UN BUEN LIBRO PARA LEER: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA  (1995)

EnsayoSobreLaCeguera

     Ensaio sobre a cegueira

 

    JOSÉ SARAMAGO     Portugal

    Editorial: Alfaguara                 

   Traducción: Basilio Losada

  

 

 

Finales de libros 

     (No son erratas las mayúsculas tras determinadas comas)

Último capítulo

Al día siguiente, acostados aún, la mujer del médico le dijo al marido, Tenemos poca comida en casa, va a ser necesario dar una vuelta por el almacén subterráneo del supermercado, aquel donde estuve el primer día, si hasta ahora no ha dado nadie con él, podremos abastecernos para una o dos semanas, Voy contigo, y decimos a uno o dos de ellos que vengan también, Prefiero que seamos solo nosotros, es más fácil, no habrá tanto peligro de perdernos, Hasta cuándo aguantarás la carga de seis personas que no se pueden valer, Aguantaré mientras pueda, pero la verdad es que ya me flaquean las fuerzas, a veces me sorprendo deseando ser ciega también para ser igual que los otros, para no tener más obligaciones que los demás, Nos hemos habituado a depender de ti, si nos faltases sería como si una segunda ceguera nos hubiera alcanzado, gracias a los ojos que tienes conseguimos ser un poco menos ciegos, Llegaré hasta donde sea capaz, no puedo prometer más, Un día, cuando comprendamos que nada bueno y útil podemos hacer por el mundo, deberíamos tener el valor de salir simplemente de la vida, como él dijo, Él, quién, El afortunado de ayer, Tengo la seguridad de que hoy no lo diría, no hay nada mejor para cambiar de opinión que una sólida esperanza, Él la tiene ya, ojalá le dure, Hay en tu voz un tono que parece de contrariedad, Contrariedad, por qué, Como si se hubiesen llevado algo que te pertenece, Te refieres a lo que ocurrió con esa chica cuando estábamos en aquel lugar horrible, Sí, Recuerda que fue ella quien vino a buscarme, La memoria te engaña, fuiste tú quien la buscó, Estás segura, No estaba ciega, Pues yo juraría que, Jurarías en falso, Es extraño cómo puede la memoria engañarnos así, En este caso es fácil de comprender, nos pertenece más lo que vino a ofrecerse a nosotros que aquello que tuvimos que conquistar, Ni ella me buscó después, ni yo la busqué más, Queriendo, pueden encontrarse en la memoria, para eso sirve, Tienes celos, No, no tengo celos, ni siquiera los tuve entonces, lo que sentí fue pena, por ella y por ti, y también por mí, porque no podía ayudaros, Cómo estamos de agua, Mal. Después de la menos que frugal refección de la mañana, amenizada por algunas alusiones discretas y sonrientes a los acontecimientos de la noche pasada, convenientemente vigiladas las palabras por el recato debido a la presencia de un menor, vano cuidado éste, si recordamos las escandalosas escenas de que fue testigo presencial en la cuarentena, salieron para el trabajo el médico y su mujer, acompañados esta vez por el perro de las lágrimas, que no quiso quedarse en casa.

Caretas

El aspecto de las calles empeoraba cada hora que iba pasando. La basura parecía multiplicarse durante la noche, era como si desde el exterior de algún país desconocido, donde todavía hubiera vida normal, viniesen sigilosamente a vaciar aquí sus contenedores, si no fuese porque estamos en tierra de ciegos, veríamos avanzar por esta blanca oscuridad los carros y los camiones fantasmas cargados de detritus, sobras, desechos, depósitos químicos, cenizas, aceites quemados, huesos, botellas, vísceras, pilas cansadas, plásticos, montañas de papel, lo que no traen son restos de comida, ni siquiera unas mondas de fruta con las que podríamos engañar el hambre, mientras esperamos esos días mejores que siempre están por llegar. La mañana está en sus comienzos, pero se siente el calor. El hedor que desprende el inmenso basurero es como una nube de gas tóxico. OCaoDasLagrimasNo tardarán en aparecer por ahí unas cuantas epidemias, volvió a decir el médico, no escapará nadie, estamos completamente indefensos, Como dice el refrán, por una parte nos llueve, por otra nos hace viento, dijo la mujer, Ni siquiera eso, la lluvia nos ayudaría a matar la sed, y el viento aliviaría los hedores, al menos en parte. El perro de las lágrimas anda olfateando inquieto, se detuvo a hacer pesquisas en un montón de basura, seguro de que en el fondo se encontraba oculta alguna golosina superior que ahora no consigue encontrar, si estuviera solo, se quedaría aquí, pero la mujer que lloró va ya delante, su deber es ir tras ella, nunca se sabe si no va a tener que enjugar otras lágrimas. Es difícil andar. En algunas calles, sobre todo en las más inclinadas, el caudal de agua de lluvia, transformada en torrente, lanzó coches contra coches, o contra las casas, derribando puertas, rompiendo escaparates, el suelo está cubierto de pedazos de vidrio grueso. Aprisionado entre dos coches se pudre el cuerpo de un hombre. La mujer del médico desvía los ojos. El perro de las lágrimas se aproxima, pero la muerte lo intimida, da dos pasos, de súbito se le encrespó el pelo, un aullido lacerante salió de su garganta, lo malo de este perro es que se ha aproximado tanto a los humanos que va a acabar sufriendo como ellos. Atravesaron una plaza donde había grupos de ciegos que se entretenían oyendo los discursos de otros ciegos, a primera vista ni unos ni otros parecían ciegos, los que hablaban giraban la cara gesticulante hacia los que oían, los que oían dirigían la cara atenta a los que hablaban. Se proclamaban allí los principios de los grandes sistemas organizados, la propiedad privada, el librecambio, el mercado, la bolsa, las tasas fiscales, los réditos, la apropiación, la desapropiación, la producción, la distribución, el consumo, el abastecimiento y desabastecimiento, la riqueza y la pobreza, la comunicación, la represión y la delincuencia, las loterías, las instituciones carcelarias, el código penal, el código civil, el régimen de carreteras, el diccionario, el listín de teléfonos, las redes de prostitución, las fábricas de material de guerra, las fuerzas armadas, los cementerios, la policía, el contrabando, las drogas, los tráficos ilícitos permitidos, la investigación farmacéutica, el juego, el precio de los tratamientos médicos y de los servicios funerarios, la justicia, los créditos, los partidos políticos, las elecciones, los parlamentos, los gobiernos, el pensamiento convexo, el cóncavo, el plano, el vertical, el inclinado, el concentrado, el disperso, el huido, la ablación de las cuerdas vocales, la muerte de la palabra. Aquí se habla de organización, dijo la mujer del médico al marido, Ya me he dado cuenta, respondió él, y se calló. Siguieron andando, la mujer del médico consultó un plano de la ciudad que había en una esquina, como un antiguo crucero en una encrucijada. Estaban muy cerca del supermercado, en alguno de estos sitios se había EnElSupermercadodejado caer, llorando, aquel día en el que se vio perdida, grotescamente derrengada por el peso de las bolsas de plástico afortunadamente llenas, la ayudó un perro que vino a consolar su desconcierto y su angustia, el mismo que viene aquí enseñando los dientes a las jaurías que se acercan demasiado, como si estuviese advirtiéndoles, A mí no me engañan ustedes, lárguense de aquí. Una calle a la izquierda, otra a la derecha, y aparece la puerta del supermercado. Sólo la puerta, es decir, está la puerta, está el edificio todo, pero lo que no se ve es gente entrando y saliendo, aquel hormiguero de personas que a todas horas encontramos en estos establecimientos que viven del concurso de grandes multitudes. La mujer del médico temió lo peor, y le dijo al marido, Hemos llegado demasiado tarde, ya no deben de quedar ahí dentro ni unas migajas de galleta, Por qué dices eso, No veo entrar y salir a nadie, Puede que no hayan descubierto el sótano, Ésa es mi esperanza. Estaban parados en la acera, enfrente del supermercado mientras cambiaban estas frases. A su lado, como si estuviesen esperando que se encendiese en el semáforo la luz verde, había tres ciegos. La mujer del médico no se fijó en la cara que pusieron, de sorpresa inquieta, de una especie de confuso temor, no vio que la boca de uno de ellos se abrió para hablar y luego se cerró, no notó el rápido encogerse de hombros, Lo verás por ti misma, se supone que habrá pensado este ciego. Ya en medio de la calle, atravesándola, la mujer del médico y el marido no pudieron oír la observación del segundo ciego, Por qué habrá dicho ella que no veía, que no veía entrar ni salir a nadie, y la respuesta del tercer ciego, Son maneras de hablar, hace un rato, cuando tropecé, tú me preguntaste si no veía dónde ponía los pies, es lo mismo, todavía no hemos perdido la costumbre de ver, Dios mío, cuántas veces hemos dicho eso ya, exclamó el primer ciego.

 

La claridad del día iluminaba hasta el fondo el amplio espacio del supermercado. Casi todos los exhibidores estaban derribados, no había más que basura, cristales rotos, embalajes vacíos, Es curioso, dijo la mujer del médico, incluso no habiendo aquí nada de comida, me sorprende que no haya gente viviendo. El médico dijo, Realmente, no parece normal. El perro de las lágrimas soltó un aullido en tono muy bajo. De nuevo tenía el pelo erizado. Dijo la mujer del médico, Hay aquí un olor, Siempre huele mal, dijo el marido, No es eso, es otro olor, a podrido, Algún cadáver que esté por ahí, No veo ninguno, Entonces será una impresión tuya. El perro volvió a gemir. Qué le pasa al perro, preguntó el médico, Está nervioso, Qué hacemos, Vamos a ver, si hay algún cadáver pasamos de largo, a estas alturas los muertos ya no nos asustan, Para mí es más fácil, no los veo. Atravesaron el supermercado hasta la puerta que daba acceso al corredor por donde se llegaba al almacén del sótano. El perro de las lágrimas los siguió, pero se detenía de vez en cuando, gruñía llamándolos, luego el deber le obligaba a seguir andando. Cuando la mujer del médico abrió la puerta, el olor se hizo más intenso, Realmente huele muy mal, dijo el marido, Quédate tú aquí, vuelvo en seguida. Avanzó por el corredor, cada vez más oscuro, y el perro de las lágrimas la siguió como si lo llevasen a rastras. desperation  5Saturado del hedor a putrefacción, el aire parecía pastoso. A medio camino, la mujer del médico vomitó. Qué habrá pasado aquí, pensó entre dos arcadas, y murmuró luego, una y otra vez, estas palabras mientras se iba aproximando a la puerta metálica que daba al sótano. Confundida por la náusea, no había notado que en el fondo se percibía una claridad difusa, muy leve. Ahora sabía lo que era aquello. Pequeñas llamas palpitaban en los intersticios de las dos puertas, la de la escalera y la del montacargas. Un nuevo vómito le retorció el estómago, fue tan violento que la tiró al suelo. El perro de las lágrimas aulló largamente, con un aullido que parecía no acabar jamás, un lamento que resonó en el corredor como la última voz de los muertos que se encontraban en el sótano. El médico la oyó vomitar, las arcadas, la tos, corrió como pudo, tropezó y cayó, se levantó y cayó, al fin apretó un brazo de la mujer, Qué ha pasado, preguntó, trémulo, ella sólo decía, Llévame de aquí, llévame de aquí, por favor, por primera vez desde que le afectó la ceguera era él quien guiaba a la mujer, la guiaba sin saber hacia dónde, hacia cualquier lugar lejos de estas puertas, de las llamas que él no podía ver. Cuando salieron del corredor, los nervios de ella se desataron de golpe, el llanto se convirtió en convulsión, no hay manera de enjugar lágrimas como éstas, sólo el tiempo y la fatiga las podrán reducir, por eso el perro no se acercó, sólo buscaba una mano para lamerla. Qué ha pasado, volvió a preguntar el médico, qué has visto, Están muertos, consiguió decir entre sollozos, Quiénes están muertos, Ellos, y no pudo continuar, Cálmate, me lo contarás cuando puedas. Unos minutos después, ella dijo, Están muertos, Has visto algo, abriste la puerta, preguntó el marido, No, sólo vi que había fuegos fatuos agarrados a las rendijas, estaban allí agarrados y danzaban, no se soltaban, Hidrógeno fosforado resultante de la descomposición, Imagino que sí, Qué habrá ocurrido, Seguro que dieron con el sótano, se precipitaron escaleras abajo en busca de comida, era muy fácil resbalar y caer en aquellos escalones, y si cayó uno cayeron todos, probablemente ni consiguieron llegar a donde querían, o si lo consiguieron, con la escalera obstruida no consiguieron volver, Pero tú dijiste que la puerta estaba cerrada, La cerraron seguramente los otros ciegos y convirtieron el sótano en un inmenso sepulcro, y yo tengo la culpa de lo que ocurrió, cuando salí de aquí corriendo con las bolsas sospecharon que se trataba de comida y fueron a buscarla, En cierto modo, todo cuanto comemos es robado de la boca de los otros, y, si les robamos demasiado acabamos causando su muerte, en el fondo, todos somos más o menos asesinos, Flaco consuelo, Lo que no quiero es que empieces a cargarte tú misma con culpas imaginarias cuando ya apenas puedes soportar la responsabilidad de sostener seis bocas concretas e inútiles, Sin tu boca inútil, cómo podría vivir, Continuarías viviendo para sustentar a las otras cinco que nos esperan, La cuestión es por cuánto tiempo, No será mucho más, cuando se acabe todo, tendremos que ir por esos campos en busca de comida, recogeremos todos los frutos de los árboles, mataremos todos los animales a los que podamos echar mano, si es que antes no empiezan a devorarnos aquí los perros y los gatos. El perro de las lágrimas no se manifestó, la cosa no iba con él, de algo le servía el haberse convertido en los últimos tiempos en el perro de lágrimas.

muñecos

La mujer del médico apenas podía arrastrar los pies. La conmoción la había dejado sin fuerzas. Cuando salieron del supermercado, ella, desfallecida, él, ciego, nadie podría decir cuál de los dos amparaba al otro. Quizá a causa de la intensidad de la luz le dio un vértigo, pensó que iba a perder la vista, pero no se asustó, era sólo un desmayo. No llegó a caer ni a perder completamente el sentido. Necesitaba acostarse, cerrar los ojos, respirar pausadamente, si pudiera estar unos minutos tranquila, quieta, seguramente le volverían las fuerzas, y era necesario que volvieran, las bolsas de plástico seguían vacías. No quería acostarse sobre la inmundicia de la acera, volver al supermercado, eso ni muerta. Miró alrededor. Al otro lado de la calle, un poco más allá, había una iglesia. Habría gente dentro, como en todas partes, pero sería un buen sitio para descansar, al menos antes era así. Le dijo al marido, Tengo que recuperar fuerzas, llévame allí, Allí dónde, Perdona, sosténme un poco, es ahí mismo, ya te iré indicando, Qué es, Una iglesia, si me pudiera tumbar un poco, quedaría como nueva, Vamos allá. Se entraba en el templo por seis escalones, seis escalones que la mujer del médico los superó con gran dificultad, tanto más que tenía también que guiar al marido. Las puertas estaban abiertas de par en par, suerte tuvieron de eso, una antepuerta, una mampara de las más sencillas, sería en esta ocasión un obstáculo difícil de superar. El perro de las lágrimas se detuvo indeciso en el umbral. Y es que, pese a la libertad de movimientos de que han SanLazarogozado los perros en los últimos meses, se mantenía genéticamente incorporada en el cerebro de todos ellos la prohibición que un día, en remotos tiempos, cayó sobre la especie, la prohibición de entrar en las iglesias, probablemente la culpa la tuvo aquel otro código genético que les ordena marcar el terreno dondequiera que lleguen. De nada sirvieron los buenos y leales servicios prestados por los antepasados de este perro de las lágrimas, cuando lamían asquerosas llagas de santos antes de que como tales hubieran sido declarados y aprobados, misericordia, ésta, de las más desinteresadas, porque bien sabemos que no consigue cualquier mendigo ascender a la santidad por muchas llagas que pueda tener en el cuerpo, y también en el alma, lugar a donde no llega la lengua de los perros. Se atrevió ahora éste a penetrar en el sagrado recinto, la puerta estaba abierta, portero no había, y, razón sobre todas fuerte, la mujer de las lágrimas ha entrado, ni sé cómo puede arrastrarse, va murmurándole al marido sólo una palabra, Sosténme, la iglesia está llena, casi no hay un palmo de suelo libre, en verdad se podría decir que no hay aquí una piedra donde descansar la cabeza, una vez más fue una suerte que estuviera a su lado el perro de las lágrimas, con dos gruñidos y dos embestidas, todo sin maldad, abrió un espacio donde pudo dejarse caer la mujer del médico rindiendo el cuerpo al desmayo, cerrados al fin por completo los ojos. El marido le tomó el pulso, está firme y regular, sólo un poco leve, después hizo un esfuerzo para levantarla, no es buena esta posición, hay que procurar que vuelva la sangre rápidamente al cerebro, aumentar la irrigación cerebral, lo mejor sería sentarla, ponerle la cabeza entre las rodillas, y confiar en la naturaleza y en la fuerza de la gravedad. Al fin, después de algunos esfuerzos fallidos, la pudo levantar. Pasados unos minutos, la mujer del médico suspiró profundamente, se movió un poquito, casi nada, empezaba a volver en sí. No te levantes aún, le dijo el marido, quédate un poco más con la cabeza baja, pero ella se sentía bien, no había señal de vértigo, los ojos entreveían las losas del suelo, que el perro de las lágrimas, gracias a los tres enérgicos revolcones que dio antes de acostarse él mismo, había dejado aceptablemente limpias. Levantó la cabeza hacia las esbeltas columnas, hacia las altas bóvedas, para comprobar la seguridad y la estabilidad de la circulación sanguínea, luego dijo, Ya estoy bien, pero en aquel mismo instante pensó que se había vuelto loca, o que, desaparecido el vértigo, sufría ahora alucinaciones, no podía ser verdad aquello que los ojos le mostraban, aquel hombre clavado en la cruz con una venda blanca cubriéndole los ojos, y, al lado una mujer con el corazón traspasado por siete espadas y con los ojos también tapados por una venda blanca, y no eran sólo este hombre y esta mujer los que así estaban, todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados, las esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza, y los cuadros con una gruesa pincelada de pintura blanca, y más allá estaba una mujer enseñando a su hija a leer, y las dos tenían los ojos tapados, y un hombre con un libro abierto donde se sentaba un niño pequeño, y los dos tenían los ojos tapados, y un viejo de larga barba, con tres llaves en la mano, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con el cuerpo acribillado de flechas, y tenía los ojos tapados, y una mujer con una lámpara encendida, y tenía los ojos tapados, y un hombre con heridas en las manos y en los pies y en el pecho, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con un león, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un cordero, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un águila, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una lanza dominando a un hombre santa-luciacaído, con cornamenta el caído y con pies de cabra, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una balanza, y tenía los ojos tapados, y un viejo calvo sosteniendo un lirio blanco, y tenía los ojos tapados, y otro viejo apoyado en una espada desenvainada, y tenía los ojos tapados, y una mujer con una paloma, y tenían las dos los ojos tapados, y un hombre con dos cuervos, y los tres tenían los ojos tapados, sólo había una mujer que no tenía los ojos tapados porque los llevaba arrancados en una bandeja de plata. La mujer del médico le dijo al marido, No vas a creer lo que te digo, pero todas las imágenes de la iglesia tienen los ojos vendados, Qué extraño, por qué será, Cómo voy a saberlo yo, puede haber sido obra de algún desesperado de la fe cuando comprendió que iba a quedarse ciego como los otros, puede haber sido el propio sacerdote de aquí, tal vez haya pensado justamente que, dado que los ciegos no podrían ver a las imágenes, tampoco las imágenes tendrían que ver a los ciegos, Las imágenes no ven, Equivocación tuya, las imágenes ven con los ojos que las ven, sólo ahora la ceguera es para todos, Tú sigues viendo, Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quien me vea, Si fue el cura quien cubrió los ojos a las imágenes, Eso es sólo idea mía, Es la única posibilidad que tiene verdadero sentido, es la única que puede dar alguna grandeza a esta miseria nuestra, imagino a ese hombre entrando aquí, desde el mundo de los ciegos, al que luego tendría que regresar para quedarse ciego también, imagino las puertas cerradas, la iglesia desierta, el silencio, imagino las estatuas, las pinturas, lo veo yendo de un lado a otro, subiendo a los altares y anudando los paños sobre los ojos, dos nudos, para que no se caigan, y dando dos brochazos de pintura blanca en los cuadros para hacer más espesa la noche en que entraron, ese cura tiene que haber sido el mayor sacrílego de todos los tiempos y de todas las religiones, el más justo, el más radicalmente humano, el que vino aquí para decir al fin que Dios no merece ver. La mujer del médico no llegó a responder, alguien a su lado se le anticipó, Qué están diciendo, qué charla es ésa, quiénes son ustedes, Ciegos como tú, dijo ella, Pero yo te he oído decir que veías, Son maneras de hablar que no pierde una de la noche a la mañana, cuántas veces voy a tener que decirlo, Y qué es eso de que están ahí las imágenes con los ojos tapados, Es verdad, Y tú, cómo lo sabes, si estás ciega, También tú lo sabrás si haces lo que hice yo, tócalas con las manos, las manos son los ojos de los ciegos, Y por qué lo has hecho, He pensado que para haber llegado a lo que hemos llegado alguien más tendría que estar ciego, Y esa historia de que ha sido el cura de la iglesia quien tapó los ojos de las imágenes, yo lo conocía muy bien y sé que sería incapaz de hacer tal cosa, Nunca se puede saber de antemano de qué son capaces las personas, hay que esperar, dar tiempo al tiempo, el tiempo es el que manda, el tiempo es quien está jugando al otro lado de la mesa y tiene en su mano todas las cartas de la baraja, a nosotros nos corresponde inventar los encartes con la vida, la nuestra, Hablar de juego en una iglesia es pecado, Levántate, usa tus manos, si dudas de lo que digo, Me juras que es verdad que las imágenes tienen todas los ojos tapados, Qué juramento es suficiente para ti, júralo por tus ojos, Lo juro dos veces por los ojos, por los míos y por los tdesperation  1uyos, Es verdad, Es verdad. Oían la conversación los ciegos que se encontraban más cerca, y excusado sería decir que no fue precisa la confirmación del juramento para que la noticia empezase a circular, a pasar de boca en boca, con un murmullo que poco a poco fue cambiando de tono, primero incrédulo, después inquieto, otra vez incrédulo, lo malo fue que hubiera en aquella concurrencia unas cuantas personas supersticiosas e imaginativas, la idea de que las sagradas imágenes estaban ciegas, de que sus misericordiosas y sufridoras miradas no contemplaban más que su propia ceguera, les resultó súbitamente insoportable, fue igual que si les hubieran dicho que estaban rodeados de muertos-vivos, bastó que se oyera un grito, y luego otro, y otro, luego el miedo hizo que todos se levantaran, el pánico los empujó hacia la puerta, se repitió aquí lo que ya se sabe, que el pánico es mucho más rápido que las piernas que tienen que llevarlo, los pies del fugitivo acaban por liarse en la carrera, mucho más si el fugitivo es ciego, y helo ahí, en el suelo, el pánico le dice, Levántate, corre, que vienen a matarte, qué más quisiera, pero ya otros corrieron y han caído también, es preciso estar dotado de muy buen corazón para no reírse a carcajadas ante esta grotesca maraña de cuerpos en busca de brazos para librarse y de pies para escapar. Aquellos seis escalones de fuera van a ser como un precipicio, pero, en fin, la caída no será grande, la costumbre de caer endurece el cuerpo, haber llegado al suelo ya es un alivio por sí solo, De aquí no voy a pasar, es el primer pensamiento, y a veces el último también, en casos fatales. Lo que tampoco cambia es que unos se aprovechen del mal de otros, como muy bien saben desde el principio del mundo los herederos y herederos de los herederos. La fuga desesperada de esta gente hizo que dejaran atrás sus pertenencias, y cuando la necesidad haya vencido al miedo y vuelvan a por ellas, aparte del difícil problema que va a ser aclarar de modo satisfactorio lo que era mío y lo que era tuyo, veremos que ha desaparecido parte de la poca comida que teníamos, quizá todo esto haya sido una cínica artimaña de la mujer que dijo que las imágenes tenían los ojos tapados, la maldad de cierta gente no tiene límites, inventar tales patrañas sólo para poder robar a los pobres unos restos de comida indescifrables. Ahora bien, la culpa la tuvo el perro de las lágrimas, que al ver la plaza libre fue a olfatear por allí, era su trabajo, justo y natural, pero mostró, por así decir, la entrada de la mina, de lo que resultó que salieran de la iglesia la mujer del médico y el marido sin remordimientos de hurto llevando las bolsas medio llenas. Si pueden aprovechar la mitad de lo que cogieron, pueden darse por satisfechos, ante la otra mitad dirán, No sé cómo la gente puede comer estas porquerías, incluso cuando la desgracia es común a todos, siempre hay unos que lo pasan peor.

Olhosvendados

El relato de estos acontecimientos, cada uno en su género, dejó consternados y asombrados a los compañeros, siendo de notar, con todo, que la mujer del médico, quizá por negársele las palabras, no consiguió comunicar el sentimiento de horror absoluto que había experimentado ante la puerta del subterráneo, aquel rectángulo de pálidas y vacilantes luminarias que daba a la escalera por la que se llegaría al otro mundo. Lo de las imágenes con los ojos vendados impresionó fuertemente, aunque de diverso modo, la imaginación de todos, en el primer ciego y en su mujer, por ejemplo, se notó cierto malestar. Para ellos se trataba, principalmente, de una indisculpable falta de respeto. Que todos ellos, humanos, se encontrasen ciegos, era una fatalidad de la que no tenían la culpa, son desgracias que llegan, nadie está libre, pero ir, sólo por eso, a taparles los ojos a las santas imágenes, les parecía un atentado sin perdón posible, y peor si quien lo cometió fue el cura de la iglesia. El comentario del viejo de la venda negra es bastante diferente, Entiendo la impresión que te habrá causado, imagino una galería de museo, todas las estatuas con los ojos tapados, no porque el escultor no hubiera querido desbastar la piedra hasta donde estaban los ojos, sino tapados así como dices, con esos paños atados, como si una ceguera sola no bastase, es curioso que una venda como éstadesperation  3 mía no causa la misma impresión, a veces da incluso un aire romántico a la persona, y se rió de lo que había dicho y de sí mismo. En cuanto a la chica de las gafas oscuras, se contentó con decir que esperaba no tener que ver en sueños esa maldita galería, que de pesadillas ya iba bien servida. Comieron de lo malo que había, que era lo mejor que tenían, la mujer del médico dijo que cada día era más difícil encontrar comida, que quizá tendrían que salir de la ciudad e irse a vivir al campo, allí, al menos, los alimentos que cogieran serían más sanos, y debe de haber cabras y vacas sueltas, podríamos ordeñarlas, tendríamos leche, y está el agua de los pozos, podremos cocer lo que nos parezca, la cuestión es encontrar un buen sitio. Cada uno dio después su opinión, unas más entusiastas que las otras, pero para todos estaba claro que la situación acuciaba, quien expresó una satisfacción sin reticencias fue el niño estrábico, posiblemente por tener buenos recuerdos de vacaciones. Después de haber comido, se echaron a dormir, lo hacían siempre, desde el tiempo de la cuarentena, cuando les enseñó la experiencia que un cuerpo acostado aguanta mejor el hambre. Por la noche no comieron, sólo el niño estrábico recibió algo para ir entreteniendo los molares y engañar el apetito, los otros se sentaron a oír la lectura del libro, al menos no podrá protestar el espíritu contra la falta de alimento, lo malo es que la debilidad del cuerpo llevaba a veces a distraer la atención de la mente, y no por falta de interés intelectual, no, lo que ocurría era que el cerebro se deslizaba hacia una media modorra, como un animal que se dispone a hibernar, adiós mundo, por eso no era raro que cerrasen estos oyentes mansamente los párpados, se disponían a seguir con los ojos del alma las peripecias del enredo hasta que un lance más enérgico los sacudía de su torpor, cuando no era simplemente el ruido del libro encuadernado cerrándose de golpe, con estruendo, la mujer del médico tenía estas delicadezas, no quería dar a entender que sabía que el soñador se había quedado dormido.

 

En este suave sopor parecía haber entrado el primer ciego, y, pese a todo, no era así. Verdad es que tenía los ojos cerrados y que prestaba a la lectura una atención más que vaga, pero la idea de irse todos a vivir al campo le impedía dormir, le parecía un grave error apartarse tanto de su casa, por simpático que fuese, al escritor aquél convenía tenerlo bajo vigilancia, aparecer por allí de vez en cuando. Se encontraba, por tanto, muy despierto el primer ciego, y si alguna otra prueba fuese necesaria, ahí estaba el blancor deslumbrante de sus ojos, que probablemente sólo el sueño oscurecía, pero ni de esto se podría tener seguridad, ya que nadie puede estar al mismo tiempo durmiendo y en vela. Creyó el primer ciego haber esclarecido al fin estas dudas cuando de repente el interior de sus párpados se le volvió oscuro, Me he quedado dormido, pensó, pero, no, no se había quedado dormido, continuaba oyendo la voz de la mujer del médico, el niño estrábico tosió, entonces le entró un gran miedo en el alma, creyó que había LaCegueraBlancapasado de una ceguera a otra, que habiendo vivido en la ceguera de la luz iría ahora a vivir en la ceguera de las tinieblas, el pavor le hizo gemir, Qué te pasa, le preguntó la mujer, y él respondió estúpidamente, sin abrir los ojos, Estoy ciego, como si ésa fuese la última novedad del mundo, ella lo abrazó con cariño, Venga, hombre, ciegos lo estamos todos, qué le vamos a hacer, Lo he visto todo oscuro, creí que me había dormido, y resulta que no, estoy despierto, Eso es lo que tendrías que hacer, dormir, no pensar en esto. El consejo le puso furioso, estaba allí un hombre angustiado hasta un punto que sólo él sabía, y a su mujer no se le ocurría más que decirle que se fuese a dormir. Irritado, y ya con la respuesta ácida escapando de la boca, abrió los ojos y vio. Vio y gritó, Veo. El primer grito fue aún el de la incredulidad, pero con el segundo, y el tercero, y unos cuantos más, fue creciendo la evidencia, Veo, veo, se abrazó a su mujer como loco, después corrió hacia la mujer del médico y la abrazó también, era la primera vez que la veía, pero sabía quién era, y sabía también quién era el médico, y la chica de las gafas oscuras, y el viejo de la venda en el ojo, con éste no habría confusión, y el niño estrábico, la mujer iba detrás de él, no quería dejarlo, y él interrumpía los abrazos para abrazarla a ella, ahora había vuelto al médico, Veo, veo, doctor, no lo trató de tú como se había convertido casi en regla en esta comunidad, explique quien pueda la razón de la súbita diferencia, y el médico le preguntó, Ve realmente bien, como veía antes, no hay trazas de blanco, Nada de nada, hasta me parece que veo mejor que antes, y no es decir poco, que nunca llevé gafas. Entonces el médico dijo lo que todos estaban pensando pero nadie se atrevía a decir en voz alta, Es posible que esta ceguera haya llegado a su fin, es posible que empecemos todos a recuperar la vista, al oír estas palabras la mujer del médico empezó a llorar, tendría que estar contenta, y lloraba, qué singulares reacciones tiene la gente, claro que estaba contenta, Dios mío, es bien fácil de entender, lloraba porque de. golpe se le había agotado toda la resistencia mental, era como una niña que acabase de nacer y este llanto es su primero y aún inconsciente vagido. Se le acercó el perro de las lágrimas, éste sabe siempre cuándo lo necesitan, por eso la mujer del médico se agarró a él, no es que no siguiera amando a su marido, no es que no quisiera bien a todos cuantos se encontraban allí, pero en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.

 

La alegría general fue sustituida por el nerviosismo, Y ahora, qué vamos a hacer, preguntó la chica de las gafas oscuras, después de lo que ha ocurrido yo no conseguiré dormir, Nadie lo conseguirá, creo que deberíamos seguir aquí, dijo el viejo de la venda negra, interrumpiéndose como si aún dudara, luego continuó, Esperando. Las tres luces del candil iluminaban el corro de rostros. Al principio conversaron con animación, querían saber exactamente cómo había ocurrido, si el cambio se produjo sólo en los ojos o si también notó algo en el cerebro, luego, poco a poco, las palabras fueron decayendo, en cierto momento al primer ciego se le ocurrió decirle a su mujer que al día siguiente se irían a su casa, Pero yo todavía estoy ciega, respondió ella, Es igual, yo te llevo, sólo quien allí se encontraba, y en consecuencia lo oyó con sus propios oídos, fue capaz de entender cómo en palabras tan sencillas pueden caber sentimientos tan distintos como son los de protección, orgullo y autoridad. La segunda en recuperar la vista, avanzada la noche, y el candil en las últimas de aceite, fue la chica de las gafas oscuras. Había estado todo el tiempo con los ojos abiertos como si por ellos tuviera que entrar la visión y no córneasrenacer por dentro, de repente dijo, Me parece que estoy viendo, era mejor ser prudente, no todos los casos son iguales, se suele decir incluso que no hay cegueras sino ciegos, cuando la experiencia de los días pasados no ha hecho más que decirnos que no hay ciegos, sino cegueras. Aquí son ya tres los que ven, uno más y serán mayoría, aunque la felicidad de volver a ver no viniese a contemplar a los restantes, la vida para éstos pasaría a ser mucho más fácil, no la agonía que ha sido hasta hoy, véase el estado al que aquella mujer llegó, está como una cuerda que se ha roto, como un muelle que no aguantó más el esfuerzo a que estuvo constantemente sometido. Quizá por eso fue a ella a quien la chica de las gafas oscuras abrazó primero, entonces no supo el perro de las lágrimas a cuál de las dos acudir, porque tanto lloraba una como la otra. El segundo abrazo fue para el viejo de la venda negra, ahora sabremos lo que valen realmente las palabras, nos conmovió tanto el otro día aquel diálogo del que salió el hermoso compromiso de vivir juntos estos dos, pero la situación ha cambiado, la chica de las gafas oscuras tiene ahora ante sí a un hombre viejo a quien ya puede ver, se han acabado las idealizaciones emocionales, las falsas armonías en la isla desierta, arrugas son arrugas, calvas son calvas, no hay diferencia entre una venda negra y un ojo ciego, es lo que él está diciendo en otros términos, Mírame bien, yo soy la persona con quien tú dijiste que vivirías, y ella respondió, Te conozco, eres la persona con quien estoy viviendo, al fin hay palabras que valen más de lo que habían querido parecer, y este abrazo tanto como ellas. El tercero en recuperar la vista, cuando empezaba a clarear la mañana, fue el médico, ahora ya no caben dudas, el que los otros la recuperen es sólo cuestión de tiempo. Pasadas las naturales y previsibles expansiones, que, por haber quedado de ellas, anteriormente, registro suficiente, no se ve ahora necesidad de repetir, aun tratándose de figuras principales de este vero relato, el médico hizo la pregunta que tardaba, Qué estará pasando ahí fuera, la respuesta llegó de la propia casa donde estaban, en el piso de abajo alguien salió al rellano gritando, Veo, veo, de seguir así va a nacer el sol sobre una ciudad en fiesta.

 

De fiesta fue el banquete de la mañana. Lo que estaba en la mesa, además de poco, repugnaría a cualquier apetito normal, la fuerza de los sentimientos, como en momentos de exaltación siempre ocurre, había ocupado el lugar del hambre, pero la alegría les servía de manjar, nadie se quejó, hasta los que aún estaban ciegos se reían como si los ojos que ya veían fuesen los suyos. Cuando acabaron, la chica de las gafas oscuras tuvo una idea, Y si fuese a poner en la puerta de mi casa un papel diciendo que estoy aquí, así si aparecen mis padres podrán venir a buscarme, Llévame contigo, quiero saber lo que está ocurriendo fuera, dijo el viejo de la venda negra, Y también nosotros ElJardinDeLasDelicias det1salimos, dijo hacia su mujer el que había sido el primer ciego, es posible que el escritor ya vea, que esté pensando en volver a su casa, de camino trataré de encontrar algo que se coma, Yo voy a hacer lo mismo, dijo la chica de las gafas oscuras. Minutos después, ya solos, el médico se sentó al lado de su mujer, el niño estrábico dormía en un extremo del sofá, el perro de las lágrimas, tumbado, con el hocico sobre las patas delanteras, abría y cerraba los ojos de vez en cuando para indicar que seguía vigilante, por la ventana abierta, pese a la altura del piso, llegaba el rumor de las voces alteradas, las calles debían de estar llenas de gente, la multitud gritaba una sola palabra, Veo, la decían los que ya habían recuperado la vista, la decían los que de repente la recuperaban, Veo, veo, realmente empieza a parecer una historia de otro mundo aquella en que se dijo, Estoy ciego. El niño estrábico murmuraba, debía de estar soñando, tal vez estuviera viendo a su madre, preguntándole, Me ves, ya me ves. La mujer del médico preguntó, Y ellos, y el médico dijo, Éste probablemente estará curado cuando despierte, con los otros no será diferente, lo más seguro es que estén ahora recuperando la vista, el que va a llevarse un susto, pobrecillo, es el amigo de la venda negra, Por qué, Por la catarata, después del tiempo pasado desde que lo examiné, debe de estar como una nube opaca, Va a quedarse ciego, No, en cuanto la vida esté normalizada, cuando todo empiece a funcionar, lo opero, será cuestión de semanas, Por qué nos hemos quedado ciegos, No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón, Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven.

 

La mujer del médico se levantó, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de basura, a las personas que gritaban y cantaban. Luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco, Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí. 

 

  

VOLVER A Finales de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a finales de libros por autores