INFORMES PARA VALDENARRO

 

InformesParaValdenarro

 

 Luis Caamaño Jiménez  (2013) 

 Obra sin publicar (registrada)

  
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 Fragmentos:

  Crónicas singulares de Georgi, sobre su primera participación

  en el Campeonato de ajedrez de Madrid (Fase previa) 

 

TardeDeTorpezas

Informe nº 2.  Tarde de torpezas

 

 Desde luego, si esto sigue así, voy a tener que cambiar el título de estos informes porque lo de «aislado» comienza a parecer un invento.

Como ya conté, el lunes apareció un feliz Sr. O. y nos comportamos castamente –una cerveza, con su trocito de tortilla-. Pero ayer se dejaron caer los colegas del escaque Trotsky y el Romano y aparecí en casa a las cuatro y media de la mañana. Esto ni es preparación de torneo, ni ser un buen espía, ni es nada de nada. Claro que en la larga velada también hablamos de ajedrez, especialmente de la Volga (para los no iniciados diré que no es una pupila contratada por la federación, sino un antiguo gambito) y que, según me destina el capitán, tengo que estudiarla bien ya que se ajusta a mi estilo táctico; pero todo ello se recorrió sin concretar, bañaditos en tandas de botellines –por cubos los pedían los tíos- y en un buen ramillete de «españas» en vasos para sidra. Al final las composiciones a la ciega se pusieron difusas y a los enroques los llamábamos «ingooques», y a Petrosian, «Pitosón», aunque nos entendíamos bien, lo que no deja de ser un enigma.

También hablamos de tías ¿raro no? Bueno, exactamente de tías, tías, no. El protagonismo se lo llevó una que anda desestabilizando al equipo sin terminar de definirse. Cuidado, que debe ser muy especial ya que fue muy mencionada y según creí entender entre la neblina vidriosa de la noche, parece ser que provoca algún tipo de dolor genital que se ha enredado con uno marital subyacente (que son dolores distintos pero de la misma familia), guisándose un puré que debe ser muy amargo y tan paralizante que te deja bobo en los tableros. También algo de una amiga, evocada mucho menos y sentida como más volátil. La traigo aquí sin razón, como si fuera la clave que explicara la noche aunque haya olvidado el porqué; no me aclaré al final si estaba inventada o si significaba un coto ilusorio de algún Valdenarro que no estaba allí. Se terminó por esfumar de la tertulia rodeada de un misterio del que no puedo explicar bien ni su sentido, ni su grado. En fin, como veis un asunto demasiado complejo para la noche que llevábamos y que, como tampoco sé que más decir, lo dejo aquí. Sí, ya sé que debería tener más prudencia en descubrir estas interioridades y posiblemente fuera mejor no sacarlas a la luz, pero pasa que la velada no ha acabado para mí, pues aún chapoteo en sus secuelas y persiste ese tamtan nocturno que resuena en mi cabeza. Así que, tras haberlo ponderado y dejándome llevar de la mano por la ilusión de creer que para que estos testimonios sean honestos, es preceptivo ajustarse lo más posible a las realidades que afecten a la Previa o a Valdenarro, me he atrevido a traspasar la línea de la tarde para que se conozca mejor cómo entrenamos por estos pagos.

 Bueno, a lo principal, que para eso estoy contratado. Por fin he ganado –eso sí, con negras-. Según Trotsky, mi rival es un paquetón. Me fastidia sobremanera que, para una vez que gano, se denigre así a mi contrario porque me desmerece. Sin embargo, aunque me guste poco, algo de razón habrá que darle porque, con lo mal que me sentó la siesta y que al final terminara por llevarme el punto, se hace poco creíble. Y si no, juzgar vosotros mismos ya que lo que os cuento, es absolutamente cierto.

Primera torpeza: Llego 3 minutos tarde y lo primero que se me ocurre hacer –aún escuece- es ver donde está sentado el alhaja de rival al que me enfrenté ayer. Anoto, mesa 14, y ya hay 3 movimientos realizados, juega con blancas y el Sr. Churro tiene un peón de d4, otro en e4 y ¡Un caballo en d2! Yo sé que los iniciados lo entendéis pero para los que no lo somos, ¿no es una apertura rara y buscona? Al final no sé como acabó –incumplí mi contrato de espía pero bastante tenía con mi partida, no me seáis exigentes-. La verdad es que, en estas rondas iniciales en las que andamos, es perdonable que me desentendiera porque no tengo ninguna duda de que volvió a usar sus anillos constrictores y esa voz que te adormece mientras aprieta, para ganar sin paliativos. En la siguiente crónica confirmaré este hecho.

Bueno sigo. Miro en la hoja de ruta contra quien juego hoy: Melitón Contreras, mesa 22. El nombre me resuena a dueño de ultramarinos de un pueblo manchego, pero después de lo de la niña con coletas de mi poco glorioso estreno, no me fío de nadie. También, como ayer, mi tablero está cerca de la pared en una de las hileras que parecen los bancos corridos de un comedor de reclutas, porque los que se dan la espalda entre una fila y otra, casi se tocan el cogote. Así que figuraos lo que es pasar yo, con mi volumen, hasta casi el final. Ayer estuve sin levantarme más de una hora; ni fumé, ni estiré las piernas, ni un mínimo desahogo me permití –me gustaría justificar que perdí por eso-. Disculpen, disculpen, me apoyo en sus hombros, voy levantando a algunos tíos y a otros –los más concentrados en las fichas- les paso los muslos y otras cositas por las flotantes o los omóplatos, según altura. Bueno, llego, le doy la mano al rival, me siento, relleno mi planilla y le pregunto el nombre y me dice: Pedro Martín –por ejemplo- y digo perplejo ¿Cómo? Miro el tablero y me percato tarde de que tengo las fichas blancas delante, que me he sentado en un sitio libre una mesa más allá de la mía, la 21 y que mi rival es el señor que tengo al lado. Pero, claro, mi sitio está en la otra hilera, enfrente, con negras. Así que otra vez, disculpen, disculpen, por el mismo sitio por donde acabo de entrar y otra vez el sobeteo. Llévame, Luna –me digo-, mal comienzo. Por la otra hilera lo mismo. Y es que, a los que llegamos tarde nos tendrían que colocar con una pequeña grúa desde arriba. El capitán, que tiene mano con el Ortiz –el presidente de la federación-, lo podía proponer como una buena idea ¿no?.

Segunda torpeza: Me invento una combinación y me digo, hago c4, se va a comer el peoncito y le voy a ganar una piececita. Y efectivamente, tras mi c4, juega Cxc4. La idea es comerle ese caballo con el mío para que se continúe con AxCc4, TxAc4, TxTc4 para jugar Dd5 y birlarle esa torre con mi dama ya que, simultáneamente, le amenazo mate en la diagonal blanca. Bien, hago CxCc4 y el rival, en vez de comer con alfil, come con torre. Y me digo, pues nada, lo mismo me da, llevo la dama a d5 y amenazo el mate con las jugadas invertidas. Pero me pongo a analizar los posibles movimientos posteriores y zás, me atolondro, y en vez de coger la dama, agarro la maldita torre para comer y me doy cuenta de la torpeza y la vuelvo a dejar en su sitio. Hago tiempo, miro al techo, silbo un poco, pido ayuda a Trotsky con mis pensamientos–que por allí anda- e intento influir con la mente a Melitón para que haga la vista gorda y reconozca, como un caballero, que no puede estropear una combinación tan magnífica (por fin alguien hacía algo en la partida) por una pequeña torpeza. Así que, después de pedir la ayuda divina, cojo mi dama y la pongo en d5. Que si quieres arroz, Catalina; Melitón no está por la labor y me dice que sí, que era muy bonita la combinación, pero que deje la dama donde estaba y que mueva la torre que he tocado. Está visto que la caballerosidad es virtud de tiempos pasados y que hoy se premia lo competitivo, aunque seas un paquetón. Pues nada, nada. Me enervo y me pongo a cabecear, pero hago, claro, TxTc4, AxTc4 (su alfil cubre la casilla d5) y a jugar con peón de menos…

Tercera torpeza: La partida ha avanzado y el juego de Melitón ya hace agua. Tengo poco tiempo, pero tengo un caballo de más, estoy recién meado y me acabo de fumar un Café Crème. Algunas partidas ya han acabado y hay sitio, más o menos, para salir y entrar sin rozarte demasiado con los muchos jubilados que hay en el grupo de diario, además, si no puedes pasar por algún sitio, ya tienes la alternativa de salir a gatas por encima de las mesas en donde las partidas han acabado. Bien. Hay un peón en 7ª al que intento parar su coronación–columna e-. Tengo la torre en e8 que le bloquea, aunque está amenazada por un alfil blanco. Pero es fácil, con Dd7+, entro en jaque y me cepillo el peón con la torre pues solo lo defiende con su dama. Lo hago y digo jaque. Tras pensar un poco, mi rival coge el alfil y se come mi torre y le digo: Eh, oiga, que está usted en jaque. ¡Ah, es verdad! y deja el alfil en su sitio. Yo, que no me sé las normas pero que un par o tres de minutejos me podían venir estupendamente y algo había oído que eso es lo que te dan de premio por las jugadas ilegales del contrario, me levanto y voy a preguntar a Trotsky, que para eso le hemos pagado el curso ese que ha hecho. Y luego al árbitro. Este se pone muy serio y me pregunta: «¿Está usted presentando una reclamación?». En ese momento, y con la tarde que llevaba, pienso que lo mejor era haberme quedado sentadito. ¿Y que le contesto al árbitro? Pues con un apocado: «No lo sé si es una reclamación». Entonces, me mira un poco mejor y yo sé que piensa: «Este tío es tonto». Él insiste, «¿está usted reclamando algo? » Y yo, creedme, no sabía si necesitaba reclamar o no, solamente quería saber si me iban a dar o no minutos por una jugada ilegal y si era que sí, entonces reclamaba. Bueno, que sea lo que Dios quiera, y le digo, sí, he dado jaque, se lo he dicho y no ha movido el rey sino que se ha comido mi torre. Y entonces vamos a la mesa (afortunadamente no tenemos que saltar sobre nadie) y resulta que Melitón no había movido, lo único que le obligó el árbitro fue a jugar el alfil que había tocado y que, para mayor sonrojo, se cubre el jaque protegido por su reina. O sea todo correcto. El árbitro se va y, ahora si, estoy seguro que lo piensa: ¡este tío es, finitivamente, idiota! 

Y bueno, tras salvar una ingenua red de mate, tengo mi primer punto. Pero, como veis, me faltó poco para los dos ceros del enroque corto. Luego, nos fuimos a celebrarlo como ya he contado. Se me ha echado el tiempo encima y ya me tengo que ir para allá otra vez…

 

(Valdenarro).- La combinación que aparece en este informe estaba mal calculada  y el automatismo de tocar la torre le salvó la partida a las negras. Para los interesados, esta era la posición:

 Blancas        : Rg1, Dd1, Tc1, Te1, Ab3, Ag3, Ce5.  Peones: a2, d4, e3, f2, h2.

Negras         : Rg8, Da5, Tc8, Td8, Ab7, Cb6, Cf6.  Peones: a7, c5, e6, g5, h6.

 

Jugado:           c4

            Cxc4  Cxc4

            Txc4

    Si aquí las blancas hubiesen tomado con alfil, en vez de torre, la combinación si es válida como se comenta por Axc4, Txc4, Txc4, Dd5, y la pieza se gana. Pero al tomar el blanco con torre, es muy evidente que no sirve Dd5 por la fácil e4, que cubre la línea de mate y amenaza la Dama. Seguramente, el negro hubiese tenido que abandonar inmediatamente en esa posición. En este caso, la segunda torpeza, tan llorada por Georgi, le  salvó la partida.

 

 

MagiaYAjedrez

Informe nº 6.    Magia y Geometría

 

Es una versión comúnmente aceptada como la más plausible, establecer el origen del ajedrez en la India del siglo VI, como una evolución o remedo del juego del ChaturangaTambién lo es sostener que este juego tenía un carácter militar, pues equivaldría al enfrentamiento de dos ejércitos con sus representaciones evidentes: el tablero como campo de batalla y las distintas piezas como los cuerpos de las armas que los componían. Hasta aquí, de acuerdo. Esta evolución del ajedrez es muy probable que fuera así, pero no debe ser su origen primigenio. Poco importa ahora la transformación formal del juego aunque, si se escarbara algo más, se podrían encontrar referencias del precursor del ajedrez en tumbas y textos con algún siglo más de antigüedad. Lo que sí considero craso, es el error principal de esta versión al asignarle un sentido bélico, despojándole de su aura magnética para arrebatárselo de las manos a magos y sacerdotes.Es manifiesto que el ajedrez tiene una componente mágica que no puede disolverse en un teatro de batallitas y que, aún hoy, rezuma si se le quita la cáscara.

Por ejemplo, esta versión no concreta si el protoajedrez nació como un juego de entretenimiento (¿el ajedrez, un pasatiempo en el valle del Indo o en Varanasi?), o si se sacaba a la luz como oráculo para zanjar disputas enquistadas de un modo menos sangriento y tan vinculante como el que supondría una guerra fraticida. Si esto hubiese sido así (lo que a mí me parece muy factible y ejemplos posteriores, de ello, hay en la historia del ajedrez), estaríamos construyendo un escenario en donde intervienen hombres investidos para esa parafernalia, se invocan fuerzas superiores y se escenifican rituales sagrados que los dirimentes aceptaban con suficiente Ley como para confiar a sus arbitrios lo que se disputasen (Ojo, y a la capacidad de cada cual para manejar las figuras-tótem); y, claro, no eran unas disputas baladíes: se ponían en juego mujeres, riquezas, poder, batallas, exilios, juicios por penas de muerte y hasta reinos enteros.

 (Propongo, también, no pasar de puntillas por el hecho de que Chaturanga es una palabra sánscrita, con las connotaciones que se quieran aplicar, y que, casualmente, cuatro son los Vedas como los«ejércitos»que se disponían en su tablero de juego).

Algo más. Casi todas las leyendas tienen su carga de realidad. Con asiduidad son simbólicas y enmascaran algún misterio que no puede ser expuesto tal y como es, porque su tergiversación por un profano, desvirtuaría el mensaje o lo pondría en manos peligrosas (ejemplos hay muchos y terribles). Comúnmente, los mitos, se transmiten en forma de parábola, con la suficiente información cifrada como para que«aquel que entienda»sepa interpretar su mensaje. Este cronista sabe poco, pero sí infiere que la manida leyenda de los granos de trigo esconde algo más. Nadie puede creer, sin conjeturar, que un brahmán invente el ajedrez para regalárselo a un rey triste para que se entretenga. A mí me trae más reminiscencias del mito de Prometeo, que regaló el fuego a los humanos, que de otras apreciaciones; y puedo imaginar a Sissa, como un pobre traidor que desvela un arcano a cambio de una cantidad de trigo descomunal, guiado por la avaricia o el despecho y con abuso de su conocimiento de la progresión geométrica. Se me hace que, el protoajedrez, fue comprado por el rey y sus conspiradores, a un precio impagable, en valor a su misterio desvelado, y, es obvio pensar, con la intención de desentrañarlo y utilizar su poder, ocultos y alevosos en una cámara de palacio. Ahora bien, estas cosas se deben de proteger a sí mismas y, como un gusano de seda, hoy ya ha vuelto a ocultar su razón de existencia y sus cábalas en un capullo amarillo; precaución a todas luces innecesaria para nuestro modo de mirar actual, tan alejados, como estamos, del sentido holístico del Universo y de sus manifestaciones.

Aun si estas disquisiciones no lograran provocar, al menos, unas razonables dudas sobre el carácter mágico del ajedrez, vamos a abandonar las elucubraciones sobre su origen y os voy a proponer un par de experimentos más cercanos y que pondrán a prueba la sensibilidad y la órbita energética con que el ajedrez os invade. Buscamos que, al final, tengáis un criterio más sólido o repensado, sea en el sentido que sea. Solo necesitamos un tablero, sus pequeños habitantes y una buena disposición. La primera es una pregunta sencilla que requiere un natural ejercicio de introspección: Elegid una partida inmortal, alguna de las que más os haya impresionado y disponed sobre el tablero una de las posiciones críticas o que consideráis de mayor belleza, en donde el mago haya«visto»la jugada maravillosa, oculta o imposible que nadie intuyó. Bien, pararos un momento y mirad la posición medio minuto sin pensar en ella demasiado racionalmente, simplemente, contempladla… sentidla… Ahora, poneos la mano en la parte superior del estómago y responded, desde dentro, en que parte de vosotros vibra la emoción de ese instante único… en la cabeza como un sudoku o… ¿tal vez en el corazón?  Eso es «magia», concordancia, la armonía que hace vibrar la cuerda de una guitarra cuando está afinada la contigua… Ahora poned las figuras –si son amplias y de madera, mejor- en la posición inicial de una partida. Invocad ese sentimiento íntimo que tenéis cuando todo va a empezar en un duelo importante para vosotros. Colocad vuestras fichas, sin olvidaros de esa minuciosidad que os gusta, muy centradas, o no, en cada cuadro, los caballos que otean el centro o se observan el uno al otro; quizás, el rey un milímetro más cerca de la dama que las otras piezas. Vuestras pequeñas supersticiones. De acuerdo, pensad que tenéis delante al rival y… volved a sentir en donde, en vosotros, está vibrando el instante… A que sí. Una última prueba. Tomad un alfil con las dos manos y tocadlo, miradle muy de cerca, sentid que es vuestro alfil, un alfil mágico y profundo y respondedme… ¿Es el mero cuerpo de un ejército o es un símbolo de Ghanesa?

Ojalá que algunos hayáis estado sensibles para apreciar el ajedrez así, tan puro; aunque no me hago ilusiones. Creo que a la mayoría os habrá parecido el desatino de un iluso. No os preocupéis, ya he salido escaldado por este motivo y no sé por qué insisto en machacar en hierro frío. Sé a lo que me expongo; ya otras veces, este modo de ver las interrelaciones, se ha disuelto en burlas ligeras y acabo por llevarme a casita el sambenito de candoroso y de buscador de tres pies al gato. No pasa nada. En vuestra descarga, sí diré que esta proposición peca de la necesidad de trascendencia y solo se sostiene con pilares de cañizo; siempre necesitará, del receptor, un plus de credulidad porque sus evidencias son interpretables. Bien, pues nada, si es así, olvidémonos del asunto y sigamos en una única realidad. Vamos, entonces, a montar un acto mundano para salir de esta. Supongamos que, por entretenernos mientras llega la hora de comenzar a hablar de la partida de ayer, nos hemos liado a componer un puzzle de 10.000 piezas; y como esta hora ha llegado, lo dejamos. Ahora ponemos al gato encima de la mesa, para echarle la culpa del desorden y por si el dueño del puzzle nos espetara que le hayamos podido perder alguna pieza y que nunca cambiaremos…  y nos vamos a escribir lo que nos haya sugerido la partida de ayer, que es por lo que nos pagan y lo que sabemos hacer menos malamente; y que, como además, en ella, también se toca de forma tangencial la magia del ajedrez, por aquello de que «Dios geometriza» y la geometría es inherente a este juego, pues también os puede resultar interesante, aunque, claro, de una forma bien distinta.

 

II

Hoy, un problema de composición ajedrecística: De las 64 casillas del tablero, todavía quedan ocupadas más de un tercio. Ambos bandos tienen 7 peones y un caballo. Están también en juego las cuatro torres y las dos damas, y, necesariamente, los dos reyes. 24 piezas en total.

Pistas para la composición: El  monarcón blanco –entenderéis luego el sentido correcto de este sobrenombre- está en g2. A su alrededor, digamos más exactamente, en el primer cuadrado concéntrico, únicamente hay una pieza que es una torre blanca en h1. No hay peones. Bien. El 2º cuadrado concéntrico (es decir, todo lo que le rodea a 2 movimientos de ese rey) también es un espacio bastante vacío: nos encontramos la dama blanca en h4 y un peón blanco en g4. Nada más. Bueno, por debajo y a la derecha del tablero, están mis codos, mi  bolígrafo (solidario, -un juguete, una ilusión-) y mi planilla y, como aún moqueo por lo del constipado, quizás alguna gotilla caída de mi nariz.  Pero estos detalles no cuentan para lo que nos atañe.

¿Lo vamos dibujando bien? Continúo. Tercer cuadrado concéntrico (a 3 golpes del rey) ¿qué hay? Vaya, aparecen 4 peones amigos (d4, e5, g5 y h5) y ¡ya era hora!, la primera pieza negra: un solitario peón en d5. ¿Hemos acabado?, ¡no! Nos atrevemos con más: Cuarto cuadrado concéntrico (¡a 4 golpes del rey!): 2 tristes peones negros en e6 y en g6 y 2 nuevas piezas blancas, un caballo en c3 y la hija de la gran chingada –consideración del bando negro- torre de f6.

Creo que se comprenderá el porqué le he llamado monarcón, eso por no tildarle de golfillo. Hombre, no es que estuviera en Bostwana ejercitando el tiro contra desorientados paquidermos por aquello de restañar la mala sangre que los sedimentos endogámicos producen, como hacen otros reyes cercanos; pero vamos, que sí se pasó, el señorón, la partida sentadito en su yacuzzi, trasegándose con deleite un par de Martinis blancos con aceitunas y almendritas y bebiéndose los aires de la nueva de la barra. Claro está que se aprovecha de que su dama, con los pelos de loca, está ocupada en buscar, con desesperación, un resquicio para el asalto final al bastión enemigo. Eso sí se puede decir.

 Comprensible es que la de ayer, fue una partida disfrutada que incluyó un aparatoso asalto final a la fortaleza negra y que, para mayor satisfacción de este informante, tuvo su público: Trotsky y los dos árbitros que estaban loquitos por que acabáramos para irse a ver el Madrid-Manchester –uno de ellos fue el que ayer, sin ninguna pena, me apagó el reloj cuando me sonó el móvil, así que me alegré bastante ya que se quedó sin partido-. Sí, porque, junto a otra partida de tristes solitarios, allá por la mesa ventitantas, esos éramos los que quedamos en la sala a las 10. El resto era un solar abandonado a la carrera a mor de la coincidencia de horario con el evento deportivo de primera magnitud. Esta es la incomprensión que rodea nuestra condición toreretil. Qué más importancia podrá tener un partido de fútbol -¿son siempre los mismos partidos del siglo que los repiten? con la belleza de la composición ajedrecística, surgida de la magia geométrica del ajedrez, que he tenido la suerte de poder contar… Vosotros, los heridos por ese embrujo, sé que lo comprendéis, mis queridos compañeros de viaje.

 
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