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Esculturas de Juan Muñoz en la playa de La Barceloneta (Barcelona)     (© LCJ)
 

De 1

Me irrité al ser interrumpido en mis cavilaciones precisamente por Kostert. Arañó la puerta como un perro y dijo: «Señor Schnier, debería usted escucharme. ¿Necesita un médico?». «Déjeme en paz», grité, «tire el sobre por debajo de la puerta y váyase a casa».

Deslizó el sobre por debajo de la puerta, me levanté, lo recogí y lo abrí: dentro había un billete de segunda de Bochum a Bonn y el dinero para el taxi estaba contado exactamente: seis marcos con cincuenta pfennigs. Yo había esperado que lo redondearía a diez marcos, y calculado ya para mis adentros cuánto podría sacar si devolviese el billete de primera con descuento, y adquiriese otro de segunda. Hubieran sido unos cinco marcos. «¿Todo en orden?», gritó desde fuera. «Sí», dije, «y ahora márchese enseguida, pajarraco cristiano». «Pero permítame usted que...», dijo; yo rugí: «Márchese». Por un momento todo quedó en silencio, después le oí bajar las escaleras. Los hijos de este mundo son no sólo más listos, sino también más humanos y más generosos que los hijos de la luz…

 

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