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UN BUEN LIBRO PARA LEER: UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ  (1933)

UnaPuertaQueNuncaEncontre     (No door)

     Thomas Wolfe  (EEUU)  

    Editorial:    PERIFÉRICA 

    Traducción: Juan Sebastián Cárdenas

                          

             

 

Finales de libros: 

(Este pequeño libro –pequeño de formato-, se compone de cuatro relatos/capítulos. Transcribimos como final, los últimos párrafos del IV (Finales de Abril de 1928), que es el final de este libro según el orden en los que esos capítulos se han publicado)

 

 … El rostro hinchado y blanco de aquel hombre aparecía fijado allí como un símbolo de permanencia entre la prisa ciega y el empuje del millón de cosas que pasaban sin cesar, entre las incontables y violentas erosiones del tiempo, y se conectaba de algún modo con otra imagen que apareció aquella primavera en medio del torrente luminoso de visiones que pasaban delante de mi habitación sin cesar, un vagón repleto de carbón ardiente que se abrió paso en mi cerebro y que, a diferencia de otras imágenes, era, sin llegar a ser ni sueño ni fantasía, inefable.

Aquella imagen, que habría de asediarme con su melancolía, era ésta:

En una vieja casa, al atardecer, había un hombre sentado junto a la ventana. Sin violencia, casi sin calor, los últimos rayos del sol caían sobre los ladrillos de la casa pintándolos con una luz triste y sobrenatural. Aquel hombre siempre estaba allí, mirando por la ventana. No hablaba nunca. La mirada, imperturbable y fija. Su rostro no era el rostro del hombre de la ventana de enfrente, ni rostro alguno que hubiera visto antes. Se limitaba a mirarme en silencio, y el exilio inmutable de un espíritu prisionero se podía leer en su expresión. Era el rostro más sereno y más triste que había visto en mi vida.

LaFlor

Aprecié la imagen con sencillez, y en su totalidad, como algo que hubiera vivido y, por tanto, me perteneciera. Y el rostro de aquel hombre se convirtió para mí en el rostro de la oscuridad y el tiempo. Quedó clavado en mi recuerdo de esa primavera como otro juez de mi destino, como un testito melancólico e impasible de la furia y angustia que hay en las vidas de los hombres.

Nunca me dijo una sola palabra, su boca estaba cerrada, no se podía hablar su lengua. Pero lo que me decía me resultaba más claro e inevitable que cualquier palabra jamás pronunciada. Era una voz que parecía contener la tierra entera y resumir en ella todo el susurrante y eterno sonido del tiempo, ese sonido que, día u noche, se eleva inmutable sobre la tierra y las calles salvajes, siempre constante e indiferente a los hombres que viven o mueren.

Era la voz de la noche y las tinieblas, en ella confluían todas las lenguas de todos los hombres que han sobrevivido a la furia y al calor del día y que al atardecer se asoman por la ventana en silencio. En aquella voz se hallaba el silencio y la extenuación que parecía cubrir la ciudad entera a la hora del crepúsculo, cuando el caos salvaje y ciego del día llega a sus fin y cuando todos, calles, edificios y millones de hombre y mujeres, encuentra la calma y suspiran con tristeza y alivio, cuando todos los sonidos, toda la violencia y la agitación de la ciudad se apagan con esa misma luz de tristeza, paz y resignación.

Todo el saber de sus millones de lenguas se hallaba en aquella única voz inefable: el conocimiento que un hombre acumula a lo largo de toda una vida de trabajo, rabia y desesperación me hablaba al atardecer y permanecía dentro de mí durante toda la angustia de la noche. Y lo que esta imagen inefable me decía era esto: «Hijo, ten ElVientopaciencia y fe, porque la vida es larga y todo este dolor y esta locura que vives ahora pasará pronto. Has caído en la furia, te has llenado de odio y de angustia y de todas las oscuras confusiones del alma. Tu sed y tu hambre eran tan grandes que creíste que podrías tragar la tierra entera, pero es así como les ha ocurrido a todos los hombres, vivos o muertos, durante su juventud. Sin embargo, no volverás a caer en la oscuridad, no volveremos a caer en la oscuridad; no escucharemos los relojes del tiempo marcando la hora en tierra extranjera, no despertaremos por la mañana en algún lugar extraño para añorar el hogar, ni oiremos ese ruido de cascos y ruedas, en la pequeña ciudad de la infancia, recorriendo las calles de la memoria una vez más.


»Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre. Presta atención: porque nos hallamos en el deslumbrante cruce de tantas ideas, porque hemos visto tantas cosas que van y vienen, tantas palabras olvidadas, tantas famas que ardieron antes de desvanecerse; porque nuestros cerebros estaban doblegados y enfermos y enloquecidos por la prisa y el estrépito, por la multitudinaria agitación; porque éramos una mota de polvo, una célula, un átomo agonizantes, un minúsculo planeta en medio del horror de monstruosas y gigantescas arquitecturas, un viajero cuyos pasos no lograron apartarlo hamás del millón de calles salvajes; porque éramos un amasijo de nervios y de sangre apabullado por el peso de los deseos imposibles de satisfacer; porque estábamos carcomidos por un hambre insaciable; y porque nuestras canciones más entusiastas quedaron ahogadas en el bullido de mil voces. Aturdida, nuestra visión quedó aplastada bajo los edificios, y veíamos a los hombres como mera argamasa. Por eso perdimos la esperanza.

»Pero sabemos que los niños desaparecidos, los ancianos desaparecidos, nuestros padres, nuestros hermanos, los llevados a toda prisa al cementerio para ser rápidamente enterrados, permanecerán aquí cuando este mundo hecho de cemento o de hormigón no sea más que ruinas. Sabemos que el polvo de los amantes enterrados durará más que el polvo de las ciudades.

ElPuñal»Aviva, por tanto, el fuego de tu corazón mientras contemplas esas orgullosas torres: has de saber que son mucho menos que el puñal y la hoja, pues el puñal y la hoja durarán siempre.

»Algunas cosas nunca cambiarán. Algunas cosas serán siempre iguales. La tarántula, la víbora y el águila siempre serán iguales.  El sonido de los cascos en las calles será siempre el mismo, el brillo del sol sobre el agua estancada será siempre el mismo y la hoja que se agita con el viento en las ramas será siempre la misma.

»¡Abril otra vez! Retazos de verdor repentino, esa contradicción: consistencia borrosa, ramas que retoñan, y un algo que viene y va pero nunca podremos capturar. Todo esto también será siempre igual.

»La voz de los arroyos del bosque nocturno, la risa de una mujer en la oscuridad, el hambre y el dolor, la muerte. Todo esto nunca cambiará.

»Ni el cascabeleo de la gravilla barrida por el viento, ni el canto afilado de los grillos en el mediodía de los campos ardiente, ni el trajín de las gallinas en el corral, ni el olor del mar en los muelles y la delicada telaraña de las voces infantiles en el aire luminoso.

LaHoja»Todas las cosas que pertenecen a la tierra serán siempre iguales: la hoja, el puñal, la flor, el viento  que aúlla y duerme y se despierta de nuevo, los árboles cuyas ramas rígidas se agitan y ofrecen sus chasquidos. Todas las cosas que proceden de la tierra y que mudan con las estaciones, todas las cosas que duran y cambian y vuelven a ser como eran en la tierra, esas cosas siempre serán iguales, pues vienen de la tierra, que nunca cambia, y vuelven a la tierra.

»Bajo las pulsaciones del pavimento, bajo los edificios que se estremecen como en un llanto, bajo los restos del tiempo, donde el casco de la bestia se junta con los huesos rotos de las ciudades, algo está creciendo como una flor, siempre bortando de la tierra, siempre inmortal y obstinado, algo que vuelve a la vida una vez más, como abril».

 

 

  
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