UN BUEN LIBRO PARA LEER: LA EDAD DE HIERRO (1990)

LaEdadDeHierro      

    J.M. Coetzee   (Sudáfrica)

    Editorial:   Mondadori.     
   

     Literatura Mondadori, 195 (2002)

     Traducción: Javier Calvo.    

                          

 

  Fragmentos de libros  

     

Dos cosas, por tanto, en el lapso de una hora: la noticia, largo tiempo temida, y ese otro reconocimiento esa otra anunciación. La primera de las aves carroñeras, rápida, certera. ¿Cuánto tiempo podré mantenerlas alejadas? Los carroñeros de Ciudad del Cabo cuyo número nunca disminuye. Que van desnudos y no tienen frío. Que duermen en la calle y no se ponen enfermos. Que pasan hambre y no se consumen. El alcohol los calienta por dentro. EL fuego líquido consume los contagios y las infecciones de la sangre. Limpian los restos del banquete. Moscas, de alas secas, de ojos vidriosos, implacables. Mis herederas.

 

        He levantado un extremo de la maraña de enredaderas. En el suelo de la conejera había un revoltijo de huesos resecos, incluyendo el esqueleto perfecto de un conejo joven, con el cuello doblado hacía atrás en una última contorsión.

        Conejos –he dicho- Eran del hijo de mi asistenta. Yo le dejaba tenerlos aquí como mascotas. Luego hubo alguna que otra conmoción en su vida. Se olvidó de ellos y se le murieron de hambre. Yo estaba en el hospital y no me enteré. Me sentí fatal cuando volví y descubrí la agonía que habían pasado abandonados en el fondo de jardín Los animales no pueden hablar, ni siquiera pueden llorar.

Las guayabas se caían, infestadas de gusanos, y ya formaban una alfombra de pulpa maloliente bajo el árbol.

- Me gustaría que los árboles siguieran dando frutos –he dicho- Pero ya nunca dan.

El perro nos ha seguido y ha olisqueado la conejera someramente. Los conejos llevaban mucho tiempo muertos y su olor había desaparecido.

- En todo caso, haga lo que pueda para volver a poner un poco de orden –he dicho-. Para que no se convierta en una selva total.

- ¿Por qué?  -ha dicho.

- Porque así es como soy –he dicho-. Porque no quiero dejar un caos detrás de mí.

El se encoge de hombros, sonriendo para sus adentros.

- Si quiere que le pague, tendrá que ganárselo –le he dicho-. No le voy a dar el dinero por nada.

Ha pasado el resto de la tarde trabajando, cortando las enredaderas y la hierba, haciendo una pausa de vez en cuando para mirar a lo lejos, fingiendo que no se daba cuenta de que yo lo estaba vigilando desde el piso de arriba. A las cinco en punto le he pagado.

- Ya sé que no es usted jardinero –le he dicho-. Y no quiero convertirlo en lo que no es. Pero no podemos hacer las cosas por simple caridad.

Ha cogido los billetes, los ha doblado, se los ha metido en el bolsillo y, apartando la vista a un lado para no mirarme directamente, ha dicho en voz baja:

-   ¿Por qué?

-   Porque usted no se lo merece.

Él ha sonreído, se ha guardado su sonrisa para sí mismo:

-   ¿Merecer…? ¿Quién merece algo?

¿Quién merece algo? En un ataque de furia le he tirado el bolso.

-¿Pues en qué cree? ¿En coger? ¿En coger lo que quiere? Vamos, pues: cójalo.

Con toda tranquilidad ha cogido el bolso, ha sacado treinta rands y algunas monedas y me lo ha devuelto. Luego se ha marchado, con el perro siguiéndole alegremente los pasos. Al cabo de media hora ha vuelto. He oído el tintineo de las botellas.

 

He tocado tan mal como siempre, equivocándome en los mismos acordes que hace medio siglo, repitiendo errores de digitación que ahora ya han llegado al hueso y nunca serán corregidos (los huesos más preciados por los arqueólogos, recuerdo, son los retorcidos por la enfermedad o los mellados por un flecha: huesos marcados con una historia propia de una época previa a la historia).

Cuando me he cansado de la dulzura de Brahms he cerrado los ojos y he tocado acordes, buscando con los dedos uno que, cuando apareciera, pudiera reconocer como el mío propio, como lo que en los viejos tiempos llamábamos el último acorde, el acorde del corazón… 

mapa de sudafrica

Una tierra tomada por la fuerza, usada, saqueada, abandonada en su ancianidad estéril. También amada, quizá, por sus violadores, pero amada solamente en la flor de su juventud, y por ello mismo, en el veredicto de la historia, no lo bastante amada.

Después de que suceda, te abren los dedos para asegurarse de que no intentas llevarte nada contigo. Un guijarro. Una pluma. Una semilla de mostaza debajo de la uña.

Es como un resumen, un resumen laberíntico, de muchas páginas, resta sobre resta, división sobre división, hasta que la cabeza da vueltas. Todos los días lo intento de nuevo, con una esperanza parpadeando en mi corazón que en este caso único, en mi caso, puede haber sido una equivocación. Y todos los días me detengo delante de la misma pared vacía: muerte, olvido. El doctor Syfret en su consulta: «Tenemos que afrontar la verdad». En otras palabras: tenemos que mirar a la pared. Pero él no: yo.

Pienso en los prisioneros de pie junta a la fosa en la que sus cuerpos van a caer. Suplican al pelotón de fusilamiento, lloran, bromean, intentan sobornarlos, ofrecen todo lo que poseen: los anillos que llevan en los dedos, las chaquetas que llevan sobre los hombros. Lo soldados se ríen, Porque se lo van a quitar de todas formas, y también el oro de los dientes…

 

CetewayoLa televisión- ¿Por qué la veo? El desfile de políticos todas las noches: solamente tengo que ver esas caras toscas e inexpresivas, tan familiares desde la infancia, para sentir abatimiento y náusea. Los matones de la última fila de pupitres de la clase, chavales torpes y huesudos, ya crecidos y ascendidos para gobernar la tierra. Con sus padres y sus madres, con sus tías y tíos, con sus hermanos y hermanas: una hora de langostas, una plaga de langostas negras infestando el país, masticando sin cesar, devorando vidas. ¿Por qué los sigo mirando, si me llenan de horror y de asco? ¿Por qué dejo que entren en la casa? ¿Tal vez porque el reinado de la familia de langostas es la verdad de Sudáfrica, y la verdad es lo que me pone enferma? Ya no se molestan en arrogarse legitimidad. Se han sacudido de encima la razón, Lo que los absorbe es el poder y el estupor del poder. Comer y beber, masticar vidas, eructar. El parloteo lento y con la barriga llena. Sentados en círculo, debatiendo pesadamente, emitiendo decretos como mazazos: muerte, muerte, muerte. DingaanSin preocuparse por el hedor. Párpados pesados, ojos porcinos, iluminados por la astucia de generaciones de campesinos. Conspirando los unos contra los otros: lentas conspiraciones de campesinos que tardan décadas en madurar. Lo nuevos africanos, hombres barrigones y de mejillas colgantes sentados en sillas de oficina: reyes Cetewayo y Dingaan con pieles blancas. Enormes testículos de toro apretados contra sus mujeres y sus hijos…

 

Florence no me puede dar lo que quiero. No puedo tener nada de lo que quiero.

El año pasado, cuando la pequeña todavía era un bebé en brazos de su madre, llevé a Florence en coche a Brackenfell, al sitio donde trabaja su marido.

Sin duda ella esperaba que la dejara allí y me volviera a casa. Pero por curiosidad, por ver al hombre y por verlos a los dos juntos, entré con ella.

Era la última hora de la tarde de un sábado. Desde el aparcamiento seguimos un camino polvoriento, dejamos atrás dos barracones largos y llegamos a un tercer barracón, donde un hombre con un mono azul estaba dentro de un corral de alambre lleno de pollos –gallinas jóvenes, en realidad- que pululaban alrededor de sus piernas. La niña, Hope, se soltó de su madres, salió disparada y agarró la malla metálica. Entre el hombre y Florence circuló algo: una mirada, una pregunta, un reconocimiento.

Pero no había tiempo para saludos. Él, William, el marido de Florence, tenía un trabajo y el trabajo no se podía interrumpir. Su trabajo era abalanzarse sobre un pollo, darle la vuelta, agarrar el cuerpo revoloteante entre las rodillas, retorcerle un alambre alrededor de las patas y pasárselo a un segundo hombre, más joven, que lo colgaba, graznando y aleteando, de un gancho en una cinta transportadora traqueteante en el techo que se lo llevaba al fondo del barracón. Allí un tercer hombre con un chubasquero salpicado de sangre le agarraba la cabeza, le tensaba el cuello y se lo cortaba con un cuchillo tan pequeño que parecía parte de su mano, luego tiraba la cabeza con el mismo movimiento dentro de un cubo lleno de cabezas muertas.

SacrificioDePollos

Aquel era el trabajo de William, y yo lo vi todo antes de tener tiempo o presencia de ánimo para preguntarme si quería verlo. Aquello era lo que hacía seis días por semana. Ataba patas de pollos. O quizá se turnaba con los otros hombres y también colgaba pollos de los ganchos y les cortaba la cabeza. Por trescientos rands a mes más la comida. Llevaba quince años haciendo aquel trabajo. Así que no era inconcebible que alguno de los cuerpos que yo había rellenado de migas de pan, yema de huevo y salvia y había untado de aceite y ajo hubieran estado, en sus últimas horas, entre las piernas de aquel hombre, el padre de los hijos de Florence. Que se levantaba a las cinco de la mañana, mientras yo todavía dormía, para limpiar con la manguera el fondo de las jaulas, llenar los comederos, barrer los barracones, y luego, desplumar y limpiar, a congelar miles de cadáveres a empaquetar miles de cabezas y patas, kilómetros de intestinos, montañas de plumas.

 

En cuanto he agarrado la carne y he presionado, he podido contener la mayor parte de la hemorragia. Pero en cuanto me relajaba, la sangre volvía a manar. Era sangre, nada más, sangre como la mía y la tuya. Y sin embargo nunca había visto nada tan escarlata y tan negro. Tal ver era un efecto de la piel, joven, flexible, parecida a terciopelo oscuro, sobre la cual manaba. Pero incluso en mis manos parecía más oscura y más brillante de lo que debe de ser la sangre. Me he quedo mirándola, fascinada, asustada, atrapada por el estupor de la imagen. Y sin embargo me era imposible, imposible en los hondo de mi ser, rendirme a ese estupor, relajarme y no hacer nada para detener la hemorragia. ¿Por qué? Ahora me lo pregunto. Y respondo: porque la sangre es preciosa, más preciosas que el oro y los diamantes. Porque toda la sangre es una: un solo estanque de vida repartido entre nuestras existencias separadas, pero unido por la naturaleza: prestada, no dada; repartida, cofiada, para que la preservemos: parece que viva en nosotros, pero solamente lo parece, porque lo cierto es que nosotros vivimos en ella…

 

Hemos esperado en el coche en silencio. Vercueil y yo, como una pareja casada desde hace demasiado tiempo, harta de hablar, malhumorada. Incluso me esto acostumbrado a su olor, he pensado. ¿Es así como me siento con Sudáfrica: no la amo pero me he acostumbrado a su olor? El matrimonio es el destino. Nos convertimos en aquellos con que nos casamos. Los que nos casamos con Sudáfrica nos convertimos en sudafrinados: gente fea, huraña, aletargada. El único signo de vida que hay en nosotros es un breve vislumbre de colmillos cuando nos irritamos. Sudáfrica: un biejo sabuesos malhumorado dormitando en el umbral, retrasando el momento de morir. ¿Y qué nombre tan poco inspirado para un país! ¡Esperemos que lo cambien cuando empiecen de nuevo!.

 

-Además –he dicho-, usted me empuja el coche. Si no pudiera usar el coche estaría atrapada en casa.

-Lo único que le hace falta es una batería nueva.

-No quiero una batería nueva. ¿No lo entiende, verdad? ¿Se lo tengo que explicar? Este coche es viejo, pertenece a un mundo que prácticamente ya no existe, pero funciona. Yo intento aferrarme a lo que queda de ese mundo, a lo que todavía funciona. No importa si lo amo o lo odio. Lo cierto es que pertenezco a aquel mundo del modo que, gracias a Dios, no pertenezco a esto en lo que se ha convertido. Es un mundo en el que uno no puede confiar en que los coches arranquen cuando uno quiere. En mi mundo uno prueba primero con el automático. Si no funciona, pruebas con el arranque. Si eso tampoco funciona, haces que alguien empuje. Y si el coche sigue sin arrancar, te subes en tu bicicleta o caminas o bien te quedas en casa. Así son las cosas en el mundo al que pertenezco. Aquí estoy cómoda, es un mundo que entiendo. No veo porqué tendría que cambiar…

 

Eneas…Si queda alguna justicia, nos encontraremos el camino cortado en el primer umbral del submundo. Blancos como larvas y con pañales, nos enviarán junto con las almas infantiles cuyo eterno gimoteo Eneas confundió con llanto. El blanco es nuestro color, el color del limbo; arenas blancas, piedras blancas, una luz blanco procedente de todas partes. Como estar tumbado en la plaza por toda la eternidad, un domingo infinito entre miles de congéneres, perezosos, medio dormidos, escuchando el sonido reconfortante del romper de las olas. In limine primo: el umbral de la muerte, el umbral de la vida. Criaturas vomitadas por el mar, atascadas en la arena, indecisas, inacabadas, ni frías ni calientes, ni carne ni pescado.

- No tengo respuesta –he dicho-. Es terrible.

- No solamente terrible –ha dicho él-. Es un crimen. Cuando ve cómo se comete un crimen delante de sus ojos, ¿qué dice? ¿Acaso dice: “Ya he visto bastante, no he venido a ver el paisaje, me quiero ir a casa?

He negado con la cabeza, angustiada.

- No, claro que no –ha dicho-. Correcto. ¿Qué dice, entonces? ¿Qué clase de crimen es el que ve? ¿Cómo se llama?

Es maestro, he pensado. Por eso habla tan bien. Lo que está haciendo conmigo lo ha practicado en el aula. Es el truco que usa uno cuando quiere que parezca que lo que dice procede del niño. Ventriloquia, el legado de Sócrates, tan opresiva en África como lo era en Atenas.

 

…Hades, el infierno: el dominio de las ideas. ¿Por qué han tenido que inventar la idea de que el infierno sea un lugar solitario en medio de la Antártica o en el fondo de un volcán? ¿Por qué no puede estar el infierno a los pies de África y por qué las criaturas del infierno no pueden caminar entre los vivos?

 

…”Nunca antes he visto morir a gente negra, señor Vercoueil. Sé que mueren todo el tiempo, pero siempre en otra parte. La gente a la que he visto morir eran blancos y morían en su cama, más bien como si se secaran o se disiparan allí, como el papel, como el aire. Arderían bien, estoy segura, dejarían muy poca ceniza que barrer. ¿Quiere saber por qué he pensado en inmolarme? Por creo que ardería bien.

Pero esa gente no ardería, Bheki y los demás muertos. Sería como intentar quemar lingotes de hierro o plomo. Tal vez sus aristas perderían filo, pero cuando las llamas se apagaran seguirían en el mismo sitio, tan pesados como siempre. Déjelos bastante tiempo y tal vez se acaben hundiendo, milímetro a milímetro, hasta que la tierra los cubra. Pero juego ya no se hundirán más. Se quedarán allí, flotando bajo la superficie. Si hurgaras con el zapato los podrías desenterrar: las caras, los ojos muertos, abiertos, llenos de arena…”

 

Perdóname si la imagen te ofende. Uno tiene que amar lo que tiene más cerca. Uno tiene que amar lo que tiene a mano, que es como aman los perros.

 

 

  
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