UN BUEN LIBRO PARA LEER:  VIAJE SENTIMENTAL      (1768)                            

ViajeSentimental

     (A Sentimental Journey Through France and Italy)    

 

    Laurence Sterne   (Irlanda / Inglaterra)  

    

    Traducción: Max Lacruz Bassols

        Editorial       FUNAMBULISTA   -  Grandes clásicos  

                         

        

Fragmentos de libros 

 

De    Prefacio en la «désobligeante»

Más de un filósofo peripatético debe de haber observado que la Naturaleza, con su propia e indiscutible autoridad, ha puesto ciertos límites y barreras al descontento de los hombres; y ha realizado este propósito del modo más sencillo: imponiéndole al hombre la ineludible obligación de trabajar para ganarse el sustento y de aguantar los reveses de fortuna en su propia patria…

El hombre que transportó la primera cepa de Borgoña al Cabo de Buena Esperanza (es de notar que era un holandés) no soñó jamás beber en el Cabo el mismo vino que la misma cepa producía en las colinas de Francia —era, para ello, demasiado flemático—, pero sin duda esperaba beber alguna clase de licor vinoso; malo, bueno, o regular, el holandés conocía demasiado el mundo para saber que esto no dependía de su voluntad y que, en general, lo que llamamos azar decidiría de su éxito. Sin embargo, esperó lo mejor, y, en esta esperanza, por una ilimitada confianza en la solidez de su cabeza y en la profundidad de su prudencia, Mynheer perdió probablemente una y otra cosa en su nueva viña, y al descubrir su desnudez, fue objeto de las burlas de su propia gente. Lo mismo puede ocurrir al pobre viajero que, por tierra o por mar, recorre los reinos más civilizados del globo, en busca de sabiduría y provecho.

   Sabiduría y provecho pueden, sin duda, adquirirse recorriendo mares y tierras; mas que el conocimiento resulte útil y el provecho sea verdadero, es ya una lotería —y, aun cuando el aventurero sea en ella afortunado, ha de usar el capital adquirido con precaución y sobriedad, para sacar la correspondiente ventaja.

 

De    Calais

Al encaminarme a mi habitación, advertí que algo más que mi propio cuerpo oscurecía el corredor; era, en efecto, Monsieur Dessein, el dueño de la hospedería que volvía de vísperas y que, con el sombrero bajo el brazo, me seguía, complaciente, para recordarme que le había mandado llamar. Escribir en el coche me había desilusionado un poco de la désobligeante, y Monsieur Dessein, al hablar de ella, se encogió de hombros como para indicar que no me convenía, lo cual me hizo inmediatamente imaginar que el coche debía pertenecer a algún viajero inocente, que, al regresar a su patria, se lo había confiado de buena fe a Monsieur Dessein para que sacara de él lo que pudiera. Cuatro meses habían transcurrido desde que terminada su carrera por Europa fuera a dar en un rincón del patio de la posada de Monsieur Dessein; antes de salir, ya habían tenido que remendarla, y, aunque por dos veces se había hecho trizas en Mount-Cenis, la verdad era que no había aprovechado gran cosa de sus aventuras y que éstas le habían sentado bastante mal, especialmente la despiadada permanencia de varios meses en el rincón del patio de Monsieur Dessein.

Resultaba evidente que no podía decirse mucho en su favor, aunque sí algo, y como unas cuantas palabras podían remediar un poco su desdicha, me pareció odioso escatimárselas.

Desobligeante- Si yo fuera dueño de este hotel -dije, apoyando la punta del dedo índice en el pecho de Monsieur Dessein- tendría a gala deshacerme de esta desdichada désobligeante; ¿no le parecen acaso su balanceo un reproche cada vez que pasa a su lado?

- Mon Dieu! - exclamó Monsieur Dessein—. Yo no tengo ningún interés...

- Salvo el interés —repliqué— que tienen los hombres de cierta sensibilidad, Monsieur Dessein, en sus propias sensaciones. Estoy convencido de que para un hombre que siente el sufrimiento ajeno como si fuera propio, cada noche de lluvia -por mucho que trate de disimularlo- debe oprimirle el corazón. Usted, entonces, Monsieur Dessein, padece tanto como esta carroza. He podido observar que ante un cumplido en el que hay tanto de dulce como de amargo, un inglés se queda siempre indeciso, sin saber si tomarlo o dejarlo; pero un francés no se desconcierta jamás. Monsieur Dessein me hizo una profunda reverencia:

- C’est bien vrai (bien cierto es) -dijo-, pero, en este caso, yo no haría sino cambiar una preocupación por otra, y encima saldría perdiendo. Porque, estimado señor, imagine que le doy una silla de postas que puede hacerse trizas antes de llegar a la mitad del camino a París... Imagine lo que yo sufriría pensando en la mala opinión que de mí se haría un hombre de honor, y poniéndome -cómo me debería poner- a merced del castigo de un homme d’esprit. (un hombre ingenioso)

Era la exacta dosis correspondiente a mi propia receta; no podía por menos que tragármela. Devolví a Monsieur Dessein su reverencia y, sin más casuística, nos encaminamos a la cochera para examinar los vehículos disponibles que había en el almacén.

 

De   En la calle (Calais)

… Ahora bien, un coloquio de cinco minutos en tal situación equivale a una conversación de varios siglos mirando a la calle. En este último caso, los objetos y hechos del exterior son motivo para la charla; cuando se tienen, en cambio, los ojos fi jos mirando al vacío, la conversación ha de salir de dentro... Un solo momento de silencio, después de habernos dejado Monsieur Dessein, hubiera sido fatal para la situación; la dama, a ciencia cierta, se hubiese dado la vuelta. Inicié pues la charla, sin más pérdida de tiempo.

Y cuáles fueron las tentaciónes que experimenté (pues no escribo para disculpar las debilidades de mi corazón, sino para dar cuenta de ellas) es lo que ahora voy a describir, con la misma sencillez con que las sentí entonces.

 

De  La puerta de la cochera (Calais)

… mi fantasía había trazado toda la cabeza, complacida en hacer de ella nada menos que una auténtica diosa, acabada de surgir de las aguas del Tíber... Mas tú eres, ¡oh fantasía!, una maga siempre seductora y siempre seducida, y aunque nos engañes siete veces al día con tus imágenes y pinturas, pones en ello tal encanto y revistes a tus monstruos de tales angélicas y luminosas formas que sería más que doloroso romper contigo.

LaCautelaEtc¿Qué mal habría ahora, me dije, en rogar a esta dama que aceptase la mitad de mi coche, ni qué contratiempo podría ello ocasionar?

Mas, ante tal proposición, todas las ruines pasiones y las bajas tendencias de mi temperamento se alarmaron.

- El contratiempo de necesitar un tercer caballo - me dijo la Avaricia- por el que habrías de desembolsar por lo menos veinte libras...

- No sabes ni siquiera quién es la dama -insinuó la Cautela...

- Ni qué complicaciones puede acarrearte -añadió la Cobardía.

- ¡Ten cuidado, Yorick! -gritó la Discreción-; no diga la gente que has huido con una amante y que Calais ha sido el punto de reunión.

- Nunca después -murmuró la Hipocresía, muy bajito- podrías mirar al mundo cara a cara.

- Ni medrar en la Iglesia -apuntó la Mezquindad.

- Ni ser en ella más que un mísero prebendado -concluyó el Orgullo.

- Mas... es un acto de cortesía -dije yo. Y como suelo obrar en virtud de mi primer impulso, y rara vez presto oídos a tales cábalas -que por otra parte, bien lo sé, no sirven sino para encerrar el corazón en un diamante-, me volví de pronto a la dama...

 

De   Montreuil.

… Y al decir esto, hacía mi propio elogia más que el de La Fleur, pues es cierto que me he pasado la vida enamorado de una u otra princesa; y espero seguir así hasta que me muerta, puesto estoy convencido de que si algún día cometo una acción mezquina será en el intervalo de una pasión a otra. Durante el interregno siento mi corazón como cerrado con llave; no encuentro en él ni una moneda que darle a la miseria. Procuro, por ello, salir de tal estado todo lo deprisa que puedo, y en el instante en que me vuelvo a enamorar, vuelvo a ser todo generosidad y benevolencia, y me siento capaz de hacer cuanto pueda hacerse a favor de otro u otra, mientras no haya pecado de por medio.

LaGraciaYLaBellezaY al hablar de este modo hago el elogio de la pasión y no de mi propio elogio.

 

De   El pulso (Paris).

¡Salve pequeñas y dulces cortesías de la vida, que suavizáis nuestro camino! Como la Gracia y la Belleza nos inclinan al amor a primera vista, así vosotras abrís las puerta y dejáis entrar al extranjero…

 

De   La rosa (Paris).

… Dijo también que había visitado muchos países y que en ninguno había dejado de hallar determinadas delicadezas que, al parecer, faltaban en otros.

- Le pour et le contre se trouvent en chaque nation -añadió-. En ello reside el equilibrio de lo bueno y lo malo que observamos en todas partes; solo la experiencia es capaz de hacer desvanecer las prevenciones de medio mundo contra el otro medio. De ahí las ventajas de los viajes en relación con el savoir vivre, pues ellos nos permiten conocer hombres y costumbres distintos y no enseñan la mutua tolerancia. Y la mutua tolerancia –concluyó, haciéndome una reverencia- nos enseña la mutua estimación.

El viejo oficial francés dijo todo esto con un aire de candor y sentido común que coincidía exactamente con mi primera y favorable impresión acerca de su carácter. Sentí hacia él una gran simpatía… y enseguida temí equivocar el objeto de tal simpatía. Era hacia él… ¿o hacia mi propia manera de pensar? Pues mis pensamientos eran los mismos que él había expresado, con la única diferencia de que yo no hubiera sabido formularlos ni la mitad de bien.

Nada hay que moleste tanto al jinete y al animal como que éste tenga que ir todo el camino alzando las orejas y sorprendiéndose de cuanto ve ante sí en el camino, por no haberlo visto nunca antes. Por mi parte, sufro este tormento en la misma medida que cualquier otra persona, si bien confieso con honradez que muchas cosas que me molestaban y muchas palabras que me sonrojaban durante el primer mes de viaje, me parecían completamente lógicas y perfectamente inocentes al segundo.

 

De  El pasaporte (En el hotel de París)

… En cuanto a la Bastilla, ¡es la palabra lo que asusta! Dígase lo que se quiera, me dije, la Bastilla no es sino el nombre de una torre… y una torre no es sino el nombre que se da a una casa de la que no se puede salir. ¡Dios se apiade de los gotosos, entonces! Pues ello están encerrados en casa dos veces al año. Pero con nueve libros al día, una pluma, tinta, papel y paciencia, si un hombre no puede salir afuera, puede, por lo menos, estar a gusto dentro, un mes o seis semanas, al final de las cuales, si se trata de un sujeto inofensivo, su inocencia se esclarece, y sale más bueno y más sabio que entró.

Tuve ocasión (no me acuerdo cuál) de bajar al patio mientras hacía estas reflexiones y recuerdo que bajé las escaleras con aire verdaderamente triunfal por lo caprichoso de mi razonamiento.

¡Maldito sea el pincel sombrío!, me dije, jactancioso; no envidio, no, su poder de pintar los males de la vida con colorido tan dura y mortal. La mente se aterroriza ante los objetos que ella misma agiganta y ennegrece; reducidos a sus verdaderas dimensiones y tonalidades, son fáciles de desvanecer. Es verdad añadí rectificando el concepto- que la Bastilla no es cosa desdeñable, pero quitadle sus torres, rellenad sus fosos, derribad sus puertas, llamadla simplemente un lugar de confinamiento, suponed que es la tiranía de una enfermedad y no la de un hombre la que allí os retiene, y el espanto se desvanecerá, y lo que resta podrá soportarse sin queja.

CaratulaInglesa

     De  El pasaporte (Versalles)


- Perdóneme, señor Conde –dije-; si yo viera la desnudez de su país, no sería sin lágrimas en los ojos; en cuanto a la de sus mujeres (y me sonrojaba la sola idea que el Conde había despertado en mí), soy tan evangélico, tan compasivo por todas las debilidades que me apresuraría a cubrirlas con un manto, si supiera cómo colocárselo. Más sí quisiera –continué- espiar la desnudez de sus corazones y a través de los diferentes disfraces de clima, costumbre y religión encontrar lo mejor que hay en ellos para que me sirviera de ejemplo, pues para eso he venido. Y por esta razón, señor Conde –continué-, no he visto el Palais Royal…, ni el Luxembourg…, ni la fachada del Louvre, ni me he preocupado en aumentar los catálogos que ya poseemos de cuadros, estatuas e iglesias de Francia. Para mí, cada mujer bonita es un templo. Y me gustaría más entrar en él y ver las pinturas originales y los esbozos inacabados que lo adorna que admirar la mismísima Transfiguración de Rafael. Esta ser –continué-, tan imperiosa como la que inflama el pecho de connaisseur, es la que me ha traído de mi patria a Francia y la que me llevará de Francia a Italia. Mi viaje es, en realidad, un sereno viaje del corazón en busca de la Naturaleza y de las emociones que ésta evoca y que nos hace amarnos los unos a los otros y amar al mundo entero mejor de lo que generalmente hacemos…

Dido&Eneas¡Dulce flexibilidad del espíritu humano que así puede rodearse de las ilusiones que apartan de él inquietud y tristeza en los momentos de la más dura espera! Hace mucho, mucho tiempo, que se hubiera cortado el hilo de mis días de no haber pasado una gran parte de ellos sobre esta tierra encantada. Cuando el camino es demasiado áspero bajo mis pies, o demasiado empinado para mi aliento, lo abandono para adentrarme en algún suave y aterciopelado prado que la fantasía ha sembrado de rosas para mí, y después de dar unas vueltas por él, puedo volver más fuerte y más animado a la realidad. Cuando los males me apresan y no encuentro en este mundo refugio contra ellos, tomo un nuevo rumbo, y como tengo una idea más clara del Elíseo que del Cielo, entro en él forzando la puerta, como Eneas. Veo allí al héroe en su encuentro con la pensativa sombra de Dido, la Abandonada, a la que trata de reconocer; veo el espíritu ultrajado de la misma Dido mover la cabeza y volverla en silencio y en silencio alejarse del autor de su miseria y su deshonor. Olvido mi pena en la suya y vuelvo al tiempo en que iba a la escuela, cuando los dolores de Dido me hacían derramar lágrimas.

Ciertamente no es esto correr tras una vana sombra ni torturarse vanamente por ella. Más se tortura uno confiando sus penas solamente a la razón. Por mi parte, puedo decir que nunca he triunfado de modo tan decisivo sobre cualquier sensación penosa que haya afligido mi corazón como llamando en mi auxilio, a toda la velocidad posible, otra sensación amable y gentil que la haya embestido en su propio terreno…

… que permitieran a «Mr. Yorick, bufón del Rey» y a su equipaje, viajar libremente, confieso que el triunfo de haber obtenido aquel documento quedaba no poco amargado por el oficio que me atribuía. Pero nada hay completo en este mundo, y algunos de nuestros más altos teólogos llegan a afirmar que el mismo placer va siempre acompañado de un suspiro, y que el mayor que ellos conocen, no acaba, por lo general, mejor que una convulsión…

 

   María De   La conquista

Entonces… sí… vosotros, los que tenéis labios fríos  como el barro y corazones tibios capaces de analizar o disfrazar vuestras pasiones, decidme: ¿qué crimen hay en que le hombre no pueda contenerlas? ¿Hasta qué punto es su alma responsable ante el Padre de las Almas por su conducta, cuando ellas le dominan?

Si la Naturaleza ha entretejido en su tela de bondad algunos hilillos de amor y de deseo, ¿habrá que rasgar la pieza entera para sacarlos de ella? ¡Supremo Señor de la Naturaleza, fustiga a los estoicos –me dije- dondequiera que tu Providencia me coloque para probar mi virtud! Cualquiera que sea el peligro de la situación en que me encuentre, déjame sentir, por lo menos, el vaivén de las pasiones que, como hombre, me son propias… Y si consigo dominarlas, como hombre de bien, mi confianza en tu Justicia será plena. Pues eres quien nos ha creado así y no nosotros mismos…

 

    De  El enigma explicado (París)

Caminé apresuradamente tras él; era el mismo mendigo cuyo éxito ante la puerta de mi hotel al pedir caridad a las mujeres me había intrigado tanto. Ahora, de pronto, descubría yo su secreto, o al menos la base en que se fundaba simplemente: la adulación.

-¡Esencia deliciosa! ¡Cómo halagas y refrescas la naturaleza humana! ¡Cómo ante ti se doblega, transformada en debilidad, toda su fuerza y su poder! ¡Con qué suavidad te mezclas en la sangre, abriéndote tortuoso paso entre mil dificultades hasta el corazón!...

 

 

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