UN BUEN LIBRO PARA LEER:  OBABAKOAK      (1989)                            

    Obabakoak

     Bernardo Atxaga      (España) 

       Editorial      :  Edicciones B   -  (Colecc. Tiempos Modernos) 

     Traducción:   Bernando Atxaga

         (Esta obra fue escrita originalmente en euskera)

 

 

Fragmentos de libros          

 

INFANCIAS

De ESTEBAN WERFELL

… Eran bonitos los cuadernos de tapas duras. Le gustaban. A menudo solía pensar que los estropeaba, que las historias o las reflexiones que acostumbraba guardar en ellos frustraban el buen destino que a todo cuaderno -al cuaderno de tapas duras, sobre todo- le cabía tener.

Quizá fuera excesivo pensar así acerca de algo como los cuadernos. Probablemente. Pero no podía evitarlo, y menos cuando, como aquel día, se disponía a abrir uno nuevo. ¿Por qué pensaba siempre en lo que no deseaba pensar? Su padre le había dicho una vez: No me preocupa que tengas pájaros en la cabeza, lo que me preocupa es que siempre sean los mismos pájaros. Era verdad, pero nunca había sabido las razones que le impulsaban a ello.

El impulso que empujaba a sus pájaros de siempre era, de todos modos, muy fuerte, y Esteban Werfell no pudo resistirse a la tentación de levantar los ojos hacia la estantería donde guardaba los once cuadernos ya escritos. Allí estaban, medio escondidas entre los tratados de Geografía, las páginas que daban fe de su vida; las que retenían los momentos hermosos, los hechos más importantes. Pero no se trataba de un tesoro. Ya no había ningún brillo en ellas. Releerlas era como mirar papeles manchados de ceniza; era sentir vergüenza, era ver que crecían sus deseos de dormir y de olvidar.

- Cuadernos de letra muerta -susurró para sí. La expresión tampoco era nueva.

EWerfell… Los cisnes parecían calmados. Esteban Werfell mojó su pluma en el tintero y extendió su pulcra letra sobre la parte superior de una nueva página. Estaba decidido a incorporar sus reflexiones al cuaderno.

Incluso en las situaciones más difíciles hay un momento en el que dejar de luchar se convierte en algo deseable y placentero. Así por ejemplo, un náufrago siempre acaba reconciliándose con el mar; aun aquel que, después de haberse desangrado intentando salvar su barco, ha desafiado a las olas durante toda una noche, bajo las estrellas, rodeado de peces, en completa soledad. No importa lo que haya hecho, ni su apego a la vida: el final es siempre dulce. Ve que no puede más, que nadie llega, que no divisa ninguna costa; y entonces acepta, descansa, se entrega al mar como un niño que sólo quiere dormir.

Pero mi padre era demasiado orgulloso. Había naufragado, sí, y no le quedaba otro remedio que doblegarse; pero no lo aceptaba, no deseaba el placer último de la derrota…

 

De EXPOSICIÓN DE LA CARTA DEL CANÓNIGO LIZARDI

… Llegado a este punto, debo decirte que Javier era de padres desconocidos; o para expresarlo con las mismas burlonas palabras con que aquí tantas veces lo calificaron, un hijo de las zarzas. Vivía, por esa razón, en la hostería de Obaba, donde le vestían y le daban de comer a cambio de los duros de plata que -vox populi dixit- sus verdaderos progenitores hacían llegar a los dueños. No es mi intento, en esta carta, aclarar el misterio de las continuas huidas del pobre muchacho, pero tengo por seguro que el comportamiento de Javier obedecía al mismo instinto que hace a un perro moribundo escapar de sus amos y correr hacia los ventisqueros; pues, siendo del mismo origen que los lobos, allí es donde se encuentra con sus verdaderos hermanos, con su mejor familia. Del mismo modo…

Ahí termina la tercera hoja. La cuarta y siguiente se halla, desgraciadamente, muy enmohecida por la parte superior, y todos los esfuerzos que he hecho por limpiarla no han dado gran resultado. Únicamente he podido salvar un par de líneas.

MantisLeyéndolas, se tiene la impresión de que el canónigo Lizardi abandona el relato y recae en las tristes reflexiones del comienzo. Eso deduzco yo, al menos, de la presencia en ellas de una palabra como santateresa, nombre vulgar de la mantis religiosa: un insecto que, según la guía de campo que he consultado, resulta excepcional en todo el reino de la naturaleza por cómo se ensaña con sus víctimas. Las devora lentamente y procurando que no mueran enseguida; como si su verdadera necesidad fuera la tortura, y no el alimento, comenta el autor de la guía.

 

¿Compararía Lizardi el comportamiento del insecto con el que la vida había mostrado con el muchacho? Personalmente, creo que sí. Pero dejemos estas elucubraciones; vayamos con lo que realmente escribió Lizardi en la parte legible de la cuarta hoja…

… Hay un cuento, que las madres de Obaba cuentan a sus niños, donde una hija pregunta a su malvado padre si cree que algún día le llegará la muerte. Y el padre le responde diciendo que es muy difícil que tal ocurra, porque: yo tengo un hermano que es un león y vive en la montaña, y dentro de ese león hay una liebre, y dentro de la liebre una paloma; una paloma con un huevo. Pues bien, si alguien consigue ese huevo y luego me lo rompe aquí en la frente, moriré. De lo contrario, nunca. Sin embargo, el que está escuchando el cuento sabe que esa relación será descubierta por el pequeño criado de la casa, y que el hombre, en realidad es un demonio, será muerto. Mas yo no tuve el ingenio del pequeño criado, y no supe responder a mis propias preguntas. Quizás haya sido torpe; quizá fuera, el hilo que iba de Javier al jabalí, más difícil de desentrañar que el que ataba la vida del padre al huevo de la paloma.

De todos modos, los acontecimientos se encadenaron con tanta prontitud que apenas hubo tiempo para la reflexión. Porque sucedió que, al tercer día de cacería, el jabalí persiguió e hirió a uno de los cazadores rezagados de la partida…

 

De POST TENEBRAS SPERO LUCEM

… Hablaba de mariposas, mencionándolas siempre por su nombre latino, en casi todas sus cartas, pues era consciente del sentimiento de admiración que su conocimiento del tema provocaba entre sus amigos. Pero, contra lo que ella suponía, pasaron ocho días, y luego doce, y más tarde diecisiete; pasaron en total -si la cuenta no me sale mal- un mes y una semana, y ninguna carta había llegado aún a su buzón, ni siquiera aquella que más esperaba, la de Su Mejor Amigo.

«No creía que me fueran a olvidar tan pronto. Como amigos, han resultado un fracaso; nunca volveré a escribirles», decidió entonces.

Era una decisión firme, y como tal quedó inscrita en el cuaderno que le servía de diario.

Mientras tanto, el otoño llegaba a su fin, y las mariposas iban desapareciendo conforme pasaban los días. Ya sólo podían encontrarse las Vanessas que, sustentándose de ortigas, viven junto a los umbríos pozos de los ríos. En cuanto a las golondrinas, ya estaban alineadas en los cables de la corriente eléctrica: ciento veinte golondrinas en un cable, y ciento cuarenta en el otro, doscientas sesenta golondrinas en total. En cualquier momento alzarían el vuelo y emprenderían su gran viaje hacia el sur.

Las golondrinas se han ido, ha llegado el invierno, escribió la maestra en el cuaderno cuando el aire de Albania -con doscientas sesenta golondrinas menos- pareció haberse quedado vacío.

Las anotaciones que confiaba a su diario le servían a la maestra para desahogarse, y proporcionaban a su vida el consuelo que acompaña siempre a las confidencias: conseguían devolverle el sosiego, y su -con mayúsculas- Confuso Corazón recobraba el murmullo habitual. No era, sin embargo, únicamente Corazón. En su interior existían, además, otros impulsos, otras fuerzas que ningún cuaderno podía recoger; y eran esos impulsos -secretos pero poderosos, y que a veces la obligaban a dormir completamente desnuda - los que le hacían recordar a Su Mejor Amigo; y él volvía a estar junto a ella, y la besaba, como aquella noche de junio en que ambos se habían separado del resto de los amigos y se habían perdido tras las dunas de la playa. Pero era obstinada, y no quería echarse atrás en la decisión que había tomado. No le escribiría ninguna otra carta hasta que él le contestara…

PostTenebran

Estoy muy disgustada porque no ha cumplido lo que prometió, escribió, ya en casa, en la parte superior de una cuartilla. Después, renunciando a continuar la carta, se acostó y permaneció dos horas tumbada en la cama, con los ojos abiertos, mirando a la oscuridad. Y cuando, por fin, concilió el sueño, surgieron de su corazón pesadillas que la asediaron, con arañas, con serpientes, durante toda la noche.

Los perros del barrio le anunciaron con sus ladridos la llegada del nuevo día, y le pareció que aquellos perros llevaban ladrando desde siempre, y que así continuarían en adelante, que no se callarían nunca. Y su ilusión adquirió aún mayor consistencia cuando se levantó y miró por la ventana, pues al otro lado del cristal el invierno se extendía con autoridad, como la única estación posible.

«También cuando llegué estaban los campos como ahora, completamente helados, completamente blancos», observó. Seguía pensando como una sonámbula.

El reloj de la ermita le anunciaba que eran las ocho de la mañana, pero el significado de aquellas agujas escapaba a su comprensión, y exactamente lo mismo le sucedía con aquel dieciocho de noviembre que, justo al lado del círculo rojo, mostraba el calendario. ¿Qué era el dieciocho de noviembre? Un día. Y si a un día se le añadían otros veintinueve o treinta se formaba un mes. Un mes que con once más formaban un año. Pero aquello sólo debía de cumplirse en otros lugares, no en el barrio de Albania.

«No estoy enferma. Es sólo que no voy a la playa», se dijo cuando el espejo del baño le hizo notar la palidez de su piel. Pero la aprensión continuó molestándola durante todo el aseo.

MelanargiaRussiaeSoy una Melanargia Russiae. Un alfiler me tiene prendida en un corcho, y me voy desangrando poco a poco, escribió después en su cuaderno, sentada en la mesa de la cocina y mirando a las mariposas que guardaba en la vitrina del armario.

Pero, nada más releer la frase, y por primera vez desde su llegada al barrio, su Confuso Corazón se rebeló…

Post tenebras spero lucem, a las seis de la tarde ya era de noche en Albania y todas las bombillas de la escalera del hostal estaban fundidas; de tal forma que la maestra tenía que bajar a tientas, apoyándose en la barandilla, aquellos veintitrés peldaños -cinco más diez más ocho- que conducían al portal repleto de odres de vino y de aceite.

Pero existía, además de la exterior, aquella otra oscuridad que se alojaba en su Confuso Corazón y que era, sin duda, la más fuerte; una oscuridad que la obligaba a detenerse y permanecer de pie cuando, después de bajar los primeros quince peldaños, llegaba al gran rellano de la escalera; porque desde allí podía escuchar claramente las conversaciones de los obreros que, justo debajo suyo, bebían y reían dentro del hostal. Primero había sido un simple descanso; luego un entretenimiento inocente; casi enseguida, ya en pleno invierno, una costumbre que ni siquiera se atrevía a confesar a su diario.

«Siempre están alegres. Y eso que se pasan el día trabajando en la zanja», pensaba.

Al principio, su Confuso Corazón atendía por igual a todos aquellos hombres, género masculino, número plural. Pero, muy pronto, en cuanto supo identificar las voces, su interés por el segundo accidente gramatical desapareció bruscamente. No le interesaban los diez o doce obreros que se juntaban alrededor del mostrador, ni tampoco la mitad de ellos, ni tampoco la mitad de esa mitad. Solamente le interesaba uno. Lo veía todas las mañanas, trabajando junto al lavadero, y era un hombre moreno y de pelo rizado que tenía un tatuaje en su brazo derecho. Algunas noches, como aquellas en que se acostaba desnuda, aquel tatuaje -a imagen de un barco- penetraba dentro de sus sueños…

 

De SALDRÍA A PASEAR TODAS LAS NOCHES 

I. DECLARACIÓN DE KATHARINA

Saldría a pasear todas las noches, pero me da miedo, no me atrevo. A veces, cuando estoy un poco animada, bajo hasta el portal de mi casa y me pongo a caminar hacia la estación, y voy todo el tiempo diciéndome Katharina no seas tonta, no importa que las calles estén vacías, tú sigue caminando tranquila y no pienses en esas cosas que aparecen en el periódico, porque los periódicos exageran mucho y parece como que les gustara hablar de mujeres asesinadas y todo eso. Pero no he acabado de pensar en esas cosas y ya me he echado atrás, ya estoy de vuelta.

Pero es que, además, da un poco de vergüenza andar paseando sola. Un vecino me dijo que me comprara un perro, y que así cuando alguien me preguntara, «cómo tan de noche y usted dando vueltas por la ciudad», yo le podría responder, «pues por el perro, no quiero que este holgazán esté todo el día tumbado y se ponga como una foca». Y además el perro me protegería, porque puesta a comprar elegiría uno que estuviera adiestrado, de esos que se lanzan directamente al cuello, un doberman, o algo así. Si en la ciudad no lloviera tanto, optaría por esa solución, la del perro. Le llamaría Clark, y no le faltaría de nada, tendría arroz y carne para comer, y un rincón confortable para descansar. Pero los días suelen ser aquí muy lluviosos y fríos, y así es imposible tener animales, yo no quiero tener un perro para que luego se ponga enfermo de tanto estar metido entre cuatro paredes…

A menudo me lo niego a mí misma, pero, puestos a ser sinceros, es verdad, suelo estar esperándole, y al fin y al cabo si actúo como actúo lo hago por el tren, es por eso que dejo de dormir y todas esas cosas. El tren pasa por la ciudad a las cuatro menos veinticinco. Hasta ese momento suelo estar a la escucha, oyendo los sonidos de la noche, esas voces y esos ruidos que de tanto que se repiten me resultan ya familiares… Por fin, pasan unos cuantos minutos más, y aparece el tren.

El puente de hierro es el que me advierte de su llegada. Hasta ese momento no suelo estar completamente segura, porque puedes equivocarte y confundir al tren con el viento o con cualquier otra cosa. Pero el puente de hierro no me miente nunca, es como un altavoz, y además el tren pasa por él como dando martillazos. La mayoría de las veces llega a su hora, a las cuatro menos veinticinco. De todas formas, hay días en que se retrasa, y entonces yo no puedo evitar ponerme nerviosa, empiezo a contar cada segundo, presto toda mi atención, y hasta me levanto a mirar por la ventana. Un día no apareció hasta las ocho de la mañana, y yo lloré y todo, porque tenía el presentimiento de que había ocurrido un accidente. Luego supe que el retraso no había tenido otro motivo que un desprendimiento de tierra, o eso leí al menos en el periódico. El tren suele llevar unos veinte vagones, y su destino es Hamburgo. No sé si siempre transporta el mismo tipo de carga, pero el día en que yo viajé en él llevaba caballos…

El Tren Pasa El Puente

… El tren reduce velocidad al atravesar el puente, y ése es el momento más importante de la noche. Es entonces cuando enciendo el cigarro que suelo tener guardado en la mesilla; y es entonces cuando me pongo a imaginar.

Imagino primero a los dos conductores que van en la locomotora. Los imagino callados, pensando cada uno en sus cosas….

… Imagino, pues, que van callados, observando las luces del cuadro de mandos o mirando hacia los raíles. Sobre todo mirando hacia los raíles. O al menos así es como fui yo aquel día. Los caballos de los vagones no se cansaban de relinchar, estaban asustados, y la verdad es que yo también estuve asustada hasta que me acostumbré a aquella velocidad, porque me parecía que de un momento a otro los raíles se iban a desparejar. Pero cuando perdí el miedo seguí mirando hacia adelante, porque me ocurrió como cuando voy al mar, que me quedé como hipnotizada, no podía quitar los ojos de aquellos raíles que se juntaban y separaban continuamente, porque eso es lo que pasa cuando vas en el tren a ciento cuarenta kilómetros por hora, que los raíles hacen ese juego…

… Y lo de los raíles no es lo único que te da miedo cuando viajas en la locomotora de un tren, porque de pronto caes en la cuenta de que otro tren podría surgir de la oscuridad, en dirección contraria, quiero decir, y chocar de frente contra ti. Pero los conductores de la locomotora no son como yo. Ellos no tienen miedo. Quizá lo tuvieran en su primer viaje, pero ahora no, ahora están acostumbrados, y yo los imagino desganados, mirando con indiferencia los pueblos que van apareciendo al lado de la vía. Cada uno pensando en sus cosas, así los imagino yo. Uno de los dos está casado, y tiene dos niños, y se acuerda de ellos siempre que ve luces encendidas en una casa, porque deduce de ello que en aquella casa debe de haber algún niño que está enfermo o que se niega a dormir. Y entonces siente ganas de llamar por teléfono a su mujer, para saber cómo están sus niños, porque, claro, también ellos pueden estar enfermos o con problemas de sueño, y es probable que sea eso lo que haga nada más llegar a Hamburgo, llamar por teléfono a su hogar, y si no llama es igual, al menos se ha acordado. Y termino con el primer maquinista, y me pongo a imaginar qué es lo que estará haciendo el segundo, qué le rondará por la cabeza a Sebastián. Y entonces imagino que está pensando en mí, y que le gustaría mucho venir a esta habitación donde estoy fumando, y que le apena no ver cumplido su deseo. Pero imaginando esas cosas no hago más que engañarme a mí misma. Sebastián no se acuerda de mí. Si se acordara haría silbar al tren tres veces, corto-corto-largo, nada más cruzar el puente de hierro, tal como lo hizo noche tras noche durante los cuarenta y cuatro días siguientes a nuestro viaje con los caballos.

SaldriaAPasear

II. DECLARACIÓN DE MARIE

Saldría a pasear todas las noches, porque la noche es muy bonita, lo mismo que la última hora de la tarde, que también es muy bonita, y eso es lo que hacíamos antes nosotros cuatro, el abuelo, Toby, Kent y yo, acabar nuestras tareas antes de que el sol se pusiera del todo y encaminarnos luego hacia el valle para pasear. El abuelo montaba sobre Kent, y yo cogía el pequeño bastón blanco que me compraron cuando las fiestas, y Toby empezaba a correr muchísimo y a saltar, y como es bastante tonto pues se empeñaba en ladrar a las golondrinas, pero las golondrinas se burlaban de él pasando junto a su morro a toda velocidad y silbando, porque, ya se sabe, las golondrinas silban cuando llega el atardecer y salen en busca de mosquitos. Atrapan los mosquitos y los almacenan en las alas y entre las plumas, y al menos en primavera se esfuerzan muchísimo, por las crías, claro, porque suelen tener familia, y cuando llegaba esa época el abuelo solía ayudar a la pareja que vivía en nuestro establo, abría el pico de las crías y les metía migas de pan mojadas en leche, porque aquella pareja tenía muchas bocas que alimentar…

.... De esa manera, midiendo aquí y allá, llegábamos al puente donde vivía un murciélago, Gordon, y el abuelo decía que Gordon era un pájaro muy indeciso y que por eso tenía aquella forma de volar, siempre en zigzag, siempre cambiando el rumbo para al final quedarse donde estaba, y que la abuela era como Gordon, muy indecisa, y que por eso no salía nunca, ni siquiera para ir a la iglesia que está a dos kilómetros de nuestra granja. Y había otro pájaro que también vivía cerca del puente, Arthur, y Arthur era un tardón, se entretenía en los campos y luego siempre andaba a última hora, corriendo para que la noche no le cogiera fuera del árbol, y cuando pasaba sobre nosotros casi no lo veíamos, y entonces el abuelo levantaba la cabeza y le reñía:

-¡Hoy también llegas tarde, Arthur! ¡Ya son ganas de tener preocupados a los de tu casa!

Me gustaba más Arthur que Gordon, pero también me gustaba Gordon, o al menos no le tenía manía, pero el bruto de Vincent

…  Además en verano nuestros paseos se hacían más largos, a veces no parábamos hasta las vías del tren, y un día vimos allí a la maestra; y como era de noche el abuelo y ella hablaron de las estrellas y del calor que hacía, y el abuelo le aconsejó que tuviera mucho cuidado con las serpientes.

Al abuelo le daban mucho miedo las serpientes, y era por eso por lo que los días de calor pesado solíamos ser cinco, los cuatro de siempre y una gallina, Frankie; pero era un problema porque a Frankie no le gustaba marchar por delante, y, claro, así no podía matar a las serpientes que nos amenazaban.

Frankie! ¡Ponte delante! -solía gritarle el abuelo.

Pero Frankie era una gallina muy testaruda, y no le obedecía, y el abuelo se ponía furioso. -¡Frankie! Yo no he traído una especialista para que luego se ponga la última -le chillaba.

Eso era lo que pensaba el abuelo, que la serpiente es muy maligna, y que mata a los pájaros, y que asusta a los caballos, y que chupa la leche de las vacas, pero que con las gallinas no tiene nada que hacer, porque las gallinas son especialistas en matar serpientes…

Sabucedo2015… Así que fuimos, y yo no había visto nunca tantos caballos juntos, por lo menos habría doscientos, y como hacía bastante frío pues estaban todos echando humo, y de vez en cuando alguno relinchaba. Yo me fijaba mucho, miraba primero a un caballo y luego a otro, y los iba comparando con Kent, y me parecía que allí no había ninguno que fuera más bonito que Kent. Entonces Vincent se acercó a mí, como siempre, claro, porque es un pesado y no me deja nunca en paz, ni en la escuela ni en ningún otro sitio, y aquel día lo mismo, se acercó a mí y empezó a decir bobadas, cosas de la maestra, que ya sabía de quién estaba enamorada la maestra, que del maquinista, del maquinista del tren que se iba a llevar a los caballos, que lo sabía porque les había visto dándose un beso, y en una de ésas a mí se me olvidó que estaba enfadada con él y le hice una pregunta:

- ¿A dónde quieren llevarse los caballos?

- Los van a llevar a Hamburgo -me respondió riéndose.

-¿Por qué a Hamburgo?

- Pues para meterlos en un barco y mandarlos a América.

- ¿A América? -le pregunté extrañada. Porque aquello no me cabía en la cabeza.

Y Vincent me dijo que no frunciera el ceño, que cuando fruncía el ceño no parecía tan guapa. Y después de decir esa bobada miró hacia los caballos y dijo:

- A América, sí. A los americanos les gusta mucho la carne de caballo…

… Por eso no salgo a pasear de noche, porque nos falta Kent, y porque el abuelo es demasiado viejo para andar de paseo sin Kent, y como él se queda en casa pues yo también me quedo en casa, sin ir a la escuela además, porque eso también pasó, que la maestra se fue con el maquinista del tren y que aún no ha vuelto; y ahora ceno todos los días en la cocina, y ya no sé cómo van las plantas, cómo van Gordon y Arthur, y me da mucha pena cuando pienso que a Kent se lo ha comido un americano.

 

NUEVE PALABRAS EN HONOR DEL PUEBLO DE VILLAMEDIANA

… El director me sacó al pasillo y regresó a la habitación.

Durante un cuarto de hora oí cómo le decía palabras afectuosas a mi amigo. Hasta le cantaba de vez en cuando.

-¿Qué le sucede? -pregunté cuando salió. Yo estaba sudando.

- No le ha reconocido -dijo el director.

Asombrado pregunté cómo era posible. -No tiene memoria y está muy asustado. Hace unos dos meses su nombre representaba algo para él. Ahora ni eso. -Él también parecía muy preocupado-. ¿Quiere que tomemos un café? -me dijo seguidamente.

Luego nos dirigimos a un pabellón que estaba en una zona del jardín, algo así como el cuarto de descanso de los médicos de aquel centro. Solamente aquel lugar, con las paredes y techos forrados de madera, parecía conservar el ambiente de tiempos pasados.

- A Martín se le ha borrado todo lo que tenía en la cabeza como se borra una cinta. Y lo que es peor, no sabe grabar en ella nada nuevo -me comentó mientras tomábamos el café.

- ¿Pero es posible que se recupere? -La madre de Martín me había dicho que sí.

- No creo -le oí decir, y me pareció que me daba una buena oportunidad para cambiar de tema.

- Siendo pequeño conocí a un hombre que tenía la cabeza trastornada. Pero aquél enloqueció porque recordaba demasiado -empecé diciendo. Y le conté lo sucedido en casa de mis tíos.

-Yo creo que la memoria es como una presa -comentó después de haberse quedado un momento pensativo-.

Le da vida a todo nuestro espíritu, lo irriga. Pero igual que la presa, necesita de unos aliviaderos para no desbordarse. Porque si se desborda o revienta destroza todo lo que encuentra a su paso.

- Y por otra parte una vez que se vacía se queda seca -añadí yo. Él asintió con la cabeza, un poco cansado-. A mí me resulta difícil creer que se pueda caer en semejante infierno -le dije entonces para ahuyentar mis aprensiones. Y le conté mi experiencia. Vine a decir que, en mi caso, el pasado se reducía a unas pocas imágenes. Que, al mirar atrás, yo jamás encontraba un hilo conductor o un paisaje bien construido, sino un vacío salpicado de islas, de recuerdos. Un mar de nada con algunas islas, eso era para mí el pasado.

Mi manera de hablar le resultó curiosa al director. Esbozó una sonrisa y me dio una palmada en la espalda.

Absolute-Memory- Tiene usted razón, pero hay que tener cuidado con la memoria. La memoria, ¿cómo le diría? Sí, es un poco arcaica, como el corazón. No hace demasiado caso a la lógica.

- Entonces, ¿cuánto hay que recordar? -le pregunté medio en broma levantándome del sillón e indicando que se me estaba haciendo tarde.

- Ni poco ni mucho.

- Pero por ejemplo, ¿cuántas palabras?

- Nueve palabras -dijo riéndose. No le pedí más aclaraciones pero me pareció que se trataba de una broma privada, que aquel número tenía para él un significado especial.

Nos despedimos en la puerta del pabellón. Él se dirigió hacia la casa y yo hacia el arco chinesco.

Y aquí termina la segunda historia y también la introducción que he querido poner a mis recuerdos del pueblo de Villamediana; introducción que, al mostrar dos malos comportamientos de la memoria, debe actuar de amuleto y propiciar el buen término de mi trabajo Sin embargo, aun contando con dicha protección, siento miedo, desconfío de los peligrosos lugares por los que forzosamente habré de transitar. Seguiré por ello el consejo que me dio el director del hospital. Hablaré de Villamediana, pero sólo lo justo. Nueve palabras bastarán para que yo resuma la larga temporada que pasé allí.

1. Mirando hacia atrás encuentro en mi vida una isla con el nombre de Villamediana. Si me dijeran que de las palabras de un diccionario escogiera cinco y valiéndome de ellas hiciera una descripción de urgencia o explicara algo relacionado con ese pueblo, sería imprescindible que escogiera la palabra sol antes que ninguna otra. Porque lo veía casi todos los días, ya fuera al despertarme, entre las rendijas de la persiana o saliendo a la calle, en medio del cielo azul, incrustado en él como un clavo de oro; incendiando además las malezas secas, y enrojeciendo los muros de adobe a la caída de la tarde. En segundo lugar tendría que escoger trigal, y describir entonces sus colores, primero el verde y luego el amarillo, aquel amarillo que, durante todo el verano, surgía de las mismas orillas del pueblo y se extendía hasta confines inalcanzables para la vista. Las tres últimas palabras serían vacío, cuervo y oveja; porque la mayoría de las casas de Villamediana estaban vacías y, con frecuencia, los cuervos y las ovejas eran los únicos seres animados que daban cierta vida a aquel paisaje.

Por un lado serían suficientes esas cinco palabras para dar noticia de aquella isla. También, quizá, de toda Castilla. Mas por otro lado el resumen no superaría una sencilla redacción escolar o la visión de los poetas que, por lo visto y leído, solamente debían de aparecer por allí de vacaciones. Y así las cosas, quedarían fuera muchos pormenores de mi experiencia. Los relativos a mi llegada al pueblo, por ejemplo. Porque yo llegué a Villamediana en un oscuro día de invierno, y no cuando el pueblo estaba rodeado de sol y trigales.…

2. ... Comprendí, finalmente, cuál era el lugar que los habitantes de la casa alegre ocupaban en Villamediana. No era otro que el de la marginación; el mismo lugar que en otras partes del mundo vienen ocupando los enfermos, los negros o las personas de conducta sexual desacostumbrada. Y es que toda sociedad, aun la más pequeña, se rodea siempre de un muro, invisible, sí, pero no por eso menos real, y luego arroja todo lo negativo, todo lo fétido, a la zona que ha quedado fuera; igual que aquel mal hortelano del cuento que, a la hora de desprenderse de sus malezas, buscaba el amparo de la noche y se dirigía a la finca de su hermano.

CaliopeHesiodoLos pastores estaban más allá de la línea divisoria, al otro lado del muro, en la zona de los culpables. Y, dicho sea de paso, es muy probable que siempre y en todas partes hayan estado ahí. Cuando Caliope y sus hermanas hablaron a Hesiodo, se despidieron de él llamándolo pastor inculto, ser vergonzoso. Y cuando el cristianismo, religión de la gente humilde y marginada en sus comienzos, relató el nacimiento del Niño Dios, colocó a su lado a  los pastores de Belén por los mismos motivos por los que luego colocó a María Magdalena junto a la cruz…

3… Me pareció, además, que su comportamiento no era tan excepcional. Que todos nos encontramos, alguna vez en nuestra vida, en la necesidad de librarnos de alguna verdad dolorosa, y que entonces solemos recurrir a lo que sea, en especial a las mentiras. Porque la verdad nunca debe estar por encima del sufrimiento.

Si algo distinguía a Onofre era su entusiasmo, la energía que ponía en la realización de dicha estratagema. Para ser francos, sus circunstancias personales pedían a gritos este engaño. La soledad en que vivía era atroz, y no llegué a darme del todo cuenta de ello hasta que en una ocasión le pedí un despertador.

- Mañana por la mañana tengo que ir a la ciudad, y por esto se lo pido -le comenté.

- ¡Pero, cómo! ¿No tienes despertador? - Me miró atónito, como si no diera crédito a lo que estaba oyendo.

Le respondí que no. Que de verdad no tenía despertador.

Entró en su casa pensativo, para volver enseguida con un aparato grande y de color plateado. Poniéndomelo en la mano, me dijo casi emocionado:

- ¡Amigo, cómprate un despertador! ¿No ves que hace mucha compañía?

Sentí un escalofrío. Acababa de escuchar, y de labios de quien menos lo hubiera esperado, una definición exacta de la soledad. ¿Qué era la soledad? Pues una situación en la que hasta el tictac de un reloj se convierte en compañía.

Me vinieron a la memoria las tabernas.

«¡Cuántas vidas han salvado!», dije para mis adentros.

4… El tema de la caza alcanzaba, en labios de aquellos hombres, una amplitud fuera de lo común. Parecía más bien una excusa para hablar de la soledad del hombre, cuando de noche, azotado por un viento helado... o para hablar de la tristeza del que, tras andar un día entero batiendo el monte, regresa a casa con el morral vacío; como excusa, también, para recordar la juventud perdida, porque algunos de ellos, como le sucedía a Agustín, el pastor, ya no tenían fuerzas para ir detrás de los jabalíes o de los lobos.

Y por debajo de las diversas variaciones del tema, a manera de hilo conductor, la lucha. No sólo la del hombre contra los animales; también la que se da entre los propios animales. La de la serpiente con el pájaro, la de la comadreja con el conejo, la del oso con todos los demás. Era la ley -dura lex, sed lex- de la naturaleza, una ley que tampoco el hombre podía eludir.

- ¿Sabes cómo mata el oso? -me preguntó en cierta ocasión el dueño de la taberna, uno de los mejores cazadores del pueblo. Le respondí que no.

- Pues mata de un zarpazo. De uno solo. ¿Y sabes dónde lo da?

No, tampoco lo sabía.

- En la cabeza. Te da un zarpazo y te arranca los sesos. Un golpe limpio. Lo mismo si se trata de un ternero que de un hombre. Lo que busca son los sesos.

Antes de continuar, y como siempre que se disponía a contar una historia, cruzó los brazos y se reclinó sobre el mostrador.

OsoTumbado- En toda mi vida, sólo he visto un oso. Lo mató uno del pueblo, y estuvo toda una mañana expuesto en medio de la plaza. Es entonces, cuando lo ves de cerca, cuando te das cuenta de lo que es un oso. Cada uña es como un puñal. Y los dientes, lo mismo. No se me olvidará nunca.

- El que lo cazó murió a los tres días -terció Agustín.

- ¿Sí? ¿Y cómo fue eso? Yo era muy pequeño y no lo recuerdo -se extrañó el dueño.

- Yo no sé si es verdad o mentira, pero la gente decía que murió de la impresión. Que había vuelto del monte como alelado. Y eso que había conseguido matarlo. Pero la impresión de encontrarse por sorpresa con un oso debe de ser tremenda. -- ¿Por sorpresa? Pero, Agustín, ¿cómo puedes decir que se lo encontró por sorpresa? Por lo que yo sé, llevaba más de un mes intentando darle caza -intervino el escéptico del grupo.

- ¡Tú haz el favor de callar, que no tienes ni idea! -le cortó el dueño de la taberna-. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? –continuó-. Yo también anduve hace cinco años persiguiendo lobos... y cuando los vi, ¿qué? Pues eso; que se me pusieron todos los pelos de punta, porque no sabía, al menos no exactamente, cuándo me iba a encontrar con ellos. De ahí la sorpresa y la impresión…

6 …En cuanto me vio, Tassis intuyó lo que me rondaba por la cabeza, y fueron suficientes dos pasos para que él resolviera el asunto a su manera.

- ¿Sabe de dónde proviene la palabra enano?

Me merecía aquella pregunta, porque, entre todas las palabras del diccionario, aquélla era la que desde el primer momento me había prohibido a mí mismo.

- No -balbucí. Como dijo un poeta, la respuesta se me quedó sin alas.

- Pues, al principio, sólo se decía nano, pero cogió la e por cruce con la palabra enatio. ¿A que no se imagina el significado de enatio?

- No tengo ni idea. Había adoptado una actitud despreocupada, como si el tema de conversación fuera de aritmética.

- Pues quiere decir feo, deforme... —No es su caso. Usted no es feo —me atreví. - ¡Por favor! -gritó él. Pensé por un momento que, enojado, iba a empezar a pegarme-. ¡Por favor! ¡Conmigo no se ande con eufemismos! ¡Hable claro! -terminó.

- No le he dicho nada que no sea verdad. Usted no es deforme y feo. Es muy pequeño, pero bien proporcionado -me defendí.

- Yo sé muy bien cómo soy -dijo frunciendo la boca.

- Pues dígalo.

- Soy monstruoso. Ésa es la palabra exacta. Todo lo demás son tonterías, ganas de fastidiar.

Jamás he tenido clara la opinión que me merecen los que hablan con desprecio de sí mismos y de sus vidas. Pero, en general, no me fío de la justicia de esa dureza. He podido comprobar muchas veces que las personas duras tienden a ablandarse en un único caso, justamente cuando juzgan las acciones de esa vida suya que tanto desprecian; y que entonces -sintiéndose, claro está, todavía más despreciables- dirigen todas sus armas hacia quien tienen cerca, y no contra ellos mismos…

Conde-de-villamediana- Le voy a decir algo que no viene en los libros - me dijo irónico, dándome a entender que ya se había percatado de mi nueva costumbre. Porque desde que le conocía, y como cabe esperar de un buen discípulo, yo también me dedicaba a estudiar las etimologías-. Referente a lo de si en Villamediana hay río o no -añadió.

- Usted sigue pensando que no.

- Así es. Al no tener agua, no tiene movimiento, y por lo tanto le falta lo esencial. En todas las cosas, el movimiento es el que decide. Movimiento significa vida. La quietud, en cambio, muerte. Lanzó una carcajada, jactándose como si hubiera resultado vencedor en un certamen. Pero, a diferencia de otras veces, me dio a entender a la vez que estaba fingiendo, que él no quería reír.

- Todas las cosas, si son buenas, están relacionadas con el movimiento. O con la vida, si así lo prefiere. Pero la vida no se ve, y el movimiento sí. Yo diría que el movimiento es el otro nombre de la vida.

- Siga.

- Si yo digo que una persona está animada, estoy diciendo muchas cosas a la vez. Que esa persona tiene ánima o espíritu, por ejemplo, o que está contenta. Pero, en realidad, lo único que expresa la palabra animar es movimiento. Y lo mismo podemos decir de la palabra animación...

Se calló, como si se le hubiera ocurrido alguna otra cosa. Pero luego continuó con el mismo tema.

- Y usted me dirá... ¿Y la palabra alegría? ¿De dónde proviene esa palabra buena? ¿Tiene algo que ver con el movimiento? Pues, sí, tiene mucho que ver.

- ¿De dónde viene?

- Alicer, alecris, animado, con vida.

Era ya la hora del crepúsculo, cuando todos los animales de la tierra se callan. Corría una ligera brisa y, hacia poniente, las nubes del cielo tenían color de vino. A lo lejos, los tejados de Villamediana iban difuminándose…

 

EN BUSCA DE LA ÚLTIMA PALABRA

De JÓVENES Y VERDES

JuegoDeLaOca… Pasaron inviernos y veranos, y, como quienes toman parte en el juego de la oca, nos fuimos alejando de nuestra casilla inicial: avanzando ligeramente, unas veces, saltando de oca en oca; desviándonos, otras veces, de los paisajes luminosos, cayendo en cárceles o en infiernos. Llegó así el día en que nos levantamos de la cama y comprobamos en el espejo que ya no teníamos nueve años, sino veinte o veinticinco más; que, aun siendo todavía jóvenes, ya no éramos verdes. Asombrados, nos pusimos a repasar afanosamente nuestra existencia. ¿Cómo habíamos llegado hasta allí? ¿Cómo nos habíamos alejado tanto? Era cierto que nos sentíamos más cansados que en los tiempos de la escuela primaria; era cierto que las indicaciones geográficas de nuestras cartas eran ahora más escuetas; pero, aparte de eso ¿qué otras cosas habían cambiado? La cuestión se presentaba complicada y -procediendo en este caso como los personajes del guiñol- pensamos después de mucho pensar que lo mejor era que lo volviéramos a pensar…

De nuevo en el coche, mi amigo y yo -un tanto decepcionados- nos acordamos de aquello que dijo Balzac: que la vida no elabora historias redondas; que sólo en los libros podemos encontrar finales fuertes y decisivos.

- Nunca sabremos lo que pasó con el lagarto -le dije.

- Eso está todavía por ver. Antes de dar carpetazo al asunto, tenemos que hablar con Albino María -me respondió mi amigo.

- Yo creo que mañana podremos verle. No suele salir de Obaba.

- Ojalá sea así.

- Y hablando de Balzac y de finales fuertes, ¿cuál es el mejor cuento que conoces? Quiero decir que cuál te parece el de final más conseguido -se me ocurrió de pronto. Apenas circulaban coches a aquellas horas, y la soledad de la autopista creaba un clima propicio para las confidencias.

- Así, de repente, no sabría decirte -me contestó mi amigo.

- Pues, si quieres, puedo decirte cuál hubiera sido la respuesta de Boris Karloff. ¿A que no aciertas cuál era el mejor cuento del mundo para Boris Karloff?- le dije.

- No, pero seguro que era alguno de terror.

- Pues era el del criado de Bagdad.

- ¿Y qué cuento es ése?

- Si te apetece, te lo puedo contar. Con una taza de café delante, claro.

- De acuerdo. Eso nos servirá de entrenamiento para la sesión de mañana. Con tu tío de juez, nada está de más. Paramos en un Restop. Luego, cuando ya estábamos sentados en un rincón, rememoré para mi amigo el antiguo relato sufí. Y lo hice, por cierto, con las mismas palabras que voy a emplear ahora para transcribirlo. La historia del lagarto y su última palabra pueden esperar…

 

EL CRIADO DEL RICO MERCADER

    Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

    - Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

   - Pero ¿por qué quieres huir?

   - Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

  El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán. Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

       - Muerte -le dijo acercándose a ella-, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

     - ¿Un gesto de amenaza? -contestó la Muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.

 

De: ACERCA DE LOS CUENTOS

- Entonces, ¿en qué quedamos con el asunto de los cuentos? - me preguntó mi amigo.

No quería ir a mezclarse con la gente sin antes haber dejado mínimamente clara la cuestión. Y, a decir verdad, a mí me pasaba exactamente lo mismo. Se estaba muy bien en aquel alto. Daban ganas de soñar despierto y de fumar.

No nos quedamos mucho rato, pero, aun así, conseguimos analizar con bastante calma qué era lo que, a la hora de escribir sus cuentos, perseguían escritores tan buenos como Chejov, Waugh o Maupassant; y, sacando conclusiones, creímos establecer cuáles eran las peculiaridades del género. Nos quedamos con la sensación de que habíamos tenido una conversación muy provechosa.

En primer lugar, nos pareció evidente el paralelismo que existe entre el cuento y el poema. Como dijo mi amigo al hacer el resumen de lo hablado, ambos provienen de la tradición oral, y suelen ser breves. Además, y debido quizás a esas dos características, ambos han de cumplir el requisito de ser muy significativos. Prueba de ello es que los malos cuentos y los malos poemas, resultan, como escribió alguien vanos, huecos y miserables.

- Visto de esta manera, la clave no está en inventar una historia -concluyó mi amigo-. La verdad es que historias hay de sobra. La clave está en la mirada del autor, en su manera de ver las cosas. Si es realmente bueno, tomará como material su propia experiencia, y captará en ella algo que sea esencial; extraerá de ella algo que tenga validez para cualquiera. Si es malo, nunca traspasará la frontera de lo meramente anecdótico. Por eso son buenos los cuentos que hoy hemos recordado. Porque expresan cosas esenciales, y no simples anécdotas.

La orquestina que amenizaba las fiestas estaba interpretando una pieza sentimental, muy lenta. Las parejas que hacía poco bailaban dando saltos, lo hacían ahora en completa intimidad, sin apenas moverse.

Niños leyendo un libro

-Por eso se han escrito tantos cuentos en torno a los grandes temas -le apoyé, retomando el hilo de la conversación-. Quiero decir que siempre giran en torno a temas como la muerte, el amor y otros parecidos. Exactamente lo mismo que sucede con las canciones, dicho sea de paso.

-¿No te pasó Valentín algo referente a eso? -me dijo.

- ¿Quién? ¿El que vive en Alaro?

- El mismo. Mi amigo se refería a un escritor con el que solíamos salir a menudo. - ¡Es verdad! -me acordé-. Me envió un manual de Foster Harris. Si no me equivoco –continué-, Harris tenía una teoría muy curiosa acerca del cuento. Según él, el cuento no vendría a ser más que una simple operación de aritmética. Pero no una operación de cifras, claro, sino hecha a base de sumas y restas de elementos tales como amor, odio, esperanza, deseo, honor y otros por el estilo. La historia de Abraham e Isaac, por ejemplo, sería una suma de piedad más amor filial. La de Eva, en cambio, sería una resta limpia, amor a Dios menos amor al mundo. Según Harris, además, las sumas suelen dar origen a cuentos con final feliz. Los originados por restas, en cambio, suelen tener finales trágicos.

- Pues, más o menos, viene a decir lo mismo que nosotros, ¿no?

- Sí, pero su teoría es aún más restrictiva. De todas maneras, ¿quién sabe? A lo mejor no somos más que eso, unos infelices regidos por la aritmética más elemental.

- Con todo, no me parece que con lo dicho sea suficiente. No basta con la mirada que sabe captar lo esencial. Un buen cuento también necesita un final fuerte. Al menos eso me parece a mí -planteó entonces mi amigo.

- A mí también me parece que un buen final es imprescindible. Un final que sea consecuencia de todo lo anterior y algo más. Y esa necesidad explicaría, creo yo, la abundancia de cuentos que acaban con una muerte. Porque la muerte es un acontecimiento definitivo, total.

- Sin ninguna duda. Fíjate, si no, en el cuento de Chejov, o en el de Waugh, o en el del criado de Bagdad que me has contado en el Restop. Todos ellos están llenos de significado, y tienen un final muy fuerte. El de Bagdad me recuerda a lo que le sucedió a García Lorca. Huye de Madrid pensando que lo van a matar, y después... un cuento profético, muy bueno. Para mí, el mejor de esta noche…

 

De: FINIS CORONAT OPUS

Finis Coronat Opus… Desde la altura donde nos encontrábamos el mundo parecía un lugar tranquilo y silencioso. El viento sur, el viento de los locos, y el de los insatisfechos que siguen buscando, y el de los pobres de espíritu, y el de los que duermen solos, y el de los humildes que sueñan despiertos, hacía nacer en nosotros la ilusión de que todos los seres y cosas estaban justo en su sitio, allí donde debían estar: las estrellas, lejos y en lo alto; los montes y los bosques, a nuestro alrededor y durmiendo plácidamente; los animales, durmiendo también y ocultos en algún lugar -unos entre la hierba, otros en las pozas de los ríos; los topos y los ratones en madrigueras construidas bajo tierra…

¿Que no es tan bueno? ¿Entonces por qué le permiten llevar una camiseta de colorines? Y si el otro nos daba alguna razón del tipo de una camiseta se la dan a cualquiera, entonces nos echábamos a reír: ¿Que se la dan a cualquiera? ¿Y por qué no vas tú a pedir una? ¡Vete, y ya veremos con lo que vuelves...! porque, en la infancia, todos los argumentos suelen ser ad hominem; y porque suele pensarse que el motor de la mayoría de los actos humanos es la envidia. Una buena manera de razonar, dicho sea de paso.

»Pero, de todos modos, teníamos más pruebas. Allí estaban, por ejemplo, las tres fotografías que colgaban de las paredes del bar más elegante de Obaba: Hilario sonriendo, Hilario levantando los brazos, Hilario entrando vencedor en la meta. Era inútil que los envidiosos del pueblo intentaran convencernos. Nuestra fe en él era inamovible.

»Y un buen día, sin que para entonces hubiéramos tenido tiempo para madurar, sucedió que anunciaron una carrera ciclista. Iba a pasar por Obaba, por esta misma carretera que ahora llevamos. Hilario también participa, debió de decir alguien. Y la noticia se convirtió entre nosotros en una cantinela que nunca nos cansábamos de repetir. Y llegó el día de la carrera, un domingo, y todos subimos a la cima del puerto, a esa cima que ahora mismo vamos a ver... y subimos andando además, porque nuestros padres, por aquello de que habría muchos coches, no nos dejaron llevar las bicicletas; y nada más llegar fuimos a sentarnos a ese montículo de allí, ¿lo ves?

- Sí, sí, ya lo veo -afirmó mi amigo.

- Vinimos hasta aquí para tener una mayor visión de la carrera, y porque éste era el último tramo que los ciclistas debían hacer cuesta arriba.

- ¿Y...? —Pues, estábamos sentados en el montículo cuando, de repente, hubo un rumor entre la gente, bocinazos, el estallido de un cohete, y que ya venían los corredores. ¡Tres escapados! ¡Tres escapados!, gritó alguien, y nosotros alargamos los cuellos al máximo y nos preparamos para ver a Hilario. Porque, naturalmente, dábamos por descontado que él se encontraría entre los escapados; no teníamos ninguna duda. Esperamos un poco más, y hete ahí que, en una curva, aparecen los tres corredores, hete ahí que ya emprenden el sprint hacia la cima disputándose el premio de la montaña. ¡Ánimo, Hilario!, gritó uno de nosotros. Pero ¿a qué venía ese Ánimo, Hilario? ¿Estaba acaso entre aquellos tres? No, no estaba. Era raro, pero ninguno de los tres escapados tenía nada que ver con Hilario.

»¿Os habéis fijado cómo iban? ¡No podían ni con sus piernas!, dijo uno uno de nosotros rompiendo el silencio que se había hecho en el grupo. Es verdad, iban completamente deshechos. En seguida les cogerá el pelotón, le apoyó otro. Hilario se estará reservando para el último ataque. Y casi es mejor así. ¡Con el sprint que tiene...!, concluyó un tercero.

- Y pasó el pelotón, y ni rastro de Hilario -adivinó mi amigo. Y sin añadir palabra, señaló hacia las luces que se divisaban abajo, en el valle. Eran las luces de Obaba.

- Nosotros, al menos, no lo vimos. Vimos una caravana de coches de propaganda, vimos motoristas vestidos de cuero negro, vimos ciclistas de todos los tamaños y colores; pero de nuestro Hilario, ni rastro. Y cuando el pelotón pasó siseando y cogió la cuesta abajo, nos quedamos todos desconcertados, sin saber qué pensar. ¡Pero qué es esto!, exclamó uno de nosotros completamente enfadado. Porque, más que un fracaso de Hilario, aquello parecía una jugarreta del destino.

»Y así, un tanto cariacontecidos, echamos a andar cuesta abajo, camino de casa. Para una vez que la carrera pasa por Obaba, va y se cae, dijo el que estaba algo enfadado. ¿Que se ha caído?, exclamamos los demás. ¡Pues claro que se ha caído! ¿Por qué iba a retirarse si no?, argumentó. Pues, con lo duro que es Hilario, ha tenido que ser una caída muy mala. No se habrá hecho mucho daño, ¿verdad?, preguntó el más pequeño del grupo.

Coche Escoba»Muy pronto, todos nos apenamos por la desgracia que debía de haber sufrido la flor de Obaba, nuestro caballero Hilario. Y entonces, estando nosotros en esa curva abierta por la que hemos pasado hace poco, oímos unos bocinazos. Miramos hacia atrás y... ¿a que no te imaginas lo que vimos? Pues vimos un camión destartalado que llevaba una escoba grande, y delante del camión...

- ¡Hilario! -dedujo mi amigo.

- ¡Así es! ¡Hilario con sus culottes negros! ¡Hilario con su camiseta de colorines!

»Se nos abrió un agujero en las entrañas. ¡Si viene el último!, exclamamos todos casi a punto de llorar. Y justo en aquel instante, quizá por respeto a nosotros y a nuestro desengaño, el sol se ocultó detrás de una nube…

  

 De: Método para plagiar

… «Preparar una buena defensa es de suma importancia para el plagiario», comencé. Y a continuación, añadí a dicho enunciado estas cuarenta líneas: «Pudiera suceder que un plagiario cumpliera punto por punto las anteriores cuatro reglas, y que, aun así, se descubriera el plagio. Cualquiera puede tener un golpe de mala suerte, y mucho más en las culturas de ámbito reducido, donde, al haber poco espacio, las relaciones -en particular las literarias- suelen estar llenas de intrigas, malicia y odio. Sin embargo ese golpe de mala suerte no por fuerza tiene que ser perjudicial para el plagiario; sino que, muy al contrario, éste puede salir fortalecido de las redes de sus enemigos. Pero, para eso le es indispensable, en primer lugar, dejar esparcidos a lo largo de su obra rastros de la que ha tomado por modelo; después y en segundo lugar, aprender algo acerca de metaliteratura; a continuación, y tercero, alcanzar cierto prestigio. Porque si cumpliera estos tres requisitos, tendría formada su guardia pretoriana.

Supongamos -para explicar las dos primeras reglas de la defensa- que el plagiario ha utilizado para sus fines un cuento de Kipling; y que lo ha hecho adelantando mucho la historia en el tiempo y situándola en los alrededores del planeta Urano. Entonces, para cumplir la primera regla, le es imprescindible al plagiario llamarle Kim al astronauta.

- Me va a permitir que le haga ahora una pregunta un poco malintencionada -le dirá un periodista unos días después de haberse publicado su obra-. Parece ser que la historia que cuenta en su libro tiene un enorme parecido con un cuento del escritor Piking. Incluso hay quien ha utilizado la palabra plagio. ¿Qué tiene que contestar a esto?

KimRudiardK- Perdone, pero no es Piking, sino Kipling -comenzará el plagiario con mucha dignidad. Y a continuación, con una sonrisa de menosprecio asomándose a sus labios, añadirá-: Si esos acusadores fueran lectores como es debido, y, en lugar de andar afilándose las uñas, hubieran leído la obra entera de Kipling, entonces enseguida caerían en la cuenta de que mi obra no es otra cosa que un homenaje dedicado a dicho maestro. Por eso, precisamente, le he llamado Kim al astronauta. Porque una obra escrita por aquel imperialista encantador se titula así. A fin de cuentas, no me parece que sea un guiño tan difícil de captar. Pero, como ya le he dicho, esos acusadores ni tan siquiera tienen una noción clara de lo que es la lectura.

- Creo haberle oído decir, y corríjame si estoy equivocado, imperialista encantador, y, perdone, pero me resulta un tanto extraño escuchar esas dos palabras unidas... -reiniciará el periodista su asedio, atacando ahora por otro frente. Sin embargo el plagiario no le permitirá continuar por ese camino, y, valiéndose de la segunda regla para la defensa, arremeterá de nuevo contra el enemigo.

- Además, tengo que decir que esos que andan buscándole el pelo al huevo para desacreditar a los demás están muy retrasados en lo que a teoría literaria se refiere. A lo mejor ni tan siquiera han oído una palabra acerca de metaliteratura...

- Yo algo he oído, pero no me acuerdo...

- Bueno, pues lo que se quiere expresar con ese nombre es, en definitiva... que no hay nada nuevo bajo el sol, ni tan siquiera en literatura. Aquellas ideas que concibieron los románticos...

- Sí, el amor y todo eso...

- Bueno, no, o sí, también su concepto del amor, pero yo ahora me refería a sus ideas literarias, los románticos consideraban que una obra es el resultado de una personalidad especial y única, y otros disparates por el estilo...

- ¿Y la metaliteratura?

- Pues eso, que los escritores no creamos nada nuevo, que todos escribimos las mismas historias. Como se suele decir, todas las historias buenas ya están escritas, y si no están escritas, señal de que son malas. El mundo, ahora, no es sino una enorme Alejandría, y los que vivimos en ella nos dedicamos a hacer comentarios acerca de lo que ya ha sido creado, y nada más. Hace mucho tiempo que se disipó el sueño romántico.

- ¿Para qué escribir entonces? Si todas las historias buenas ya están escritas...

- Porque, como dice alguien que no recuerdo, a la gente se le olvidan. Y nosotros, los escritores nuevos, se las recordamos. Y eso es todo.

Parece evidente que, con todo lo dicho hasta ahora, la respetabilidad del plagiario quedaría fuera de toda duda. Pero por si acaso -teniendo en cuenta que nadie cree a un desconocido- le conviene haber cumplido con el requisito que exige la regla número tres de la defensa. Dicho en otras palabras, tiene que haber alcanzado cierta fama. Porque si su nombre es conocido y suena mucho por ahí, las razones antes mencionadas cobrarán una fuerza y un relieve extraordinarios.

Y que nadie se amilane ante esta labor de hacerse un nombre, por muy ardua que pueda parecer al principio. Porque habiendo tantos periódicos, y tanto asuntillo barato -que si tal o cual político ha dicho o ha dejado de decir, que si son o no buenos los horarios del Carnaval, que si se ha solucionado el problema del tráfico o de la tráfica- el conseguir que su nombre aparezca cada semana ante la opinión pública —contestando a encuestas, firmando manifiestos, etcétera— va a ser para el plagiario como coser y cantar.»…

 

     Leer de Obabakoak:   El final:  Obabakoak   

 

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