Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS:  TRÓPICO DE CÁNCER      (1934)                            

      (Tropic of Cancer)TropicoDeCancer

     Henry Miller      (EEUU)  

     

         Editorial      :  EDHASA   -  Novela

     Traducción:   Carlos Manzano

 

 

Finales de libros

 

¡Pobre Fillmore! No era cosa de risa. Ella lo tenía aterrorizado. Si amenazaba con escapar, ella replicaba con la amenaza de matarlo. Y por el tono con que lo decía parecía que iba en serio. «Si te vas a América», decía, «¡te seguiré! No podrás dejarme de lado. Una chica francesa siempre sabe cómo vengarse. Y un instante después ya lo estaba engatusando para que fuera «razonable», para que fuese sage, etc. Iban a vivir tan bién, una vez que tuvieran la papelería. Él no tendría que dar golpe. Ella lo haría todo. Él iba a poder quedarse en la trastienda escribiendo... o haciendo lo que quisiera.

Así siguieron las cosas, oscilando como un columpio, durante unas semanas. Yo procuraba esquivarlos siempre que podía, pues estaba harto del asunto y cabreado con los dos. Hasta que, un hermoso día de verano, al pasar ante el Crédit Lyonnais, me vi, mira por dónde, a Fillmore bajando la escalera. Le saludé efusivo, pues me sentía un poco culpable por haberlo esquivado durante tanto tiempo. Le pregunté, con mayor curiosidad de lo habitual, cómo iban las cosas. Me respondió con bastante vaguedad y con tono de desesperación en la voz.

  «Sólo me ha dado permiso para ir al banco», dijo, de un modo peculiar, decaído, abyecto. «Dispongo de una media hora, no más. Me tiene controlado». Y me cogió del brazo como si quisiera alejarme de allí a toda prisa.

Íbamos caminando hacia la rue de Rivoli. Era un día hermoso, cálido, claro, soleado: uno de esos días en que París muestra su mejor aspecto. Soplaba una brisa suave y agradable, suficiente para llevarse ese olor estancado. Fillmore iba sin sombrero. Por fuera parecía la personificación de la salud... como el turista americano medio que se pasea plácidamente con dinero tintineándole en los bolsillos.

  «Ya no sé qué hacer», dijo con calma. «Tienes que ayudarme. Estoy indefenso. No consigo rehacerme. Si al menos pudiera alejarme de ella por un tiempo, quizá me recuperaría. Pero ella no me perderá de vista. Me ha dado permiso sólo para correr al banco: tenía que sacar un poco de dinero. Daré una vuelta contigo y después tengo que volver corriendo... me estará esperando para comer.»


TroCanRusaLe escuché en silencio, pensando para mis adentros que necesitaba, en efecto, a alguien que lo sacara del atolladero en que se encontraba. Se había derrumbado del todo, no le quedaba ni pizca de valor. Era un niño enteramente... como un niño al que le pegan cada día y ya no sabe cómo comportarse, excepto encogerse y retroceder. Cuando giramos bajo la columnata de la rue de Rivoli, prorrumpió en una diatriba contra Francia. Estaba harto de los franceses. «Hubo un tiempo en que me deshacía en elogios de ellos», dijo, «pero eso era todo literatura. Ahora los conozco... sé cómo son de verdad. Son crueles y mercenarios. Al principio, parece maravilloso, porque tienes la sensación de ser libre. Al cabo de un tiempo, te cansas. Por debajo todo está muerto; no hay sentimiento, ni compasión, ni amistad. Son egoístas hasta los tuétanos. ¡El pueblo más egoísta de la tierra! Sólo piensan en el dinero, el dinero y dinero. ¡Y tan respetables, tan burgueses! Eso es lo que me saca de quicio. Cuando la veo remendándome las camisas, sería capaz de darle de garrotazos. Siempre remendando, remendando. Ahorrando, ahorrando. Faut faire des économies Eso es lo único que le oigo decir durante todo el día.
Lo oyes en todas partes. Sois raisonnable, mon chéri! Sois raisonnable!  No quiero ser razonable ni lógico. ¡Los detesto! Quiero reventar de risa, quiero divertirme. Quiero hacer algo. No quiero sentarme en un café y pasarme el día hablando. ¡Qué leche! No es que nosotros no tengamos defectos... pero tenemos entusiasmo. Es mejor cometer errores que no hacer nada. Prefiero ser un vagabundo en América que estar en buena posición aquí. Quizá sea porque soy yanqui. Nací en Nueva Inglaterra y ése es mi lugar, supongo. No puedes volverte europeo de la noche a la mañana. Llevas algo en la sangre que te hace ser diferente. Es el clima... y todo. Vemos las cosas con otros ojos. No podemos cambiarnos, por mucho que admiremos a los franceses. Somos americanos y debemos seguir siéndolo. Desde luego, detesto a esos puritanos de nuestro país... los detesto con toda el alma. Pero yo mismo soy uno de ellos. Éste no es mi lugar. Estoy harto de él».

  Siguió así a lo largo de todos los soportales. Yo no decía ni palabra. Le dejé que soltara todo: le sentaría bien desahogarse. Aun así, pensaba qué extraño era que aquel mismo tipo, si hubiera sido un año antes, habría estado golpeándose el pecho como un gorila y diciendo: «¡Qué día más maravilloso! ¡Qué país! ¡Qué gente!» Y si hubiera pasado por allí un americano y hubiese dicho una palabra contra Francia, Fillmore le habría aplastado la nariz. Habría dado la vida por Francia... un año antes. Nunca he visto a un hombre tan apasionado por un país, tan feliz bajo un cielo extranjero. No era natural. Cuando decía France, quería decir vino, mujeres, dinero en el bolsillo que como viene se va. Quería decir travesuras, estar de vacaciones. Y después, cuando se hubo corrido sus juergas, cuando el viento se llevó la lona y pudo contemplar el cielo, se dio cuenta de que no estaba en un circo, sino en un ruedo, exactamente igual que en cualquier otro sitio. Y, además, más siniestro que la hostia. Muchas veces, cuando le oía hablar entusiasmado de la espléndida Francia, la libertad y todas esas gilipolleces, me preguntaba qué le habría parecido a un obrero francés, si hubiera podido entender las palabras de Fillmore. No es de extrañar que piensen que estamos todos locos. Para ellos estamos locos. Somos simplemente una pandilla de niños. Idiotas seniles. Lo que nosotros llamamos vida es una novela de tres reales. Ese entusiasmo por debajo… ¿qué es? ¿Qué es ese entusiasmo de pacotilla que revuelve el estómago a cualquier europeo común? TroCanAlemanEs una ilusión. No, ilusión es una palabra demasiado buena para eso. Ilusión significa algo. No, no es eso: es un engaño. Un puro engaño, eso es lo que es. Somos como un hato de caballos con anteojeras: alborotados, desbocados, sobre el precipicio. ¡Hala! Cualquier cosa que fomente la violencia y la confusión. ¡Adelante! ¡Adelante! A donde sea. Y echando espuma por la boca todo el tiempo. ¡Gritando aleluya! ¡Aleluya! ¿Por qué? Dios lo sabe. Va en la sangre. Es el clima. Es un montón de cosas. Es el fin también. Nos bajamos el mundo entero sobre la cabeza como unas orejeras. No sabemos por qué. Es nuestro destino. El resto es mierda pura...

En el Palais Royal propuse que nos paráramos a tomar un trago. Él vaciló un momento. Vi que estaba preocupado por ella, por la comida, por la regañina que se iba a ganar.

«Por el amor de Dios», dije, «olvídate de ella por un rato. Voy a pedir algo de beber y quiero que te lo bebas. No te preocupes, te voy a sacar de este lío de los cojones». Pedí dos whiskis fuertes.

Cuando vio llegar los whiskis volvió a sonreírme como un niño enteramente.

«Bébetelo», dije, «y nos tomamos otro. Esto te va a sentar bien. No me importa lo que diga el médico... esta vez te irá bien. ¡Vamos, bébetelo!».

Se lo bebió de un trago y, cuando el garçon desapareció para ir a buscar otra ronda, me miró con ojos radiantes, como si yo fuera el último amigo en el mundo. Además, le temblaban un poco los labios. Quería decirme algo y no sabía cómo empezar. Lo miré sereno, como si no hubiera advertido su súplica, y, empujando los platillos a un lado, me recliné sobre el codo y le dije muy serio: «Vamos a ver, Fillmore, ¿qué es lo que te gustaría hacer de verdad? ¡Dímelo!»

Al oír aquello, las lágrimas le brotaron a chorros y exclamó: «Me gustaría estar en mi país y con mi gente. Me gustaría oír hablar inglés.» Las lágrimas le corrían por la cara. No hizo esfuerzo alguno para secárselas. Dejó que saliera todo a borbotones. Joder, pensé para mis adentros, es estupendo desahogarse así. Estupendo ser un completo cobarde al menos una vez en la vida. Dejar salir todo así. ¡Bien! ¡Muy bien! Me sentí tan bien al verlo hundirse de aquel modo, que tuve la sensación de que podía resolver cualquier problema. Me sentí animoso y decidido. Se me ocurrieron mil ideas a la vez.

 «Oye», dije, inclinándome todavía más hacia él , «si hablas en serio, ¿por qué no lo haces?... ¿por qué no te vas? ¿Sabes lo que haría yo si estuviera en tu lugar? Me iría hoy. Sí, qué hostia, claro que sí... Me iría ahora mismo, sin decirle siquiera adiós a ella. En realidad, ésa es la única forma como puedes irte: ella nunca te dejaría despedirte. Y tú lo sabes».

  Llegó el garçon con los whiskis. Lo vi alargar la mano con ansia desesperada y llevarse el vaso a los labios. Le vi un destello de esperanza en los ojos: lejano, salvaje, desesperado. Probablemente se viera cruzando el Atlántico a nado. A mí me parecía fácil, sencillo como hacer rodar un tronco. Todo se iba desarrollando fácilmente en mi cabeza. Sabía cuál sería cada uno de los pasos. Lo veía todo con la claridad de un cristal.

 «¿De quién es el dinero que está en el banco?», pregunté. «De su padre o tuyo?»

 «Es mío», exclamó. «Me lo envía mi madre. No quiero ni un cochino céntimo de ellos.»

henryDibujo«¡Estupendo!», dije. «Oye, suponte que cogemos un taxi y volvemos allí. Y sacamos hasta el último céntimo. Después iremos al Consulado Británico a conseguir un visado. Vas a coger el tren esta tarde para Londres. En Londres cogerás el primer barco para América. Digo esto porque así no tendrás que preocuparte de que ella te siga la pista. Nunca sospechará que te has ido vía Londres. Si sale en tu busca, irá naturalmente a Le Havre o a Cherburgo... y otra cosa: no vas a ir a recoger tus cosas. Vas a dejar todo aquí. Que se lo quede ella. Con su mentalidad francesa, nunca se imaginará que te has largado sin bolso ni equipaje. Es increíble. A un francés nunca se le ocurriría hacer una cosa así... A no ser que estuviera tan chiflado como tú.»

«¡Tienes razón! », exclamó. «No se me había ocurrido. Además, tú podrías enviármelas más adelante... ¡en caso de que las suelte! Pero eso no importa ahora. Sólo ¡que no llevo ni sombrero, joder!»

«¿Para qué necesitas un sombrero? Cuando llegues a Londres, puedes comprar todo lo que necesites. Ahora lo único que has de hacer es darte prisa. Tenemos que averiguar cuándo sale el tren.»

«Mira», dijo echando mano a la cartera, «voy a dejar todo en tus manos. Toma, coge esto y haz lo que sea necesario. Yo estoy demasiado débil... estoy aturdido».

Cogí la cartera y extraje los billetes que acababa de sacar del banco. Había un taxi parado junto a la acera. Montamos. A las cuatro, más o menos, salía un tren de la Gare du Nord. Calculé todo: el banco, el Consulado, el American Express, la estación. ¡Muy bien! Teníamos el tiempo justo.

«Ahora, ¡anímate!», dije. «¡Y conserva la calma! ¡Joder! Dentro de unas horas estarás cruzando el canal. Esta noche estarás paseando por Londres y te darás una panzada de inglés. Mañana estarás en alta mar... y entonces, qué leche, serás un hombre libre y no tendrás por qué preocuparte de lo que ocurra. Para cuando llegues a Nueva York esto sólo será un mal sueño.»

Estas palabras lo animaron tanto, que los pies se le movían convulsivos, como si intentara correr dentro del taxi. En el banco, la mano le temblaba tanto que apenas podía firmar. Eso era algo que yo no podía hacer por él: firmar. Pero creo que, si hubiera sido necesario, ]o habría sentado en el retrete y le habría limpiado el culo. Estaba decidido a despacharlo, aunque tuviera que plegarlo y meterlo en una maleta.

  Cuando llegamos al Consulado Británico, era hora de comer y estaba cerrado. Eso significaba tener que esperar hasta las dos. No se me ocurría nada mejor que hacer, para matar el tiempo, que comer. Naturalmente, Fillmore no tenía hambre. Quería comer un bocadillo. «¡Qué cojones», dije. «Me vas a invitar a una buena comida. Es la última comida sustancial que vas a hacer aquí... quizá por mucho tiempo.» Lo llevé a un restaurante pequeño y acogedor y pedí un buen banquete. Pedí el mejor vino de la carta, sin mirar el precio ni la cosecha. Tenía todo su dinero en mi bolsillo... la tira, me parecía. Desde luego, nunca había tenido tanto en las manos de una vez. Era un placer cambiar un billete de mil francos. Primero lo puse al trasluz para contemplar la bella filigrana. ¡Dinero hermoso! Una de las pocas cosas que los franceses hacen en gran escala. Y artísticamente, además, como si sintieran un profundo cariño hasta por el símbolo.

BebidasAcabada la comida, fuimos a un café. Pedí Chartreuse con el café. ¿Por qué no? Y cambié otro billete: esa vez uno de quinientos francos. Era un billete limpio, nuevo, crujiente. Daba placer manejar un dinero así. El camarero me devolvió un montón de billetes viejos y sucios remendados con papel de pegar; llevaba una pila de billetes de cinco y diez francos y montones de calderilla. Dinero chino, con agujeros. Ya no sabía en qué bolsillo meterlo. Los pantalones rebosaban de monedas y billetes. Me hacía sentirme también un poco incómodo, cargar con toda aquella pasta en público. Temía que nos tomaran por un par de ladrones.

Cuando llegamos al American Express, ya no nos quedaba mucho tiempo. Los ingleses, con su torpeza y pesadez habituales, nos habían tenido en ascuas. Aquí todo el mundo parecía ir sobre ruedas. Eran tan rápidos, que hubo que hacer todo dos veces. Cuando todos los cheques estaban firmados y guardados en una carterita muy mona, descubrieron que los había firmado donde no debía. No hubo más remedio que volver a empezar. Yo me quedé a su lado, observando cada trazo de la pluma, al tiempo que miraba el reloj con el rabillo del ojo. Dolía entregar la pasta. No toda, gracias a Dios, pero sí una buena parte. Yo llevaba en el bolsillo, en números redondos, 2.500 francos. En números redondos, digo. Ya no contaba por francos. Cien o doscientos, más o menos... no significaban nada para mí. En cuanto a él, siguió toda la transacción aturdido. No sabía cuánto dinero tenía. Lo único que sabía era que debía apartar algo para Ginette. Aún no sabía cuánto exactamente: eso íbamos a resolverlo camino de la estación.

Con la agitación habíamos olvidado cambiar todo el dinero. Pero ya estábamos en el taxi y no había tiempo que perder. Lo importante era averiguar cuánto teníamos en total. Nos vaciamos los bolsillos a toda prisa y empezamos a seleccionarlo. Había dinero en el suelo y en el asiento. Era asombroso. Había dinero francés, americano e inglés. Y, además, toda aquella calderilla. Me dieron ganas de recoger las monedas y tirarlas por la ventanilla... para simplificar. Por fin, lo seleccionamos todo; él se quedó con el dinero inglés y americano, y yo me quedé con el francés.

Ahora teníamos que decidir rápido qué haríamos con Gínette: cuánto le daríamos, qué le diríamos, etc. Él estaba intentando inventar una historia para que yo se la transmitiera: que si no quería causarle pena, etc. Tuve que interrumpirlo.

«No te preocupes por lo que hay que decirle», dije. «Yo me encargo de eso. ¿Cuánto vas a darle? Eso es lo que importa. ¿Y por qué tienes que darle algo?

Aquello fue como colocarle una bomba bajo el culo. Estalló en llanto. ¡Y qué llanto! Fue peor que antes. Creí que iba a darle un patatús en mis brazos. Sin dejar de pensar, dije: «¡Bueno, bueno! Le daremos todo este dinero francés. Con esto ha de tener para una temporada.»

«¿Cuánto es?» ,preguntó con voz débil.

«No sé... unos dos mil francos. Más de lo que se merece, de todos modos.»

«¡Por Dios! ¡No digas eso!», imploró. «Al fin y al cabo, le estoy haciendo una faena. Sus padres no querrán volver a verla nunca más. No, dáselo. Dale todo ese dinero de los cojones... No me importa cuánto sea». Sacó un pañuelo para secarse las lágrimas. «No puedo evitarlo», dijo. «Es superior a mis fuerzas.» Yo no dije nada. De repente se estiró cuan largo era -creí que le estaba dando un ataque o algo así- y dijo: «La Virgen, me parece que debo volver. Debo volver y dar la cara. Si le ocurriera algo a ella, no me lo perdonaría nunca.»

Aquello fue un rudo golpe para mí.

«¡Hostias!», grité. «¡No puedes hacer eso! Ahora no. Es demasiado tarde. Tú vas a coger el tren y yo voy a ocuparme de ella personalmente. Iré a verla en cuanto me separe de ti. Pero, bueno, no seas bobo; ¿es que no te das cuenta de que, si ella pensara que habías intentado escapar, te asesinaría? Ya no puedes volver. Ya no tiene remedio.»

De todos modos, ¿qué podía pasar?, me pregunté. ¿Que se matara? Tant mieux.

Cuando llegamos a la estación, aún teníamos unos doce minutos por matar. No me atrevía a despedirme aún de él. En el último minuto, trastornado como estaba, era capaz de saltar del tren y acudir corriendo junto a ella. Cualquier cosa podía hacerle cambiar de idea: una brizna de paja. Así que me lo llevé a un bar de la acera de enfrente y dije: «Ahora te vas a tomar un Pernod... tu último Pernod... y yo voy a pagarlo por ti... con tu pasta.»

Hubo algo en esta observación que le hizo mirarme inquieto. Tomó un gran trago del Pernod y después, volviéndose hacia mí como un perro herido, dijo: «Sé que no debería confiarte todo este dinero, pero... pero... Oh, bueno, haz lo que te parezca mejor. Lo único que no quiero es que ella se mate.»

TroCan1«¿Matarse?», dije. «¡Ésa, no! Debes de tenerte en un concepto más alto que la hostia para creer una cosa así. En cuanto al dinero, aunque no me hace ninguna gracia dárselo, te prometo que iré derecho a Correos y se lo giraré. No respondo de mí, si me lo quedo un minuto más de lo necesario.» Al decir esto, vi un bastidor giratorio con tarjetas postales. Cogí una -era una foto de la Torre Eiffel- y le hice escribir unas palabra. «Dile que te vas ahora. Dile que la amas y que enviarás a buscarla en cuanto llegues... La mandaré por pneumatique, cuando vaya a Correos. Y esta noche iré a verla. Todo saldrá bien, ya verás.»

Acto seguido, cruzamos la calle hasta la estación. Sólo faltaban dos minutos. Tuve la sensación de que ya no había peligro. En la puerta, le di una palmada en la espalda y señalé al tren. No le estreché la mano: me habría babeado encima. Me limité a decir: «¡Corre! Sale dentro de un minuto». Y, a continuación, giré sobre los talones y me fui. Ni siquiera me volví para ver si subía al tren. Me daba miedo.

 

En todo el tiempo en que estuve despachándolo, no pensé en lo que haría, cuando me hubiera librado de él. Había prometido muchas cosas... pero sólo para tranquilizarlo. En cuanto a afrontar a Ginette, tenía casi tan poco valor como él. Me estaba entrando pánico a mí también. Todo había ocurrido tan de prisa, que era imposible comprender plenamente el carácter de la situación. Me alejé de la estación, presa de una especie de estupor delicioso... con la postal en la mano. Me paré junto a un farol y la leí. Me pareció absurda. Volví a leerla, para cerciorarme de que no estaba soñando, y después la rompí en pedazos y la tiré al arroyo.

Miré a mi alrededor inquieto, casi esperando ver a Ginette tras de mí con un tomahawk. Nadie me seguía. Empecé a caminar sin prisa hacia la Place Lafayette. Era un día hermoso, como había observado antes. En el cielo, nubes ligeras, esponjosas, arrastradas por el viento. Los toldos se agitaban. Nunca me había parecido tan agradable París, casi me arrepentí de haber despachado al pobre tío. En la Place Lafayette me senté frente a la iglesia y contemplé la torre del reloj; no es una maravilla arquitectónica, pero aquel azul de la esfera siempre me fascinaba. Estaba más azul que nunca. No podía apartar los ojos de ella.

A no ser que fuera lo bastante loco como para escribirle una carta, explicándole todo, Ginette no tenía por qué saber lo que había pasado. Y aun cuando se enterara efectivamente de que le había dejado unos 2.500 francos, no podía demostrar nada. Siempre me quedaría el recurso de decir que él lo había imaginado. Un tipo que estaba lo bastante loco como para marcharse sin sombrero siquiera lo estaba también para inventar lo de los 2.500 francos o lo que fuese. ¿Cuántos eran, en cualquier caso?, me pregunté. Mis bolsillos colgaban por el peso. Saqué todo el dinero y lo conté  con cuidado. Había exactamente 2.875 francos y 35 céntimos. Más de lo que había pensado. De los 75 francos y 35 céntimos, tenía que deshacerme. Quería una cantidad redonda: 2.800 francos netos. Justo entonces vi un taxi que se detenía junto a la acera. Se apeó una mujer con un perrito de lana blanco en las manos; el perro le estaba meando en el vestido de seda. La idea de sacar a un perro a pasear en taxi me indignó. Yo valgo tanto como su perro, me dije, y, acto seguido, hice la señal conductor y le dije que me llevara al Bois. Me preguntó adónde exactamente: «A cualquier sitio», dije. «Atraviese el Bois, ParisDesignrecórralo todo... y vaya despacio, no tengo prisa.» Me arrellané y dejé pasar volando las casas, los tejados mellados, los sombreretes de las chimeneas, las paredes de colores, los urinarios, los carrefours vertiginosos. Al pasar ante el Rond-Point, pensé en bajar a cambiar el agua al canario. No se sabía lo que podía ocurrir allá abajo. Dije al conductor que esperara. Era la primera vez en mi vida que dejaba esperando un taxi mientras iba a mear. ¿Cuánto se puede derrochar así? No mucho. Con lo que llevaba en el bolsillo podía permitirme el lujo de tener dos taxis esperándome.

Eché un buen vistazo a mi alrededor, pero no vi nada que valiese la pena. Lo que quería era algo fresco y nuevo: algo procedente de Alaska o de las Islas Vírgenes. Una piel limpia y fresca con fragancia natural. No hace falta decir que no había nada de eso por allí. No me sentí demasiado decepcionado. Me importaba tres cojones encontrarlo o no. Lo importante siempre es no impacientarse demasiado. Todo llega a su debido tiempo.

Pasamos por el Arc de Triomphe. Había algunos turistas paseando en torno a los restos del Soldado Desconocido. Al pasar por el Bois contemplé a todas las jais ricas paseándose en sus limusinas. Pasaban zumbando como si fueran a algún sitio. Sin lugar a dudas, lo hacen para parecer importantes: para mostrar al mundo con qué suavidad corren sus Rolls-Royces y sus Hispano-Suizas. Dentro de mí todo corría más suavemente de lo que haya corrido nunca Rolls-Royce alguno. Como terciopelo exactamente, dentro. Corteza de terciopelo y vértebras de terciopelo. Y grasa de terciopelo para los ejes, ¡nada menos! Es maravilloso tener dinero en el bolsillo por media hora y tirarlo como un marinero borracho. Tienes la sensación de que el mundo es tuyo. Y lo mejor de todo es que no sabes qué hacer con él. Puedes arrellanarte y dejar que el taxímetro corra como loco, dejar que el viento te sople por entre los cabellos, parar y tomar un trago, puedes dar una propina espléndida y fanfarronear como si fuera cosa de todos los días. Pero no puedes provocar una revolución. No puedes limpiarte toda la porquería de la tripa.

Cuando llegamos a la Porte d'Auteuil, le hice dirigirse hacia el Sena. En el Pont de Sevres me apeé y me puse a caminar a lo largo del río, hacia el Viaducto de Auteuil. Por aquí es casi del tamaño de un riachuelo y los árboles llegan hasta la ribera. El agua era verde y cristalina, sobre todo cerca de la otra orilla. De vez en cuando pasaba una chalana traqueteando. Había bañistas tomando el sol sobre la hierba. Todo estaba cercano y palpitante, y vibraba con la intensa luz.

Al pasar ante una terraza, vi a un grupo de ciclistas sentados a una mesa. Me senté cerca de ellos y pedí un démi. Al oírlos parlotear, pensé por un momento en Ginette. La vi ir y venir por la habitación mesándose los cabellos y sollozando y lamentándose como un auténtico animal. Vi el sombrero de Fillmore en el perchero. Me pregunté si su ropa me estaría bien. Tenía un ranglán que me gustaba mucho. En fin, a estas horas ya estaba en camino. Dentro de poco el barco se mecería bajo sus pies. ¡Inglés! Quería oír hablar inglés. ¡Vaya una idea!

De repente, se me ocurrió que, si quería, yo también podría ir a América. Era la primera vez que se me presentaba la oportunidad. Me pregunté: «¿Quieres ir?» No hubo respuesta. Mis pensamientos cambiaron de rumbo, hacia el mar, hacia la otra orilla, donde, al echar una última mirada atrás, había visto los rascacielos desvanecerse entre una ráfaga de copos de nieve. Volví a verlos aparecer, de aquel mismo modo espectral de cuando me marché. Vi las luces trepar por sus costillas. Vi la ciudad entera extendida, de Harlem al Battery, las calles atestadas de hormigas, el ferrocarril elevado pasando a toda velocidad, los teatros vaciándose. Me pregunté vagamente qué habría sido de mi mujer.

ParisVista

Después de que todo me hubo pasado despacio por la cabeza, una gran paz me invadió. Aquí, donde el río serpentea mansamente por entre una faja de colinas, hay un suelo tan saturado del pasado, que, por lejos que la mente se remonte, nunca se le puede separar de su fondo humano. ¡La Virgen! Ante mis ojos rielaba una paz tan maravillosa, que sólo a un neurótico podría ocurrírsele apartar la cara. Tan apacible corre el Sena, que apenas si se nota su presencia. Siempre está ahí, apacible y discreto, como una gran arteria corriendo por el cuerpo humano. En la maravillosa paz que me inundaba, me pareció como si hubiera subido a la cima de una alta montaña; por un rato iba a poder mirar a mi alrededor, asimilar el significado del paisaje.

Los seres humanos constituyen una fauna y flora extrañas. De lejos parecen insignificantes; de cerca parecen feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo.

Se pone el sol. Siento que este río corre por mis entrañas: su pasado, su antiguo suelo, el clima cambiante. Lo circundan suaves colinas: su curso es inmutable.

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