Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

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  FRAGMENTOS DE LIBROS:  LA CARTUJA DE PARMA      (1839)                            

LaCartujaDeParma

     (La Chartreuse de Parme)    

    Stendhal   (Henri Beyle)    (Francia)  

    

    Traducción: Francisco Javier Calzada

        Editorial      :  CÁTEDRA   -  Letras Universales  

     Edición de  :  Anne-Marie Reboul                  

                                                                                        IconoFraLib ... algo decimos de este libro.

 

Finales de libros

 

… Pero Fabricio visitaba todas las noches a su amante y, cosa digna de admiración, en una corte devorada por la curiosidad y el aburrimiento, Fabricio estudió tan hábilmente sus precauciones, que jamás hubo sospecha alguna de esta amicizia, como dicen en Lombardía. Era un amor demasiado vivo para estar exento de peleas. Clelia era muy propensa a los celos, pero casi todos sus enfados tuvieron otra causa: Fabricio abusaba en ocasiones de alguna ceremonia pública para encontrarse en el mismo lugar que la marques ay contemplarla a su placer; lo que le daba a ella un pretexto para marcharse enseguida y desterrar por algún tiempo a su amante.

En la corte de Parma estaban asombrados de que a a quella mujer tan notable por su belleza e inteligencia no se le conociera ninguna intriga amorosa; hizo nacer pasiones que inspiraron muchas locuras y de las que a menudo Fabricio se sintió también muy celoso.

El buen arzobispo Landriani había fallecido hacía tiempo; la piedad, las costumbres ejemplares y la elocuencia de Fabricio habían hecho que se le olvidara. Ascanio, su hermano mayor, había muerto también, con lo cual había heredado todos los bienes de la familia. A partir de esta época empezó a distribuir cada año a los vicarios y a los párrocos de su diócesis los ciento y pico mil francos que le reportaba el arzobispado de Parma.

Hubiera sido difícil imaginar una vida más honrada, más honorable y más útil que la que se había labrado Fabricio, cuando vino a turbarlo todo aquel capricho de ternura.

LaChar 1- Por el voto tuyo que respeto y que, sin embargo, amarga mi vida porque no puedes verme a la luz del día –le dijo a Clelia en cierta ocasión-, me veo obligado a vivir constantemente solo, sin más distracción que el trabajo; y hasta ésta me falta. En medio de esta forma severa y triste de pasar las largas horas de cada jornada, me asalta una idea que me atormenta y que combato en vano desde hace seis meses: mi hijo no va a quererme; jamás me oye nombrar. Educado en el agradable lujo del palacio Crescenzi, apenas me conoce. Las pocas veces que lo veo, pienso en su madre, cuya belleza, que yo no puedo contemplar, me recuerda; sin duda ve muy serio mi rostro entonces, lo que para los niños es lo mismo que triste.

- ¿Y bien? –preguntó la marquesa- ¿Adónde quieres ir a parar con esas razones, que me asustan?

- A recuperar a mi hijo. Quiero que viva conmigo, quiero verlo todos los días, quiero que se acostumbre a amarme; y quiero tener también yo el placer de amarlo. Puesto que una fatalidad única en el mundo me priva de la felicidad de que gozan tantas almas sensibles y me obliga a vivir sin lo que adoro, quiero por lo menos tener a mi lado a un ser que te recuerde en mi corazón y que en alguna forma te sustituya. En mi forzada soledad, los negocios humanos se me hacen una carga, y de sobra sabes que la ambición ha sido siempre una palabra hueca para mí desde el instante que tuve la dicha de ser ingresado en la cárcel por Barbone. En la melancolía que me abruma lejos de ti, me parece ridículo todo lo que no sea un sentimiento del alma.

Puede comprenderse el vivo dolor que al pesar de su amigo hizo sentir al corazón de la pobre Clelia; su tristeza fue tanto más profunda cuanto que sentía que Fabricio tenía en cierto modo razón. Llegó incluso a pensar que tal vez debía tratar de liberarse de su voto: podría entonces recibir a Fabricio de día, como a cualquier otro personaje de la vida social, y su reputación de prudencia estaba harto acreditada para  dar lugar a las maledicencias. Se decía que, con bastante dinero, podría conseguir la despensa del voto, pero también se daba cuenta de que aquel arreglo mundano no tranquilizaría su conciencia; y tal vez el cielo, irritado, la castigara por este nuevo pecado.

UnFeuilleton

Por otra parte, si consentía en ceder a aquel deseo tan natural de Fabricio, y si trataba de no agravar la desdicha de aquel corazón que tan bien conocía y que tenía tan comprometida su paz por aquel singular voto suyo, ¿qué posibilidad había de fingir el rapto del hijo único de uno de los grandes señores de Italia sin que el fraude fuera descubierto? El marqués Crescenzi gastaría sumas enormes, dirigiría personalmente la búsqueda y, tarde o temprano, todo saldría a la luz. Solo había un medio de evitar ese peligro: enviar al niño lejos, a Edimburgo, por ejemplo, o a París, pero eso era algo a lo que el corazón de una madre no podía acceder. El otro medio propuesto por Fabricio, y el mejor tramado en verdad, parecía encerrar un siniestro augurio y a los ojos de aquella madres desesperada resultaba más espantoso aún: había que fingir una enfermedad –decía Fabricio-; el niño estaría cada vez peor y, finalmente, se diría que había muerto durante una ausencia del marqués Crescenzi.

El rechazo de aquel plan por parte de una Clelia aterrorizada provocó una ruptura que no pudo durar.

Clelia decía que no debían tentar a Dios; que aquel hijo tan querido era fruto de un pecado y que, si todavía irritaban más la cólera divina, Dios acabaría quitándoselo. Fabricio hablaba una y otra vez de su triste suerte:

- El estado en que el azar me ha puesto –le decía a Clelia- y mi amor me obligan a una eterna soledad; y ni siquiera puedo, como la mayoría de mis hermano, gozar las delicias de un trato íntimo, puesto que solo quieres recibirme en la oscuridad, lo que reduce a unos instantes, por así decirlo, la parte de mi vida que me es posible pasar contigo.

Se derramaron muchas lágrimas. Clelia cayó enferma; pero amaba demasiado a Fabricio para negarle constantemente aquel tremendo sacrificio que le pedía. Así pues, en apariencia solo, Sandrino enfermó. El marqués se apresuró a llamar a los más afamados médicos, y Clelia se encontró con un terrible problema que no había previsto: había que evitar aquel niño adorado tomara las medicinas que le recetaban los médicos; y no era dificultad pequeña.

Retenido en cama más de lo que convenía a su salud, el pequeño enfermó realmente. ¿Cómo explicarle al médico la causa de su mal? Desgarrada entre dos intereses contrapuestos y ambos tan queridos, Clelia estuvo a punto de perder la razón. ¿Había que consentir una curación manifiesta, sacrificando así el fruto de una simulación tan larga y tan penosa? Fabricio, por su parte, no podía ni perdonarse la violencia que ejercía en el corazón de su amiga, ni renunciar a su proyecto. Había hallado el medio de introducirse por las noches en la habitación del niño enfermo, lo cual llevó a otra complicación: la marquesa acudía a cuidar a su hijo, y algunas veces Fabricio estaba obligado a verla a la luz de las velas, lo que para el enfermo corazón de Clelia era un pecado horrible, que presagiaba la muerte de Sandrino. En vano los casuistas más célebres, consultados acerca del deber de mantener un voto en los casos en que su cumplimiento era claramente dañoso, respondieron unánimes que dicho voto no podía considerarse transgredido de forma culpable en tanto la persona comprometida por una promesa a Dios dejar de cumplirla no por el vano placer de los sentidos, sino para no causar un mal evidente. La marquesa no se desesperó menos por ello, y Fabricio llegó a temer que su extravagante idea condujera a la muerte de Clelia y de su hijo.

Recurrió así a su íntimo amigo el conde Mosca quien, a pesar de sus años y de su experiencia como ministro, se conmovió profundamente ante aquella historia de amor que ignoraba en gran parte.

  - Yo me ocuparé de que el marqués esté ausente cinco o seis días por lo menos. ¿Cuándo queréis que sea?

Al poco tiempo, Fabricio fue a decirle al conde que estaba todo dispuesto para poder aprovechar aquella ausencia.

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Dos días más tarde, cuando el marqués regresaba a caballo de una de sus fincas de los alrededores de Mantua, unos bandidos, aparentemente pagados por una venganza personal, lo raptaron, sin maltratarlo en absoluto, y lo pusieron en una barca que empleó tres días en bajar por el Po haciendo el mismo viaje que Fabricio realizara antaño cuando el famoso asunto Giletti. Al cuarto día, los bandidos después de haberle robado cuanto llevaba, sin dejarle ni dinero ni objeto que tuviera el más mínimo valor. Al marqués le costó otros dos días regresar a su palacio de Parma que encontró con colgaduras negras y a sus moradores sumidos en la mayor desolación.

Aquel rapto, llevado a cabo con gran habilidad, tuvo un resultado funesto: Sandrino, trasladado en secreto a una casa grande y hermosa, a donde iba la marquesa a verlo casi todos los días, murió a los poco meses (*) La muerte de Sandrino es un hecho real que Stendhal tuvo siempre a la vista mientras escribía la novela, según confiesa en el primer borrador que nos ha quedado de los tres redactados para contestar a Balzac. Clelia lo interpretó como justo castigo a su infidelidad al voto ofrecido a la Virgen: ¡había visto tantas veces a Fabricio a la luz de las velas, e incluso dos veces a la luz del día, con grandísimas muestras de ternura, durante la enfermedad de Sandrino…! No sobrevivió a su hijo querido más que unos pocos meses, pero tuvo la dicha de morir dulcemente en los brazos de su amigo.

A los pocos días de la muerte de Clelia, firmó diversas escrituras por las que aseguraba una pensión de mil francos a cada uno de sus sirvientes, reservándose para sí una pensión igual; daba unas tierras que rentaban como cien mil libras a la condesa Mosca; otra suma por el estilo a la marquesa del Dongo, su madre, y lo que podía quedar de la fortuna paterna a una de sus hermanas, que no había hecho una buena boda. Al día siguiente, tras presentar a quien correspondía la dimisión de su dignidad arzobispal y de todos aquellos cargos con que lo habían honrado sucesivamente el favor de Ernesto V y la amistad del primer ministro, se retiró a la Cartuja de Parma, situada en los bosques próximos al Po, a dos leguas de Sacca.

En su momento, la condesa Mosca había aprobado de corazón que su marido volviera a ocupar el cargo de primer ministro, pero jamás consintió en pisar ella los estados de Ernesto V. Tenía su propia corte en Vignano, a un cuarto de legua de Casal-Maggiore, en la orilla derecha del Po y, consiguientemente, en territorio austriaco. En aquel magnífico palacio de Vignano, que el conde había mandado construir para ella, recibía todos los jueves a la más alta sociedad de Parma, y a diario a sus numerosos amigos. Fabricio no hubiera faltado un solo día allí. En una palabra, la condesa lo tenía todo para sentirse feliz, pero sobrevivió escasísimo tiempo a Fabricio, al que adoraba, y que solo pasó un año en su cartuja.

Stendhal LaChartreuse

Las cárceles de Parma estaban vacías, el conde era inmensamente rico, y a Ernesto V lo adoraban sus súbditos, que omparaban su gobierno al de los grandes duques de Toscana.

 

to the happy few (*)

(*) Idéntica fórmula se encuentra en Histoire de la peinture en Italia (1817) y en Rojo y Negro. En Stendhal siempre existió el deseo de ser comprendido solo por unos pocos, por almas privilegiadas que comulgaran con su sensibilidad. «Trabajar para el siglo XX» era su meta, ral vez a sabienda de que su público tenía que ser, necesariamente, restringido. En sus Voyages en Italia (pag 633), confesó su profundo deseo: «me gustaría poder escribir en una lengua sagrada», deseo que Clelia y Fabricio realizan al comunicarse reinventando el lenguaje.

 

Acceder a los fragmentos de "La Cartuja de Parma":   LaCartujaDeParma

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