantarse, es inútil. Pesa la luz como oro fundido sobre las costillas. Y la herida quema. Galopan caballos en una lejanía vaga; suenan tiros, descargas cerradas. Rivero se incorpora, se arrastra y coge un fusil:

-¡Anda, lárgate! Corre sin parar hasta aquellas chumberas, y cerca de allí puedes esconderte hasta la noche. Yo te respondo que llegarás.

Viance sale y su compañero se arrastra, asoma por fin arriba su silueta aplastada. No se le ha oído un lamento. Viance le oye hacer fuego con intervalos regulares, rápidamente. Algunas balas pasan altas y otras pican cerca. Tiene la sospecha de que dispara sobre él; pero al volver la cara lo ve de espaldas tirando contra un grupo de jinetes. Las balas de éstos, que van dirigidas a Rivero, pasan de largo. Siente una súbita gratitud y dice, accionando como un borracho: «Todos piden lo mismo. ¡Un tiro en la cabeza! Eso no es pa pedirlo a un hombre».

Lleva en el bolsillo de la guerrera un cartucho limpio, brillante, pulido y dorado como una joya. El tiro en la cabeza se lo dará él. Si le entregaron aquel cartucho para «el que tenga la culpa», no hay que discurrir demasiado,

Viance tiene la culpa, como Rivero y como Otazu y Piqueras. Todos son culpables, porque un hombre es igual a otro hombre, y si uno dice que sí el otro puede decir que no. ¿Y qué? El caso es que todos han dicho que sí, sin saber lo que decían y ahora van pidiendo un tiro en la cabeza, que no les sirvió a su tiempo para hablar palabras razonables.

El galope se oye más próximo, se ha desviado del camino de las balas y así, sin verlas hincarse en tierra, sin comprobar de donde vienen, sin oírlas pasar, oye sin embargo los estampidos espaciados y cree ver cómo llegan los escuadrones moros, tan ligeros, y cómo resuellan ya los caballos. Siente en la espalda la angustia de unas manos aferradas al correaje, otra vez el gancho clavado en la nuca de través, y brinca con ímpetu salvaje, con un aliento profundo, el corazón dispuesto a salir a pedazos por la boca entre chorros de algo que sabe como a lejía.

Corre ya sin rumbo, aunque el instinto le hace desviarse de la llanura sin conciencia de sí mismo, brincando y acelerando la marcha por resortes ocultos, cuya existencia nunca hubiera sospechado. Rivero ya no dispara. Los jinetes lo habrán despedazado con esa voluptuosidad sádica que les suele lucir en los ojos que Viance sólo ha visto antes de ahora en los de algunas beatas españolas edificadas ante una imagen de Cristo en la cruz.

Se ve a sí mismo en la sombra largo, desmadejado. Correr es cobardía. Rivero era valiente. ¿Qué es eso de la valentía? El miedo a correr; pero, ante todo, el miedo a correr un ridículo. Estas tres palabras, miedo, correr, ridículo, se enlazan ya como el trepidar vario y monótono de un tren. Corre, corre, llega a una cortadura y sin ver lo que hay en el fondo salta y cae, arrastrando la cartuchera de la espalda por la pendiente. Abajo, sombra propicia, los cuervos hartos -¡siempre los cuervos!- y un cerdo que huye gruñendo, con medio antebrazo humano en la boca…

 

De  ONCE

ONCE

Al hombre encerrado, encarcelado, la imagen más exacta de la libertad se la da el viento. Para Viance, perdido en el dédalo de su angustia bajo el cielo, sobre la llanura sembrada de cadáveres, la libertad es el mar, que ya presentía en las sombras, cerca de Nador (Nota del editor: La mañana del 24 de julio de 1921, el teniente coronel Pardo Agudín, comandante militar de Nador, se parapetó con 193 personas más, entre militares y civiles, en un edificio del poblado denominado «Fábrica de harinas», la casa donde transcurre la acción de este capítulo; allí resistió con el resto de los defensores hasta el 2 de agosto, fecha en la que entregó la fábrica y la posición de Nador a los rifeños) , por un olor fresco y denso de ribera y a veces por el rumor de selva, de hojarasca, que arrastraba la brisa. Las olas chascan a la espalda de la casa donde se han refugiado algunos en la desbandada de Nador. Un viejo, paisano; algunos guardias civiles y hasta veinte o treinta soldados de varios cuerpos.

Las ventanas y las puertas, sin maderas, dan al edificio un aspecto desolado. Ha sido saqueado antes de que esta corta guarnición se hiciera fuerte en él. Viance llegó cuando la mañana comenzaba a clarear y fue a dar la vuelta para penetrar por una ventana baja. Ya dentro, se encontró en un desván con las paredes y el suelo manchados de sangre y rotos por impactos de fusil. La soledad y el silencio le impresionaron…

NadorFHarinas

… Le señalan sitio para la defensa. Viance está sorprendido de todo, sin coordinar bien lo que era antes y lo que es ahora y las razones por las cuales está entre muros, andando sobre baldosas. No es una impresión de seguridad, sino una vaga sensación de encarcelamiento. Antes, el campo le ofrecía mil caminos en cada caso para huir, para escapar. Ahora, la habitación, los pasillos, el choque con la ordenanza militar, han venido a cuadricular, a geometrizar el miedo, la desolación, la desesperanza, a encasillar las posibilidades de salvación. La estepa ha sido interrumpida por un asomo de civilidad; pero Nador, como todas las ciudades recién saqueadas, da a la tragedia tintas más fuertes. En plena naturaleza, la muerte no tiene tanta importancia. En el campo, bajo el cielo, la muerte está implícita y sobrentendida en todo, serena y dulcemente. La ciudad, en cambio, llena de atributos de vida, creada precisamente para vivir, resalta lo tenebroso y fatal de la muerte. Viance tiene más miedo que antes y se siente encerrado en él como en una jaula.

Los tiros de fuera apenas se oyen. De cuando en cuando cae con estrépito algún pedazo de yeso de la pared. Aciertan a meter las balas por la ventana. Ha preguntado algo -no se acuerda bien- y un guardia civil le explica:

-Ese que has visto al lao de la escalera es un herido que ha llegao a rastras esta noche y lo hemos podido meter adentro. Los moros le han machacao con piedras las mandíbulas pa sacarle el oro que llevaba en la dentadura. No tiene boca. Todo es un amasijo de carne y huesos rotos. Lo conocí en Zeluán y era cabo cartero. Yo voy a venir voluntario para las operaciones que se hagan después, porque se la tengo jurada a unos cuantos bandidos de Nador que pasaban por amigos nuestros y yo los he visto en la iglesia crucificar los soldados igual que a Cristo, contra una pared. Yo vendré voluntario. Viance se encoge de hombros. El guardia insiste:

- ¿Que no? Aunque lo pierda todo, porque buena carrera sí que llevo y estoy muy considerao por los superiores; pero yo vuelvo voluntario con cualquier regimiento y dejo mis setenta y cinco duros y me lleno otra vez de hambre y de piojos…

… -¿Sabes tirar?

El viejo afirma.

-Anda y haz fuego, apuntando siempre a los de la chilaba azul.

El viejo se incorpora, se asoma y da un salto. Queda patas arriba. Viance lo ve con la frente abierta y blasfema. La guerra tiene manías que se cumplen siempre, con rara exactitud. Elimina primero a los miedosos como si fueran obstáculos para su propia y monstruosa belleza. Respeta a los audaces, a los temerarios.

Diez minutos de fuego graneado y los moros vuelven a sus apostaderos, dejando algunos muertos. Se comprende que no tienen prisa y que van a esperar, tiroteando las ventanas desde sus posiciones más seguras, a que el hambre o la falta de cartuchos los obligue a entregarse.

Viance deja de tirar y recuenta los cartuchos. Los del viejo son una buena ayuda. El viejo está de pie, no ha muerto. Avanza hacia él, carga el fusil y se asoma despreocupadamente a la ventana. Tira dos, tres veces. La sangre le escurre por las cejas y le cubre los ojos. Viance le obliga a retroceder y le quita el fusil. Un enjambre de balas ha entrado por la ventana, se ha estrellado contra los ladrillos desnudos y rotos de la pared. El viejo se derrumba en un rincón, la mirada perdida, un ojo casi cerrado. No se le oye un lamento.

Horas después el viejo ha muerto, y con un lápiz alguien -¿él mismo?- ha escrito en la pared, al lado: «Aquí ha muerto Juan García Soler, vinatero de Alicante, después de ver asesinar bilmente en sus propios ojos a toda su familia». Viance raspa con la uña el rabo de la b y recoge los cartuchos que llevaba en el cinto. Tiene ahora la habitación, con ese cadáver a medio incorporar, mirando por el único ojo abierto, una soledad que antes no se hacía notar. Vuelve a la ventana; pero el ojo de Juan García Soler se le ha clavado en la nuca y no puede sosegar. Tiene que tumbar el cadáver en tierra y volverlo de espaldas.

Los moros no intentan el asalto. De cuando en cuando se les contesta con descargas certeras.

Así transcurre el día. El hambre impide hablar, levantar el fusil, tenerse en pie. Cinco días sin comer desde que el viejo desertor le dio el pan de maíz. Al oscurecer llega, con el hambre, la fatiga del sueño…

… Pero el hambre, el hambre corporeizada en la sombra, que le oprime el estómago y le ciñe las sienes con torcedores de cuerda, que ha hundido tanto sus mejillas que no se sabe si la barba sale del hueso o de la piel, le impide acabar de dormirse. ¿No será antirreglamentario esto de dormir, ahora que se está otra vez en contacto con el reglamento? Pero Viance se abandona a una indiferencia blanda y laxa, que resulta cómoda como un ataúd bien acolchado. Los ojos, entreabiertos, acostumbrados a la oscuridad, miran obstinados a la puerta, animada en su frialdad de puerta, que nadie puede entornar ni abrir, por la pantorrilla del guardia civil muerto. Pierna mórbida, carnosa, blanca.

Una idea pasa como un relámpago, y aunque Viance la desecha ha dejado su estela, su simiente. Al poco rato resurge y Viance, antes de rechazarla, piensa: «Llegaría uno a ser peor que las fieras, porque ellas no comen la carne de sus semejantes». Después reflexiona: «Aunque en el fondo, bien pensado, lo primero es salvarse». Procura alejar definitivamente esa obsesión; pero cuando cae de nuevo en ella es ya para pensar: «¿Se enterarán? Puedo volver el muerto cabeza arriba y nadie irá a ver si tiene las pantorrillas intactas». Y por fin, a cuatro manos, avanza sigilosamente, con el machete en la diestra. A medida que se acerca, la voluptuosidad de comer le anima; pero ya en el umbral, a dos pasos del cadáver, contiene la respiración. En el cuarto no hay nadie. La ventana está abandonada: deben haberse ido todos abajo. Avanza de nuevo. A la otra parte del cadáver alguien se arrastra también y huye de pronto, hacia la escalera. Viance retrocede, conteniendo la respiración. Llega a la ventana y se deja caer con el rostro contra la pared…

 

LaVanguardia

DE   SALVACIÓN. LA GUERRA. LICENCIAMIENTO. LA PAZ DE LOS MUERTOS

 

De  DOCE

… Junto a Viance, un hombre esquelético mantiene medio pan a la altura del hombro, y come lentamente. Las mandíbulas en cada movimiento amenazan romper la piel, recién afeitada. Mira a Viance con una frialdad de estatua.

- ¿Y tu chusco? ¿No tienes el chusco?

- Agua -responde-. Agua es lo que yo querría.

En la gamella, sobre un camastro, hay un poco de agua. Viance espanta las moscas que cubren los lados como un forro de terciopelo y quedan dos nadando. Bebe. El otro habla sin dejar de mascar; pero come mecánicamente, sin hambre, como si le pareciera muy elegante eso de comer.

- Las pobres moscas también tienen que beber. Ellas no tienen mili y no se acostumbran a pasar sed, como uno. Porque, ¿tú les has visto el 42 en el cuello?

- ¡Las moscas no tienen cuello!

-Pero tienen sed. Porque no sean personas sino bestias ¿no han de tener sed?

- La cantimplora mía llevaba un tiro. No se notaban los agujeros tapaos con el peluche del forro, y he dao el cambiazo. Hasta que quieran poner algo en ella no se enterarán.

Casi todos, a excepción de ocho o diez oficinistas que han salido de mayoría y que están fuertes y van bien uniformados, tienen un aspecto lamentable. Vagabundos, mendigos con las huellas del hambre, los uniformes destrozados, un aire general de miseria. A uno que debió llegar en cueros le han dado un traje nuevo de talla muy superior a la suya y se pasea con las manos en los bolsillos, afectando molestias y sencillez. Cuando tocan a reconocimiento Viance sale corriendo. El cabo que hace de sargento de semana dice a gritos:

- Los del reconocimiento que vuelvan inmediatamente desde el botiquín. Alguien explica que hay revista de armamento y de municiones. Viance dice:

- Si han de pasar revista a mi fusil tendrán que ir a buscarlo a R.

-¿Y si te empapelan?

-¡Mala suerte!

El médico practica el reconocimiento con prejuicios, advertido por el coronel. Pone «Hospital» a uno solo. A Viance le pone «servicio» y no pudiendo el soldado ya reprimirse, le pregunta:

-Según usted, ¿estoy sano?

Pero el médico llama:

-A ver, otro.

Viance insiste con la voz temblorosa de cólera:

-Tendrá que oírme antes, mi teniente. Yo no puedo tenerme en pie, estoy herido…

-¿Qué dices, idiota? ¿Qué palabras son éstas?

Viance, ya en la pendiente, se deja arrastrar:

-Soy un soldao y usté un capitán; pero antes que nada yo represento un hombre y usté un médico. Falta usté a su obligación si…

-¡Vamos, vamos! ¡No sabes lo que dices! ¡Largo de aquí!

-Digo sólo lo que quiero decir, y usted no cumple con su deber. Sabe bien que yo no estoy para hacer servicio.

El médico alza la mano, se contiene rojo de ira. Viance ha retrocedido y le ha tirado un frasco a la cabeza, rugiendo:

-No me toque, que le parto el alma. Usted es como los demás, como todos, como el cobarde del…

Yazanen

Lo arrastran, le tapan la boca. El capitán lo envía a la prevención y da cuenta en un parte escrito al coronel. Viance, dominada ya su excitación en el cuerpo de guardia con otros dos soldados, siente, con la satisfacción de haber dicho la verdad y de haber alzado un grito de justicia, cierta responsabilidad confusa que no le importa en el fondo. El médico no le ha pegado porque se ha compadecido de él, enfermo y herido. Eso le da la razón. Mira por la ventana sin cristales hacia el patio. Unos cien hombres se alinean torpemente con la mano en la cadera. A la luz cruda los rostros tienen una increíble palidez, largas sombras cárdenas. Las manos son flacas y amarillas, de muerto. Allí están todos los del barracón de transeúntes, los que han ido a reconocimiento con Viance y han sido declarados también aptos para hacer servicio.

-Van a Yazanen -dice un arrestado.

Acuerdan los tres que es preferible el arresto con todas sus consecuencias, y que por nada del mundo saldrían de nuevo a buscar la muerte. «Para encontrarla a treinta kilómetros, es preferible morir aquí contra una tapia». Yazanen es una posición del sector occidental que ha enviado anoche su último telefonema a Comandancia. Los tres piensan lo mismo: «Van como borregos, y no volverá ni uno»…

 

 

Leer final de "Imán".....:     Imán

 

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